Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 24. La Cima

Contrariamente a su rutina habitual, Adol se despertó temprano a la mañana siguiente, y sin ningún sueño sobre Dana que lo distrajera de la tarea urgente que tenía por delante. Se apresuró hacia la herrería de Kathleen, donde la encontró de pie frente a su yunque, contemplando un brillante trozo de mineral de oricalco. Bajo la luz del sol naciente, resplandecía con todos los colores del arcoíris.

—Nunca pensé que llegaría a trabajar el oricalco con mis propias manos —dijo.

—¿Trajimos suficiente? —preguntó Adol.

Kathleen negó con la cabeza.

—No para forjar un juego completamente nuevo de armas. Pero creo que puedo usar esta cantidad para reforzar sus armas actuales con oricalco. Así tendrán efecto contra cualquier Primordial con el que se encuentren.

—¿Cuánto tardarás? —preguntó Adol.

Ella le dedicó una sonrisa burlona.

—Eres todo un esclavista, ¿lo sabías?

Adol puso una expresión inocente.

Kathleen soltó una carcajada.

—Sé que tienes prisa. Yo también. —Sujetó el trozo de oricalco con las tenazas y lo giró entre ellas—. Diría que con unos tres días será suficiente.

—Entonces serán tres días —dijo Adol.

*

El martillo de Kathleen resonó sin descanso desde la mañana hasta la noche. Adol no podía evitar estirar el cuello para observar su trabajo cada vez que pasaba por allí. Ella lo espantaba en cuanto lo sorprendía espiando, hasta que aquello acabó convirtiéndose en una especie de juego entre ambos.

Sin sus armas habituales, Adol y su grupo no podían aventurarse demasiado lejos, pero aun así exploraron algunas de las zonas que habían divisado desde el Gendarme y rescataron a dos náufragos más.

Reja, el muchacho de aproximadamente la misma edad que Ricotta al que Adol recordaba haber visto a bordo del Lombardia , había conseguido sobrevivir gracias a un ayudante de lo más insólito: un pikkard, una pequeña y peluda especie de ganado con un extraordinario instinto para encontrar vegetales comestibles. En el Pueblo Náufrago, Reja y su nueva mascota se hicieron cargo de los cultivos y de las reservas de verduras.

La otra náufraga, Miralda, había corrido una suerte aún mejor, construyéndose un campamento en el corazón de uno de los valles laterales. Era una cocinera muy capaz, y aportó entusiasmo al grupo y una gran cantidad de nuevos platos al menú, aunque Adol habría preferido que Miralda fuera un poco menos coqueta. Nunca en su vida se había sonrojado tanto ni había sido el blanco de tantas bromas por parte de Dogi y Sahad.

Cuando, al tercer día, el martilleo de Kathleen finalmente cesó, Adol tuvo que contenerse para no salir corriendo hacia la herrería. Laxia, Sahad y Ricotta llegaron apenas unos instantes antes que él, y las expresiones de asombro en sus rostros hablaban por sí solas.

Laxia tomó su estoque y lo blandió, cortando el aire con un suave silbido sedoso que hacía parecer que el arma estuviera viva.

—Así se siente empuñar un arma reforzada con oricalco —dijo maravillada.

—Increíble —coincidió Sahad, sopesando su martillo de guerra entre las manos.

Kathleen sonrió mientras le entregaba a Adol su espada.

Por un instante, Adol sintió como si hubiera regresado a su sueño. Aquella sensación de que la empuñadura de la espada se acomodaba con naturalidad en su mano, de que la hoja se convertía en una extensión de su brazo, más fuerte y ligera de lo que parecía posible… No pudo evitar ejecutar unas cuantas estocadas y giros, que fueron respondidos por los silbidos de admiración y los aplausos de todos los aldeanos que se encontraban cerca.

—Nada mal, ¿eh? —dijo Kathleen.

—Tu habilidad es asombrosa —respondió Adol con sinceridad—. Somos muy afortunados de tenerte con nosotros.

—¿Y un arma para mí? —preguntó Ricotta.

—¿Para ti? —Kathleen arqueó las cejas.

—Si voy a viajar con ellos, también necesito una.

—Oh, no. —Kathleen negó con la cabeza—. Tú no vas a ir a ninguna parte. Eres demasiado joven para…

—Vamos a buscar a mi padre —dijo Ricotta—. Si crees que voy a quedarme atrás…

Kathleen miró a Adol con expresión de impotencia. Ricotta también lo fulminó con la mirada, con una expresión llena de determinación.

—Bueno… —empezó Adol.

Ricotta irguió los hombros.

—¿Ya olvidaste que fui yo quien te defendió de aquel Primordial? ¿La que les mostró de lo que eran capaces mis dardos? Si no hubiera sido por mí, ahora mismo ni siquiera estarían sosteniendo esas armas. Además, he vivido toda mi vida en esta isla. A todos les vendría bien mi ayuda.

Adol vaciló.

—Es cierto. Si quieres venir con nosotros, Ricotta, no voy a impedírtelo. —Miró de reojo a Laxia, que parecía a punto de protestar, pero terminó guardando silencio bajo su mirada.

—¿Tienes experiencia con algún arma en particular? —preguntó Kathleen a Ricotta.

—¿Además de los dardos?

—No podemos enviarte a un viaje tan largo armada únicamente con dardos. Además… —Kathleen miró el pequeño montón de mineral sobrante—. Será mejor usar el oricalco que queda para reforzar las armas de otros habitantes de la aldea. De hecho, ya he estado trabajando en algunas durante mi tiempo libre. —Señaló el estante del fondo de la herrería.

Ricotta se acercó al estante y lo recorrió con la mirada. Luego metió la mano hasta el fondo y, con un chillido triunfal, sacó un par de pequeñas porras.

—¿Porras? —preguntó Kathleen, incrédula.

—Sí. —Ricotta las sopesó en sus manos y luego las hizo girar con una destreza que hizo que Adol se sintiera culpable por haber dudado de ella momentos antes.

—Se te dan bien —observó Kathleen.

—Siempre me gustaron las porras. —Ricotta sonreía emocionada mientras las hacía girar al hablar—. Antes tenía unas mazas de coco que hice yo misma, pero los cocos se rompían con demasiada facilidad cuando golpeaba algo duro, así que mi padre me fabricó un par de porras y me enseñó a usarlas, aunque también se rompieron cuando yo… —Se interrumpió y bajó las manos mientras una sombra cruzaba su rostro—. Iba a hacerme unas nuevas, pero entonces desapareció.

Kathleen se acercó, tomó las porras de sus manos y dijo:

—Déjame hacerles unos ajustes para que se adapten mejor a tu agarre. Creo que también les pondré unas púas de oricalco, para que puedas luchar contra los Primordiales igual que el resto del grupo. Ustedes cuatro vayan a prepararse para la partida. Mañana por la mañana tendré las porras listas para Ricotta.

—Gracias —dijo Ricotta con sinceridad.

*

Adol no podía evitar sentirse intranquilo mientras ascendían por el sendero que pasaba junto a la cabaña de Ricotta y entraban en la cueva donde habían sido atacados por aquel Primordial agresivo. Si la bestia seguía allí, aquella sería la primera prueba de combate para sus nuevas armas de oricalco. Esperaba estar preparado.

Sintió un gran alivio cuando atravesaron el agua que les llegaba hasta las rodillas en la cámara principal de la cueva y salieron por el pasadizo del otro lado sin encontrarse con ningún monstruo. Estaba claro que el gran Primordial no se encontraba allí… o esta vez había decidido mantenerse alejado.

El sendero al otro lado de la cueva se volvía cada vez más estrecho y empinado: una sucesión de irregulares salientes de roca aferrados a la pared del acantilado que ascendían escalonadamente entre la niebla. Ya no era posible mantenerse alejados del borde, así que todos hicieron lo posible por pegarse a la pared mientras avanzaban en fila india.

—Me está costando respirar —jadeó Sahad.

—Es normal —explicó Laxia con voz entrecortada—. A esta altitud, el aire es más fino.

Y más frío. Adol asintió. Todos jadeaban en busca de aire mientras tiritaban por la brisa cada vez más intensa. Solo Ricotta parecía tan fresca como una lechuga y seguía parloteando mientras caminaban.

—Conozco una técnica de respiración. —Tomó una profunda bocanada de aire y exhaló mientras canturreaba—: «¡Jii, jii, juu!». Vamos, inténtenlo.

—No creo que eso vaya a servir de mucho —resopló Laxia.

Ricotta se limitó a encogerse de hombros mientras daba pequeños saltos por el sendero.

Ya estaban por encima de las nubes, con un esponjoso mar blanco extendiéndose en todas direcciones y ocultando el suelo a la vista. La luz del sol era tan intensa que tuvieron que cubrirse los ojos. El sendero recorría la cima de una estrecha cresta y ascendía hasta el pico antes de descender hacia el otro lado de la isla. El norte.

—Estamos condenámente alto —dijo Sahad.

—Casi hemos llegado a la cima. —Laxia se separó de la pared de roca y echó a andar por el sendero.

—¡Cuidado! —advirtió Ricotta. Pero Laxia ya estaba demasiado lejos para oírla.

Un ave gigantesca descendió en picado sobre ellos. No, no era un ave. Era un lagarto volador, parecido al que habían visto al pie de la montaña. Un pterosaurio. ¿Así era como Laxia lo había llamado?

Laxia ya había recorrido la mitad de la cresta y era un blanco fácil para el Primordial alado. Adol pasó rápidamente junto a Ricotta y Sahad y corrió tras ella. Pero no fue lo bastante rápido.

El reptil volador descendió en círculos. Visto de cerca resultaba mucho más aterrador que desde las alturas: garras afiladas, una boca repleta de dientes y espinas que recorrían su lomo y bordeaban sus alas correosas. Extendió las garras, como si estuviera a punto de levantar a Laxia del sendero.

Ella seguía caminando, completamente ajena al peligro.

—¡Laxia! —gritó Adol.

Laxia vio al Primordial justo a tiempo. Sus ojos se abrieron de par en par mientras esquivaba las garras que descendían sobre ella y desenvainaba su estoque de un solo movimiento. Cuando la criatura dio la vuelta para lanzarse de nuevo al ataque, ella la atravesó con una estocada. Adol no alcanzó a ver dónde había impactado el golpe, pero el chillido de la criatura y el brusco desvío de su trayectoria le dijeron que había dado en el blanco. Desenvainó su propia espada mientras recorría los últimos pasos y se colocaba al lado de Laxia para enfrentarse al Primordial.

El sendero era demasiado estrecho para combatir hombro con hombro, lo que limitaba mucho el margen de maniobra de Adol. Pero su espada, reforzada con oricalco, se sentía completamente distinta. Cada golpe se hundía en la carne de la criatura, obligándola a retroceder y revolotear desesperadamente antes de volver a ganar altura. Laxia parecía tener todavía más éxito: cada una de sus estocadas era respondida por un chillido y un estremecimiento del enorme cuerpo alado. Las alas de la criatura levantaban fuertes ráfagas de viento mientras se debatía bajo sus ataques, amenazando con hacerlos caer del sendero.

Con un último y prolongado alarido, el pterosaurio se retiró, remontando el vuelo hacia el cielo. Adol envainó su espada y observó cómo sobrevolaba el mar de nubes hasta desaparecer tras la dentada silueta de unos picos lejanos. Soltó varias respiraciones profundas.

—Bien hecho —dijo.

Laxia sostuvo su mirada. Parecía aturdida.

—Nuestras armas… Vaya diferencia.

—¡Ya se los dije! —les gritó Ricotta mientras ella y Sahad subían apresuradamente por el sendero—. ¡Mi padre lo tenía todo bien pensado! ¡Más vale que esos Primordiales empiecen a cuidarse!

—Así es —retumbó Sahad—. Ya quiero probar el mío. —Sopesó su martillo en la mano.

*

En un día tan nublado como aquel, Adol no esperaba disfrutar de una buena vista del norte de la isla, ni tampoco confiaba en distinguir desde aquella distancia algo que pudiera darle pistas sobre sus sueños. Sin embargo, cuando se acercó al borde del mirador de la cima, no pudo evitar sentir que estaba a punto de contemplar algo importante, algo que cambiaría su vida para siempre.

Las nubes eligieron precisamente ese instante para abrirse, ofreciéndole una vista completamente despejada.

Lo primero que sintió fue alivio. Allá abajo no parecía haber nada fuera de lo común: solo otra extensión de tierra que se prolongaba hasta el mar, quizá más grande que la parte sur de la isla, con la que ya estaba tan familiarizado, pero muy similar en su paisaje. Aquí y allá se alzaban grupos de rocas, intercalados con manchas de exuberante vegetación selvática. A la derecha se extendía una gran llanura que se perdía entre unas lejanas estribaciones.

Más cerca de la montaña, la vegetación silvestre se aferraba directamente a los acantilados, trepando hasta media altura antes de extenderse en una inmensa pradera cubierta de enormes hojas correosas. Una cascada, alta pero estrecha, caía directamente sobre ella, probablemente la fuente de agua que alimentaba toda aquella vegetación. Más abajo se extendía un bosque de rocas, salpicado de zonas verdes. ¿Otro Bosque de Corales Colosales? Era posible, pero con la bruma de la tarde y las nubes entrando y saliendo constantemente del campo de visión, resultaba difícil distinguir los detalles.

Adol tardó un momento en percatarse de los detalles inusuales. Las hileras de rocas dentadas y los salientes de los acantilados que se extendían allá abajo parecían extrañamente regulares, como si alguien los hubiera colocado deliberadamente. Las siluetas aladas que sobrevolaban el lugar en círculos no parecían aves. ¿Primordiales? Había muchísimos más que en la parte sur de la isla. Sin darse cuenta, Adol recordó la visión que había tenido cuando llegó por primera vez a la isla. Aves gigantes con largas colas. Después de sus recientes encuentros, por fin sabía lo que eran.

—Asombroso —exclamó Laxia—. Miren todos esos Primordiales. Es como si estuviéramos contemplando la prehistoria con nuestros propios ojos.

—Ya estoy deseando conocerlos a todos. —¿Había sarcasmo en la voz de Sahad?

—Creo que veo unas ruinas por allí —dijo Ricotta.

Ahora que ella lo mencionaba, Adol tuvo que reconocer que algunas de aquellas rocas dispuestas con tanta regularidad, así como las que había confundido con otro Bosque de Corales Colosales, realmente se parecían a estructuras construidas por el hombre. Si entrecerraba los ojos lo suficiente, casi podía imaginar…

¿Una ciudad?

—Llámame loco —dijo Sahad—, pero toas esas estructuras parecen edificios.

Adol sintió una extraña punzada en el pecho. Ahora que el tema había salido a relucir, ya no podía seguir fingiendo que aquellas rocas eran formaciones naturales. De hecho, la vista que tenía delante empezaba a resultarle cada vez más familiar. Ya la había visto antes… No desde ese ángulo, ni en un estado tan ruinoso, pero…

Su corazón empezó a latir con fuerza. ¿Le estaba jugando una mala pasada la mente, mezclando la realidad con el mundo de sus sueños? De pronto, descender hasta allí y contemplar aquel lugar de cerca se convirtió en lo más importante del mundo.

—¡Miren allí! —exclamó Ricotta—. ¡Es un árbol enorme!

Adol se volvió.

Ella señalaba la pradera situada a media altura del acantilado rocoso que Adol había estado observando hacía un momento.

Al igual que había sucedido con la ciudad, las palabras de Ricotta transformaron la imagen en su mente. Tal vez al principio había sido simple negación, pero ahora que su percepción había cambiado, veía con total claridad que aquella gran extensión de vegetación que había tomado por una pradera era, en realidad, la copa de un árbol tan gigantesco que incluso la ciudad que se extendía a sus pies parecía diminuta en comparación.

El Gran Árbol de los Orígenes.

Adol apretó los labios con fuerza, temiendo decir alguna estupidez. Primero tenían que bajar y verlo con sus propios ojos. Solo entonces obtendría respuestas a sus preguntas… aunque quizá fuera a costa de su propia cordura.

—¿Eh? ¿Esa cosa? —Sahad entrecerró los ojos—. ¿Seguro que eso es solo un árbol? Esa condená cosa es lo bastante grande como para ser un bosque entero.

—Desde aquí arriba no podemos determinar exactamente qué es —dijo Laxia.

—Es cierto. —Adol tragó saliva—. Sigamos adelante.

—¡Esperen! —gritó una voz desconocida a sus espaldas.

Hummel. Adol se volvió para observar cómo el hombre se acercaba.

—¿Tú? —dijo Laxia, incrédula—. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

Hummel la recorrió de arriba abajo con la mirada.

—No importa, ¿verdad?

—¿Que no importa? —Hizo una pausa, como si no encontrara las palabras—. Te necesitábamos en el equipo de exploración. Nos atacaron Primordiales invulnerables a cualquier cosa salvo a tus balas. Adol estuvo a punto de morir. Nosotros…

Los ojos de Hummel se desviaron hacia Adol con una silenciosa pregunta.

Adol se encogió de hombros.

—No fue para tanto.

—¿No fue para tanto? —Laxia soltó un suspiro exasperado—. Adol, como líder, debes resolver este asunto de inmediato. No puede desaparecer así, sin decir una palabra, y luego aparecer de la nada esperando que nosotros…

¿Líder, eh? Qué curioso que Laxia solo dijera cosas como esa cuando no sabía qué hacer. Adol sostuvo la mirada de Hummel.

—Bienvenido de vuelta.

Hummel inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.

—Gracias. Me alegra haber vuelto.

Lo decía de verdad, comprendió Adol. Los ojos de Hummel sonreían mientras hablaba, como si se considerara parte del grupo. Al final, no era tan solitario como aparentaba. Adol se sentía más tranquilo teniéndolo de nuevo en el equipo.

—¡Eso no es lo que quise decir! —protestó Laxia.

Ricotta pasó junto a ella y se plantó al lado de Hummel.

—¡Me llamo Ricotta! ¡Es un gustazo!

Le tendió la palma de la mano. Hummel levantó su mano enguantada y chocó los cinco con ella. A Adol se le escapó una mirada de sorpresa ante aquella muestra de complicidad tan inesperada. Jamás habría imaginado que Hummel se llevara tan bien con los niños.

—Por cierto —dijo Hummel—. Fui a la aldea y le pedí a Kathleen que reforzara mi bayoneta con el oricalco que encontraron. También preparó munición especial para mi arma de fuego. Ahora debería ser de más ayuda contra los Primordiales.

Los ojos de Laxia se abrieron de par en par.

—¿Cómo supiste que debías hacerlo? Espera… ¿Nos has estado siguiendo?

Hummel se encogió de hombros.

—Solo cuando era necesario.

—¿Necesario?

—Oye, Laxia, ¿de qué te preocupas? —dijo Sahad—. Es útil en una pelea. Y también se le da bien acampar. Nos vendría bien otro par de manos de aquí en aelante.

—Está bien —dijo Laxia—. Veo que no serviría de nada decir otra cosa. —Alzó el mentón y echó a andar sendero abajo.

 

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