Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 9. Hummel

 

Vapores densos se elevaban desde el pantano, formando una niebla lechosa que dificultaba la visibilidad. El aire olía a barro y descomposición; un aroma pesado y almizclado que no terminaba de encajar con la vegetación del lugar. Laxia arrugó la nariz mientras miraba hacia adelante.

Tardó demasiado en darse cuenta de que la enorme silueta que se alzaba en la niebla no era una roca. Las rocas no suben y bajan rítmicamente, como si respiraran. Tampoco suelen tener crestas de espinas carnosas que ella había tomado por hojas de alguna planta exótica. Un grupo de raíces que sobresalía sobre el sendero comenzó a parecer sospechosamente similar a una garra. A medida que su mente procesaba esos detalles, llegó a la inevitable conclusión de que estaban frente a una criatura dormida.

Estaba a punto de alertar a sus compañeros cuando el fuerte crujido de una rama bajo un pie rompió el silencio. Sahad. El pescador sonrió con culpa, pero ya era demasiado tarde.

La bestia se agitó y alzó la cabeza. Un ojo pequeño y brillante se fijó en los intrusos.

—Ay… esa cosa es enorme, —susurró Sahad.

Lo era. En medio de la niebla era difícil calcular su verdadero tamaño, con sus formas distorsionadas por los vapores ascendentes, pero su silueta general recordaba inquietantemente al lagarto gigante que ya habían encontrado cerca de la playa. Cuando se abalanzó hacia ellos, parecía crecer, como si el propio pantano la hubiera engendrado para aterrorizarlos. Su rugido sacudió el aire, aplastando las hojas de los arbustos cercanos.

Se dieron la vuelta y corrieron por sus vidas.

Otro rugido resonó detrás de ellos. Pasos pesados retumbaban en persecución. Adol señaló un estrecho paso entre dos enormes rocas, y corrieron hacia él, atravesándolo a la fuerza hasta salir a la playa.

No dejaron de correr hasta alcanzar el agua. Solo entonces Laxia se dio cuenta de que la jungla detrás de ellos estaba en silencio y que ya nadie los perseguía.

Jadeando, se agacharon junto a las rocas, mirando de vuelta hacia el paso por el que habían salido.

—Yo… —Adol tomó aire varias veces—. Creo que hemos salido del territorio de la bestia.

Sahad tragó saliva.

—Cre-creí que estábamos acaba’os. Esa bestia se parecía a la que me perseguía cuando me encontré con ustedes. Pero era más grande, más rápida… y más furiosa.

—Por el lado bueno, —dijo Adol—, por fin llegamos al otro lado de la bahía.

Miraron a su alrededor. El humo de la fogata de Pueblo Náufrago se elevaba con constancia hacia el cielo, a varios krimelios de distancia. Casi parecía que podrían regresar a la aldea caminando por la playa; o nadando, si Laxia conseguía algún tipo de flotador adecuado. La idea de que existiera otra ruta de salida le dio algo de alivio. Esos lagartos gigantes claramente evitaban la costa. Aunque no supiera nadar, cualquier cosa parecía mejor que regresar al pantano y adentrarse de nuevo en el territorio de la bestia.

Esta playa era más grande que las cercanas a la aldea, una amplia franja de arena que se curvaba a lo lejos bordeando la bahía. Un arco de piedra se alzaba frente a ellos como una puerta que separaba el tramo de playa en el que estaban de otro más largo que se extendía más allá. La luz del atardecer teñía las rocas de intensos tonos rojizos, proyectando sombras grotescas sobre las colinas cubiertas de hierba.

Mientras Laxia miraba en esa dirección, un movimiento llamó su atención al otro lado del arco.

¿Un hombre, caminando por la arena?

¿Franz? Avanzó apresuradamente, pero se detuvo, dejando caer los hombros al darse cuenta de su error.

Aquel desconocido definitivamente no era Franz. Su complexión era más delgada pero atlética, como si su ocupación diaria implicara mucha actividad física. O quizá esa impresión venía de la forma en que se movía, con la gracia sigilosa de un depredador explorando territorio hostil. Un hombre que no parecía ser trigo limpio. Laxia no sabía de dónde había surgido ese pensamiento. En una isla desierta llena de bestias peligrosas, cualquiera tenía derecho a moverse con cautela. Pero al observarlo, le venían a la mente callejones oscuros y lugares de mala reputación de los que siempre le habían advertido, sitios a los que una dama respetable jamás iría.

La vestimenta y el equipo del desconocido reforzaban esa impresión; especialmente el mosquete con bayoneta que llevaba a la espalda, un arma peligrosa que requería gran habilidad para manejarse. Su ropa también tenía un aire de forajido: toda negra, ceñida con un ancho cinturón de cuero que sostenía una daga enfundada, un cuerno de pólvora y una bolsa de munición. El conjunto se ajustaba a su figura esbelta con una elegancia deliberada, como si hubiera sido confeccionado a medida para resaltar sus líneas gráciles. Extraño. ¿Qué clase de forajido se preocuparía tanto por su apariencia como para encargar un traje a medida?

¿Y por qué se alejaba con tanta decisión, como si ignorara deliberadamente su presencia?

—¡Disculpe! —lo llamó.

El desconocido se detuvo, pero no se dio la vuelta. Su postura transmitía irritación, como si Laxia lo hubiera interrumpido en algo muy importante.

—¿Hola? —insistió.

El hombre dudó, como si estuviera decidiendo si valía la pena girarse, y luego reanudó la marcha.

Laxia se quedó boquiabierta. ¿Acababa de ignorarla? ¿No le interesaba su ayuda? ¿O acaso, como Sir Carlan, consideraba indignos a ella y sus compañeros?

¿Tal vez era sordo? ¿Estaba herido? ¿Confundido?

Miró a Adol y Sahad, que se habían detenido unos pasos detrás de ella con expresiones pensativas, observando la espalda del desconocido mientras se alejaba. Su actitud despreocupada dejaba claro que no pensaban intervenir. En fin. Ella, desde luego, no iba a quedarse atrás después de haber encontrado a otro superviviente. Ese hombre claramente necesitaba ayuda, aunque por alguna razón no quisiera admitirlo.

Corrió tras él. Esta vez lo adelantó y se giró para encararlo, bloqueándole el paso. Él se detuvo en seco y la miró con la expresión resignada de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar antes que enfrentarse a ella en ese momento.

De cerca, resultaba aún más llamativo. Ridículo, en realidad. No podía haber elegido esa camisa negra de seda con cuello abierto solo para resaltar la palidez de su piel tersa; ni para dejar que su cabello rubio cayera sobre ella de forma tan dramática. Tampoco alguien en su sano juicio se tomaría la molestia de cepillar su chaqueta negra, sacudir sus pantalones y pulir sus botas para pasear por una playa en una isla desierta. Y, sin embargo, Laxia no podía quitarse de la cabeza la impresión de que aquel desconocido había hecho exactamente eso. ¿De qué otra forma podría verse tan impecable, como si acabara de salir de un baño y se hubiera puesto un traje recién planchado? Incluso su sombrero, plano y de ala ancha, aparentemente diseñado solo para proyectar una sombra misteriosa sobre su rostro, parecía recién salido del expositor de un sombrerero.

Sus ojos grises la observaron con calma, sin rastro de sorpresa, conmoción o alivio, como mostraría cualquier persona en su sano juicio al encontrarse con otros supervivientes en una isla desierta. Increíble. Laxia solo pudo explicarlo como consecuencia de algún trauma, quizá una conmoción sufrida durante el naufragio. Alzó la barbilla, decidida a no dejarse afectar por el extraño comportamiento del hombre.

—¿Era usted pasajero del Lombardia ? —preguntó.

El hombre la recorrió de arriba abajo con la mirada, como si decidiera si merecía una respuesta.

—¿Y qué si lo fuera?

Laxia soltó un suspiro.

—Me alegra que lo hayamos encontrado. Nosotros también éramos pasajeros, y ahora todos estamos varados en esta isla desierta.

—No es mi problema.

—¿Cómo?

El hombre se encogió de hombros, la rodeó y reanudó su camino.

Laxia se quedó mirándolo, sin palabras. De todas las personas insolentes, engreídas e imposibles que había conocido, ese desconocido se llevaba el premio.

—Oye, —llamó Adol, colocándose al lado de Laxia—. ¿Adónde crees que vas?

—Es asunto mío, —respondió el hombre, sin detenerse ni girarse—. Sin ofender.

—Ah, ¿sí? —replicó Laxia—. Al menos podrías decirnos tu nombre.

—Hummel Trabaldo. —Subió por el sendero que ascendía por la colina y continuó sin decir nada más, hasta desaparecer de su vista.

Laxia dio un paso para seguirlo, pero Adol le puso una mano en el hombro.

—Déjalo.

—Pero él…

—Es un adulto, —dijo Adol—. Supongo que sabe lo que hace.

Sahad soltó una breve risa.

—Bueno, esta isla no es tan grande. Seguro que nos lo volvemos a cruzar.

Laxia asintió. Si era sincera, tampoco le importaba demasiado lo que ese hombre extraño estuviera haciendo. Y, por supuesto, Adol y Sahad tenían razón. Fuera quien fuera, parecía saber manejarse. Y era probable que se lo encontraran de nuevo… si esos lagartos u otras bestias no lo atrapaban antes. No iba a perder más tiempo pensando en él.

—Se está haciendo tarde, —dijo—. Deberíamos buscar un lugar para acampar.

Sahad soltó una carcajada. Ella le devolvió la sonrisa, recordando su pequeña rabieta de unos días atrás, cuando Adol sugirió acampar juntos por primera vez. La vida en esa isla la estaba cambiando mucho, y en tan poco tiempo. Para su sorpresa, empezaba a disfrutar de la nueva Laxia en la que se estaba convirtiendo.

Un paso bajo el arco de piedra conducía a una gruta apartada, protegida por paredes rocosas en todos sus lados. Un refugio perfecto. Ni siquiera necesitarían una tienda para dormir allí.

Encendieron una fogata. Sahad sacó una pequeña tetera de su mochila, la llenó en un manantial cercano, la puso a hervir y añadió unas hojas aromáticas para preparar un té antes de dormir. La oscuridad cayó en el exterior. Laxia recogió las rodillas contra el pecho, mirando el cielo nocturno al otro lado del fuego. Las lunas aún no eran visibles, pero las estrellas lo iluminaban igual, lejanas y brillantes.

Pensó en aquel extraño hombre, allá afuera, completamente solo y aparentemente satisfecho con ello. Hummel Trabaldo. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? ¿Estaría Franz también en algún lugar, sentado junto a una fogata? Y si la isla era tan pequeña, ¿por qué aún no se habían cruzado con él?

Lo último que vio antes de quedarse dormida fue la silueta de unas palmeras a lo lejos recortadas contra el cielo estrellado. Las olas susurraban suavemente al romper en la orilla. Su sonido la arrulló mientras se sumía en el sueño.

 

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