Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 5. Pueblo Náufrago

El capitán Barbaros estaba ocupado encendiendo la fogata cuando Adol, Laxia y Sahad entraron en el campamento. Se enderezó, observándolos acercarse.

—Sahad… —hizo una pausa—. Nautilus. Claro.

Sahad alzó las cejas.

—¿Sabe mi nombre, capitán?

El capitán sonrió.

—Me aseguro de recordar a todos mis pasajeros. No puedo tener a nadie en mi barco a quien no conozca, ¿verdad? Me alegra mucho que estés ileso.

—Gracias a estos chicos, —Sahad señaló a Adol y Laxia—. Si no fuera por ellos…

—Las bestias aquí son más peligrosas de lo que pensábamos, —dijo Adol—. Tenemos que tener cuidado.

Sahad negó con la cabeza.

—No suenes tan sorprendi’o, chiquillo. La criatura que hundió el Lombardia tampoco era normal. Me pregunto si sería el legendario kraken.

—Quizá, —el rostro del capitán se ensombreció—. Nunca se ha mencionado al kraken en ningún registro sobre Seiren, pero quién sabe. La criatura que nos atacó claramente vivía en estas aguas. Bien podría ser la responsable de las leyendas del kraken.

Laxia cambió el peso de un pie a otro. Una vez más, Adol tuvo la sensación de que ella sabía más sobre el tema de lo que todos creían. Pero ya había aprendido a no cuestionarla cuando ponía esa expresión decidida.

—En fin, seguimos vivos, —dijo Sahad—. Esperemos que más náufragos empiecen a aparecer.

—Con una fogata así, puedes estar seguro, —dijo una nueva voz—. Ese humo se puede ver desde varios krimelios.

Dogi. Gracias a los dioses. Adol se giró para verle la cara a su amigo.

Dogi parecía ileso y tranquilo, igual que la última vez que Adol lo había visto en cubierta la tarde anterior: camisa abierta por delante, cabello corto peinado hacia atrás con un desorden calculado y un brillo alegre en los ojos. Su sonrisa hizo que Adol sintiera cómo se le aflojaban las fuerzas de alivio.

—Adol. —Dogi lo estrechó en un largo abrazo, luego se apartó para observarlo a la distancia de un brazo—. Veo que te conseguiste una espada nueva, y… oh… ¿una dama? —su mirada se fijó en Laxia.

—¿Y tú quién eres? —exigió Laxia con frialdad.

Dogi respondió con una reverencia exagerada.

—Me llamo Dogi, señorita. A su servicio.

Laxia frunció los labios y se dio la vuelta.

—Estaba preocupado por ti, —dijo Adol.

Dogi soltó una carcajada.

—Se necesita algo más que unos tentáculos gigantes y un barco que se hunde para matarme. Después de caer por la borda, lo único que tuve que hacer fue agarrarme a una tabla que pasaba flotando y dejarme llevar por la corriente hasta acabar aquí. Fácil. —Guiñó un ojo—. Te lo juro, estas cosas solo me pasan cuando estoy contigo, Adol. Nunca hay un momento aburrido cuando andas cerca.

—De nada, —Adol sonrió. Ver a Dogi sano y salvo le quitó un enorme peso de encima. También reforzó su certeza de que más gente del Lombardia debía de haber sobrevivido. No descansaría hasta encontrarlos a todos.

—Dogi y yo nos estuvimos conociendo mientras ustedes no estaban, —dijo el capitán—. Es sorprendentemente habilidoso. Con su ayuda, ahora tenemos los inicios de un campamento base adecuado. —Hizo un gesto. Principio del formulario

Final del formulario

Adol miró a su alrededor. Con toda la emoción, no había tenido tiempo de notar todas las mejoras. El área junto al muro de roca, bajo la cornisa de piedra, ahora albergaba una pila de cajas cuidadosamente apiladas, con una tela extendida sobre postes para ampliar el refugio. Troncos cortos estaban dispuestos en ángulo alrededor de la fogata, ofreciendo suficiente espacio para sentarse a un grupo grande. Una olla de hierro fundido, limpia y pulida, reposaba a un lado, junto a los soportes recién tallados para el hervidor. Más allá, unas cuantas tablas descansaban sobre una plataforma de rocas niveladas, formando una mesa improvisada.

—Para cocinar, —dijo Dogi—. O para trabajos manuales, si alguna vez encontramos suficientes herramientas. Esos piratas no eran de fabricar cosas, pero algunos de los restos del Lombardia … no tienen precio. Tenemos reservas de carne seca y papas, azúcar y especias, utensilios de cocina e incluso ropa de cama en la zona de descanso. Y las cajas siguen llegando: por el cabo, donde la corriente las hace girar. Algunas vienen directo a nuestra playa. Deberías ir a echar un vistazo.

Adol miró a su amigo con asombro. Él y Laxia solo habían estado fuera unas pocas horas. ¿Cuándo habían logrado Dogi y el capitán hacer todo esto?

—Ha sido un día largo para todos, —dijo el capitán—. El sol se pondrá pronto. Comamos algunas raciones y descansemos por esta noche. Mañana quizá podamos intentar preparar una comida caliente con nuestra nueva olla.

Mientras los hombres se ocupaban del fuego, Laxia decidió dar un paseo por el campamento. Observar la delgada columna de humo de la fogata elevándose hacia el despejado cielo del atardecer le recordó las excursiones que su padre solía hacer con ella cuando aún era una niña, creando una extraña mezcla de irritación y añoranza que la dejó inquieta. Supuso que, en el fondo, era su propia culpa haber terminado en medio de esta aventura improvisada. Bien merecido lo tenía. Había sido egoísta, descuidando su deber como heredera de la Mansión Roswell, abandonando su hogar ante las dificultades y arrastrando también a Franz en ello. Debía haber sabido que ese hombre terco jamás se quedaría atrás ni permitiría que ella desapareciera en silencio. Y ahora él había desaparecido, y no tenía idea de si volvería a verlo alguna vez. ¿Por qué tuvo que lanzarse al mar tras ella en lugar de cuidar de sí mismo?

Dogi había dicho que escapar del naufragio había sido fácil para él, pero si era así, ¿por qué Franz no había aparecido también al ver la fogata? ¿Por qué no había más náufragos ya? Se secó los ojos con rabia y tomó una larga bocanada de aire. Si quería sobrevivir, tenía que mantenerse firme.

El sol se hundió bajo el horizonte, y el frío nocturno comenzó a deslizarse desde las sombras bajo los acantilados. El mar yacía inmóvil como un espejo, brillando en la creciente penumbra. Un coro de grillos resonaba en la hierba, un sonido acogedor y hogareño que le hizo pensar en un fuego cálido y una buena taza de té. De regreso en la mansión, Franz siempre se lo servía justo como le gustaba: negro y fuerte, con una fina rodaja de limón. Apartó ese recuerdo a la fuerza mientras regresaba al centro del campamento.

Los hombres estaban sentados alrededor del fuego. Laxia se acomodó sobre el tronco junto a Adol, estirando las piernas hacia las llamas mientras prestaba atención a la conversación.

—¿Estás seguro, Dogi? —decía el Capitán Barbaros.

El hombre corpulento asintió.

—Sí. Llegué a la playa justo al sur de aquí. Y estoy seguro de haber visto otro par de huellas en la arena. Habría ido tras ellas, pero el camino hacia esa zona estaba bloqueado, así que no pude pasar.

¿Otro náufrago? El corazón de Laxia dio un vuelco. Bajó la cabeza para ocultar su emoción.

El capitán asintió.

—Saldremos a primera hora de la mañana para encontrarlo.

—A ella, creo. Las huellas no eran tan grandes. Podrían haber sido de una mujer.

—O de un niño, —sugirió Adol—. Recuerdo haber visto a un chico la noche de la fiesta, deambulando fuera del salón.

—Yo recuerdo a una niña corriendo por la cubierta, —dijo Sahad—. Una bastante traviesa. Un tripulante que estaba al timón la pilló intentando colarse en la cabina del capitán.

—Espero que todos estén a salvo, —murmuró Laxia. ¿Una mujer o un niño? Entonces no era Franz, pero sin duda alguien que necesitaba su ayuda. Se imaginó a sí misma, perdida y sola, con la noche cayendo. ¿Qué clase de criaturas rondarían por aquí al anochecer? Ojalá no muchas como las que habían encontrado hoy. Tenía sus sospechas sobre aquella, aunque, hasta donde sabía, esas ideas no tenían sentido. Criaturas como esa no podían simplemente vagar por la naturaleza. Necesitaba recordar más detalles y consultar su libro antes de sacar conclusiones.

Esperaba que Franz estuviera en algún lugar ahí fuera en ese momento; sano y salvo, sentado junto a un fuego cálido con una taza de té en la mano. Era ridículo imaginarlo así en una isla desierta tras un naufragio, pero la imagen la hizo sentir un poco mejor. Tenía que estar vivo. Y cuando lo encontrara, pensaba darle una buena reprimenda, tal como había planeado hacer si este desastre no hubiera ocurrido.

—Buscaremos a este superviviente a primera hora de la mañana, —dijo.

El capitán la miró con atención, como si estuviera considerando retomar su discusión anterior sobre la seguridad y su lugar en el grupo de búsqueda, pero claramente decidió no hacerlo.

—Tú y Adol háganlo, —dijo Dogi—. Lleven también a Sahad. Mientras tanto, el capitán y yo trabajaremos en levantar cercas y barricadas para protegernos de las bestias. Necesitamos algunas, en puntos clave alrededor del pueblo.

—¿Pueblo? —preguntó Laxia.

Dogi sonrió ampliamente.

—Adol me dijo que fuiste tú quien primero sugirió poner nombres a los lugares. Pensamos que deberíamos nombrar nuestro campamento. Pueblo Náufrago. ¿Te gusta?

Laxia miró a su alrededor. Pueblo Náufrago. El nombre se sentía acogedor, sugiriendo una vida estable que podía imaginar con cierta ilusión mientras exploraban. Sería agradable pensar en vivir en un pueblo, si tenían que quedarse en la isla por algún tiempo.

—Es apropiado, —admitió.

—Bien. —Dogi guiñó un ojo, luego se volvió hacia el capitán, y ambos hombres se sumieron en una conversación sobre fortificaciones que implicaba muchos dibujos en la arena y resultaba demasiado tediosa como para seguirla.

Laxia estaba demasiado cansada para pensar con claridad. Mañana sería un nuevo día, en el que saldrían a rescatar a más náufragos. Esperaba que encontraran a muchos y que pudieran instalarlos a todos en Pueblo Náufrago. Pero primero necesitaba una buena noche de sueño. Después de todo lo que había pasado hoy, se sentía completamente exhausta. Murmuró las buenas noches y se retiró hacia la cueva.

 

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