Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 20. Un Puente Desde el Pasado

La brecha que cruzaba la garganta más allá de la torre de vigilancia de T parecía infranqueable: demasiado ancha para tender un puente sobre ella, tal como Adol había esperado en un principio. Pero algo en aquel lugar se sentía diferente hoy respecto a como lo recordaba. No podía librarse de la sensación de haber visto aquel sitio muy recientemente, quizá desde una perspectiva distinta.

Aquel bosquecillo de árboles antiguos que rodeaba la pradera al otro lado… ¿Acaso eran…?

¿Árboles de oración?

Entrecerró los ojos y observó al otro lado de la garganta.

La pradera formaba un círculo casi perfecto, atravesado por una línea de rocas que quizá habían sido una muralla baja hacía muchísimo tiempo. Los árboles que crecían alrededor de aquellas ruinas estaban espaciados de forma uniforme, como si hubieran sido plantados deliberadamente dejando suficiente espacio para que crecieran.

La piel de Adol se erizó.

¿No podía ser posible que aquellas fueran las tierras sagradas que había visto en su sueño sobre el Despertar Arbóreo de Dana, verdad?

Cuanto más las observaba, más convencido se sentía. La disposición del lugar, el sendero que ascendía al otro extremo… Si cerraba los ojos, casi podía ver a Dana arrodillada allí, inclinada en oración sobre un pequeño retoño que asomaba de la tierra.

¿Ese?

Aquel árbol sin duda había crecido desde la época en que lo había visto en los tiempos de Dana, probablemente hacía milenios. Pero por mucho que hubiera cambiado, Adol estaba seguro de que tenía que ser ese. Había sido plantado más cerca del borde, como si hubiera sido colocado allí deliberadamente para cumplir un propósito. Su tronco principal estaba muerto, probablemente carbonizado por el impacto de un rayo mucho tiempo atrás, mientras que sus ramas inferiores se curvaban a ras del suelo. Se extendían sobre el abismo en dirección a Adol, como si le tendieran una mano amiga.

Un montón de rocas en una curva del sendero ocultaba el resto de la vista, pero mientras Adol corría hacia allí, sabía en el fondo de su corazón lo que iba a encontrar.

Un puente, sólido y ancho, formado por las ramas sobresalientes del árbol, que habían crecido hasta alcanzar el otro lado y se habían incrustado en una formación rocosa de este lado de la brecha.

¿Cómo demonios era posible algo así?

—Miren —susurró Laxia.

Sahad soltó un silbido.

—Vaya cosa. No recuerdo haber visto este puente antes. Supongo que de algún modo se nos pasó por alto.

Adol no dijo nada. Sabía que era imposible que hubieran pasado por alto algo así. Tampoco Dogi, que había explorado específicamente aquella zona buscando una ruta hacia las montañas. Parecía imposible que aquel árbol ancestral hubiera crecido allí durante las dos semanas transcurridas desde la última vez que habían pasado por el lugar. Sin embargo, eso debía de ser exactamente lo que había ocurrido. El retoño que Dana había plantado durante el Despertar Arbóreo en aquel mismo sitio había trascendido de algún modo el tiempo y el espacio para aparecer allí directamente desde su era remota, proporcionando a Adol y a sus compañeros un medio para cruzar la garganta.

Se sentía como si estuviera otra vez dentro de uno de sus sueños, con dos realidades convergiendo en una sola. No había forma de que Dana hubiera hecho aquello deliberadamente para asegurarse de que pudieran explorar la parte norte de la isla. Pero, por más que lo intentaba, no lograba encontrar ninguna otra explicación.

Tarde o temprano tendría que contarles a sus compañeros acerca de sus sueños. Pero primero necesitaba aceptar esa idea él mismo. Y eso significaba descartar todo lo que sabía que era posible y abandonar el pensamiento racional.

Frizcop: Recuerdo que cuando jugué el juego, yo no me callaba nada, directamente les dije desde el primer momento que soñé con Dana jsjsjs.

El abismo bajo ellos parecía un cuenco lleno de niebla, flanqueado por escarpados acantilados que descendían hasta perderse de vista. Intentó no mirar hacia abajo mientras avanzaba con cuidado sobre la sima hasta alcanzar tierra firme al otro lado.

Laxia descendió del puente detrás de él y dio unas palmadas al enorme tronco.

—Fascinante. Según los conocimientos modernos, estos árboles deberían haberse extinguido hace muchísimo tiempo.

—Igual que los Primordiales, ¿eh? —Sahad alzó la vista hacia una gigantesca criatura alada que describía círculos muy arriba.

Laxia abrió los ojos de par en par.

—¿Un… pterosaurio ? ¿Cómo demonios…?

Adol permaneció en silencio, observando al Primordial volador. Ya había visto uno igual antes: una enorme ave con una larga cola, en una visión cuando acababa de llegar a la isla. ¿Acaso cruzar aquella garganta los había acercado un paso más al mundo de Dana? Su corazón se aceleró mientras emprendía el sendero que se alejaba de la garganta y ascendía hacia las montañas.

El camino serpenteaba entre los árboles de oración y atravesaba un estrecho cañón en dirección a los acantilados rocosos. Mientras lo seguía, Adol continuó sintiendo que ya había estado allí antes. ¿De qué otra forma podía explicar que todo lo que aparecía tras cada curva del sendero fuera exactamente como esperaba? Aquella pared rocosa, marcada por una serie de salientes y hendiduras que hacían que toda la formación pareciera arrugada. El paso entre los altos acantilados que se alzaban más adelante, tan estrecho que el viento silbaba al atravesarlo, amenazando con derribar a los viajeros. En su sueño, Dana había recorrido aquel sendero en dirección contraria, y por supuesto nada se veía exactamente igual, pero casi sintió alivio cuando el camino finalmente desembocó en una zona desconocida: una pequeña pradera cubierta de hierba, encajada entre grandes peñascos a un lado y la pared rocosa al otro.

Dos lagartos del tamaño de un rinoceronte estaban allí, masticando hierba. Eran corpulentos y escamosos, con grandes cabezas adornadas por altas crestas espinosas y gruesos cuernos que sobresalían de las puntas de sus pesados hocicos.

—Más Primordiales —dijo Laxia con fascinación—. Una especie herbívora. ¿Pueden creer…? —Corrió hacia adelante, pero Sahad la sujetó.

—No ‘tán molestando a nadie —dijo—. Quizá deberíamos tomarlo como una indirecta, ¿sabes?

Laxia pareció decepcionada, pero no protestó mientras rodeaban el claro y continuaban cuesta arriba.

El sendero ascendía por una serie de cornisas aferradas a la empinada pared de piedra. Al otro lado se abría una caída vertical que descendía directamente hacia el abismo. La vista de la isla se extendía más allá, hasta alcanzar el mar. Desde allí, las tierras inferiores parecían diminutas, asomando entre la bruma azul como un paisaje de juguete exhibido en el taller de un artesano.

Adol tomó nota mentalmente mientras caminaban. Aquella zona al sureste de la bahía era nueva, todavía inexplorada. Unas colinas bajas rodeaban allí una hondonada con un gran lago, cuyos bordes se difuminaban entre juncos y hierbas pantanosas. Más allá, una línea irregular de rocas se extendía hasta la costa. ¿Otra playa? Era posible. No parecía muy accesible, pero al menos deberían intentar explorarla después de regresar del Gendarme.

Tras algunas curvas más, emergieron inesperadamente en terreno llano. Un prado se extendía ante ellos, con su espesa alfombra de hierba salpicada de flores de vivos colores.

Se veía tan fuera de lugar a media montaña, un oasis de paz en medio de aquel terreno escarpado. Un manantial descendía por un lado del prado y se reunía en un estanque de agua cristalina. Un grupo de árboles y arbustos se alzaba junto a él, protegiendo una pequeña cabaña encajada en una acogedora grieta entre las rocas.

¿Una cabaña?

Adol se quedó mirando.

—¿‘Toy viendo lo que creo que ‘toy viendo? —preguntó Sahad con voz ronca.

—No sé tú —dijo Laxia, y el temblor de su voz delataba el esfuerzo que hacía por sonar razonable—. Yo veo una cabaña. Y parece estar bien mantenida.

Era cierto. Si uno lo pensaba racionalmente, la mera existencia de una cabaña allí no debería resultar tan sorprendente. Después de todo, ya habían encontrado restos de un asentamiento pirata e incluso una atalaya construida recientemente. Lo que hacía que la mente de Adol se acelerara era el hecho de que aquella cabaña parecía sólida y cuidadosamente cuidada.

Alguien tenía que estar viviendo allí en ese mismo momento.

Se acercaron a la cabaña y llamaron a la puerta, pero nadie respondió. Al mirar por las ventanas, pudieron ver una habitación pequeña y ordenada, amueblada de forma acogedora. Parecía vacía.

—¿Quizá deberíamos echar un vistazo? —preguntó Laxia con cautela.

Sahad se rascó la cabeza.

—No lo sé. ¿No le molestaría al dueño que entráramos así como así?

Ambos miraron a Adol, como si la decisión dependiera de él.

—Solo asegurémonos de no tocar nada —dijo.

La puerta no estaba cerrada con llave. La habitación interior estaba organizada de forma cómoda para aprovechar al máximo el espacio limitado. Dos camas se alineaban contra una pared, con una pequeña estufa colocada entre ambas justo en el punto exacto para que sus ocupantes pudieran aprovechar mejor el calor. En el lado opuesto, una serie de estantes contenía provisiones, platos e incluso una tetera, junto con un juego de tazas elegantes aunque desparejadas. Otro pequeño estante junto a la ventana albergaba varios libros. Un jarrón con un ramo de flores frescas, dispuesto con buen gusto usando variedades que habían visto en el prado exterior, adornaba la mesa. Ese único detalle disipaba cualquier duda de que alguien vivía allí en ese momento. Aquellas flores debían de haber sido recogidas esa misma mañana.

Se dispersaron por la habitación, examinando el mobiliario. Adol se detuvo junto a la estufa. Aún estaba caliente, confirmando que había sido utilizada hacía muy poco. Además, estaba construida con gran habilidad: las piedras cuidadosamente apiladas estaban unidas con arcilla y la chimenea se integraba en el techo sin dejar huecos por donde pudiera escapar el humo. El trabajo de un experto, por lo que Adol podía juzgar.

—¿Quién crees que vive aquí? —preguntó Laxia—. ¿Otro náufrago del Lombardia ?

—Dos náufragos —corrigió Adol, mirando las camas. Ambas habían sido utilizadas sin lugar a dudas, aunque una más recientemente que la otra—. Y si tuviera que adivinar, nadie del Lombardia habría tenido tiempo de construir una casa como esta ni de fabricar todos estos objetos en las pocas semanas que llevamos aquí. Solo esta estufa ya debió de requerir bastante tiempo.

—¿Entonces alguien de naufragios anteriores?

Adol no respondió. Su mirada se había detenido en uno de los libros del estante junto a la ventana. Parecía un diario o un cuaderno de notas. Lo tomó entre sus manos.

—No creo que debas leer eso sin permiso, Adol —protestó Laxia.

—Me aseguraré de disculparme cuando conozcamos al dueño. —Adol pasó las páginas. Laxia y Sahad se acercaron para mirar junto a él.

—Esta letra me resulta familiar —dijo Laxia.

—Lo sé. Espera… —Sahad chasqueó los dedos—. Ah, sí. El tipo ese, T.

Cierto. No había forma de confundir aquella caligrafía: tenía un floreo característico en las letras mayúsculas, lo bastante distintivo como para recordarlo. Así que allí era donde vivía T. Adol estaba deseando conocer a aquella persona.

—Qué curioso. —Laxia estiró el cuello por encima del hombro de Adol para mirar la página—. Este cuaderno parece contener información sobre los Primordiales.

—¿Qué dice? —preguntó Sahad.

Algunos hacen sus nidos en cuevas y tienden a ser agresivos y territoriales. Su carne es más dura de lo que imaginaba. Las armas convencionales ni siquiera pueden perforarla. Aun así, podría haber una forma de herirlos usando… —Se detuvo—. El resto de esta página ha sido arrancado. Me pregunto por qué.

—Hay un montón de libros aquí —señaló Sahad.

—A juzgar por su estado, todos debieron llegar arrastrados por el mar. —Laxia recorrió los lomos con la mirada—. Este trata sobre caballeros medievales… Una guía para servir té. Y estos… —Se interrumpió, mientras sus mejillas se teñían de rojo. Al mirar los lomos, Adol reconoció una colección de novelas románticas que habían sido muy populares unos años atrás.

Frizcop: Mi mente cochina siempre pensó que era porno.

Debatieron la posibilidad de esperar a que los dueños de la cabaña regresaran, pero al final decidieron no hacerlo. ¿Quién sabía dónde habían ido o cuánto tardarían en volver? Además, solo había un sendero que conducía desde allí hacia las zonas más elevadas que aún no habían explorado. Si lo seguían, había muchas probabilidades de encontrarse con los habitantes de la cabaña por el camino.

Mientras continuaban ascendiendo por la montaña, Adol no podía dejar de pensar en el fragmento del diario que acababan de leer. Los Primordiales. Estaba claro que el misterioso T también tenía problemas con aquellas criaturas. Sin armas capaces de dañarlas, internarse en una montaña repleta de especies Primordiales parecía una idea terrible. ¿Qué posibilidades tendría el grupo si se encontraban con una de ellas en un estrecho sendero de montaña? ¿O peor aún, en alguna de las cuevas que aquellas criaturas aparentemente utilizaban como nidos, como la que se abría directamente ante ellos? El camino se internaba en ella, sin ninguna ruta visible para rodearla.

—¿Ese diario decía que los Primordiales vivían en cuevas? —preguntó Sahad con tensión.

—Así es —confirmó Laxia.

—No sé ustedes —dijo Sahad—, pero siento que ya hemos explora’o suficiente por hoy. El sol pronto se pondrá. Quizá deberíamos acampar en ese pra’o y esperar a que vuelva ese tal T pa’ que nos diga qué decía la página arrancá del diario.

Adol observó la estrecha abertura de la cueva. Probablemente fuera razonable detenerse y tratar de averiguar cómo derrotar a los Primordiales antes de seguir avanzando. Pero hacerlo podría retrasarlos durante días. No le gustaba la idea. Por descabellado que pareciera, estaba convencido de que Dana había plantado aquel retoño de árbol de oración para permitirles cruzar hasta aquella zona. Lo que fuera que les aguardara al otro lado de la montaña tenía que ser realmente importante. Y, con sus sueños sobre Dana volviéndose cada vez más intensos, tenía la sensación de que se les estaba acabando el tiempo.

—Creo que veo luz más adelante —dijo—. Esta cueva probablemente solo se extiende un corto trecho antes de conectar con el sendero del otro lado.

Sahad ajustó el martillo sobre su hombro. Él y Laxia intercambiaron miradas vacilantes.

—Iré a explorar —dijo Adol—. Ustedes dos esperen aquí. Si parece peligroso, daremos media vuelta y montaremos el campamento.

—De acuerdo —dijo Laxia—. Pero ten cuidado.

Adol asintió, desenvainó su espada y se internó en la cueva.

El estrecho pasadizo se ensanchó poco después de la entrada, desembocando en una gran caverna abovedada que se extendía hacia las sombras. La mayor parte del suelo estaba cubierta por una capa de agua cristalina y poco profunda. Un haz de luz diurna entraba por una abertura distante en el extremo opuesto, proyectando reflejos que hacían que el lugar pareciera un gigantesco salón de baile con un suelo perfectamente pulido. Adol no podía oír nada aparte de sus propias pisadas mientras avanzaba con el agua hasta las rodillas hacia el centro de la cueva.

Estaba a punto de llamar a Laxia y Sahad para decirles que era seguro, cuando oyó el sonido de unas rocas desprendiéndose en las profundidades de la cueva, seguido de un rugido que resonó con fuerza bajo la bóveda. No se había dado cuenta de que la cueva se extendía tanto en aquella dirección. Se giró justo a tiempo para enfrentarse a un enorme lagarto que irrumpía desde las sombras y corría hacia él.

Parecía el gemelo de aquel que había devorado al doctor Kiergaard y atacado la aldea no hacía mucho tiempo. ¿O quizá era el mismo? Entrecerró los ojos para intentar distinguir alguna cicatriz causada por la bala de Hummel, pero en la oscuridad era difícil saberlo.

Ya se había enfrentado antes a aquella criatura al aire libre, con mucho espacio para maniobrar y múltiples rutas de escape. Allí, en la cueva, el espacio resultaba demasiado reducido. Correr por el agua lo ralentizaba y limitaba gravemente su capacidad para lanzarse al suelo y rodar, tácticas que habían demostrado ser extremadamente útiles contra las garras mortales y la larga cola correosa de la bestia, cuyo alcance era desmesurado. Apenas tuvo tiempo de saltar cuando la cola barrió a la altura de sus pies, levantando una ola que le salpicó el rostro. Su espada rebotó contra la piel de la criatura sin causarle ningún daño serio.

—¡Adol! —gritó Sahad desde el pasadizo detrás de él.

—¡Corran! —rugió Adol, lanzándose hacia delante entre las patas de la criatura mientras esta intentaba atraparlo con una de sus extremidades delanteras. Comparada con el tamaño del monstruo, aquella pata parecía pequeña. Pero cada una de sus garras era tan larga como una daga… e igual de afilada. La criatura volvió a atacarlo, obligándolo a retroceder hasta la pared de la cueva.

Un dolor agudo estalló en su pecho cuando una garra lo rozó, pero logró mantener el equilibrio. La herida parecía lo bastante superficial como para ignorarla, así que apartó el dolor de su mente y respondió con una compleja serie de ataques que le habrían dado ventaja contra cualquier oponente normal, pero que resultaron completamente inútiles en este caso. La criatura lo mantuvo firmemente a la defensiva, atacando con los dientes y barriendo con la cola y las garras mientras lo arrinconaba en una grieta entre altas rocas. Adol buscó una abertura, pero la criatura parecía anticipar todos sus movimientos y se reposicionaba para cerrarle el paso cada vez.

Los gritos resonaron por toda la caverna cuando Laxia y Sahad se lanzaron sobre la bestia, golpeando y apuñalando. El Primordial ni siquiera se volvió. Permanecía concentrado en Adol con una determinación que hacía que aquella lucha pareciera algo personal. ¿Reconocía a su oponente de antes? ¿Era lo bastante inteligente como para juzgar que Adol era la principal amenaza y que debía derrotarlo para acabar con los demás? Probablemente no, pero eso no cambiaba el resultado.

Adol fingió una embestida y luego cambió el peso de su cuerpo, apuntando a la breve abertura del otro lado. La criatura se desplazó para bloquearlo, apartando a Sahad de un empujón. Su garra salió disparada y estampó a Adol contra la pared rocosa.

Su cabeza explotó de dolor y el aire escapó de sus pulmones. Susurros llenaron sus oídos, fusionándose en un coro que resonaba y se amplificaba bajo la bóveda de la cueva. Voces… más de las que recordaba, incluyendo un chillido agudo y estridente que sonaba más como un grito de guerra.

Su mano se abrió por sí sola. Su espada chocó contra las rocas y cayó al agua poco profunda.

Su visión se oscureció.

 

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