Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 9 Canto 2 Otoño del Decimoséptimo Año Parte 7
Aquello era demasiado común. Estabas ocupándote de tus asuntos, y de repente te caían encima dos o tres tareas urgentes que debían resolverse ese mismo día . Cuando la vida de la gente estaba en juego, tenía todo el sentido del mundo que existieran varias «prioridades máximas» al mismo tiempo.
Mientras nos preguntábamos si seríamos capaces de encargarnos de todo a la vez, la directora sacó un retrato.
…Uf, por poco. Había necesitado todo el autocontrol que me quedaba para no gritar: ¡¿Por qué demonios tiene una foto de esa lolita gótica?! con un tono francamente inhumano.
—Me costó un poco de trabajo, pero logré convencer a otra directora de la Asociación en otro lugar para que me lo compartiera, —dijo Lady Maxine—. Ricitos de Oro, esta fue la persona que te atacó, ¿verdad?
—Sí-sí, lo fue —chillé.
¡¿Qué demonios le pasaba a mi voz?! Mi cerebro debía estar sobrecalentándose al verla…
Pero estaba seguro. Era la misma mujer que había destrozado mi brazo más temprano ese día y me había dejado soportando esta miserable convalecencia.
Había incluido mi propia descripción detallada en el informe y hasta había adjuntado mi intento de retrato, pero el que tenía delante no era una copia de ese. A juzgar por el trazo, lo había dibujado alguien con experiencia haciendo carteles de recompensa o retratos de identificación. En este mundo aún no existían las fotografías, y la única manera de registrar los rasgos de alguien era con un dibujo como este o con una lista de descripciones.
Este dibujo me permitió observar mejor a la mujer que me había atacado hoy, pero al mirarlo con atención algo no encajaba. No era una copia de lo que yo había dibujado, ni tampoco un cartel de recompensa hecho recientemente. Se veía más joven… quizá de finales de la adolescencia.
Su llamativo maquillaje cambiaba bastante su impresión, pero yo había estado lo suficientemente cerca como para sentir su aliento sobre mi piel en una pelea a muerte. Lo sabía. Su apariencia extravagante había desviado mi atención de sus rasgos, pero era ella. Si mentalmente añadía un maquillaje más cargado y más de una década de batallas infernales, encajaba perfectamente.
—Quiero que todos recuerden este rostro. Si la ven, no la dejen escapar.
—Nee, jee… Conseguir información sobre ella fue to’ un suplicio, —añadió Schnee—. Se llama Beatrix Eugenia Friederike Brecht. Como habrán adivina’o por tanto’ apelli’os, ante’ era una pequeña «princesita» de una casa bastante acomodá’.
El cronograma me desconcertaba. Esto era demasiado rápido. Había entregado mi informe esa misma tarde después de recibir atención médica de emergencia. Incluso si la Asociación tenía un taumograma, simplemente no era posible obtener esta información en cuestión de horas. Había sido necesaria la magnitud de la redada de hoy para que Lady Maxine nos compartiera los detalles del registro de aventureros, así que era muy poco probable que otro director en otro lugar estuviera tan dispuesto a entregar información confidencial.
A juzgar por su edad en el dibujo, debía de haberse hecho poco después de que se convirtiera en aventurera. Si había estado guardado todo ese tiempo, entonces seguramente alguien con quien trabajó —la directora o uno de los recepcionistas— habría salido en su defensa.
Lo que quiero decir es que habría hecho falta bastante tiempo y pruebas para convencer a quien tuviera esa información de que la entregara. ¿Los sentidos felinos de Schnee no eran tan agudos como para leer el futuro… verdad?
—Su historial como aventurera e’ de lo má’ impecable, —continuó Schnee—. Estaba registrada en la Asociación de Aventurero’ en Luneburg y alcanzó el rango verde-cobre. Era una aventurera muy confiable, con una tasa de finalización de trabajo’ superior al noventa por ciento. Pero bueno… eso explica por qué e’ tan dura de roer.
—Sí, —dijo la Señorita Laurentius—, debe de serlo, para haber dejado así a Ricitos de Oro. Supongo que se gana la vida quitando vidas, ¿no?
Schnee me lanzó una mirada, y eso bastó como respuesta a la pregunta de la Señorita Laurentius.
Respira hondo, Erich. ¡Esto es bueno! ¡Esta es toda la prueba que necesitabas de que casi no te mata una completa don nadie salida de la nada! ¡Es algo por lo que deberías alegrarte!
Por la forma en que Schnee movía la cola al caminar, imaginé que Beatrix ya era alguien bien conocido para ella. Lo más probable era que hubiera estado trabajando de incógnito para sacar a la luz cualquier información que pudiera, y solo consideró apropiado exponerla ante los demás una vez se aseguró de que estuviera debidamente verificada.
Schnee valoraba de verdad la precisión de su información. Incluso tratándose de una asesina que casi le cuesta la vida, se negó a dar la alarma basándose solo en corazonadas o suposiciones.
En efecto, pudimos acudir a la redada sin presunciones innecesarias ni entusiasmo mal dirigido porque solo se nos dijo lo que necesitábamos saber: nunca tuvimos margen para hacer predicciones innecesarias, solo recibimos la preparación adecuada.
Aun así, de verdad hubiera deseado que nos contara a tiempo qué era lo que había estado a punto de matarla mientras investigaba a esa gente, para así poder pasarles la excusa a nuestros posibles empleadores.
—Lo’ mejore’ asesino’ no tienen nombre, —continuó Schnee—. Lo’ asesino’ de segunda se dejan llevar por el temperamento. Bueno, no hace falta que se lo diga a tos’ lo’ presente’, ¿verdad?
Siegfried y Kaya parecían sí necesitar esa explicación, pero tomé nota mental de ponerlos al día más tarde.
La cosa era que la gente no sabía que los asesinos realmente talentosos eran, de hecho, asesinos. Los homicidas de verdad dotados podían borrar con habilidad hasta el hecho mismo de que había ocurrido un asesinato, dejando dudas solo cuando la persona desaparecida dejaba de aparecer donde se la esperaba, y volviendo muy ambiguo el momento estimado de su muerte.
En las historias heroicas, a menudo hay pasajes destinados a engrandecer las fechorías de un villano, explicando que era temido por haber matado a fulano o mengano. Pero en la realidad, el simple hecho de que la gente conociera el nombre del asesino ya era una enorme mancha en su reputación. Después de todo, conocer el rostro y el pasado de alguien hacía mucho más fácil preparar una respuesta contra él. Y a medida que reunías piezas relevantes de información, podías trazar una estrategia todavía mejor para acorralarlo.
—Bueno, si se le ocurre pasearse por Marsheim, todos estarán en máxima alerta, —dijo Stefano—. Yo no necesito recordar su cara; se la romperé antes de que nadie más tenga oportunidad de meterse en medio.
Muy en su papel de gánster local, Stefano apoyó la mandíbula sobre la palma de la mano con una postura relajada, hablando como si estuviera recordando alguna anécdota divertida de su pasado.
Si estabas tramando algún plan, lo más importante era que nadie descubriera en primer lugar que ese plan existía. Con esa regla tan obvia como punto de partida, tenía sentido que un gran noble que hubiera contratado a un grupo de asesinos o agentes de inteligencia no conociera sus nombres en casi ningún caso.
Piénsese, por ejemplo, en mi serie de enfrentamientos con la Señorita Nakeisha durante el tramo final de mi servicio para Lady Agripina. El Marqués Donnersmarck, que tenía a todo su clan en el bolsillo, era conocido como un filántropo y un hombre caritativo. Nadie conocía el verdadero alcance del poder de sus subordinados, ni la profundidad y amplitud de la red de inteligencia que administraban.
Una hoja secreta es más poderosa precisamente porque es secreta. De no haber sido por aquella gata carey, Schnee jamás habría sido salvada, y me habría tomado muchísimo más tiempo llegar al núcleo de toda esta conspiración.
—Pero verde-cobre, ¿eh…? Con eso se explica que pueda moverse entre ciudades sin que la detengan, —dijo la Señorita Laurentius.
—Así es… A ese rango… después de todo, uno pasa a ser ciudadano registrado… —dijo Nanna.
—Y no solo eso, dejó a Erich hecho un desastre, —añadió el Señor Fidelio—. Me pregunto si rechazó ascensos. Desde que alcancé azul-zafiro, llamo más la atención de la que quisiera, con celebridades y demás viniendo a tocar a mi puerta. Cuando llegas tan alto en la escala, de verdad sientes cómo el rango te pesa y a la vez te eleva.
A los aventureros se los miraba por encima del hombro, sí, pero una vez alcanzabas los rangos altos no era raro recibir encargos que se extendían por varias ciudades o incluso naciones. Un rango elevado traía consigo facilidad para pasar por controles y puestos de vigilancia. Además, las placas de aventurero también se modificaban mágicamente para funcionar como una forma de identificación, así que servían perfectamente como salvoconducto.
En el tercer rango, naranja-ámbar, mi autorización solo cubría Ende Erde, pero al llegar a verde-cobre —el tercero contando desde arriba— podías pasar sin trabas por casi cualquier lugar del Imperio.
En otras palabras, si fingías que actuabas en nombre de un encargo, podías moverte por ahí sin levantar sospechas… a menos, claro, que te atraparan intentando entrar en algún lugar prohibido. Bastaba con aparentar que estabas trabajando para algún noble importante y podías hacer prácticamente lo que quisieras sin siquiera temer que tu nombre quedara asentado en el registro de entrada.
—Por lo vi’to, incluso trabajó en Marsheim cuando era má’ joven, —dijo Schnee—. E’tuvo aquí uno’ do’ año’, má’ o meno’, pero luego se fue de repente, y despué’ cambió su base de operacione’ varia’ vece’.
Por las fechas, eso debió de haber sido antes de que cualquiera en esta sala se volviera alguien importante. Stefano todavía debía de estar esperando pacientemente la oportunidad de arrebatarle el puesto a su tío; Lady Maxine aún era subdirectora.
Un momento… ¿yo siquiera había nacido todavía? No, tampoco parecía tan mayor…
—Si los registros son correctos, entonces en la época en que estuvo en Marsheim apenas era naranja-ámbar, —dijo Lady Maxine—. En aquel entonces teníamos un grupo muy variado de aventureros, y ella destacaba, sí, pero no tanto, así que no hay demasiada información sobre ella. Normalmente, los registros se desechan si no ha ocurrido nada destacable en un plazo de cinco años.
Los aventureros podían cambiar la Asociación en la que estaban registrados, pero también les resultaba sencillo presentar una solicitud para aceptar un poco de trabajo extra en otra Asociación. Naranja-ámbar era rango más que suficiente como para llevar una carta de recomendación de tu Asociación de origen al lugar de destino, pero por alguna razón, parecía que Beatrix se negaba a solicitar una.
—Debo decir que e’ta inve’tigación me dejó hecha polvo, —dijo Schnee—. Resulta que ella y ustede’ en la Hermandad de la Espada tienen una conexión en común.
—¿Eh? ¿La tenemos?
—Sí, señor. Ella también fue hué’ped del Lobo de Plata Nevado, hace ya ba’tante tiempo. John e’ un tipo honorable y no muy da’o a hablar de má’ de’de el principio, así que me co’tó ba’tante sacarle algo.
Me sorprendí; ni siquiera se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que mi agresora hubiera comido en la misma mesa y dormido bajo el mismo techo que yo. Pensándolo bien, ser aventurero era una tapadera bastante apropiada para un asesino profesional. Llevar un arma encima formaba parte del oficio; cualquier poción sospechosa o herramienta mágica podía hacerse pasar por parte del equipo. A nadie siquiera se le arqueaba una ceja si tú y tus compañeros parecían raros o extranjeros: eso era de lo más normal. Mientras no fueras un fugitivo, era una cobertura bastante lógica.
Ahora bien, ella provenía de una familia antigua con conexiones nobiliarias —me parecía recordar que su apellido era el mismo que el de una enorme empresa de transporte fluvial convertida en minorista que tenía una sucursal en Berylin—, pero por una razón u otra había acabado como aventurera que además trabajaba como asesina. La vida sí que daba vueltas impredecibles.
No… Quizá le estaba dando demasiadas vueltas. Tal vez no se trataba de infiltrarse; tal vez había terminado así porque sus planes no habían salido como esperaba.
En mi propia vida, hubo varios momentos en los que fui consciente de que tenía que armarme de determinación y seguir adelante con mi decisión. Cuando me involucré demasiado con el Colegio mientras estaba en Berylin; cuando estuve a punto de morir en la batalla contra aquel hombre enmascarado… Mi sueño de convertirme en aventurero había estado a punto de truncarse más veces de las que podía contar.
Incluso después de volverme aventurero, me había topado con un peligro parecido una vez… no, ¿ya iban tres? Estuvo aquella vez, en verano, poco después de convertirme en aventurero, cuando si hubiera seguido dándole una lección a cierta gente molesta que vino a buscarme pelea, mi hoja de personaje habría acabado desviándose por completo hacia otro rumbo. Luego estuvo aquella ocasión, justo después de que el Ojo de Elefsina empezara a circular, cuando pensaba que todo ese asunto de narcóticos no era para nada la clase de aventura que yo quería vivir, pero si hubiera huido habría tenido que cargar toda la vida con la herida de mi cobardía. Y por último estaba el punto crítico, mucho más reciente, de la crisis del Kykeon. Si no hubiera decidido aprovechar mis conexiones —por mucho que me avergonzara hacerlo—, habría acabado en un trabajo aburrido liquidando a sospechoso tras sospechoso, rumbo a un final de lo más deprimente.
Prepararme para huir; recurrir a una violencia sin sentido porque pensar bien el problema que tenía delante me resultaba demasiado… Si me hubiera entregado a esos impulsos, estaba seguro de que tarde o temprano habría terminado enredado por la negativa del destino a soltarme.
Me pregunté si Beatrix habría sufrido algo muy parecido.
—Sea como sea, —dijo Schnee—, el e’tado en que quedó nue’tro viejo Ricito’ de Oro Erich, debería ba’tar para dejar clara’ su’ habilidade’.
—¿Quedaría muy mal si intentara echarle la culpa a que me superaban cinco contra uno…? —dije yo, pero, naturalmente, su retrato no respondió. No me quedó otra que encogerme de hombros ante el dedo acusador de Schnee.
Yo estaba seguro de que Beatrix también se había guardado algunas cartas bajo la manga, pero aun así me habían empujado hasta el borde de la muerte. Todo indicaba que tendría que sacar unos cuantos triunfos más la próxima vez que nos viéramos, si no quería que mi historia llegara a su fin.
—No solo e’ buena peleando, también e’ cuida’osa , —continuó Schnee—. En e’te caso, la única prueba que dejó de su presencia fueron la’ herida’ del propio Erich. No va a querer dejar el trabajo sin terminar…
—Ya veo… Entonces quieren desestabilizar nuestra cadena de mando cortando cabezas, ¿eh? Nosotros mismos hemos hecho trabajos parecidos en el pasado, —dijo la Señorita Laurentius, recostándose en su sofá de tres plazas, que crujió bajo su peso—. Es bastante efectivo, —continuó—. Hubo ogras en el pasado que, rodeados de enemigos por todos lados y con un fuerte sentido de unidad, se quitaban el casco con una sonrisa, contentos de haber encontrado por fin un lugar donde morir. Por lo que he oído, por lo general se marchaban satisfechas.
Como había pocos individuos dignos de su talla para enfrentarlos, las ogras eran potencias por derecho propio. Había historias de muchas batallas en las que un solo guerrero ogro había cambiado por completo el curso de la contienda.
Cuando las ogras se ponían serias y cargaban de frente contra el flanco enemigo, totalmente dispuestas a encarar la muerte de cara, su fervor por el derramamiento de sangre hacía añicos la estrategia de sus oponentes. Claro, ese método ridículo les costaba innumerables vidas de ogras, pero, comparado con la gloria que podían obtener, la cobardía rara vez —por no decir nunca— se imponía.
Viejo, de verdad son como una panda del clan Shimazu [1] pasada de coca… Qué miedo…
La Señorita Laurentius soltó una risita, pero era exactamente como había dicho. Era muy probable que Diablo empezara a ir tras nuestras piezas más prestigiosas e importantes con la esperanza de aflojar nuestro control sobre la situación.
—Básicamente, procuren que no los maten, ¿entendido? —dijo la Señorita Laurentius.
—Tengo que decir que me lo ponen má’ fácil cuando la gente capta rápido la idea, —añadió Schnee—. Como ella dijo, duerman con un ojo abierto, gente.
La advertencia era más que apropiada. Lo peor que podía pasar ahora era que asesinaran a los jefes de nuestra coalición mientras dormían. Eso sería desastroso para la alianza, y nos había costado demasiado esfuerzo improvisarla en primer lugar.
También nos dejaría con menos piezas con las que jugar. Tendríamos que o bien A) ir llorándole al Margrave Marsheim a estas alturas del partido, o bien B) seguir luchando sabiendo perfectamente que nuestro enemigo podía hacer algo aterradoramente inesperado en cualquier momento. Ese era un futuro que, desde luego, queríamos evitar.
Desde cierto punto de vista, los clanes eran cultos a la personalidad: dependían de la relación entre un líder y muchos subordinados. El carisma, el poder y los recursos de ese líder eran lo que mantenía unido al clan. ¿Y qué ocurría si mataban esa cabeza? Sin un líder no tenías un ejército ; tenías irregulares , una chusma sin rumbo. Se desintegrarían en cuestión de días.
Nos enfrentábamos a unos rivales que casi me habían matado al día siguiente de que Lady Maxine me alabara por ser el pegamento de esta alianza y me dijera que no muriera. Viendo que sobreviví, no era tan descabellado imaginar que su siguiente objetivo sería otro jefe de clan. Stefano o Nanna eran blancos probables, ya que la Heilbronn Familie no tenía una estructura política interna propiamente dicha y el Clan Baldur existía puramente gracias a la presencia de Nanna. Vaya, me preocuparía menos si alguno de los dos fuera tan fuerte como el Señor Fidelio, o al menos tan resistente como la Señorita Laurentius.
—Esa es la situación a la que nos enfrentamos, —dijo Lady Maxine—. Nuestro plan es erradicar al Exilrat mientras aislamos simultáneamente la base de producción del enemigo. Yo haré mi parte para asegurarme de que el enemigo no tenga nunca la oportunidad de sacarnos de juego a ninguno de nosotros. Les pido a todos ustedes, los jefes de clan presentes hoy, que tomen las precauciones necesarias.
Lady Maxine anunció el final de la reunión —habiendo decidido que ya nos había puesto suficientemente al corriente de lo metidos que estábamos todos en esto hasta el cuello— y estaba cerrando el asunto, cuando de pronto se oyó un suave golpe en la puerta de la sala de recepción.
Hubertus, que estaba montando guardia junto a la puerta, se dio cuenta de que habían deslizado una carta por debajo. Ese era el método de comunicación típico cuando querías que tu mensaje llegara sin dar la cara.
Hubertus revisó la carta y luego se la entregó a Lady Maxine. Al leerla, se le marcó una arruga en la frente.
—¿Un emisario del Exilrat… que desea explicar su situación? ¿Qué significa esto? —murmuró.
Yo ya había ido a buscar mi té rojo —que hacía rato se había enfriado— ahora que la reunión había llegado a un punto de quiebre, pero del susto casi se me cayó la taza.
Por dentro, recé para que al menos una persona alabara que me hubiera quedado callado y no derramara ni una gota…
[Consejos] Hay muchas posiciones que te permiten cruzar fronteras administrativas sin despertar sospechas. Entre ellas se incluyen, aunque no se limitan a, propietarios de caravanas, bardos, eruditos y, por supuesto, aventureros.
El vampiro había reflexionado largo y tendido sobre lo que debía hacer. Avergonzarse de la propia familia no era algo precisamente raro ; los rhinianos incluso tenían toda una palabra compuesta complicada para ello. Aun así, aquello era mucho más grave que cualquier cosa que ese modismo pudiera describir.
Él no había nacido en el Imperio. Para llegar a la tierra donde nació, habría que viajar muy, muy al sur, y al alcanzar el Mar Interior Verdeante, habría que seguir hacia el este hasta llegar a las costas del Mar Interior Negro. Era una tierra lejana, una cuyo nombre a duras penas podría mencionar cualquier rhiniano.
Y en aquella tierra, los vampiros eran subalternos, inferiores incluso a los humanos.
Si bien la actitud predominante allí y en Rhine nacía del mismo desprecio hacia los orígenes mitológicos exmortales de los vampiros —relatados en el Imperio en la infame fábula El Hombre que Engañó al Sol —, el razonamiento real difería en su aplicación. En su tierra natal, el vampirismo era visto como una influencia corruptora, una impureza que engendraba una raza impura. Muchos atribuían su inmortalidad condicional a ritos oscuros y atroces.
Las viejas historias abundaban: que los nuevos vampiros nacían de mortales que habían bebido la sangre de víctimas de la peste; que eran creados tras pasar siete días y siete noches colgados de una soga después de haberse ahorcado; que eran hijos ilegítimos, nacidos del vientre de un cadáver. Cada relato estaba pensado para infundir en el corazón el temor de todos los dioses.
Considerados criaturas malditas, dotadas de un lustre antinatural gracias a una dieta de sangre impura, eran degradados con el apelativo de «strigoi». Y así, este hombre, como muchos antes que él, abandonó su lugar de nacimiento y acabó en el Imperio, una tierra donde al fin lo tratarían como a una persona. Muchos inmigrantes podían contar la misma historia.
En su patria, cada día había sido una nueva penuria, pero allí, en el extremo occidental del Imperio, la gente apenas lo veía como un pobre tipo de aspecto enfermizo incapaz de desenvolverse bajo la luz del día. Comparado con lo que había conocido antes, aquello era el paraíso. Sí, se ensuciaba las manos con trabajos sucios y despreciables para poder quedarse allí, pero a su manera luchaba por permanecer tanto por afecto como por desesperación.
No obstante, la vida le había enseñado algo. Había aprendido en carne propia la agonía de ser abandonado por todo lo familiar. Sabía que pocas penurias eran mayores que ser expulsado de tu hogar y verte condenado a un avance interminable hacia algún lugar, cualquier lugar , donde se pudiera vivir.
Pero esto … esto no estaba bien.
El vampiro sería de los primeros en admitir que Marsheim no era amable con sus inmigrantes. Aun así, nunca llegaba a una crueldad activa.
No era como si se le prohibiera entrar en la ciudad amurallada. Si seguía los cauces debidos y lograba reunir algo de dinero junto con un garante adecuado, ni siquiera su condición de inmigrante le impediría registrarse como ciudadano.
La ciudad era inconsistente, para bien o para mal, pero mientras uno se ajustara a las reglas locales, podía esperar de manera razonable un trato justo. Solo hacía falta saber cuándo tragarse las quejas ante la manera marsheimense de hacer las cosas.
Y así, este vampiro —el hombre conocido como Zwei ante el Exilrat— decidió que no importaba si su decisión provocaba fricciones internas. Llevaría el asunto ante la Asociación y salvaría su segunda oportunidad de tener un hogar.
Hizo falta la muerte de uno de sus compañeros consejeros y que otro, tras resultar herido, fuera sustituido por un señuelo político para que Zwei finalmente comprendiera algo: una facción dentro de los suyos, incapaz ya de soportar sus malos tratos, había resuelto ponerle un rápido final a Marsheim.
Aquello lo tomó completamente por sorpresa. Incluso el más tonto de ellos sabía que necesitaban a Marsheim más de lo que Marsheim los necesitaba a ellos. El Imperio era un lugar enorme, pero él dudaba que existiera algún otro sitio que tolerara la magnitud y el alcance de los terrenos de tiendas.
Aun así, comprendía su dolor: la profundidad de su ira por ser difamados y discriminados; las dificultades y angustias de una vida sin nadie en quien apoyarse.
Incluso Zwei, nacido con la resistencia propia de un vampiro, aún cargaba profundas cicatrices mentales de los tormentos que había sufrido en su tierra natal. Aquellas cicatrices se habían cubierto de costra, casi habían quedado en el olvido, pero si hurgaba en ellas, brotaba y supuraba el amargo impulso de ver arder todo cuanto lo rodeaba. Sin embargo, su ira se transformaba en vergüenza al comprender lo inútil que sería destruir con tanta crueldad la tierra que le había dado una segunda oportunidad en la vida.
Esos pensamientos lo habían impulsado a acudir a la Asociación, para tender una mano… no, para buscar expiación por lo que había hecho. Zwei estaba dispuesto a exponer su cuerpo al resplandor de la mañana y quedar reducido a nada más que cenizas si con eso lograba poner fin a todo este inmundo asunto del Kykeon.
También tenía otra misión: transmitir al liderazgo de la Asociación que el Exilrat no respaldaba el complot de manera unánime. El clan se había fundado sobre la ayuda mutua. Todo el dinero que ganaban se gastaba en ropa y comida para los ancianos incapaces de valerse por sí mismos. Los ahorros se enviaban a antiguos compatriotas y familiares en sus tierras de origen. Y la mayor parte se invertía en enseñar rhiniano a sus hijos, para que pudieran integrarse en Marsheim con mayor facilidad que sus antepasados.
Era absurdo sostener que todos en el Exilrat deseaban la aniquilación de Marsheim.
Zwei no conocía el número exacto de colaboradores dentro de su clan, pero, aunque fueran más de la mitad, la mayoría de ellos no había sido más que seducida por la perspectiva de ganar unas cuantas monedas más para hacer frente a sus gastos siempre apremiantes; al fin y al cabo, ¿qué era un trabajo sucio más, si te permitía seguir comiendo un día más? Según sus cálculos, no más de un diez por ciento del Exilrat sabía plenamente en qué clase de maldad estaba siendo cómplice. Solo esos eran, de verdad, los individuos despreciables y crueles entre los suyos.
Estaba Funf, que en otro tiempo había sido un señor local de Ende Erde. Rebalsaba odio hacia el Imperio y no dejaba de lamentarse de que una vez había sido rey . Zwei había recibido noticias de que Funf había muerto aquel mismo día.
Luego estaba Sieben, cuyo largo viaje hasta Marsheim le había costado la vida de su hermano gemelo. Abundaban los rumores de que, en el pasado, Sieben había sido convertido en juguete de nobles imperiales, pero, a ojos de Zwei, eso difícilmente bastaba para justificar que buscara vengarse de toda la ciudad .
Incluso Drei apoyaba la idea de hundir Marsheim. Iba diciéndole a cualquiera que quisiera oírlo que, dentro de poco, todo el Exilrat sería marcado para morir y cazado por el Estado como si fueran animales. Pero Zwei no lograba conciliar tales afirmaciones con lo que él mismo había vivido.
Zwei tampoco era un soñador ingenuo. Sabía que Marsheim no era un paraíso en la tierra, sino apenas un rincón del Imperio donde el poder burocrático aún no se hacía sentir con tanta fuerza. Pero aun así era mejor que aquello.
En las tabernas solían servir alcohol avinagrado, las mujeres del barrio del placer no eran precisamente agraciadas, y los mercaderes traficaban con dinero sucio y escatimaban en el cambio. A pesar de todo, ninguno llamaba al Zwei alimaña en cuanto veían brillar sus colmillos.
Zwei repasó los cálculos una y otra vez en su cabeza, pero aun así no lograba convencerse de apoyar la idea de gasear Marsheim . Se arrepentiría de la vergüenza que su «familia» había traído sobre todos ellos y salvaría esta ciudad. Zwei siguió adelante, convencido de que, si le explicaba la situación a la directora de la Asociación, ella mostraría algo de compasión.
—¿Qué motivo tengo para creerte? —dijo ella cuando él terminó de explicarse—. Sí entiendes la situación, ¿verdad? No me sorprendería que estuvieras haciéndonos perder el tiempo cuando, justamente ahora, es nuestro recurso más valioso.
En aquella mujer, cuyo cabello estaba cada vez más poblado de canas y cuyas mejillas se habían vuelto más hundidas que antes, el sentido de lo efímero prevalecía sobre la belleza. Mientras hablaba, Zwei pudo percibir la ira silenciosa que bullía bajo la superficie.
Cuando había llegado al edificio de la Asociación, Maxine estaba reunida con aventureros de varios clanes de Marsheim. Los mismos aventureros que justo aquella mañana habían matado a sus compañeros. Incluso con las manos temblorosas sosteniendo la carta, el vampiro sabía que no podía echarse atrás. Si lo hacía, los terrenos de tiendas serían devorados por las llamas. Tal vez nunca había sido la bienvenida más cálida, pero, aun así, Marsheim les había concedido un lugar donde vivir.
El orgullo de Zwei, e incluso su propia vida, eran sacrificios aceptables si con ello lograba detener los engranajes que ya estaban en movimiento.
—Permítame demostrar mi determinación, —dijo Zwei.
Su capa proyectaba sombra por dentro, impidiendo que la luz alcanzara su rostro, pero allí, ante Maxine y los aventureros, Zwei reveló su verdadero semblante. Los consejeros del Exilrat valoraban el anonimato por encima de todo; para ellos, aquello era equivalente a la muerte. Sin inmutarse, Zwei continuó y se llevó la mano a la boca.
Y entonces, tiró.
Depositó en la palma de su mano cuatro colmillos: el símbolo de su raza y la cristalización misma de su orgullo.
Arrancarse los dientes con las propias manos era insoportablemente doloroso, pero el dolor en sí apenas era el punto; al quitarse o dañarse los colmillos, un vampiro sacrificaba gran parte de su vitalidad y resistencia sobrehumanas. Tales métodos eran comunes en las tierras del lejano este del Imperio: una muestra de rendición y vulnerabilidad con la esperanza de disuadir una violencia mayor. La práctica no era desconocida en el Imperio. El célebre Lampel el Calvo se había arrancado sus propios colmillos y los había ofrecido a la Diosa de la Noche como la primera parte de su penitencia, aunque aquella costumbre ya hacía mucho que había caído en desuso.
En ese momento, no importaba qué lógica hubiera detrás del acto. Lo único que importaba era si Maxine comprendía la profundidad de su deseo de decir la verdad.
—E-Eins y Vier están de acuerdo conmigo… —dijo Zwei con dificultad. Ahuecó las manos bajo la barbilla para no manchar la alfombra con su sangre. Forzó literalmente las palabras mientras formulaba su petición—. Si cuento con su ayuda… entonces podré impedir que los demás actúen como idiotas. Así que por favor… por favor, proteja los terrenos de tiendas. Aunque tenga que… esparcir mis cenizas bajo el sol de la mañana… le suplico que no dañe ni expulse a los inmigrantes de Marsheim…
—Lo tendré en consideración, —respondió Maxine—. Antes de eso, necesitaré información sobre los instigadores de este asunto.
Gracias a su brutal honestidad, Zwei obtuvo el perdón de Maxine.
El código legal declararía culpable a Zwei, pero Maxine se negaba a ceñirse tan estrictamente a la letra de la ley. Había tres razones por las que no dictó sentencia sobre él en ese momento.
La primera eran las circunstancias atenuantes que habían llevado a uno de los consejeros del Exilrat a presentarse aquel día. Además, si mataba a Zwei en ese instante, los supervivientes sin duda caerían en la desesperación y comprenderían que su final estaba cerca. Por último, alguien tendría que apaciguar a la gente de los terrenos de tiendas. A la larga, sería mejor mantener con vida a la única persona que agradecería encargarse de esa tarea.
La moral imperial y el espíritu de compromiso político libraron al Exilrat de una destrucción total, pero serían pocos los que volverían a sacar a colación los acontecimientos de aquella noche.
[Consejos] Una nación próspera y con fronteras permeables siempre atraerá inmigrantes. El Imperio mantiene una relación eficaz con los inmigrantes mediante una postura que permanece inalterable, estén o no presentes dichos inmigrantes.
[1] Clan de una poderosa familia samurái del sur de Japón (especialmente en Kyushu) durante el período feudal. Eran conocidos por tener una extrema agresividad en combate, el desprecio por la retirada, estrategias audaces y reputación intimidante.
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