Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 22. Ricotta
Laxia estaba absolutamente aterrorizada. Mientras se inclinaba sobre Adol, inconsciente en el suelo de la cueva, tuvo que recordarse a sí misma que el hecho de que aquella horrible herida en su pecho siguiera sangrando sin cesar solo era posible porque seguía vivo, con el corazón latiendo con fuerza. La idea no resultó tan reconfortante como pretendía, pero era mejor que la alternativa.
Adol siempre había sido el fuerte, el que cuidaba de los demás. En el poco tiempo que lo conocía, nunca lo había visto perder una pelea ni fracasar en ninguna tarea que se propusiera. Y ahora…
—Esa herida no tiene muy buena pinta —dijo una voz a su lado.
Laxia se volvió. Con toda la agitación, no había tenido oportunidad de observar bien a la extraña muchacha. Habían pasado demasiadas cosas desde que apareció de la nada y ahuyentó a la bestia con unos brillantes dardos arrojadizos que parecían estar hechos de fuego puro. Aparentaba unos doce años y vestía un colorido atuendo confeccionado con retazos de distintas telas, mientras que sus coletas altas estaban adornadas con hojas y bayas sujetas en las cintas del cabello. Desde luego, no era una náufraga del Lombardia . Habría recordado a alguien como ella.
—Puede que también tenga una conmoción cerebral —continuó la muchacha—. Mi padre dice que, si alguien se golpea la cabeza y pierde el conocimiento, es muy probable que sea una conmoción.
Ambas miraron a Adol. Laxia tragó saliva. Había visto a la bestia sujetarlo y estrellarlo con fuerza contra la roca. Era un milagro que siguiera respirando.
—Tendremos que moverlo —dijo la muchacha—. Esa bestia podría volver, y ya solo me queda un dardo.
Laxia miró a Sahad, que permanecía de pie a unos pasos de distancia.
—Yo pue’o cargarlo —dijo Sahad—. No pesa tanto.
Los ojos de Adol se entreabrieron. Parpadeó varias veces, como si le costara enfocar la vista.
—Estoy bien.
Su voz apenas era un susurro. Laxia nunca lo había oído sonar tan débil. Los labios le temblaron y se los cubrió con una mano.
La chica recién llegada se inclinó sobre Adol.
—¿Crees que podrás llegar hasta mi cabaña? Está muy cerca, aunque el sendero es bastante empinado.
—Hazte a un la’o, renacuaja. —Sahad se agachó, pero Laxia le puso una mano en el brazo.
—Espera. Primero tiene que moverse por sí mismo para asegurarnos de que no tiene nada roto.
—¿Y si lo tiene?
—No queremos empeorar la situación.
—¿Empeorar? —Sahad frunció el ceño—. No soy médico, pero a mí ya me parece que’stá bastante mal.
—No es para tanto —dijo Adol. Hizo una mueca de dolor al intentar incorporarse. Necesitó varios intentos. Sahad lanzó una mirada de reojo a Laxia y se acercó para ayudarlo.
El corte en el pecho de Adol tenía muy mal aspecto. La sangre seguía brotando sin cesar, empapando su camisa desgarrada. Al verlo, Laxia sintió un vacío en la boca del estómago. Lidiar con heridas tan aparatosas no era precisamente su fuerte. Pero no podía permitirse mostrar debilidad. Tenían que sacar a Adol de allí y vendarle la herida antes de que perdiera demasiada sangre. Se puso a buscar la espada de Adol, mientras Sahad lo ayudaba a ponerse en pie y lo conducía con cuidado hacia la salida de la cueva.
—Vamos despacio —dijo la muchacha—. Mi cabaña está a la vuelta de la esquina. Es un lugar muy seguro; las bestias nunca nos molestan allí… Ah, por cierto, me llamo Ricotta. No puedo creer que por fin haya encontrado a más seres humanos.
Ricotta no dejó de hablar en todo el camino, esperando pacientemente mientras Sahad ayudaba a Adol a bajar por pendientes empinadas y a cruzar estrechas cornisas que hacían que el sendero fuera peligroso incluso para una persona sana. Escucharla resultaba una agradable distracción.
Al final del corto trayecto, Laxia había aprendido mucho sobre la niña. Le encantaban los libros, las flores y las piedras de colores vivos que a veces encontraba en la playa. Solía ir allí con frecuencia para buscar objetos arrastrados por el mar, pero un reciente derrumbe había destruido el sendero. Su padre había construido aquella cabaña y cuidaba de ella. Además, iba a construir un puente para recuperar el acceso a la playa. No era su padre biológico, pero no tenía otra familia, así que de todos modos lo consideraba su verdadero padre.
Las palabras brotaban de ella con tanta naturalidad que ni siquiera era necesario hacerle preguntas. No estaba muy segura de cuántos años tenía exactamente, pero podía hablar con los animales y entender su idioma, y pronto se convertiría en una hermosa joven con una figura de reloj de arena que haría suspirar a todos los hombres. Laxia se preguntó si esa última parte tendría algo que ver con todas las novelas románticas que habían visto en la estantería de su cabaña.
En cuanto llegaron a la cabaña, Ricotta tomó el mando: encendió el fuego de la estufa y trajo cubos de agua del manantial que había afuera. Sahad acostó a Adol en el suelo, junto a la pared, y le quitó la camisa empapada de sangre. La hemorragia no mostraba señales de disminuir.
—Tenemos que cauterizar la herida —dijo Adol entre dientes.
—¿Cauteri… qué? —Sahad parpadeó.
—Cauterizar. —Laxia tragó saliva. Sintió que las náuseas le subían por la garganta. Conocía la cauterización gracias al manual de medicina de campaña que su padre siempre llevaba en las expediciones. Aplicar metal al rojo vivo sobre una herida era una forma muy eficaz de detener la hemorragia y prevenir infecciones. También provocaba un dolor insoportable. ¿Sería Adol capaz de soportarlo en su estado?
—No creo que… —empezó a decir, pero Adol no la estaba escuchando. Seguía viéndose aturdido, pero su mano permanecía sorprendentemente firme mientras sacaba su daga y se la entregaba a Sahad.
—Necesito que esté al rojo vivo —dijo—. Déjala unos minutos en la estufa. Yo me encargaré del resto.
Laxia tragó con dificultad mientras observaba a Sahad tomar la daga de Adol y sostenerla sobre el fuego. Por el rabillo del ojo vio a Ricotta al fondo de la habitación, completamente inmóvil, con los ojos muy abiertos. ¿Había visto hacer aquello antes? El miedo en su mirada parecía indicarlo. Laxia no pudo evitar admirar la calma de Adol; era el único allí que parecía conservar plenamente la serenidad. Ni siquiera se inmutó cuando tomó la daga de manos de Sahad y la presionó contra la herida sin vacilar ni un instante.
Solo porque conocía tan bien a Adol podía darse cuenta del intenso dolor que estaba soportando. Su rostro ya estaba pálido por toda la sangre que había perdido, pero cuando se recostó contra la pared que tenía a su espalda y cerró los ojos, adquirió un tono grisáceo, espectral. Los segundos parecían transcurrir eternamente mientras mantenía la daga inmóvil sobre la herida.
Tuvo que obligarse a no apartar la vista, ni siquiera cuando por fin retiró la hoja, dejando tras de sí una larga y furiosa quemadura. La herida ya no sangraba, pero probablemente le dolía aún más que antes. Sin duda tardaría mucho tiempo en sanar.
—Ojalá tuviéramos algo para aliviarle el dolor —le dijo en voz baja a Ricotta—. Quizá podría salir a buscar una planta de aloe. Al menos aliviaría la quemadura, suponiendo que pudiera encontrar alguna a esta altitud.
—Tengo leche de amapola —dijo Ricotta—. Mi padre siempre guarda un poco por si alguno de los dos resulta gravemente herido. —Se inclinó sobre Adol—. ¿Quieres un poco?
Adol sostuvo su mirada un momento y luego asintió.
*
A pesar de la leche de amapola, el dolor punzante en el pecho de Adol no disminuía en absoluto. Entraba y salía del sueño, mientras las conversaciones que llegaban desde la mesa le alcanzaban a través de la niebla que envolvía su mente.
Aquel sueño sobre Dana que había tenido mientras estaba inconsciente seguía inquietándolo. No podía librarse de la sensación de que el momento en que había ocurrido no era una coincidencia. Le había transmitido algo importante, algo relacionado con su situación actual. Pero, en el estado aturdido en que se encontraba, no lograba precisar de qué se trataba.
Laxia, Sahad y Ricotta estaban tomando té. El tintineo de las tazas del juego de té, formado por piezas desparejadas, resonaba en su cabeza con una intensidad antinatural. Curiosamente, su conversación no le llegaba con la misma claridad, aunque en una habitación tan pequeña no debería haber tenido problemas para oír cada palabra. No creía tener una conmoción cerebral, pero eso explicaría aquella sensación de vacío en la cabeza que hacía que sus pensamientos giraran en círculos y se mezclaran entre sí, hasta el punto de no poder recordar de dónde provenía cada información.
Su mente iba rescatando fragmentos dispersos, mezclando la conversación de la mesa con todo lo que había aprendido gracias a la incesante charla de Ricotta durante el camino de regreso desde la cueva. Su padre, Thanatos Beldine —el misterioso T—, había subido a la montaña aproximadamente un mes atrás para observar a los Primordiales y seguía desaparecido. Aquellos brillantes dardos arrojadizos que Ricotta había usado para ahuyentar a la bestia en la cueva eran un invento suyo, hechos de un metal misterioso que solo Thanatos sabía trabajar. El metal. ¿Por qué seguía sintiendo que ese único detalle era el más importante?
Volvió a quedarse dormido y despertó otra vez para ver a Ricotta sosteniendo en alto uno de los pequeños dardos arrojadizos. Afuera, el sol se estaba poniendo. El efecto de la leche de amapola estaba desapareciendo, despejándole la mente lo suficiente como para que el dolor se volviera más intenso.
En medio de las sombras que iban cubriendo la habitación, el dardo en la mano de Ricotta parecía brillar, como si emitiera luz propia.
—¿Puedo verlo? —preguntó.
Todos dejaron de hablar y se volvieron hacia él con expresión preocupada. Ricotta encendió un farol y lo acercó a la cama.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—Mejor. —Él mismo sabía que no sonaba muy convincente, pero Ricotta no protestó cuando se incorporó con esfuerzo, haciendo una mueca al apoyar la espalda contra la pared. Ojalá pudiera encontrar una postura en la que la herida le doliera menos. Intentó abstraerse del dolor mientras tomaba el dardo de manos de Ricotta y lo hacía girar entre los dedos.
A simple vista parecía bastante sencillo: una corta asta de madera con unas cuantas plumas sujetas por un cordel encerado. Pero la punta… La acercó a sus ojos.
No había imaginado aquel resplandor. Ya había visto ese metal antes: resistente y ligero, con un tenue brillo que parecía emanar desde su interior.
Las espadas de hoja creciente de Dana, el regalo de Sarai, estaban hechas exactamente del mismo metal.
Sarai le había dicho a Dana que ese metal podía usarse contra los saurianos. ¿En realidad se refería a los Primordiales?
—¿Dónde consiguió tu padre este metal? —preguntó.
—En una cueva antigua —respondió Ricotta—. Está a unas pocas horas de camino desde aquí. Solíamos ir muy seguido, pero el puente que mi padre construyó para llegar hasta allí se derrumbó, así que hace mucho que no volvemos. Por eso nos estamos quedando sin dardos. Yo esperaba que, cuando mi padre regresara… —Se interrumpió.
Adol lanzó una mirada a Laxia y Sahad. En medio de su aturdimiento no había alcanzado a seguir toda la conversación sobre el padre de Ricotta, pero sí había oído la parte en que desapareció después de viajar al lado norte de la isla. Si encontraban una forma de cruzar las montañas sin caer víctimas de los Primordiales, podrían rescatarlo… si es que aún seguía con vida.
—Si puedes ayudarnos a conseguir más de este metal —dijo—, lo usaremos para fabricar nuevas armas, y así podremos ir a buscar a tu padre.
—¿De verdad? —El rostro de Ricotta se iluminó con tanta esperanza que el corazón de Adol se estremeció. ¿Cómo sería para ella vivir completamente sola en un lugar como aquel, salir con sus últimos dardos en busca de su padre, sabiendo que quizá nunca regresaría?
—Lo prometo. Si puedes guiarnos hasta esa cueva, nosotros…
—Adol —lo interrumpió Laxia—. No estás en condiciones de ir a ninguna parte.
—Mañana estaré mejor. Solo necesito dormir un poco.
—Sí, y después de eso, el único lugar al que vamos a ir será de regreso a la aldea.
—Así es. —Sahad asintió—. A lo mejor Dina puede prepararle una poción curativa. Y Licht… Él es médico, ¿no?
—Residente de medicina —lo corrigió Laxia.
—Es lo mismo. Seguro que deja a Adol como nuevo.
—¿Su aldea? —preguntó Ricotta.
—Está junto a la playa —explicó Laxia—. Allí viven muchos náufragos.
—¿Muchos? —Los ojos de Ricotta se abrieron de par en par—. ¿Puedo ir con ustedes?
—No pensarás que te vamos a dejar aquí solita, ¿verdad? —dijo Sahad con su voz grave.
—No iremos a ninguna parte —afirmó Laxia con firmeza— hasta que Adol esté lo bastante recuperado para hacer el viaje. Además, ya está anocheciendo. —Miró por la ventana, donde los rayos del sol poniente atravesaban las nubes lejanas, tiñéndolas de intensas pinceladas de fuego—. ¿Podemos quedarnos aquí esta noche, Ricotta?
—¡Hurra! —Ricotta sonrió de oreja a oreja—. ¡Claro que sí! Algunos tendrán que dormir en el suelo, pero tengo ropa de cama suficiente para acomodarlos a todos. ¡Haremos una pijamada, y mañana a primera hora iremos a su aldea para que curen a Adol, luego iremos a la cueva, haremos más dardos y después iremos a buscar a mi padre!
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