Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 6. Cabo Arenablanca

Adol soñó.

—¡Vamos! ¡De vuelta al granero, todos! —La chica que hablaba era joven, quizá de doce o trece años. Le resultaba extrañamente familiar, aunque Adol no lograba recordar dónde podría haberla visto antes.

El balido y el golpeteo de pezuñas llenaron sus oídos. Un rebaño de animales avanzaba atropelladamente hacia la puerta abierta. ¿Cabras? ¿Ovejas? Parecían inusuales.

—Sí, sí. Son muy buenos chicos. —La chica rio y acarició sus peludos lomos. Llevaba una túnica sencilla, calzones hasta la pantorrilla y un pañuelo en la cabeza que apenas lograba contener su abundante y largo cabello oscuro. Ropa de trabajo, apropiada para las labores de una granja.

¿Era ella la que había aparecido en la visión de Adol cuando llegó por primera vez a la playa? Si era así, esta debía de ser su versión más joven, una adolescente que apenas dejaba entrever la belleza que llegaría a tener.

El paisaje a su alrededor le resultaba desconocido. Un valle montañoso descendía hacia una llanura lejana, con una fina línea de agua apenas visible en el horizonte. ¿El mar? Estaba tan lejos que Adol no podía asegurarlo. Extrañas aves de largas colas daban vueltas muy arriba en el cielo. Lejanos acantilados se alzaban a ambos lados del valle, enmarcando la vista como un exótico cuadro.

—¿Qué ocurre, Dana?— dijo la voz de un hombre.

En su sueño, Adol no podía girarse para ver a quien hablaba. ¿Sería porque la chica tampoco lo hacía, manteniendo la vista fija en el valle? Resultaba extraño pensar que sus acciones pudieran estar de algún modo vinculadas, aunque claramente no eran la misma persona.

Dana.

Qué nombre tan inusual.

—Vienen a por mí, Padre. —Señaló el camino, donde una solemne procesión de mujeres emergía tras una hilera de colinas bajas, ascendiendo lentamente hacia la aldea. Altas y majestuosas, todas llevaban pañuelos en la cabeza y largas túnicas idénticas, decoradas con un patrón de líneas entrelazadas. ¿Algún tipo de símbolo?

—Las sacerdotisas del Templo del Gran Árbol. —La voz del hombre resonó con incredulidad—. Igual que en tu visión… Pero ¿cómo nos encontraron siquiera?

Dana finalmente se giró hacia él, dándole a Adol una visión de su figura alta y encorvada, su rostro surcado de líneas, y su cabello gris cayendo sobre los hombros. No parecía tan anciano, solo envejecido antes de tiempo por las dificultades.

—Cuando la Doncella del Gran Árbol envejece, —explicó Dana—, empieza a buscar por todo el reino a chicas con un gran don de Esencia, para entrenarlas como posibles sucesoras. Por eso estas sacerdotisas están aquí. Deben de haber percibido mi don. Creen que yo…

—¿Tus visiones te dieron toda esa información? —negó con la cabeza—. No pueden ser tan detalladas, Dana.

—Lo son, Padre. —Dio un paso hacia él—. Podría contarte mucho más… Madre siempre tuvo miedo de que esto pasara, ¿verdad?

El hombre apartó la mirada bruscamente. Dana también desvió la vista. El silencio se prolongó mientras ambos observaban a las mujeres que avanzaban por el camino.

—Está bien, Padre, —dijo Dana al cabo de un rato—. No necesitas preocuparte por mí.

—Te necesito en la granja.

Su mirada vaciló.

—Lo sé. Pero yo… de verdad quiero hacer esto. Solo piénsalo. Me están ofreciendo la oportunidad de convertirme en la próxima Doncella, la líder espiritual del reino, igual en posición que la propia Reina. Y si no… siempre puedo volver a casa.

—Dentro de años.

—Pero si lo logro, —insistió—, podré ayudar a muchísima gente. Usaré todo mi poder para aliviar el dolor y el sufrimiento en todo el reino.

El silencio se prolongó mientras ambos salían del granero y bajaban hacia la puerta, observando la procesión que se acercaba.

—Mira. La sacerdotisa al frente es la consejera de la propia Doncella. ¿Ves ese medallón? —La voz de Dana tembló, como si tuviera miedo de creer en su buena fortuna—. Sé que el Templo solo la envía por alguien con un talento excepcional. No podemos rechazarlo.

—¿Volveré a verte alguna vez? —susurró su padre.

Dana no respondió cuando él le apretó el brazo, cerrando brevemente los ojos. Ella alzó las manos y lo abrazó. Luego se giró y caminó hacia las mujeres.

Adol despertó con el sonido del agua corriendo y el canto de los pájaros. Abrió los ojos, intentando recordar dónde estaba.

La cueva. El refugio de su recién nombrado Pueblo Náufrago. Estaba tumbado en una hamaca que Dogi había encontrado entre los restos arrastrados por la marea, junto a los catres que habían dispuesto para ellos y para otros náufragos que pudieran encontrar.

La estancia estaba vacía. ¿Era el último en despertar? Adol se aseó en el arroyo y salió apresuradamente de la cueva.

Dogi y Sahad estaban sentados cerca del fuego, asando una pesca reciente sobre las brasas. Laxia estaba de pie junto a ellos, sosteniendo un pincho, con una sonrisa satisfecha en el rostro. Adol se acercó a toda prisa.

—¿Ya estás en pie? —dijo Dogi—. Bueno, no hacía falta que te levantaras tan temprano por nosotros, Adol. No es como si hubiera tareas que hacer por aquí, ni supervivientes que buscar. —Le tendió un pincho. Adol lo tomó y le dio un mordisco.

El pescado estaba delicioso: la piel crujiente con una fina capa de sal, la carne jugosa y tierna, con un toque de hierbas que realzaba su sabor fresco. ¿Había llevado Dogi su bolsa de especias cuando cayó por la borda?

—No te acostumbres, —dijo Dogi—. Esa mezcla era lo último de mi reserva privada. Pero seguro encontraremos la forma de reponerla mientras seguimos explorando. Al menos ya tenemos una fuente de alimento fiable. —Asintió hacia Sahad, que estaba al otro lado del fuego con un montón de espinas de pescado en el suelo a su lado.

—Hay mucho que decir de ser pesca’or, —dijo Sahad—. Sobre to’ cuando terminas vara’o junto al mar sin otra opción. Los peces de aquí casi se ensartan solos en el anzuelo en cuanto lanzas la línea. No veo la hora de explorar los lagos y ríos de la zona. —Se limpió la boca con el dorso de la mano, luego recogió las espinas y las arrojó al fuego—. No sé ustedes dos, pero yo ya estoy listo pa’ salir.

Miró a Laxia. Ella frunció los labios y dejó con cuidado su pincho vacío junto al fuego, limpiándose las manos en la hierba.

—Deberíamos dejar que Adol tome un poco de té primero, —dijo.

—¿Té? —Adol alzó las cejas cuando Dogi le entregó una taza llena de un líquido humeante que desprendía un aroma ácido pero fragante.

—Una caja de la cocina quedó atascada entre esas rocas al borde de la bahía, —explicó Dogi—. Menos mal que decidí darme un baño matutino. Ahora tenemos vajilla. Y algunas de las hierbas locales parecen perfectas para hacer té. —Guiñó un ojo—. ¿Quién dijo que nuestra vida en Pueblo Náufrago no puede ser civilizada?

Adol dio un sorbo. Dogi siempre hacía el té demasiado fuerte, y este no era la excepción. Aun así, la infusión resultaba refrescante: una mezcla de menta, cítricos y una hierba desconocida que despejó su mente al instante. Mientras bebía, pensó en su extraño sueño. Dana. Su imagen en su mente era tan nítida, los acontecimientos tan reales… como si fueran recuerdos de algo que realmente había ocurrido.

—Buenos días a todos. —El capitán se acercó desde la terraza superior del campamento. Un loro de colores brillantes descansaba cómodamente sobre su hombro.

—Buenos días, buenos días, —dijo el loro.

Sahad se quedó mirando.

—¿Eh? ¿Ese pájaro acaba de hablarnos?

El capitán miró al loro con afecto.

—Aprende rápido. Creo que es otro náufrago, quizá de alguno de los barcos que perecieron en estas aguas. Los loros pueden vivir bastante tiempo, ¿sabes? Lo encontré mientras exploraba la zona esta mañana. Hemos conectado.

El loro inclinó la cabeza varias veces, como confirmando las palabras del capitán.

—Nos estábamos preparando para salir a buscar supervivientes, Capitán, —dijo Adol.

—Así es. —Sahad se puso de pie, sacudiéndose unas ramitas del atuendo. Laxia se colocó con decisión al otro lado de Adol.

Adol los miró a ambos. Sería curioso tener a Laxia y Sahad en el mismo grupo de búsqueda. Eran casi opuestos en todo. Pero sus habilidades se complementaban. El conocimiento de Laxia y el martillo de guerra hecho de ancla de Sahad sin duda serían útiles si se encontraban con bestias peligrosas.

Adol pensó en el lagarto gigante que había perseguido a Sahad. Podían enfrentarse a depredadores comunes, pero aquella criatura era algo completamente distinto. Si la isla resultaba tener más monstruos de ese tipo, necesitarían mejores armas antes de enfrentarlos. No tenía idea de cómo lo lograrían.

La pequeña playa donde Adol había llegado a la orilla la mañana anterior estaba a solo una corta distancia. La zona de la que había hablado Dogi, al sur de allí, debía de encontrarse tras ese hueco entre las rocas cubierto por un gran árbol caído. Ayer, Adol no había querido intentar despejarlo por su cuenta. Pero ahora tenía ayuda, aunque dudaba que Laxia o su estoque fueran de mucha utilidad para un trabajo así.

Desenvainó su espada y cortó la rama más cercana. Esta se rompió con un fuerte crujido, haciendo que todo el tronco se asentara aún más en la grieta. Suspiró.

—Esto podría llevar un buen rato, —dijo—. Probablemente deberíamos…

—¿«Deberíamos»? —Laxia lo miró fijamente—. ¿Con «deberíamos» me incluyes a mí? No creo que…

—Nah, tú solo descansa, Laxia, —dijo Sahad—. Adol y yo nos encargamos.

Sí, claro. Adol se remangó, preparándose con la espada. Era casi un crimen usar un arma de esa forma, pero en ausencia de herramientas adecuadas, no tenían otra opción.

Un aleteo sonó sobre sus cabezas, y una voz chillona gritó:

—¡Encontré al rojo! ¡Encontré a Adol!

Un ave colorida aterrizó sobre una roca junto a ellos.

Sahad frunció el ceño.

—Un momento… ¿No es ese el loro al que el capitán le estaba enseñando a hablar allá en la aldea?

—En efecto, —dijo Laxia—. Me pregunto… ¿cómo te llamas, bonita ave?

El loro pareció pensarlo.

—¿Nombre?

Adol lo miró fijamente. Sabía que los loros eran inteligentes, pero ¿de verdad este podía entender el habla humana?

—Pequeño Paro, —dijo al cabo—. Mensa. Jero.

Adol, Laxia y Sahad intercambiaron miradas.

—Quizá ocurrió algo en la aldea, —sugirió Adol—. ¿Hay alguien llamado Jero? ¿Está intentando decirnos que volvamos?

—Mensa. Jero. —El ave inclinó la cabeza varias veces—. Pequeño Paro dice.

—¿Dice? —Sahad frunció el ceño—. ¿Nos estás diciendo que hay una tonta y alguien llamado Jero?

El ave negó con la cabeza con energía.

—Mensa. Jero. Dice.

—Creo, —dijo Laxia— que intenta decir «mensajero».

El ave inclinó la cabeza, como emocionada.

—Mensa. Herido. Dice. —Batió las alas y alzó el vuelo.

Se quedaron un momento pensativos. ¿Deberían volver al pueblo para comprobar si todos estaban bien? ¿Iban a actuar basándose en las palabras de un pájaro? Parecía exagerado, aunque Adol no podía evitar sentirse inquieto mientras retomaban su tarea de despejar el bloqueo.

Tras media hora aproximadamente, no habían avanzado mucho. Laxia acabó uniéndose también, pero como su estoque no servía para ese trabajo, lo único que podía hacer era apartar ramas mientras Adol y Sahad abrían paso a golpes. Aquello probablemente les llevaría el resto del día. Si no conseguían terminar antes del atardecer, el náufrago cuyas huellas Dogi había visto al otro lado tendría que pasar otra noche en la intemperie. Si tan solo…

—Oye, Adol, —llamó una voz de hombre desde atrás.

Adol se giró para ver a Dogi y al Capitán Barbaros acercándose, con el Pequeño Paro posado en el hombro del capitán.

—Nuestro pequeño mensajero nos guio hasta aquí, —dijo el capitán—. Dijo que necesitaban ayuda.

—¿El pequeño Paro? —Laxia lo miró sorprendida.

El ave soltó un largo parloteo, claramente satisfecha consigo misma.

Sahad se secó la frente con la manga, dejando una larga mancha de barro.

—Tengo que admitirlo, estoy bastante impresiona’o. Buen trabajo, pequeño.

Paro inclinó la cabeza varias veces más.

—Premio. Premio.

El capitán sonrió, luego sacó una nuez de su bolsillo y se la entregó al ave.

—Creo que el Pequeño Paro ha hecho un trabajo excelente como mensajero. Podríamos aprovechar su ayuda en situaciones como esta. —Tomó al loro de su hombro y lo colocó con cuidado sobre una roca cercana antes de quitarse el abrigo y colgarlo en una rama próxima—. Pongámonos a trabajar, ¿les parece?

La ayuda adicional marcó una gran diferencia. Mientras Adol y Sahad cortaban las ramas del árbol, los demás despejaban los arbustos a los lados y retiraban los escombros, hasta que el tronco principal terminó por asentarse en el suelo, dejando un paso transitable. Dogi y el capitán se marcharon, con el Pequeño Paro volando sobre sus cabezas, dejando a Adol y su grupo continuar con su exploración.

El cabo arenoso frente a ellos se extendía hacia el mar, bordeando el lado sur de la bahía. La marea estaba baja, dejando al descubierto rocas erosionadas por el mar, cubiertas de algas, percebes y mariscos. Entre ellas, pequeños charcos de marea albergaban todo tipo de vida marina. Unos cuantos lobos marinos chapoteaban en el agua más profunda cerca de la orilla, sus oscuros cuerpos brillando con la humedad. Emitían suaves y musicales lamentos cuando el grupo pasaba cerca. ¿Quizá estas criaturas habían contribuido a la leyenda de Seiren?

Una gran formación rocosa al frente se alzaba mucho más que los bloques a su alrededor. Su superficie azul brillante parecía texturizada, como si estuviera hecha de coral recubierto con una capa de pintura vibrante. Cuando las olas rompían contra ella, el agua salía a presión por la abertura en su cima, deslizándose por sus lados y acumulándose en su base. La luz del sol reflejada en el agua envolvía toda la estructura en un resplandor colorido y vibrante. Se detuvieron un momento para admirar la vista.

—Hipnotizante, —dijo Laxia.

Sahad asintió.

—Esta roca tan rara podría servir como buen punto de referencia.

—Deberíamos ponerle un nombre —sugirió Laxia—. ¿Qué tal «Risco Cobalto»?

—¿Risco Cobalto? —Sahad frunció el ceño—. ¿Qué clase de nombre es ese? ¿Qué se supone que significa?

—El cobalto es claramente el elemento químico que le da ese color azul a la roca. En cuanto a «risco»…

—¿No te estás poniendo un poco demasia’o científica?

—¿Tienes algo en contra de la ciencia?

Adol se interpuso entre ambos y alzó las manos en un gesto conciliador.

—«Risco Cobalto» está bien. Pero también deberíamos ponerle nombre a toda esta zona, para poder referirnos a ella con facilidad. —Se cubrió los ojos del sol mientras miraba hacia adelante—. Creo que este es el cabo que marca el extremo sur de la bahía. Un punto importante en la geografía de la isla.

—¿Qué tal «Cabo Arenablanca»? —sugirió Sahad.

Laxia soltó un bufido.

—¿En serio?

—¿Qué?

—¿Eso es lo mejor que se te ocurre para un punto tan importante de la isla?

Sahad se encogió de hombros.

—Bueno, es un cabo, ¿no? Y tiene arena blanca.

Laxia se limitó a negar con la cabeza mientras reanudaba su marcha por la playa. Al cabo de un momento, Sahad la siguió. Adol se puso a su lado.

—No es que tenga na’ en contra de la educación, —dijo Sahad, lanzando una rápida mirada al frente para asegurarse de que Laxia no pudiera oírlo—. Es la actitud que a veces tienen esos nobles lo que me molesta. Sigue siendo una muchacha joven, pero mira por encima del hombro a la gente común.

—Dale unos días más, —dijo Adol—. Ya ha cambiado bastante desde que la conocí. Además, no es tan mala, en realidad. He visto nobles con actitudes mucho peores, créeme.

—Yo también, —asintió Sahad. Avanzó con paso pesado, y Adol se apresuró para alcanzarlo.

El camino los llevó rodeando el alto grupo de rocas hasta una pequeña ensenada enmarcada por una franja de arena blanca. Una mujer estaba de pie junto al agua, mirando a lo lejos.

—¡Gajajá! ¡Encontramos a una! —exclamó Sahad.

La mujer se giró, con los ojos muy abiertos al verlos acercarse.

Parecía joven, apenas un poco mayor que Laxia, y mucho más tímida, a juzgar por su aspecto. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando.

—¿Eres una superviviente del Lombardia ? —preguntó Laxia.

—Sí… gracias a los dioses… —La joven se tambaleó, como si estuviera a punto de desmayarse. Adol se adelantó para sostenerla. Parecía a punto de echarse a llorar otra vez.

—Ven, —dijo Adol—. Te llevaremos a nuestro campamento.

—¿Campamento? —Los ojos de la mujer se iluminaron con esperanza—. ¿Hay más supervivientes?

—Solo unos pocos por ahora, —dijo Adol—. El Capitán Barbaros está allí. Y Dogi, uno de la tripulación.

—Oh… —bajó la mirada. ¿Decepcionada? ¿Había perdido también a alguien en el naufragio, como Laxia?

—Creemos que hay más supervivientes, —añadió él—. Y no descansaremos hasta encontrarlos a todos.

Sus labios temblaron cuando alzó la vista hacia él.

—Me llamo Alison. Y haré todo lo que esté en mi mano para ayudar.

 

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