Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 9 Canto 2 Clímax Parte 4

—De verdad que eres un hombre retorcido… Usarte a ti mismo como cebo.

—Eso es mucho decir viniendo de ti.

Mi plan había funcionado: los había sacado de las sombras. Beatrix se había replegado tras su ataque inicial; ahora estábamos a una distancia cómoda. Solo una pequeña parte de su cuerpo emergía del cúmulo de sombras. Pensé que volvería a ocultarse, pero salió por completo y adoptó una postura de combate.

La distancia entre nosotros era mucho más adecuada para el combate con espada que para el cuerpo a cuerpo. Podría avanzar y cortar antes de que su puño llegara a alcanzarme.

Ajusté la posición de mi espada y lancé una potente estocada. Ahora la empuñaba con ambas manos para ganar un poco más de fuerza y precisión.

—¡Ngh!

Beatrix rodó hacia atrás por pura desesperación, pero incluso con sus maniobras evasivas, mis pasos de estocada cerraban la distancia tan rápido como ella la abría. Por mucho que intentara escabullirse, yo podía seguir presionando.

Tras tres ataques, Beatrix contraatacó. ¡Aprovechando el impulso de su giro, usó la parte superior de su cuerpo como fulcro y lanzó sus piernas en una temible meia lua de compasso [1] ! Aunque pudiera parecer un movimiento de breakdance , no lo había hecho por estilo: estaba aprovechando el mayor alcance de sus piernas para igualar la presión que yo había generado.

Pero yo también había previsto eso.

Las patadas suelen dirigirse al torso del oponente. Yo había adoptado una postura que me permitía desviar o contraatacar fácilmente con la espada, manteniendo la hoja paralela al suelo. En otras palabras, bastaba un pequeño ajuste para pasar a barridos horizontales.

—Grh…

Corté su bota de cuero, separando carne y golpeando hueso. Aproveché su propio impulso para intentar atravesar limpiamente su espinilla, pero…

—No fue lo suficientemente profundo… —murmuré.

Beatrix había cambiado su postura para reajustar su arco y forzar con pura fuerza el bloqueo de mi corte. Evidentemente, recibir una herida profunda era mucho mejor que perder una extremidad. Adoptó una posición que parecía un intento de invertirse sobre la cabeza, pero usando solo la fuerza de sus brazos, se impulsó desde el suelo y volvió a ponerse de pie.

Era buena. Aplaudí mentalmente su rapidez para minimizar daños y cambiar de ofensiva a defensiva.

Me pregunté si era porque nosotros estábamos cada vez más cerca de nuestros objetivos, mientras que ellos se alejaban de los suyos, lo que me daba ventaja hoy. Además, esta vez tenía a la Lobo Custodio —una extensión de mi propio brazo— y no estaba peleando en un espacio cerrado. Esperaba que no creyeran que lo que mostré en aquel almacén era mi límite.

—¡Hermana, kuidado!

—¡Nada de interrupciones, por favor!

Escuché el sonido de una flecha siendo disparada y el batir de alas insectoides. Con su ballesta, Margit se lanzó al combate contra la kaggen —que hasta ahora no se había movido— para impedir cualquier intento de interceptarme. El contraataque repentino obligó a la kaggen a pasar de la ofensiva a la defensiva en un instante. Su vuelo se vio interrumpido y salió disparada hacia la pared. Habría sido perfecto que se estrellara, pero era una semihumana insectoide: aterrizó con firmeza.

Aún no habíamos neutralizado a nadie, pero todo iba condenadamente bien. El tablero estaba a nuestro favor.

Nuestros enemigos se especializaban en formaciones furtivas para abatir a sus presas sin ser detectados, pero aquí, en campo abierto, esto era simplemente nuestro terreno. Querían lanzar un contraataque, así que lo contrarresté antes de que pudieran actuar. Estaba casi seguro de que eso los estaba frustrando enormemente.

—¡¿Todo bien, Siegfried?!

—¡Debería preguntarte yo eso! ¡Mejor que te cuides!

Tras detener un ataque sorpresa de doble hoja, el enemigo de Siegfried se quedó inmóvil por un instante cuando sus dagas quedaron atrapadas en el asta de su lanza. Mi compañero aprovechó ese microsegundo de apertura para lanzar un potente puñetazo directo a su cuerpo encapuchado. Siegfried demostraba a la perfección la enseñanza de la Hermandad: no depender demasiado del arma. Su golpe envió al hlessi girando por los aires. Rebotó un par de veces, pero por cómo intentaba mantenerse en pie, no parecía muy confiado en su resistencia. Las razas lapinas eran famosas por tener esqueletos frágiles, y su pésima armadura no ayudaba. Claro, habían elegido su capa priorizando la velocidad para matar antes de ser golpeados, pero eso era una desventaja dolorosa en combate directo.

—¡Etan! —grité.

—¡E-estoy bien, jefe! —respondió—. ¡Tendrán que pasar sobre mi cadáver antes de tocar a la Hermana Mayor!

—¡Puedo apoyar en cualquier momento! —añadió Kaya.

Nuestra retaguardia se mantenía firme, lo cual me quitó un peso de encima. Kaya no se había fortalecido con una barrera constante ni mejoras físicas, así que debíamos cuidar bien la formación para evitar sorpresas.

—¡Líder!

—¡No te muevas todavía! ¡Estoy bien!

Desde lo alto de los tanques, la aracne cazadora habló mientras permanecía al acecho. Estaba observando la escena, pero Beatrix le había ordenado quedarse. Beatrix había evitado el peor escenario, pero su pierna izquierda estaba gravemente herida. Yo había atacado de frente, así que no le había seccionado los tendones, pero sí había astillado el hueso. Su postura se inclinaba hacia la derecha, demostrando que no era inmune al dolor.

Beatrix mantenía el lado derecho de su cuerpo adelantado, con el puño derecho preparado frente a su pecho. En la otra mano empuñaba una hoja. A pesar del poder que fluía a través de ella, ya no podía percibir la misma aura de muerte penetrante de antes. Ajá , pensé, su pie de apoyo es el izquierdo. La asesina aún tenía capacidad suficiente para matar, pero por toda la sangre que se filtraba de la herida en su bota, era evidente que su poder se había reducido considerablemente. Incluso si se hubiera entrenado para ser ambidiestra también con las piernas, eliminar la ventaja natural de su lado dominante no era tarea fácil.

Recordé que los efectos de estado eran bastante brutales en muchos juegos de rol de mesa, y perder el uso de una extremidad bastaba para recibir una gran penalización. Eso se acentuaba aún más en alguien que luchaba con los puños y disfrutaba del combate a distancia de roce.

Aún no habíamos llegado a un jaque mate, pero podía ver el camino que nos llevaría a él. Si pudiera quitarme los limitadores, este empujón final sería mucho más sencillo…

—Se los pediré una vez más, —dije—. Si se rinden, los recompensaré en consecuencia.

—Permíteme preguntar algo… —respondió Beatrix—. ¿Alguna vez has conocido a un aventurero que se retire del campo de batalla?

—Ya veo… Buena lógica.

No parecía que fuera a rendirse tan fácilmente.

—Sí… Un aventurero que se retira deja de ser aventurero. Maldita cosa… Resulta ser más un estorbo que una ayuda.

La máscara que llevaba debía estar entorpeciendo su visión. Le permití quitársela. En situaciones como esta, ambos lados debían darlo todo. Si no permitías que tu oponente luchara con toda su fuerza y aun así perdiera, quién sabía cuántas veces volvería a levantarse. Un combate justo era la forma más simple y rápida de ponerle fin.

—¡¿Bea?! —exclamó el hlessi.

—Uf… —dijo Beatrix—. ¿Qué podría hacer un poco de desesperación para frenarme? Es un veneno mucho más problemático tener la visión empañada mientras lucho a muerte contra un hombre tan talentoso…

Beatrix arrojó la máscara a un lado. Por su rostro, pude ver que el humo azul no la afectaba. El campo de fuerza de Nanna neutralizaba ese veneno solo para nosotros, así que o bien tenía una voluntad de hierro, o había desarrollado algún sistema interno para resistirlo.

No importaba, mientras pudiera luchar. Beatrix sabía que un solo golpe no bastaría para matarme, así que si mantenía la máscara puesta, acabaría desgastándose poco a poco hasta encontrar su final.

El siguiente movimiento decidiría esta batalla.

—Disculpa por hacerte esperar… —dijo.

—No hace falta disculparse, —respondí—. Entiendo que una dama necesita tiempo para prepararse. No soy tan mezquino como para quejarme cuando una mujer se arregla para una ocasión especial.

—Vaya, qué caballero… No esperaba recibir palabras tan apasionadas en medio de una batalla.

La asesina mostró una sonrisa feroz, como la de un lobo, mientras me invitaba a luchar; yo le devolví una media sonrisa.

El campo de batalla estaba en punto muerto. La kaggen y la aracne cazadora estaban siendo contenidas por Margit, y no podían actuar imprudentemente por temor a distraer a su líder. Siegfried, con su poderosa lanza, mantenía al hlessi completamente a raya. Su arma era pesada, quizá tres veces más gruesa que una lanza común. A diferencia de mi espada, tenía el peso suficiente para imponerse incluso si dos hojas la golpeaban al mismo tiempo.

La vierman estaba oculta, como siempre. Con ella escondida, Kaya no podía moverse con libertad y teníamos que estar atentos a cualquier disparo sorpresa. Sin embargo, dado el impacto explosivo de sus flechas, imaginé que no quería disparar si existía siquiera una mínima posibilidad de herir a su líder.

Así estaba la situación. Mi victoria aquí decidiría el rumbo de toda la batalla.

Adopté mi postura preferida y me lancé hacia adelante, con el centro de gravedad ligeramente inclinado al frente. Tenía la hoja lista, aunque aún no perfectamente alineada para ejecutar otro Cisma. Al acercarme a Beatrix, ella realizó un movimiento inesperado.

—¡YAAAAH!

¡¿Está pateando con la pierna izquierda ?! ¡¿La que destrocé ?!

Su pierna se elevó alto. Por puro instinto, levanté a la Lobo Custodio para contrarrestar la patada entrante y, esta vez, logré cortar limpiamente a la altura de la rodilla. Un torrente de sangre brotó de la herida.

—Ngh… ¡Mi ojo!

¡Esta mujer está loca! ¡Beatrix había sacrificado su pierna y usado algún tipo de mejora física para elevar su presión sanguínea lo suficiente como para cegarme! ¡¿Quién demonios piensa en algo así?!

Había sospechado que tramaba algo cuando lanzó esa patada giratoria. Aunque no logré cubrirme el rostro con Manos Invisibles, había entrenado lo suficiente físicamente, anticipando que un enemigo intentaría atacar mis ojos, como para reaccionar en el momento. Esto no era algo aprendido con la Hermandad; era una respuesta casi grabada en los huesos desde mis días con la Guardia.

Hay tres cosas que pueden llevar a un espadachín experto a la muerte en el campo de batalla: verse superado en número, el agotamiento tras una sucesión interminable de combates, y los movimientos involuntarios provocados por trucos sucios… como perder los ojos.

En cuanto supe que esa fuente de sangre venía hacia mi rostro, cerré el ojo derecho y mantuve el izquierdo abierto para no perderme ni un instante del combate hasta que impactara. En cuanto sentí el salpicón caliente, cambié de ojo. Si no hubiera interiorizado esa reacción, habría perdido ambos.

…Espera. Por alguna razón, mi ojo izquierdo se sentía extrañamente… caliente. No parecía sangre, sino agua hirviendo. Seguía ardiendo, como si estuviera inflamado. ¡Qué técnica tan retorcida! Así que no solo tenía manos venenosas… ¡ todo su cuerpo era tóxico! No era nada fea… ¿habría dado a otras víctimas un beso de la muerte literal?

—¿Cuánto tiempo podrás soportarlo? —gritó Beatrix.

La asesina debía confiar mucho en su técnica si estaba dispuesta a sacrificar una extremidad por ella. Sin embargo, cuando le devolví la mirada con mi único ojo sano, su sorpresa era evidente. Aprovechó su impulso para continuar su danza y lanzó otra patada contra mí. Todo lo que tenía que hacer era quitarle la otra pierna.

Mi ojo dolía. Bajo el párpado cerrado, sentía como si el globo ocular se estuviera achicharrando hasta desaparecer. Dejé el dolor a un lado; si permitía que me distrajera de rendir al máximo, no merecía llamarme un miembro de la Hermandad de la Espada.

La fuerza centrífuga impulsó la patada giratoria de Beatrix hacia mí. Preparé de nuevo mi espada y recibí su ataque. Su propia velocidad permitió que mi corte atravesara limpiamente, y la parte inferior de su pierna salió despedida girando.

Sin embargo, esta vez su sacrificio era una finta. Mientras la sangre cubría el suelo, Beatrix se deslizó dentro de mi sombra.

La cazadora y la kaggen gritaron al unísono.

—¡Juntas ahora, Primanne!

—¡Por supuesto!

—¡Ni lo sueñen! —intervino Margit.

Había estado tan concentrado en la patada de Beatrix que le permití escapar hacia las sombras. Al instante, las otras dos asesinas cercanas interpretaron aquello como el momento perfecto para atacar. Margit se lanzó nuevamente para protegerme. Las dos semihumanas venían directo hacia mí, planeando aplastarme con su mayor tamaño o, al menos, ralentizarme. Con manos-cizalla y alambre de estrangulación en alto, era evidente por sus posturas en el aire que no habían considerado un aterrizaje seguro.

—¡Margit!

—¡Por supuesto!

Mi compañera y yo estábamos perfectamente sincronizados. Bastó una palabra para que entendiera lo que necesitaba. No hay nada más reconfortante que un aliado al que puedes confiarle la espalda. Tropecé ligeramente mientras ella giraba a medias alrededor de mi cuerpo. Fue un poco vergonzoso, pero aun así ejecuté un tajo perfectamente competente. Margit tampoco había terminado. Conocía la forma de mi cuerpo a la perfección, y eligió el instante exacto para disparar su arco corto por debajo de mi brazo contra nuestro enemigo justo cuando yo completaba el movimiento.

—¡Grk!

—¡Aagh!

El objetivo de Margit era la aracne cazadora; el mío, la kaggen. La llamada Primanne llegó un instante antes gracias al impulso de sus alas.

Realicé un corte limpio a través de sus extremidades en forma de guadaña; la flecha de Margit atravesó la boca de la aracne. Ambos ataques fueron más que suficientes para dejarlas fuera de combate. Aun así, intentaron usar su caída para derribarnos. Relajé todo excepto el núcleo de mi cuerpo, y mi compañera ajustó su peso. Me moví como una marioneta, y mi cuerpo fue retirado con seguridad fuera de peligro.

Fue por poco —los dados habían decidido que apenas superaba el chequeo— y casi podía olerlas al pasar junto a nosotros antes de estrellarse contra el suelo. Salieron rodando, incapaces de frenar su inercia. Si ese ataque hubiera impactado , podría haber sido el fin del combate.

—¿Les importaría no coquetear en plena pelea…? —se quejó Siegfried mientras forcejeaba con el hlessi y su complejo asalto de giros y estocadas.

Sentí que estaba malinterpretando nuestro trabajo en equipo. Se lo habría dicho, pero no había tiempo para charlas.

—¡YAAAAAGH!

Como una gota cayendo, Beatrix se lanzó hacia nosotros desde una sombra en el techo.

Me di cuenta de que esas dos asesinas habían iniciado su ataque suicida para desviar nuestra atención de Beatrix. Por desgracia para ellas, la había visto fundirse con la oscuridad con mis propios ojos. Estaba seguro de que no había huido. Un ataque sorpresa desde arriba siempre había sido una posibilidad.

Beatrix no tenía piernas, así que las formas de recuperar impulso eran limitadas. Ahora, en caída libre, había aprovechado el implacable poder de la gravedad para alcanzar una velocidad comparable a la que lograba en tierra.

El techo estaba muy alto. Gracias a su figura aerodinámica y a la ausencia de resistencia por sus piernas, alcanzó su velocidad terminal rápidamente. Su altura y complexión, sumadas a la armadura, la situaban fácilmente por encima de los setenta kilos. Debía de estar precipitándose hacia nosotros a unos doscientos kilómetros por hora.

A esa velocidad, moriría si caía mal. Lanzó un grito feroz para exprimir hasta la última gota de energía. Su brazo izquierdo estaba al frente como escudo; el derecho, pegado al cuerpo. Todo indicaba que sería su último ataque, un golpe desesperado total.

Si yo no levantaba una defensa perfecta , moriría. Tampoco podía esquivarlo. Por su velocidad, cuando tocara el suelo chocaría con mi sombra. Podría sumergirse en ella y encadenar otro ataque. No me importaba enfrentar su embestida kamikaze, pero no quería darle la opción de cambiar de trayectoria y apuntar a Kaya o a Siegfried.

Soy un hombre: si quiere mi sangre, la enfrentaría de frente.

Había dejado a Margit encargándose de las otras dos, así que estaba en plena forma. Aún me quedaba fuerza para asestar un golpe sólido. Atacar por encima de la cabeza es difícil con la fisiología humana, y las Artes de la Espada Híbridas tampoco son las más adecuadas para ello, pero aun así tenía que demostrar lo que valía.

No era un movimiento pensado para una espada de doble filo, pero la alcé y apoyé mi brazo izquierdo contra la hoja. No habría corte. La recibiría aquí mismo, firme e inmóvil, y si resistía, ella se partiría contra mí.

Beatrix estaría aquí en un parpadeo.

La asesina lanzó su golpe de mano en forma de lanza. En ese mismo instante, empujé mi espada hacia delante para recibirla. Su velocidad se volvió en su contra cuando mi afilada hoja hizo contacto. No hizo falta mucha fuerza para lograr el corte; bastaba con mantenerme firme.

Choqué su mano-lanza capaz de aplastar un guantelete con mi espada. Tras un instante imperceptible, sentí el impacto recorrer mi brazo. Mi espada atravesó su guante, se hundió en su carne y destrozó sus huesos. Había ganado el choque. Mi espada le desgarró el brazo.

—Ngh… —gimió Beatrix—. ¡Graaah! ¡AHORA!

Mi golpe la desvió de su trayectoria original. Extendió la mano izquierda y agarró el cuello de mi armadura mientras caía. No pude mantener la postura. Caí al suelo. Margit se vio obligada a apartarse de un salto.

¡Incluso ese ataque con todo su cuerpo era solo una distracción! Eso explicaba por qué había caído sin preocuparse por el aterrizaje.

Desde una viga en el techo, sentí una creciente intención asesina. Era la vierman. En sus manos tenía un arco enorme, sostenido por sus dos manos izquierdas. La cuerda gemía como cables de acero bajo tormenta. Debió de considerar este su último momento para atacar.

A diferencia de antes, había tensado la cuerda con sus dos manos derechas hasta la mejilla. Era un disparo a plena potencia, capaz de herirse a sí misma si se equivocaba. Estaba lista para desatar el tiro más devastador que le habíamos visto.

En esta posición no podía esquivarlo, ni tampoco resistirlo de frente. Consideré crear una barrera con magia espacio-temporal, pero la sala estaba saturada de maná. No quería provocar una reacción en cadena con un hechizo tan potente. La magnitud de la posible explosión haría que el castigo divino pareciera insignificante .

—¡Kaya! A… —dije.

—¡Ya estoy en ello! —respondió de inmediato.

Tal como dijo nuestra confiable herborista, su bastón-honda ya estaba listo. Una poción reposaba segura en una bolsita sujeta a una cuerda de algas. La botella salió disparada por el aire antes de que la vierman pudiera soltar su tiro. El bastón-honda compensaba la falta de fuerza física de Kaya: su proyectil mágico volaba más lejos y con mayor precisión que cualquier lanzamiento normal. Aunque, considerando el contenido, eso importaba poco. La botella se hizo añicos y esparció su niebla repelente de flechas por la zona.

—¿¡Eh?! —exclamó la propia Kaya, confundida.

Me tomó un momento darme cuenta de que, aunque fuera la misma mezcla, las pociones que Kaya usaba ella misma siempre eran mucho más potentes que cuando las usaba otra persona. Puede que no fuera muy hábil canalizando magia a través de su bastón, pero había llegado a dominar por completo el refinamiento de sus preparados.

En cuanto al repelente de flechas, no se limitaba a las flechas. Era lo bastante potente como para corroer incluso el arco. En cuestión de segundos, la niebla penetró profundamente en el arma de la vierman, debilitando tanto el cuerpo como la cuerda. Era un arco enorme que una persona normal ni siquiera podría tensar un centímetro; el retroceso al romperse sería brutal. Cuando el arco empezó a desmoronarse, la tensión de la cuerda se liberó de golpe, haciendo que los restos se descontrolaran; la flecha salió desviada y la cuerda le golpeó de lleno en la cara. Se le abrió una gran herida en el rostro y el labio, y un diente saltó fuera de su mandíbula. El arco no soportó el daño y terminó por estallar en pedazos que salieron despedidos de sus manos.

Ni siquiera la vierman pudo soportar semejante latigazo. Se cubrió la cara mientras caía desde las vigas.

—¡Gurgh! —gimió al caer.

La primera en reaccionar fue la aracne cazadora, aún con una flecha clavada en la mandíbula.

Margit había apuntado bien. La flecha no la había atravesado por completo —además, no estaba envenenada, ya que lo ideal era capturar a los asesinos con vida—, y tampoco fue un golpe letal. Reunió las pocas fuerzas que le quedaban y cruzó la sala para atrapar a su compañera en caída.

En la mesa de juego, solo había unas pocas cosas capaces de matar a aventureros optimizados al extremo: la asfixia o el daño por caída imposible de mitigar. ¿Cuántos aventureros imprudentes se habrían precipitado a su muerte intentando demostrar su valor, tras oír que cualquiera moriría al caer desde diez metros de altura?

La siguiente en reaccionar fue Beatrix, que aún me tenía inmovilizado. Usó su único brazo restante para trepar por mi cuerpo y abrió la boca, revelando una lengua tatuada con otro lirio del valle.

Ah… así que también tenía el «beso de la muerte» en su arsenal , pensé. Con ambas piernas inutilizadas, un brazo cercenado y el otro aferrado a mi armadura, su única forma de matarme era mediante sus fluidos corporales tóxicos.

Mientras ese pensamiento trivial —que tenía el aspecto perfecto para asesinatos mediante seducción— cruzaba mi mente, su rostro se acercó al mío.

—¡Te advertí que no miraras a mi hombre de esa forma! —dijo Margit.

Justo cuando nuestros labios estaban a punto de tocarse, sentí algo suave interponerse. Margit había bloqueado el beso con su propia mano.

Aproveché esa apertura para asestarle una fuerte patada. Beatrix dejó escapar un gemido ahogado. Con un solo miembro restante, parecía que por fin se había quedado sin fuerzas. Ya había perdido mucha sangre, y mi patada me confirmó que le había roto algunas costillas. Era una profesional, sí, pero ni alguien de su nivel podría mantenerse consciente con semejante daño.

—Bea… ¿es’ás bien? —se oyó la voz del hlessi.

—Ni se te ocurra moverte, —respondió Siegfried con brusquedad—. Soy malo midiendo mi fuerza.

El hlessi claramente se había dado cuenta de que sus cuatro compañeros habían caído. Siegfried no desaprovechó la oportunidad. Usó la base de su lanza para inmovilizar por fin a su enemigo y, para asegurarse, le apoyó el pie encima.

—Maldita sea… —murmuró—. Sigo quedándome atrás en el conteo…

El hlessi trató de zafarse, pero con la pesada bota de mi camarada encima, no tenía escapatoria. Lo habíamos entrenado demasiado bien como para que no aprovechara ese momento de indefensión sin causar daño innecesario. Apartó las dagas del hlessi con la lanza y luego colocó la punta en su cuello como advertencia para que no se moviera.

—Bea… Bea…

—¡Deja de moverte! —dijo Siegfried—. Maldición… sé que esta es la mejor forma de hacerlo, pero me haces sentir como si yo fuera el villano…

Y con todos neutralizados, nuestra misión estaba comple…

—¡Sangre y estrellas ! ¡Inútiles, inútiles aventureros! ¡Levántense! ¡Vuelvan al trabajo! ¡Mi desesperación aún no ha terminado!

Ah, cierto. Este tipo. Había estado chillando durante toda la batalla, pero lo había ignorado.

—Margit, mantente alerta, por favor, —dije—. ¡Kaya! ¡Atiende a los heridos!

—¡¿Wa-waaah?! —gritó Kaya—. ¡¿Erich?! ¡Creo que tú eres el más herido aquí! ¡Tu-tu cara… está… está burbujeando !

Mientras daba la orden a Siegfried y a Etan de dejar inconscientes a nuestros enemigos por precaución, Kaya corrió hacia mí con el rostro pálido como un papel.

En medio del caos del combate, había olvidado que Beatrix había salpicado la mitad de mi cara con su sangre tóxica. No es que no doliera —ardía como el demonio—, pero lo había catalogado como «mejor que morir».

—Puta madre… —dijo mi camarada—. Erich… tu cara es otra cosa…

—¿Eh? ¿De verdad? Duele, pero… —dije.

—¡De-de acuerdo, primero desinfectaremos tu ojo! —dijo Kaya—. ¡Quédate quieto! ¡Ni se te ocurra moverte!

Mientras limpiaba la sangre con movimientos cortos y firmes, oí un sonido extraño, como de algo desgarrándose, y sentí que algo se desprendía de mi cara. Era mi cara. Más exactamente, la piel que el veneno de Beatrix había matado.

—Eep…

Ver mi propia carne descompuesta me arrancó un chillido. Podía oír el inconfundible traqueteo de una tirada de cordura resonando dentro de mi cabeza.

¿En serio? , pensé. Voy a estar bien… ¿verdad? ¿¡Verdad!? Volverá a la normalidad, ¿no? ¡Podré ver otra vez, ¿cierto?! Puede que haya dicho que sería genial ser un guerrero tuerto como Date Masamune, ¡pero no quiero una herida grotesca que haga caer mi atractivo en picada!

—Gu-guau… Tu-tu ojo… no es de un color que deba tener un ojo humano… —dijo Margit.

—¡No-no me asustes así! —grité—. ¡Margit, no lo hagas! ¡No me digas qué está pasando!

—¡Cálmate, Erich! —dijo Kaya—. ¡Si tu pulso se acelera, las toxinas se esparcirán más rápido por tu cuerpo! ¡Solo ha afectado la superficie, ¡así que haré lo que pueda para tratarlo!

El trabajo de Kaya fue rápido y preciso incluso mientras yo entraba en pánico. Gracias a su increíble habilidad, el dolor desapareció en poco tiempo. Aplicó agua destilada para eliminar las toxinas y usó una navaja para cortar el tejido muerto restante. No fue hasta que aplicó una poción curativa y me aseguró que volvería a la normalidad —curado de forma limpia y perfecta incluso sin la bendición de un favor alfar— que por fin pude relajarme.

—Tu ojo tardará más en sanar, me temo, —dijo Kaya—. Puede que tarde hasta veinte días en recuperar la visión, pero tendrás que usar gotas durante más o menos una estación. También necesitarás un parche por un tiempo.

—Me-menos mal… —dije—. Gracias, Kaya. Mientras pueda volver a ver, me basta. O sea… los parches se ven geniales, pero me arruinarían la percepción de profundidad.

—¡De verdad te preocupas por las mierdas más raras, en serio! —dijo Sieg.

Estaba encantado. Decidí ignorar el comentario de Kaya de que, si hubiera tardado medio minuto más en atenderme, mi ojo podría haberse deshecho en una masa informe.

Los venenos de daño progresivo daban verdadero miedo. En los juegos de rol de mesa eran algo aburridos, así que nunca les había prestado mucha atención, pero en la vida real eran algo con lo que jamás querrías lidiar.

Ahora que estaba tranquilo y sabía que me recuperaría, la parte más absurda de mi mente empezó a divagar sobre lo genial que sería tener un ojo mágico de otro color, o lo increíble que me vería como el típico espadachín con parche… Afortunadamente, un rápido golpe de realidad me hizo volver en mí.

A pesar de nuestras distracciones y charlas, ninguno de los asesinos había logrado levantarse. No habíamos salido completamente ilesos, pero nuestra misión de neutralizar la fábrica había sido un éxito.

 

[Consejos] Los efectos de estado suelen manifestarse principalmente durante el combate, pero pueden provocar secuelas terribles si no se tratan correctamente o si fallan los chequeos físicos.



[1] Patada giratoria de la capoeira. Se ejecuta apoyando las manos en el suelo y lanzando una pierna en un arco amplio y potente, usando el giro del cuerpo para generar fuerza. Es rápida, precisa y puede ser devastadora.

 

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