Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 19. Planes
Por muy vívidos que hubieran sido antes los sueños de Adol, el de la noche anterior se había sentido diferente. Aquella visión de ahogarse le había parecido tan… familiar. ¿Acaso Dana había soñado de algún modo la experiencia de Adol durante el naufragio?
La idea, tan maravillosa como aterradora, no abandonaba su mente. ¿Podría Dana estar soñando con Adol del mismo modo que él soñaba con ella? ¿Estaban sus mentes tendiendo de algún modo un puente entre dos realidades? Durante un rato, mientras permanecía sentado en su hamaca, aquel otro mundo le pareció mucho más real que el suyo.
Sus sueños sobre Dana se estaban volviendo demasiado vívidos para ignorarlos. Ya no podía descartarlos como simples locuras. Tenía que existir una conexión entre Dana y aquella isla, y la llegada de Adol allí había desencadenado algo, colocándolo justo en el centro de aquellos acontecimientos que se sentían demasiado parecidos a recuerdos reales de Dana. No podía librarse de la sensación de que solo resolviendo ese misterio lograría escapar de aquel lugar. Pero ¿por dónde se suponía que debía empezar?
Fuera de la cueva, la pequeña niña a la que habían rescatado de Kiergaard estaba de pie junto a la fogata. Quina. Pequeña y delgada, tenía un cabello rebelde que se negaba a quedarse peinado sin importar cuánto lo intentaran, una lengua afilada y un impulso inagotable por gastarle bromas a la gente. Según Licht, Kiergaard debía haberla mantenido sedada desde que la encontró tras el naufragio, pero por suerte las drogas no parecían haberle causado ningún daño permanente. A esas alturas parecía encontrarse perfectamente bien, lo cual era un alivio considerando todo lo que aquella pobre niña había pasado.
—¡Adol! —canturreó al verlo—. ¡Adol por la amura de estribor! ¡Toda máquina adelante! —Corrió directamente hacia él, obligando a Adol a apartarse para evitar la colisión—. Vaya, eres bueno. No pensé que esquivarías mi letal ataque de embestida.
Adol se inclinó hasta quedar a la altura de su rostro.
—Bonita embestida.
Ella soltó una carcajada.
—¿Verdad que sí? A este paso, no tardaré en debutar en una batalla de abordaje.
—Muy bien —retumbó la voz de Dogi mientras se acercaba a la fogata—. Ya basta, Quina.
—Oh, caracolas. ¡Es Dogi! ¡Nos vemos luego, Adol! —Le guiñó un ojo y salió corriendo.
Dogi suspiró mientras la observaba alejarse.
—Ha pasado una semana y ya me cuesta seguirle el ritmo. Aunque me alegra que se esté recuperando tan bien.
Adol asintió. Quina había estado inconsciente cuando la salvaron, así que, afortunadamente, se había librado de presenciar cualquier parte de la tragedia. Haber sido utilizada como cebo para matar al capitán había sido otro de los actos despreciables del Asesino Sin Nombre. Adol no quería alegrarse por la muerte de nadie, pero Kiergaard sin duda se lo había buscado. Se sentía aliviado de que el doctor ya no estuviera allí.
A pesar de todas las piñas que seguían apareciendo en sus camas, a pesar de tener que escalar rocas y árboles alrededor del campamento para rescatar a Quina de los lugares más improbables, era bueno para todos tener a una niña como ella correteando por allí. El ánimo en el campamento había estado por los suelos desde la muerte del capitán, y la risa de una niña iluminaba el ambiente. No podían quedarse sentados lamentándose para siempre. Necesitaban hacer planes para poder cumplir la promesa hecha al capitán y sacar a todos de aquella isla.
—Deberíamos hablar sobre nuestros próximos movimientos —dijo Adol—. ¿Por qué no traes el mapa? Yo iré a buscar a Sahad y a Laxia.
—De acuerdo. —Dogi se dio la vuelta y se marchó.
No fue difícil encontrar a Sahad. Estaba pescando sobre las rocas al borde de la playa, tarareando para sí mismo. Un gran saman y varios boleh se agitaban dentro de una red sujeta en las aguas poco profundas a su lado.
—Vamos a reunirnos junto a la fogata para planificar —dijo Adol.
Sahad asintió. Con movimientos hábiles, recogió su equipo de pesca y luego utilizó su cuchillo para destripar y ensartar los peces. No le llevó más de un par de minutos, una tarea que a Adol le habría tomado al menos media hora.
—¿Has visto a Laxia? —preguntó Adol.
—Creo que está visitando al capi.
Ambos alzaron la vista hacia la terraza superior del campamento. Muchos náufragos habían adoptado aquella costumbre últimamente: ir a la tumba del capitán y sentarse tranquilamente junto a ella. Incluso después de muerto, seguía proporcionando fuerza y consuelo a los habitantes de la aldea, un líder que siempre llevarían en sus corazones.
—Iré a buscarla —dijo Adol.
Un pequeño jardín se extendía sobre la terraza superior. La Hermana Nia, una joven monja a la que habían rescatado al principio en una de las cuevas cercanas, se había encargado del lugar y lo había transformado por completo. Un macizo de flores en el centro albergaba una elegante variedad de coloridas flores, rodeadas en los bordes por un elaborado patrón de piedras combinadas por color y forma. Un largo banco de madera, construido con segmentos de troncos y tablones que habían encontrado entre los restos arrastrados por el mar, se extendía junto al acantilado en la parte posterior, un lugar perfecto para sentarse y disfrutar de la vista. De algún modo, aquel sitio se sentía sagrado. Adol no era una persona religiosa, pero no encontraba otra palabra para describir la sensación de paz y tranquilidad que lo envolvía cada vez que iba allí. La tumba del capitán no podría haber estado mejor situada: justo al lado del jardín, en un espacio llano en el punto más alto del campamento y con la mejor vista al océano.
Laxia estaba de pie junto a la lápida del capitán, contemplando el mar. Se volvió cuando Adol se acercó. Sus ojos parecían húmedos.
Permanecieron uno al lado del otro durante un momento, observando las flores plantadas sobre la tumba del capitán mecerse con la brisa.
—Siento que hemos estado a la deriva durante toda esta semana —dijo Laxia en voz baja—. Di por sentado cuánto habíamos llegado todos a depender del capitán.
Adol miró a lo lejos. Comprendía perfectamente cómo se sentía Laxia. ¿Cómo era posible que, pese a sus habilidades con las armas y a toda la capacidad de improvisación que su grupo había demostrado al explorar la isla y rescatar náufragos, ninguno hubiera podido hacer nada para salvar al capitán? Podrían haber descubierto antes al Sin Nombre. Podrían haber aprendido más sobre las trampas de alambre de acero. Podrían haber impedido que el capitán se lanzara tras el villano, haberlo retenido para evitar que resultara herido. Podrían haber… Tragó saliva. Se sentía personalmente responsable por no haber logrado ninguna de esas cosas. Pero ya era inútil pensar en ello ahora.
—Tenemos que seguir avanzando —dijo.
—Sí —asintió Laxia—. Lo sé. Es solo que es muy difícil. Supongo que no debería ser yo quien hable de esto. Siempre he vivido tan protegida, con ustedes, el capitán y los demás náufragos cuidándome todo este tiempo.
—Todos nos hemos protegido mutuamente.
Laxia negó con la cabeza.
—No por igual. ¿Recuerdas lo frustrada que estaba cuando llegamos aquí? Eso era porque no podía aceptar haber sido arrancada de mi vida privilegiada y protegida. Viéndolo ahora en retrospectiva, me avergüenzo mucho de cómo me comportaba entonces.
Adol la observó. Por supuesto que lo recordaba. Pero también sabía que aquella Laxia de la que hablaba ya había desaparecido para siempre.
—Has cambiado —dijo.
Ella tosió para ocultar su vergüenza.
—No lo suficiente. De ahora en adelante, quiero empezar a tomar mis propias decisiones para poder asumir la responsabilidad de mi futuro. No quiero seguir siendo la persona que necesita protección. Quiero proteger a los demás, igual que hacía el capitán.
—¡Ga-jajá! —retumbó una voz a sus espaldas—. No podría haberlo dicho mejor.
Adol suspiró. Muy propio de Sahad arruinar un momento emotivo. Y, sin embargo, la presencia del hombre mayor resultaba reconfortante. A todos les vendría bien una dosis de la sensatez y el pragmatismo de Sahad.
—¿Recuerdas aquel dicho que te conté una vez? —preguntó Sahad—. No puedes enfrentarte al mar hasta aceptar lo pequeño que eres. Ahora lo entiendes, ¿verdad?
Laxia asintió.
—Vamos a estar bien —dijo Adol. Por primera vez en una semana, realmente lo sentía así.
Sahad asintió con convicción.
—Sí. Nos tenemos los unos a los otros. A Dogi, a Euron y a los demás también. Puede que el capi ya no esté, pero seguimos siendo parte de su tripulación, y juntos somos más fuertes que cualquier cosa que esta isla pue’a lanzarnos. Tos’ tenemos que sobrevivir pa’ cumplir el último deseo del capi.
Una tenue media sonrisa apareció en los labios de Laxia.
—Sí… Tienes razón.
—Ya basta de hablar —dijo Sahad—. Dogi debe de estar preguntándose qué nos está demorando tanto.
Tras dedicar una última mirada a la tumba del capitán, se marcharon para reunirse con Dogi junto a la fogata.
—Para salir de esta isla —dijo Dogi— vamos a necesitar varias cosas. Primero, un barco lo bastante grande para cruzar mar abierto y transportarnos a todos.
Sahad se rascó la cabeza.
—Pa’ lograr algo así necesitarías un constructor naval experto y planos detalla’os. A diferencia del capi, to’ lo que sé sobre barcos es cómo gobernarlos.
—El barco es solo una parte del problema —dijo Laxia—. Ese Primordial marino sigue ahí afuera, ¿lo recuerdan? A menos que logremos ahuyentarlo de alguna manera, da igual lo grande que sea el barco: terminaremos igual que Sir Carlan.
—Me parece —dijo Adol— que todavía nos queda mucho por descubrir en esta isla.
—Es cierto —dijo Laxia—. Aún no tenemos idea de qué hay al otro lado de estas montañas en el centro de la isla. Por lo que sabemos, las tierras más allá podrían ser incluso más extensas que la parte sur.
Todos dirigieron la mirada hacia allí. En aquel día despejado, la cumbre parecía aún más alta, una gigantesca masa de piedra que se elevaba casi verticalmente hacia las nubes.
—El capitán y yo hablamos de esto —dijo Dogi—. Además, estuve explorando bastante para ver si había alguna ruta hacia el norte. El mar alrededor de esos acantilados es infranqueable. La única opción es escalar esa montaña. Pero antes siquiera de intentarlo, tendremos que cruzar un valle muy profundo que se encuentra en medio. Lo han visto, ¿verdad?
—Sí —confirmó Adol. Aquella zona más allá de la torre de vigilancia de T, donde un desprendimiento de tierra probablemente había destruido el sendero que cruzaba la garganta, dejando un abismo tan profundo que era imposible ver el fondo. No se le ocurría ninguna forma de atravesarlo sin equipo de escalada serio, algo imposible con los recursos de los que disponían.
—Yo sigo diciendo que no nos molestemos —dijo Sahad—. Podría no haber na’ más que tierras estériles ahí afuera.
—O podría haber más náufragos —replicó Adol. Por no mencionar misterios inexplorados que quizá pudieran ofrecer pistas sobre el mundo de Dana.
—Es cierto —convino Laxia—. Deberíamos esforzarnos más por encontrar una manera de subir esa montaña. ¿Por qué no exploramos los alrededores de esa garganta?
—Bueno, supongo que podríamos hacerlo. —Sahad volvió a mirar el distante pico—. Vaya montaña… Me recuerda un poco a Euron. Un tipo duro de verdad, siempre firme y tieso como un palo.
—Si te recuerda a un militar tan rígido —dijo Laxia—, quizá deberíamos llamarla «Gendarme».
—Claro. —Sahad no parecía muy convencido, pero tampoco presentó ninguna objeción.
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