Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 10. El Jardín del Gran Árbol

 

Dana se detuvo en el pasillo del Templo, dudando. La puerta frente a ella estaba entreabierta, dejando pasar un rayo de luz del día. Un tenue chillido llegaba desde el exterior; un ave que necesitaba ayuda. Ese jardín estaba prohibido para las aprendices, pero no podía soportar dejar a la pobre criatura sufriendo ahí fuera.

Sus ojos se desviaron hacia el pasillo vacío a su espalda. Tenía que darse prisa. Si la descubrían allí la consejera Urgunata o alguna de sus subordinadas, sería severamente castigada. Estaba convencida de que su pequeña aventura terminaría así, pero ese pensamiento no la detuvo al cruzar el umbral.

La profunda sombra del Gran Árbol de los Orígenes cayó sobre ella. Su frondosa y exuberante copa bloqueaba el cielo, y su tronco era tan ancho en la base que harían falta dos docenas de aprendices tomadas de la mano para rodearlo.

Le tomó un momento darse cuenta de que en todo el jardín no había otras plantas. Todo allí era el árbol; sus raíces, sus ramas, guirnaldas de hojas y flores que descendían formando una sombra densa y acogedora, como una cuna de vida.

Allí, en el jardín, donde nada se interponía entre ella y aquella majestuosa creación, sintió una unión con la naturaleza como nunca antes. El árbol parecía consciente, observándola con cada hoja, con cada fragmento de su corteza semejante a piel.

El pequeño pájaro estaba al pie del árbol, con la pata enredada en una red de enredaderas rastreras. Una golondrina, de cuerpo esbelto y gris oscuro, con un ojo brillante fijo en ella, como si supiera que había venido a ayudar. Su ala colgaba inerte, ¿rota? Oh, no. Dana podía usar su Esencia para curarla, pero no allí, en ese santuario interior donde la Doncella rezaba en soledad, uniéndose al Árbol en meditación. Tenía que llevarla a un lugar seguro, donde pudiera trabajar sin interrupciones.

Liberó al ave de las enredaderas y la acomodó con cuidado en el pliegue de su túnica. El pajarillo permaneció muy quieto, con su diminuto corazón latiendo con rapidez contra su piel.

Al alzar el rostro para dar una última mirada al Gran Árbol, sintió que se desorientaba. El mundo se desenfocó y luego volvió a formarse en un plano distinto de visión. ¿O era ella la que había cambiado?

La corteza del Gran Árbol de pronto pareció volverse transparente, como el agua. Al mirar a través de ella, vio un vasto espacio que se extendía hasta perderse de vista. Una esfera luminosa flotaba en su centro, y dentro de la esfera…

Una mujer dormía plácidamente, acurrucada en un lecho de hebras de luz entrelazadas. Su largo cabello caía sobre sus hombros, cubriéndola como una exquisita manta. Su rostro parecía joven, sin imperfecciones, pero de algún modo Dana sabía que aquella mujer era más antigua que cualquiera que hubiera conocido, quizá más antigua que el propio Árbol.

Entrecerró los ojos. ¿Una mujer, durmiendo dentro del Gran Árbol? Eso no podía ser cierto. ¿Por qué…?

—Oh, querida, ¿eres una candidata? No deberías estar aquí.

La voz sacó a Dana de su trance. Al girarse, sus ojos se abrieron con sorpresa al reconocer a la recién llegada.

La Doncella del Gran Árbol.

—Su-su Eminencia, —balbuceó.

La Doncella se acercó, apoyándose con fuerza en su bastón. Parecía tan anciana, con la piel seca y arrugada como el pergamino. Su largo cabello blanco plateado caía por su espalda. Pero, a pesar de su fragilidad, Dana también podía percibir su poder. Su corazón latía tan deprisa como el del pajarillo bajo la penetrante mirada de la anciana.

Espíritus benditos, se va a enfadar muchísimo conmigo por perturbar su santuario.

A pesar de ello, Dana se mantuvo firme. La visión de una mujer durmiendo dentro del árbol la había absorbido por completo. No tenía ningún sentido, pero, por imposible que pareciera, en su mente resonaba como verdadero. Necesitaba saber más.

—¿Hay una mujer durmiendo dentro del Gran Árbol de los Orígenes? —soltó de golpe, y acto seguido se reprendió mentalmente. Debería haberlo formulado con más cuidado, no escupirlo así sin más. La Doncella seguramente pensaría que estaba loca.

Y, desde luego, eso parecía, a juzgar por la forma en que la anciana se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos. No se apresuró a responder, y su silencio sumió a Dana en un nuevo ataque de pánico.

—Yo-yo … lo siento. Por favor, perdóneme, Doncella. No debería haber hecho una pregunta tan extraña.

La Doncella dio un paso más, apoyando el bastón con una mano temblorosa.

—¿Cómo te llamas, niña?

—Dana.

—Escúchame bien, Dana. No hables con nadie de lo que acabas de ver. Podría deshacer el mundo entero.

Dana no recordaba cómo logró salir del pasillo del Templo, para encontrarse de lleno con la consejera Urgunata.

—Parece que por fin la clériga Sienna te ha dejado libre de su sermón.

Como de costumbre, Sarai no entró caminando, sino danzando en la habitación, con su mata de cabello ondeando a su espalda.

Dana sonrió.

—¡Sarai! ¿Has venido a buscarme?

Sarai guiñó un ojo con aire conspirador, inclinándose hacia delante y bajando la voz.

—No he venido sola. La gruñona también está conmigo.

Ah. Dana vio a Olga entrar en el umbral, con su rostro anguloso perpetuamente fruncido en una expresión de mal humor. Su mirada abatida hizo que Dana se sintiera aún más pequeña de lo que ya era.

—¡Oh, Olga!

Olga frunció los labios.

—No me vengas con ese «¡Oh, Olga!». Te lo juro, eres una auténtica busca problemas. —Entrecerró los ojos—. A ver. —Levantó un dedo—. En el tiempo que llevamos entrenando aquí en el Templo, menos de un año, te has escabullido tantas veces que ya no se pueden contar, incluida esa pequeña escapada al mercado negro que le provocó un ataque a la consejera Urgunata. —Levantó otro dedo—. Entraste en la habitación de la clériga Sienna sin permiso y rompiste cosas, alegando que era investigación.

—Es que era investigación.

Olga continuó como si Dana no hubiera dicho nada, levantando un tercer dedo.

—Y ahora mismo, te saltaste la ceremonia de prueba para colarte en el Jardín del Gran Árbol. ¿Hace falta que siga?

—No… —Dana bajó la cabeza. Olga tenía razón. Su curiosidad, su impulso por ayudar a los demás, siempre terminaban metiéndola en problemas. Si no dejaba de causar líos, sus superiores perderían la paciencia y la enviarían de vuelta a casa. Solo de pensarlo —abandonar ese lugar, renunciar a sus esperanzas de completar el entrenamiento— le llenaba de angustia. ¿En qué momento se había comprometido tanto?

—Vamos, —dijo Sarai—. Creo que Dana ya ha recibido suficiente sermón por hoy. Están a punto de servir la cena. Vámonos.

—Sí. —Dana se dirigió a la puerta, agradecida por el cambio de tema, pero Olga la detuvo con un gesto brusco.

—¿Olvidas algo?

—¿Eh? —Dana no entendía a qué se refería.

—El pajarito bebé que escondes bajo la ropa. Apuesto a que te colaste en el jardín para salvarlo. —Olga la señaló con el dedo.

—¿Có-cómo lo supiste? —Dana retrocedió un paso, acunando el pequeño bulto esponjoso bajo su túnica. La criatura estaba sorprendentemente quieta. Probablemente muerta de miedo, pobrecita. Tenía que llevarla a un lugar seguro fuera, donde pudiera usar su Esencia para curar su ala y dejarla ir.

—¿Entonces qué esperas? —la apremió Olga—. Date prisa y encárgate de eso. Sarai y yo te guardaremos un sitio en el comedor.

—Sí-sí. —Dana se giró y salió corriendo por el pasillo.

Se sentía abrumada. Olga podía ser gruñona a veces, pero siempre la apoyaba, pasara lo que pasara. Tenía mucha suerte de tener amigas como Olga y Sarai.

Otra sorpresa la esperaba afuera. Rastell estaba de pie en el sendero de piedra cerca de la entrada del Templo. Su rostro se iluminó con una sonrisa al verla.

—¿Rastell? —Dana bajó los escalones corriendo hacia él—. ¿Qué haces aquí?

Él miró alrededor con nerviosismo.

—Mi padre está inspeccionando los puestos de guardia en la Puerta de la Montaña. Escuché que estabas en problemas. ¿Estás bien?

Una cálida sensación la invadió al encontrarse con su mirada.

—¿Viniste porque estabas preocupado por mí?

—Dijeron que la consejera Urgunata te había puesto en aislamiento.

Dana negó con la cabeza.

—No exactamente, gracias a los espíritus. Solo me envió con la clériga Sienna para un sermón larguísimo.

—¿Qué hiciste?

Dana metió la mano en su túnica y sacó al pequeño pájaro. Sus plumas oscuras brillaban bajo el sol. Miró a Dana de reojo con su pequeño ojo brillante, y luego lanzó una mirada nerviosa hacia Rastell.

—Aléjate. Lo vas a asustar. —Dana sostuvo al ave en la palma abierta y, con la otra mano, canalizó la Esencia. Sintió el poder fluir hacia el ala del animal, reparando la herida. La golondrina piaba y agitaba las alas, pero no se apresuró a irse volando.

—Creo que le gustas, —dijo Rastell.

Dana rio. Una de las cosas que más echaba de menos de su hogar era cuidar de los animales.

—Veamos si también le gustas tú.

Él extendió la mano y ella dejó al pajarito sobre ella. Permaneció allí un instante, y luego desplegó las alas y alzó el vuelo hacia el cielo.

Ambos se quedaron de pie, uno junto al otro, observándolo dar vueltas alrededor del edificio principal del Templo antes de perderse en la sombra del Gran Árbol. Dana esperaba que no volviera a meterse en problemas.

—Tengo que ir a cenar, —dijo—. Los clérigos no estarán contentos si llego tarde. Creo que ya causé suficientes problemas por hoy.

Rastell asintió.

—Yo también tengo que irme. A mi padre no le gusta esperar. ¿Nos vemos mañana en la práctica?

—Sí, claro.

Por un momento, se quedó en el largo sendero, observándolo alejarse hacia el edificio de la Puerta de la Montaña. Él se giró y le hizo un gesto con la mano. Ella le devolvió el gesto, y luego se apresuró hacia el comedor.

 

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