¡Supervivencia en Otro Mundo con mi Ama!

Capítulo 241. Es Imposible Pedir Perdón

—…Eres bastante odiado, Qubi-kun.

—Es inevitable, dada la naturaleza de mi misión.

—Dan ganas de quejarse al marqués Isoth por obligarme a llevarte conmigo, —el hombre elfo sentado junto a Qubi se frotó el entrecejo, como si estuviera soportando un dolor de cabeza.

—Ejem, la situación es que Su Majestad la Reina Sylphiel…

—Aún no he asumido oficialmente el trono.

—Mis disculpas. Lo tenía entendido, Su Alteza la Princesa. Sí, bueno… lamentablemente, ni siquiera nosotros podemos entregárselo para estrechar la mano en son de amistad.

El elfo dijo esto y esbozó una sonrisa ligeramente tensa. Es tan… es un hombre, ¿verdad? Lo observé con atención. Era un elfo vestido con ropa aristocrática ceñida al cuerpo. A simple vista parecía joven, pero siendo un elfo, sin duda era mayor que yo. Muchos de los elfos del Bosque Negro tienen el cabello claro, pero el suyo era castaño oscuro. Su piel también tenía un tono ligeramente amarillento. Supongo que pertenecía a una tribu distinta de la de los elfos del Bosque Negro.

—Ah, disculpen la tardía presentación. Mi nombre es Kirilovich, y me encuentro en el reino de Merinard como diplomático del Imperio Varyag…

Tras decir eso, Kirilovich lanzó una breve mirada a Qubi, sentado a su lado, y luego a Sylphy, que seguía con una expresión severa.

—Como pueden ver, la situación es bastante complicada, jajajá.

—¿Cómo puedes reírte en una situación así?

—Hemos reunido bastante información en el camino. No hay forma de que podamos oponernos a ustedes, que fueron capaces de aniquilar unilateralmente a veinte mil soldados de la fuerza de subyugación del Reino Sagrado. Lo único que podemos hacer es reírnos.

Kirilovich habló con ligereza, sin mostrar el menor rastro de nerviosismo, y dio un sorbo a la taza de té sobre la mesa.

—Me gustaría encontrar una manera de resolver este problema, pero me temo que la discusión no avanzará sin la presencia de la persona directamente implicada. Por ello, solicité respetuosamente desde lo más profundo de mi corazón a Su Alteza la Princesa que pidiera a Kosuke-dono que asistiera a esta reunión. Lamento sinceramente haberlos hecho venir, pero dadas las circunstancias, me habría resultado difícil acercarme a ustedes de otro modo.

—No me molesta que me hayas llamado, pero encontrar una forma adecuada de zanjar esto es extremadamente complicado. Ahora mismo estaría encantado de volarle la cabeza a ese maldito zorro y dar por terminado el asunto, ¿no les parece?

—Jajajá… como dije antes, no puedo simplemente entregárselos y luego estrecharles la mano.

—¿Qué es lo que realmente quieres decir?

—Mi trabajo es construir relaciones amistosas con el reino de Merinard, que también es enemigo del Reino Sagrado. Y, siendo sincero, me encantaría estrangular con mis propias manos a este sujeto que se interpone en el camino, así como al marqués Isoth, que me obligó a cargar con él, jajajá.

Sonreía, pero sus ojos eran serios. Kirilovich realmente no parecía haber sabido lo que Qubi nos había hecho —o, mejor dicho, lo que me había hecho a mí— hasta llegar aquí.

—¿Qué tal si fingimos que desapareció antes de que nadie se diera cuenta? Algo como: llegó a Merinesburg, salió a beber por la noche y nunca regresó.

—Bueno… no quisiera que me hicieran responsable de eso.

Cuando Kirilovich y yo empezamos a hablar en serio sobre qué hacer con Qubi, este levantó las manos con una sonrisa amarga.

—Está bien, está bien, me rindo. No voy a oponerme si de verdad planean borrarme del mapa. Les contaré todo lo que sé, así que por favor… perdónenme la vida.

—¿No te estás dejando llevar un poco?

—Es pena de muerte.

—Pena de muerte.

—Es pena de muerte, ¿no?

—Es pena de muerte.

—Lo siento mucho.

Qubi se tumbó en el suelo y mostró el vientre. ¿Es algún tipo de acto de sumisión propio de la gente bestia?

—¿Qué opinan?

—¿No basta con la pena de muerte?

—No veo ninguna sinceridad en él.

—Si llega el momento, tirará su orgullo y todo lo demás a la basura y al menos suplicará por su vida. Mientras siga vestido, todavía se lo puede permitir.

—Aunque lo veas completamente desnudo, lo único que pasará es que se te pudrirán los ojos. Nadie sale ganando.

—Aunque no sea oficial, ¿no es bastante apropiado mostrar un gesto de rendición frente a la cabeza de un país y a un diplomático…?

Kirilovich parecía un poco desconcertado por nuestra reacción, pero Melty tenía razón. Este tipo tiraría su orgullo, se arrodillaría o mostraría el vientre con tal de sobrevivir. Para empezar, un hombre que traiciona a sus compañeros no es digno de confianza. ¿Qué valor tiene arrodillarse o mostrar el vientre?

—Kirilovich-sama, este hombre cometió contra nosotros la peor de las traiciones. Un solo error más y habríamos perdido a Kosuke. Kosuke es un Extranjero, sí, pero antes que nada es el esposo de Sylphiel-sama. Cuando este hombre nos traicionó, Sylphiel-sama y Kosuke ya tenían esa relación. En otras palabras, este sujeto es equivalente a un bandido que secuestra al consorte real de un país y lo vende a una nación enemiga. ¿De verdad cree razonable esperar que perdonemos a alguien que cometió semejante traición con total impunidad?

Melty le dedicó una sonrisa a Kirilovich mientras decía eso. Sonreía, pero su ira y su poder mágico se filtraban como una presión combativa palpable. A mí no me molestaba, porque no iba dirigida contra mí, pero estaba seguro de que Kirilovich, recibiéndola de frente, no debía sentirse muy vivo.

—Ja-jajajá…

Kirilovich, sin apartar la mirada de Melty, sonrió de forma vaga y empezó a sudar profusamente. No te excedas, Melty, o va a desmayarse.

—Por ahora, hagamos que explique por qué hizo lo que hizo. Que lo cuente todo. Si vamos a ejecutarlo, al menos necesitamos conocer su versión.

—¿No se negará a hablar si no le garantizamos la vida?

—Si es así, lo mato aquí mismo. Cuanto más hable, más tiempo vivirá. Dependiendo del contenido de su historia, podría perdonarle la vida. Pero si resulta ser una mentira, lo mataré en el acto. Y si intenta huir, lo mataré sin falta, aunque tenga que perseguirlo hasta los confines del mundo.

Los ojos de Sylphy eran serios. El de Isla, que asentía a su lado, también. Y además… eso que Isla llevaba un rato manipulando con las manos, ¿no era un collar? Se parecía mucho al que me hicieron poner en el pueblo cuando llegué a este mundo y conocí a Sylphy.

—En realidad… ¿tú qué opinas, Kosuke?

—¿Yo? Pues… mmm.

No sé si odio a Qubi lo suficiente como para querer matarlo. Mientras me tenía secuestrado y empaquetado por culpa de ese tipo, pensé que sin duda lo mataría. Pero apenas me arrojaron a la cárcel, salí casi de inmediato, conocí a Lima y a las demás, y como resultado terminé conociendo a Ellen.

Si Qubi no me hubiera secuestrado, no habría conocido a Ellen; tampoco sé si habría tenido la relación que tengo ahora con Melty, y desde luego no habría conocido a Grande.

Supongo que con el paso del tiempo parte de mi rabia se ha ido disipando, pero… aun así, estoy bastante seguro de que en el instante en que vi su cara sentí ganas de matarlo. Aunque ahora ya me he calmado un poco.

Desde entonces siempre me lo he preguntado. Si hubiera querido, podría haberme matado en aquel momento, pero no lo hizo. En vez de eso, se tomó la molestia de dejarme en manos del Obispo Cerdo Blanco, el supervisor del Reino de Merinard, y luego permitió que se le escapara la presa de entre los dedos. ¿Qué demonios pretendía? Siempre me lo pregunté.

—Pensándolo con calma, no me parece suficiente motivo para matarlo.

—¿Hmm?

—Pero, ya que estamos… me gustaría recortarle hasta el último pelo del cuerpo.

Saqué del inventario una máquina de cortar pelo que había preparado para esta ocasión y se la mostré. Era una cortadora manual con resorte, que podía usarse con una sola mano. Al verla, Qubi, que seguía tumbado boca arriba mostrando el vientre, empezó a temblar y a estremecerse.

—Mmm… primero, recortémosle el pelaje antes de escuchar lo que tenga que decir.

—Empecemos por las partes menos visibles del cuerpo. Si le recortamos o no la cabeza, la cola y las extremidades dependerá de lo que diga.

—¿Les parece bien así?

—Supongo que sí.

—Jajajá. Yo también he preparado unas cortadoras.

—No te resistas, ¿de acuerdo? Si intentas hacerlo, te mataré. Yo no soy tan blanda como Kosuke.

Así dio comienzo el divertido y entretenido tiempo de esquilado. Kirilovich parecía un poco sorprendido, pero no había vuelta atrás: la ejecución —o mejor dicho, la esquila— ya había comenzado.

 

¿Quieres discutir de esta novela u otras, o simplemente estar al día? ¡Entra a nuestro Discord!

Gente, si les gusta esta novela y quieren apoyar el tiempo y esfuerzo que hay detrás, consideren apoyarme donando a través de la plataforma Ko-fi o Paypal.

Anterior | Indice | Siguiente