Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 8 Otoño del Decimosexto Año Parte 2

Muchos de los clientes habituales habían empezado a preguntar si iba a ser adoptado, quizá porque me veían seguido por ahí. Aunque Fidelio y Shymar estaban locamente enamorados, los dos no tenían hijos. Seguro pensaban que Fidelio se había pescado a un hijo capaz para afianzar su transición de simple pareja a una verdadera familia.

Naturalmente, solían quedarse un poco perplejos cuando les mostraba mi insignia y soltaba el típico «no, de verdad, solo somos compañeros de trabajo».

No era ninguna sorpresa para mí, claro; el nombre «Ricitos de Oro» podría tener cierto peso en ciertos círculos de por aquí, pero yo no era precisamente una celebridad entre los ciudadanos comunes. O tal vez bastaba con ver mi complexión menuda para que asumieran que salir de aventuras no era lo mío.

Lo que no daría por tener una cabeza más de estatura y algo de carne de res casera en estos huesos. Si todo hubiera salido como debía, ya estaría cerca de los 180 centímetros al terminar de crecer mis huesos largos.

No es que me disgustara la idea de estar delgado y tonificado en secreto, pero, para ser sincero, anhelaba tener el físico robusto que tenía mi viejo maestro Lambert. Ese sí que era un caso de libro: el Tipo Duro por excelencia; con solo mirarlo uno sentía que podía dejarle la espalda sin miedo.

Vamos, dime que tú no te lanzarías contra una línea de piqueros armado solo con un buen agarre en tu mandoble si él fuera el que te liderara. El magistrado lo había reclutado personalmente porque su fiereza era tan evidente que saltaba a la vista. Yo, por mi parte, me había vuelto un devorador de carne empedernido y había trabajado mi cuerpo hasta el límite con la esperanza de parecerme aunque fuera un poco a él… pero los resultados fueron bastante mediocres.

Si lo ponemos en términos de Hollywood, yo apuntaba a tener el cuerpo de Dwayne Johnson, pero apenas si llegué al de Chris Evans, lo que simplemente no era suficiente, si me preguntas. A lo grande o nada, ¿me entiendes?

Ugh, por favor, que alguien me convierta en un tanque confiable: un metro noventa, 120 kilos y al menos 18 en FUERZA.

—«¿Entonces por qué estás invirtiendo EXP en competencia mágica?», te escucho gritar, y bueno… puede que tengas razón.

—¿En qué piensas? ¿Es algo asqueroso?

Sentí una suave sensación sobre la cabeza: el ya familiar peso de un cuerpo élfico vivaz esparcido entre mi cabello. Lottie había salido a conversar. Supuse que había estado esperando a que el último cliente se marchara para aparecer; no que alguien pudiera verla si ella no quería, claro.

—Solo pensaba que me gustaría ser un poco más alto, y que sería genial tener una cicatriz como la del joven aventurero que conocí el otro día.

—¡¿Pensabas eso?! ¡Nooo, una cicatriz no te quedaría nada bien!

La decepción de Lottie era palpable ante mi deseo sincero.

¿Una cicatriz no me quedaría bien? Hmm… ¿sería posible reasignar algunos puntos de APARIENCIA a TAMAÑO…?

—Atención, vienen unos clientes. Uuuh, huelen.

—¿A qué huelen?

Mi pregunta quedó flotando en el aire justo cuando la puerta se abrió y obtuve mi respuesta en cuanto los clientes entraron.

—Con permiso.

Era una maga con una capa de capucha baja y un séquito de dos personas. Uno de sus acompañantes tenía una nariz que se desviaba en varias direcciones. Digamos que los tres me eran bastante conocidos.

La maga al frente era la pobre alma cuya cara Margit había presentado tan bruscamente al pavimento. Supuse que la habían arreglado, porque lucía impecable; ni una costra le quedaba.

Uno de los hombres tras ella era el desafortunado mago que había intentado lanzarme gas lacrimógeno justo antes de que yo le estrellara la cabeza contra una pared con la palma abierta; de ahí la nariz torcida. Claramente no podía costearse al curador de su jefa y tampoco tenía ni el talento ni la habilidad para hacerse él mismo el trabajo reconstructivo necesario para borrar las marcas de la brutal paliza que se llevó. El pobre imbécil bien podría andar por la ciudad con la palabra «PERDEDOR» escrita en grandes y amistosas letras en la frente.

El otro hombre era el de la retaguardia que se había visto atrapado en el ataque con gas lacrimógeno. Supongo que era gracias a la mala fama del Clan Baldur que había logrado pasearse con su espada al aire tan descaradamente sin que la guardia local lo detuviera.

—Este establecimiento es para viajeros y comerciantes. Si quieren una copa, les sugiero que lleven su dinero a otra parte.

El dueño tenía una política firme de «nada de aventureros» (salvo sus propios camaradas, claro está), y como yo me valía de la temible reputación del santo, la maga del frente metió rápidamente la mano en el bolsillo de su túnica.

Me picaban los dedos por tomar un arma; agarré un tenedor del mostrador —con suficiente esfuerzo, incluso uno de madera podía matar—, pero contuve mis instintos al notar que ninguno de ellos parecía venir con intenciones de pelea.

Por el amor de los dioses, pensé, eres una maga;por favor , no hagas nada repentino o sospechoso solo porque no llevas tu bastón. Estuve a un segundo de lanzarte esto directo a la tráquea.

Era sumamente común que los magos usaran pociones o amuletos para canalizar su magia, y sabía con certeza que ella dominaba algo de orniturgia del Colegio Imperial; si le daba tiempo de entonar un encantamiento, podría salir volando y entonces las cosas se pondrían feas. Así que, en serio, entre magos ya debía ser sentido común no hacer movimientos repentinos sin explicación, ¿no? Porque déjame decirte, si no estás pensando en cómo todas tus tonterías arcanas ponen a la gente en alerta, es culpa tuya si te atacan primero y preguntan después.

—¡Por todos los dioses, solo vengo a entregar una carta!

Estaba extrañamente precavida —bueno, supongo que era natural; la última vez que hablamos así estuvo al borde de la muerte— y en vez de sacar un bastón pequeño o un talismán grabado con fórmulas, como esperaba, sacó una carta con un sello de lacre.

El emblema del cuervo con un ojo en el pico pertenecía a la jefa del Clan Baldur, Nanna Baldur Snorrison. Era el símbolo de todo el clan, pero también servía como prueba de que lo que fuera que llevara ese sello contaba con la aprobación personal de ella.

Sin embargo, mis experiencias con mi antigua empleadora seguían pesando en mi corazón, y el hecho de que una exalumna del Colegio Imperial se tomara la molestia de estampar su emblema en lacre me irritaba profundamente. ¿Estaba menospreciándome?

Tenía un nombre largo, pero no era noble —ni siquiera era una magus de alto rango— y aun así se daba el lujo de usar públicamente su escudo en una carta. Si eso no olía a arrogancia, entonces no sé qué lo haría.

Por estos lares no se escuchaba mucho la lengua palaciega. El sistema de valores era distinto aquí. Sería una pérdida de tiempo quejarme con una maga que no era más que una paloma mensajera, así que me mordí la lengua y decidí aceptar la carta.

Siendo sincero, no quería tener nada que ver con un clan de forajidos; quería emular a la cabra negra de aquella vieja canción infantil y simplemente deshacerme del asunto sin siquiera leerlo, pero sabía que ignorarlo solo me traería más líos más adelante, así que dejé de lado ese deseo.

El hecho de que los tres mensajeros no se marcharan pese a que yo ya había recibido la carta me indicaba que les habían encargado conseguir una respuesta antes de irse.

Vamos, ustedes tres; ¡esto es una posada y restaurante decente! Es malo para el negocio que tres aventureros con pinta sospechosa y aire de maleantes se queden plantados justo en la puerta.

Dije que los llamaría una vez hubiera leído la carta y los hubiera echado a patadas —metafóricamente, claro está—, luego los hice a un lado y los guie hasta unos asientos mientras abría la carta.

La misiva tenía un hechizo de autoinmolación para protegerla de miradas indiscretas que no fueran las del lector previsto. Era una técnica común de la Escuela del Amanecer; etiqueta básica de primer día. Versiones más avanzadas de esta magia harían estallar al lector curioso junto con la carta. Algunas ni siquiera se molestaban en matar: pasaban directamente a transmutaciones tan horribles que el afectado acabaría rogando por la muerte. Pero como esas eran demasiado grotescas para un uso cotidiano, esta versión era una elección más razonable.

¿Que qué haría Lady Agripina? Bueno, sus técnicas eran demasiado complejas para que yo las entendiera por completo, pero supongo que alteraría el destino de cualquiera que no fuera el lector designado, haciéndolo incapaz de volver a leer jamás. En el peor de los casos, los arrojaría de clavado a algún basurero dimensional de la undécima esfera, exiliándolos para siempre del plano material. Pero eso ya es especulación mía; lo que quiero decir es que haría algo tan fuera de lo común que ni quiero pensarlo.

Dejando el pasado de lado por un momento, considerando que Nanna jamás hizo esfuerzo alguno por ocultar su afición a las sustancias químicas experimentales, no me habría sorprendido si hubiera enviado algo que explotara en una nube tóxica de Bacillus anthracis[1], pero no: dentro solo había una carta normal.

Justo cuando me iba a sentar a leerla, oí una voz a la altura del cuello:

—Ya sé que vinieron con su mejor pose de clientes duros, pero ¿podrías tener un poco de decoro y no dejar tan en claro lo mucho que quieres dispararle al mensajero?

Mi compañera se abalanzó hacia mí como de costumbre, habiendo sentido desde el jardín interior que algo andaba mal.

Otro punto en contra para mí. Parece que Margit no había tenido mucho tiempo para dedicarse al crecimiento personal, así que se había propuesto crear oportunidades para pulir su movimiento sigiloso conmigo; como si no brillara ya como una joya. Ya podía acechar presas en lo más profundo de los bosques montañosos como la mejor, y su sigilo urbano no hacía más que mejorar.

Últimamente, el número de veces en que no la notaba si no estaba concentrado había aumentado; si no me cuidaba, la balanza final empezaría a inclinarse completamente a su favor. Mis habilidades sensoriales como espadachín estaban llegando a su límite, así que quizá era hora de buscar algún hechizo de vigilancia continua, 24/7.

—Es una carta del Clan Baldur. Entregada en persona por algunos de sus peces gordos.

—Vaya, parece que te tienen en alta estima. ¡Todo un logro para un aventurero que apenas se ha quitado el hollín!

Mi compañera se burló mientras yo luchaba por descifrar la peculiar caligrafía de la carta.

—La noticia les llegó rápido. Solo han pasado dos días desde que nos ascendieron.

—Son expertos en estas cosas. Su red de inteligencia en su territorio está en otro nivel. Nuestras redes de información se reducen básicamente a las amistades con las que tomamos el té.

—Entonces seamos agradecidos de que tomamos el té con héroes inmortalizados en cuentos y canciones, ¿sí?

El contenido de la carta era una inocente felicitación por nuestra promoción, que cerraba con la sorprendente sugerencia de celebrar con un banquete.

Aunque no estaba redactada conforme a las normas básicas de etiqueta cortesana, la escritura era elegante; lo cual era de esperarse en una exalumna del Colegio. Aun así, había algo raro en algunos trazos y curvas que resultaban torpes. ¿No me digas que la pobre ya estaba empezando a temblar…?

Aun así, no podía quitarme de encima la sensación de que seguía mirándonos desde arriba. Como si todavía nos viera como peones… solo que peones que requerían un toque ligero y juicioso.

Toda la propuesta se ajustaba a la etiqueta, sí, pero no podía ignorarse que era un movimiento de poder descarado, una forma de presumir la calidad de los informantes del Baldur. Desde que hicimos callar al Exilrat, todos, salvo la Señorita Laurentius, andaban con pies de plomo a nuestro alrededor, pero parecía que nuestra amiga psiconauta había percibido el aroma de su antigua vida en nosotros y había decidido que aún le podíamos ser útiles.

—Muy bien, le enviaré una carta educada rechazando su invitación.

—Oh, ¿y por qué no aceptar su oferta?

¿Va en serio? Miré a mi compañera y vi que tenía una sonrisa maliciosa; luego la siguió con una expresión de vieja cazadora: «Es más fácil despellejar a una bestia si ya sabes dónde están las vísceras». En términos menos sangrientos: no hay mejor lugar para reunir la información necesaria para controlar a un enemigo que el mismo centro de su operación.

Hmm… Sí, tenía razón. No sería mala idea reunirnos cara a cara y tantear la situación. Mejor eso que quedarme completamente a oscuras respecto a lo que Nanna pudiera estar tramando a mis espaldas.

Por supuesto, no pensaba en hacerme su amiguito ni nada por el estilo, pero un aventurero necesita conexiones.

—Está bien. Podemos aceptar su oferta, pero no voy a comer ni beber absolutamente nada, ¿entendido?

—No espero que abras tu corazón a tal grado. Yo tampoco me especializo en venenos, así que tampoco probaré bocado.

Perfecto. ¿Qué tal si aprovecho de sacarme una pequeña espinita mientras redacto mi respuesta?

No percibía a nadie cerca, así que chasqueé los dedos y, con eso (más un poco de magia para distorsionar el espacio), abrí nuestra caja de equipo.

Dentro había una selección de suministros de mi antiguo empleo, que podía invocar al instante según lo necesitara. Esta vez, saqué un pergamino de alta calidad hecho de piel de oveja, del tipo que un noble no rechazaría con desdén al recibirlo; una botella de tinta encantada de calidad igualmente elevada; y una pluma de grifo que había usado a menudo.

Todos eran objetos importantes, pero era un error común entre los novatos de los juegos de rol de mesa darse cuenta de algo como «¡Ah, mierda, olvidé comprar eso!» después de haber creado su ficha de personaje y empezado la campaña. Yo mismo había priorizado las pociones en su momento y terminé sin tener ni siquiera papel, así que tuve que pedir prestado un trozo de cuaderno a otro jugador.

No podías darte el lujo de relajarte solo porque en la vida real fuera más fácil conseguir esas cosas básicas.

Volviendo a la tarea en cuestión: no quiero que me mires en menos, jefa fracasada. Me partí el lomo trabajando para un conde; incluso entrené a sus futuros vasallos. No vas a intimidarme con una carta bien escrita y palabrería noble, ni lo sueñes.

—Qué papelería tan elegante. ¿Cuánto te costó?

—La cargué a la cuenta de gastos. Mi jefa no era tacaña con cosas como esta.

Para ser una académica burguesa de manual devenida aristócrata de verdad, en serio que no tenía ningún apego al dinero. Me compraba lo que necesitara, sin importar el precio, y ni siquiera pestañeaba ante mis peticiones. Su aprobación para que adquiriera este set de papelería venía con la expectativa tácita de que al menos mantuviera cierto nivel de decoro al enviar cartas.

Sea como fuere, la tinta y el pergamino eran de tal calidad que un conde podría usarlos para escribirle al propio Emperador. Así que prepárate…

Escribí mi respuesta rápidamente, y justo cuando estaba por sellar la carta —decidí no usar ningún hechizo protector para no dejar claro que sabía magia—, recordé algo importante.

Ah, cierto… no tengo un sello de lacre…

Siempre había enviado cartas en nombre de Lady Agripina, así que ella me había dado su anillo de sello para eso. Y cuando escribía a casa, simplemente usaba pegamento. Fue una completa omisión de mi parte.

Ay, viejo… si no cierro esto bien, no podré causar la impresión que quiero.

—Oye, Margit, ¿no tendrás por ahí un anillo de sello con un emblema genial, no?

—¿De verdad estás preguntando si una cazadora llevaría en los dedos un accesorio inútil? Si quieres hacer uno, puedo prestarte algunos colmillos u otras cosas que tengo guardadas.

Sus dedos delgados estaban, tal como dijo, completamente libres de adornos. Los anillos cambian la sensación y el manejo de un arco o una daga, así que Margit no era fan. En su lugar, prefería llevar joyas ruidosas en otras partes del cuerpo; joyas que, eso sí, sabía usar sin hacer el menor ruido.

Hmm, sí, podría fabricarme uno al instante. Mi habilidad de Carpintería y mi Destreza eran suficientes como para tallar un sello bastante decente en unos cinco minutos. El problema era mi visión artística. Incluso si podía copiar arte o caligrafía técnicamente bien, nunca fui un «tipo de ideas» en ninguna de mis dos vidas; parecía apuntar a una especie de pobreza básica y persistente de espíritu.

Esto es solo conjetura mía, pero creo que por eso las habilidades conceptuales, que parecen técnicas en la superficie, requerían tanto EXP: tocar esas áreas era literalmente alterar la esencia de tu ser. Era parecido a cómo no valoraba demasiado mis rasgos faciales o mi voz —cosas que cambiarían con el tiempo—, pero aun así no quería tocar mis valores de altura, ahora que ya se había detenido el crecimiento de mis huesos largos.

¿Quién fue el que dijo que «la clase no se compra con dinero»?

—Ajá, eso es.

Ya sé exactamente qué hacer para sorprenderla con mi «clase»… o más bien, con mi orgullo…


[Consejos] En esta época, el honor de una casa es más importante que el linaje de sangre, por lo que la adopción es algo común. Poseer la magnanimidad para adoptar a un niño de otra raza, si demuestra un talento único, es una exigencia dentro del Imperio.

Sin embargo, cuando se trata de ejemplos vivientes de la historia natural del linaje humano, como los matusalenes, también se considera su capacidad de procrear al decidir si se los acepta dentro del clado[2]. Aun así, existen historias de mensch que han tenido hijos con dracos, así que, dicho sea de paso, las excepciones son más la norma que la excepción.


Fuimos invitados con la excusa de un banquete de celebración, pero el único humo que entró en las bocas de los presentes fue el de la sospecha.

En la base del Clan Baldur —que parecía estar a un paso de convertirse en una ruina o en el escenario de una casa embrujada—, Margit, la líder del clan más anárquico de Marsheim, y yo nos sentamos juntos.

Con el fin de demostrar que no tenía intenciones asesinas, Nanna había convencido a sus guardaespaldas de quedarse fuera de esta reunión, por una vez.

Era algo que había practicado hasta el dolor bajo el mando de Lady Agripina —incluso el solo hecho de recibir instrucción aumentaba mi destreza rápidamente—, así que mi carta, redactada con estilo cortesano y prosa palaciega, pareció surtir bastante efecto.

El tiempo que Nanna pasó como estudiante del Colegio Imperial significaba que había recibido una educación orientada a servir como burócrata de algún noble… o a convertirse en una ella misma. Jamás podría olvidar la imagen de la pobre Elisa siendo aleccionada por Lady Agripina sobre la forma correcta de sostener una cuchara, de caminar o de cumplir con alguno de los otros millones de insignificantes y exasperantes indicadores sociales.

Todo lo que hacían los nobles —desde cómo comían la sopa hasta cómo se abotonaban la ropa— era, en esencia, fastidioso.

Mika, por ejemplo, me hablaba de forma casual y coloquial, pero dominaba el habla palaciega a la perfección. Imagino que se debía a que su maestro lo había obligado a memorizar hasta la más mínima diferencia gramatical entre los dialectos masculinos y femeninos para evitar cualquier desliz.

Yo sabía muy bien lo insoportable que era la escritura cortesana, incluso dejando de lado mi experiencia directa con toda esa jerigonza enredada. Para ponerlo en términos más familiares: no es agotador en el mismo sentido que llenar una solicitud de trabajo en línea… pero es bastante parecido, y te deja suplicando por una muerte rápida con el mismo nivel de desesperación. Aunque, bueno, ahora yo podría redactar una carta de presentación de primera. Pero, hmm, sí… ¿cómo se condensa una experiencia laboral como la mía en dos páginas a doble espacio?

Dejando mi nostalgia de lado por un segundo, también trabajé un pequeño y último ángulo vengativo solo para molestarla completamente.

Había creado una réplica perfecta del sello de lacre que ella usó en su carta para mí.

El sello de lacre en sí es un pilar dentro de los sellos protectores; además, suelen llevar otro tipo de hechizo de resguardo para evitar el uso indebido del emblema.

Por supuesto, Nanna había encantado su cuervo sacaojos para evitar que fuera reutilizado, pero lo que no sabía era que yo había trabajado para un conde. Tenía todo un arsenal de métodos astutos bajo la manga.

Cuando empecé a redactar cartas para la madame, Lady Agripina me grabó a fuego que esta forma particular de falsificar un sello ajeno era más que posible.

Tal vez ahora Nanna me confundía con el tipo de sujeto que tiene un ilusionista a su disposición, o que puede mover hilos en el Gatito Dormilón para que la Señorita Zaynab venga a sacarlo de un apuro.

Creo que Nanna por fin entendió las otras dos formas de venganza que incluí en mi respuesta, además de la escritura misma. Y ahora, mientras dejaba que la comida intacta se enfriara y que las copas de licor se entibiaran en esta incómoda «celebración», ojalá se diera cuenta de que era un enemigo aún más molesto de lo que pensaba… uno con vínculos a su vida anterior.

Olvídate de un oponente fuerte: es infinitamente más complicado lidiar con alguien que conoce tu pasado. Especialmente si puede usar tu reputación actual —y poco halagadora— en tu contra. Basta con tener un puñado de implicancias ominosas a favor para que nadie quiera arriesgarse a hacer un movimiento en falso contra alguien con una buena mano y un montón de fichas sobre la mesa.

Nanna no podía negar el poderoso contrahechizo que yo sostenía en la palma de mi mano.

Sí, mi as bajo la manga era una conexión no solo con mi antigua empleadora, sino también con el nombre más grande de la Escuela del Amanecer, la pervertida suprema, la mismísima Lady Leizniz. Ahora bien, ¿qué crees que pasaría si un pajarito le contara a la dama que una antigua alumna suya se había dedicado al tráfico de sustancias, hmm?

Para ser franco, seguramente también tendría un costo bastante alto para mí; no sería una destrucción mutua asegurada, pero tampoco era una estrategia a la que quisiera recurrir.

Debía reconocerle algo a Nanna: tenía agallas por no cancelar nuestra reunión con la excusa de otro «asunto importante» tras enterarse de este vínculo con su pasado. Puede que hubiese caído en desgracia, pero alguna vez aspiró a convertirse en una magus. Y no fue expulsada del Colegio por falta de talento o por haber perdido la voluntad; no, fue ella quien eligió seguir adelante, internándose en el reino de la magia prohibida, y por eso fue desterrada por el claustro.

Yo ya estaba acostumbrado a tratar con personas que podían matarme por capricho o en medio de una rabieta. Pero también era importante destacar que había ventajas en tener cerca a ese tipo de gente.

Reevalué internamente a Nanna. Ahí estaba, la maga, dando largas caladas a su pipa de agua, sin comer ni beber nada, totalmente impasible ante mis credenciales, pese a no tener idea de por qué las tenía. Quedaba claro que no era una don nadie que se las había arreglado en Marsheim solo por lo escasa que era la magia.

—Pero vaya… es bastante rápido…

Las primeras palabras que cruzaron los labios de Nanna en un buen rato vinieron acompañadas de una bocanada de humo. Que nos evaluáramos en silencio mientras la comida se enfriaba era lo esperable entre quienes conocían el mundo de los nobles, pero estoy seguro de que Margit, sentada a mi lado, se sentía increíblemente incómoda durante todo ese tiempo. Pensé en comprarle algo bonito después por soportarlo. Tal vez algo de joyería nueva.

—Para que alguien… sea promovido así de rápido… Ha habido… quizás cuatro… desde que me convertí en aventurera…

—Bueno, no es tan raro para un lapso tan corto, —respondí.

—Oh, vaya… ¿Dices que parezco joven? Qué encantador… Aunque no logré… la inmortalidad ni la invulnerabilidad… sabes.

Parecía que la maga casi esquelética había tomado mis palabras como un cumplido socialmente obligatorio. Ya sabes, ese típico «no pareces de más de cuarenta y cinco».

—Me tomó… cuarenta lunas llenas… conseguir el ascenso. Bueno… sucedió después de que… empecé a distribuir mis medicinas.

—¿Medicinas?

—Jee, jee… Sí, legales… por supuesto.

Normalmente torcía el gesto al escuchar a mis superiores alardear de sus logros mientras había licor sobre la mesa, pero no me haría daño oír las hazañas de Nanna. No era solo una aventurera veterana; era una figura clave, una jefa criminal en la cima de un monopolio local auténtico.

Y no solo eso, no parecía querer alardear por puro gusto. Yo estaba ahí por su invitación; cualquier información que me diera por iniciativa propia, lo hacía por una razón. Si matarme era difícil, al menos podía intentar caerme bien. Era un movimiento lógico.

Nanna no comenzó su ascenso a la infamia vendiendo drogas ilegales desde el principio. Antes de convertirse en una aventurera por encima del promedio, primero había preparado y vendido pociones comunes y corrientes para ganarse la vida. Me preguntaba si realmente necesitaba convertirse en aventurera si ya tenía un negocio tan estable, pero al parecer, era más conveniente para ella empezar como aventurera debido a los impuestos, inversiones iniciales y todo eso.

Nanna había usado su reputación como maga para atraer encargos de mayoristas de hierbas y boticarios, donde fabricaba pipas y usaba sus contactos para obtener ingredientes baratos con los que elaboraba sus propias pociones de alta calidad. Usaba las ganancias para comprar más instalaciones y materiales, y así fue ampliando la escala de su operación. Yo… siento que ya he hecho esto mismo en varios otros mundos.

Imitando métodos usados en Cyrodiil o en un Las Vegas postapocalíptico, había reunido sus ingresos para crear una nueva poción.

—Era una mezcla especial… para tratar el pie de atleta.

Nanna sacó pecho como para mostrar cuán impresionante era su logro, pero sinceramente, no lo entendí del todo.

—¿Ohh? ¿No ves lo importante que es?

—Eh… nunca lo he sufrido.

—Eso sí que me sorprende.

Me pregunté si «pie de atleta» significaba otra cosa aquí; lo único que pude hacer fue inclinar la cabeza, confundido. A mi lado, Margit estiró las piernas cubiertas de quitina, inmunes a cualquier tipo de contaminación bacteriana. Nanna suspiró otra bocanada de humo.

—El pie de atleta… aparece cuando los aventureros… bueno, cualquiera, cruza campos húmedos… Y no solo eso… también es un riesgo laboral incluso para los nobles.

Nanna explicó la afección con completa exasperación, pero parecía que la había entendido bien. Se trataba del mismo pie de atleta que yo conocía: una proliferación de hongos en los pies causada por las condiciones apropiadas cuando aventureros, mercaderes o incluso nobles usaban calzado por demasiado tiempo. Y así, ella había logrado hacerse de una fortuna vendiendo una poción para curarlo.

La gente de clases bajas que compraba calzado en tiendas de segunda mano, lo heredaba o incluso lo sacaba de cadáveres, rara vez se libraba de contraer infecciones fúngicas. En cuanto a los nobles, preferían zapatos de cuero ajustados, que precisamente no dejaban respirar bien los pies. Ningún rhiniano estaba exento, salvo aquellos tan pobres que ni siquiera podían permitirse unos zapatos.

Aun así, no terminaba de captar su importancia.

Un momento. Tal vez fuera porque mi padre había sido mercenario. Nos había dado a todos una buena variedad de zapatos y se aseguraba de que los rotáramos con frecuencia.

Quizás él había sufrido pie de atleta en el pasado, había aprendido de sus compañeros la importancia de mantener los pies limpios y aireados como medida preventiva, y nos había inculcado esa costumbre. Recuerdo que un compañero de trabajo, en mis días de ventas, se quejaba conmigo en un izakaya de que el problema se volvía especialmente grave durante los veranos húmedos.

Pero bueno, supongo que tenía sentido que alguien pudiera hacerse rico vendiendo una cura sencilla para una enfermedad endémica.

—Pero… hay un límite… en lo que puedes hacer solo con ventas normales.

—¿Por qué? No digo que haya sido algo tan revolucionario como una poción para hacer crecer el cabello o una para adelgazar, pero debiste haber obtenido buenas ganancias, ¿no?

—Me duele admitirlo… pero… si quieres perfeccionar tu magia… no hay mejor lugar que el Colegio.

Nanna se quejaba de que las instalaciones y herramientas eran carísimas, y conseguirlas suponía un verdadero esfuerzo. Era un tipo de agotamiento distinto el que la había invadido y empujado hacia los narcóticos. Y no me sorprendía. Es cierto que mis contactos me permitían acceder a herramientas alquímicas y laboratorios, pero montar unas instalaciones propias con el mismo nivel de equipamiento costaría más que una fortuna. Esto era especialmente cierto si se consideraban los períodos de prueba necesarios para verificar los efectos de una nueva creación sobre una muestra representativa. Se necesitaría un presupuesto inimaginable para eso. Habría que tener un alambique, una mezcladora, una centrífuga, un microscopio, varios calderos y una gran variedad de cristalería que se desgastaría con el uso diario… y eso solo era lo que se me ocurría en el momento. Después venían los pequeños encargos, como contratar aventureros de bajo rango para atrapar a las ratas y otras alimañas que inevitablemente atraería el trabajo.

Sin embargo, los estudiantes del Colegio Imperial recibían tarifas especiales y equipamiento personalizado, lo que hacía que los gastos generales de cualquier proyecto fueran mucho más manejables. Un ingreso normal ni siquiera alcanzaría para comprar un solo tubo de ensayo que cumpliera con las necesidades de alguien tan entregado a sus estudios como para haber cruzado al terreno de la herejía.

Suponía que todos los instrumentos que usaba Nanna habían sido pedidos especialmente o fabricados a medida. Esos artículos podían costar docenas de veces más que lo que ofrecían los vendedores ambulantes a los talleres del Colegio.

A esto se sumaba el hecho de que casi no había artesanos calificados en esta zona capaces de pulir lentes, así que había que hacer pedidos a otras regiones… A ese nivel, ya era como comprar joyas, o, en su defecto, una maldita mansión.

Dios… qué miedo. Pensar en todo el dinero que se va por el desagüe solo para reunir el equipamiento mágico equivalente al de un laboratorio escolar de mi mundo… Ahora entiendo por qué casi todos los investigadores, salvo los más exitosos, viven en la miseria.

—¿Así que todo esto es solo para continuar tu investigación?

—Por supuesto… En el pasado… perseguía con total inocencia la idea de una poción… que te hiciera saludable con solo beberla… y… que pudiera otorgar a todos un cuerpo imperecedero… como el de los matusalenes.

Nanna habló con voz baja, casi un murmullo incomprensible. Extendió la mano hacia la mesa y tomó una copa de vino que hasta entonces había permanecido intacta.

—¿De qué color… te parece esto?

—Rojo intenso. Por su aroma, diría que es un vino del sur. Probablemente de buena calidad.

—Así es… Pero dime… ¿tu rojo… es realmente el mismo que el mío?

Nanna llevó la copa a sus labios envueltos en humo.

El rojo, como la mayoría de los colores, era solo una longitud de onda específica de la luz. Mi experiencia de lo «rojo», la realidad perceptual, el qualia[3], era producto de la interacción entre mis propios mecanismos biológicos para captar los datos sensoriales; mi werkwelt[4].

—Había una niña… que ingresó al Colegio al mismo tiempo que yo… Era daltónica… Ya sabes, esa enfermedad… en la que no puedes distinguir ciertos colores.

—Sí, la conozco. He oído que la condición más común es no poder diferenciar el verde del rojo.

—Sí, sí… Era una buena chica… Éramos muy cercanas… Pero las hierbas y pociones se identifican por su color, ¿no? Así que… quise ayudarla. Probé muchas cosas… para intentar curar esa condición. Pero… entonces me di cuenta de algo.

—¿Y qué fue?

—Me di cuenta de que el mundo… al final… no es más que impulsos en nuestro sistema nervioso.

La conciencia, en resumen, no era más que un proceso biológico, que escudriñaba un werkwelt derivado de la realidad sensorial más amplia que habitaba —el umwelt[5]— para construir una imagen privada y profundamente distorsionada de las circunstancias del cuerpo: el merkwelt[6].

Incluso en un mundo donde la existencia del alma es un hecho conocido, seguía siendo cierto que solo podíamos observar el mundo a través de los orificios especializados de estos trajes de carne.

Y esta era la verdad detrás de la expulsión de aquella aspirante a magus del Colegio.

—Si bebes esto… puedes recrear la dulzura en tu lengua… la acidez… todo puede recrearse con magia. Incluso sin que una sola uva haya estado presente.

—Técnicamente es posible, sí, pero…

—En otras palabras, todo… se percibe desde el interior de este frágil saco de carne… Todo es solo un sueño.

Vaya, esto se volvió superfilosófico para ser una historia sobre cómo te volviste mafiosa.

Incluso un cuerpo inmortal e imperecedero tiene aflicciones de las que desea librarse.

¿Qué pasaría si existiera una poción que proporcionara felicidad perfecta? ¿Si alguien creara una poción que brindara felicidad, y nada más, al alma? ¿Una poción que, desde la primera gota hasta el día de tu muerte —no, que diera una felicidad que ni siquiera la muerte pudiera arrebatar— convirtiera cada impulso en placer?

La conclusión de Nanna fue que eso bastaría para el ser humano, y así fue como cayó en desgracia.

—Pero, bueno… la poción tal como está… sigue incompleta… Quiero decir… tengo que despertar del sueño… y sigo siendo perseguida por el doloroso deseo de hacer cosas… Qué horror, ¿no?

Nanna seguía atrapada en una pesadilla. La locura se había asentado en su mente vacía y contaminado su razón. Estaba persiguiendo una panacea que conquistara todo sentimiento humano, que quemara el velo de los sentidos, la percepción y el pensamiento, y que aboliera el mundo material ilusorio, llevando todas las almas a un dulce olvido.

Era, sin rodeos, una maga malvada. Si hubiera sido del tipo que vive en una torre fuera de la ciudad, raptando ciudadanos inocentes para experimentar con ellos, algún grupo de almas valientes ya habría derribado su puerta para ponerle fin.

Podía comprender su agotamiento con el mundo y consigo misma, pero no podía aprobarlo ni un ápice.

Aun así, la gente prefería hacer la vista gorda ante lo que ella hacía.

—Verás… yo quiero a alguien… que no esté interesado en mis pociones fallidas…

Después de todo, mientras producía sus drogas ilegales, Nanna mantenía a Marsheim abastecida con medicinas y pociones.

—Sabes que no voy a quedarme sentado si me pides que sea tu conejillo de indias, ¿cierto?

—No, no… Para empezar, la gente que puede usar magia no sirve… son difíciles de usar…

Nanna soltó una carcajada, y nos explicó que, para lograr su objetivo de otorgar felicidad a toda la humanidad, primero necesitaba crear algo que funcionara con personas normales.

Pensé que la conversación se había desviado hacia el espiritualismo, lejos de los negocios, pero ella regresó al tema de forma bastante natural. Me pregunté si esos rodeos en su forma de hablar eran efecto secundario de su «aperitivo» preferido, o si simplemente era así por naturaleza. Bueno, mejor no indagar.

La locura es contagiosa. Las ideas tienen poder para proliferar, como bien lo demostraba su clan de fervientes creyentes.

Aun así, me inquietaba el hecho de evitar abordar el tema. Las conspiraciones más aterradoras eran aquellas que no se veían en movimiento. Uno puede soportar mejor un dolor que sabe que va a llegar. Tal como un soldado curtido que grita de dolor si se golpea el meñique: es difícil idear una estrategia contra una amenaza que se arrastra hacia ti mientras estás desprevenido.

Se necesitaba un punto medio… lo cual era más fácil decir que hacer.

—¿Entonces qué esperas de nosotros? Bueno, puedo asegurarte de que obtendrás un buen trato de parte de dos aventureros rojo rubí recién salidos de la mugre.

—Sí, justo como lo esperaba… eres rápido para captar… No te preocupes, no tendrán que ensuciarse las manos… El trabajo está aprobado por la administración local.

Ya sabía que esto no sería una simple celebración, pero la petición de Nanna resultó ser mucho más simple de lo que había imaginado.

El Clan Baldur aportaba lo suficiente a la sociedad local como para que los encargados de tomar decisiones prefirieran mirar hacia otro lado, y entre sus actividades legales estaba la venta de productos medicinales, así de sencillo. Incluso si dejabas de lado las constantes disputas de la región, la gente seguía enfermándose y lesionándose en su vida diaria.

Aquellos cantones sin médicos o sanadores residentes necesitaban un flujo constante de medicinas, desde los magistrados hasta los jefes de aldea. La provisión de medicinas básicas —como ungüentos, vendas e infusiones paliativas— marcaba toda la diferencia.

Por ello, la gente procuraba fomentar el flujo de mercancías, para abastecerse ante eventuales emergencias.

Ahora bien, el Clan Baldur no era especialmente belicoso, ni estaba compuesto por luchadores capaces de enfrentarse en combate directo. Incluso entre los otros clanes bajo su protección, no había personas con verdadero talento marcial.

De vez en cuando aparecía algún loco pasado de vueltas, pero eso no era más que un estado temporal que cualquier iniciado de Sol Poniente —alguien que verdaderamente hubiera entrenado su autodominio— se tomaría a la ligera.

La maga del clan era su pilar fundamental y su recurso más valioso. Si salía de la ciudad sin más, la producción caería en picada, y de todos modos necesitaría escoltas.

Si de todas formas iban a tener que soportar ataques, resultaba más barato y seguro contratar más personal.

Tal como la Heilbronn Familie mantenía a Manfred el Partelenguas como un parásito útil, Nanna quería contratarme para un trabajo más rudo: escoltar una de sus caravanas más grandes cargada de bienes medicinales.

La paga diaria era el triple de la tarifa habitual para trabajos de rango rojo rubí: dos libras por día para cada uno.

Y no solo eso: no tendríamos que hacer las partes aburridas como vigilar o hacer tareas, y además nos darían una dieta diaria para comida y bebida.

—¿Y a qué se debe ese repentino deseo de contratar músculo?

—Verás… las potencias locales… se han portado muy mal últimamente…

¿Ellos otra vez? Nunca había escuchado nada bueno sobre ellos, y esto solo empeoraba la impresión que tenía.

Según Nanna, algunos de los pesos pesados locales y sus escoltas habían estado usando uno de sus medicamentos nasales, lo que había permitido que su operación no sufriera demasiado, pero últimamente los incidentes habían aumentado.

Aunque las medicinas eran valiosas por sí mismas, se había difundido el rumor de que las caravanas del Baldur podrían estar transportando mercancía no tan legal también, lo que había llevado a ataques armados.

Los daños se habían vuelto lo suficientemente serios como para que recurriera a mí, alguien con quien ya había luchado en el pasado. Eso demostraba hasta qué punto la jefa del clan se preocupaba, sorprendentemente, por los muertos y heridos entre los suyos.

La ciudad en sí estaba fuertemente patrullada, pero la seguridad pública no se aplicaba con tanto rigor en las fronteras. Y esto había empeorado aún más últimamente, con regiones gobernadas por caciques locales que habían colapsado socialmente.

Para empeorar las cosas, estas potencias —que normalmente deberían inclinarse ante el gobierno para que pusiera orden— habían comenzado a instalar puestos de control ilegales por su cuenta, con el fin de engordar aún más sus bolsillos.

Si esto seguía así, los negocios se estancarían.

Aunque la mayor parte de las ganancias de Nanna provinieran de sus drogas ilegales —solo un poco más caras que las legales—, no sería nada bueno que sus remedios para el pie de atleta y sus infusiones para dormir escasearan entre sus nobles clientes fuera de Marsheim.

Todo esto había llevado a la conclusión de Nanna: necesitaba un brazo armado que asegurara la entrega, pasara lo que pasara.

—Derribaste… una linterna de piedra de un solo tajo… Y esa ogra que estaba… tan aburrida de vivir… te tomó cariño. Puedes encargarte de… veinte o treinta bandidos… pagados por algún caudillo provincial, ¿no?

No parecía que estuviera mintiendo. Era posiblemente la persona más cínica que había conocido, con un gusto particular por las apariencias, pero no creía que ocultar información desagradable fuera uno de sus defectos.

Esta petición venía de una mujer de negocios interesada en proteger sus ganancias.

Le pregunté si podía revisar la mercancía; me dio luz verde. Nanna, seguramente, ya había notado mi familiaridad con las pociones en nuestro encuentro anterior; no parecía tener intenciones de engañarme ocultando productos ilegales entre la carga que debía escoltar.

—Eres del tipo honesto, ¿eh…? Puedes traer algunos refuerzos… por si ellos también deciden contratar más gente…

—¿O sea que simplemente no tienen la influencia para conseguir respaldo legítimo?

—Exactamente… Yo no le mostraría los colmillos al Imperio, ni siquiera para aparentar… Si sus caballeros se metieran… unos cuantos aventureros o mercenarios no servirían de nada…

Sí, había pocos aventureros tan locos como para arriesgar la vida por una paga de cincuenta asariis al día. La vida propia valía más que enfrentarse a un soldado entrenado. No puedes hacer nada si estás muerto, así que tenía sentido huir de una pelea que no se podía ganar. Existían los que se lanzaban al fuego por valor, pero eran una minoría evidente.

Un aventurero con conocimientos propios del oficio y que pudiera actuar por cuenta propia era mucho más deseable.

Está bien, pensé. Tal vez debería abrir mi corazón solo esta vez, aunque fuera para mejorar mis perspectivas laborales.

—Está bien, te ayudaré. Quería ganar algo de experiencia con encargos fuera de la ciudad, de todas formas.

Los trabajos de escolta eran el pan de cada día para un aventurero. Me convenía acostumbrarme a ellos cuanto antes, idealmente con una clienta que ya conocía.

Si los resultados de esta misión se torcían, estaba más que dispuesto a ponerme en modo Shadowrun [7] y mandarle una carta a Berylin por el bien de Marsheim. Después de todo, no tenía nada de malo querer mantener la casa limpia.

—Qué amable… Los novatos de ahora… están llenos de energía…

—¿Le diste este mismo discurso a alguien más?

—Claro… Cuanto más jóvenes… más quieren aprender. Hay una chica maga… sabe de pociones… así que pensé en ofrecérselo…

—Cuéntame más.

—¿Eh…?

Pareció sorprendida al verme inclinarme hacia adelante de repente, y dejó escapar que la chica maga en cuestión era la misma que la compañera de aquel adorable aventurero con quien me crucé el otro día.

Kaya de Illfurth, si no recordaba mal.

No. Esto no era bueno. No podía permitir que mis compañeros aventureros de nivel 1 fueran arrastrados por el mal camino.

—¿Puedes retirarle tu oferta a ella?

—¿Eh? ¿Por qué? ¿Es… tu amiga?

—Algo así.

Me agradaba ese chico… Siegfried, o como se llamara antes. No me gritó que no merecía estarme yendo bien; solo anunció que me superaría.

Era un joven de sangre caliente, lleno de un vigor saludable. Resultaba refrescante de ver, considerando mi edad acumulada, y no pude evitar observarlo con cierto cariño. Yo no había logrado asumir esos roles tradicionales y formales como él, pero verlo encajar tan bien en el papel de juventud de sangre caliente y predeterminada realmente encendía algo en mí.

Había empezado a sentir que algo faltaba en mi vida. Tenía amigos irremplazables, a la hermanita más adorable del mundo, y a una compañera a mi lado en quien confiaba para que me protegiera incluso mientras dormía. Aun así, no tenía un amigo —o mejor dicho, un rival— que siguiera el mismo camino con la misma ambición que yo.

Mis únicos «compañeros» reales en ese sentido habían sido jefes de un solo encuentro. Supongo que la Señorita Nakeisha, con quien había cruzado espadas muchas veces ya, era lo más cercano que tenía, pero nuestras batallas se habían centrado casi exclusivamente en ganar tiempo o huir eventualmente, no en vencer. No era exactamente el tipo de rival que tenía en mente.

Sería increíblemente divertido tener un amigo de mi misma edad con quien entrenar como aventurero.

Quería conocerlo mejor.

—Oye, Margit… Sé que sería divertido solo entre nosotros dos, pero…

—Sí, no pasará mucho antes de que podamos ampliar nuestras redes. En casa también hacía misiones de caza conjunta, así que no me molesta.

No tenía más que una gratitud infinita en mi corazón hacia mi compañera por aceptar mis caprichos. Después de todo, yo mismo había dicho que quería que nos divirtiéramos en el campo de batalla, solo nosotros dos.

—Nanna, este encargo tuyo… ¿será algo que necesites hacer de vez en cuando?

—Sí… Si pudieras… sería de gran ayuda… No tendrás que ir hasta los rincones más remotos… Aunque puede que haya ocasiones… en que estés veinte días en camino… ¿Qué opinas?

—Perfecto. Entonces me gustaría invitar a algunos aventureros novatos a que nos acompañen. No te importa, ¿verdad? Creo que con más personas será más seguro para todos.

Además, ya sabes, simplemente se siente apropiado que nuestra primera misión para conocer a otros aventureros de nivel 1 sea una donde protejamos caravanas.


[Consejos] Nanna Baldur Snorrison nació en el norte de Rhine y fue estudiante de la Escuela del Amanecer, bajo la tutela del grupo de Leizniz. Su expulsión se debió a su desprecio por la realidad material y su búsqueda de conocimientos espirituales prohibidos. Ignoró las advertencias de su maestra y acabó cayendo en la desesperación durante su investigación sobre las profundidades del alma.

Los efectos sociales de las drogas que produce han llevado a múltiples acusaciones de que está implicada en innumerables muertes, pero debido al poder que ostenta su organización, ha permanecido intocable.


[1] Bacteria formadora de esporas que causa el ántrax, una enfermedad grave que puede afectar a humanos y animales. Vive en el suelo y puede infectar por inhalación, ingestión o contacto con heridas. Es resistente, potencialmente mortal y ha sido usada como arma biológica.

[2] Grupo de organismos que incluye a un ancestro común y todos sus descendientes, vivos o extintos. Se usa en biología evolutiva para clasificar seres vivos según su parentesco. Cada clado representa una rama del árbol evolutivo, basada en características compartidas por herencia.

[3] Experiencias subjetivas individuales de la percepción, como el sabor del café o el color rojo. En filosofía de la mente, representan la cualidad interna de los estados conscientes. Son difíciles de medir objetivamente y plantean desafíos al explicar la conciencia desde una perspectiva científica.

[4] Concepto de la biología y la filosofía propuesto por Jakob von Uexküll. Se refiere al «mundo de trabajo» de un organismo: la parte del entorno que puede percibir y con la que puede interactuar, según sus capacidades sensoriales y motoras. Es único para cada especie.

[5] Concepto desarrollado por Jakob von Uexküll que se refiere al «mundo perceptual» de un organismo: la realidad tal como la experimenta, basada en sus sentidos y necesidades. Cada especie vive en un umwelt distinto, modelado por su biología y relación con el entorno.

[6] Término usado en etología y biología que describe el mundo perceptual subjetivo de un organismo, es decir, cómo percibe su entorno según sus sentidos y capacidades cognitivas. Es parte del umwelt, enfocándose específicamente en la percepción sensorial y cómo esta guía su comportamiento.

[7] Juego de rol de mesa (y también serie de novelas y videojuegos) que mezcla ciberpunk y fantasía, ambientado en un mundo futurista donde la magia ha regresado, pero también existen megacorporaciones, implantes cibernéticos, hackers y misiones clandestinas llamadas shadowruns. Erich se refiere a actuar como un mercenario encubierto al estilo del universo Shadowrun: alguien que se mueve en las sombras, hace justicia por mano propia, usa contactos e información, y está dispuesto a realizar operaciones clandestinas para proteger sus intereses o los de otros.


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