Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 10 Prefacio Parte 2
—Su cabello ondulante era como el néctar más dulce… Sus ojos eran como dos piezas de ámbar… En verdad, soportaron aquella prueba…
El bardo cantaba acompañado por la hermosa melodía de un arpa de regazo: un fascinante instrumento rectangular atravesado por numerosas cuerdas cuyo tono podía alterarse presionando teclas y que, tal como indicaba su nombre, se sostenía sobre las piernas. La melodía estaba compuesta en compás ternario y en tonalidad menor, un registro sentimental y amoroso que encajaba perfectamente con la profunda voz de bajo del bardo. Era una pieza interesante; de vez en cuando, algún pasaje hacía ascender aquellas notas graves hacia un tenor más agudo, dejando una profunda impresión en los oyentes.
Por desgracia, el bardo todavía no había descubierto cómo construir una lista de canciones que se ajustara tanto a sus propias capacidades como a los gustos del público. Había escogido una canción de amor y la interpretaba con todos los errores típicos de un bardo de segunda categoría.
Aquella canción había ido ganando popularidad por toda la región: una balada sobre la infinita paciencia de una mujer mientras aguardaba el regreso de su amado y el día en que su desesperanzada espera finalmente era recompensada con alegría. La melodiosa transición hacia el acto final, mucho más animado, era tan magnífica que parecía como si el Dios de la Música hubiera descendido desde los cielos. Pero si el intérprete no tenía el talento suficiente para ejecutar correctamente el desenlace, la emoción terminaba sintiéndose incompleta, incluso para un público predispuesto a disfrutar del tema gracias al reciente aumento de popularidad que habían alcanzado sus protagonistas.
La conmovedora pieza de aquella noche había sido elegida en respuesta a la mayor cantidad de mujeres presentes entre el público, pero el sombrero dado vuelta a los pies del bardo hablaba claramente de la calidad de su actuación. A decir verdad, era admirable que hubiera conseguido reunir más monedas que espectadores, pero los aplausos dispersos pintaban una escena bastante lamentable. Los guardias fuera de servicio y los peones ociosos que se habían detenido a escucharlo no parecían especialmente satisfechos con la forma en que habían gastado su descanso.
Sin embargo, había una persona que aplaudía con verdadero entusiasmo pese a lo ligero de su bolsa. El oyente más ferviente del bardo era un ogro hombre —su raza resultaba evidente por su piel azul— cuyos fuertes aplausos resonaban en el aire. Tenía una expresión ligeramente arrepentida al dejar un único assari dentro del sombrero, pero el bardo se dio por satisfecho con aquella reacción sincera.
El cabello color acero del ogro era común entre las tribus ogro del sur, aunque mucho menos entre las del este y el oeste; en otras palabras, era raro entre aquellos que vivían bajo la jurisdicción del Imperio. Parecía que el ogro provenía de una tierra que alguna vez había prosperado y que terminó convertida en un estado vasallo, y había partido con la intención de hacerse un nombre. Sin embargo, daba la impresión de que todavía no desarrollaba oído para los estilos imperiales.
El rostro del ogro se parecía más a una roca erosionada por el tiempo. Y no solo eso: sus grandes ojos, que brillaban dorados bajo la luz de la hoguera, se alzaban al menos dos cabezas por encima de todos los demás. En resumen, destacaba enormemente entre el público y no parecía en absoluto el tipo de persona que disfrutaría de una historia diseñada para tocar las fibras del corazón.
Otra rareza del ogro era que viajaba solo junto a una caravana; los ogros hombre casi nunca trabajaban fuera de sus tribus. Por suerte, los comerciantes no tenían reparos en permitirle trabajar a cambio de comida y alojamiento. Medía más de dos metros y era muchísimo más competente en el trabajo físico que un mensch promedio. Con alguien tan útil, a los comerciantes no les importaban demasiado sus circunstancias personales.
Otro detalle que hacía resaltar al ogro era su armadura completa. Una mirada más cercana revelaba que parecía haber sido modificada a la fuerza para ajustarse a su gigantesca complexión a partir de un conjunto originalmente hecho para un mensch .
En cualquier caso, al poeta no le importaba mientras su público estuviera satisfecho. Aquel ogro había escuchado Ricitos de Oro: Aplastador de los Corruptos con total fascinación el día anterior. Cualquier rareza relacionada con su situación o apariencia quedaba eclipsada por la preciada alegría de tener un espectador tan atento día tras día.
—¿Oh? ¿Me lo perdí?
Un joven sorprendentemente apuesto se acercó desde atrás mientras el bardo recogía la obligatoria miseria de monedas de cobre que sus compañeros le habían arrojado.
—Eh, profesor. Sí, acaba de terminar —respondió el ogro.
El hombre al que había llamado «profesor» tenía una figura alta y esbelta, similar a la de un cedro saludable. Era musculoso, aunque no en exceso, y eso contribuía a una belleza tenuemente masculina. Poseía un cuello delgado y rasgos delicadamente atractivos. Una llama de ambición ardía en sus confiados ojos ámbar. Aunque era lo bastante apuesto como para encajar perfectamente en el papel de actor teatral, su sencilla túnica de viaje y el bastón, incluso más alto que él mismo, indicaban que en realidad era un mago.
—Qué desafortunado. Qué pena que nunca parezca llegar justo a tiempo.
Al igual que el ogro, él también se había unido a la caravana en su viaje hacia el oeste. El mago, con su bastón de cedro adornado con un halcón de plata, había sido recibido calurosamente por la caravana. Todos lamentaban que fuera a abandonar el grupo al llegar a Ende Erde, apenas a mitad de la ruta.
Como su compañero, disfrutaba escuchando las canciones del poeta y solía acercarse a oírlas siempre que tenía tiempo. Aquel día había estado realizando reparaciones en el eje de un carruaje por petición del líder de la caravana. Debido a ese trabajo adicional, no había llegado a tiempo para escuchar la Canción de Amor de la Cazadora .
—Estimado mago, ¿le gustaría que la interpretara una vez más?
El poeta recordaba el día en que aquel apuesto mago le había entregado una igualmente hermosa moneda de plata tras su primera interpretación de una canción sobre Erich Ricitos de Oro; estaba más que dispuesto a ofrecer un bis. Sin embargo, cuando el mago se sentó junto a la hoguera, negó con la cabeza.
—No hace falta. No quiero aburrir a todos los demás solo por mí. Otra canción estará bien.
El mago sacó una moneda de cuarto de pieza de su bolsillo y se la entregó al poeta. No era tan generoso como la vez anterior, pero el poeta la aceptó gustosamente y pulsó las cuerdas de su arpa de regazo. Entonces comenzó a interpretar una vieja canción muy querida y conocida por muchos en el Imperio.
—¿Seguro, profesor?
—Sí, claro.
El ogro se sentó junto al mago. Ambos compartían el mismo destino. Mientras el mago tenía sus propias razones para dirigirse a Marsheim, el ogro se había enamorado de las historias sobre Erich Ricitos de Oro y había decidido visitar personalmente aquel lugar.
—Vamos directo a la fuente —continuó el mago—. Podré escuchar todas las historias que quiera. Sus habilidades son… bueno, eso es algo que espero con ganas. Las historias tienen una forma muy peculiar de evolucionar cuando se convierten en canciones.
—Ah, de acuerdo, lo capto. Bueno, a mí me pareció una buena canción.
El mago soltó una pequeña risa. Aunque el ogro parecía claramente mayor que él, nada podía estar más lejos de la realidad.
El comentario del ogro le recordó algo que había escuchado una vez. Las tribus ogro tenían sus propias canciones de guerra, pero no eran «cantadas» en el mismo sentido que las obras del poeta. Los bailes y los gritos estruendosos eran mucho más comunes. Aquellas interpretaciones delicadas debían resultarle bastante novedosas al ogro, especialmente considerando el estado de su tierra natal, el paraíso ogro junto al Mar del Sur. Con su condición de semivasallos, las pequeñas ciudades-estado de la región podían pelearse entre sí cuanto quisieran sin interrupción alguna.
—Algún día me gustaría llevarte a la presentación de un poeta de primer nivel. A un teatro elegante.
—Eso sería un desperdicio conmigo.
—Ajá, espera —dijo levantando un dedo al ocurrírsele algo—. Hay un asiento mejor para ti. Un auténtico asiento de honor.
El ogro no sabía a qué se refería con «de honor», pero sintió que el corazón le daba un vuelco al ver el refinado y encantador gesto de su compañero de viaje. Tal era el atractivo que poseían incluso los movimientos más pequeños del mago.
—Quiero decir, te diriges a Marsheim para unirte a la Hermandad de la Espada de Ricitos de Oro, ¿no es así? —dijo el mago, mirándolo de reojo.
El ogro asintió felizmente.
Las historias sobre Erich Ricitos de Oro eran cantadas en las regiones occidentales del Imperio, y cada vez más personas comenzaban a conocer el clan que lideraba. La historia contaba que Siegfried el Afortunado había quedado cautivado por las hazañas de Erich y le había pedido que le enseñara. Gracias a la personalidad recta y generosa de Erich, otros también comenzaron a sentirse atraídos y pidieron aprender el camino de la espada, hasta que el clan terminó oficializándose poco después.
En su tribu natal, aquel ogro había sido el chico para todo de los demás. Durante las batallas servía como soldado de apoyo, encargado de transportar cosas esenciales como lanzas y munición. Había desarrollado un cuerpo robusto y decidió abandonar su hogar para dirigirse al oeste en busca de algo mejor: unirse a la Hermandad de la Espada.
Entre las muchas historias que habían llegado a sus oídos, el ogro había escuchado en una canción que un valiente ogro llamado Laurentius alababa al joven espadachín llamándolo un «guerrero divino». Quizá al escuchar semejantes elogios dirigidos a un simple mensch, el ogro sintió una pequeña chispa de esperanza para sí mismo, y quizá solo eso bastó para impulsarlo a viajar hasta Marsheim.
Tal vez allí, donde se reunían los héroes, también hubiera más historias y canciones. Si lograba trabajar cerca de Ricitos de Oro, jamás le faltarían nuevos relatos.
—Sin embargo —dijo el joven mago mientras sacaba un cigarrillo y escuchaba a medias la canción sobre un aventurero tan poco destacable que no hace falta registrar aquí su nombre—, está bien dejarse conmover por lo que escuchas en las historias, pero no te pierdas demasiado dentro de ellas. Los sueños y la realidad son bestias distintas.
—Eeh… —El ogro solo pudo inclinar la cabeza ante la forma pomposa de hablar de su compañero de viaje. ¿Qué relación se suponía que había entre su sueño de aprender el camino de la espada bajo un héroe al que admiraba y la realidad?
—Los sueños nos llevan a falsas impresiones. Si permites que tu sentido de la maravilla te arrastre demasiado lejos, las simples fantasías pueden convertirse en convicciones sin que te des cuenta, y perderás el rumbo con la misma facilidad con la que respiras. Te aconsejo confiar solo en lo que tus ojos y tus oídos te digan.
—Ya veo…
Aquel consejo, pronunciado entre bocanadas de humo aromático, no significaba gran cosa para un joven incapaz siquiera de escribir su propio nombre. Los matices más finos de lo que el mago intentaba explicar acababan enredándose en el precario dominio que el ogro tenía del rhiniano. Su manejo de su propia lengua era mejor, y no era ajeno a las dificultades de la vida políglota entre los conflictivos clanes nómadas del Mar del Sur, pero aquí y ahora sus habilidades apenas alcanzaban para mantener conversaciones simples e informales.
—Hmm —murmuró el mago al notar las dificultades del ogro para comprenderlo—. Bueno, cuando tengas tiempo ven a verme. Intentaré ayudarte a mejorar tu rhiniano, si no te importa enseñarme un poco de tu propia lengua.
—¡¿Eh, de verdad?! ¡Gracias, profesor! ¡Muchísimas gracias! ¡No sirvo para mucho más, pero pregúnteme lo que quiera!
—Claro. Pero ¿podrías dejar de llamarme «profesor»? Mi título apenas está completo.
—¡Pero, profesor, usted sí es un profesor! ¡El jefe de los comerciantes me dijo que a la gente inteligente que sabe usar magia hay que llamarla «profesor»!
El mago negó con la cabeza, dejando ver su modestia. Aquello parecía avergonzarlo.
Como si hubiera percibido que la conversación había llegado naturalmente a su fin, la canción también terminó. Ya era tarde; la gente del público comenzó a levantarse para irse a dormir. El mago y el ogro también se pusieron de pie para dirigirse a su tienda cuando un sonido particular de metal golpeando la tierra resonó en el aire. Era el inconfundible sonido de cascos.
—¿Ya… terminó la canción? —dijo una voz acompañada de un bostezo—. Quería tomar algo rico y escuchar aunque fuera una canción.
Algunos llegaron a preocuparse pensando que un explorador de una banda de bandidos se había infiltrado en el campamento, pero la recién llegada no era más que una mercenaria zentauro. Había conseguido un barril de lo que parecía alcohol de quién sabía dónde y sacudía la cabeza cubierta de pelaje gris moteado —en fuerte contraste con su piel bronceada color miel— mientras la gente comenzaba a retirarse a dormir. Miró al poeta con ojos esperanzados, pero este guardó apresuradamente su arpa de regazo en el estuche, ansioso por marcharse.
Cuando la mercenaria apareció por primera vez, la mayoría la había tomado por una fanfarrona inofensiva, pero aquella impresión se desvaneció tan rápido como el ave montañesa que abatió de un disparo a más de ciento cincuenta pasos de distancia. Por desgracia, su cartera eternamente vacía pronto eclipsó sus habilidades. El poeta sabía que no podía esperar ni un solo assari de ella; no tenía sentido actuar para alguien que solo quería una excusa para beber si no pensaba pagar.
—Buen trabajo ahí fuera. Gracias por vigilar —dijo el mago.
—Ya sé que los zentauros tenemos buena visión nocturna, ¡pero ustedes me están usando como si fuera una mula de carga! Tch… Tres noches seguidas de guardia terminan cansando, ¿saben?
Ella dejó caer los hombros y acercó las manos al fuego, pero el mago solo pudo responder con una risa incómoda. La zentauro se había unido a la caravana a cambio de poner su fuerza a disposición de todos —de hecho, era lo bastante hábil como para aceptar trabajos mucho más profesionales—, pero el hecho de que hubiera acabado robando botellas que la caravana pretendía vender provocaba que a menudo la castigaran con guardias nocturnas o tareas de caza adicionales.
—¿Puedo contar contigo otra vez hoy, chico? —le preguntó al ogro.
—¡Claro que sí, hermana!
La zentauro terminó de expulsar el frío de principios de primavera de sus manos, abrió su bolsa y sacó algo parecido a una gran espátula.
El ogro se arrodilló junto a ella, y la zentauro apoyó su pata delantera izquierda sobre él. La herradura estaba llena de tierra y maleza tras todo el correteo del día.
—Oooh, sí, justo ahí. ¡Los mensch son demasiado débiles para esto!
El objeto era una herramienta de limpieza para zentauros. Sin embargo, debido a las dificultades logísticas inherentes al físico de los zentauros, les resultaba imposible limpiar sus propias herraduras. Hasta el final, tenían que depender de otros para ese tipo de cuidados.
Aunque todos los demás miembros del grupo la habían tomado inicialmente por una bocazas algo viajada, el ogro pudo darse cuenta de inmediato de que era una guerrera valiente. Tal vez fuera porque desprendía una presencia similar a la de las mujeres guerreras de su propia tribu, pero él la había admirado desde el día en que se conocieron. Por eso se arrodillaba ante ella con gusto y sin vacilar.
—Buen trabajo —dijo la zentauro cuando terminó—. Te daré algo de beber como recompensa.
—Muchas gracias.
—Te das cuenta de que a él también le van a gritar si le das de tu alcohol robado, ¿verdad? —intervino el mago.
—Yo lo robé, no él. ¡Va a estar perfectamente bien! Iré a cazar unos pájaros para la cena, me echarán la bronca y asunto arreglado. ¡Es como si le estuvieran pagando por adelantado!
El mago no podía creer lo que estaba oyendo, pero la zentauro apoyó la siguiente pata sobre la rodilla del ogro como si nada estuviera fuera de lo normal.
—Entonces, ¿qué tocó hoy el poeta, profe? —le preguntó la zentauro al mago—. Dime que fue aburrido y que no me perdí de nada.
—Yo también llegué a mitad de la función, ¿sabes? Fue lo de siempre; ya sabes cómo es él.
—¡Oh! —intervino el ogro—. Antes tocó algo bueno, ¡uno sobre Ricitos de Oro!
—¡¿Otra vez él?! —la carcajada de la zentauro interrumpió al ogro—. Sí, Erich tiene pelotas. Tengo buen ojo para los hombres; parece que no me equivoqué. Pero es raro que el poeta no haya hecho una canción sobre nuestros viajes. Mañana voy a buscarlo y voy a cantarle unas cuantas verdades.
—Es porque parece que te inventaras todo… —dijo el ogro, pero la zentauro no pareció afectada. Tal vez sus estruendosas carcajadas simplemente lo habían ahogado.
La verdad era que el mago casi no podía creer que se hubiera topado con aquella zentauro tuerta por pura casualidad. ¿Cómo era posible que una sola caravana hubiera reunido sus destinos? Se decía que el Dios de los Ciclos y el Dios de las Pruebas unían y separaban a las personas simplemente por capricho, pero aun así resultaba sorprendente ver cómo sus caminos se habían entrelazado en aquella solitaria región occidental del Imperio.
El mago de cabello negro alzó la vista, con la cabeza llena de preguntas, pero la figura divina de la Diosa de la Noche y el oscuro vacío que la envolvía no le ofrecieron respuesta alguna.
[Consejos] Las caravanas suelen permitir que personas talentosas se unan a sus viajes y, en la mayoría de los casos, no pondrán objeciones mientras ese talento siga traduciéndose en una dura jornada de trabajo.
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