El Jefe de Atelier Tan Despistado

Vol. 2 Capítulo 5. La Operación de Infiltración y el Servicio de Entrega Parte 1

En el castillo del Margrave Tycoon, todo era un caos total.

Y es que, en el segundo día del festival, la Tercera Princesa Lieselotte apareció de repente.

Ella vino a solicitar un permiso para unas obras de remodelación en una parte de la calle oeste.

No sabía exactamente qué pensaba construir, pero era común que la familia real tuviera una casa de veraneo en las ciudades bajo dominio de los señores, así que supuse que se trataba de algo por el estilo, y le concedí el permiso.

Sin embargo, dijo que vendría mañana por la mañana junto al Jefe del Atelier.

¿Qué estaban haciendo mis agentes de inteligencia?

Se suponía que había ordenado que vigilaran el atelier, pero no había recibido ni una sola información relevante de parte de ellos.

¿Sería una visita formal para saludar al nuevo gobernador?

Pero si ese fuera el caso, yo mismo habría acudido a verlo.

Es cierto que, por norma general, el candidato a gobernador era quien debía visitar al señor, pero tratándose de una situación especial con la presencia de una princesa, esa costumbre podía romperse. Incluso un margrave no podía entorpecer el aprendizaje de una princesa.

La vez anterior, logré encontrar una excusa para convocar al Jefe del Atelier, pero no podía repetir el mismo truco.

Desde luego, que él viniera por su cuenta me convenía mucho. Demasiado, en realidad.

Precisamente por eso, no podía evitar sospechar de una trampa.

Después de todo, la gente de ese atelier ya había logrado repeler a un demonio de alto rango una vez. No sería raro que se hubieran dado cuenta de mis acciones.

Pero durante la visita anterior de la princesa, no noté en ella ninguna intención de investigar o sonsacar información.

¿Entonces, se dio cuenta de algo después de regresar? ¿O el Jefe del Atelier le ocultaba cosas a propósito?

Fuera como fuese, esta reunión tenía que salir bien a toda costa.

Y sin embargo…

Jamás habría imaginado que… todos los cocineros fueran inservibles.

Los múltiples actos de corrupción del Restaurante Garguel habían sido expuestos por alguien, y eso incluía a todos los cocineros que habían sido enviados desde ese mismo restaurante, quienes también estaban involucrados y acabaron todos arrestados por las autoridades.

Al parecer, la princesa tuvo algo que ver en dicha revelación, así que no podía hacer nada para liberarlos con mi influencia. Y aunque lograra hacerlo, no podía servirle a la princesa comida preparada por cocineros manchados por semejante escándalo.

Pero entonces, ¿había algún cocinero en esta ciudad que pudiera satisfacer a alguien de sus estatus?

Todos los cocineros talentosos habían sido o bien acaparados por Garguel, o bien eliminados.

Aun así, hasta ahora había pasado por alto todo eso, porque consideraba que la codicia de Garguel me era útil.

Jamás habría podido imaginar que esa decisión me pasaría factura de esta manera.

Y aun así, la princesa ya había comido una vez en esta mansión. Si le servía un plato claramente inferior en calidad, corría el riesgo de dejarle una oportunidad para atacarme. Al menos esta vez, no podía permitirme tomar a la ligera algo como «solo una comida».

Por supuesto, yo ya había preparado un cocinero, pero mientras seguía dudando si sería suficiente, el administrador se me acercó.

—Mi señor Margrave, tengo una propuesta. ¿Me permite?

—¿Qué es? Habla.

—Sí, verá…

Cuando lo insté a continuar, el administrador me expuso su idea.

Y, sin duda, era una propuesta excelente.

La princesa vendría a la mañana siguiente. Inicialmente, había considerado ofrecerle el desayuno después de la reunión, o quizá el almuerzo.

Pero, ¿por qué no hacer una fiesta de té entre ambas comidas?

Y para el plato principal de esa reunión, propuso encargarle el trabajo al ganador del torneo de comida callejera que se estaba celebrando en la ciudad.

Como plato para agasajar a una princesa, era algo pobre… no, en realidad, bastante deficiente. Sin embargo, según la información que había recibido de quienes estaban observando el comportamiento de la princesa en el pueblo fronterizo, al parecer la persona que cocinaba para ella en el atelier era un simple asistente sin renombre. Incluso se decía que a veces comía en tabernas.

Dentro del propio palacio, circulaban rumores de que la Tercera Princesa Lieselotte era una noble interesada en la vida del pueblo y del pueblo mismo.

Siendo así, invitar al ganador del torneo de comida callejera para que preparara la comida no era una mala idea.

—Entonces, dime, Administrador. ¿Ya se decidió quién ganó el torneo? Si no prepara algo acorde a una reunión de té, el plan no funcionará.

—Sí, ya he obtenido la información de los jueces. El ganador prepara unos dulces llamados bollos dulces… y para una reunión de té, son más que apropiados.

—Ya veo… ¡Entonces mándalo llamar de inmediato! ¡Que traigan a ese cocinero que hizo esos bollos a esta mansión! —Así lo ordené, y continué con los preparativos para recibir a la princesa.

Además, debía aprovechar la oportunidad para organizar una reunión cara a cara con el Jefe del Atelier y transmitirle mi más anhelado deseo.

◇◆◇◆◇

Tercer día del festival.

Liese y yo, nos encontrábamos en la mañana del día en que ejecutaríamos la operación de rescate de Hildegard.

Ya le había dicho a Kurt el lugar donde probablemente estaría prisionera Hildegard, pero no le había contado los detalles del plan. Si lo hacía, solo lograría preocuparlo innecesariamente.

Nosotras habíamos hablado y planeado obtener pruebas de que Hildegard estaba prisionera, para luego lograr su liberación. Kurt seguramente pensaba eso.

—Aun así, saliste con eso de los bollos de aguas termales, qué ocurrencia, —le dije a Kurt al recordar lo de ayer.

—Es que estaba pensando en los huevos termales.

—¿Huevos termales?

—Sí, son huevos cuyo centro, la yema, y la clara alrededor quedan blanditos y cremosos. Se preparan fácilmente metiéndolos en una fuente termal durante cierto tiempo. Si luego los añades a una pasta o algo así, quedan muy ricos. Esa vez, cuando nos regalaron esos huevos de ave acuática, pensé que, si me sobraban, tal vez podría replicar lo mismo con el agua de la sala de calderas.

Solo de escucharlo no me sonaba tan apetitoso… ¿eso era como un huevo medio crudo?

¿Realmente era seguro comerlo así?

Pero si Kurt decía que estaba rico, entonces seguramente lo estaba.

Aun así, en todo el mundo, probablemente solo a Kurt se le habría ocurrido la idea de hacer bollos termales a partir de recibir unos huevos de ave acuática.

Por cierto, Kurt solo había enseñado la receta y excavado la fuente termal; los bollos los preparó Luna, la hija del dueño de la tienda de bollos.

Si cuando Kurt dejara la ciudad no se pudiera reproducir el mismo sabor, todo habría sido en vano.

Y de ninguna manera yo le había hecho vender los bollos solo porque quería verlo disfrazado de vendedor. Nada de eso.

—Entonces, vamos a ayudar a la tienda de bollos, ¿sí? Señor Rikuto, Señorita Liese, Señorita Yulishia.

—Sí, cuídense.

El Rikuto ilusorio que Liese había creado despidió a Kurt y Akuri.

Kurt contaba con protección de un Phantom, y en caso de que nuestro plan fallara, él se encargaría de ponerlo a salvo. Debíamos proteger a toda costa la vida de Kurt.

 

Una hora después de que Kurt se marchara, yo, Rikuto y Liese subimos a un carruaje rumbo al castillo del Margrave.

Apenas subimos al carruaje, la ilusión de Rikuto se desvaneció. No solo eso: la ilusión de Liese también desapareció, y la de verdad apareció en otro lugar.

—De verdad que la Mariposa es de lo más versátil, ¿eh?

—Por supuesto, es una espada hecha por Sir Kurt.

—Y pensar que él la considera un fracaso… Aunque, bueno, tú ya eras una usuaria de magia de luz, así que seguro eso también influyó en que fuera compatible contigo.

En esta operación, había dos grandes problemas.

El primero, que para crear una ilusión, había que desenvainar a la Mariposa. Por muy princesa que fuera, entrar con una espada desenvainada a la mansión de un noble era un asunto grave.

Por eso mismo habíamos usado la ilusión solo para abordar el carruaje.

Y el segundo problema: Rikuto era una ilusión y no podía sostener objetos.

Es decir, no podía firmar documentos ni comer, ni realizar ninguna de esas acciones físicas.

Liese había resuelto ambos problemas gracias a la Mariposa.

Lo hizo haciendo desaparecer su propio cuerpo con la Mariposa y creando una ilusión de sí misma sin la espada.

Y cuando Rikuto necesitara tocar algún objeto, Liese, permaneciendo invisible, lo asistiría para que pareciera que él lo sostenía por sí mismo.

Ese era el plan.

Primero, Liese se reuniría con el margrave utilizando el método que acabábamos de aplicar.

Después, en algún momento, crearíamos una ilusión de unos bandidos para que el margrave y sus subordinados los persiguieran. Liese, aún invisible, los seguiría, permitiéndonos observar la escena.

En realidad, yo quería cumplir el rol de la que sigue a los bandidos siendo invisible, pero al parecer, cuando se trata de movimientos bruscos como correr, es difícil mantener la invisibilidad si esta ha sido aplicada por otra persona mediante magia, así que no teníamos más remedio que hacerlo así.

Luego, haríamos que los bandidos se dirigieran a la habitación en cuestión, y Liese, una vez dentro, establecería contacto con Hildegard.

Ese era el plan.

Mientras repasaba mentalmente el flujo de la operación, el carruaje llegó al puente levadizo que cruzaba el foso del castillo.

El sonido cambió, distinto al traqueteo de la carretera, y Liese volvió a crear las ilusiones de Rikuto y de ella misma, mientras que su verdadero cuerpo desaparecía otra vez.

El lugar donde presumiblemente mantenían prisionera a Hildegard estaba justo detrás de la entrada trasera de la cocina. Probablemente para facilitar el ingreso furtivo de comida.

Por lo tanto, debíamos actuar mientras se servía el té en el comedor.

Hasta entonces, nadie debía notar que este Rikuto y esta Liese eran falsos.

Vamos, pensé en ese momento. Fue entonces cuando una aguja voló hacia el interior del carruaje a través de una rendija.

Observé el pequeño papel atado a la aguja.

Tenía caracteres abreviados escritos con el código de los Phantom. Al descifrarlos, el mensaje decía:

«Kurt fue contratado como cocinero del ,argrave y entró en la cocina del castillo junto con Akuri.»

…Bueno, sí… en fin…

Liese y yo, tras terminar de leerlo, nos miramos la una a la otra y:

—¡Jajajajajajá!

—¡Jajajajajajá!

Estallamos en carcajadas. De verdad reímos con el alma.

No sabía por qué, pero aunque me reía, las lágrimas empezaban a brotar.

¿Estaba riendo? ¿O acaso estaba llorando?

Sabía muy bien que no era ninguna de las dos cosas.

◇◆◇◆◇

Después de despedirme del grupo del Señor Rikuto, me dirigí a la tienda de bollos.

Bien, hoy también me esforzaría en ayudar.

La Señorita Yulishia, la Señorita Liese y el Señor Rikuto estaban dando lo mejor de sí, así que no podía quedarme simplemente en la posada sin hacer nada, y mucho menos disfrutar del festival como si nada.

En ese sentido, poder trabajar en la tienda de bollos era algo que realmente agradecía.

Según lo acordado con la Srta. Luna, yo recibiría el 30% de las ganancias netas de la tienda como salario.

Así que planeaba ganar algo de dinero vendiendo bollos y comprar un regalo para la Señorita Liese y los demás.

—Akuri, pórtate bien, ¿sí?

—Mhm~.

No podía dejar a Akuri sola en la posada, así que también la había traído conmigo, pero aun así me preocupaba. Los niños de alrededor de tres años tienden a distraerse fácilmente y a interesarse por todo tipo de cosas.

Y especialmente en el caso de Akuri, que podía usar magia de teletransporte, me angustiaba la idea de que pudiera desaparecer de repente hacia algún lugar desconocido.

—Akuri, ¿quieres que papi lleve el peluche?

—No, Akuri lo lleva.

—Pero lo estás arrastrando.

—¡Ah! —Akuri se dio cuenta de que estaba arrastrando el peluche con su mano izquierda y rápidamente lo abrazó—. Lo siento… —Mientras decía eso, sacudió con cuidado la arena que se le había pegado.

Fue una escena realmente tierna.

—¿Eh? ¿Ya hay clientes?

Cuando llegamos a la tienda, muchas personas la rodeaban. Parecía que la Srta. Luna los estaba atendiendo, aunque parecía estar bastante abrumada.

Pero si aún faltaba una hora para abrir, ¿no?

Ah… ya veo. ¡Eso era lo que llaman «cola antes de la apertura»!

Había escuchado que en las tiendas populares, la gente hacía fila desde varias horas antes.

Pero esas personas… vestían como soldados del reino, ¿verdad?

 

Soldados de este reino, haciendo fila antes de la apertura…

La Srta. Luna parecía estar en apuros.

Y además, era el último día del festival.

 

Desde ese punto, solo podía llegarse a una única conclusión:

Es decir, los soldados que estaban trabajando como personal de seguridad para el festival habían venido a negociar si podían comprar los bollos termales antes de comenzar su turno.

La hora de apertura de esta tienda de bollos no era diferente de las demás. Si esperaban hasta la hora de apertura, los soldados estarían demasiado ocupados con su trabajo como para tomarse el tiempo de comerse los bollos.

Pero la Srta. Luna estaba ocupada preparando la apertura y no tenía tiempo para hacer bollos para los soldados.

En ese caso, lo que yo debía hacer era…

—¡Yo haré los bollos para todos ustedes!

Al correr hasta el mostrador y alzar la voz, todas las miradas se centraron en mí, y la Srta. Luna abrió la boca.

—¡Ah, espere, Sir Kurt! Estos caballeros son…

—Está bien, entiendo la situación, déjemelo a mí.

—¿Eh? Si entiende la situación, entonces…

—Está bien, los prepararé de inmediato.

Diciendo eso, entré al local.

—Espera, nosotros somos clientes…

—Los haré en tres minutos. Srta. Luna, ¿podría cuidar de Akuri por un momento?

—No, espera un momento… ¡¿tres minutos?!

Al escucharme, los soldados empezaron a alterarse.

Por su reacción, parecía que tres minutos era justo el tiempo límite para que pudieran empezar su trabajo a tiempo.

Tenía que apurarme.

Necesitaba concentrarme más que nunca.

—Capitán, ¿qué hacemos? El administrador nos ordenó traer al dueño de la tienda cuanto antes.

—Espera. Según esta joven, quien desarrolló los bollos termales no fue ella, sino ese chico. Si vamos a llevar a alguien, ¿no sería mejor llevar al cocinero talentoso? Según los rumores, estos bollos termales que busca el Margrave Tycoon ya han sido designados como ganadores del concurso de cocina.

—¿¡Del concurso de cocina!? Pensaba que el restaurante Garguel iba a ganar por tercera vez consecutiva…

—¿No lo sabías? Se descubrieron todas las irregularidades que cometía ese restaurante, y tanto el dueño como los implicados están todos en la cárcel.

—¿De verdad pasó eso?

—Además, yo también quiero probarlos. Esos dulces llamados bollos termales.

—Capitán, eso…

—¿Vas a reportarlo como una desobediencia a una orden?

—No, a mí también me gustan los dulces.

Los soldados parecían estar pasándosela bien mientras conversaban.

Como estaba concentrado, no entendí casi nada de lo que decían, pero al menos capté que al final mencionaron que les gustaban los dulces.

¿Les habría alegrado entonces?

—Aquí tienen, bollos termales. Están calientes, así que por favor, tengan cuidado, —dije mientras les entregaba los bollos recién cocidos al vapor.

Cada uno de los soldados recibió un bollo termal.

Por suerte, todos los aceptaron con sus guantes blancos puestos, así que no parecieron molestarse por el calor. Aunque me preocupaba un poco que la fina capa exterior del bollo se pegara a los guantes.

—Bien, vamos a probarlos, —dijeron los soldados, y enseguida le dieron un mordisco a los bollos termales.

◇◆◇◆◇

—Srta. Luna, escribí los volantes publicitarios tal como el modelo.

—Muchas gracias, señor Kurt… Esto… Este es el original, ¿verdad?

—No, no es el original. Este es el original.

—…¿Eh? Pero se ven exactamente iguales.

—¿Eh? ¿No se suponía que debía escribirlo igual?

—Con «igual» no me refería a que fuera exactamente igual… Ah, es verdad, en momentos como este, la Señorita Yulishia me enseñó unas palabras mágicas. «No te esfuerces, que pensar no sirve»… no, era: «No tiene sentido pensarlo demasiado». Sí, eso era, no vale la pena pensarlo.

No sé por qué, pero sentí que la Srta. Luna acababa de decir algo un poco grosero.

Seguramente solo fue una impresión mía.

Bien, entonces, lo siguiente era…

—¡Ah! ¡Estaba tan delicioso que me desmayé!

Ah, el que parecía ser el capitán de los soldados acababa de despertarse.

Apenas comieron los bollos termales, todos se quedaron dormidos de pie. Pensé que seguramente estaban muy agotados por su trabajo diario, así que los dejé dormir. Pero despertaron justo cinco minutos después.

—¡Oigan, ustedes! ¡Reaccionen!

—¡¿Eh?! ¿Qué-qué nos pasó?

—Capitán, ¿lo que acabo de ver… fue el cielo?

—Un ángel… vino un ángel a buscarme…

Parece que durante esos cinco minutos, todos estuvieron soñando con algo.

Recordaba haber escuchado que las personas que no dormían profundamente eran más propensas a soñar, así que seguramente, al dormir de pie, no lograron descansar bien.

¿Tal vez habría sido mejor acostarlos?

Pero los bancos donde podían recostarse ya estaban llenos desde la mañana con los clientes del baño de pies.

Mientras pensaba en eso, el hombre al que llamaban capitán se dirigió a mí:

—Chico, ¿puedo preguntarte tu nombre?

—Me llamo Kurt Rockhans.

—Don Rockhans, ¿podría acompañarnos?

—¿Eh? ¿Por qué?

—Nuestro señor desea probar esos bollos termales.

—¿Eso quiere decir…?

El señor de los soldados quería comer bollos termales.

Eso significaba…

—¡Entonces será un pedido a domicilio! —dije.

Gracias al éxito del negocio de ayer, desde hoy una amiga de la Srta. Luna también ayudaría en la tienda.

Aunque yo me ausentara, el local podía seguir funcionando.

—Entiendo. ¿Cuántos desea?

—¿Eh? No, en realidad quisiéramos que vinieras con nosotros a la cocina para prepararlos…

—Pero, sin agua termal no puedo hacer bollos termales… ¿Está bien si excavo una fuente termal?

—Ah, no, no hace falta excavar… podemos traer el agua termal desde aquí y calentarla allá… aunque, con lo caliente que está, si alguien se quemara al comerlos, sería un desastre… Ya veo… entonces, ¿podrías prepararnos cien por ahora?

—¡Sí, entendido! Terminaré los cien en cinco minutos, así que por favor, esperen un momento.

Menos mal que ayer compramos en grandes cantidades frijoles rojos y cactus sin espinas.

Ya que estaba, también pensaba intentar hacer una versión nueva.

Aun así, cien unidades… era un pedido enorme.

Todo gracias a la reputación que el padre de la Srta. Luna había construido con tanto esfuerzo.

Pensaba entregárselos al señor de los soldados… pero, ¿eh?

¿No sería acaso ese señor… el Margrave Tycoon?

No podía ser, ¿verdad?

 

Y sin embargo, sí que podía ser.

El lugar al que me llevaron fue la cocina del castillo del mismísimo margrave.

—Mucho gusto. Tú debes de ser el señor Kurt, de quien me hablaron mis subordinados, —me dijo un hombre de unos cincuenta años.

—Sí, soy Kurt Rockhans. Y ella es mi hija, Akuri.

—Akuri, ¿eh?

No podía dejar sola a Akuri con alguien que no conociera. Si ella se teletransportaba hacia donde yo estuviera, podría provocar un escándalo.

Por eso, pedí a los soldados que la trajeran conmigo.

Como solo íbamos a la cocina, accedieron… pero nunca pensé que ese lugar estaría en el castillo.

—Te agradezco tu respetuoso saludo. Yo soy el vizconde Golund, administrador al servicio del margrave. Bueno, nadie recuerda mi nombre, así que puedes llamarme simplemente «administrador».

—¿Vizconde… ¡y administrador!? Lo-lo siento mucho. Yo… no conozco casi nada sobre etiqueta o protocolo…

—No te preocupes. En realidad, los que vivimos en el castillo no me consideran más que un viejo encorvado sobre papeles. En fin, probé ese bollo termal que preparaste. He de admitir que fue tan delicioso que perdí el conocimiento.

—Aunque sea una exageración, me honra oírlo, —respondí inclinando la cabeza.

Nunca había escuchado que alguien se desmayara por comer un bollo.

—Con bollos como este, no solo el margrave quedará encantado, sino también Su Alteza la princesa.

—¿Su Alteza va a comer los bollos que yo preparé? ¿No me arrestarían por cometer lesa majestad [1] ?

—No te preocupes. La Tercera Princesa, Lieselotte, no es de ese tipo de personas.

—¿La princesa… ¡la Tercera Princesa Lieselotte!?

La Tercera Princesa Lieselotte era la misma que había recomendado al Señor Rikuto como Jefe de Atelier.

¿Acaso había venido a ver el festival?

—Así es… Pero te pido que mantengas esto en secreto. En verdad, Su Alteza nos pone en aprietos. Apareció de improviso y yo casi colapso del estrés… aunque bueno, contarte esto a ti no tiene sentido alguno.

—Vaya… parece que usted también tiene muchas cargas, señor administrador.

—Así es, muchas. Dicen que soy quien lleva las riendas del gobierno, pero en realidad, mi trabajo no es más que una cadena interminable de tareas insignificantes. En su momento debí haber sido parte de la nobleza en la capital real… pero todo se arruinó por la irreverencia de mi suegro hacia el difunto rey, que ahora recae incluso sobre mí…

El señor administrador también la pasaba mal. Mientras lo escuchaba, asintiendo de vez en cuando, comencé a pensar en otras cosas al mismo tiempo.

Recordaba el mapa que la Señorita Liese me había mostrado… ¿No era la habitación donde se suponía que Hildegard estaba encerrada la que quedaba justo al otro lado del pasillo, frente a esta cocina?

Pero tanto la habitación donde ella estaba encerrada como la puerta trasera de la cocina tenían cerraduras extremadamente reforzadas.

En ese momento, yo me encontraba frente a la puerta, con una mano oculta tras la espalda, tocando disimuladamente la cerradura.

El hecho de que el administrador no mostrara ninguna señal de sospecha se debía probablemente a que no sabía que tenía un motivo para abrir esa puerta, no sabía lo que había más allá de esas dos puertas, y sobre todo, porque creería que yo no sería capaz de abrir esa cerradura.

Pero entonces…

¿Eh?

Esa cerradura… creo que podría abrirla en tres segundos.

¿No se referían a esta puerta cuando hablaron de una «cerradura reforzada»?

Según el plano del castillo que me había mostrado Liese, no cabía duda: esta era la puerta correcta.

Aun así… no debía entrometerme.

Si me metía sin pensar, solo empeoraría las cosas.

Mejor me enfocaba en otra cosa… ¿eh?

—Disculpe, ¿qué debería hacer ahora? Ya terminé de llevar todos los bollos termales…

—Ah, eso es por si Su Alteza la princesa desea ver en persona al cocinero que los preparó. Puedes quedarte aquí tranquilamente. Si no ocurre nada, simplemente terminaremos sin más. Por supuesto, recibirás una recompensa adecuada.

—Ya veo…

Decirme que no tenía que hacer nada no me dejaba precisamente tranquilo.

Preferiría tener alguna tarea que hacer.

Y justo por no tener nada que hacer, no podía evitar pensar en el picaporte detrás de mí. En la cerradura que tocaba con mi mano a la espalda… y en Hildegard, que seguramente se encontraba al otro lado de esas dos puertas.

◇◆◇◆◇

Fui conducida junto a Sir Rikuto a la sala de recepción del Margrave Tycoon.

Esta sala, diseñada exclusivamente para recibir a miembros de la alta nobleza o de la realeza, era inmensa y lujosa. Solo con vender el mobiliario de esta habitación, cualquier habitante de este pueblo podría vivir sin trabajar durante al menos un año.

Y aun así, para un noble de alto rango como el Magrave Tycoon, aquí solo había lo estrictamente necesario.

Teniendo en cuenta los ingresos de este territorio, si realmente quisiera impresionar, podría haberla decorado con aún más ostentación.

Ya sabía desde mi anterior visita que no solía gastar en cosas solo por apariencia.

De esta manera, comenzó la reunión entre Sir Rikuto, el Margrave Tycoon y yo… aunque en realidad, se trataba más bien de una conversación entre el margrave y yo a solas.

—Ya veo, ¿así fue como llegaste a conocer a la Maga de la Corte Mimiko?

—Sí, así es. Y también fue en ese momento cuando conocí a la Jefa de Atelier Ofelia, un encuentro que cambió por completo mi destino.

La conversación fue un juego de tanteo mutuo… aunque, por supuesto, ninguno de los dos dejó ver su interior, ni permitió que el otro tuviera una sola oportunidad de tomar la ventaja. No obstante, mostrar la espalda también significaba dejar un punto vulnerable. Por eso, nos vimos obligados a repetir las mismas frases una y otra vez.

Era como seguir jugando piedra, papel o tijera sabiendo que ambos solo teníamos papel. Aun así, no sacar nada significaba perder por abandono, así que yo seguí manejando con destreza tanto a Sir Rikuto como a mi propia ilusión, y proseguí con la charla con el marqués.

La Srta. Yuli se encontraba esperando fuera de la sala de recepción.

Ella también era, sin duda, una aventurera que había sobrevivido a muchos campos de batalla, pero en lo que respectaba a las batallas verbales, esa era mi especialidad.

—Entonces, ¿puedo entender que aceptará el puesto de gobernador, Don Rikuto?

Vaya, así que la primera ronda del tanteo había llegado a su fin.

Qué impaciente era.

Aunque aparentaba tranquilidad, algo en él parecía estar apresurado. Seguramente deseaba conocer la respuesta de Sir Rikuto lo antes posible, incluso si era solo unos segundos antes. En ese caso…

—Antes de darle una respuesta, ¿me permitiría hacerle un par de preguntas?

Hice que Sir Rikuto lo consultara.

Y le añadí una pequeña frase más:

—Si es posible, me gustaría que fuera en privado.

En el momento en que escuchó esas palabras, el margrave dejó ver una ligera expresión de satisfacción.

Como pensaba, eso era justo lo que deseaba: una conversación a solas con Sir Rikuto.

Había algo que quería decirle solo a él, algo que no deseaba que esta servidora, Lieselotte, la Tercera Princesa, escuchara.

Seguro que cuando propuso desde el principio reunirse con el Sir Rikuto no en el castillo, sino en el pueblo fronterizo, no fue solo para evitar mi presencia, sino porque esa opción también le resultaba más conveniente. Después de todo, mientras estuvieran en el pueblo fronterizo, tendría muchas más oportunidades de hablar con él a solas.

—Entonces, me quedaré fuera conversando un poco con la Srta. Yuli, —dijo mi ilusión con una sonrisa mientras se ponía de pie.

Uno de los guardias que estaban con nosotros abrió la puerta, y coloqué a mi ilusión junto a la Srta. Yuli, que aguardaba del otro lado.

De ese modo, aunque alguien le dirigiera la palabra a mi ilusión, ella sabría cómo responder.

Al estar yo en estado de invisibilidad, pude concentrarme por completo en controlar a Sir Rikuto.

Sir Rikuto se sentó en el sofá con una sonrisa en el rostro.

Acorde a su gesto, el Margrave Tycoon abrió la boca para hablar.

—Entonces, ¿cuál es tu pregunta, Don Rikuto?

—Yo no tengo las habilidades de negociación de la Princesa Lieselotte, así que iré directo al grano: ¿Qué desea usted de mí?

—Jajajá, dices que no sabes negociar, pero eres un hombre que va al punto con mucha claridad. —El margrave soltó una carcajada.

Era natural; nosotros habíamos preparado con intención justo las palabras que él quería oír, así que, por supuesto, se sentía complacido.

Y era precisamente por eso que bajaba la guardia.

Aquello que antes no se veía, ahora quedaba al descubierto.

Finalmente, abordó el tema principal.

—Don Rikuto, ¿acaso no deseas un cuerpo inmortal?

……¿¡!?

Así que sacó el tema del cuerpo inmortal…

Yo, que había estudiado bajo la tutela de la Jefa de Atelier Ofelia, también había adquirido conocimientos sobre una gran variedad de temas.

Por supuesto, también sabía sobre los cuerpos inmortales y sobre la vida eterna.

Muchos humanos a lo largo del tiempo habían investigado el concepto de la vida eterna.

Se cuenta que un antiguo Jefe de Atelier continuó con dicha investigación hasta lograr transformar su cuerpo en una criatura inmortal.

Sin embargo, ese Jefe fue perdiendo poco a poco la razón, y al final devoró a todos los habitantes del pueblo en el que vivía, antes de ser derrotado por los sacerdotes de la Iglesia de Polan.

Sir Rikuto, como si reflejara mis pensamientos internos, abrió la boca para hablar.

—La inmortalidad, sin duda, ha sido uno de los grandes objetivos de investigación para los jefes de atelier. Sin embargo… ¿acaso no lleva siempre el adjetivo «eterna»?

—Jajajá, sin duda. Pero, ¿qué opina de algo cercano a eso?

—¿A qué se refiere exactamente?

—Existen quienes, aunque no sean técnicamente inmortales, viven durante muchísimo tiempo. Por ejemplo, los elfos… o los demonios.

Era cierto. La esperanza de vida promedio de un elfo era de dos mil años. Se decía que los demonios vivían hasta mil años. Para nosotros, los humanos, cuya esperanza de vida apenas alcanzaba los sesenta años, eso era un tiempo increíblemente largo.

—Si mal no recuerdo, hubo una época en la que se realizaron experimentos para extender la vida humana mediante el trasplante de células élficas. No llegó a ser tan atroz como la caza de elfos de hace mil años, pero según dicen, fue todo un fenómeno.

—Como era de esperarse de ti, Don Rikuto. Muy erudito, sin duda alguna, —comentó el margrave con aire satisfecho, y continuó hablando—. ¿Y cuál fue el resultado?

—Sí. Lograron extender la esperanza de vida. Sin embargo, al cabo de ciento veinte años, las células humanas comenzaron a colapsar, transformando al individuo en algo no humano. Murió entre terribles sufrimientos. Y no solo eso: se descubrió que esas células podían heredarse a hijos y nietos, por lo que la implantación celular fue prohibida por la ley internacional… o eso tengo entendido.

—Así que ya lo sabía. Pero también está al tanto, ¿no es así? De que incluso hoy en día, algunos nobles y reyes de países que no pertenecen a la Alianza —o incluso dentro de la misma Alianza— están llevando a cabo trasplantes de células élficas.

—…Sí, es triste, pero es verdad.

—En otras palabras, estas células que prolongan la vida aún tienen demanda. Si no tuvieran efectos secundarios, seguramente serían aprobadas por la ley internacional.

—¿Está diciendo que planean reanudar la investigación sobre trasplantes de células élficas…? No, no puede ser…

Sí, ya me había dado cuenta. Hasta un tonto podría hacerlo.

Después de todo, yo había venido aquí precisamente por esa razón.

—¿Quiere decir que desean crear un medicamento para prolongar la vida usando células de demonios?

Fue en ese momento cuando la conexión entre la situación de Hildegard —que estaba siendo mantenida cautiva— y nuestra conversación se hizo evidente.

—Vaya, qué rapidez para entender. No esperaba menos de ti, Don Rikuto. Después de todo, fue quien fabricó aquella famosa poción curativa.

…Así que esa era la razón por la que querían que Sir Rikuto fabricara un medicamento. Porque vieron el efecto de la poción curativa que había creado Sir Kurt.

Cuando los esqueletos atacaron la ciudad, muchas de esas pociones fueron entregadas a los caballeros, pero es probable que no todas se usaran.

Había considerado la posibilidad de que algunas terminaran en manos del Margrave Tycoon, pero…

—¿Examinó la poción que hice?

—Claro que sí. Tengo muchos alquimistas a mi servicio, pero todos coincidieron en que recrear esa poción tomaría mil años. Incluso hubo uno que se jactó de poder replicarla en cuanto analizara sus ingredientes… pero a los tres días ya había hecho las maletas y escapado.

—…¿Ah, sí? Para mí, no era más que una poción común.

—Eso es muy alentador. En ese caso, ¿crees que serías capaz de fabricar un medicamento para prolongar la vida usando células de demonios? Yo puedo proporcionártelas. Y no de cualquier demonio… sino de uno muy especial.

Con eso quedaba confirmado. Ya podía llamar a la Señorita Yulishia a la habitación y arrestar al margrave de inmediato.

Pero antes de eso… había algo que me intrigaba.

—¿Por qué tanta prisa? —Sir Rikuto preguntó… bueno, yo le hice preguntar.

Para averiguar su verdadera intención.

—…¿A qué se refiere?

—Está actuando con desesperación. Usar células de demonios va en contra de las enseñanzas de la Iglesia de Polan, y también de la política de este país. Usted ya tiene el título de margrave, lo cual es, probablemente, uno de los rangos más altos a los que un noble puede aspirar. Posee riquezas y poder. Y viendo esta sala de recepciones, no da la impresión de que esté buscando aún más fortuna… ¿no será que tiene un propósito mayor? Dígame, ¿para quién quiere usar realmente ese medicamento?

—Eso es… —El Margrave Tycoon vaciló al responder.

Definitivamente, había algún secreto oculto allí. Y, al observar su expresión, era evidente que se trataba de un secreto que no podía revelar a nadie.

En ese caso, era hora de poner en marcha el plan.

—¡Un bandido! ¡¿De dónde ha salido?!

Se escuchó la voz de la Srta. Yuli.

Era porque yo había creado una ilusión de un bandido.

—¡Lady Lieselotte, métase dentro!

Diciendo eso, la Srta. Yuli abrió la puerta y mi ilusión entró a la habitación.

—¡¿Qué ha pasado?!

—No lo sabemos, apareció de pronto un bandido cubierto completamente con algo parecido a telas.

Cuando el Margrave Tycoon gritó, la Srta. Yuli respondió:

—Los soldados están combatiendo actualmente, pero por más que lo atacan no sienten que le hagan daño. No parece humano… podría ser un demonio.

—¡¿Un demonio?! —El rostro del magrave se puso pálido.

Llegado a este punto, sus acciones eran predecibles.

—Don Rikuto y usted, princesa, permanezcan dentro de la habitación. Aquí estarán a salvo. No deben salir bajo ninguna circunstancia. —Dicho esto, el margrave encerró en la sala de recepción a Sir Rikuto y a mi ilusión.

Para que no vieran nada innecesario.

Yo, que estaba invisible, salí al exterior de la habitación antes de quedarme encerrada adentro también.

Con eso, ya no había problema en disipar la ilusión que quedó dentro.

Un poco más lejos, una gran cantidad de soldados estaban atacando con lanzas a la ilusión del bandido que yo había creado, pero una ilusión formada con la Mariposa no podía ser herida por espadas ni lanzas.

Y esa ilusión corrió directamente hacia la habitación donde, probablemente, Hildegard estaba prisionera.

—¡Capturen al bandido! ¡Tú quédate aquí y protege a la princesa y a Don Rikuto! —Con esa orden, el magrave ató a la Srta. Yuli al lugar, mientras él corría con los soldados tras el bandido en fuga.

Yo también corrí con ellos. Varios soldados intentaron acorralar al bandido formando un muro humano, pero nadie podía atrapar una ilusión sin cuerpo.

Así, el bandido llegó directo a la habitación al lado de la cocina.

—¡No dejen que entre el intruso!

El grito desesperado del margrave no sirvió de nada, y el bandido atravesó la puerta y entró a la habitación.

En realidad, solo había desaparecido justo antes de entrar, pero para los que lo vieron, pareció como si hubiese pasado al interior.

—¡Apártense del camino!

—¡Mi señor margrave, es peligroso! ¡Por favor, retírese…!

—¡He dicho que se aparten!

Ignorando a su subordinado, al que incluso golpeó, el margrave introdujo la llave que colgaba de su cuello en la cerradura.

Y entonces, esa puerta… ¡fue abierta!

Al mismo tiempo, los soldados… no, los Phantom disfrazados de soldados entraron en la habitación.

Yo también eché un vistazo al interior procurando no chocar con nadie… pero…

La habitación estaba completamente vacía. Por supuesto, no había rastro del bandido —que nunca estuvo realmente dentro—, ni de nadie más.

Lo único que había eran una cama, peluches y libros. Más que una habitación donde se hubiera encerrado a un demonio, parecía más bien…

—¿Dónde está…? ¿A dónde fue? No puede no estar aquí… ¿dónde demonios fue…?

A mi lado, el Margrave Tycoon murmuró el nombre de la mujer que probablemente había estado en esa habitación.

Esa palabra, que probablemente era la verdad, solo complicaba aún más la situación.



[1] Lesa majestad es el delito de ofender, insultar o atentar contra la dignidad de un soberano, jefe de Estado o símbolo nacional. Históricamente, implicaba castigos severos por actos considerados traición o blasfemia contra la autoridad suprema. Aún existe en algunas leyes, aunque es polémico en democracias modernas. 

 

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