El Jefe de Atelier Tan Despistado

Vol. 2 Interludio. Miedo a los Bollos

 

En la ciudad principal del territorio del Margrave Tycoon, las reglas del torneo de cocina de puestos callejeros eran las siguientes:

 

· La inscripción debía completarse hasta el día anterior al inicio del festival.

· Era obligatorio montar un puesto que ofreciera comida o platos preparados.

· El segundo día del festival, por la tarde, los jueces recorrerían los puestos desde la calle Este y realizarían la evaluación.

· La evaluación se basaba en el sabor, la originalidad del platillo y la cantidad de clientes.

· Los jueces eran tres: todos expertos culinarios o críticos gastronómicos.

· El ganador recibiría un trofeo, un diploma, diez monedas de oro como premio secundario, y el reconocimiento oficial del margrave.

· Los resultados serían anunciados al mediodía del día siguiente.

 

Y así, la evaluación ya había comenzado.

Mi puesto —el del Restaurante Garguel— presentaba como platillo unos donuts con miel. Eran dulces ideales para comer mientras se paseaba.

En su interior llevaban queso crema, un ingrediente poco común en esta región, lo cual aportaba originalidad y atractivo.

—Como era de esperarse del Restaurante Garguel, que busca ganar por tercera vez consecutiva. Comparados con los puestos anteriores, estos donuts están en otra liga. Y por solo tres monedas de cobre, son una ganga.

El primero en emitir tal juicio fue el crítico, uno de los jueces a los que ya había sobornado de antemano.

A él le había encargado que buscara defectos en los platillos de los posibles competidores y que, en comparación, realzara los méritos de mi cocina.

Pero, incluso sin ese tipo de ayuda, era obvio que los donuts estaban deliciosos. Aunque por fuera eran idénticos a los que ofrecíamos al resto de los clientes, los que comían los jueces estaban preparados con ingredientes completamente distintos.

Había añadido tanta miel que ni siquiera era rentable, y la harina usada era de la más nueva, recién molida este mismo año. Nada que ver con la harina vieja que se servía al público general. Para los clientes comunes, que no sabían apreciar un buen donut y solo se dejaban llevar por el nombre, eso era más que suficiente.

De hecho, entre el público también empezaron a escucharse voces de elogio… o bueno, ese cliente era uno de los extras que yo había contratado, ¿no?

Los jueces y los palos blancos estaban actuando exactamente según lo planeado. Los únicos que no lo hacían eran esos maleantes que había contratado.

—De verdad… ¿ni siquiera pudieron destruir por completo un solo puesto?

—Lo sentimos, pero se trataba de la aventurera principal afiliada a un atelier…

—¿No dijeron que era solo una persona? ¡Si la rodean y atacan todos juntos, eso debería bastar!

—…Sí.

El maleante parecía querer decir algo, pero al darse cuenta de que yo tenía razón, se retiró cabizbajo.

Bueno, no importaba.

Según me contaron, al menos se las habían arreglado para arruinar toda la mezcla de relleno de los bollos, y ya había dado aviso a las carnicerías de la zona para que no le vendieran carne al puesto de bollos en cuestión.

Reconstruir el puesto en solo unas pocas horas debía de ser casi imposible.

La jueza, una mujer, envolvió el donut del que apenas había dado un bocado en un papel y lo guardó en su bolso. Seguramente, después de recorrer decenas de puestos, su estómago ya estaba al límite. El puesto de bollos, que era el último que visitarían, aunque aún estuviera funcionando, sin duda ya no tendría nada que ofrecer.

Así era como yo me sentía aliviado… pero entonces…

—Bueno, el último puesto, el de bollos de Luna Llena, según los rumores está causando gran revuelo, así que tengo muchas ganas de verlo, —dijo la jueza.

Sus palabras hicieron trizas mi alivio.

¿Gran revuelo?

¿Qué quería decir con eso de que estaba causando gran revuelo?

—¿Puedo acompañarles también? —pregunté.

—Por supuesto, Señor Garguel. Ese puesto podría convertirse en una nueva especialidad de esta ciudad, —respondió ella.

No sabía qué estarían haciendo, pero no podía perder.

Me repetí eso para tranquilizarme y miré hacia los maleantes que tenía en espera.

Ellos asintieron en silencio.

Con eso, si algo llegaba a pasar, ya estaba cubierto.

 

Al acercarnos al puesto de bollos, un olor extraño flotaba en el aire por alguna razón.

No era desagradable, pero tampoco era un aroma que despertara el apetito.

Y lo que vi fue…

¿¡Qué pasa con toda esa fila!?

No era una fila de diez o veinte personas. Era mucho más larga. Pero lo curioso era que la fila no se extendía hacia donde se suponía que estaba el puesto.

Los maleantes habían dicho que destrozaron la estructura del puesto, pero lo que había allí era un puesto perfectamente erguido, sin ningún rastro de reparaciones improvisadas.

Junto a este, había una zona de descanso montada.

Aunque llamarla zona de descanso era exagerado: no tenía paredes, solo un techo para proteger de la lluvia, bajo el cual se encontraban dos bancos largos enfrentados, capaces de sentar a unas veinte personas.

Y la fila se dirigía precisamente hacia esa zona de descanso.

Lo más curioso era que todas las personas sentadas allí estaban descalzas.

¿Una zona de descanso para quienes se han cansado de caminar por el festival, donde uno puede quitarse los zapatos? Qué tontería…

Es cierto que rara vez se ven zonas así, pero si la gente se quita los zapatos para descansar, eso solo logra reducir la rotación de clientes, algo vital para cualquier puesto.

De todos modos, si la fila iba en esa dirección, entonces lo que estaba llamando la atención debía de ser esa zona de descanso.

En realidad, no había fila en el puesto de bollos… ¿eh?

No, era cierto que no había fila… pero aun así, el flujo de clientes no se detenía en absoluto.

La entrega de productos era rápida, y además, los clientes no compraban solo uno o dos.

Había quienes compraban diez, hasta veinte unidades.

El precio de cada bollo era de una moneda de cobre, bastante barato.

—Bienvenidos, —nos dijo un chico de cabello gris que llevaba sobre la cabeza a una niña de unos tres años.

—Ustedes son los jueces, ¿verdad? Por favor, prueben nuestros bollos, —dijo mientras incluso me entregaba uno a mí.

Era un bollo con una capa muy fina de masa.

Estaba bastante caliente, pero no parecía ni horneado ni frito.

¿Un bollo al vapor?

Se suponía que los bollos de este puesto eran bollos horneados.

Partí el bollo en dos.

Entonces, de su interior salió algo negro.

—¿Qué es esto? —preguntó la jueza.

—Es pasta de frijoles rojos dulces, cocida y colada. Se le llama «anko», un dulce típico del Este, —respondió el chico.

—¿Anko, eh? Su aspecto no es muy apetitoso… —comentó la jueza con una sonrisa forzada, aunque parecía haberse dejado llevar por el aroma.

Lo entendía bien, yo también había quedado cautivado.

Después de partirlo en dos y esperar un momento, comenzó a desprender un aroma suave y dulce.

Tragué saliva y me llevé el bollo a la boca.

¿Qué… qué era esto?

La esponjosidad de la masa fue el primer golpe de impacto, y luego, el dulzor del anko se esparció por toda mi boca, brindando un momento de dicha.

—Está bueno, ¿verdad? —dijo una mujer joven de cabello blanco, como si hubiera leído mis pensamientos, al ver que me había emocionado con ese sabor.

¿Era ella la aventurera del atelier de la que hablaban los maleantes?

—Sí, me sorprendió. El anko es delicioso, pero esta masa tan esponjosa… ¿hay algún secreto para hacerla así? —preguntó la jueza.

—Bueno, resulta que el dueño temporal del puesto se lo tomó muy en serio por participar en el concurso. Dijo que si amasaba la masa con agua que contiene bicarbonato y luego la cocía al vapor, saldrían buenos bollos, —explicó ella señalando hacia la parte trasera del puesto.

Allí había un vaporizador, y una niña estaba alineando bollos aún sin cocer.

Y al lado… el agua, no… ¡el vapor salía directamente del suelo!

No, no podía ser… ¿¡ese agua caliente era…!?

—Este es un bollo al vapor cocido con aguas termales naturales que hemos canalizado desde el subsuelo… lo llamamos manju [1] de aguas termales, —dijo.

¡Es… es imposible!

¿¡Acaso el dueño de este puesto había excavado una fuente termal solo para hacer bollos!?

En las zonas volcánicas, se decía que las aguas subterráneas eran calentadas por el magma y brotaban a la superficie, siendo utilizadas como baños y conocidas como aguas termales.

Había oído que algunas de estas aguas desprendían un olor peculiar… ¿sería ese el aroma que había estado percibiendo desde hace un rato?

En efecto, en este territorio fronterizo existían varios volcanes, aunque no había habido una erupción en siglos.

Pero jamás se había reportado el hallazgo de una fuente termal. Y mucho menos que alguien pudiera encontrarla a propósito. ¡Era absurdo!

—Pues mire, que yo tampoco lo sabía, —comentó la mujer de cabello blanco—. Pero al parecer, si excavas lo suficientemente profundo, sin importar si hay volcanes o corrientes de agua cerca, termina brotando una fuente termal.

¿Que si cavabas lo bastante hondo podías encontrar una fuente termal…?

Jamás había oído algo así. ¿Cuánto tendrías que excavar para que eso sucediera?

—Espere un momento… En primer lugar, no he oído que se haya llevado a cabo una obra de esa magnitud. Excavar el suelo por cuenta propia está terminantemente prohibido…

—Tenga, mire esto, —dijo la mujer de cabello blanco, mostrándome un documento.

¿Esto era… un permiso de obras para toda esta zona?

Cuando miré al final del documento, me quedé helado al ver quién lo había autorizado.

En efecto, el Margrave Tycoon había emitido el permiso, pero lo que realmente me sorprendió fue el nombre que aparecía también como firmante:

¿¡Lieselotte Homuros… con el sello real estampado junto al nombre de la tercera princesa!?

—¡Esto es absurdo, no puede ser más que una falsificación! —grité, e intenté romper el documento.

Pero la mujer de cabello blanco entrecerró los ojos y me dijo:

—¿Está seguro de querer hacer eso? Romper un documento con el sello real con tus propias manos sería considerado traición al reino… Con suerte, podrías enfrentarte a trece años de prisión. Pero si lo haces intencionadamente, cadena perpetua o pena de muerte, ¿no era así?

—Ggh…

Había demasiadas miradas a nuestro alrededor. No podía romper ese papel.

De todas formas, aunque rompiera ese documento, no cambiaría el hecho de que ya había brotado una fuente termal.

Mientras yo rechinaba los dientes de frustración, la jueza abrió la boca.

—Disculpen… ese lugar que está ahí, ¿qué es exactamente?

—Ah, eso se llama baño de pies, —respondió la mujer de cabello blanco—. Es una instalación donde uno se sienta en un banco y se calienta desde las pantorrillas hasta los pies. Nos pareció un desperdicio tirar las aguas termales después de usarlas para cocer los bollos, así que las ofrecemos gratuitamente. En cuanto a su mantenimiento, la Asociación local se encargará de manejar las bombas para extraer el agua y de limpiar el área del baño de pies, así que nosotros no tenemos que hacer nada. Como además se puede ajustar la cantidad de agua con las bombas, están considerando incluso construir un baño público.

—Ya veo… esto podría convertirse en una nueva atracción turística de la ciudad, —comentó la jueza, completamente impresionada.

Cuando miré sus manos, noté que ya se había terminado por completo el bollo de aguas termales. ¡Y eso que solo había probado un bocado de mi dona de miel!

Pe-pero no importaba.

Ya había asegurado el favor de uno de los jurados. Aun si de ella solo recibiera la puntuación más baja, esa tienda no podría ganar.

Entonces me acerqué al juez en cuestión para reafirmar nuestro acuerdo.

—Oye, sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad?

—……

—¡Oye! ¡Sabes muy bien cuánto te pagué, así que no me salgas con…!

—Lo siento mucho. No puedo darle una mala puntuación a esta tienda. Si dijera algo en su contra, se pondría en duda mi credibilidad como crítico gastronómico, y no podría continuar con mi carrera. Devolveré el adelanto que me dio.

—¡¿Qué has dicho…?!

Esto era grave. Muy grave. Si las cosas seguían así, todo se iría al traste.

Entonces…

Le lancé una señal con la mirada a los maleantes que estaban detrás de mí.

Cuando se acercaron, les ordené en voz baja para que nadie más pudiera escucharnos:

—Armen escándalo, destruyan el puesto. Tranquilos, aunque los metan en la cárcel, yo me encargaré de sacarlos.

—No puedo ignorar lo que acaba de decir, —intervino de pronto una voz femenina.

—¿¡Qui-quién dijo eso!?

Fue justo en ese instante, cuando me sobresalté por aquella voz repentina, que los maleantes desaparecieron como si se desvanecieran en el aire.

Y en su lugar, aparecieron tres mujeres.

—¿¡Qui-quiénes son ustedes!? ¡¿De dónde salieron?! ¡¿Dónde están esos tipos…?!

—Ah, ¿los sujetos que usabas como si fueran herramientas? Ya están en la cárcel. ¿No ibas a encargarte tú de ellos? Aunque… como la Srta. Yuli se puso un poco entusiasta, no creo que puedan cumplir con tus expectativas: parece que les dejó las articulaciones de los dedos hechas trizas.

Quien habló fue una chica rubia de unos quince años que se encontraba en el centro de las tres.

¡¿Cómo que los maleantes ya estaban en la cárcel?! ¿¡Cuándo habían hecho el cambio!?

—Vaya, y yo que estaba disfrutando sinceramente del festival junto con Akuri… Aunque bueno, si es por él, este tipo de trabajo no lo consideraría un esfuerzo. Además, fue un buen entrenamiento con Mariposa. —Tras decir eso, la chica dejó escapar un suspiro—. Por cierto, Señor Garguel… Parece que ha estado haciendo lo que le venía en gana como cocinero exclusivo del Margrave Tycoon. Es cierto que, al ostentar ese título, se obtiene el beneficio de la exención de impuestos, pero utilizar ese privilegio para abastecer de ingredientes a las tiendas afiliadas va contra las normas. Ni hablar de reutilizar alimentos desechados. Y mezclar sustancias adictivas en los platillos para aumentar la cantidad de clientes recurrentes… eso ya es completamente ilegal, ¿no cree?

—¡¿Qué-qué-qué…?!

¡¿Cómo podía saber tanto!?

Se suponía que eso solo lo sabíamos yo y un grupo muy reducido de mis más cercanos colaboradores.

—Ah, realmente es fácil. Todos terminan hablando sin parar cuando se enfrentan a esta apariencia, —dijo ella.

Y en ese instante, la figura de aquella mujer se transformó en la mía.

No solo su aspecto, incluso su voz era idéntica a la mía.

¡Maldita sea! ¡Así fue como mis estúpidos subordinados revelaron todos los secretos!

La mujer que había tomado mi forma volvió a su apariencia original.

—Aunque no es muy divertido convertirme en un viejo como usted… Y bien, ¿qué va a hacer ahora?

—¡Ggh…! Yo… yo no soy alguien que vaya a terminar de esta forma…

Saqué el cuchillo que llevaba para defensa personal… pero en ese momento, las dos mujeres inexpresivas que estaban a su lado me sujetaron con firmeza.

—No se preocupe, Señor Garguel. No podrá evitar la cadena perpetua por traición, pero con sus habilidades, seguro salir de la cárcel será pan comido, ¿cierto?

—¿Traición…? No me digas que tú eres…

—Permítame presentarme apropiadamente, —dijo ella con calma—. Soy Lieselotte Homuros, tercera princesa del Reino de Homuros. Espero que podamos conocernos mejor… si es que le queda algún futuro, claro.

Y justo cuando terminó de decir eso, fui escoltado por las dos mujeres sin expresión.

¿Po-por qué había llegado a esto?

¿Por qué? ¿Cómo había terminado así solo por unos simples bollos?

 

—Los bollos son aterradores.

 

Mi rostro se deformó por el terror, y no pude evitar dejar escapar esas palabras.



[1] El manju es un dulce tradicional japonés hecho de masa de harina o arroz, relleno comúnmente con anko (pasta de frijol rojo dulce). Tiene forma redonda o abombada y suele cocerse al vapor. Es popular en festividades y como souvenir en Japón, con muchas variantes regionales. 

 

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