Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 9 Canto 2. Principios de Otoño del Decimoséptimo Año Parte 3
—¿Qué demonios es esto? —dijo Siegfried, frunciendo el ceño.
El aspirante a héroe acababa de entrar en una habitación privada del Lobo de Plata Nevado, la base establecida de la Hermandad de la Espada, y miraba la pared con expresión confundida.
La habitación en sí era de lo más normal. Los cuatro miembros fundadores de la Hermandad a veces celebraban reuniones allí y, cuando volver a sus respectivos alojamientos resultaba demasiado molesto, echaban una siesta o pasaban la noche en ese mismo lugar. Para tales fines, había un pequeño escritorio y dos literas.
Antes de que aquellos cuatro empezaran a alquilarla, otros aventureros la habían utilizado en el pasado. ¿Quién sabía cuántos sueños habían florecido o se habían hecho añicos entre esas paredes?
La causa de la confusión de Siegfried era una única pieza de «decoración». Erich había conseguido de algún modo un tablero de corcho y lo había fijado a la pared. En él había clavado diversas notas y memorandos, así como dibujos hechos a mano de varias figuras de Marsheim. Hilos de distintos colores conectaban las chinches, formando un patrón hipnóticamente complejo.
—¡¿No es muchísimo más fácil visualizarlo así?!
Ricitos de Oro esbozó una sonrisa boba y autosatisfecha. Había pasado dos horas creando aquel panel de evidencias para organizar la información que había reunido sobre la crisis del kykeon en Marsheim. Ya lo tenía todo memorizado; ni siquiera necesitaba plasmarlo así para su propio beneficio. A juzgar por el brillo entusiasmado de sus ojos, disfrutaba del proceso en sí, encantado de por fin tener una excusa para hacer algo semejante.
—¿Te olvidaste de que yo solo sé leer cosas simples? —dijo Siegfried—. ¿Para quién estás haciendo esto…?
—Escucha, era absolutamente crucial que lo hiciera. Tenía que hacerlo. Se me dan bastante bien estas cosas.
—¿Estas cosas cómo cuáles?
El aspirante a héroe se preguntó si a Ricitos de Oro no se le habría aflojado algún tornillo. Sin embargo, al ver los gestos casi maníacos de su amigo, comprendió que no valía la pena alterarse por ello. Se sentó en la litera inferior de la cama, la suya. En su momento, Siegfried había usado la litera superior, pero por alguna razón le resultaba difícil dormir allí. Desde que una vez se había caído rodando hasta el suelo, había intercambiado lugar con Erich.
—Bien entonces, hablemos de la raíz maligna en el corazón de este caso del kykeon, —dijo Erich—. Propongo que le demos un nombre a su grupo. Veamos… Sí, llamémoslos Diablo.
—¿Diablo…? ¿En qué idioma estás hablando siquiera?
—Es una lengua hablada en el subcontinente que da al mar Aguamarina, al oeste. Significa «dios maligno» o «espíritu maligno».
Ese nombre no se basaba en ninguna información directa; simplemente lo había tomado prestado de un apelativo muy parecido perteneciente a un narcotraficante del viejo mundo de Erich. Sin embargo, en su mundo actual, poblado por dioses, el concepto de un «demonio» en realidad no existía. Los dioses caídos seguían siendo dioses. La idea de un demonio que enfrentara a los humanos contra los dioses no estaba muy extendida, si es que alguien la comprendía. Si existiera algo así como un demonio, probablemente sería visto como un dios de otro panteón, o quizá como un apóstol de otra religión. Incluso si se lo comparara con un hipotético «compendio de todo el mal», la mayoría de la gente solo se encogería de hombros, confundida.
Fuera como fuese, el Diablo se encontraba justo en el centro del tablero de corcho, representado por un gran signo de interrogación blanco sobre un papel negro. Desde allí, los hilos se extendían para conectar a diversas figuras, representadas por sus retratos dibujados a mano.
En la parte superior del tablero estaban las personas más importantes de Marsheim: los nobles, quienes tomaban las decisiones y varios clanes de aventureros. Cuanto más se descendía por el tablero, menor era su posición social. Justo en la parte inferior se encontraban los señores locales. Estos abarcaban desde grandes nombres conocidos por cualquiera en Ende Erde hasta casas que solo eran reconocidas dentro de su propio círculo social. A simple vista se notaba hasta qué punto Erich se había esforzado en desenterrar toda aquella información.
—Hoy estás aún más raro de lo habitual, —dijo Siegfried—. Anteayer estuviste fuera toda la noche y anoche también te la pasaste trabajando. ¿Has dormido algo siquiera?
—¿Con qué tiempo? ¡Mira cuánta información había que revisar! Me lo estaba pasando tan bien que de todas formas no habría podido dormir, así que repasé parte de la información nueva con Schnee.
—O sea, que llevas dos días sin dormir, ¿y además hiciste que alguien postrada en cama se leyera toda esa montaña de papeles?
Los ojos de Ricitos de Oro estaban abiertos de par en par, frenéticos. Iba drogado por las sustancias químicas que generaban los propios centros de placer de su cerebro; no necesitaba ninguna ayuda externa. Su cuerpo había llegado a la conclusión de que, si el ánimo de Erich decaía, se apagaría por completo. Aquella euforia era una medida preventiva.
La pila a la que Siegfried se refería estaba sobre el escritorio, justo debajo del tablero de evidencias. Aunque no podía leerlos bien, sabía que eran los resultados de la infiltración en la mansión del Barón Maulbronn la otra noche. No podía creer que su camarada hubiera hecho que alguien cuyos órganos apenas empezaban a recomponerse se pusiera a revisar todo aquello.
Aun así, Ricitos de Oro se defendió: no había despertado a Schnee a la fuerza para obligarla a leer aquello con él. Schnee sabía que tenía un ojo mucho más afinado para ese tipo de trabajo, así que fue ella misma quien le pidió a Erich que le llevara lo que habían encontrado en la mansión. Después de todo, Erich y Margit habían utilizado los planos y notas de Schnee en su lugar. Como compensación, Schnee hizo que Erich le prometiera que no avanzaría sin contar con ella. Podría estar confinada a la cama, pero eso no le impedía usar el cerebro.
La valoración que Schnee hacía de sus propias capacidades había dado en el clavo. Le bastaba un solo vistazo para detectar las páginas sospechosas del diario y de las cartas del barón, decidiendo al instante qué era importante y qué no era más que ruido. Su don parecía caído del cielo. Una persona corriente necesitaría veinte o treinta veces más tiempo para llegar a las mismas conclusiones. Haría falta un pequeño ejército de gente normal para hacer en una fracción del tiempo y del costo lo que Schnee lograba por sí sola.
—Ustedes sí que pueden leer un montón en una sola noche, —continuó Siegfried—. Pero, Erich, ¿cuántas dracmas costó solo el papel en todo esto?
—¡Quién sabe! ¡Pero nuestro hogar está en peligro! ¡Tú harías lo que fuera, ¿no, Siegfried?!
—¿Eh? Bueno, sí. Haría lo que fuera, claro…
—Je… Harías lo que fuera.
—Eh, dijiste esa frase exacta antes, amigo. ¿Significa… algo?
Dos noches sin dormir habían dejado a Erich aturdido y con la mente hecha papilla, pero con el camino ya trazado frente a él, no prestó atención a su desliz.
—En fin, dejando de lado eso de hacer «lo que sea», nuestro enemigo es poderoso y emplea métodos rastreros. ¡Así no es como se hacen las cosas por aquí!
—¿Incluso cuando la gente de por aquí está usando drogas…?
—Siegfried, hagamos un experimento mental, si te parece. Si fueras un señor local, ¿qué querrías de Marsheim?
El aspirante a héroe se rascó la barbilla ante aquella pregunta inesperada. Si fuera uno de los pesos pesados locales, odiaría que aquella fortaleza en lo alto de la colina se debilitara hasta el punto de que la derrota fuese casi segura. Casi preferiría prenderle fuego con tal de intentar devolverle algo de vida.
Pero si se miraba desde el punto de vista de un estadista imperial, la cosa cambiaba ligeramente.
—Supongo que querría salir ileso, —dijo Siegfried por fin—. Incluso tras lograr la independencia o lo que sea, no hay forma de evitar una guerra con el Imperio.
—Exacto. Nuestro hogar es una fortaleza de ocho mil que resistió a cincuenta mil. Y eso fue en el pasado. Ahora somos más fuertes, pero nuestro poder defensivo nunca ha sido puesto a prueba de verdad. Si los señores locales quisieran enfrentarse a la mayor fuerza de combate que el Imperio puede reunir —un ejército de doscientos mil soldados—, querrías llegar a esa situación desde la posición de fuerza menos comprometida posible.
Marsheim era famosa por la historia de que la colina y el castillo se habían erigido en una sola noche, y aquella extraña táctica había dado como resultado una ciudad fortaleza poderosa que nunca había caído. Incluso tras años de expansión descontrolada, las murallas de la ciudad conservaban una defensa de múltiples capas que recordaba a un campo de cultivo en terrazas; aunque daba la impresión de haber crecido sin demasiado orden, estaba claro que mantenía una estructura estratégica.
Las torres podían transformarse rápidamente en atalayas; las compuertas podían redirigir el agua hacia los conductos y los arroyos sucios para formar ríos defensivos… la ciudad era un vestigio del deseo del antiguo Margrave Marsheim de no ceder jamás ante los señores locales.
Incluso ahora, aunque el castillo de Marsheim no era en realidad más que un hito de su sangriento pasado, la propia Marsheim seguía siendo una fortaleza formidable. Estaba claro que los problemas de allí, si se dejaban sin control, no se quedarían confinados a la región. Incluso un principiante en el arte de la guerra sabía que ese bastión sería crucial en caso de una incursión imperial desde el este.
—Pero Diablo es distinto, —continuó Erich—. Están intentando adormecer a Marsheim. Eso va en contra del objetivo final de la independencia, ¿no te parece?
—Sí, incluso aunque los matones echen al Margrave Marsheim, no van a estar muy contentos de verse envueltos en un montón de escaramuzas después… Oye, espera. ¿Quién demonios va a salir ganando de todo esto al final?
Siegfried gruñó, esforzándose por imaginar cuál podría ser el objetivo último. Erich chasqueó los dedos y señaló a su amigo: ahí estaba el meollo del asunto.
Arruinar Marsheim, a primera vista, podría parecer beneficioso para los señores locales. Sin embargo, suponía una enorme desventaja a largo plazo. Marsheim estaba siendo drenada poco a poco de su valor estratégico. Era una jugada atractiva a corto plazo, pero lastrar la capacidad productiva y el poder de combate de la ciudad era como dispararse en el pie antes de correr una maratón.
Por lo tanto, era muy probable que hubiera alguien moviendo los hilos en la sombra, alguien que tenía algo que ganar permitiendo que los señores locales obtuvieran esa ventaja tan precaria mientras el Imperio se debilitaba.
—Bueno, siendo sinceros, hay muchísima gente, tanto fuera como dentro, que estaría dando saltos de alegría si al Imperio le sangrara la nariz. No tenemos pruebas suficientes como para señalar a nadie.
—¿Eh? ¿Por qué la gente de dentro querría eso? Los nobles imperiales saldrían muy perjudicados si la puerta comercial del Imperio se viera afectada.
—El Imperio tiene su buena cuota de gente que no sirve para nada a menos que estemos en guerra.
Tal y como decía Erich, el Imperio Trialista de Rhine, por desgracia, no estaba compuesto únicamente por personas que tuvieran mucho que ganar en tiempos de paz. Aún era pronto; todavía estaban lejos del punto en el que la gente empezara a decir que la guerra ya no compensaba su coste. Todavía no se había llegado a la situación que se vivió en la Primera Guerra Mundial en la Tierra, cuando el ansia de las naciones industriales por un mayor poder productivo —por excedentes materiales, mano de obra y capital— las empujó a un frenesí imparable.
El Imperio había gastado una enorme cantidad de recursos durante la guerra anterior, la Segunda Conquista Oriental, pero el dinero no desaparece sin más. Siempre acaba en el bolsillo de otra persona… a veces incluso con intereses. Era imposible calcular cuántas personas se habían forrado gracias al botín o a los rescates simplemente porque su bando había salido victorioso. Había muchos que se frotaban las manos esperando con ansia la próxima guerra.
Aunque el Imperio en su conjunto pudiera salir perdiendo, no había que olvidar que existían individuos o familias necias que salivaban ante la idea de una nueva guerra: una nueva oportunidad para llenar sus arcas.
—Hmm… —murmuró Erich—. Ahora que lo pienso, conozco a alguien que se beneficiaría de una expansión militar…
—¿Y ese quién es?
—Nada. Olvida lo que he dicho.
Incluso ahora, siempre que los pensamientos de Erich se deslizaban hacia las intrigas y conspiraciones, el rostro burlón de aquella persona aparecía en su mente. Se masajeó las sienes para mitigar el dolor de cabeza que empezaba a zumbarle. Aunque ella no llegaría tan lejos, era un hecho que las expectativas militares creadas por el éxito del proyecto de la aeronave le estaban proporcionando un presupuesto considerable. No era, ni mucho menos, una simple espectadora.
Ricitos de Oro, que en el fondo era un civil corriente, se estremeció de miedo al imaginar el presupuesto gigantesco que requeriría un solo navío. En cualquier caso, el plan era enfrentarse a Diablo, así que dio un golpecito al tablero de corcho.
—No todo son malas noticias. Gracias a la información que sacamos del Barón Maulbronn y del Barón Wiesache, ya tenemos una idea bastante clara de la forma que toman las conspiraciones que rodean a Marsheim.
—Entonces ¿el Vizconde Besigheim, ese idiota, es el verdadero culpable?
—No. Nada más es solo un imbécil, simple y llanamente. Es cierto que tiene sus propias artimañas rastreras, pero no es el tipo de persona que urdiría algo como esto.
Erich conservaba fragmentos de su vida pasada, y probablemente estaba pensando en figuras como Ōishi Kuranosuke o Sima Yi, que habían fingido ser necios para evitar verse rodeados por sus enemigos. Aquellos grandes personajes habían sabido esperar el momento oportuno, pero el Vizconde Besigheim no era un caballero tan sagaz. Era un necio a nivel molecular.
La mayoría de los aventureros habían visto sus peticiones absurdas en los tablones de la Asociación, pero eso no era todo. Era un derrochador que se gastaba más de cien dracmas con su mujer favorita en el distrito del placer. Los magistrados de su territorio hacían lo que les daba la gana. En resumen, era un corrupto empedernido y polifacético. Schnee había investigado a la «compañera» predilecta del vizconde antes de resultar herida y había llegado a la conclusión de que sí, era un tonto, pero que no estaba implicado personalmente en este asunto.
—Por suerte, parece que trabajar para un idiota te convierte en un idiota aún mayor. Échale un vistazo a esto.
—Como ya te dije, no vas a sacarme ninguna reacción con algo que no puedo leer…
Siegfried no sabía qué decían las cartas ni los libros de cuentas que le habían puesto delante, ni habría sido capaz de atar cabos aunque alguien se los leyera en voz alta, pero la conclusión de Erich era clara: varios de los subordinados del Vizconde Besigheim se habían aprovechado de que su señor era un idiota para hacer lo que les daba la gana.
—Entonces ¿estas cartas y registros de dinero te dijeron que el vizconde idiota está metido en el comercio de Kykeon? —dijo Siegfried—. O sea, no lo que se mueve dentro de Marsheim, sino traerlo a Marsheim.
—En resumen, sí. Vaya, felicidades por condensar todo mi discurso en un par de puntos clave.
Eso era muchísimo mejor que que Siegfried no entendiera nada, pero después de haberse esforzado tanto en explicarlo, Erich sintió que las piernas se le quedaban sin fuerzas. Dicho sin rodeos, era tal como había dicho. Aunque el propio Vizconde Besigheim no estaba implicado directamente con el Kykeon, varios de sus subordinados habían sido sobornados.
Puede que su intención fuera vender un poco para sacarse un dinero extra, pero no lo veían como un negocio serio. Esa actitud despreocupada acabaría siendo su perdición. Con el tiempo, sus fechorías saldrían a la luz y, naturalmente, la culpa recaería sobre el Vizconde Besigheim. Erich y Schnee habían llegado a la conclusión de que se habían plantado pruebas falsas contra los dos barones para hacerlos caer al mismo tiempo que al vizconde.
—Me llamaste a mí personalmente para hablar de todo esto con detalle, —dijo Siegfried—. Eso significa que, sea lo que sea que estés planeando, no va a ser una redada como la última vez, ¿verdad?
—Siempre pillas las cosas rápido, camarada.
Al joven aspirante a héroe se le había hecho un nudo en el estómago cuando acudió antes a la llamada de Erich, temiendo que se avecinara algo malo, pero su presentimiento le había servido para mentalizarse. Eso le ayudó a sobrellevar el inevitable dolor de cabeza mientras su amigo hablaba de sus planes descabellados con la ligereza con la que un anfitrión podría proponer un agradable paseo primaveral.
—Ahora tenemos que decidir cuál de nosotros llevará la iniciativa esta vez, —dijo Erich.
—Tengo que ser yo. O sea, puedo ver perfectamente a qué apuntas. «Paso uno, fingir que nos peleamos a lo grande y que uno de nosotros deja el clan. Paso dos, ganarnos la confianza de los traficantes y averiguar quién mueve los hilos». El jefe no puede ser el que haga ese tipo de trabajo sucio.
Siegfried negó con la cabeza, dando a entender que ya conocía el modus operandi de Erich, pero al mirar a su amigo se dio cuenta de que este tenía una expresión extraña. No era la cara de alguien a quien le habían quitado las palabras de la boca; no, más bien decía: «No se me había ocurrido que esa fuera una opción».
La sangre de Siegfried se le heló.
—Vaya, Sieg, yo solo estaba pensando en que a ti o a mí nos contrataran como guardaespaldas del vizconde o algo así.
Siegfried no podía ver su propia expresión, pero sabía que en ella se leía el arrepentimiento a gritos.
—Ir de incógnito, ¿eh? —continuó Erich—. Es arriesgado, pero es un buen plan. Además, de nuestro lado no habría restricciones. Sí… podríamos hacerlo estallar todo de verdad…
—O-oye, Erich… ¿Po-podemos fingir que no dije nada?
—Será una buena oportunidad para sacarlo por fin a la luz… Matar dos pájaros de un tiro, como se suele decir…
—¡De-deja eso! ¡Sa-sabes, tu plan sonaba muchísimo mejor! ¡Vamos, viejo, solo he leído demasiadas historias heroicas estúpidas! ¡Para eso, para ya! ¡Deja de hablar! ¡No soy tan listo como tú!
Este nuevo plan se parecía demasiado a una historia sacada de la enorme biblioteca de relatos heroicos y leyendas grabadas en el cerebro de Siegfried. El segundo al mando de un grupo fingía pelearse con el líder para infiltrarse en la mansión de un noble y sacar a la luz todas sus fechorías: una historia de sacrificio personal y gloria final.
Pero eso era solo un cuento. No era lo mismo hacerlo en carne propia.
El segundo al mando de la Hermandad de la Espada intentó balbucear que se había expresado mal, pero el líder ignoró sus palabras, murmurando para sí mientras añadía más papeles al tablero de corcho.
[Consejos] En el Imperio Trialista de Rhine no existe ninguna ley que invalide las pruebas obtenidas por medios ilegales.
—¡Je-Je-Jefe, ¿estás bien?!
—Sí, bien.
Ocurrió sin previo aviso.
Justo cuando caía la noche, cuando por fin llegó el frío que anunciaba el otoño, el líder y el segundo al mando de la Hermandad de la Espada empezaron a discutir.
Nadie sabía el motivo de la repentina pelea. El día había transcurrido como cualquier otro. Habían regresado de trabajar y estaban bebiendo alegremente. Erich y Siegfried se habían ido a una habitación privada para charlar, pero en el lapso de dos horas se desató el infierno.
Nadie supo quién lanzó el primer golpe. Lo único que los presentes tenían claro era que aquello iba en serio. Habían llegado a las manos, con los colmillos al descubierto y sedientos de sangre. Uno de los dos —o ambos— podría haber sufrido daños permanentes si el dueño del Lobo de Plata Nevado no los hubiera obligado a separarse.
Gerrit, un miembro novato de la Hermandad de la Espada, tenía el estómago revuelto mientras presenciaba aquella escena terrible. Tras terminar la pelea, ayudó a Erich a levantarse y lo llevó a una habitación privada. Ahora estaba atendiendo a su líder. Le tendió un paño para que se limpiara el sudor y la sangre. Erich escupió algo en él: era un diente.
Margit estaba calmando la situación en la sala principal. Kaya, como era natural, estaba atendiendo a Siegfried. Por eliminación, Gerrit se encontró a cargo de Erich.
—Mierda, ese palurdo de campo sí que me dio duro, —escupió Erich—. Nunca aprendió ni lo más básico de política, nunca recibió una educación de verdad… pero aun así no paraba de decir mierda por esa maldita boca…
Gerrit podía percibir una ira auténtica en su voz. El nudo en su estómago no hizo más que apretarse.
La intensidad de la pelea sugería que quizá se había infligido un daño irreparable a su vínculo. Ambos habían mostrado una horrible sed de sangre —algo que dos aventureros de su nivel ya no solían exhibir— y habían empezado a golpearse el rostro mutuamente. Ninguno se conformó con uno o dos golpes, y la sangrienta reyerta dejó a Erich con el inicio de un feo moretón en la mejilla izquierda y un hilo de sangre que le corría por la nariz.
Gerrit apenas había podido echar un vistazo a Siegfried, pero tenía la mejilla sangrando y debía de tener un corte en la boca, porque escupía sangre.
Erich solía ser tan calmado y dueño de sí, sin perder jamás su elegante compostura, así que ¿qué había provocado un cambio tan brusco en su estado de ánimo? Él y Siegfried siempre se llevaban tan bien, siempre se entendían, así que ¿qué demonios podía haberse interpuesto entre ellos? Gerrit había estado a su lado día tras día, pero no tenía ni idea de qué podía haber sido.
—Ese bastardo me arrancó un diente… —murmuró Erich.
—E-em… ¿qué pasó entre ustedes? —dijo Gerrit.
—¿Cómo dices?
Gerrit solo quería saber por qué los dos principales miembros de la Hermandad habían llegado a las manos, pero en cuanto formuló la pregunta, Erich respondió con un veneno impropio de él en la voz. Estaba sentado, inclinado hacia adelante con los codos sobre las rodillas, pero alzó ligeramente la cabeza para fulminar a Gerrit con la mirada. Sus ojos azules centelleaban con los rescoldos de la pelea. Aquella mirada era como un cuchillo.
—¡Ah…!
Gerrit no se había unido originalmente a la Hermandad de la Espada por amor a la aventura. Tenía su propia misión personal. Pero al trabajar junto a sus compañeros, luchando con ellos hasta el mismísimo infierno y de vuelta, había sido forjado como un orgulloso espadachín y como un hombre hecho y derecho (o al menos así razonó que debía de serlo tras la primera incursión de Kykeon; al fin y al cabo, aquel día había arrebatado su primera vida). Estaba satisfecho con su suerte. Después de todo, su misión no interfería con su vida cotidiana, y el carácter afable y colectivo de la Hermandad era, a sus ojos, ideal para él.
Gerrit no podía mentirse a sí mismo: una ambivalencia general se había transformado en un apego genuino. Aunque la atmósfera armoniosa hacía cómodo quedarse, su tiempo allí se había convertido en algo más que eso. Estaba bendecido con compañeros amables y dos líderes irremplazables. Erich le había enseñado con diligencia a blandir la espada como es debido. Siegfried nunca dejaba de notar cuando estaba decaído y lo arrastraba a los baños para despejar la mente. La vida en la Hermandad era buena. Su imagen pacífica y cordial, al menos para Gerrit, parecía sacada directamente de la Era de los Dioses.
—La razón por la que ese tipejo y yo estamos peleados no es asunto tuyo. ¿Quedó claro?
La inquietud burbujeó en el pecho de Gerrit. ¿Estaría tan mal sincerarse ahora? Sabía que no era correcto revelar la misión que se le había encomendado, pero aquella tarea que le habían impuesto parecía casi insignificante cuando la sopesaba frente al destino de la Hermandad. No quería ver al clan desmoronarse. Detestaba la idea de que algún día tuviera que separarse de este mundo, donde el aire estaba cargado de sudor y sangre caliente y, aun así, era limpio y fresco como la cima de la primavera.
Si con ello podía salvar el hogar que había encontrado para sí mismo, entonces sería mucho, mucho mejor dejar de lado su orgullo insensato y el peso de sus secretos y, por fin, ganarse la confianza de Erich. El joven mensch templó su determinación.
—Jefe, tengo que… —dijo Gerrit antes de aclararse la garganta—. Mis disculpas. Es necesario que hable contigo sobre algo.
—¿Qué?
Los ojos de Erich estaban tan fríos como siempre. El significado detrás de su mirada era obvio: indaga un poco más o intenta mediar, y te mataré en el acto. Aquello reafirmó las sospechas de Gerrit. Tenía que haber una razón para que Erich, siempre sonriente y por lo general tan amable —incluso cuando se mostraba más estricto—, exhibiera una expresión así. Si para ello debía mostrarle a Erich la profundidad de su determinación, no le importaba tener que compartir uno o dos secretos.
Gerrit enderezó la postura y luego se irguió por completo, con los talones juntos: una noble muestra de respeto.
—Soy un espía.
Para que Erich le creyera, para que pudieran hablar de corazón a corazón, tenía que desnudarse por completo. Gerrit era un muchacho honesto que pensaba en líneas rectas. Ese era el método que mejor se adaptaba a él.
—Mi verdadero nombre no es Gerrit, sino Gerhard. Gerhard Silberbauer.
Y así, en una noche de su decimoquinto año, el hijo ilegítimo de un noble compartió su secreto para salvar a los dos hombres a los que tanto admiraba.
[Consejos] Una de las leyes no escritas de la comunidad aventurera establece que las peleas de bar deben permanecer dentro del bar.
¿Quieres discutir de esta novela u otras, o simplemente estar al día? ¡Entra a nuestro Discord!
Gente,
si les gusta esta novela y quieren apoyar el tiempo y esfuerzo que hay
detrás, consideren apoyarme donando a través de la plataforma Ko-fi o Paypal.







0 Comentarios