¡Supervivencia en Otro Mundo con mi Ama!
Capítulo 298. No Está en mi Naturaleza Quedarme de Brazos Cruzados
No voy a entrar en demasiados detalles sobre mi vida nocturna. En cualquier caso, no es precisamente tranquila. Aunque, ¿quizá podría decirse que lo es a su manera? Porque, al final, el que acaba muerto soy yo. Jajajá.
Sea como sea, no quiero que al día siguiente mi fuerza y resistencia máximas se reduzcan a un veinte por ciento o algo por el estilo. Cuando llego a ese extremo, necesito comer y descansar unas dos horas antes de poder siquiera moverme.
—…¿Estás bien?
—Sí, bueno… Solo necesito descansar un poco y estaré bien.
Mientras permanecía desplomado en el sofá de la sala de estar después de desayunar, Ifrita se dirigió a mí con expresión preocupada. Era sorprendentemente amable.
—Debes de estar pasándolo bastante mal.
—Bueno, esta es una de las formas de asumir mi responsabilidad, ¿no? Ya que hemos llegado a tener esta clase de relación, puedo dar y recibir el mismo amor y afecto, siempre que mi cuerpo y mi tiempo me lo permitan.
Así que llevaba agotado desde primera hora de la mañana. Sin contar a las arpías, tenía a una elfa de tipo combatiente, una integrante de la raza de los cíclopes, una demonio de tipo mujer bestia, una dragona, tres humanas, tres onis y dos elfas.
Sí, dos elfas. Antes de darme cuenta, Driada-san se había sumado al grupo. Nadie dijo nada; de hecho, incluso parecía haber cierta cooperación entre ellas. Supongo que ya habían conseguido derribar las defensas exteriores. Así que se coló por el hueco que habían dejado Ellen y Amalie-san.
¿Eh? ¿Y las tres chicas limos? Con ellas no había nada que hacer. Esas tres eran prácticamente insaciables.
—Responsabilidad… Supongo que estás intentando ser sincero a tu manera, ¿no?
—Por supuesto. Son bastante insistentes, pero tampoco me desagrada que me quieran. Todas son hermosas y me demuestran su amor sin rodeos. Haré todo lo posible por corresponderles como se merecen.
Lo decía de todo corazón. En la Tierra no era más que un tipo corriente. Nunca imaginé que mujeres tan hermosas como Sylphy y las demás se interesarían por mí. Fue una sorpresa de lo más agradable… aunque también tuve que soportar algunas dificultades.
—Aun así, hay muchas cosas que todavía me desconciertan. Todo es tan distinto de donde vivía antes.
—Mmm…
Ifrita se sentó a mi lado mientras respondía con indiferencia. Se había cambiado de sitio para acercarse a mí.
—¿Ifrita?
—¿Qué pasa?
—Nada.
Me quedé callado, incapaz de resistir aquellos ojos escarlata que me miraban fijamente. ¿Qué sentido tenía que se hubiera molestado en sentarse a mi lado precisamente en una situación como esta? No, espera… ¿Acaso…?
—Por cierto, te veo bastante desocupada. ¿No tienes nada que hacer?
—Así es. En este momento no tengo nada pendiente. O, mejor dicho, no me han asignado ningún trabajo.
Al parecer, las negociaciones con el Reino Sagrado no estaban yendo demasiado bien. Era comprensible. Había demasiadas razones para que ambos bandos se detestaran. En cualquier caso, como el inicio de las negociaciones de paz había permitido establecer una tregua, ahora ambas partes estaban esforzándose al máximo por imponer sus respectivas exigencias.
Sin embargo, también estaba el hecho de que cuanto más tiempo se le concediera al Reino Sagrado, más desfavorable sería la situación para el Reino de Merinard. Después de todo, la diferencia entre el poderío nacional de ambos países era demasiado grande. Por mucho que se esforzaran, el Reino Sagrado siempre podría movilizar a más soldados. Cuanto más se prolongara la tregua, más tropas podría enviar al frente a un ritmo cada vez mayor.
El Reino de Merinard también estaba aumentando sus efectivos mediante el reclutamiento de antiguos esclavos semihumanos que habían sido liberados y deseaban alistarse en el ejército. Sin embargo, existía un límite en cuanto al número de soldados que el Reino de Merinard podía mantener en servicio. Bueno, creo que con mi ayuda podrían hacer bastante, pero si organizaban un ejército de un tamaño desproporcionado, más adelante podrían acabar asfixiando económicamente al reino. Un ejército siempre devora dinero, sin importar de qué país sea.
—Pero —dije—, sinceramente, no creo que sea buena idea quedarme sentado sin hacer nada, simplemente porque no me han asignado ningún trabajo.
—¿Así son las cosas?
—Así son.
Soy bastante consciente de que tengo cierta tendencia a ser un adicto al trabajo. Me siento incómodo siendo el único que se toma las cosas con calma mientras todos los que me rodean están ocupados.
—Así que estoy pensando en hacer algo.
—¿A qué te refieres con «hacer algo»?
—Esa es la parte complicada. No sería conveniente que me moviera demasiado y llamara la atención del Reino Sagrado. Me dijeron que, si iba a hacer algo, al menos debía alejarme de Merinesburg.
—Entonces, ¿por qué no haces eso?
—Pero, si me marcho de Merinesburg, tendría que dejar aquí a Ellen y Amalie-san, que están embarazadas, y también a las pequeñas arpías. No quiero hacer eso.
—Ah, es verdad…
La mirada de Ifrita se volvió fría y seria. No, no puedo dejar atrás a mujeres embarazadas, ni tampoco desentenderme por completo del cuidado de las niñas y dejarlo todo en manos de sus madres, ¿verdad? Aunque, por lo visto, eso sería lo correcto según la cultura de las arpías.
—Así que voy a buscar alguna manera de ayudar a Sylphy y a las demás mientras permanezco aquí, en el castillo.
—¿Y a qué te refieres con «alguna manera»?
—¿No acabamos de pasar por eso?
Todavía no tenía ningún plan concreto.
—Primero, veamos con qué cuento.
—Cierto. No puedes hacer nada si no sabes qué cartas tienes en la mano.
—En lo que a mí respecta, soy un artesano. Puedo fabricar casi cualquier objeto en grandes cantidades. ¿Qué te parece si produzco en masa algún artículo que tenga mucha demanda, lo vendo y destino las ganancias a las arcas del reino?
—No. Si utilizas tu habilidad para distribuir productos de calidad, a bajo precio y en grandes cantidades, tarde o temprano los artesanos y productores que se dedican a fabricarlos acabarán arruinándose.
—¿Verdad? Ya me lo imaginaba. sabía que sería así.
Hacía tiempo que tenía este problema bastante claro. Si me lo tomaba en serio y empezaba a fabricar productos en masa para distribuirlos al público, acabaría destruyendo la industria nacional. Después de todo, podía obtenerlo todo, desde las materias primas hasta los productos terminados, prácticamente sin coste alguno, y la calidad de estos era bastante alta. Según los herreros y artesanos del Departamento de Investigación y Desarrollo, aunque mis productos no alcanzaban el nivel de los fabricados por los maestros artesanos, tenían una calidad que les permitiría destacar en las tiendas como artículos de alto rendimiento o productos excelentes.
Era evidente que, si se distribuían en grandes cantidades productos de semejante calidad, terminarían desplazando del mercado los artículos de los artesanos y talleres que ya existían.
—Entonces, ¿la capacidad minera?
—¿No sería lo mismo? Todas las minas del país acabarían quebrando y el valor de los metales raros y las piedras preciosas se desplomaría.
—Sí.
Me habían contado que las piedras preciosas, el mithril, el oro, la plata y los demás minerales y metales preciosos que les había entregado a Sylphy y Melty para financiar al ejército de liberación se estaban vendiendo poco a poco, precisamente para evitar que su valor se desplomara.
—Eso es mucho dinero.
—¿Dinero, eh…? ¿Quieres montar un negocio?
—Es imposible ganar dinero sin preparativos… No tengo experiencia como empresario ni tampoco olfato para los negocios.
—Pero sí que tienes cosas que podrían aprovecharse para hacer negocios, ¿no?
Eso significaba los productos que había fabricado y las piedras preciosas y minerales que había extraído del suelo con mis habilidades.
—Tú misma acabas de decir que sería malo inundar el mercado con ellos.
—Dije que no era bueno introducir tantos productos que terminaran desplazando a los demás artículos del mercado. Basta con hacerlo con moderación. Además, no tienes por qué encargarte personalmente de todos los aspectos del negocio, ¿verdad?
—Ya veo. Quieres que sea un inversor. Pero ¿cómo?
No me importaba invertir, pero no tenía ningún contacto en ese ámbito.
—Hay una organización que puede serte de utilidad. Puedes empezar hablando con ellos.
Ifrita se levantó de su asiento y me hizo una seña con el dedo índice, como invitándome a seguirla. ¿Mmm?
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