Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 10 Finales de la Primavera del Decimoctavo Año (II) Parte 1

 

Preparativos para el viaje

No se puede simplemente lanzarse a una aventura sin hacer los preparativos adecuados de antemano. Dichos preparativos no consisten únicamente en anotar el inventario en la hoja de personaje; también hay reuniones que celebrar, conocidos que presentar y toda clase de asuntos y enseres que deben organizarse.


 

Hacía ya mucho tiempo que me había acostumbrado a la idea de que excederse en algo era tan malo como quedarse corto. Eso se aplicaba el doble ahora que me había abierto camino a base de relaciones hasta convertirme en el jefe de un clan de tamaño razonable. Un arma excesivamente grande terminaría arrastrando a su portador en lugar de ser empuñada por él y, en el peor de los casos, la falta de fuerza física básica acabaría comprándote una muerte patética y vergonzosa. Vivir cómodamente dependía de elegir herramientas con el tamaño y el peso exactos para uno mismo.

Fama Resplandeciente había sido una inversión realmente sólida. Con los poetas metiéndome en toda clase de canciones sin que yo lo supiera, la experiencia había comenzado a acumularse a medida que las historias se extendían por toda la tierra. Me emocionó muchísimo descubrir que incluso una fama tan modesta y nacida desde las bases contaba para Fama Resplandeciente; me sentía como un ganador de la lotería, desesperado por aprovechar sus ganancias antes de que los buitres y los recaudadores de impuestos llegaran para quedarse con su parte.

Por desgracia, cuando miré mi hoja de personaje, entusiasmado por haberme vuelto mucho más fuerte gracias a toda aquella experiencia acumulada, noté un pequeño problema. No era nada vergonzoso; había alcanzado un admirable nivel intermedio. En cierto sistema, podrías decirme que ya era hora de dejar a un lado al viejo y confiable señor Maza y empuñar una espada para mejorar mi capacidad de daño. El problema era que no había desarrollado realmente el tipo de poder que puede verse en una hoja de personaje. Había conseguido mucho más a nivel material: en términos de personas y objetos.

—Mmh, ¿ya es de mañana…? —murmuré, despertándome a la misma hora de siempre. Sentí aquella familiar sensación de seguridad gracias a la cálida presencia sobre mi pecho. Abrí los ojos bajo la tenue luz matinal y vi a Margit durmiendo plácidamente encima de mí. Su respiración era tranquila; el ligero movimiento de su pecho sugería que todavía estaba profundamente sumida en el reino de los sueños.

Nuestros pechos estaban muy cerca y podía sentir los latidos de su corazón, pero, extrañamente, parecía que nuestros corazones latían al mismo ritmo; era como si nuestras propias vidas estuvieran entrelazadas.

El día anterior me había traído un reencuentro que jamás habría imaginado ni en mis sueños más descabellados, y Margit había terminado bebiendo a tal velocidad que llegué a preguntarme si aquello era algún tipo de desafío. Al final se quedó completamente inconsciente y tuve que llevarla a casa en brazos. Con ella encima de mí ahora, mis pensamientos derivaron hacia la época en que habíamos llevado nuestra relación un paso más allá. Ahora me sentía muy culpable por ello. Había estado tan absorbido por mis propios problemas que, al final, Margit había terminado «entregándose» a mí para animarme. Ojalá hubiera sido más capaz de lidiar con mis propios asuntos; debería haber sido yo quien hiciera que su primera noche fuera especial e imposible de olvidar.

La había hecho esperar mientras la edad que ella consideraba ideal para casarse prácticamente había pasado de largo, la había traído hasta aquí para compartir el estilo de vida nada lujoso que yo había elegido y, para colmo, había sido tan débil que la obligué a renunciar a algo más por mi causa. Si era sincero, resultaba bastante vergonzoso. Margit siempre me había mostrado una lealtad feroz y yo quería asumir mi responsabilidad. Nuestra relación era agradable, sí, pero no quería seguir alargando las cosas indefinidamente. Lo último que deseaba era convertirme en alguien que trastoca la vida de su pareja y luego no se responsabiliza de todo lo que viene después. No era el tipo de persona que haría algo así con ella y simplemente se aprovecharía de la situación.

Así que anoche, con la llegada de mi viejo camarada desde tierras lejanas, había intentado tener una conversación seria sobre estos asuntos, pero, bueno, las cosas no salieron exactamente según lo planeado. Dicho de forma más directa, después de un poco de provocación juguetona levantando faldas, aquellos deseos que había reprimido a los quince años volvieron a estallar con fuerza.

Era algo que conocía en teoría, pero que había tenido pocas oportunidades de experimentar de verdad: mi alma se acercaba a los cincuenta años, pero seguía estando sujeta a la edad de mi cuerpo físico. Del mismo modo que un alma de treinta y tantos se había entusiasmado con el infantil juego del zorro y las ocas cuando yo aún era un niño, mi cuerpo estaba al final de la adolescencia, y eso significaba que era susceptible a los caprichos propios de alguien de esa edad.

Pensándolo ahora, quizá debería haber estado agradecido. Probablemente era esa parte juvenil de mí la que me permitía aferrarme a mis absurdos sueños de convertirme en aventurero. Es un ejemplo algo distinto, pero en la Tierra observé que las personas de mi edad que vestían de manera más juvenil también tendían a ser más activas y enérgicas.

Fuera cual fuese la razón, mis estados físico y mental eran contradictorios, y eso significaba que mi relación con Margit seguía siendo, en gran medida, física. La primera vez que dormimos juntos había sido la primera vez que lo hacía después de mucho tiempo. Sumado al hecho de que los mensch y las aracne tienen constituciones distintas, perdí de vista y el control de mis propios límites y acabé excediéndome bastante. Aún me sentía culpable por ello. Mi forma de pensar, quizá algo anticuada, según la cual el hombre siempre era el responsable, lo hacía aún más difícil de aceptar, incluso si la otra parte había estado entusiasmada y receptiva desde el principio. Después de hacerlo, Margit y yo permanecimos acostados juntos en la cama, y ella me susurró con una voz agotada: «No le des tantas vueltas a las cosas. Haz lo que quieras. Yo siempre estaré detrás de ti».

Sentí como si estuviera escuchando la misma bendición que había oído cuando llegué por primera vez a este mundo. Una gran variedad de emociones imposibles de expresar con palabras afloró desde lo más profundo de mí. Esta mujer permanecería a mi lado, pese a todos mis defectos egoístas, y me permitía hacer lo que deseara hasta quedar satisfecho. ¿Podría existir un conjunto de palabras más feliz para que un hombre las oyera de labios de la mujer que ama?

Por eso seguí aventurándome con ella como compañera. A pesar de todas las advertencias internas que me decían que no debía hacerlo, no podía evitar permitirme aprovechar al máximo su bondad. Margit había añadido después de aquello: «Yo también haré lo que me plazca a cambio», pero aun así, consentirla tanto hacía que volviera a sentirme un poco patético.

La palabra familia acudió a mi mente. Familia… No lograba imaginarla del todo.

—Mm… ¿Ya estás despierto?

Mientras me perdía en mis pensamientos, Margit despertó. El Dios del Vino debía de seguir presente; todavía parecía bastante adormilada. Le acaricié la cabeza y le dije que podía seguir durmiendo todo lo que quisiera.

—Mmh… Entonces, ¿pasamos un poco más de tiempo juntos? —dijo con una voz suave, aunque ronca. Se aferró con más fuerza a la vieja camisa que usaba como ropa de dormir. Reprimí el impulso de ceder a aquella dulce invitación. Hoy era día libre, pero si me dejaba llevar por mis deseos terminaríamos pasando toda la jornada en la cama. Holgazanear todo el día con la persona que amas no era una mala idea, pero yo tenía cosas que hacer.

Necesitaba enseñarle los alrededores a Mika y luego tenía que escuchar de boca de Siegfried toda la historia de la «tormenta de mierda» por la que había pasado.

Era casi enternecedor lo mucho que Sieg insistía en que Kaya era su única y exclusiva aliada, pero sus protestas no significaban nada frente a la opinión pública, que lo veía como parte de mi propio grupo. Eso tenía como consecuencia que yo también debía asumir mi parte de responsabilidad y brindarle apoyo si había aceptado un trabajo que resultó ser más problemático que beneficioso. En general, se aceptaba que, una vez que las partes implicadas habían pagado, el trabajo debía llevarse a cabo. Sin embargo, si nos precipitábamos, no sería bueno para ninguno de los dos a largo plazo.

Rechacé el seductor contacto de Margit y me levanté de la cama. Ella también se frotó los ojos y obligó a su cuerpo a salir de entre las sábanas. Allí estaba, cuidando de mí incluso cuando le decía que no hacía falta. Era realmente irremplazable.

Nos vestimos y bajamos al comedor. Ya habían pasado tres años desde que hicimos del Gatito Dormilón nuestro hogar.

—Buenos días —dijo Shymar—. Oh, viéndolos, parece que están teniendo una muy buena mañana.

A esas horas tan tempranas, el comedor estaba vacío y la dueña de la posada estaba ocupada limpiando. Su pelaje negro seguía tan lustroso como siempre y sonrió amablemente al ver a la somnolienta Margit colgada de mi cuello.

—Buenos días, señora —dije—. ¿Puedo usar la cocina?

—Adelante. Si la usas como de costumbre, asegúrate de dejar todo en su sitio después. Y no te excedas.

La señora abandonó la sala soltando una risita algo sombría —quiero decir, no estaba equivocada, así que no tenía forma de replicar— y me dirigí a la cocina para desatar la magia que normalmente mantenía oculta en mi vida diaria. Sin demasiada dificultad, invoqué varias Manos Invisibles para arrojar algo de leña al fuego (tres assaris por un haz) antes de lanzar un pequeño hechizo de ignición para prenderla. Incluso una chispa diminuta bastó para encender un fuego vigoroso y, al poco tiempo, ya estaba listo para ponerme a cocinar.

—¿Qué estás preparando? —preguntó Margit.

—Una sopa a base de leche. ¿Qué te parece? —pregunté.

—Ahh… Sí, suena perfecto para cuando el Dios del Vino se queda más tiempo del debido.

No podía cocinar bien con ella colgada de mi pecho, así que la acomodé sobre mi espalda y tomé una cebolla de la despensa. Una jarra metálica de leche de una granja local se mantenía fría dentro de un recipiente con agua; tomé la cantidad necesaria para llenar una cacerola. Agradecía aquel práctico sistema: mientras anotaras lo que utilizabas y lo pagaras después, podías tomar lo que necesitaras.

Freí la cebolla cortada en finas rodajas junto con mantequilla para resaltar su dulzor natural. Luego añadí algo de carne seca y hierbas para eliminar parte del sabor salvaje y dejé que todo se cociera lentamente en la leche. Este guiso era mi remedio universal contra la resaca. Me habría gustado añadir caldo instantáneo o pimienta negra, pero lo primero pertenecía a un tiempo y un lugar lejanos, y lo segundo podía costarte varias monedas de plata por apenas unos pellizcos.

Por suerte, era un plato que sabía bastante bien sin demasiados ingredientes y tampoco requería mucho tiempo de preparación. Serví el guiso en dos cuencos poco profundos y Margit comenzó a comer tras dar unas rápidas palabras de agradecimiento.

—¿Necesitas algo de pan? —pregunté.

—Estoy bien…

Uf, realmente lo estaba pasando mal. Margit siempre comía algo de pan y carne para mantener sus energías, pero estaba demasiado agotada para eso. Tampoco era una gran sorpresa después de la cantidad de güisqui que había bebido directamente. Mientras la observaba llevarse cucharadas de guiso a la boca, escuché dos pares de pasos bajando por las escaleras. Pude identificar de quiénes se trataba por su peso y su forma de caminar.

—Buenos días, Siegfried, Kaya —dije.

—No hagas eso antes siquiera de que entremos. Me da escalofríos —dijo Sieg.

—Buenos días, Erich —dijo Kaya.

Mis dos amigos por fin se habían despertado y parecía que, mientras Siegfried seguía luciendo completamente agotado, Kaya había logrado librarse de parte del cansancio acumulado durante el viaje. También se habían acostumbrado a despertarse a una hora fija y, por eso, no habían podido dormir hasta tarde pese a lo cansados que estaban. Además, los aventureros que han dormido demasiadas veces en camas desagradables desarrollan el hábito de no permanecer acostados durante mucho tiempo. No habían podido aprovechar realmente una noche temprana de descanso y, aun así, allí estaban, listos para comenzar el día.

Compartí con ellos parte del guiso y finalmente pregunté por su trabajo más reciente.

Sieg gruñó mientras removía el guiso y puso una mueca desagradable.

—Vaya trabajo de mierda, viejo…

¿Qué demonios había ocurrido en todas aquellas posadas de camino?

—Vamos, hasta yo me doy cuenta de que es raro que nada menos que la mitad de las posadas en las que paramos se hubieran corrompido —murmuró Siegfried al terminar de explicar el infernal viaje que él y Kaya habían tenido por el camino. Incluso mientras comía, su expresión no abandonó ni por un instante aquel gesto de absoluto disgusto.

—Sí, es extraño… —dije—. Estaban recorriendo una ruta comercial a lo largo de una de las carreteras principales.

Realmente era extraño. Se suponía que este había sido un trabajo bastante sencillo y directo, aunque hubiera mucho en juego. ¿Qué estaba ocurriendo?

—Muchas de las posadas del camino que se volvieron bandidas estaban muy ligadas a las poblaciones de viajeros cercanas. Odio darte malas noticias, pero no estábamos en posición de andar llevando gente ante la Guardia ni na’ parecido. Tuvimos que liquidarlos allí mismo. En algunos de esos lugares, hasta los niños participaban en el negocio. Me dan ganas de vomitar con solo pensarlo…

—¿Hablas en serio?

—¡Eso mismo quisiera preguntar yo! Pensé que nos quedaríamos sin sal antes siquiera de haber recorrido la mitad del camino de vuelta.

No era raro que trabajos que parecían simples sobre el papel terminaran llegando a la Hermandad. Algunas de aquellas posadas estaban administradas por personas aprobadas oficialmente por el gobierno, por lo que nos habían dicho que descubrir cualquier irregularidad supondría una gran mancha para el nombre de la familia Mars-Baden. Estaban seguros de sí mismos, pero para cerciorarse por completo nos habían enviado por delante como una especie de exploradores para confirmar que todo funcionaba como debía. Sin embargo, la historia de Siegfried echaba por tierra todas mis expectativas. ¿Cómo era posible que la mitad de aquellos lugares hubiera caído en semejante estado de degradación?

El comentario de mi camarada sobre quedarse sin sal no tenía nada que ver con la cocina. Habían recibido sal por si resultaba necesario salar las cabezas de los propietarios de aquellas posadas de carretera para conservarlas durante el viaje de regreso a Marsheim. Era una locura que hubieran acumulado tantas cabezas que casi se les agotara. Siegfried y su grupo habían partido con dos carruajes y un barril entero de sal. Haciendo unos cálculos rápidos de cabeza, había traído de vuelta alrededor de una docena de cabezas para entregarlas a las autoridades…

—Fue incluso peor hacia el oeste, donde los antiguos señores locales siguen teniendo mucho poder —continuó Siegfried—. Pinché a uno de ellos por la espalda y conseguí que confesara sus fechorías y, ¿sabes qué encontramos? Una fosa poco profunda con más de una docena de cadáveres dentro.

—Si todo esto es una broma, entonces ya ha ido demasiado lejos —murmuré—. Estamos en la frontera entre el Imperio y las regiones occidentales. Si el comercio se estanca, también lo hace el flujo de dinero. Los hombres fuertes de las provincias deberían saberlo.

El principal recurso del Imperio Trialista de Rhine era su territorio, por lo que sus carreteras eran sus arterias. Existían tres categorías de caminos; los más grandes y mejor mantenidos eran las carreteras centrales. Estas no eran perfectamente uniformes en todo el Imperio, pero por lo general estaban bien patrulladas y se realizaban numerosas inspecciones a lo largo de ellas. Resultaba casi impensable que algo tan terrible estuviera sucediendo bajo su vigilancia.

Me recosté en la silla y apoyé una mano sobre la frente mientras clavaba la vista en el techo.

El Imperio y sus estados satélite formaban un bloque económico, pero el dinero extranjero era crucial. En las zonas periféricas del Imperio, algunos comerciantes solo acudían para reabastecerse o vender mercancías, lo que significaba que muchos comerciaban únicamente con las monedas de sus países de origen para evitar pérdidas por el tipo de cambio. Ese dinero era vital para la diplomacia, por lo que el gobierno estaba tratando activamente de facilitar el intercambio de divisas. ¿Y pensar que había gente que había desechado toda esa prosperidad económica para dedicarse a asaltar cada caravana que pasaba por su puerta? ¿Y en semejantes cantidades? Esto no podía ser el simple capricho de una sola persona.

—¿Dónde fue peor? —pregunté.

—En todos los lugares más alejados. Uno de los cantones donde paramos para reabastecernos simplemente había desaparecido. Por cómo se veía el lugar, probablemente fue obra del Triturador de Cantones.

Yo no tenía resaca, pero aun así sentí que un terrible dolor de cabeza comenzaba a aparecer.

—¿Qué demonios están haciendo los caballeros de patrulla…? —murmuré.

—Lo más probable es que estén dándose un festín con algún soborno jugoso. ¿Sabes qué pasó cuando reunimos a unos caballeros al servicio de un señor local y nos los llevamos de patrulla?

—…Los atacaron.

—¡Sí, nos atacaron, maldita sea!

Los dos nos llevamos las manos a la cabeza.

Había sido un acto de legítima defensa completamente razonable, pero abatir a un auténtico caballero traía consigo problemas. Por suerte, Siegfried había reaccionado con rapidez y comprendió que no podían permitirse dejar supervivientes que acabaran con ellos más adelante. Se habían deshecho de cualquiera que pudiera difundir rumores sobre aquel enfrentamiento, pero, por los dioses, aquello iba a ser una molestia enorme de resolver.

Nosotros teníamos razón. Habíamos actuado en defensa propia y corregido abusos cometidos en las mismas rutas comerciales establecidas por el primer emperador. Sin embargo, el honor por sí solo no bastaba para ganarse el favor de la ley.

La casa noble a la que pertenecían aquellos caballeros protestaría. Las únicas pruebas tangibles procedían de aquellas posadas corruptas, lo cual era prácticamente lo mismo que no tener pruebas en absoluto. Era casi seguro que la otra parte aparecería armada con un sinfín de argumentos para presentarnos como los villanos. Si las cosas se torcían de verdad, probablemente acabaríamos siendo nosotros quienes nos sentáramos en el banquillo de los acusados para dar explicaciones.

Normalmente habría reprendido a Siegfried por su lenguaje soez, pero en esta ocasión yo mismo tenía ganas de soltar una buena colección de maldiciones.

—Posadas corruptas… Pérdida del orden público… Y ahora Edward de Fimia ha destruido su décimo cantón. Apostaría a que su recompensa volverá a aumentar —dije.

—También vimos algunas caravanas destrozadas al borde de la carretera —añadió Siegfried—. Todo lo valioso había desaparecido, pero, curiosamente, no había señales de lucha. Parecía que a las mujeres les habían cortado el cuello mientras dormían y que a los hombres los habían dejado completamente desnudos.

—Parece que la Femme Fatale también se está divirtiendo.

Podía sentir cómo mi dolor de cabeza se convertía en una migraña en toda regla. Los tres terrores de Ende Erde eran criminales infames con recompensas de al menos cien dracmas sobre sus cabezas. Aunque habíamos puesto fin al Caballero Infernal, los otros dos, Edward el Triturador de Cantones y la Femme Fatale, seguían en libertad. Ninguno de ellos disfrutaba actuando a plena vista. En lugar de eso, se infiltraban en grupos para recopilar información antes de eliminar hasta al último testigo. Eran escurridizos y seguían sueltos.

Escuchar que ambos habían vuelto a moverse, y además al mismo tiempo, despertó una inquietud en el fondo de mi mente.

—Qué problemático… —dije—. Se suponía que esto iba a ser un trabajo fácil y muy bien pagado.

—¿Erich? —aventuró Sieg—. Tú realmente no sabías nada de esto… ¿verdad?

—¡Por supuesto que no, Siegfried! ¿Acaso parezco el tipo de hombre que enviaría deliberadamente a un amigo a una situación peligrosa?

—Pues sí.

Uf… Incluso yo sentí el daño de aquella respuesta inmediata. Sinceramente, no recordaba haber hecho jamás algo tan cruel a mi camarada. Y oye, Kaya, ¿te estás girando y tapando la boca por consideración hacia mí? No tiene mucho sentido cuando puedo darme cuenta de que te estás riendo de todas formas…

—Pues no lo soy. Lo juro por los dioses. Demonios, incluso lo juraré por la gloria de mi espada.

—¡Puede’ jurarlo por mi’ bigote’ y mi e’ponjosa colita!

—¡¿Qué carajos…?!

La repentina proclamación hizo que Siegfried se incorporara de golpe de su silla y estuviera a punto de dejar caer su cuenco. Yo pude desactivar mi alarma personal porque Margit no se había puesto en guardia y porque reconocí aquella voz.

En una esquina de la cocina estaba Schnee, vestida con uno de los uniformes de camarera del Gatito Dormilón.

¿De dónde había sacado ese uniforme?

—Buenos días para ti también, Fraulein Nívea —dije—. Aparecer así de repente no le hace ningún bien a mi corazón. Preferiría que dejaras de hacerlo.

—¿De verdad puede’ culpar a una chica por salir corriendo en su propia defensa cuando oye a su mejor cliente quejándose de la mala calida’ de su información?

El agitado movimiento de su cola delataba claramente que estaba furiosa.

—No hace falta que te diga que la’ cosa’ por aquí no son precisamente pacífica’ —continuó Schnee—. También me tomé la molestia de recopilar un registro de lo’ peore’ infractore’. Te prometo que to’a la demá’ información ha permaneci’o en secreto.

Schnee colocó las tazas de té rojo que llevaba en la bandeja sobre la mesa con la elegancia propia de una sirvienta de primera categoría. Parecía que hoy sí estaba haciendo su trabajo mientras actuaba de incógnito. Cuando terminó, tomó la bandeja y la sostuvo contra su pecho. Toda su postura transmitía descontento.

—Tengo una red bastante grande, pero su cobertura no es perfecta cuando hablamos de los confines más remotos de los confines.

Incluso el modo de hablar de Schnee se había deformado por culpa de su mal humor. Se sentó a la mesa con su propia taza como si aquello hubiera sido el plan desde el principio y sacó un mapa de un bolsillo interior.

—Ahora bien, yo les dije que estos lugares olían mal, ¿o no?

—Sí, pero eran peces pequeños…

—Por eso mismo es bastante condenadamente raro que hayan teni’o tanta suerte con este asunto.

El lugar que Schnee señalaba con una afilada garra era el gran premio que Siegfried había encontrado por casualidad: una población de viajeros que no estaba llena de simples bandidos, sino de asesinos sedientos de sangre.

—Cuando hice mi investigación, los lugares bajo la jurisdicción de los señores locales, reforma’os o no, no estaban causando ningún problema. Sin embargo, ustede’ tuvieron que lidiar con un desa’tre considerable. ¿Se le’ ocurrió algo?

—Mmm… A vers. «Uf, esto apesta de verdad. ¿Por qué demonios tuvieron que hacer esto justo cuando yo estaba en la ciudad?»

Con la cabeza todavía entre las manos y la cara apoyada sobre la mesa, Siegfried se rascó el cuero cabelludo mientras murmuraba. Le dediqué una silenciosa oración. Quería que supiera que, gracias a sus grandes esfuerzos, había salvado vidas que de otro modo se habrían perdido en el futuro. Desde mi punto de vista, tenía todo el derecho a sentirse orgulloso y a concentrarse en los aspectos positivos en lugar de los negativos.

—Ahora tengo alguna’ noticia’ recién sali’a’ del horno pa’ ti.

—Las tomaré. Ponles precio y pagaré —dije.

—De verdad que no tiene’ ningún talento pa’ regatear… Pero bueno. Lo’ precio’ má’ bajo’ de la región —dijo Schnee.

Parecía molesta porque ni siquiera me atrevía a ofrecer una cifra inferior a la primera que ella proponía y, como siempre, le entregué sus habituales veinticinco libras. Los puertos fluviales eran tierra santa para comerciantes y mercaderes, y me imaginaba que Schnee también tenía su propio orgullo profesional en lo que respectaba a las ventas.

—Estamo’ viendo cada vez má’ caballero’ abandonando su’ puesto’ —dijo Schnee—. Tiene’ a pece’ pequeño’ como sir Wiereck y sir Ersch, pero también a figura’ importante’ como sir Bauffe, también conoci’o como el antiguo duque Vaudenie.

—¿Abandonando? No te refieres a cambiar de bando o huir durante la noche, sino…

—Presentaron carta’ formale’ y dejaron el servicio de su’ señore’.

Ahora sí que aquello era extraño.

No estaba insinuando que fuera raro que los caballeros abandonaran su empleo. Era algo completamente normal que la gente dejara a sus señores si estaba particularmente descontenta. De hecho, a veces las personas simplemente se marchaban porque de repente se daban cuenta de que habían perdido toda alegría por el mundo que las rodeaba.

Lo extraño era ver a tantos caballeros de una misma región presentar su renuncia al mismo tiempo, por así decirlo. Más extraño aún era que incluso sir Bauffe, quien había sido duque a las órdenes de los señores locales y que posteriormente se había pasado al bando imperial para recibir un título de caballero, hubiera abandonado su puesto. Esto no era como en el último shogunato, donde los samuráis cambiaban de rumbo según les viniera en gana; podía percibir que aquí había una maniobra política mucho más grande en marcha.

Convencer con buenas palabras a posibles traidores y elaborar planes secretos era el camino habitual hacia la guerra, pero me sorprendía ver que se estuviera llevando a cabo de una forma tan descarada. Si hubiera sido yo, habría mantenido todo oculto durante el mayor tiempo humanamente posible y habría hecho que aquellos a quienes había convencido traicionaran a sus señores en el último momento posible. No había nada más aterrador que una traición que jamás viste venir. Había jugado suficientes juegos en los que bajaba la guardia cerca de aliados en quienes creía poder confiar, solo para que el conflicto estallara cuando el ataque provenía desde dentro de la propia casa.

Esperaba que hubiera alguna razón por la que no estaban actuando así. Era posible que el Imperio estuviera intentando provocar a los señores locales, pero podía pasarme una eternidad formulando hipótesis. Nunca se sabía qué sorpresas podía deparar Ende Erde.

—To’ e’te desa’tre ha provoca’o que el control administrativo de la’ faccione’ proimperiale’ se haya debilita’o. Esta oleá’ de posada’ ladrona’ y demá’ fechoría’ e’ una prueba má’ que suficiente de ello.

—Sí, ya lo creo…

Dirigí una mirada a Kaya, quien comentó con una sonrisa que las cabezas seguían magníficamente conservadas.

—En la mayoría de los casos nuestra única opción fue usar sal, pero empleé un hechizo especial en las cabezas que aún permanecían dentro de sus cascos.

El marcado contraste entre la dulce imagen de aquella joven, sonriendo con su túnica verde amarillenta, y las aterradoras cosas que salían de su boca me dejó completamente desconcertado.

Del mismo modo que Siegfried no había dejado de mejorar, nuestra herborista también había crecido, tanto en habilidades como en sentido literal. Kaya había dado un estirón considerable y podía oírse a Sieg gruñir cada vez que ambos estaban uno junto al otro. Había atraído la atención de muchos hombres, no solo por su insustituible talento como maga, sino también por su apariencia, que sus túnicas hacían un esfuerzo valiente, aunque claramente condenado al fracaso, por ocultar. Su rostro siempre había poseído un encanto tranquilo y gentil, pero con el paso de los años había adquirido una belleza más madura y una atractiva plenitud. Sin embargo, seguía conservando aquella firme determinación interior que la había impulsado a seguir el camino de Siegfried. Kaya era una mujer hermosa y de voluntad inquebrantable.

Supuse que esto era lo que había impulsado a Siegfried a dejar que los bandidos lo atacaran para luego poder castigarlos por su insolencia. Las mujeres eran criaturas aterradoras, eso era seguro.

En cuanto a sus habilidades como herborista, habían crecido junto con el resto de ella. Sus preparados habían mejorado tanto que sentía un escalofrío recorrerme la espalda cuando tenía la oportunidad de ver lo útiles que eran en acción. Todo el entrenamiento en campo que había podido realizar en combate real le había permitido refinar su enfoque a pasos agigantados.

Siempre que el corte fuera limpio y relativamente reciente, una de las mezclas especializadas de Kaya podía volver a unir un dedo amputado. Este era un nivel de habilidad que la mayoría de los magus no podía ni soñar con replicar. Mientras la observaba preparar sus distintas pociones listas para el combate, sentí que compensaban con creces su incapacidad para formular hechizos al instante.

El trabajo de nuestra herborista también había dado frutos esta vez. Por lo bien conservadas que había dicho que estaban las cabezas, sería fácil identificar quién era quién. Si teníamos suerte, el caballero en cuestión que había huido estaría entre ellas. No estaba especialmente entusiasmado con ello, pero me anoté mentalmente que debía revisar las cabezas más tarde.

—Mmm, hay muchos elementos que no me terminan de gustar —dije—. ¿Hubo alguna baja?

—Ninguna de nosotros, los Hermanos —dijo Sieg—. Pero hubo unos rojo-rubíes que vinieron husmeando de quién sabe dónde para llevarse su parte del botín. Les dije que tuvieran cuidado, pero tres de ellos salieron por la noche a divertirse y no volvieron con vida. Luego hubo algunos viajeros que se unieron a nosotros pensando que éramos comerciantes; se lastimaron, pero nada que les vaya a durar mucho tiempo. Supongo que de nuestro lado hubo algunas heridas leves, pero nada como para llorar al volver a casa.

—Yo traté a todos los heridos, y ahora están estables —añadió Kaya—. Los nuestros solo se quedaron, en realidad, con rasguños.

—Buen trabajo —dije—. Les diré a los Hermanos que hicieron un buen trabajo más tarde.

Era bueno que hubiéramos salido enteros, pero qué fastidio. Esto no podía despacharse con un «todo salió bien al final». Todo este asunto podía afectar nuestra reputación. Y no solo eso, me sentía realmente mal por los rojo-rubíes descerebrados que se habían visto arrastrados a ese trabajo de mierda y habían perdido la vida.

Siegfried no se extendió mucho sobre la batalla más allá de sus comentarios de que lo había pasado fatal, pero sabía que cuidaba bien de sus Hermanos y que cumplía cuando la situación lo exigía. Podía imaginar que había tenido un encuentro bastante peligroso si además estaba protegiendo a los más débiles que él. Yo también tenía que cumplir con mi parte; de lo contrario, quedaría mal la imagen de la Hermandad.

—Siegfried, ¿cuáles son tus próximos planes?

—Tú manejas los horarios; deberías saberlo mejor que nadie. Este fue un encargo grande, así que me tomaré cinco días libres.

Con este trabajo terminado, sabía que no tendría nada pendiente, pero aun así era educado comprobarlo.

—¿A dónde vas? —preguntó Margit con voz lánguida mientras me levantaba tras terminarme el guiso.

—Diría que iría a ver al mediador que nos consiguió este trabajo, pero eso no servirá. Iré directamente a la propia directora de la Asociación.

Necesitaba volver a mi habitación para coger una pluma y papel. Era hora de escribir una carta con un tono firme.

 

[Consejos] El Imperio ha desarrollado e invertido mucho dinero en las poblaciones de viajeros, así como en posadas y otros servicios a lo largo de las carreteras nacionales. En las periferias donde es probable que ocurran levantamientos, no solo destinan una mayor parte del presupuesto, sino que también preparan posadas a las que comerciantes y caballos pueden acceder fácilmente.

 

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