Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 11. Torre de Vigilancia

Adol se incorporó y miró a su alrededor, sacudiéndose los restos del sueño. A estas alturas, compartir la mente de Dana y conocer más sobre su vida se había convertido en parte de él. No estaba seguro de si aquella chica existía siquiera en la vida real, pero había llegado a esperar con ansias esa cercanía en sueños, quedarse dormido para sumergirse en su mundo, que se sentía casi tan real como el suyo propio.

El sol naciente apenas se alzaba sobre el horizonte, proyectando largas sombras sobre la playa. Laxia estaba en la entrada de la gruta, recogiéndose el cabello. Al otro lado del fogón apagado, Sahad estiró los brazos y bostezó.

—¡Buenos días!

Laxia lo miró con reproche.

—Probablemente debería haberlo mencionado antes, pero no deberías bostezar delante de otras personas.

—¿Eh? —Sahad parpadeó—. ¿Los nobles no hacen eso?

—Nadie hace eso. Es simple sentido común. —Miró a Adol—. ¿No estás de acuerdo?

Adol se encogió de hombros.

—No es gran cosa.

—¿De verdad? —frunció el ceño—. Y pensar que te tomé por alguien civilizado.

Sahad resopló.

—Ser una dama noble suena bien pesa’o.

Laxia hizo una pausa. Por un momento, a Adol le pareció que estaba reuniendo fuerzas para otro arranque de mal genio. Pero, inesperadamente, estalló en carcajadas.

Los tres no pudieron dejar de reír durante todo el desayuno mientras Laxia y Sahad recordaban algunas de las normas de comportamiento de la nobleza que, en efecto, parecían ridículas. Nada de eructar. Nada de tirarse pedos. Nada de rascarse, bostezar o estirarse. Nada de servirse la comida o la bebida uno mismo… y, desde luego, jamás servir a otros. Nada de señalar con el dedo. Nada de sorber. Nada de quedarse mirando fijamente, a menos que se quisiera ofender deliberadamente. Con tantas restricciones, ser una dama era, en efecto, bastante duro. En palabras de Sahad, para Laxia aquello debía de ser pan comido en Pueblo Náufrago. Laxia estuvo totalmente de acuerdo.

Después del desayuno, abandonaron su refugio y continuaron explorando.

La playa bordeaba la bahía hacia la desembocadura de otro río que descendía desde las montañas a través de un profundo cañón. No había forma de cruzarlo allí, así que tomaron cuesta arriba, siguiendo el sendero que habían visto tomar a Hummel el día anterior.

Tras subir varias terrazas, llegaron a una zona llana abierta por todos lados, desde donde se tenía una buena vista del valle. En su centro se alzaba una alta torre de observación.

Se detuvieron.

La torre aprovechaba ingeniosamente un árbol muerto que se erguía al borde del acantilado, seco pero lo bastante resistente como para sostener una escalera de madera y una plataforma de observación techada en lo alto. Parecía mucho más nueva que cualquiera de los asentamientos piratas que habían descubierto hasta entonces… y estaba bien mantenida, como si alguien la hubiera estado usando con regularidad.

—¿Tú crees que ese tal Hummel fue el que la armó? —preguntó Sahad.

Adol negó con la cabeza.

—No lo creo. Lleva aquí tanto como el resto de nosotros. No habría tenido tiempo.

—Echemos un vistazo, —sugirió Laxia.

Adol tomó la escalera y la probó para comprobar su resistencia. Parecía lo bastante sólida.

La plataforma de observación en la cima de la torre era lo suficientemente amplia como para que los tres pudieran estar allí, con espacio para moverse y observar la isla en distintas direcciones. Sobre sus cabezas se extendía un techo hecho de tablas y cubierto con hojas secas de palma, lo bastante resistente como para soportar una tormenta. Una barandilla robusta hacía seguro caminar por la plataforma sin preocuparse por caer al vacío. Adol se detuvo para contemplar la bahía desde una vista de pájaro. El islote en su centro parecía más grande desde allí arriba, con la mayor parte de su superficie cubierta por un gran árbol que se alzaba sobre las rocas. El humo de la hoguera de Pueblo Náufrago ascendía de forma constante hacia el cielo en el extremo opuesto de la bahía. Entre ambos se extendía la selva pantanosa que habían cruzado para llegar allí, una franja de vegetación exuberante impregnada por los vapores que surgían del agua.

Se giró hacia la viga central, cubierta de notas clavadas directamente en la madera. Parecían páginas arrancadas de un diario o cuaderno, todas escritas con la misma letra: uniforme y firme, con un trazo elegante en cada mayúscula que resultaba a la vez distintivo y refinado. Algunas de las notas estaban descoloridas y manchadas, probablemente dañadas por el agua de lluvia. Otras parecían más recientes.

Ya llevo veinte días aquí, —leyó Laxia en voz alta—. Supongo que debería empezar a explorar la isla en lugar de esperar a morir. Creo que este es el lado sur de la isla .

—Mira esta, —dijo Sahad desde el otro lado—. Mientras caminaba por el valle, fui ataca’o en la niebla por una criatura que nunca había visto. Una bestia fantástica, me recordó a historias que había oí’o antes… —frunció el ceño—. La siguiente parte está to’a emborroná’. Creo que dice Pri… Pre…

—Primordiales, —Laxia mantuvo la vista fija en la página desgarrada.

—¿Primordiales? ¿Y eso de qué va?

—Obviamente, por el contexto, debe referirse a algún tipo de especie antigua.

Adol reconoció el tono cortante. Claramente sabía algo que no estaba revelando. Necesitaban hablar de eso pronto, pero por ahora insistir no parecía productivo. Por suerte, Sahad no pareció notarlo mientras pasaba a la siguiente nota.

Después intenté ir a la región norte de la isla, pero el camino era demasia’o difícil de atravesar. ¿Eh? —Sahad frunció el ceño—. Parece que el que escribió esta nota la firmó con una «T». ¿Qué clase de nombre es ese, oye?

—Probablemente sea una inicial, —sugirió Adol.

—Me pregunto si ese tal T seguirá con vida.

Adol también se lo preguntaba. A juzgar por la construcción, por la caligrafía cuidada de aquellas notas, dedujo que ese tal T era alguien instruido y hábil, un superviviente varado en la isla como ellos, con talento para encontrar recursos y utilizarlos a su favor. Alguien a quien definitivamente querrían conocer. Deberían hacer todo lo posible por encontrarlo.

Desde lo alto de la torre, tenían una mejor oportunidad de examinar el terreno que tenían por delante. Parecía complicado. El camino que habían estado siguiendo se abría paso entre las rocas hasta el borde del cañón, donde un reciente deslizamiento de tierra había destruido una sección de la ladera, creando una brecha imposible de cruzar. Otro camino se bifurcaba hacia el este, adentrándose en un valle estrecho. Una gran extensión de selva se extendía hacia el sureste, con una playa apenas visible más allá.

Bajaron de la torre y continuaron por el sendero que ascendía con fuerza hacia las colinas. A medida que ganaban altura, este se volvía más estrecho, serpenteando entre las rocas que surcaban el costado del cañón, tan profundo que les costaba ver el río en el fondo.

El camino terminaba abruptamente en el borde del acantilado. Se detuvieron, observando al otro lado del cañón.

—Parece que antes había una forma de cruzar por aquí, —dijo Adol—. El camino parece continuar al otro lado.

—Bueno, —respondió Laxia—, ya no hay forma de cruzar por aquí.

Adol alzó la vista hacia la montaña. Si querían explorar toda la isla, tendrían que encontrar una forma de escalarla. Aquel cañón frente a ellos formaba una barrera decisiva que los separaba de ese objetivo. Tal vez, si seguían el valle hacia el este, podrían encontrar otra ruta.

—A mí me parece bien, —murmuró Sahad—. No veo pa’ qué tenemos que andar por ahí igual. —Se apartó un poco del abismo.

El sendero se alejaba del borde de los acantilados, internándose en un valle estrecho. Al entrar en la zona, Laxia, que caminaba delante de Adol, se detuvo tan de repente que él casi chocó con ella. Sus ojos se abrieron de par en par al darse cuenta de lo que estaba mirando.

Hummel estaba de pie bajo un gran árbol justo enfrente, de cara a ellos.

—Oye, ¿qué…? —Las palabras se congelaron en los labios de Adol cuando Hummel se descolgó el rifle del hombro y lo apuntó hacia el grupo que se acercaba.

Un disparo resonó en el aire.

A Adol le llevó un momento darse cuenta de que nadie estaba herido. Otro más en procesar el eco; el aleteo de las aves sobresaltadas por el ruido; el golpe sordo de un cuerpo pesado al caer al suelo detrás de él.

Adol se giró.

Un lobo muerto yacía en la hierba, con los colmillos al descubierto y las patas aún extendidas en pleno salto. El disparo de Hummel debió de alcanzar a la bestia justo cuando se abalanzaba. De no haberlo hecho, alguien del grupo habría resultado herido o muerto.

Adol soltó lentamente el aire, maldiciéndose por dentro por no haber oído la aproximación sigilosa del lobo. De no ser por Hummel… Aquel hombre era claramente alguien de temer. Adol había visto rifles antes, pero nunca había conocido a alguien capaz de usarlos con tal rapidez y precisión. No era de extrañar que Hummel hubiera rechazado su oferta de ayuda y compañía. Evidentemente, creía que no necesitaba la ayuda de nadie. Y quizá tenía razón.

—Nos has asustado, —dijo Adol—. Pero… gracias.

Hummel volvió a asegurar el rifle a su espalda de un gesto, observando al grupo con calma. No parecía tener intención de decir nada.

—Podrías habernos avisado antes de disparar, —replicó Laxia con brusquedad.

—Sí, —coincidió Sahad—. Me pegué el susto de mi vida, casi me meo encima. Pudiste haber dicho algo cuando nos apuntaste con esa cosa.

—Es cierto, —los labios de Hummel se curvaron levemente—. Y habrías acabado con un brazo menos antes de que yo disparara.

Laxia abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla, desviando la mirada hacia el lobo muerto.

—Por cierto, voy a ir con ustedes, —dijo Hummel.

Los ojos de Laxia se abrieron de par en par.

—¿Pe-perdón?

—Nos dirigimos en la misma dirección. —Hummel deslizó la mirada hacia Adol, como esperando su respuesta.

Adol sostuvo su mirada. A pesar de lo extraño del comportamiento de Hummel, tenía una buena impresión de él. Hummel encajaba con total naturalidad en su entorno: la única persona que habían conocido en la isla hasta ahora que parecía estar completamente en su elemento. Podrían aprovechar a alguien así —y ese práctico rifle suyo— en el equipo de exploración.

—Bienvenido a bordo, —dijo Adol.

Hummel asintió y se unió al grupo como si la cuestión hubiera quedado zanjada de una vez por todas. Laxia lo miró de reojo, pero no puso más objeciones mientras reanudaban la marcha por el sendero.

El estrecho desfiladero que se abría ante ellos tras la siguiente curva del valle parecía casi demasiado pintoresco para ser real. Un torrente furioso se abría paso entre las rocas, cuyas formas fluían como elaboradas esculturas abstractas, resaltadas por el agua que giraba y se arremolinaba en la base antes de precipitarse por el cañón en una poderosa cascada.

Más adelante, la entrada de una cueva se abría como una boca. Bajo la luz rojiza del atardecer, sus bordes irregulares proyectaban sombras grotescas sobre el claro.

—Una cueva. Podría llevar al otro lado del valle. —Hummel miró a Adol como si esperara que él tomara la iniciativa.

Adol lo consideró. Probablemente Hummel tenía razón. Según el mapa dibujado por el Capitán Barbaros, debería haber una playa —posiblemente con náufragos— en algún punto al final de ese camino, seguramente inaccesible desde la costa. Pero aventurarse en una cueva oscura tan cerca del anochecer parecía una mala idea. No sabían cuánto se extendía ni qué criaturas podrían habitar en su interior.

—Se está haciendo tarde, —dijo—. ¿Por qué no acampamos aquí esta noche y exploramos la cueva mañana?

Hummel demostró ser invaluable cuando se trataba de acampar. La forma en que tallaba estacas para la tienda y soportes para el caldero con su cuchillo de aspecto intimidante parecía casi un espectáculo; cada movimiento era tan rápido y preciso que Adol no podía apartar la mirada. Con Hummel involucrado, no pasó mucho tiempo antes de que todos estuvieran sentados alrededor del fuego, comiendo sus raciones y disfrutando del calor.

—Entonces, ¿qué has esta’o haciendo en esta isla, tú solo? —preguntó Sahad.

Hummel mantuvo la cabeza baja. Bajo el ala de su sombrero, Adol no podía ver su rostro. ¿Qué clase de persona mantiene el sombrero puesto por la noche, sentado junto a una hoguera?

—Soy transportista, —dijo Hummel al cabo de un momento—. ¿Alguna vez han oído hablar de eso?

—¿Transportista? —Sahad alzó las cejas—. Ah, ya veo. ¿Correo? ¿Paquetes?

—Cualquier cosa. Contrabando. Cadáveres. Para mí todo es lo mismo.

—¿Cadáveres? —los ojos de Sahad se abrieron de par en par.

Laxia asintió, como si esa información encajara las piezas en su mente.

—Los transportistas están muy involucrados en el submundo criminal. —Miró a Hummel con desagrado—. Mucha gente utiliza sus servicios para transportar todo tipo de materiales ilícitos.

—Vaya, qué cosas, —Sahad parecía fascinado—. Entonces, ¿qué hace un transportista como tú en una isla desierta?

Hummel levantó un poco el rostro. La luz del fuego iluminó la línea de su mandíbula y rozó su mejilla, pero dejó sus ojos en la sombra.

—No sería profesional responder a eso.

—¿Profesional?

—Como transportista, vivo según tres reglas inquebrantables: nunca incumplir un contrato, nunca hacer preguntas y nunca abrir el paquete.

—Hm, ya veo…

Los labios de Hummel se curvaron levemente.

—Tranquilos. No tengo intención de hacerles daño a ninguno de ustedes.

Sahad sonrió.

—Ah, bien. Ahora me siento mucho más seguro.

Terminó su té, se levantó y se dirigió a la tienda. Los demás también se pusieron en pie, apagaron la hoguera y se acomodaron para dormir.

 

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