Optimizando al Extremo mi Build de Juegos de Rol de Mesa en Otro Mundo
Vol. 11 Canto I Finales de la Primavera del Decimoctavo Año Parte 1
Tesoro Aleatorio
Cuando derrotas a un enemigo, existe la posibilidad de que deje caer un botín generado aleatoriamente. La mayoría de las veces, un jugador estará más que encantado de recoger las recompensas, pero en ocasiones los resultados pueden darle motivos para detenerse y pensarlo dos veces. Por supuesto, esto se refiere a algo que va más allá del simple valor.
El humo que se elevaba hacia el cielo parecía indicar que las cosas estaban lejos de haber terminado. No solo nuestros aliados casi se habían matado entre sí en medio del caos, sino que la princesa a la que habíamos estado protegiendo había resultado no ser simplemente una impostora, sino un prototipo de arma humana creado por el Colegio; realmente no podíamos quitarnos el polvo de las manos con un simple «y vivieron felices para siempre».
Habíamos terminado la batalla acabando con los títeres de carne que nos habían causado problemas durante tanto tiempo —abandonados por el enemigo cuando percibieron que la victoria no era inminente— y necesitábamos recoger los cuerpos para darles sepultura. Aunque este cantón era ahora poco más que un pueblo fantasma, todavía había un señor feudal en algún otro lugar que era dueño de estas tierras. No daría una buena impresión marcharnos sin más, sin hacer nada, y tampoco sería bueno para nuestra propia salud mental.
Por eso, con la aprobación de sir Lazne, decidimos enterrar a los títeres de carne y reunir los materiales necesarios para incinerar a Ferlin, cuyo propio cuerpo albergaba muchos secretos del Colegio. El humo de su pira parecía augurar malos presagios. Sentí que se me revolvía el corazón.
Quería convertirme en el tipo de aventurero que salvaría el mundo; no estaba aquí para participar en toda aquella intriga política y juego de espías de la Gran Partida. ¿Podría el Maestro del Juego pensar un poco más en la mesa a la que me estaba invitando? Aunque mi mente estaba llena de aquellos pequeños pensamientos escapistas, noté algo cuando la pira terminó de consumirse. Entre los restos —hasta sus huesos se habían convertido en cenizas— había algo que brillaba a la luz de la luna.
—¿Y esto qué es? —murmuré.
—Tenía un montón de joyas y cosas por el estilo. ¿Quizá sea eso? —dijo Siegfried con indiferencia.
Mi camarada se había unido a mí y había observado toda la cremación con expresión severa. Sabía que era una fachada. Aunque no la había conocido durante tanto tiempo, debía de tener sus propios sentimientos al respecto. Simpatía, lástima… No podía llegar a comprender del todo lo que sentía, pero era un hombre de corazón compasivo. No era de extrañar que le doliera tanto ver a una joven tener un final tan trágico.
—El fuego debería haber estado lo bastante caliente como para consumir cualquier piedra preciosa… ¿Hm?
Moví la urna —una que habíamos elegido para poder esparcir sus cenizas en aquel lugar que ella creía que era su tierra natal— y vi algo que hizo que la sangre abandonara mi rostro. Lo agarré, moviéndome con tanta rapidez como jamás lo había hecho, y lo escondí en mi guante —me habría quemado de haber estado con la mano desnuda— mientras miraba a mi alrededor para asegurarme de que nadie estuviera observando.
—¿Qué pasa? —dijo Sieg.
—No te lo vas a creer, Siegfried… Mira —murmuré.
Le mostré a mi camarada, que se preguntaba por qué estaba actuando de manera tan sospechosa, lo que tenía en la mano. Su expresión pasó lentamente de la confusión al horror.
—No puede ser, ¿eso es…?
—Sí, probablemente…
—Su ojo…
O, mejor dicho, lo que había sido su ojo. Era lo que quedaba del Ojo del Conquistador, implantado en el ojo izquierdo de Ferlin, después de la cremación. ¡Nadie me había dicho que esto ocurriría! A primera vista, apenas parecía un ojo; bien podría haberse tomado por una espinela gris. Sin embargo, para cualquiera que supiera de qué se trataba, el patrón semejante a una pupila lo habría delatado al instante.
—¡¿Pero por qué?!
—¡No me preguntes a mí!
Discutimos en murmullos entrecortados, agudos y sin aliento, y metí en una bolsa lo que Ferlin había dejado atrás para asegurarme de que nadie lo viera, pero eso no cambiaba el hecho de que teníamos entre manos algo peligroso. Esos bastardos del Colegio, seguramente más retorcidos que la gente de siempre, habían intentado replicar el Ojo del Conquistador. Probablemente habían sonreído como hienas durante todo el proceso de creación. Sería un desastre si esto saliera a la luz, pero sería demasiado cruel deshacernos de él.
—¡Grah, maldita sea!
Justo cuando había comenzado a darle vueltas al asunto, Siegfried me arrebató la bolsa de la mano. Me pregunté qué estaba haciendo, pero cerró la bolsa y se la metió a salvo bajo la camisa.
—Siegfried…
—Es el último recuerdo de alguien a quien intenté proteger. Si no cargo con esto, entonces habré fracasado como hombre.
E-es tan genial…
No estaba bromeando, realmente era condenadamente genial. No podía evitar dejar que las ganancias y las pérdidas afectaran mi forma de pensar. Había sido lo bastante insensible como para pasar el tiempo intermedio pensando dónde cavar el agujero en el que esconder aquello y a qué profundidad, pero mi camarada había decidido cargar con ello sin la menor vacilación. Sí, realmente tenía madera de protagonista, de personaje jugador principal. Tenía una visión honesta que yo no podía imitar y que admiraba de verdad. No podía escapar de quien era; probablemente por eso, cuando levanté la mano para ser el personaje jugador principal en aquella mesa de la Tierra, mis amigos se habían quedado atónitos y habían dicho: «¿En serio? ¿Fukemachi? ¡No puede ser!».
—De acuerdo —dije—. Merece estar en tus manos. Pero no vayas por ahí enseñándoselo a todo el mundo, ¿de acuerdo?
—Eso ya lo sé.
Mientras mi amigo buscaba un buen lugar donde llevarlo bajo la camisa, me di cuenta de que, aunque a veces le gustaba estar en el centro de atención, no era el tipo de hombre que presumiría de aquello y se lo mostraría a los demás. Me preocupaba un poco el corazón celoso de Kaya, pero ese era un problema entre ellos dos. Tendría que confiar en que lo resolverían por su cuenta.
—Recojamos las cenizas. Mañana las esparciremos.
—Días y días encerrado aquí, cubierto de barro y polvo… Es extraño, pero le he tomado cariño a este lugar…
—¿Tú crees? Yo no puedo pensar en otra cosa que en cuándo podré darme el próximo baño…
Haciendo todo lo posible por ocultar que había ocurrido algo fuera de lo común, recogimos con una pala las blancas cenizas de sus huesos y las colocamos en la urna. Mañana, con la salida del sol, la despediríamos en algún lugar con una buena vista. Ni que decir tiene que tendríamos una noche larga seguida de un comienzo temprano. Otros se habían unido a su funeral, sintiendo lástima por su situación, pero, aunque habían observado cómo ardía el fuego, solo Siegfried y yo habíamos permanecido allí hasta que las brasas se extinguieron. En aquel momento no me había dado cuenta de que, al final, eso resultaría ser lo mejor.
—¿Crees que ya terminamos? —dijo Sieg.
—Eso creo. Bien, vamos a dormir. —Me di la vuelta, listo para irme a la cama, pero me detuve.
—¿Qué pasa?
—Ah, nada. Solo se me metió un poco de ceniza en el pelo. Preferiría no dejarla ahí, así que voy a enjuagármelo en el pozo.
—Qué quisquilloso que eres…
—Al menos llámame maniático de la limpieza o algo así —dije antes de dirigirme al pozo.
Mientras sacaba un cubo de agua subterránea fría que Mika había preparado para nosotros durante estos últimos días, sentí una presencia detrás de mí. Era la misma presencia que había percibido cuando me había dado la vuelta antes de irme a dormir. Por supuesto, mi comentario sobre lavarme el pelo no era más que una fachada. Sabía que alguien quería reunirse conmigo en secreto, ¡pero no me esperaba esta sed de sangre!
Mi cuerpo se giró por instinto y lancé el cubo de agua hacia el lugar donde había sentido su presencia. Con eso podría dejar ciego a quien fuera durante un momento y ralentizarlo. Sin embargo, parecía que mi oponente, cuya presencia era sumamente tenue, había esquivado el agua. Saqué mi karambit feérico cuando la vi allí de pie frente a mí, completamente seca.
—Qué cálida bienvenida.
—Quizá no deberías colocarte detrás de un hombre mientras enseñas los colmillos de esa manera —respondí.
A pesar de que evidentemente no podía moverse con rapidez, Beatrix estaba allí de pie sin una sola gota de agua encima. Y no era la única, sino que también estaba allí todo el grupo del Clan de la Copa Solitaria, cada una con los botines de la victoria entre los brazos.
No necesitaba preguntar qué había dentro de aquellas bolsas que se retorcían y estaban cubiertas de manchas oscuras. Por supuesto, dentro estaban los magos que habían controlado a los títeres de carne y los comandantes de los soldados enemigos. Había estado pensando que me habría conformado con una simple huida, razón por la que no había decidido acabar con todos ellos, pero parecía que mis antiguas enemigas habían terminado el trabajo por nosotros.
—Pero que me salpiquen con agua es bastante cruel —dijo Beatrix—. ¡Las noches todavía son frías! Sé que hay hombres que sienten placer al ver a una mujer con ropa mojada que se adhiere a su cuerpo, pero debo advertirte que acabarás quedándote atrás si te entregas a semejantes intereses depravados.
—Qué suerte la mía; no me interesa eso en lo más mínimo. ¿Con qué clase de gente tienes que juntarte para aprender cosas así…?
Mantuve vigilada a Beatrix, que continuaba provocándome, e hice girar el cuchillo feérico en mi mano antes de guardarlo de nuevo en la manga. Ella soltó una risita y me dijo que estaba bromeando.
—Pero has tomado la decisión correcta —dijo—. Los espadachines dependen demasiado de sus espadas y echarán mano de esa arma incluso en situaciones como esta. Necesitas actuar correctamente dependiendo de la situación y contraatacar sin preocuparte por las apariencias. Sin embargo, quizá resulte un tanto impropio para un héroe al que le gusta permanecer bajo la luz del sol.
—No creo que me quedara energía para preocuparme por mi apariencia rodeado de asesinas expertas.
Puede que Beatrix estuviera bromeando, pero después de nuestro terrible enfrentamiento sabía exactamente lo poderosa que era. No podía tomármelo a la ligera. Y menos aún cuando eran cinco contra uno.
—Entonces, ¿qué necesitas? —dije.
—Nos encargamos de aquellos que habían rodeado este cantón. Tu camino de regreso a casa estará asegurado.
Agradecí que nos ahorrara aquel trabajo tan tedioso. Mis aliados estaban agotados, y habría sido difícil si nos hubieran atacado de camino a casa.
—Y también está esto. Échale un vistazo —dijo.
Me pregunté qué sería el libro que había lanzado en mi dirección. Estaba cubierto de algunas manchas de sangre seca y negra.
—¿Esto es… un cifrado?
—Sí. Es un código desechable, pero el cifrado es auténtico.
El tenue olor de los rastros mágicos provenía de un hechizo de anonimización. Beatrix era maga, así que había eliminado los hechizos de protección para asegurarse de que no se autoinmolara al abrirlo.
—Por la gramática, diría que es seiniano.
—En efecto. Los magos no eran de Ende Erde, pero puedo afirmar con bastante seguridad que las láminas metálicas de esos títeres vivientes llevaban rastros del reino. Parece que hay intereses en Seine que saldrían beneficiados si Marsheim ardiera y que tienen agentes de sobra para ello.
Fueran quienes fueran los cerebros detrás de todo esto, tenía mis dudas respecto a su cordura; nadie en su sano juicio simplemente secuestraría personas de otro país en plena calle y les clavaría objetos mágicos en los lóbulos frontales. Sabía que no se podía librar una guerra de ningún tipo sin dejar de lado los propios principios morales, pero aquello era condenadamente extremo.
—Bueno, eres bastante listo, así que imagino que también te habías dado cuenta de que este asunto olía a influencia extranjera.
—Sí. Me estremece pensar en lo que son capaces de hacer.
—Es mucho más fácil hacerles cosas terribles a personas que no son compatriotas tuyas. Ya he visto bastantes asuntos turbios como este.
Qué miedo.
Sabía que había alguien instigando todo aquello, pero me sorprendía que estuvieran involucrados de una forma tan directa. Creía que ya era plenamente consciente de que había personas que vitorearían y aplaudirían al ver al Imperio caer de bruces de una vez por todas, pero esto era de una osadía increíble. ¿No podían actuar, no sé, de una manera un poco más caballerosa?
—Bueno, en cualquier caso. Si pretendes ser un héroe que permanece bajo la luz del sol, te aconsejaría mantenerte alejado de Marsheim durante un tiempo. Nuestra estricta superior está echando raíces allí.
¿La Señorita Nakeisha estaba comenzando una guerra de información en Marsheim? Eso no era bueno. Aun así, con el Señor Fidelio por allí, dudaba que alguien intentara hacer alguna estupidez demasiado grande. Había bastantes probabilidades de que cualquier exceso de estupideces dentro de su campo de visión invitara al nacimiento de un segundo sol sobre la mismísima tierra, especialmente teniendo en cuenta que últimamente estaba criando a un niño y probablemente se sentía un tanto protector. Imaginé que la Guerra Fría entre los nobles simplemente se intensificaría durante un tiempo.
En ese caso, Beatrix tenía razón: tenía sentido que alguien con mis gustos por una vida de aventuras sencilla y sin complicaciones mantuviera las distancias con Marsheim durante un tiempo.
—Gracias por la advertencia.
—No tienes por qué agradecerme. No es más que un regalo de despedida de tus superiores en el negocio y de sus manos manchadas. Rezo para que te unas a nuestro bando y trabajes con nosotros en su lugar.
Dicho eso, desaparecieron para siempre en la oscuridad. Parecía que mi presentimiento provocado por el humo negro de la pira no había errado el blanco.
[Consejos] En circunstancias normales, las piedras de maná no se forman cuando mueren los humanos. Sin embargo, si la persona en cuestión posee alguna marca física de magia profunda en su anatomía, como un poderoso ojo de bruja, es posible que deje un vestigio de ella.
Habíamos tenido que reorganizar nuestras pertenencias después de que los caballos se dispersaran durante el alboroto de Ferlin, pero a primera hora de la mañana siguiente conseguimos ponernos en marcha sin demasiados problemas.
—Muy bien, gente, ¡recuento! ¡No dejen a nadie atrás!
—¡Échenle un poco de agua del pozo a cualquier idiota que siga durmiendo! ¡Los que lleguen tarde tendrán que correr!
—Manden a los heríos a los carruajes de forma segura. A nadie le gustaría quedarse en medio de todo este ajetreo.
—Eh, sí, esa casa ya estaba vacía, así que podemos dejarla tal cual, pero esta tenía algunas cosas dentro, así que deberíamos dejar lo que no usamos…
Nuestros líderes de unidad y los caballeros con sus soldados se afanaban mientras nos preparábamos para abandonar el cantón, mientras que yo, como líder de los aventureros, me aseguraba de que todo marchara bien desde lo alto de la silla de montar. Por fortuna, lo único que tenía que hacer era sentarme y observar en silencio; aquellos hombres estaban bien entrenados.
Quizá debido al tiempo que había pasado encerrado allí con sus soldados y a las batallas que habían librado juntos, sir Lazne parecía tener una relación más distendida con ellos. Sobrevivir a una batalla parecía ayudar a estrechar los lazos entre las personas y había borrado la mayor parte de las diferencias de estatus social.
Justo cuando asentía con aprobación, escuché un grito. No era uno que indicara peligro. Imaginé que aquella voz resonante, atronadora e histérica pertenecía a Yorgos. También escuché algunos cuchicheos entre las mujeres…
—Ah. Ya veo —dije.
—Pro-Pro-Pro… Pro… ¡¿Profesor?!
De pie frente al joven ogro, que había caído de espaldas, confundido, estaba mi viejo amigo, ahora con el pelo ligeramente menos rebelde y una complexión un poco más pequeña. No era solo el agotamiento de los últimos días lo que había dejado a Mika con aquel aspecto lánguido; era porque su transformación estaba a punto de producirse.
—Ti-ti-tienes un tamaño má-más pequeño, y tu cuerpo es… má-más redondo… y tu voz es má-más aguda —balbuceó Yorgos.
Mika soltó una risita.
—¿Sorprendido, supongo?
La gente había empezado a apiñarse alrededor, preguntándose a qué le había estado gritando Yorgos, y pronto sus voces confundidas comenzaron a propagarse por el aire. No era de extrañar. Los hombres habían tratado a Mika como a cualquier otro hombre, y algunos incluso habían ido a los baños con él. Habría sido más extraño que no se hubieran quedado atónitos al ver el cambio ante sus propios ojos.
—¡¿E-esto es algún tipo de hechizo?! —continuó Yorgos.
Gracias al largo período que había pasado viajando con Mika, Yorgos estaba más sorprendido que nadie. Mika, por su parte, negó con la cabeza, extendió los brazos a ambos lados y dio una elegante vuelta sobre sí mismo.
—Perdón por habértelo ocultado. La verdad es que no soy un mensch. Soy un tivisco —dijo Mika. Con una voz ligera y cantarina, mi viejo amigo pasó a explicar qué era un tivisco. Ahora se mostraba abierto y orgulloso; era un cambio radical respecto a aquella noche en la que había ocultado su cuerpo de mí.
De niño, había temido que lo señalaran, lo miraran fijamente o lo apartaran, pero sus amigos (y tuve la suerte de estar entre ellos) lo habían querido y aceptado incondicionalmente, y parecía que eso había despertado un sentimiento de orgullo por lo que Mika era. Ahora parecía convencido de que la única cosa de la que debía avergonzarse era de sentir vergüenza por ser un tivisco. Le había preguntado a Mika qué hacía cuando llegaba la transformación en aquellos días, y me lo había contado, pero verlo en persona me hizo sentir orgulloso al comprobar lo lejos que había llegado.
Y, tal como había mencionado, parecía que había aprendido a disfrutar de la parte de las bromas durante sus transformaciones. Tenía curiosidad por ver cómo reaccionaría todo el mundo.
—Espera… —dijo Yorgos después de la explicación—. Entonces, profesor, ¿puedes convertirte en mujer también…?
—Sí. De hecho, el próximo mes. Seré incluso más bajo de lo que soy ahora —respondió Mika.
Los otros Hermanos empezaron a murmurar.
—De acuerdo, sí… Pero… Pero…
—Espera… ¡Estuvimos juntos en los baños! Eso no fue grosero… ¿verdad…?
—Yo lo vi… Lo vi todo…
—¡Mi-mierda…! ¡Yo lo invité a ir conmigo al barrio del placer!
Cada uno de los Hermanos tenía sus propios pensamientos al respecto. No los culpaba, ya que quizá yo habría reaccionado de manera similar si hubiera sido la primera vez que me enteraba, y parecían avergonzados de repente al darse cuenta de que habían sido francos y abiertos con él, como si fuera un tipo normal como ellos. Entonces me di cuenta de que algunos de aquellos sujetos habían estado rozando el acoso sexual, rogándole a Mika que fuera con ellos al barrio del placer o diciendo que, con su aspecto, se le echarían encima si fuera una mujer. Descubrir que, sí, Mika podía convertirse de hecho en una mujer provocaría precisamente ese tipo de reacción.
—Muy bien, cálmense, gente —dije—. Mi viejo amigo tiene la culpa de haberlos estado provocando a todos, pero no tenemos tiempo que perder quedándonos sorprendidos.
—E-espera, jefe, ¿no querrás decir que…?
—¡Claro que lo sé! ¿Cómo no iba a saberlo? Somos amigos desde que vivía en la capital.
De repente recibí una lluvia de reproches por no habérselo contado, pero mantuve una expresión serena. Después de todo, nunca había dicho que Mika fuera un mensch, ¿verdad?
El mundo es un lugar enorme, gente. Si quieren salir a conocerlo, tendrán que aceptar que existe un continuo de formas de ser mucho más diverso y maravilloso de lo que podrían imaginar.
—¿Estás satisfecho, viejo amigo? —dije.
—¡Más que unas castañuelas, Erich! No me canso de ver sus caras de sorpresa —dijo Mika entre risas mientras corría hacia mí. Quitó una de las sillas de montar para que fuera más fácil montar y se subió a Cástor. Aunque Mika pesaba un poco menos que hacía poco, seguíamos siendo dos adultos. Mi querido caballo soltó un resoplido de desaprobación, pero tendría que aguantarse.
Vamos, chico. Ya nos llevaste a los dos de vuelta en Berylin, ¿eh?
—Como hombre peso más, así que decidí tener paciencia —dijo Mika.
—Te lo agradezco. Aunque, viéndote de cerca, puedo notar los cambios —respondí.
—Sí, la diferencia se vuelve más marcada cuanto mayor me hago. Estoy deseando ver la cara que pondrás con mi próxima transformación. Me pasaré todo el tiempo sonriendo como un idiota.
—Entrenaré la mandíbula para que no se me caiga al suelo al verte. Menuda belleza has de estar hecho.
Al vernos reír y bromear, los Hermanos y los caballeros solo pudieron quedarse mirándonos boquiabiertos. Me pregunté qué estaría pasando por sus cabezas en ese momento. Quizá por fin habían entendido por qué Mika y yo éramos tan cariñosos a pesar de ser —en aquel entonces— del mismo género, y el hecho de que yo solo me acercaba tanto a los hombres cuando se trataba de una pelea.
—¿Eh? Espera… ¡¿¡Eh?! Tienes la misma cara, ¡pero también te ves completamente diferente…! —dijo Siegfried.
—Había oído las historias, pero vaya, qué transformación —añadió Margit.
—Vaya, me pregunto cómo funciona todo eso… Como una crisálida, quizá, con todo reorganizándose en su interior… —se preguntó Kaya.
Mientras la mayoría simplemente estaba sorprendida —por su parte, parecía que Kaya estaba más interesada en el aspecto científico—, ¿era imaginación mía o la expresión de Margit parecía un poco siniestra? Fuera como fuese, nadie parecía disgustado ni nada por el estilo, así que me alegró que Mika hubiera sido aceptado.
—¡Ya basta de quedarse boquiabiertos, tenemos que ponernos en marcha! ¡Al camino!
Mientras les gritaba a todos, podía ver por sus expresiones que estaban enfadados porque les había soltado aquella bomba justo antes de partir, pero aquello no era culpa mía en absoluto, así que decidí hacerme el desentendido esta vez.
[Consejos] Los tiviscos se originan en la región polar y solo tienen una historia relativamente reciente en el Imperio. Por ello, muchos habitantes de las regiones meridionales y occidentales del Imperio nunca han oído hablar de uno, y mucho menos han visto uno.
Por temor a que su peso sobrecargara cualquiera de los carruajes, Yorgos se unió al grupo que recorrería a pie el resto del camino hasta casa. Gracias a su enorme zancada, podía seguir fácilmente el ritmo de los carruajes, e incluso tenía tiempo suficiente para sumirse en sus pensamientos. Aquel día, cuando el Ojo del Conquistador se había apoderado de él y había atacado a su maestro, le habían hecho una pregunta: ¿Quieres ser un guerrero ogro? Yorgos había respondido: Quiero ser un guerrero que nadie olvide jamás.
El ogro aún no había olvidado la admiración que había sentido por los guerreros de su tribu, la misma que originalmente lo había impulsado a empuñar la espada. Le habían mostrado un combate que se había grabado a fuego en su corazón, y aun estando tan lejos de su hogar, seguía sin poder olvidarlo. Yorgos sabía perfectamente bien que no podía convertirse en alguien como ellas. Por mucho que se arrastrara en pos de aquel ideal, no sería más que una copia inferior.
El poder de un ogro no provenía únicamente de su dedicación de por vida al arte de la guerra, sino también de las imponentes complexiones con las que habían sido bendecidos. Sabiendo esto, las guerrero ogro habían creado armas que se ajustaran a su tamaño y perfeccionado un estilo de esgrima que se adaptara a dichas armas. En comparación con ellas, Yorgos era prácticamente diminuto; era dolorosamente evidente que le resultaba imposible ejecutar sus artes de la espada exactamente como ellas lo hacían.
A pesar de saberlo en lo más profundo de su mente, no había querido aceptarlo; había apartado la mirada de la verdad. Sin embargo, aquella misma verdad daba vueltas en su cabeza con cada paso firme que daba. Pronto, la parte racional de él y las palabras de su maestra le hablaron: ¿Qué necesitas para volverte verdaderamente fuerte?
La regla del mundo era que, para obtener algo, había que renunciar a otra cosa.
Antes de que siquiera se diera cuenta, el desfile había entrado en una pausa, y descubrió que sus pasos se detenían junto con los de todos los demás. Yorgos aflojó los cordones de sus botas y dejó descansar su cuerpo. Al mirar la espada que llevaba a la espalda, pensó que aquel trasto maltrecho no le sentaba bien. Incluso si entrenaba una cantidad inhumana y finalmente se acostumbraba a su peso, su longitud seguía siendo demasiado para él. Y entonces… si quería convertirse en un espadachín fuerte…
—Um, ¿Etan? ¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Yorgos a Etan, que estaba sentado cerca de un carruaje, humedeciendo su reseca garganta con un poco de agua.
—Ey, ¿qué pasa, Yorgos?
—¿Tienes otra espada del mismo tamaño que la que usas tú?
—¿Una montante? Sí, creo que recogimos una o dos de algún caballero o solda’o de infantería durante la limpieza. Espera un segundo.
Etan rebuscó entre las armas cargadas en el carruaje y, entre las existencias que habían tomado de aquellos que habían perecido durante su huida —las armas eran valiosas, así que las habían recogido siempre que tenían la oportunidad—, encontró una espada larga de un tipo muy utilizado entre los mercenarios y las gentes de razas de mayor tamaño.
—Aquí tienes. Está un poco maltrecha y la hoja está algo desgastá, pero todavía se puede usar bastante bien. ¿Alguien te pidió que le consiguieras un arma?
—Oh, no… Yo… quería probarla yo mismo.
—¿De verdad? ¿Y qué pasa con esa cosa que siempre llevas a cuestas?
Mientras que una montante era un arma increíblemente enorme en manos de un mensch promedio, en las de Yorgos parecía una espada larga normal. La levantó en alto; los sentidos de guerrero de Etan pudieron percibir que había algo diferente.
—¡Hmff!
}Con un grito, Yorgos ejecutó un tajo diagonal, cortando el aire en un arco. El ogro había puesto accidentalmente un poco más de fuerza de la necesaria en el golpe, dejando el arco un tanto desgarbado. El cuerpo de la hoja produjo un estruendoso golpe al atravesar el aire.
Aun así, era un tajo increíblemente rápido que Etan apenas pudo seguir con la mirada. Qué poder, pensó Etan. El propio Audhumbla había necesitado cierto tiempo para acostumbrarse a la montante y había tardado en conseguir que sus golpes fueran precisos. La espada de Yorgos era enorme, eso era cierto, pero su Hermano se había adaptado a aquella nueva arma a una velocidad increíble.
—Yorgos, amigo…
—El jefe me hizo una pregunta. ¿Quiero ser un espadachín fuerte o quiero ser un guerrero ogro?
—¿Y qué respondiste?
—Que quería ser un espadachín fuerte. Que quería ser yo mismo, ser tan fuerte como Yorgos. Que quería ser un guerrero que nadie olvidara jamás. Que no quería limitarme a copiar a los guerreros que admiraba.
Etan asintió con comprensión. Aunque la espada de Yorgos era más pesada que cualquier hoja normal, resultaba demasiado para su cuerpo. Era a la vez la fuente de sus aspiraciones y las cadenas que lo ataban. Pero Yorgos había elegido liberarse de aquellas cadenas, despedirse de la maldición de su admiración. En aquel momento era imposible decir si aquella decisión sería para bien. Lo que Etan sí sabía era que el golpe de Yorgos lo había sacudido tanto que, en su fuero interno, juró intensificar su propio entrenamiento.
—Hmm… Se siente bien… demasiado bien, de forma irritante —dijo Yorgos.
—Hablaré con el jefe. Usa esa por ahora —respondió Etan.
—¿Estás seguro?
—Je, ¡no tiene na’ de malo tener a un tipo fiable de tu lado cuando toca pelear!
Etan sentía que no podía considerarse superior de Yorgos si no lo ayudaba ahora que este intentaba cumplir una promesa que le haría bien. Yorgos estaba seguro de que su bondadoso jefe aceptaría, pero aun así le agradeció a Etan el ofrecimiento.
El audhumbla decidió que ayudaría a Yorgos a aprender a manejar aquella nueva hoja. ¿Quién sabía qué podría llegar a surgir de que un guerrero así eligiera dejar de ser manejado por su arma y tomar un camino más elevado y auténtico? Mientras hacía planes mentales para su propio entrenamiento futuro, Etan se dirigió a exigirle aquello a su maestro, que estaba fumando su pipa a poca distancia.
[Consejos] Por muy poderosa que sea tu arma, serás incapaz de liberar todo su potencial si no cumples las condiciones necesarias para blandirla.
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