Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 10 Finales de Primavera del Decimoctavo Año (I) Parte 3

 Yorgos se encontró temblando de asombro ante Erich Ricitos de Oro.

Una cosa era la desconcertante diferencia entre su baja estatura y el poder que irradiaba, pero eso no era nada comparado con la transformación que sufría cuando empuñaba una espada desnuda. El ogro finalmente comprendió por qué aquel aventurero ogro había elogiado a ese hombre como un guerrero divino.

La sonrisa de Erich se curvó tanto que parecía que le hubieran abierto las mejillas de un tajo, impregnada del hedor de una sangre fantasmal. Sus ojos azul celeste adquirieron un brillo peligroso y, para Yorgos, daba la impresión de que se convertía en una existencia cuyo único propósito era blandir la espada que sostenía. Era como si él y el arma fueran una sola cosa.

—Es… increíble… —murmuró Yorgos para sí mismo.

Etan le tendió un paño recién empapado con el agua fría del pozo del patio. Debía de ser la manera que tenía el audhumbla de mostrar amabilidad después de todos los moretones que le había dejado al ogro.

—Nuestro jefe es un auténtico espadachín —dijo Etan—. No vive y muere solo por la espada, no…

—…Disfruta blandiéndola —completó Yorgos.

—Exactamente.

Puede que el propio Erich Ricitos de Oro no se hubiera dado cuenta, pero siempre sonreía cuando tenía una espada en la mano. Y esa sonrisa se volvía más amplia cuanto más feroz era su adversario. Lo que la hacía aún más aterradora era que nunca llegaba a reírse de verdad. Sus oponentes jamás podían apartar de su mente la inminencia de su propia muerte al contemplar el brillo de sus ojos.

—Es un auténtico Hermano de la Espada. Cualquiera querría ser como él —continuó Etan.

—Sí…

No hacía falta decir que Erich era fuerte. Sus Hermanos estaban fascinados por su forma de vivir y por la relación que tenía con su espada, pero las raíces de aquella admiración eran más profundas. Lo más importante era que, cuando salía a blandir su espada, disfrutaba de ello con todo su ser. Vivía sonriendo y sin arrepentimientos. No tenía nada de extraño que la gente admirara la forma en que afrontaba con alegría los trabajos más amargos del mundo.

—Puedo garantizarte una cosa —dijo Etan—: si permaneces a su lado, te harás más fuerte. ¡Siempre que seas capaz de seguirle el ritmo!

—¿Y qué quieres decir con eso?

Mientras Yorgos observaba el intenso combate, Etan abrió una mano ante él.

—Solo uno de cada cinco llega hasta el final; los demás terminan marchándose. Hay toda clase de personas que abandonan por una razón u otra. Gente incapaz de soportar el entrenamiento, necios conformes con las sobras de la mesa de los demás, cobardes aterrados por morir en batalla e idiotas que creen que el jefe es un mago capaz de conceder todos sus deseos.

La Hermandad de la Espada era uno de los clanes más estrictos y disciplinados que existían, con un entrenamiento digno del infierno. Aunque Ricitos de Oro no cobraba cuotas de ingreso ni nada parecido, y el clan en sí era comprensivo con sus miembros, durante los entrenamientos se exigía muchísimo a cualquier recién llegado.

Bajo la tutela de la Hermandad, no eran más que hierro: metal que debía ser sometido al fuego y golpeado una y otra vez hasta eliminar cada una de sus impurezas. Los trabajos para novatos eran sucios y agotadores; no existía ningún secreto para hacerse fuerte. Sí, la enseñanza era excelente, pero Erich dejaba claro que conocer las técnicas no significaba volverse más poderoso.

—Y luego están esos pusilánimes que terminan cegados por el aura deslumbrante del jefe.

Erich inculcaba a quienes lograban superar las etapas preliminares la idea de que siempre existían alturas mayores que alcanzar, de que la cumbre seguía estando terriblemente lejos. Esa lección práctica se impartía a aquellos que estaban preparados para enfrentarse personalmente a su jefe y contemplar una mayor parte de su verdadero talento.

Había muchos aspirantes al clan —personas que todavía no habían obtenido la admisión oficial en la Hermandad— que, tras aquellos duelos, eran incapaces de aceptar su propia debilidad y acababan abandonando la Hermandad de la Espada.

Con cada persona que se marchaba, los ojos de Erich adquirían un matiz triste, una expresión solitaria al saber que ya no podría bailar junto a ellos. Nadie comprendía mejor que él cuánto hacía falta para lanzarse al campo de batalla y convertirse en un auténtico Hermano de la Espada.

—Espero que tú no seas de esa clase de personas —dijo eel audhumbla—. Eh, Yorgos, ¿verdad?

—Sí-sí, señor —respondió el ogro—. Su nombre era… eh…

—Etan. Todavía no han compuesto canciones sobre mí, pero algunos ya han empezado a llamarme Etan el Gran Muro, ¿sabes?

Cuando el combate llegó a su fin con el sonoro golpe de una palma sobre unas nalgas, Yorgos por fin se fijó en su veterano compañero.

Lo primero era su físico. Yorgos había sido bendecido con un cuerpo enorme gracias a su sangre de ogro, pero Etan era al menos diez veces más corpulento. Solo después de enfrentarse a él pudo comprender lo que aspirar constantemente a cotas más altas y a una fuerza mayor podía hacerle al cuerpo de una persona.

—¡Pero, viejo, me alegra que se haya unido alguien tan robusto como tú! —dijo Etan—. Para ser sincero, ya estoy harto de tanto trabajo de guardaespaldas.

—¿Ah? ¿Por qué?

—Piénsalo. Imagíname con armadura completa, una espada al cinto y plantado junto a alguien. ¿Quién va a querer atacar a la persona que estoy protegiendo? Es aburridísimo, hombre. No hay nada más tedioso que pasarse todo el día ahí parado con cara de «ni se te ocurra acercarte».

A pesar de la evidente decepción de Etan, incluso ese tipo de trabajo parecía increíble a los ojos de Yorgos. ¿Acaso no era una prueba irrefutable de tu fuerza que alguien te confiara la protección de su vida? Incluso un muchacho de campo como Yorgos sabía perfectamente el honor que suponía que alguien te escogiera personalmente para permanecer a su lado y velar por su seguridad. Sin embargo, era evidente que para Etan aquellos trabajos eran simplemente aburridos, aburridos y más aburridos.

—Para mí, un aventurero es alguien que cruza espadas en pleno fragor de la batalla. Así que oye, ¡espero que ese caracho tan intimidante que tienes me quite parte de la carga!

Qué día había sido para el joven ogro. Primero había cruzado armas con un guerrero entrenado, después había presenciado un combate espectacular del líder de la Hermandad y ahora tenía por delante un futuro hermoso y aterrador a la vez.

Quizá un poco tarde, un pequeño brote de temor comenzó a echar raíces en el corazón de Yorgos.

¿Será que me he dejado deslumbrar tanto que no me he dado cuenta de que he cometido un enorme error…? 

 

[Consejos] En los trabajos de guardaespaldas suele priorizarse una apariencia intimidante capaz de ahuyentar a posibles enemigos. Por ello, es raro que alguien con un aspecto tan poco amenazador como el de Erich Ricitos de Oro reciba solicitudes personales de protección por parte de alguien que no sea un cliente noble. En ocasiones puede verse a Erich observando a sus Hermanos más corpulentos con una expresión de envidia.

 

Las leyes de administración territorial —aquellas que los nobles no se atrevían a mostrar a los ojos del pueblo llano— establecían recomendaciones sobre las instalaciones que debían poseer las ciudades según su tamaño. Una ciudad con una población de quinientos habitantes o más debía contar con un sistema de alcantarillado adecuado y baños públicos. Una población de mil habitantes o más merecía un suministro público de agua y un gran centro de tratamiento de desechos fecales. Naturalmente, los baños públicos formaban parte de ese conjunto de infraestructuras. Los baños eran motivo de orgullo cultural para el Imperio, hasta el punto de que muchos de sus países vecinos se burlaban de ello y consideraban a sus habitantes unos obsesivos de la limpieza.

Los Baños Imperiales Justus de Marsheim tenían su propia historia. Estos baños públicos habían sido bautizados en honor a la derrota de Justus, uno de los más poderosos grandes reyes durante la incursión del Imperio y precursor de los sedicionistas de Ende Erde; un nombre provocador en el clima político actual. Los baños no estaban demasiado concurridos cuando llegó el grupo de Erich. En parte se debía a que aún era bastante temprano, pero la razón principal era que, por extraño que pareciera, aquellos baños no eran gratuitos. Era evidente que el gobierno no podía permitirse demasiadas concesiones en los confines del Imperio. La lógica común decía que, mientras tuvieras comida en el estómago y un techo sobre la cabeza, un baño podía esperar si eso te permitía ahorrar unas monedas. Muchos habitantes de Marsheim vivían en tiendas de campaña o en campamentos de trabajo; cinco assaris eran un lujo completamente fuera de su alcance.

Ricitos de Oro, acompañado por su grupo —muchos habían decidido unirse cuando quedó claro que las bebidas gratis llegarían más tarde—, llegó a los Baños Imperiales Justus dispuesto a quitarse el sudor y la suciedad acumulados durante el entrenamiento. Erich pagó de buen grado la entrada de todos, y el grupo se dividió hacia las zonas correspondientes. Aunque todavía eran pocas, existía un número cada vez mayor de mujeres que aspiraban a convertirse en Hermanas de la Espada.

Dietrich no tenía ninguna objeción respecto a este aspecto de la cultura imperial. Llevaba tres años viviendo dentro de las fronteras del Imperio y ya sabía que las costumbres de baño mixto de los zentauros solo provocarían caos allí, aunque personalmente le pareciera una tontería.

Los zentauros y muchas otras razas criaban a sus hijos sin prestar demasiada atención al género, llegando incluso a utilizar casi exclusivamente nombres unisex. Sin embargo, Ricitos de Oro se había asegurado de instruir a Dietrich sobre esa diferencia cultural.

—Ojó, esto sí que es impresionante —dijo Mika.

—Llama la atención, ¿verdad? —respondió Erich—. No todos los días se ve la cabeza del homónimo de estos baños en la mano del quinto Margrave Marsheim, inmortalizada en piedra.

—Sí. De hecho, es tan llamativo que creo que, cuando comiencen las revueltas, estos baños serán lo segundo que arda después del castillo. Les he tomado cierto cariño.

El mago y el aventurero se divertían manteniendo una conversación bastante arriesgada que pasaba por encima de la cabeza de la mayoría de los aventureros presentes.

Sabían que Ricitos de Oro había trabajado durante un tiempo en la capital y que por eso a menudo decía cosas difíciles de entender, pero ahora resultaba prácticamente imposible seguir la conversación junto a aquel recién llegado «profesor».

En realidad, incluso muchos habitantes de Ende Erde desconocían la leyenda de Justus bajo su verdadero nombre. Los hombres fuertes de la región que sí lo conocían serían tachados de traidores en cuanto lo pronunciaran, mientras que quienes no lo conocían jamás habían recibido la educación necesaria para aprenderlo. Como resultado, nadie había dicho nada y la estatua seguía allí hasta el día de hoy: la de un hombre gallardo sosteniendo en alto la cabeza de Julius de A Dyne.

—¿Hm? Ah, cierto. Ninguno de ustedes prestó demasiada atención a quién era este hombre, ¿verdad? —Ricitos de Oro se percató de las expresiones de asombro de sus Hermanos, quienes negaron con la cabeza ante la pregunta—. Tendré que añadir una lección complementaria sobre él la próxima vez.

Los aventureros ya sabían que su educación era importante, pero no eran precisamente el tipo de personas que disfrutaban mucho del proceso. Les habían inculcado a la fuerza la lectura y escritura rhiniana, y algunos de los que no tenían demasiada relación con el mundo de los eruditos no soportaban las clases de historia. Preferían escuchar esas historias convertidas en versos y canciones. Sin embargo, formaba parte de la naturaleza humana querer evitar aprender los aspectos más delicados de la historia y, al hacerlo, exponerse sin saberlo a todo un universo de meteduras de pata sociales que podrían haberse evitado. Aun así, gracias a aquella educación ninguno de ellos había terminado devorado, y todos podían trabajar y ganarse un salario decente. Por eso decidían que quizá aquellas lecciones merecían un poco de queja y nada más.

El ambiente era animado. Erich y Mika caminaban con los brazos sobre los hombros del otro, Dietrich ya había reunido a su alrededor un pequeño grupo de seguidores, e incluso Yorgos había logrado causar una buena primera impresión.

—¡Ey, novato! ¿Sabes dónde dejar tu ropa?

—¿Eh? Ah, sí, creo que sí…

Etan estaba tan contento de haber encontrado a un recién llegado capaz de ocupar su lugar que también había pasado un brazo por los hombros de Yorgos, como un borracho excesivamente amistoso en una taberna. Cada casillero tenía una ficha de madera que se introducía para desbloquear la puerta. Etan le explicó amablemente a Yorgos cómo funcionaban.

—Ya que te unes a nosotros, ¡más vale que nos llevemos bien! —dijo Etan—. Te enseñaré cómo se hacen las cosas en la Hermandad.

—¿De verdad? Muchas gracias, eh… Señor Etan.

—¡Vaya, alguien está disfrutando enseñándole al novato los trucos del oficio! —La voz burlona pertenecía a Karsten, un goblin y otro de los miembros más veteranos de la Hermandad. Yorgos se sorprendió al ver que la Hermandad hubiera aceptado a alguien de una raza tan pequeña, pero todos sus prejuicios desaparecieron en cuanto Karsten se quitó la camisa.

Era cierto que Karsten era pequeño, pero había llevado su cuerpo hasta el límite absoluto. No había ni un solo centímetro de él que no hubiera sido desarrollado, definido y entrenado meticulosamente hasta la perfección. Sus dedos estaban cubiertos de innumerables callosidades que le recordaron a Yorgos las raíces de un árbol viejo. Las cicatrices de espada que cubrían su cuerpo hablaban por sí solas de los infiernos que había atravesado. Por el contrario, Yorgos podía contar con una sola mano las veces que había participado en una batalla real. De inmediato se sintió ridículo. Le bastó una sola mirada para comprender que incluso aquel pequeño guerrero poseía la fuerza interior necesaria para derrotarlo sin demasiadas dificultades.

Yorgos imaginó un posible combate contra Karsten y se convenció todavía más de que perdería. ¿Cómo demonios iba a golpear con eficacia a alguien que apenas le llegaba a las rodillas?

—Bueno, ya entiendo por qué Etan está tan contento. Para él, cuanto más aterradora sea la pinta de alguien, mejor, ¿eh?

—¡¿A quién estás llamando aterra’or, Martyn?!

Quien había provocado la ira de la audhumbla con aquella pequeña broma para molestar era un mensch llamado Martyn. Para ser un Hermano, tenía un aspecto casi exageradamente corriente: era la viva imagen de un muchacho de campo que había decidido convertirse en aventurero. Sin embargo, Yorgos podía ver que incluso en su estado relajado no dejaba ni una sola abertura en su defensa.

Martyn tenía muchas menos marcas visibles en el cuerpo que los demás Hermanos. Antes de la llegada de Yorgos, los cuatro miembros más veteranos habían estado entrenando con Erich, y aun así Martyn tenía apenas una cuarta parte de los moretones y golpes que presentaban los otros tres. Yorgos no descubriría hasta más tarde, para su enorme sorpresa, que Martyn había sido el último de los cuatro en aprender los fundamentos de la espada. Sin embargo, incluso ahora resultaba evidente que, en aquel momento, Martyn era el más habilidoso de todos ellos. ¿Quién sabía qué le había ocurrido durante el tiempo transcurrido desde entonces?

Cuando sus compañeros inevitablemente sacaban el tema de vez en cuando, el mensch simplemente sonreía y decía: «Es gracias a los poderes místicos de Ricitos de Oro». Era evidente que, cualquiera que hubiera sido la enseñanza que había recibido, se había convertido en un valioso secreto para él.

—Tengo que disculparme por la forma en que te miramos cuando llegaste —dijo el hombre lobo Mathieu—. Pero no te lo tomes a pecho. Todos hicimos más o menos lo mismo con el jefe…

—Sí. Todos estaban como: «¡¿Cómo puede este enclenque ser Ricitos de Oro?!».

—¡Tú también pensabas eso, Etan! ¡Y mucho peor! ¡Llegaste a compararlo con una tejedora!

El hombre lobo que estaba junto a Yorgos mostró las garras mientras Etan soltaba una carcajada al recordar aquel vergonzoso error de su pasado. Mathieu era tan intimidante como los otros tres, porque tampoco dejaba ninguna abertura. A pesar de estar justo al lado de Yorgos, el hombre lobo apenas hacía ruido al moverse. Tenía una cicatriz en la frente, pero el simple hecho de haber recibido un golpe capaz de dejar aquella marca y seguir vivo, entero y en pleno uso de sus facultades era prueba suficiente de su fuerza.

Nadie allí era un cualquiera. Rodeado por aquellos cuatro guerreros extraordinarios, Yorgos sentía que apenas había vivido una pequeña fracción de la vida. Pero después de haber sido recibido tan cálidamente, el miedo no le permitió huir. Afirmó su determinación y comenzó a quitarse la ropa junto con los demás. Y, al hacerlo, también recibió varios murmullos de aprobación.

—¡Tú tampoco estás nada mal!

—¡Ah! Sí… En mi tribu no tenía un segundo de descanso —respondió Yorgos con timidez.

Un enfrentamiento típico entre ogros solía consistir en un intenso intercambio de proyectiles a media distancia entre lo que, a falta de una expresión mejor, podrían llamarse «piezas de artillería vivientes». La tribu Cíclope de Yorgos era especialmente aficionada a lanzar enormes rocas contra sus enemigos. La mayor parte del trabajo de Yorgos consistía en transportar nuevas rocas hasta la línea de lanzamiento. Y cuando los guerreros de mayor rango se quedaban sin lanzas —tres veces más grandes que las utilizadas por los mensch—, se esperaba que corriera hasta el campo de batalla, esquivando el fuego cruzado para recuperarlas y devolverlas a la retaguardia para la siguiente andanada.

La vida de un peón ogro era increíblemente dura. Primero estaba la armadura. Pesaba una barbaridad, y una de sus tareas diarias consistía en pulir las partes metálicas hasta que pudiera verse reflejado en ellas y mantener las pieles tan bien cuidadas que parecieran seguir adheridas a un animal vivo. Cuando las mujeres se emborrachaban durante sus fiestas, tenía que colaborar con otros hombres para cargarlas de vuelta a sus camas. La tribu de Yorgos se había asentado dentro de una ciudad antaño próspera, rodeada por una enorme muralla. Cuando estallaban escaramuzas, todo el trabajo de ingeniería militar necesario para mantener las fortificaciones y sostener el asedio recaía sobre él. El cuerpo de Yorgos se había vuelto fuerte y robusto gracias a aquellas labores diarias. Comparar su musculatura con la de un frágil mensch, por muy bien entrenado que estuviera, sería casi un insulto.

Yorgos comprendía perfectamente a Etan y a Mathieu. Había viajado hasta allí escuchando historias sobre Ricitos de Oro, pero cuando lo vio en persona reaccionó prácticamente igual que ellos. Ahora solo sentía un leve eco de las frustraciones que ellos mismos habían experimentado en el pasado.

Cuanto más observaba a Erich Ricitos de Oro, más evidente le resultaba la refinada educación que había recibido. Aunque no hablaba de forma particularmente elegante, se comportaba con una cortesía natural que simplemente no encajaba con la ropa que solían vestir los plebeyos. Era cierto que Erich poseía un aura peculiar. Pero, de no haberlo visto desenvainar su espada, ¿cuánto tiempo le habría tomado a Yorgos descubrir su verdadera fuerza?

—Míralo bien —dijo Etan.

Yorgos siguió la dirección del dedo que señalaba y vio a Ricitos de Oro quitándose la holgada prenda que llevaba encima. La respiración se le quedó atrapada en la garganta al contemplar el cuerpo musculoso del hombre. Los flexibles cordones de sus músculos se entrelazaban con la precisión de una elaborada telaraña. Parecía que su cuerpo fuera una máquina diseñada para aprovechar a la perfección cada recurso disponible y moverse exactamente como deseaba. Era una forma hermosa. Sus tendones eran firmes como cables de acero, y las líneas de sus músculos dibujaban una silueta inconfundible que, aun así, cambiaba constantemente con cada movimiento. Ante aquella figura, todas las preocupaciones de Yorgos sobre el tamaño se desvanecieron por completo. Lo único que percibía en aquel cuerpo era poder. Era un físico tan cuidadosamente perfeccionado y equilibrado como el de los más prestigiosos guerreros Cíclopes.

Yorgos podía decir con certeza que el cuerpo de Ricitos de Oro resistiría cualquier golpe de espada, por pesado que fuera. De hecho, su propio cuerpo parecía una espada recién afilada. Y no una espada cualquiera, sino una hermosa hoja atesorada que había sido transmitida de generación en generación.

Cuando observó con más atención, se dio cuenta de que la piel perfectamente pálida de Ricitos de Oro no tenía ni una sola cicatriz. Incluso sus articulaciones, que deberían haberse oscurecido por el uso, brillaban como mármol inmaculado. Ni siquiera el más perfecto de los culturistas obsesionados con la apariencia podría presumir de un cuerpo tan impecable.

—Impresionante, ¿verdad? —afirmó Etan.

—Sí… Está increíblemente definido, ¡pero tiene la piel de una doncella!

—Creía que yo era bastante cuidadoso, pero mira cómo terminé.

El audhumbla levantó la mano derecha y mostró las viejas cicatrices que rodeaban el dedo anular y el meñique. Era una marca común, el precio inevitable de calcular mal un golpe enemigo. Una lesión fácil de acumular cuando llevabas suficiente tiempo en el oficio.

—Je. Salieron volando durante un choque de guardias contra algún desgraciado —continuó Etan—. La Hermana Mayor Kaya logró volver a pegármelos, gracias a los dioses. Por desgracia para el viejo Karsten, perdió el dedo índice de la mano izquierda cuando la Hermana Mayor no estaba presente.

—¡Ya basta, hombre! —protestó el goblin—. ¡No me avergüences delante del novato nada más llegar! Además, aquello era un caos total. ¡Ni siquiera habría sabido por dónde empezar a buscarlo!

—Mira el estómago de Mathieu. Bastante feo, ¿eh? Estuvo a punto de perder las tripas por aquella herida. Nuestro jefe empezó a hablar de presión abdominal o algo así y consiguió coserlo a tiempo. Gracias a los dioses.

Todos los aventureros presentes habían sufrido alguna herida, grande o pequeña. Algunas las habían recibido durante el trabajo; otras eran simplemente el inevitable desgaste acumulado por el paso del tiempo. Yorgos no era una excepción. Líneas elevadas de tejido cicatricial pálido serpenteaban sobre su piel azul. Si Ricitos de Oro era un pañuelo de seda, él se sentía como un trapo viejo y desgastado.

—Por lo cual —dijo Etan con aire de entendido—, cuando no está escuchando lo llamamos Erich el Inmaculado.

—¿Te haces la idea ahora? —añadió Mathieu—. Aunque, bueno, es algo que no descubres hasta que te lleva a los baños.

—Ese bastardo… —murmuró Etan—. Siempre usa ropa holgada y cosas así para que la gente lo subestime, ¿sabes? Dice que es más fácil tratar con la gente cuando tienen la guardia baja.

Fuera o no consciente Ricitos de Oro de los chismes que corrían entre sus subordinados, no dio ninguna muestra de ello. En lugar de eso, estaba exhibiendo su cuerpo curtido ante el curioso Mika, quien no pudo evitar palparlo un poco… por motivos científicos.

—Je, ¿qué te parece? —dijo Erich—. Ahora la cosa tiene un poco más de emoción desde que también tengo potencia de fuego.

—Debo admitir que estoy bastante impresionado —respondió Mika—. Y mira esa definición abdominal…

—¡Oye! ¡Para ya, eso hace cosquillas!

Un puñado de aventureros observó las bromas entre Erich y su amigo mientras estas se deslizaban hacia un coqueteo cada vez más evidente, y no pudieron evitar que sus pensamientos comenzaran a divagar. No podían dejar de recordar que, pese a que Ricitos de Oro era el más adinerado de todos ellos, jamás visitaba el distrito del placer. De no ser por la constante compañía de su pareja, sus especulaciones habrían derivado hacia terrenos mucho más inciertos. Aunque, bien pensado, la mirada de su jefe sí que solía desviarse con frecuencia. Ricitos de Oro observaba los cuerpos de sus subordinados con un deje de envidia, y era fácil confundir la envidia con otros apetitos. Compañeros musculosos de primer nivel como Etan no solo tenían que soportar que los miraran. Ricitos de Oro llegaba incluso a examinar personalmente el progreso de su desarrollo físico con sus propias manos. No era un salto imaginativo demasiado grande para los aventureros concluir que quizá su jefe prefería a los hombres.

—Sí, pero… —murmuró Yorgos.

—¿Hm?

Los Hermanos observaban a la pareja con expresiones mudas de asombro, pero volvieron la vista hacia Yorgos. Este también tenía una expresión extraña. Estaba mirando a Mika, que aún seguía vestido.

—El profesor también es bastante impresionante.

Mika había estado tan ocupado molestando a su amigo que todavía no se había quitado la ropa. Cuando colocó las manos sobre su túnica para retirársela, todos los hombres presentes contuvieron el aliento. Aunque todo en Mika sugería que era un hombre —desde la forma de sus hombros, pasando por su cuello y cintura, hasta la estructura de sus rodillas—, había algo en su cuerpo que poseía un brillo especial. Su piel pálida parecía resplandecer y los músculos se ondulaban bajo la carne. A pesar de su masculinidad, su figura poseía un atractivo suave y delicado. Su espalda, en particular, semejante a un campo cubierto por la primera nieve del invierno, poseía un encanto cautivador que trascendía el género.

Los aventureros sintieron el impulso de tocar aquella espalda. Ninguna mujer con la que hubieran estado antes les había provocado una reacción semejante.

Para bien o para mal, Marsheim se encontraba en los límites del Imperio. Abundaban las mujeres que ofrecían servicios personales, y el número aumentaba todavía más si se incluía a quienes trabajaban en las calles fuera del distrito del placer semioficial. La mayoría eran hombres y mujeres de origen rural. Por ello, la compañía que podía contratarse en Marsheim era, sencillamente, corriente. Tenían rostros agradables y figuras lo bastante atractivas para llamar la atención de sus clientes, pero también poseían la rudeza y la falta de refinamiento propias de quienes habían crecido en el campo.

Los aventureros varones se habían acostumbrado a ello. Por eso la elegancia natural del mago capturó inevitablemente sus miradas. La forma en que desabrochaba los botones, cómo deslizaba las mangas por los brazos y, finalmente, cómo doblaba cuidadosamente la ropa que acababa de quitarse… Cada uno de sus movimientos poseía una belleza casi femenina. Combinada con aquella figura vagamente masculina —tan distinta de la de ellos—, provocó en los aventureros una sensación parecida a la embriaguez.

—Me sorprendí muchísimo —dijo Yorgos—. Cuando estaba ayudando a preparar todo lo relacionado con los baños durante el viaje, ¡pensé que me había metido en la tienda equivocada!

Para los rhinianos, los baños eran imprescindibles incluso cuando acampaban. Por supuesto, no era nada demasiado elaborado: una palangana y varios cubos de agua caliente que permitían asearse limpiándose el cuerpo. Sin embargo, la simple existencia de aquello bastaba para que un ciudadano imperial promedio se sintiera cómodo y mantuviera una buena salud.

Yorgos había sido quien transportó el caldero de agua caliente para Mika, por lo que había experimentado exactamente las mismas emociones que sus nuevos compañeros. Sin embargo, la escena no había sido exactamente igual. Había ocurrido justo después del anochecer, cuando el campamento apenas estaba iluminado por la hoguera y por la luz de la luna y las estrellas. El cuerpo de Mika bajo aquella iluminación efímera resultaba aún más cautivador. Yorgos, sinceramente, no había estado seguro de si estaba contemplando el cuerpo de un hombre o el de una mujer.

—Y entonces… me pidió que le lavara la espalda —continuó Yorgos.

—Tienes agallas, amigo…

Desde aquel momento, Yorgos había ayudado a Mika como si se tratara de una ogra. Los hombres ogro eran naturalmente débiles ante las mujeres de cualquier raza, pero ni siquiera Yorgos comprendía por qué sentía el impulso de hacer tanto por el mago.

—¿Qué les pasa, gente? Si ya se desvistieron, métanse al agua. No quiero que ninguno se resfríe —dijo Ricitos de Oro. Todos sus Hermanos se habían quedado en silencio. Erich inclinó la cabeza, sin comprender qué los había dejado mudos. Con un chasquido, se echó la toalla al hombro para sacarlos de su ensimismamiento. Luego comenzó con su habitual sermón sobre la limpieza y el orden.

—Un baño después del entrenamiento tiene algo especial, pero también trae otros beneficios. —dijo Ricitos de Oro. Mientras hablaba, indicó a Yorgos que se sentara a su lado y sumergió una pastilla de jabón en un cubo de agua caliente.

Existían unas cuantas reglas inquebrantables que Ricitos de Oro esperaba que todos los miembros de la Hermandad de la Espada siguieran. Una de ellas era mantener una higiene adecuada.

Aunque ser aventurero sonaba grandioso, la realidad era que no eran más que jornaleros sin domicilio registrado ni garantía alguna de trabajo. Ni que decir tiene que muchos de ellos carecían de educación y tampoco gozaban de una situación económica especialmente favorable. Muchos descuidaban su higiene personal hasta niveles que ni siquiera podían justificarse por sus orígenes campesinos.

—Si no te lavas, la gente no pensará bien de ti, y puedes despedirte de la fama y la fortuna —dijo Erich.

Precisamente porque muchos aventureros encajaban en aquel estereotipo, numerosos novatos terminaban convirtiéndose en objeto de un fuerte rechazo social. Nadie respetaba a un aventurero incapaz siquiera de mantenerse limpio, ni tampoco deseaba confiarle un trabajo importante. Incluso realizando labores menores que apenas pagaban una miseria, un aventurero sucio recibía exactamente el nivel de respeto que demostraba hacia su propia apariencia.

Ahora bien, imaginemos lo contrario. Entre una multitud de aventureros cubiertos de barro y suciedad, aparece una persona bien arreglada que afronta su trabajo con sinceridad, aunque no consiga resultados especialmente destacados.

—Si tienes un montón de piedras embarradas, tus ojos se sentirán atraídos de inmediato por la más limpia. Quién sabe, quizá la recojas, te la lleves a casa e incluso decidas pulirla. —Las palabras de Erich estaban cargadas con la experiencia personal acumulada desde sus primeros días como aventurero.

Entre todos los aventureros de Marsheim, Erich poseía algunas de las ropas más limpias, el rostro mejor cuidado y la forma de hablar más educada. Era una prueba de que incluso detalles tan pequeños podían cambiar enormemente la impresión que uno causaba. Si un cliente esperaba encontrarse con un aventurero tosco, cubierto de hollín negro o de polvo rojizo como el rubí, entonces alguien como Erich podía dejar una impresión todavía más profunda.

—Mathieu, si no recuerdo mal, hace poco un cliente te invitó a almorzar, ¿verdad? —preguntó Erich.

—Sí —respondió el hombre lobo mientras frotaba su pelaje con una pastilla de jabón—. Fue un trabajo aburrido, solo cargar unas cosas de un lado a otro, pero ese estofado gratis estaba condenadamente bueno.

Mathieu había hecho un excelente trabajo, así que el cliente le había preparado un estofado casero por cuenta de la casa. Y eso no era todo; a menudo recibía refrescantes vasos de agua o té y, en ocasiones, incluso algo de dinero extra de aquellos clientes con los que tenía más confianza.

—La pequeña inversión de cinco assaris y una pastilla de jabón cada tres días trae grandes recompensas —dijo Erich—. Mi consejo para ti, Yorgos, es que empieces a desarrollar una buena rutina de baños y lavado de ropa si quieres empezar a ganar dinero de verdad. Y cuando consigas algunos ahorros, incluso podrías meter una bolsita de incienso entre tu ropa.

—E-entiendo. Muchas gracias, eh… —dijo Yorgos antes de quedarse a medias.

—Llámame como prefieras —respondió Erich al notar su vacilación. El ogro decidió imitar a sus nuevos Hermanos.

—Eh… ¿Jefe? ¿Qué está haciendo? —le preguntó.

—¿No es obvio?

En ese mismo instante, todos pensaron exactamente lo mismo: ¡Está preguntando porque no es obvio!

Ricitos de Oro había disuelto una pastilla de jabón en un cubo de agua caliente para lavar el cabello. Hasta ahí todo era normal. Bueno, al menos para él. Tenía sentido utilizar agua jabonosa para limpiar el cuero cabelludo y el pelo y evitar que piojos y pulgas hicieran allí su hogar. Lo que había desconcertado al grupo era que Ricitos de Oro estaba lavándole el cabello al mago. Mientras tanto, Mika balanceaba las piernas sobre el taburete como un niño feliz. Ambos parecían convencidos de que aquello era la cosa más normal del mundo.

—¿Ocurre algo, chicos? —preguntó Ricitos de Oro.

—Absolutamente nada, viejo amigo —respondió Mika—. Oooh, un poco más a la izquierda. Los hechizos de Limpieza son útiles durante los viajes, pero no hay nada como lavarse el cabello con agua caliente.

Los Hermanos observaban cómo su jefe, un héroe en ascenso de Ende Erde, lavaba el cabello de un joven cuyos ojos se habían entrecerrado de satisfacción como los de un gato feliz. Erich respondió a la petición adicional de Mika con una amplia sonrisa. Para los espectadores aquello podía resultar extraño, pero ninguno sabía que esa había sido una costumbre habitual entre ambos amigos desde sus días en la capital. Si hubiera podido, Erich probablemente les habría recordado que los propios Hermanos también le habían echado agua caliente sobre la espalda en más de una ocasión.

—Has estado entrenando bastante, viejo camarada —dijo Erich.

—Pensé que debía aprender a manejar una lanza, por si acaso. ¡Aunque comparado contigo parezco prácticamente un enclenque! Es bastante vergonzoso.

—En absoluto. Tienes una buena musculatura. Estoy impresionado.

Erich lavó cuidadosamente el cabello de Mika mechón por mechón y, cuando terminó, lo enjuagó con un cubo de agua limpia. El cabello de Mika ya era brillante y sedoso de por sí, pero ahora los rayos de luz que entraban por el tragaluz proyectaban sobre él una especie de halo luminoso.

Tras dos o tres enjuagues, Erich finalmente dio por terminado su trabajo, claramente satisfecho consigo mismo. Entonces le llegó su turno. Se sentó de espaldas a Mika y comenzó a deshacer sus características trenzas doradas. Era difícil determinar exactamente cuánto medía el cabello de Ricitos de Oro, ya que normalmente lo dividía en dos trenzas de tres cabos que luego recogía en un moño sobre la cabeza. Sin embargo, una vez suelto, le llegaba hasta la cintura.

Yorgos dejó escapar un suspiro de desconcierto. Sí, aquel cabello hacía pleno honor a su apodo.

Un aventurero podía pasar varios meses en la carretera durante un trabajo de escolta promedio. Yorgos estaba completamente maravillado por lo hermoso que Erich conseguía mantener su cabello a pesar de su profesión. Sin que nadie de los presentes lo supiera, el cabello de Erich había recibido una bendición que no pertenecía al mundo mortal y, por ello, sus dorados mechones, tan exuberantes que incluso las hijas de los nobles los codiciaban para sí mismas, seguían brillando con su esplendor habitual.

Una sola hebra bastaría para confeccionar un brazalete de belleza incomparable, suponiendo que existiera alguna posibilidad, por remota que fuera, de separarla de su dueño.

—Muy bien, ahora me toca a mí —dijo Mika.

—Gracias, viejo amigo.

Los aventureros quedaron estupefactos ante la naturalidad con la que respondió Ricitos de Oro. Aquellos que llevaban más tiempo en la Hermandad sabían que Ricitos de Oro jamás había permitido que otra persona le ayudara a lavar su cabello. Siempre ponía la excusa de que era demasiado largo y supondría demasiadas molestias. Por eso fue una auténtica conmoción verlo permitir que otra persona asumiera aquella tarea.

El mago se colocó detrás del espadachín y, con el cuidado y la delicadeza que uno dedicaría a una obra de arte, tomó el cabello entre sus manos. Mika dejó que los mechones se deslizaran entre sus dedos y, sin que nadie lo advirtiera, permitió que sus labios los rozaran.


[Consejos] Los baños públicos del Imperio suelen ser gratuitos para garantizar que una higiene adecuada alcance a todos los sectores de la comunidad, aunque algunas regiones más pobres cobran una tarifa de entrada para cubrir los gastos de mantenimiento. 

 

¿Quieres discutir de esta novela u otras, o simplemente estar al día? ¡Entra a nuestro Discord!

Gente, si les gusta esta novela y quieren apoyar el tiempo y esfuerzo que hay detrás, consideren apoyarme donando a través de la plataforma Ko-fi o Paypal

Anterior | Índice | Siguiente