Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 9 Canto 2 Otoño del Decimoséptimo Año Parte 8

Nada me incomodaba más que ver a la gente haciendo horas extra mientras yo era el único que estaba allí sentado, descansando. De todos los combatientes reunidos en la sala de recepción de la Asociación, yo era el único que no tenía nada que hacer. Con mi brazo izquierdo inutilizado, no serviría de nada, así que mis seniors en el oficio me dijeron amablemente que me quedara quieto y me recuperara.

Me dolía quedarme allí sin hacer nada, pero, siendo sincero, esa molestia apenas superaba el verdadero dolor físico de mi herida. Kaya me dijo que tomar analgésicos o interferir con la fiebre ralentizaría el proceso de curación, así que me quedé sentado allí sin siquiera ponerme un ungüento refrescante en la frente.

La sensación de embotamiento en mi cabeza me decía que el inicio de la fiebre probablemente se desataría por completo en unos treinta minutos. Puede que tuviera cierta confianza en que aún podría blandir la espada con mi único brazo sano, pero en el frente no sería más que una carga muerta.

Lady Maxine también me había permitido amablemente pasar la noche allí, alegando que no había mejor lugar para atrincherarse cuando tienes precio sobre tu cabeza. Me tragué el orgullo y me concentré en dejar que mi cuerpo sanara.

—¿Te siente’ inquieto? —vino una voz desde debajo del sofá que yo estaba usando como cama.

Algo blanco cruzó fugazmente mi campo de visión. Era la cola de Schnee, agitándose ante mí mientras ella estaba sentada en el suelo, hojeando los documentos que leía.

—Pues sí… —respondí.

Era la elección más natural que nuestra informante también se estuviera quedando allí. Ella misma había declarado que tenía más cerebro que fuerza; habría sido una locura enviar al campo de batalla a nuestra aliada más capacitada para desvelar los secretos del enemigo, y más aun tratándose de asesinos. Puede que esa mañana hubieran decidido retirarse, pero era muy probable que estuvieran esperando el momento perfecto para atacar y hacer que toda nuestra organización se viniera abajo.

Habían averiguado que yo era el eslabón más nuevo y débil de este distinguido grupo de aventureros, y por eso vinieron primero a por mi cabeza. Schnee debía de estar casi igual de arriba en su lista de objetivos. Así es como yo lo habría hecho de estar en su lugar. Seguían teniendo la ventaja mientras su cuartel general siguiera siendo desconocido para nosotros, así que matar a la informante les compraría la mayor cantidad de tiempo. Yo habría intentado una segunda o tercera vez completar el trabajo, de haber estado en su posición. Dicho eso, ya había pasado un tiempo desde el primer intento. ¿Se habían rendido? ¿O acaso Schnee estaba esquivando ataques sin darse cuenta? ¿O, más probablemente, había tomado medidas para evitar ser un blanco? No tenía ni idea; esta informante realmente era insondable.

—Entiendo cómo te siente’, pero va’ a tener que aguantarlo, —dijo Schnee—. Despué’ de todo, tú ere’l jefe.

—Lo entiendo en teoría, —respondí—. Pero no puedo quitarme estos sentimientos solo con lógica.

Schnee evidentemente había percibido mi inquietud. Empezó a darme golpecitos en la nariz con la cola. ¿Qué tiene la cola oscilante de un gato contento que resulta tan irresistible de agarrar?

—El trabajo de un solda’o e’ marchar, y el de un líder e’ e’perar.

—No te preocupes, sé muy bien que el deseo de un soldado de echar abajo él mismo la puerta del castillo y arrasar con todo lo que vea por delante nace de una impaciencia hirviente.

Desde ahora hasta mis primeros días como aventurero, siempre me había colocado en la primera línea, impulsado por mi admiración hacia quienes lideraban desde el frente. Esta era la primera vez que yo era el único que se quedaba atrás. No podía esperar acallar mi corazón inquieto.

Los hábitos de mi juventud se habían filtrado hasta mi alma. Sobre el papel, yo sabía que solo un líder de quinta se lanzaría al fragor del combate junto a los demás, y más aún junto a sus subordinados, cuando apenas podía mantenerse en pie. Aun así, mis instintos me gritaban por estar tirado sin hacer nada. Por más que me repitiera que debía descansar como un buen paciente mientras Siegfried me suplía, no lograba conciliar el sueño. No era solo el dolor palpitante de mi brazo. Simplemente no podía apagar el cerebro.

Me pregunté cuánto tiempo me tomaría aceptar mi papel como líder y caer rendido mientras mis aliados hacían su trabajo en mi ausencia. En mi vida anterior, me quejaba de mi jefe, exageradamente paranoico, que metía las narices en nuestros asuntos, preguntándome por qué no podía limitarse a ser un buen gerente y esperar a que termináramos. Mi yo del pasado se reiría de mí si pudiera verme ahora.

—No te preocupe’ por nada, ¿sí? —dijo Schnee—. ¡El Santo Fidelio e’tá al mando de la marcha! Ni siquiera eso’ asesino’ podrían hacerle un ra’guño.

Sentí algo suave y cálido sobre la espinilla. Desde su lugar en el suelo, Schnee había recostado la cabeza hacia atrás sobre mi pierna.

—La’ trama’ y conspiracione’ son frágile’ cuando llega la hora de intercambiar golpe’ de verdad, —continuó—. Si ello’ eligieron iniciar una batalla campal, eso significa que renunciaron a cualquier ventaja que le’ diera su información. To’ e’te asunto tendrá que decidirse en una pequeña pelea.

—Y en Marsheim, cualquiera que pudiera derrotar al grupo del santo en un combate…

—…No existe tal criatura.

Era una forma excesivamente tajante de decirlo, pero yo estaba completamente de acuerdo. Con rango azul-zafiro, el Señor Fidelio era el aventurero mejor clasificado de todo Marsheim. Nadie en la ciudad igualaba su poder puro.

Claro que sería una tontería decir que el noble y obstinado santo era el mejor aventurero de toda Ende Erde.

El Señor Fidelio solo solía involucrarse en las etapas finales de complots a gran escala como este —suponía que muchos malhechores pensaban largo y tendido en cómo evitar involucrarlo—, y no podía estar en todas partes al mismo tiempo ni cubrir grandes distancias en poco tiempo. Además, tenía su posada que atender; necesitaba tiempo para prepararse y no podía sostener una guerra larga y prolongada.

Aun así, era indiscutiblemente el golpeador más pesado de toda la partida por estos lares. Pese a carecer de título nobiliario y de no contar con cientos de tropas, el dueño del Gatito Dormilón era un aventurero poderoso y bien entrenado, alguien a quien no convenía enfurecer bajo ninguna circunstancia. Yo apenas había llegado a percibir la profundidad de su fuerza a través de nuestros entrenamientos, y hasta en combates de práctica me superaba con facilidad.

Había tres personas con las que podía compararlo: la ogra Lauren, que me enseñó el significado del miedo; Lady Agripina, cuya sola presencia en este mundo parecía un error fundamental en su código fuente; y Lady Leizniz, que bajo la piel no era más que una enorme masa de maná.

El Señor Fidelio existía cerca de ese mismo reino.

Eso no lo hacía menos aterrador. Era un monstruo; del tipo de amenaza que, si así lo quisiera, podría hacer que sus enemigos conocieran condiciones semejantes a la superficie del sol. Ese poder lo colocaba en el mismo estante que los demás Grandes Terrores del mundo, sí, pero lo que de verdad lo volvía aterrador era que se trataba de un aventurero de nivel héroe que podía aparecerse, como un gato callejero, donde le viniera en gana.

Había varios personajes parecidos en la mesa de juegos de rol de mesa: aventureros errantes que prácticamente habían llevado su fuerza al máximo, pero no deseaban gran cosa y, en vez de eso, iban por ahí sin ataduras, con sus placas de aventurero colgando de ellos. Era demasiado fácil bajar la guardia ante monstruos que parecían tan inofensivos.

—De golpe, to’ e’to se ha vuelto un asunto ba’tante aburri’o, ¿eh? —dijo Schnee—. Van a confesar y disculparse, o decidirse por un final má’ «apropiado» pa’ su pequeño sueño.

—Yo apostaría por un intento desesperado de último recurso.

—Sí. Con él allí, no van a querer largarse a algún otro la’o pa’ tramar una segunda ronda.

Volví a pensar en Zwei, un hombre con una clase de atractivo áspero que resultaba irritante . Ya había tenido que lidiar con él después de que sus subordinados decidieran dedicarse a acosarme durante el verano del año pasado. A pesar de haber probado la derrota a mis manos una vez, seguía siendo uno de sus miembros de más alto rango. Dudaba que fuera a actuar de manera tan irracional solo porque en aquel entonces yo le hubiera dado una paliza.

El Exilrat se había ganado la enemistad de toda la Asociación de Aventureros, así que era evidente para todos que el santo se había plantado en su puerta porque ya no podía seguir quedándose callado. Ahora bien, la cuestión era esta: si hubieran tenido a alguien con unos atributos tan rotos como los del Señor Fidelio, ¿habría evolucionado del mismo modo toda la conspiración en torno al Kykeon?

La respuesta era no. Si el lunático que quería destruir Marsheim hubiera tenido el poder personal necesario para llevarlo a cabo, no tendría ningún sentido que no lo hiciera con sus propias manos. Como mínimo, habrían encontrado a un aliado así de poderoso antes de embarcarse en el necio plan de dispersar el Kykeon.

El hecho de que yo pudiera estar allí, recostado y tranquilo en la Asociación, ya era prueba suficiente. Si una bestia al nivel del grupo del Señor Fidelio estuviera chocando contra él en ese mismo momento, los ecos de la batalla se oirían desde leguas de distancia.

—Pero… ¿no fuimos lo bastante buenos? —dije.

—¿Hm? ¿Qué quiere’ decir con eso? —respondió Schnee. Giró la cabeza para mirarme —de una manera en que ninguna persona podría torcer la columna— mientras su cuerpo seguía orientado hacia delante. Sus ojos estrechos se encontraron con los míos.

—Me preguntaba si no te inquietaba que solo la Hermandad se encargara de poner fin a todo este asunto.

—Ah, ya entiendo lo que quiere’ decir. —Schnee agitó las orejas, como si quisiera quitarle importancia a mi tonta pregunta. Cruzó las piernas y al instante siguiente empezó a rascarse una oreja con la pata—. To’ e’to todavía no ha termina’o. Lo hice entrar en escena porque, en e’ta etapa, era lo má’ fácil. Pero cuando de verdad está’ en un aprieto, una sola pieza no ba’ta. Y meno’ en to’ e’te embrollo.

—¿Un aprieto?

—Aunque tengamo’ a Fidelio de nue’tro la’o, él solo pué’ tumbar una base a la ve’. Lo entiende’, ¿no, Erich? Si no’ lo tomamo’ con calma, el enemigo va a hacer la’ maleta’ y salir corriendo. Y no querrá’ que Diablo siga cambiando de táctica, cambiando de droga y pinchándono’ una y otra vez.

Schnee estaba completamente segura de que una sola batalla rápida jamás bastaría para poner fin a todo aquel complot. No podíamos simplemente «cortar el nudo gordiano [1] » y dar el asunto por resuelto. Había demasiados antagonistas en juego, y sus planes se entrelazaban y acumulaban de una manera que superaba la capacidad de cualquier persona para seguirles el rastro, mucho menos para vencerlos. El Kykeon, Diablo… esas no eran más que partes del enredo con el que estábamos lidiando. Aunque cortáramos uno o dos hilos, otros provenientes de algún otro punto del plan vendrían a tapar los huecos.

Igual que el moho en el pan se extiende más allá de lo que se ve a simple vista, limitarse a retirar la parte visiblemente afectada dejaría intacto el micelio invisible que aún quedara. Al menos, con el pan en mal estado uno puede quemarlo o echarlo al compost; con Marsheim no teníamos esa opción.

—Por eso aguanté con paciencia ha’ta encontrar un grupo de tipo’ duro’ capa’ de librar má’ de una sola batalla, viajar tan lejo’ como hiciera falta, y recibir golpe’ pa’ luego volver a levantarse como si na’.

Schnee necesitaba tiempo suficiente para calcular exactamente hasta qué profundidad llegaba la contaminación antes de cortar la parte infectada. Amaba esta ciudad. No aceptaría sucedáneos. Por eso había mantenido la vista en el panorama general. Mientras nosotros estábamos ocupados hablando de los cuerpos fructíferos, ella contemplaba tanto el pan como la bandeja sobre la que descansaba.

Después de todo, cortar con rapidez la parte infectada era lo mejor para el resto de la hornada. Entendí que habían sido sus propios sentimientos hacia Marsheim los que la llevaron a tratar de resolver aquella situación con tanta discreción como le había sido posible. Yo todavía no había desarrollado el mismo nivel de apego por este lugar, pero aun así me resultaba fácil ver que su grado de compromiso y devoción estaba en otro nivel.

—Ya elegi’te quedarte una ve’, así que aguanta un poco má’, Erich, —dijo Schnee.

—De verdad lo ves todo, ¿no? —respondí tras una pausa.

—Nee jee, ¿qué te pue’o decir? Lo’ gato’ saben una que otra cosita.

No podía creer que supiera que una vez había considerado seriamente abandonar Marsheim. No era como si me hubiera oído decirlo; ni siquiera se lo había contado a Margit. Simplemente lo había deducido observando mi actitud y mi forma de hablar.

Era un enorme alivio tenerla de nuestro lado, pero viejo , también me aterraba casi en la misma medida.

—To’ e’te asunto está hecho de pedacito’ y retazo’, y cada uno llega profundísimo. Sé que, aunque una pequeña gatita como yo se de’lomara trabajando, jamá’ alcanzaría el final de to’a’ la’ mentiras y conspiracione’.

Mientras hojeaba los documentos que la directora le había entregado —todos sellados con «Reproducción Prohibida»—, el perfil de Schnee lucía terriblemente triste.

—Pero, ¿sabe’? E’toy haciendo e’to por una clase muy concreta de venganza y reconciliación. Pué’ que me mate, y no hay vuelta atrá’, pero creo que, si ese e’ el precio que debo pagar, vale la pena pagarlo.

Las palabras de Schnee insinuaban un pasado que todavía no estaba preparada para revelarme. Tal vez sería más exacto decir que sus instintos de profesional le habían indicado que bastaba con insinuarlo para que la duda se quedara clavada en mi mente, rondando en el borde de mi visión. Incluso mientras se perdía en sus propios recuerdos, seguía encontrando la forma de tantear mi propia sentimentalidad.

En cualquier caso, yo también le había tomado cariño a esta ciudad, a mi manera. Llevaría toda aquella conspiración hasta el final.

—Por cierto, —dijo—, ¿cómo va ese brazo?

—Kaya dijo que en tres días volveré a estar entero. Mientras tanto, me duele como el demonio.

Gracias a todos esos gérmenes y a las desagradables ideas de pociones que yo había sembrado en su mente, Kaya se había dado cuenta de que mi propia reserva de maná no era precisamente pequeña, así que había preparado una poción especial que, en esencia, obligaría a mi cuerpo a curarse por sí solo. Sin embargo, era una mezcla arriesgada, una que no confiaría a la mayoría de la gente. Si una persona cualquiera la usara, podría morir por agotamiento de maná. Por eso, de toda la Hermandad, quedaba reservada para Kaya y para mí. Guardábamos el secreto con sumo cuidado, porque sabíamos que, si se corría la voz sobre aquella «cura milagrosa de tres días», en la Hermandad no volveríamos a tener un solo momento de paz ante la multitud de posibles compradores. No necesitábamos ese tipo de problemas encima.

Y así, gracias a ella, pese al aspecto espantoso de mi herida, me tocaría volver al combate más pronto que tarde.

—¿No se suponía que no te dejaban fumar?

—No pasa nada, en realidad no le he puesto hojas dentro. Solo mantengo la boca ocupada, eso es todo.

Había estado sosteniendo la pipa entre los labios con la esperanza de que me distrajera y, por efecto placebo, me hiciera sentir mejor, pero sin humo no funcionaba. Ojalá al menos pudiera encender algunas hierbas calmantes, ya que no podía recurrir a analgésicos…

—No te va a servir de na’ si no te relaja’ y te recupera’.

—Lo sé. Mi brazo es mi medio de vida. Me quedaré quieto estos tres días para conservarlo.

—Vamo’ a necesitar tu ayuda, así que mejor endurece lo’ nervio’ mientra’ pueda’.

Yo mismo les había soltado verdades igual de duras a otros miembros heridos de la Hermandad. No me molestaba recibir de vuelta lo que yo mismo repartía. Después de todas las palizas que les di a los novatos, además de enviarlos al combate, no habría quedado nada bien que su líder se echara a llorar por un hueso roto de poca monta.

—A e’te paso, creo que puedo reducir nuestro’ objetivo’ a cinco ubicacione’, —dijo ella—. Si todo sale según lo planeado, puedo bajarlo a tre’… y hay do’ que ya tengo casi asegurá’.

—Eso sería increíble. Después de todo, un aventurero necesita un destino.

Como dijo cierta estratega de renombre cuyo nombre y circunstancias en ese momento se me escapaban, una persona corriente presente vale mil veces más que un héroe ausente. Ni siquiera recordaba si era de este mundo o del anterior, pero el caso es que sus palabras rezumaban verdad.

No importaba cuán fuerte fueras; si no tenías adónde dirigir tus habilidades, no eras mejor que un espantapájaros. Las aventuras no iban a caer infinitamente en tu regazo. Necesitabas el discernimiento para distinguir las que te harían luchar contra molinos de viento de las auténticas.

Estaba sinceramente agradecido por la abundante sabiduría de tantos líderes del pasado a la que podía recurrir.

—Esa directora sí que e’ algo serio, ¿eh? —continuó Schnee—. Tenía mucha má’ mugre que sacar a la lu’ de lo que habría imaginado.

A decir verdad, esta vez sí sentía que me había convertido en un gancho de aventura barato, colgado por el Maestro del Juego delante del Señor Fidelio para empujarlo a mover la historia, pero seguía siendo mejor que no tener ninguna aventura en absoluto. Había montones de Maestros del Juego que recurrían a una preparación minuciosa solo para desarrollar PNJs cuya única tarea era darle al verdadero héroe un pequeño empujón, como me pasaba a mí.

—Como sea, si consigo uno’ bueno’ y jugoso’ regi’tro’ fi’cale’, debería ahorrarme medio día entero.

—¿Por qué me estás mirando así?

—Vamo’, vamo’, Erich… No pué’ montar a caballo con una sola mano, ¿verdad?

Mientras divagaba en mis pensamientos, dijo algo que me hizo aguzar el oído. ¿Ahorrarse medio día? ¿De qué estaba hablando?

—Y si to’ sale de maravilla, ¡podré dejar e’to resuelto en un día y medio! Si te soy sincera, iría yo mi’ma a echar un vi’tazo, pero ahora mi’mo e’toy prácticamente atá’ de mano’. Pero si reducimo’ la li’ta a meno’ de cinco candidato’, entonces rematar to’ irá rapidísimo.

—E-espera, ¿un día y medio para reducir la lista? Aguarda… ¿estás diciendo que este otro trabajo tiene que estar terminado para entonces?

—¡Punto pa’ ti, Erich! Si se no’ e’capan y se esconden, eso no sería na’ bueno, ¿verdad? Mientra’ yo hago mi’ lectura’, u’tede’ van a encargarse de lo’ preparativo’ y a dejar to’ li’to pa’ partir dentro del día. De lo contrario, será demasia’o tarde.

Sí, era cierto que habíamos aplastado toda una serie de bases en un solo día, pero el alcance del enemigo era enorme. Seguro que habría fugitivos, y también debían de tener su propia manera de correr la voz cuando estaban en apuros. Sin duda ya habría algunos que abandonaron el barco al darse cuenta de que el martillo estaba cayendo sobre Marsheim. Habíamos intentado reducir esa posibilidad todo lo posible con nuestra incursión rápida y precisa, pero hasta el plan perfecto solo es perfecto en teoría.

¿De verdad Schnee estaba insinuando que teníamos que volver a salir corriendo de un lado a otro para atrapar a los implicados en la producción de Kykeon? ¿En serio? Yo ya había imaginado que hoy sería una carrera de fondo, sí, pero ¿Schnee estaba diciendo que esto era un maratón para todos los involucrados?

—Probablemente podríamo’ hacer que un e’cuadrón apla’te do’ o tre’ lugare’ si están cerca… Puede que sea difícil si solo se mueven como un grupo de cinco, pero pueden turnarse pa’ pelear, ¿no?

—E-espera, Schnee…

—Tenemo’ que pedirle a la directora que prepare unos caballo’ y un carruaje… ¡Este va a ser un viajecito ba’tante grande!

Intenté detener su monólogo, pero de pronto me invadió ese agotamiento que tanto había estado deseando sentir antes, y ni siquiera pude extender la mano. Mi fiebre debía de haberme golpeado por fin, apagando el interruptor de mi cuerpo para impedirme hacer algo demasiado imprudente.

—Hmm… Diría que hay ba’tante’ probabilidade’ de que lo’ corredore’ de Diablo e’tén trabajando sin dormir, moviendo su’ prueba’ durante to’ el día, pero ¿eso cambia realmente mi’ cálculo’? Ajá, aunque son una organización grande. E’tarían en apuro’ si usan su’ taumograma’ ahora. Así que sí, supongo que tenemo’ que poner gente en el terreno lo ante’ posible.

Nooo… ¡Una estrategia aterradora, con un itinerario despiadado, estaba tomando forma justo ante mis ojos! Sabía que no teníamos alternativa y que dejar que la gente se nos escapara acabaría dándonos dolores de cabeza más adelante, ¡pero ya podía imaginarme que la Hermandad iba a quejarse de lo lindo cuando les diera la noticia!

Quise pedirle a Schnee que me concediera un momento de consideración mientras armaba su plan, pero sentí que los párpados se me cerraban. Su voz se transformó en campanas de alarma lejanas.

No podía salir en mi estado actual, así que tendría que confiar en mi clan. Nuestra pequeña celebración de esta noche sería su último descanso por un buen tiempo. Además, esperaba que tuviéramos que pasar una o dos noches en vela. Decidí que sería mejor para mi salud dar las órdenes —por mucho que me doliera hacerlo— desde la seguridad de mi cama.

No me quedaba más remedio que considerar el delicado equilibrio que exigía mi posición. No podía ser demasiado precipitado ni dejarme arrastrar demasiado por mis ganas de estar allí todo el tiempo, o de ahora en adelante nada tendría gracia. Necesitaba refrenar mi impaciencia y resistir este brutal plazo colectivo.

Pero aun así, nuestro clan estaba lleno de buenos chicos. Si era por la justicia —y si Lady Maxine cubría la mayor parte de los gastos—, no se negarían.

Probablemente se quejarían de mí a mis espaldas, pero mientras hicieran el trabajo, podría soportarlo…

 

[Consejos] Los puntos de vida solo ilustran lo cerca que estás de quedar fuera de combate. Tener cero PS no equivale necesariamente a la muerte. Si una emergencia lo exige, es posible reprimir los instintos habituales y obligarte a seguir adelante.

 

—Eso sí que no está bien…

La asesina estaba muy en lo alto, con una pierna enganchada a una aguja y la otra apoyada más abajo, mientras contemplaba los terrenos de tiendas. ¿El problema? No estaban ardiendo, no había caos generalizado; la vista resultaba casi pacífica .

Gracias a la súplica sincera de Zwei, los aventureros habían decidido desechar su plan de asaltar la comunidad. En ese momento, el Exilrat estaba presentando a los aventureros la malvada obra de Drei y Sieben para que se encargaran de ella.

Se había desplegado a varios agentes por si surgía una emergencia, pero a esas alturas del juego resultaba muy dudoso que esos aventureros del Exilrat estuvieran siquiera dispuestos a dar sus vidas solo por sembrar el caos. Esos idiotas que se habían visto envueltos en la conspiración del cliente de las asesinas jamás verían cumplidos sus sueños de vengarse del mundo. Lo único que recibirían por sus esfuerzos sería ser llevados ante la justicia por aquellos a quienes una vez llamaron compañeros.

—Tch… Justo por esto les dije que ni se molestaran en usar a esos forasteros…

Con la situación tal como estaba ahora, no había esperanza alguna de que una chispa repentina encendiera las llamas de la guerra. Ya era demasiado tarde. Ni siquiera sus agentes encubiertos —mano de obra e información, ahora inutilizadas— podían hacer un movimiento significativo. Los terrenos de tiendas eran un lugar de asentamiento para quienes habían huido de sus hogares. Aquellas personas que habían puesto sus vidas en juego deberían haber sabido que obtener una ganancia a largo plazo a costa de un precio potencialmente enorme a corto plazo era algo que la mayoría de los suyos jamás aceptaría.

—Eso también deja fuera de cuestión usar nuestros taumogramas… Ahora que han puesto a esos limos a moverse por las alcantarillas, tenemos que asumir que ya tienen preparadas contingencias contra nuestros recursos mágicos…

Aun así, habrían sido una buena yesca para prenderle fuego a Marsheim. Mientras Beatrix soltaba su agarre, pensó que era una lástima que esas piezas no hubieran sido aprovechadas mejor.

La gravedad hizo lo suyo. La distancia entre aquel campanario en lo alto de la muralla exterior de la ciudad y el duro suelo era de aproximadamente una manzana entera, más que suficiente para convertir a cualquier persona en una mancha sobre el pavimento.

Pero Beatrix poseía el don de la magia. El sol se estaba poniendo lentamente y, al caer dentro de la sombra del campanario, su cuerpo desapareció, como un buzo tragado por el agua. Al instante siguiente, reapareció en la sombra de un árbol fuera de las murallas.

Beatrix no conocía el funcionamiento exacto de aquella fórmula en particular. Después de todo, ella era una maga , no una magus. Una buena mitad de sus hechizos los conocía solo por intuición, un talento extraordinario que no era capaz de expresar con palabras. Su magia hacía que las sombras de este mundo se comportaran como agua, desafiando todas las leyes de la física para dotarlas de profundidad y permeabilidad. Una vez que emergió sana y salva de su portal sombrío, Beatrix comprobó que no hubiera perdido nada durante el trayecto antes de dirigirse al punto de encuentro.

El problema con este método singular era que, si dejaba caer cualquier cosa mientras estaba en el reino de las sombras, se perdería para siempre. Por alguna razón, cualquier objeto que llevara fijado a su cuerpo atravesaba el paso sin problema, pero todo lo demás —incluidos otros pasajeros— no podía acompañarla. Era algo que había comprobado mediante la práctica. Una vez intentó entrar en las sombras con una rata que había conseguido, pero sus instintos le advirtieron: si entras con esta rata, morirá. Nunca intentó convertir directamente sus sombras en un arma.

Aun así, era una ventaja increíble poder transportarse a sí misma a cualquier sombra que estuviera dentro de su campo de visión. Seguían existiendo varias limitaciones que hacían difícil entrar y salir de las ciudades sin ser notada —Beatrix tenía la costumbre de vestir como una noble de vacaciones para evitar atención indeseada—, pero aquello resultaba asombrosamente útil para infiltrarse en bases enemigas.

—Be-Bea… B-bienveni’a de ‘uelta. ¿‘ómo fue?

—Nada bien. Unos cobardes sin agallas… Se retiraron a sus tiendas sin siquiera cruzar una sola espada. Bueno… supongo que no es ninguna sorpresa cuando el Santo Fidelio encabeza la carga. Por desgracia para nosotras, el taumograma está fuera de nuestro alcance.

El punto de encuentro estaba a corta distancia de Marsheim. Allí, Lepsia cuidaba de dos caballos que habían robado a la guardia tras su retirada de la ciudad. Sus heridas de aquella mañana no habían tenido tiempo de sanar, así que la habían dejado apostada allí para ocuparse de ellos.

—¿Podemos re’uperarlo?

—No. El mecanismo de autodestrucción debería bastar. Maldición… Justo por esto prefiero no recurrir a artefactos tan llamativos…

Se habían instalado varios taumogramas en otros lugares además de los terrenos de tiendas, pero solo había un cristal de maná que contenía las coordenadas para la comunicación. Incluso si un profesional lograba desmontarlo, estaba diseñado para borrar constantemente sus rastros de maná, impidiendo que nadie pudiera seguirles la pista. Sin embargo, el descontento de Beatrix provenía de que no era un método absoluto: no podía eliminar por completo su firma.

El modus operandi de Beatrix consistía en no usar jamás nada de lo que no pudiera deshacerse a la perfección, incluso si se lo ordenaban. Hubo un tiempo en que era una perfeccionista que no permitía que quedara ni un solo cabello en la escena del crimen. ¿Y ahora se suponía que debía dejar atrás enormes herramientas mágicas ? El simple hecho de que hicieran falta varias personas para cargarlas ya las convertía en un enorme lastre. A Beatrix le costaba confiar en un mecanismo de autodestrucción fabricado según las especificaciones de otra persona.

—¿Qué-qué ha’emos? —dijo Lepsia—. No ‘odemos co’unicar’os con ‘llos…

—Sí, y los mensajeros en la ciudad no tardarán en volverse inútiles, —respondió Beatrix—. Tendremos que ir con nuestros propios pies. Sin embargo…

De no haber estado delante de una de sus subordinadas, Beatrix se estaría mordiendo las uñas de ansiedad en ese mismo momento.

Su cliente era descuidado, lento para actuar y no escuchaba ninguna advertencia, pero había algo que sí sabía hacer : desaparecer rápido en cuanto saltaba la alarma. Ella ya le había dicho que sus bases en Marsheim correrían peligro a menos que tomaran la cabeza de Ricitos de Oro Erich, así que era dudoso que se hubieran retirado a alguno de sus escondites cercanos.

En cuanto al cliente de su cliente, estaba demasiado lejos como para ponerlo en movimiento. Trabajaba amparado por la profundidad y amplitud de su red —cuanto más impenetrable, mejor protegido—, pero eso significaba que, al venir las órdenes desde un estado satélite, haría falta al menos una semana para que la información entrara o saliera de su sistema. Peor aún, factores básicamente aleatorios de pura suerte y su posición física exacta podían alterar la velocidad con que la información necesaria llegara hasta ellos, para bien o para mal; si estaban ausentes por otros asuntos, entonces Beatrix y compañía quedarían completamente por su cuenta.

—¿Cuál sería nuestro próximo movimiento óptimo? —murmuró Beatrix para sí—. ¿Nos concentramos en poner a toda la organización al corriente y enviamos gente a cada ubicación, o deberíamos centrarnos en proteger nuestros recursos más vitales? ¿O…?

Beatrix empezó a caminar de un lado a otro mientras murmuraba, intentando ordenar sus pensamientos, cuando pisó algo inesperado. Era un par de dados de seis caras. Cerca de los caballos había caído una bolsa de cuero. Debió de haberse salido durante los preparativos.

—Primanne… Tu estrés te está volviendo descuidada, —murmuró Beatrix, pese a la ausencia de la kaggen—. Puede que yo sea la encargada de limpiar los desastres del resto, pero de verdad debería vigilar mejor sus pequeños cachivaches.

Tallados en hueso de búfalo, los dados tenían un brillo y una textura singulares: un tesoro personal de Primanne. Se decía que el milagro que albergaban garantizaba la libertad de los propios hilos del destino. No importaba qué trucos se emplearan, qué artimañas se pusieran en marcha, ni aunque la persona estuviera protegida por una suerte anormal: los dados ignoraban todo eso y funcionaban con imparcialidad. El número que mostraban estaba garantizado como exacto en este plano de realidad.

—Siempre le digo que mantenga las apuestas al mínimo, pero, siendo sincera por un momento, siento que ahora soy yo la que está apostando…

Ni que decir tiene que Primanne poseía ese juego por afición a los juegos de azar. Los kaggen mantenían los brazos recogidos cerca del pecho cuando descansaban. Era una postura que parecía la de una oración y, en verdad, se trataba de una raza muy aferrada a sus supersticiones. Primanne solía lanzar los dados para leer presagios de fortuna o desgracia con cada nuevo trabajo: si la tirada salía mal, hacían falta preparativos más cuidadosos. Beatrix miró aquella preciada posesión de su aliada y sonrió.

—Impares, y daré la voz de alarma… Pares… sí, ganaré tiempo yendo al almacén más grande.

Beatrix agitó los dados en la mano. El silencioso chasquido y traqueteo calmó su mente encendida.

Su hilo de pensamiento llegó a rozar la posibilidad de simplemente abandonar aquel trabajo maldito. Era una opción viable. Tal vez tres opciones era mejor, de todos modos. Dejar que los dados eligieran entre dos posibilidades parecía desaprovechar toda la amplitud de resultados; tres se sentía un poco más redondo.

A fin de cuentas, este trabajo estaba prácticamente terminado. Ella había tomado la decisión óptima en cada encrucijada, pero al final el tablero seguía lleno de piezas hostiles cerrando el cerco, apenas reducidas en número. Un jugador sereno se rendiría aquí y ahora, descansaría y luego pensaría en la siguiente partida.

Pero la venganza de Beatrix aún no estaba completa. Si optaba por abandonar este trabajo sin siquiera alcanzar el objetivo del Clan de la Copa Única, ¿con qué cara podría atreverse a presentarse ante sus aliados fallecidos?

Morir en batalla sería muy preferible a huir y ser perseguida. Aunque su cliente fuera un mal líder, el cliente de este era especialmente astuto. No le resultaría difícil eliminar a cinco aventureros convertidos en asesinos que ya habían dejado de ser útiles. A quienes cargaban con conocimientos inconvenientes no se les permitía el lujo de la paz ni del descanso. Así eran las reglas de este mundo.

—¿Qué pa’a, Bea?

—No es nada. Démonos prisa; el tiempo apremia.

Beatrix preparó la mano izquierda para atrapar los dados al soltarlos desde la derecha. Se rio en voz baja. Parecía que su destino no era forzar un jaque mate ni salir huyendo, sino intentar una vez más el plan más óptimo.

 

[Consejos] Existen hechizos y encantamientos que permiten a las personas desligarse del destino de una forma u otra, ya sea permitiendo al usuario escapar del alcance de entrometidos divinos como el Dios de los Ciclos o deslizarse fuera de los límites del flujo de maná de un lugar. Sin embargo, el mundo es un lugar irónico; esos métodos son transmitidos por los propios árbitros divinos del destino. 



[1] Problema extremadamente complicado que parece imposible de resolver por medios normales. Proviene del Nudo Gordiano, que Alejandro Magno cortó de un tajo, simbolizando soluciones audaces y decisivas. 

 

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