Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 10 Finales de la Primavera del Decimoctavo Año (II) Parte 6

 

El día de la partida, con nuestros caballos alineados y una imponente formación avanzando a pie, nos dirigimos al punto de reunión.

Los treinta miembros oficiales de la Hermandad iban ataviados con equipo que lucía el emblema de nuestra organización. Junto a ellos marchaban otros treinta y tantos aspirantes, entre ellos Yorgos, todos equipados con armaduras obtenidas como botín. Cada uno estaba preparado para el trabajo que nos aguardaba. Para rematar, contábamos con una pequeña unidad de caballería ligera: mis queridos Dioscuros, una zentauro y otros seis caballos. Estaba orgulloso de nosotros; nuestra presencia era lo bastante imponente como para hacer quedar mal incluso a los caballeros encargados de escoltar las carretas.

—¡Compañía, desmonten! —ordené—. Yo, Erich Ricitos de Oro, y la Hermandad de la Espada, con sesenta y cuatro integrantes, hemos llegado para prestar nuestra ayuda conforme a su solicitud.

—Muy bien. Agradezco su colaboración.

Quien me respondió fue sir Tarutung, un orco. Era más delgado que el orco promedio —aunque seguía siendo inmensamente corpulento para los estándares de un mensch—, y su complexión relativamente esbelta le permitía montar a caballo. Era el comandante supremo y máxima autoridad de toda la operación.

Por lo que Schnee me había contado, esperaba encontrarme con algún caballero de tercera categoría, pero aquel hombre tenía pinta de ser un auténtico veterano. Poseía un físico cuidadosamente entrenado, con músculos de acero protegidos por una capa de grasa. Sus subordinados y su caballería también daban la impresión de estar muy bien instruidos; bastaba con verlos para comprender que su posición estaba respaldada por experiencia y confianza.

—Tus hazañas han llegado hasta la capital, sir Erich —dijo sir Tarutung—. Espero que tu desempeño esté a la altura de ellas.

—Sí, señor —dije—. Le prometo que no lo avergonzaré mientras esté bajo su mando.

Junté los talones e hice el saludo reglamentario; todos los miembros de la Hermandad me imitaron al instante. Sir Tarutung nos devolvió el saludo. Quizá no nos menospreciaba tanto como había imaginado.

—Bien, celebremos una reunión antes de partir.

—Sí, señor.

El punto de reunión se encontraba en una llanura, a cierta distancia de las murallas de Marsheim. Con treinta carretas reunidas, aquello parecía una auténtica caravana. Algunas llevaban el blasón de la familia del margrave —un caballo encabritado—, mientras que otras pertenecían a distintos comerciantes y exhibían sus respectivos emblemas. La mayoría ni siquiera transportaba mercancías, sino provisiones para abastecer a nuestro numeroso contingente. Era una formación bastante heterogénea. Más que una caravana comercial, parecíamos un pequeño ejército de maniobras.

—Bien, la hora es… —dijo sir Tarutung. En el instante en que el orco alzó la vista hacia el cielo del amanecer, sonó la campana matutina—. Muy bien. Abriré ahora la carta sellada. ¿Alguna objeción, sir Lazne?

—Ninguna. Proceda tal como se nos ordenó.

La reunión se celebró bajo una sencilla tienda sin techo. En su interior había varios caballeros; el hombre al que sir Tarutung acababa de dirigirse debía de ser el segundo al mando. Sir Lazne era un mensch y, por su barba cuidadosamente trenzada y unos rasgos que delataban ascendencia oriental, supuse que había sido enviado expresamente para esta misión.

—De acuerdo. Nuestra primera parada será Namur, donde descargaremos la mercancía. Después de eso podremos abrir la siguiente carta sellada.

El hecho de que hubieran recibido órdenes selladas que no podían abrirse hasta un momento determinado, revelando el siguiente destino solo entonces, me indicó que el cliente estaba tomando todas las precauciones imaginables. Y eso no hizo más que avivar aún más mis sospechas.

—En Namur entregaremos los obsequios conmemorativos al vizconde Herbin. Al mismo tiempo, también dejaremos materiales de construcción y cargaremos más mercancías para transportar.

Eso respondió mis dudas sobre las carretas que no iban cargadas con nuestras provisiones. Al parecer, aprovecharíamos cada parada para distribuir excedentes de materiales de construcción procedentes del centro de Rhine con el fin de reforzar los puestos militares.

—Según el itinerario, llegaremos en tres días, pero si mantenemos un paso ligero, podremos hacerlo en dos —dijo sir Tarutung.

—Pero ¿por qué, sir Tarutung? —preguntó sir Lazne—. Eso solo servirá para agotar tanto a nuestras tropas como a los comerciantes.

—Entiendo su preocupación, sir Lazne. Sin embargo, he recibido un informe inquietante del observatorio. Al parecer, el tiempo empeorará hacia el final de la primavera.

Interesante. El hecho de que también tuviera en cuenta los informes meteorológicos de la región me demostraba que no era un comandante mediocre.

En Rhine jamás se podía predecir por completo cómo terminaría la primavera; las bruscas variaciones de temperatura hacían que lo único seguro fuera que el clima acabaría sorprendiéndote de alguna manera. El Imperio no tenía una estación lluviosa propiamente dicha, pero ese tiempo tan caprichoso convertía la transición entre la primavera y el verano en un auténtico quebradero de cabeza. Que sir Tarutung quisiera acelerar el avance indicaba que quizá el Dios del Viento y las Nubes había enfurecido a la Diosa de la Cosecha. Según decían, cuando la ira de esta última alcanzaba su punto máximo, siempre había un pequeño retraso antes de que se desatara el mal tiempo, como consideración hacia los agricultores para que pudieran completar las primeras labores de siembra. Debía de haber ocurrido algo desagradable allá en los cielos.

—Nos desplazamos con un grupo de más de trescientas personas. No quiero que nadie enferme —dijo sir Tarutung.

—Entendido. Si oigo alguna queja, me aseguraré de administrar las patadas reglamentarias en el trasero.

Y así, nuestra caravana de trescientas personas y treinta carretas emprendió el viaje en un ambiente animado, aunque tranquilo. Nuestro primer destino era Namur, una ciudad de tamaño mediano en la región de Marsheim gobernada por el vizconde Herbin, quien había sido enviado desde el centro de Rhine. Oficialmente contaba con unos ocho mil habitantes, aunque la cifra real rondaba los veinte mil. Era conocida sobre todo por producir artículos de madera de bastante buena calidad. Por muy apacible que pareciera, yo no bajé la guardia.

 

[Consejos] En el mundo de Erich, el clima se predice mediante métodos astrológicos, en lugar de observar directamente los fenómenos meteorológicos, y los resultados son mucho más precisos.

 

Había algo a lo que nunca conseguía acostumbrarme, por más que pasaran los años: el trabajo de limitarme a quedarme sentado porque era quien estaba al mando.

—Es que no puedo quedarme quieto… —murmuré.

En ese momento estaba sentado en un taburete plegable junto a la muralla exterior de la ciudad, observando cómo descargaban la mercancía. Todo el mundo iba de un lado para otro, ocupado en transportar el cargamento, mientras yo permanecía con las manos cruzadas, esperando el momento en que me necesitaran. Sabía que la labor del responsable era simplemente supervisar, pero no me gustaba en absoluto.

—¿Pasó algo? —preguntó Mika.

—No. Es solo que se me está notando la crianza de campesino. Me resulta doloroso quedarme mirando mientras los demás trabajan.

—De verdad que nunca cambias, ¿eh?

Mika soltó una risa tan clara como el repique de una campana, pero yo no podía evitarlo. Era hijo de granjeros y estaba acostumbrado a aprovechar cualquier momento libre para moverme de un lado a otro y exprimirle hasta la última gota de diversión. Quedarme sentado sin hacer nada era una tortura. Sobre todo cuando mis compañeros y subordinados estaban trabajando, explorando el terreno o montando guardia.

—Haz un esfuerzo por quedarte quieto, ¿de acuerdo? Todos pueden hacer su trabajo sin preocuparse precisamente porque tú estás aquí.

—Lo sé, lo sé…

Pero eso no era lo único que me rondaba la cabeza. Sabía que algo iba a ocurrir durante esta misión, y el hecho de que aún no hubiera pasado me tenía intranquilo.

Aquel era el décimo día desde nuestra partida y ya habíamos llegado a nuestra tercera ciudad. Avanzábamos a muy buen ritmo; el viaje había transcurrido sin ningún contratiempo digno de mención, y tanto la carga como la descarga de la mercancía se habían desarrollado sin problemas. Casi demasiado bien.

Ninguna de las carretas se había atascado en el barro, ningún eje se había roto y tampoco habíamos sufrido ataques ni de señores locales ni de bandidos, seguramente intimidados por nuestro número y por el estandarte imperial que nos acompañaba. Sin embargo, conforme iban pasando aquellos días tan tranquilos, tenía la sensación de que el Dios de las Pruebas acabaría presentándose para cobrarse con intereses el tiempo que nos había dejado descansar, como si dijera: «Ya han tenido bastante tiempo para rascarse la barriga, ¿no creen?».

Además, había varias cosas sospechosas que seguían preocupándome. Mientras observaba cómo las carretas iban intercambiando posiciones para descargar su contenido y cómo los trabajadores se relevaban unos a otros, me di cuenta de algo extraño. La carreta que, según sir Tarutung, transportaba «herramientas mágicas especialmente importantes», la misma de la que también me había hablado Schnee, no había sido descargada ni una sola vez.

Varias veces al día llevaban suministros hasta esa carreta, así que estaba seguro de que había personas dentro. Pero resultaba demasiado extraño que, en esos diez días, nadie hubiera salido de ella. Sin embargo, siendo yo el responsable de la escolta de toda la caravana, resultaría muy sospechoso ponerme a preguntar quién viajaba allí. Seguí vigilándola, marcándola mentalmente como el principal foco de posibles problemas, pero como aún no había ocurrido nada, empezaba a sentirme algo agotado por mantenerme constantemente en tensión.

Por fin saqué mi pipa, pero, en el mismo instante en que lo hice, escuché un tink cuando algo chocó contra ella.

—¿Hm?

—¿Eh?

Levanté la vista al cielo, suponiendo que había empezado a llover. Desde aquella mañana el cielo había estado cubierto de nubes y me preocupaba que no pudiéramos terminar el trabajo antes de que comenzara el aguacero.

—¡¿Agh?!

—¡¿Estás bien, Erich?!

Algo me golpeó en el ojo y, por reflejo, me llevé una mano al rostro. Parpadeé para contener las lágrimas y levanté la otra mano para ver qué me había golpeado. En la palma tenía un pequeño trozo de hielo del tamaño de un grano de arena. No era nieve… era granizo.

—No, no, no… ¡¿Me estás tomando el pelo?!

El granizo comenzó a caer cada vez con más fuerza y sus piedras fueron haciéndose cada vez más grandes. Antes de que me diera cuenta, ya eran lo bastante grandes como para hacer daño, y el pánico se apoderó de todos.

—¡Maldición! ¡Calma, todo el mundo! ¡Suspendan la descarga! ¡Asegúrense de que la mercancía no se moje y pónganse a cubierto dentro de las carretas! —grité.

Mientras daba las órdenes, mi viejo amigo levantó una barrera física bajo la cual nos refugiamos. A cada parpadeo, el granizo seguía creciendo; ya era demasiado grande para ignorarlo y comenzó a aporrear el suelo y las carretas con violencia.

—¡Mierda! ¡La lona de la carreta se ha rasgado!

—¡Protéjanse la cabeza! ¡Pónganse los cascos!

—¡Que alguien me traiga un escudo! ¡Protejan la mercancía aunque les cueste la vida!

—¡Gah! ¡Los caballos están empezando a desbocarse!

—¡¿Qué demonios están haciendo?! ¡Llévenlos debajo de los árboles, rápido! ¡Muévanse!

Todos corrían de un lado para otro cumpliendo sus tareas. Trabajaban a toda prisa para no ser apaleados por el granizo, intentando protegerse tanto ellos como la carga, pero… ¡Maldita sea! ¡Los jornaleros estaban huyendo! ¿¡Acaso los únicos capaces de trabajar como es debido éramos nosotros, los miembros de la Hermandad!? ¡Cobardes de mierda! ¡Hagan el trabajo por el que les están pagando!

—¡¿Y ahora qué demonios se supone que hagamos?! ¡Maldita sea, Dios del Viento y las Nubes, ¿por qué justo ahora?!

No pude evitar gritar. El granizo era tan enorme que un video de aquello se habría vuelto viral en las redes sociales, y no parecía que fuera a amainar en absoluto. Si todo aquello era porque había estado tonteando con la Diosa del Brillo Plateado, patrona de todo lo relacionado con el frío, ¡iba a guardarle rencor!

Al final, nos fue imposible reanudar el trabajo. Reparar las tiendas y revisar todos los daños sufridos nos hizo perder una enorme cantidad de tiempo.

 

[Consejos] Tras una desesperada lucha entre la Diosa de la Cosecha y la Diosa del Brillo Plateado, la Diosa de la Cosecha terminó casándose con el Dios del Viento y las Nubes. Sin embargo, cuando cae granizo o aguanieve en una época en la que debería hacer calor, la gente sospecha que Él le está siendo infiel.

En defensa del Dios del Viento y las Nubes, hay que decir que es un esposo devoto y cariñoso.

 

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