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Vol. 10 Enfrentamiento de Mitad de Campaña Parte 1
Enfrentamiento de Mitad de Campaña
En los sistemas donde el Maestro del Juego necesita debilitar a unos PJ demasiado poderosos antes del clímax, o darles la motivación necesaria para que lo den todo, el enfrentamiento de mitad de campaña puede servir como un buen combate de calentamiento. Esta batalla suele indicar que el escenario finalmente está avanzando hacia una fase mucho más peligrosa.
—Siento que ahora entiendo por qué nos entrenas de la forma en que lo haces —dijo Martyn mientras observaba las gruesas gotas de lluvia caer sobre el patio de la posada.
—¿Verdad? Hay ocasiones en las que tienes que ponerte en marcha en días como este —respondí.
Habíamos conseguido completar la entrega a pesar del mal tiempo, pero incluso varios días después el clima seguía sin mejorar lo suficiente como para recoger nuestras cosas y partir. El granizo había cesado tras medio día, pero fue reemplazado por una lluvia torrencial. El puente que debíamos cruzar había sido destruido por el río embravecido, y ahora nuestra partida llevaba cinco días de retraso. Sir Tarutung —evidentemente sometido a una enorme presión— había decidido partir pese al mal tiempo. El calendario todavía tenía un margen suficiente para absorber este retraso, pero si seguíamos esperando, nuestra siguiente llegada se demoraría enormemente, provocando una reacción en cadena de consecuencias. Ya no podíamos seguir aplazándolo. Al menos era posible marchar bajo la lluvia, aunque fuera una experiencia miserable de principio a fin, así que anoche Sir Tarutung anunció que partiríamos.
—Aun así, ojalá cambiara de opinión. Los caballos detestan este clima —respondió Martyn.
—Los caballos y nosotros pensamos igual en eso. Se te dan bien. Intenta tranquilizarlos.
Martyn lanzó una mirada abatida al cielo. Con los arneses en las manos, parecía dirigirse a los establos para preparar los caballos de la Hermandad.
Aunque no hacía demasiado tiempo que Dietrich había llegado, sus lecciones ya habían dado frutos. Las habilidades de equitación de mis compañeros habían pasado de «aferrarse con todas sus fuerzas para no caerse» a estar preparados para combatir montados. Aun así, los caballos eran animales temperamentales, y el de Martyn en particular odiaba la lluvia. Lo vi alejarse con pasos pesados.
Aunque los animales hacían lo que les pedíamos, era importante no olvidar que éramos nosotros quienes les imponíamos esas exigencias. Me daban pena. Ellos también querían pasar un día tan espantoso como este resguardados de la lluvia, igual que nosotros.
—Erich. He explorado el camino que tenemos por delante.
—Gracias, Margit. Debió de haber sido horrible ahí fuera.
Aparté la vista del aguacero, tan poco entusiasmado con nuestras perspectivas como Martyn, y me giré para ver a la exploradora de nuestro grupo junto a varias de sus discípulas. A pesar de llevar capas impermeables —unas prendas adorables que las hacían parecer teru teru bōzu— estaban empapadas como ratas. El grupo acababa de regresar de inspeccionar el puente que teníamos por delante. Un puente de piedra era fiable, pero con un clima tan terrible nunca podía darse por completamente seguro. Quería asegurarme de que no estuviéramos perdiendo el tiempo tomando esa ruta, y por la expresión de Margit ya podía imaginarme cómo estaban las cosas.
—Entonces, ¿el otro puente seguía intacto? —pregunté.
—Sí. Por suerte.
Margit tenía una expresión completamente desanimada. Era evidente que había esperado que el puente estuviera destruido para no tener que salir en medio de semejante temporal. Yo sentía exactamente lo mismo. A la Hermandad solo se le había encomendado la labor de escoltar el convoy y supervisar la carga y descarga de la mercancía. Nadie nos culparía si llegábamos tarde, y nuestro salario se calculaba por día; en otras palabras, los retrasos no nos suponían ninguna pérdida. Eso hacía que cuestionara las decisiones de Sir Tarutung, pero no era asunto mío. Entendía que a los burócratas imperiales les encantaban la eficiencia y la puntualidad, pero ojalá no tuviéramos que hacer ninguna locura.
—No te preocupes por eso. Si parece un poco inestable, puedo reforzarlo —dijo una voz desde donde estaban los carruajes. Era Mika. Acababa de terminar de reforzar los ejes y de aplicar encantamientos repelentes al agua sobre la lona de los carruajes—. Aunque con este clima no sea posible construir un puente nuevo, sí puedo asegurarme de que uno ya existente haga un esfuerzo extra para ayudarnos a cruzar.
—Cuento contigo, viejo amigo.
—Será un placer. Una de las pocas cosas de las que puedo sentirme orgulloso en esta modesta vida es de no haber estado nunca por debajo de las expectativas de mi viejo camarada.
Mika era la personificación de la fiabilidad. Para rematar, también iba a lanzar encantamientos repelentes al agua y de protección contra el frío sobre los impermeables de nuestros miembros de la Hermandad. No podía agradecerle lo suficiente que hubiera aceptado venir con nosotros. Si no estuviera aquí, quién sabe cuánto más se habrían prolongado nuestros retrasos.
—Erich, ya casi terminamos los preparativos —me llamó mi camarada.
—Gracias, Siegfried. ¿Y los Hermanos?
—Se están quejando como condenados, pero se están moviendo, así que no te preocupes. Eso sí, su opinión de ese caballero ha caído hasta el fondo del pozo.
Siegfried y Kaya también se unieron a nosotros. Ellos estaban a cargo de los miembros de la Hermandad y, por suerte, todo parecía marchar según lo previsto.
A mí tampoco me hacía ninguna gracia partir con este tiempo, así que no podía culparlos por sus quejas hacia Sir Tarutung. Habíamos depositado mucha confianza en él al unirnos a toda esta operación; era su deber valorar nuestros servicios. Con un clima como este, cualquier aventurero corriente habría roto el contrato y regresado a casa.
—Pero me pregunto una cosa —dijo Mika—. ¿De verdad estamos transportando algo tan importante como para tener que llegar a estos extremos?
—No nos queda más que aguantarnos —respondí—. Da igual que sea un caballero o un noble; al final todos son burócratas. Para ellos no hay nada más importante que un trabajo que salga según lo planeado y un plazo cumplido sin contratiempos. Sin importar qué sea lo que estemos transportando.
El dicho «desdichada es la vida del funcionario» nunca había resultado tan cierto como ahora. Si informábamos de que el puente que pensábamos utilizar estaba destruido o de que el tiempo era demasiado malo para partir, lo único que conseguiríamos sería un regaño por poner excusas. No era muy distinto de lo que había vivido en mi vida anterior. Una vez los trenes se retrasaron y mi imbécil de jefe me echó la bronca, diciendo que simplemente debería haber salido de casa más temprano para compensar los retrasos. Probablemente este era el primer trabajo importante que el barón —nuestro cliente— había recibido, así que debía de estar nervioso, pero tenía toda la pinta de ser de los que se quejaban igual que cualquier otro noble.
—Viejo, ese carruaje sí que resulta sospechoso —continué.
—¿Lo vigilaste mientras yo no estaba? —preguntó Margit.
—Por supuesto. Había gente haciendo guardia incluso cuando llovía a cántaros. Pobres desgraciados.
El viento había cambiado de dirección y ahora empujaba la lluvia bajo los aleros. Di un paso atrás, me sacudí las gotas de encima y saqué mi pipa para fumar una última vez antes de partir. Mientras yo aparentaba estar completamente tranquilo, aquellos pobres soldados de infantería que montaban guardia junto a ese carruaje reforzado daban verdadera lástima. Llevaban una pesada armadura; a esas alturas debía de estar completamente empapada. Esperaba que ninguno terminara resfriándose.
Schnee nos había advertido sobre los carruajes sospechosos, y desde que partimos me había asegurado de vigilarlos de cerca. Había puesto especial atención en uno de ellos, y aquel día seguía siendo tan sospechoso como siempre. Al observar que, a intervalos regulares, un número fijo de personas le llevaba provisiones todos los días y que nunca introducían nada demasiado grande, aunque no sabía qué había en su interior, terminé llegando a una conclusión: ese carruaje transportaba personas. Había visto cómo le llevaban comida. Si realmente había gente dentro, era lógico que nada entrara ni saliera. Al menos a corto plazo, la magia podía encargarse de sus necesidades fisiológicas. Con todo eso en mente, mi teoría no parecía tan descabellada.
—Hoy le prestaré especial atención —continué—. Quiero decir, mira el tiempo que hace.
—De verdad que eres un paranoico. ¿También crees que esta lluvia forma parte de una trampa?
—Ni hablar —respondí entre risas ante la pulla de Margit.
El clima pertenecía por completo al dominio de los dioses. Aunque la jurisdicción del panteón a veces era algo difusa y nosotros estábamos en una región remota del extremo occidental, seguíamos bajo la autoridad del panteón del Imperio. No era algo que pudiera alterarse fácilmente con hechizos ni nada por el estilo. Si empezabas a sospechar incluso de algo como eso, terminarías sospechando de absolutamente todo. Era un alivio saber que, al menos, podía confiar un poco en el clima.
Eso sí, había quienes utilizaban el tiempo atmosférico para la adivinación, como el grupo Shinonome, así que tampoco podía afirmarlo con una certeza absoluta.
—Pero un clima como este es el camuflaje perfecto para una emboscada. Diles a todos que no bajen la guardia.
Exhalé una bocanada de humo, pero el viento rugiente la deshizo antes siquiera de que pudiera tomar forma. La visibilidad era pésima, los sonidos quedaban amortiguados y los olores se mezclaban con la lluvia y el barro. Si algo iba a ocurrir, sería hoy. Recé para que todo terminara con la gente riéndose de mí por haber sido demasiado precavido.
[Consejos] Controlar el clima es una de las funciones más importantes de los dioses. El Colegio solo realiza experimentos relacionados con el tiempo atmosférico en la seguridad de instalaciones cerradas. En el pasado, cientos de caballeros templarios partieron para dar caza a todos aquellos que se atrevieron a adentrarse en un ámbito tan prohibido. Desde entonces, aprendieron la lección.
El sonido de la explosión llegó amortiguado por el manto de lluvia. Durante un instante, la lluvia fue apartada de golpe, formando un vacío en forma de remolino, pero solo cuando el viento volvió a precipitarse para llenarlo comprendí lo que acababa de suceder al frente de la caravana.
—¡¿U-una explosión?! ¡¿Qué ha pasado?! —grité.
Nos encontrábamos a orillas de un río profundo, a unos treinta minutos del pueblo si eras un explorador como Margit, pero a más de dos horas si eras una caravana que avanzaba lentamente.
La explosión se produjo justo cuando los primeros carruajes —cargados con mercancías de menor importancia— estaban a punto de entrar al puente. Se oyó un estallido sordo, la lluvia salió despedida en todas direcciones y, un instante después, llegaron los gritos y los relinchos de los caballos. Solo cuando vi que entre la lluvia caían también fragmentos de madera y metal comprendí que los carruajes de la vanguardia habían volado en pedazos.
—¡Un informe! ¡Los dos carruajes de la vanguardia han sido destruidos!
—¡Maldita sea! ¡Todos, reagrúpense! ¡Adopten posiciones defensivas!
¡¿Qué demonios estaba pasando?! Margit se había adelantado para inspeccionar el puente y asegurarse de que era seguro, y además los alrededores habían sido despejados, así que no había ningún lugar cercano donde alguien pudiera ocultarse. El propio río estaba tan crecido por la lluvia que incluso para una criatura acuática habría sido peligroso esconderse allí.
Justo después de advertir a los míos, temiendo que quizá un draco o alguna otra criatura nos hubiera atacado, escuché otra explosión proveniente de la retaguardia.
—¡Nos atacan! ¡Protejan los carruajes!
Fue entonces cuando comprendí que aquello no era obra de ninguna bestia, sino de personas. Si un draco u otra criatura capaz de escupir fuego hubiera decidido atacarnos por capricho, no habría bloqueado de forma tan calculada tanto nuestro avance como nuestra retirada. Esas criaturas eran la violencia hecha carne y nos habrían embestido de frente hasta reducirlo todo a escombros. Solo alguien que hubiera planeado desde el principio acorralarnos habría ideado una estrategia como esta.
—¡Mantengan los carruajes juntos! ¡Si salimos corriendo solo nos convertiremos en blancos más fáci…!
—¡Tenemos que salir de aquí!
—¡Grah, maldita sea!
El conductor del carruaje más cercano a mí cayó presa del pánico y sacudió las riendas para escapar a toda velocidad. ¡Entendía las ganas de huir después de verse envuelto en semejante caos, ¿pero acaso no podían serenarse un poco?!
—¡Etan! —grité—. ¡No me importa a quién tengas que dejar inconsciente, pero necesitamos recuperar el control de la situación!
—¡Entendido! ¿Y tú qué harás, jefe?
—Buscaré a los caballeros y me encargaré de contener el desastre. Tengo que asegurarme de que Sir Tarutung esté a salvo.
Dejé los carruajes del centro en manos de Etan y corrí hacia la cabeza de la caravana, dejando inconscientes a los conductores que intentaban huir por el camino. Sir Tarutung era el responsable de toda esta operación, así que él y su caballo se encontraban al frente del convoy.
—¡Sir Tarutung! ¿Dónde está? ¡Sir Tarutung! —grité, tratando de que mi voz se impusiera al estruendo de la lluvia.
Cuando llegué a la vanguardia de la caravana, me encontré con una escena espantosa. El suelo había sido arrancado de cuajo… No, era más bien como si hubiera explotado desde sus entrañas, esparciendo fragmentos de personas y de carruajes por todas partes y creando un caos sangriento imposible de controlar. Por todos los dioses, claro que Margit no pudo haberlo detectado: ¡era un hechizo de mina terrestre enterrado bajo el suelo para destruir los carruajes! En el Colegio había oído rumores de que se había desarrollado algo así, pero por entonces aún era demasiado difícil resolver cómo activarlo y asegurarse de que distinguiera entre aliados y enemigos. La historia contaba que los desarrolladores concluyeron que sería una herramienta demencial si el hechizo no podía discriminar objetivos, así que el proyecto quedó archivado antes siquiera de abandonar la fase de planificación.
Alguien con unos escrúpulos mucho más laxos debía de haber copiado la idea, o quizá había desarrollado un hechizo similar por su cuenta. Su poder era dolorosamente evidente en la gran cantidad de personas que yacían por el suelo, gravemente heridas.
—¡Sir Tarutung!
—¡Vo-von Tarutung ha sufrido una herida grave! —gritó un soldado de infantería—. ¡Necesitamos un médico! ¡¿Hay algún médico por aquí?!
Salté de Cástor y corrí hacia él, pero… ya no había esperanza.
Sir Tarutung dejó escapar unas dolorosas toses.
—Se-señor… Erich…
—¡Sir Tarutung, resista, por favor! ¡Nos han atacado!
Le sujeté la mano mientras le hablaba. Su enorme abdomen había quedado aplastado por un carruaje, probablemente volcado por la explosión. Sus vísceras seguían dentro del cuerpo, pero era evidente que ya no estaban en su sitio (ni tampoco enteras, para el caso). El hecho de que no hubiera muerto por el impacto era una prueba de su extraordinaria resistencia, pero ya no le quedaba mucho tiempo.
—Le-le dejo… el mando… a usted… El carruaje… Proteja… el carruaje de hierro…
—¡¿Así que de verdad hay algo dentro?!
—Yo… le dejo… esto… a…
Antes de poder terminar la frase, la mano de Sir Tarutung, cubierta de los callos de un entrenamiento implacable, cayó inerte sobre el barro.
¡Malditos sean los dioses! ¡Acababa de perder mi mayor fuente de información!
—¡Se-señor Erich! ¿Qué hacemos?
—¡Reúnan a todo el mundo! Nos concentraremos en el centro de la caravana.
—¿Y los heridos?
—¡Ahora mismo no tenemos tiempo para atenderlos! ¡Han hecho volar por los aires tanto la cabeza como la retaguardia de la caravana, tenemos que…!
Otra explosión desgarró el aire. Un agudo zumbido comenzó a resonar en mi oído izquierdo. Me lo cubrí con la mano y miré hacia el lugar del que había provenido el sonido; los carruajes del centro del convoy también habían sido atacados. Poco después escuché gritos de guerra. Aquello era malo: ¡habían golpeado nuestro flanco aprovechando el caos!
—Iré al centro y contendré a los atacantes. Reúnan a los supervivientes y únanse a mí en cuanto puedan.
Volví a montar sobre Cástor y me lancé al galope por el barro. A pesar del pésimo terreno, mi querido caballo salió disparado como una flecha hacia el campo de batalla. La lluvia reducía muchísimo la visibilidad. Desde mi posición en la vanguardia había oído el grito de guerra provenir del lado izquierdo, así que sabía que el enemigo estaba allí, pero no conseguía distinguir bien la situación y… ¡¿Qué…?!
Otra poderosa ráfaga de viento trajo consigo algo que se estrelló contra mi costado. Bajé la vista. Era un hombre vestido con una elegante armadura. O, mejor dicho, su torso.
—¡Uy, mierda! ¿Estás bien? —gritó cierta zentauro.
—¡Dietrich! ¡Fíjate adónde mandas volando a tus enemigos!
La culpable no era otra que Dietrich. Estaba al frente de una formación de miembros de la Hermandad, alineados para impedir que nadie atravesara sus filas con vida, y estaba enfrentándose prácticamente ella sola a un pequeño ejército de enemigos. Con aquella alabarda —un arma letal que combinaba maza, martillo y lanza— había rechazado el avance enemigo y, de un solo golpe, había arrancado la mitad superior del cuerpo de un hombre.
—¡¿Cuántos son?! —le grité.
—¡Yo qué sé! —respondió a gritos—. ¡Pero están intentando sembrar todo el caos que pueden! ¡No avanzan en formación, solo atacan al azar!
Era un problema no conocer su número, pero mis miembros de la Hermandad seguían luchando coordinadamente y sus filas aún no se habían quebrado. El enemigo los había subestimado. Habíamos jurado nuestra vida a la espada; nos ganábamos el pan y el aceite derramando sangre. ¡Debíamos demostrarles que no éramos un grupo de aficionados desorganizados tambaleándose con una armadura puesta!
—¡Al combate! —rugí.
—¡Es el jefe! ¡Ha vuelto!
—¡Pongan la cabeza en su sitio! ¡Vamos a aplastarlos a todos!
Me coloqué al frente de la formación con la Lobo Custodio en la mano, miré a los miembros de la Hermandad —y también a algunos de los caballeros que habían acabado junto a nosotros— y di la orden. El enemigo confiaba en la velocidad y la confusión; nosotros los destruiríamos de frente y rechazaríamos su insensato asalto.
—¡CARGUEN!
—¡RAAAAAAH!
Alcé mi espada, y los míos rugieron mientras se lanzaban contra el enemigo como una manada de bestias hambrientas. Nos enfrentamos a ellos en un instante, y muy pronto el metal comenzó a desgarrar la carne en medio del fragor de la batalla.
—¡No son malos!
—¡Ataquen de dos contra uno! ¡Hrah!
—¡Muere, puto!
Uno tras otro, los enemigos caían ante la destreza con la espada de los miembros de la Hermandad, su impecable trabajo en equipo y sus armas perfectamente mantenidas. Con una ferocidad digna de un hombre lobo, Mathieu dirigía a su unidad y recibía deliberadamente los golpes para abrir una oportunidad de ataque a los demás. Karsten reunía bajo su mando a las razas más pequeñas y aprovechaba su velocidad para jugar con el enemigo. Etan, por su parte, utilizaba su enorme cuerpo y su gigantesca arma para aplastar de un solo golpe tanto a los soldados enemigos como a sus armaduras.
—¡Ngh…! ¡Dietrich, te necesito por aquí! —grité.
—¿Por qué? ¡Vamos ganando, pero tampoco son unos don nadie! —respondió.
—¡Si atacan por la izquierda, también vendrán por la derecha! ¡Tú y yo defenderemos el otro flanco!
—¿En serio? Ugh… ¡Está bien, como quieras! Siempre con tus exigencias…
Era el procedimiento habitual en una emboscada de este tipo. Primero destrozaban la vanguardia para impedir el avance, luego destruían la retaguardia para evitar la retirada y, mientras el grupo permanecía indefenso, atacaban ambos flancos con un pequeño desfase entre uno y otro. Estaba seguro de que esos bastardos recurrirían a esa estrategia, tan simple como efectiva.
—¡¿Gurgh?!
—¡No… Ayúden…! ¡Aaagh!
¡Mierda, llegamos demasiado tarde!
Mientras me abría paso entre la carne de cañón para reunirme con Dietrich, oí gritos procedentes de los carruajes. Los conductores de dos de los carruajes de hierro habían sido masacrados, y ahora el enemigo se dirigía a matar al conductor del tercer carruaje de hierro.
—¡Noooo!
El conductor del tercero de los carruajes de hierro, aterrorizado al ver cómo sus compañeros habían sido asesinados sin piedad, intentó huir desesperadamente. ¡El enemigo estaba haciendo un trabajo magnífico acabando con nuestros aliados desorganizados y mal coordinados!
—No soy muy bueno luchando a caballo, pero al diablo con eso —murmuré, espoleando a Cástor al galope mientras preparaba la Lobo Custodio. El truco no era blandir la espada, sino mantenerla firme y aprovechar el impulso del movimiento. Corté el cuello del enemigo que atacaba al único conductor que quedaba junto al carruaje, y un destello carmesí desapareció enseguida bajo la lluvia.
—¡Dietrich, no destruyas el carruaje!
—¡No-no hace falta… que me lo digas!
Dietrich hizo girar su alabarda con una destreza asombrosa y derribó a tres enemigos de un solo golpe con la misma facilidad con la que un niño lanzaría su osito de peluche. Claro que parte de ello se debía a las virtudes naturales de su arma de asta, pero su fuerza descomunal me hacía sentir enclenque y hasta un poco envidioso. Sin magia, yo estaba limitado al combate cuerpo a cuerpo y solo podía abatir a un enemigo cada vez.
—¡Conductor! ¡No huyas! ¡Estarás más seguro si te quedas aquí! ¡¿Entendido?! —le grité al conductor del tercer carruaje, dándole una orden breve con la esperanza de que lograra abrirse paso entre su mente presa del pánico.
—¡Sí-sí, señor! —balbuceó entre sollozos mientras soltaba las riendas. Era evidente que no estaba acostumbrado ni a la sangre ni al combate. Al menos ya no tenía que preocuparme de que los carruajes de hierro restantes escaparan, pero todavía debía ir tras el que ya lo había hecho.
—¡¿Qué demonios, viejo?!
—¡Siegfried!
—¡Pensé que iba a morir!
Justo cuando me preguntaba hacia dónde debía dirigirme, Siegfried apareció corriendo junto con la gente que venía desde la retaguardia de la caravana. Debía de haber oído el ruido de la batalla y concluido que allí era donde se encontraba el frente principal.
Mi camarada estaba cubierto de barro y hollín. Yo le había encargado vigilar la retaguardia del convoy, así que debió de encontrarse muy cerca de la segunda explosión. Parecía ileso, pero tenía que haber estado realmente cerca; su querida armadura de escamas estaba completamente sucia. Su suerte había sido pésima al hallarse tan próximo a la explosión, aunque al mismo tiempo había sido extraordinaria por permitirle salir con vida y, más aún, sin un solo rasguño.
—¿Cuántos trajiste? —pregunté.
—Un poco más de veinte. Pero tuvimos que abandonar la comida y las demás mercancías que iban atrás —respondió.
—Entendido. Te dejo el flanco derecho. Uno de los carruajes de hierro salió huyendo.
—¡¿Se escapó?! Tch… ¡Por eso no hay que poner las riendas en manos de un aficionado!
El asalto enemigo seguía en marcha, así que era un enorme alivio contar con Siegfried, diez miembros de la Hermandad y otros diez hombres, algunos de ellos pertenecientes al séquito de un caballero. Eso me permitiría ir tras aquel carruaje.
Tenía un mal presentimiento. O, mejor dicho, una mala corazonada. Había cuatro carruajes de hierro, y tenía que existir una razón por la que los cuatro hubieran sido reforzados y acondicionados para que parecieran idénticos. Aunque había muchos carruajes sospechosos, tres de ellos no eran más que señuelos. Solo uno transportaba la verdadera carga. Conociendo mi extraordinaria suerte, estaba prácticamente convencido de que el carruaje desaparecido, el que probablemente había escapado aprovechando el caos, era precisamente el que llevaba la auténtica mercancía. Era tan seguro como que una ostra perlífera criada en cautiverio escondiera una perla en su interior.
—¡Jefe! ¡¿Qué está pasando?!
—¡Martyn! Llegas en el momento perfecto.
Nuestra unidad de caballería ligera, a la que había enviado por delante para explorar al otro lado del puente, había regresado. En total eran seis miembros de la Hermandad y cinco subordinados de nobles, todos montados a caballo; más que suficientes para alcanzar aquel carruaje.
—Se los explicaré después —continué—. Sir Tarutung me ordenó proteger los carruajes de hierro, pero uno de los conductores entró en pánico y salió huyendo. Tenemos que llegar hasta él antes que el enemigo. ¡Ahora, síganme!
Dejé a las demás unidades defendiendo los flancos de la caravana y aproveché la velocidad de nuestra caballería para esta misión de persecución. Dejé todo en manos de Siegfried y salí disparado, abriéndome paso entre los enemigos mientras avanzaba.
—¡Aah! ¡Aléjense…! ¡Aléjense!
Por fin apareció ante nosotros el último carruaje de hierro. Cuatro caballos tiraban de él, pero con todos aquellos refuerzos no podía avanzar demasiado rápido. Varios enemigos se habían aferrado a la carrocería. Su agarre era firme, y los intentos del conductor por quitárselos de encima resultaban inútiles; sus botas solo resbalaban por el blindaje del carruaje.
Tras él venía la caballería enemiga: dieciséis jinetes, y por su aspecto parecían unos verdaderos hijos de puta.
—¡Dietrich, ayuda al conductor!
—¡Entendido!
—¡Todos los demás, conmigo! ¡A la cargaaa!
Los combates entre unidades de caballería se parecían un poco a un combate aéreo. El objetivo era colocarse detrás del adversario, y quien conseguía la posición ventajosa era quien vencía. A menos que ambos cargaran de frente, lo normal era girar alrededor del otro mientras esperaban la oportunidad de asestar el golpe decisivo. Sin embargo, esto era una persecución. El enemigo no había imaginado que nos reorganizaríamos tan deprisa y que, además, dispondríamos de nuestra propia caballería. No estaban preparados.
Aflojé el control de las riendas de Cástor y aceleré. Aprovechando toda la velocidad que pude alcanzar, dejé que mi espada cercenara la cabeza del jinete indefenso. La hoja penetró por la nuca, se deslizó entre las vértebras y salió por la garganta. No hizo falta cortar nada más que carne y vasos sanguíneos para que su cabeza saliera despedida. Ni siquiera era necesario comprobar si estaba muerto. Cambié la espada a la mano izquierda y ataqué al nuevo último jinete de la formación. La lluvia debía de haber ocultado nuestra llegada; su cuello era un blanco perfecto.
Cuando la segunda cabeza salió volando, por fin se dieron cuenta de nuestra presencia, pero con nosotros pegados a su retaguardia no podían hacer gran cosa. El cuerpo humano no está hecho para atacar con eficacia hacia atrás y…
—¡Mierda! —Mis reflejos entraron en acción, y de un tajo desvié el virote que acababan de dispararme.
¡Los muy ricos bastardos llevaban ballestas de estilo oriental! Aquel desgraciado se había asegurado con el estribo y había girado el cuerpo hacia atrás para disparar sin la menor vacilación. Con una visibilidad tan mala, me habría alcanzado de no haber reaccionado tan rápido. Detrás de mí escuché un estruendo. Por el ángulo, uno de los subordinados del noble debía de haber recibido un virotazo. Eso era lo que tenía perseguir a una unidad de caballería; no podías sentirte tranquilo a menos que confiaras en que quienes te cubrían la espalda fueran tan hábiles como tú para esquivar el peligro.
—¡Jefe, sigue adelante! —gritó Martyn.
—¡No te preocupes por nosotros! ¡Esta es tu oportunidad de llevarte toda la gloria!
Aceleramos y adoptamos una formación menos vulnerable mientras seguíamos derribando enemigos. La caballería ligera de Martyn llevaba unos ganchos en la coraza para apoyar las lanzas, lo que les permitía atacar a sus enemigos incluso manteniendo la distancia. Era una escena magnífica que demostraba el fruto de su entrenamiento, pero había algo que no terminaba de encajar. No era que quisiera ser el típico arrogante que dijera que aquello era demasiado fácil; más bien sentía que faltaban gritos, que había demasiado poca sangre para tratarse de un campo de batalla…
Mientras abatía al tercer enemigo, lancé una mirada a la Lobo Custodio y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Su colmillo estaba cubierto de sangre. Eso habría sido lo normal, pero por la velocidad a la que iba y la forma en que había realizado el corte, ¡no debería haber quedado ni una sola gota de sangre sobre la hoja! No solo eso, sino que además era una sangre espesa y pegajosa que se negaba a ser arrastrada por el aguacero, cuyas gotas me golpeaban el rostro con fuerza debido al veloz galope de Cástor. No era sangre fresca… No, era sangre vieja, ya oxidada…
—Ah… ¡Mierda!
¡No, maldita sea! Mis reflejos se habían ralentizado por haberme distraído con mis pensamientos. Aún no me habían alcanzado, pero uno de los enemigos que iba más adelante sacó de su bolsa un extraño tubo y se lo apoyó sobre el hombro. Solo con verlo sentí un escalofrío de mal augurio.
Tenía que actuar de inmediato. Tenía que llegar a tiempo.
No me importaba si Cástor me tiraba al suelo; tiré con todas mis fuerzas de las riendas para detenerlo, y el latigazo recorrió todo mi cuerpo. Tras un par de brincos frenéticos, consiguió detenerse de forma casi milagrosa.
Gracias a eso seguía con vida.
Había logrado evitar el rebufo que salió despedido por la parte trasera del tubo cuando este disparó su carga… vaporizando prácticamente el carruaje que iba delante de nosotros.
¡Por todos los demonios! ¡¿Qué maldito lunático había tenido la brillante idea de fabricar una herramienta mágica precargada con hechizos antitanque?!
La explosión y la onda expansiva que agitó mi cabello me dijeron que aquella arma era una especie de primo lejano de un lanzagranadas antiblindaje corriente. Claro que estaba potenciado mediante magia. Su funcionamiento se basaba en los mismos principios físicos sencillos que utilizaba mi propia magia de combate. Hacía falta una mente tan brillante como retorcida para concebir un cañón portátil tan adelantado a su época. Incluso habían compensado el retroceso incorporando un tubo de escape por el que podían expulsarse los gases en combustión y el aire a presión.
Para un mago, un arma así era una consecuencia lógica y relativamente sencilla de fabricar; desde luego, mucho más fácil que congelar objetos en el espacio o sumergirse en las sombras.
—¡Puta madre! ¡Casi me muero del susto! —gritó Dietrich.
Por puro instinto, había utilizado la hoja de hacha de su alabarda como un escudo improvisado para absorber el impacto y los fragmentos. Aunque había conseguido protegerse el rostro y el torso, toda la mitad equina de su cuerpo estaba cubierta de dolorosos cortes provocados por la metralla.
—¡¿Cómo se atreven a hacerle esto a la piel de una joven doncella?! ¡Van a pagarlo!
Su ira estalló de inmediato. El jinete que había disparado el lanzagranadas era el último que quedaba, así que lanzó su alabarda directamente contra él. Ya había visto antes la velocidad con la que podía hacer girar aquella arma, pero esta vez dejó en el aire un círculo de imágenes residuales tan veloz que apenas podía seguirse con la vista. Ni siquiera perdió velocidad cuando redujo al último jinete a una masa irreconocible de carne y sangre.
Caraaaaaajo… Eso sí que daba miedo. Aquella escena era un macabro recordatorio de que el interior de un ser humano no era más que un montón de despojos humeantes una vez que lo hacías pedazos y los esparcías por todas partes.
—¡Bien hecho! ¡Buen trabajo aguantando, Dietrich! —dije.
—Me zumban los oídos. Si hubiera estado un paso más cerca, habría acabado hecha cenizas —murmuró—. El conductor salió despedido por algún lado…
Aquel lanzagranadas parecía un auténtico excedente militar del ejército estadounidense, pero su radio de explosión era mucho menor que el del original. Por suerte, Dietrich solo terminó con un fuerte pitido en los oídos y unos cuantos rasguños, y el carruaje no quedó completamente destruido. Estaba volcado sobre un costado, con un enorme agujero en el centro. El conductor había salido despedido unos treinta pasos de distancia. Había impactado contra el suelo con la fuerza suficiente para matarlo, dejando la mitad superior de su cuerpo completamente retorcida.
—Maldita sea… ¿Quién demonios va a responsabilizarse de todo esto?
Me rasqué el cabello empapado mientras las palabras escapaban de mis labios. Fuera quien fuera, o lo que fuera que hubiera estado dentro de aquel carruaje, ya no había salvación posible. Los gritos de guerra de mis aliados a lo lejos solo conseguían hacerme doler la cabeza al recordarme las pérdidas que habíamos sufrido.
Sir Tarutung, nuestro comandante en jefe, había muerto, y no sabía si el segundo al mando, Sir Lazne, seguía con vida. Lo más probable era que los miembros de la Hermandad estuviéramos bien, pero no podía tomarme a la ligera nuestras bajas después de haber perdido casi diez carruajes y tantas vidas.
¿De dónde demonios habían salido esos tipos? Era muy difícil creer que Margit no los hubiera detectado mientras exploraba el camino para garantizar nuestra seguridad. Pero los hechos hablaban por sí solos: nos habían atacado. ¿Qué clase de estratagema o truco ingenioso habrían utilizado para conseguirlo?
—¡Jefe! Ya terminamos de limpiar la zona. No quedan supervivientes.
—¿Sí? Buen trabajo, Martyn.
—Creo que los demás miembros de la Hermandad también están terminando. Ese amigo suyo, el mago, fue increíble. Convirtió el barro en un auténtico pantano. Enterró a decenas de enemigos de un solo hechizo.
Mika también se encontraba al otro lado del río esperándonos, ya que había terminado de reparar el puente. Tendría que agradecerle que se hubiera reunido de nuevo con nosotros y nos hubiera salvado el pellejo. Él solo nos había evitado una enorme cantidad de bajas.
Qué lástima lo del carruaje…
Justo cuando ese pensamiento cruzó mi mente, escuché el chapoteo del barro. Me giré y vi a una mujer. A pesar de haber estado prácticamente sepultada bajo el fango, su cabello rubio platino seguía brillando mientras salía arrastrándose del carruaje destrozado. Tenía unos ojos ligeramente caídos, pero con una intensa determinación en la mirada, y unos rasgos faciales marcados, típicos entre los señores locales y conocidos coloquialmente como un «rostro bárbaro», pese al aire noble que desprendía. Sin embargo, eso no era lo único llamativo de aquella mujer de la raza mensch. La parte izquierda de su rostro estaba cubierta por un parche de cuero negro, y llevaba puesta una camisa de fuerza. Todo aquello contrastaba tanto con su extraordinaria belleza —pues incluso cubierta de barro conservaba un porte lleno de dignidad— que la convertía en una figura completamente singular.
—¿Quién es us…?
—Él sigue dentro… Tienen que salvarlo.
Había acertado. Aquel carruaje no transportaba lujosos adornos para la ceremonia de mayoría de edad de algún hijo de noble. Reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, la mujer había conseguido salir del carruaje y, sin poder utilizar los brazos, señaló hacia su interior con un movimiento de la barbilla.
—Los muebles del interior salieron despedidos por todas partes, y él se lastimó una pierna. Si lo salvan, les perdonaré esta negligencia —continuó.
Tras un breve silencio, respondí:
—De acuerdo. ¡Martyn, ayuda al hombre que está dentro!
—¡Sí-sí, jefe! ¡También iré a buscar a la hermana mayor Kaya!
Martyn corrió hacia el carruaje y yo me agaché junto a la mujer de aspecto noble para ayudarla a levantarse.
—Soy Erich de Konigstuhl, un aventurero encargado de proteger esta caravana.
—¿Un aventurero? ¿Consideraron apropiado confiar mi protección a un simple aventurero?
Sus palabras no eran tanto agresivas como rebosantes de desprecio.
—Si me lo permite, ¿podría decirme su nombre? —pregunté.
—Soy Ferlin. Ferlin Sechstia de Ledea Dyne. La última descendiente que queda del gran Justus de A Dyne.
Quien esté leyendo esto puede felicitarme por no haberme desplomado inconsciente en ese mismo instante al oír ese nombre.
Según ella, estaba emparentada con Justus de A Dyne, el difunto Gran Rey y señor de aquellas tierras cuya cabeza (o, más bien, una estatua de ella) adornaba los Baños Imperiales Justus.
[Consejos] «De A Dyne» es un apellido honorífico que, en la antigua lengua de Ende Erde, hace referencia tanto a una persona como a un antiguo poder. Esta familia ejerció una enorme influencia en las regiones fronterizas del oeste, y uno de los de A Dyne llegó a gobernar como Gran Rey. Los registros históricos afirman que los últimos miembros de la familia murieron en combate durante la Quinta Batalla de Marsheim.
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