Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 24. Estrato Antiguo
A través de los vapores que se elevaban del pantano, Laxia apenas podía distinguir los enormes peñascos y acantilados que se alzaban al otro lado de la ciénaga. Estar allí de nuevo le traía malos recuerdos de aquella vez en que habían despertado por accidente al Primordial que dormía. Con Adol todavía debilitado por su herida, ¿serían capaces de escapar si se encontraban con uno de ellos esta vez?
—Según el mapa —dijo Adol—, la cueva debería estar más adelante. ¿Te resulta familiar esta zona, Ricotta?
Ricotta negó con la cabeza.
—Lo siento… No lo recuerdo muy bien.
Laxia apartó la mirada. Adol era probablemente la única persona que conocía capaz de admitir que había obtenido información de un sueño y, aun así, conseguir que todos lo siguieran. Toda aquella búsqueda de oricalco no tenía ningún sentido. La única razón por la que Laxia había aceptado participar era que el viaje los llevaba a una zona de la isla que aún no habían explorado. Más o menos había renunciado a encontrar a Franz, pero, en el fondo, sabía que nunca dejaría de buscarlo.
—Parece —dijo— que la única opción es seguir adelante.
Avanzaron con cautela a través del pantano, tanteando las zonas firmes entre el traicionero barro. Sombras se deslizaban bajo las turbias aguas de la ciénaga y se dispersaban a su paso. ¿Peces? Laxia esperaba que sí, aunque no podía evitar recordar todas las especies acuáticas de Primordiales sobre las que había leído, incluidas algunas enormes y depredadoras. Sintió un gran alivio cuando por fin dejaron atrás el pantano y pisaron tierra firme.
Tras una empinada subida, llegaron a una meseta cubierta de hierba. En el extremo opuesto corría un río, rápido y profundo, cuyas aguas eran tan transparentes que permitían distinguir las rocas del fondo hasta el último detalle.
—¿Y ahora cómo se supone que vamos a cruzar eso? —se preguntó Sahad.
Ricotta salió corriendo hacia delante y se detuvo en una curva del río.
—Allí. —Señaló con el dedo—. El puente. Lo construyó mi padre. Pero luego una tormenta lo destruyó. Por eso nos quedamos sin dardos.
¿Un puente? Laxia corrió tras ella, seguida de cerca por Adol y Sahad.
Ricotta tenía razón. En la orilla se alzaban dos altos postes de madera, de los que colgaban gruesas cuerdas que descendían hasta el agua corriente. Al acercarse, Laxia distinguió varias tablas de madera unidas a las cuerdas, atascadas entre las rocas sumergidas, y un segundo par de soportes idénticos que se elevaban en la orilla opuesta.
Un puente colgante, que en otro tiempo había sido sólido, pero que el paso del tiempo y las inclemencias del clima habían destruido.
—Bueno… —Sahad se rascó la cabeza—. Si no lo arreglamos, no podremos seguir adelante.
—Es cierto. —Laxia se volvió hacia Ricotta—. ¿Cómo consiguió tu padre construirlo en primer lugar?
Ricotta se encogió de hombros.
—No estoy segura. Yo no estaba aquí cuando lo hizo. Pero recuerdo que dijo que iba a construirlo porque los exploradores como él siempre encuentran la manera.
—¿Exploradores? —repitió Laxia.
Sahad le dedicó una amplia sonrisa.
Para fastidio de Laxia, sintió cómo un leve rubor le subía a las mejillas. Sahad era una persona sencilla, pero a veces era demasiado condenadamente observador.
—¿Qué? —replicó con brusquedad.
—¿No es el padre de la renacuaja un explora’or, igual que Adol es un aventurero?
—Ni por asomo —respondió ella—. Para empezar, «explorador» es un término amplio que se aplica a muchas clases de personas. Algunos se internan en tierras inexploradas en busca de nuevos descubrimientos. Otros recorren el mundo para aprender cosas nuevas. En definitiva, los exploradores siempre buscan superarse a sí mismos. En cambio, un aventurero, en mi opinión, no es más que alguien que actúa con un temerario desprecio por el peligro. —Apartó la mirada.
Sahad se encogió de hombros.
—A mí me parece lo mismo. Aventureros, exploradores… Todos viajan por ahí descubriendo cosas nuevas. Como Adol. —Le dio unas palmadas a Adol en el hombro y luego le guiñó un ojo a Laxia.
La réplica murió en los labios de Laxia cuando Ricotta asintió con total convicción.
—Así es. Mi padre llegó a esta isla después de naufragar, cuando viajaba para unirse a una expedición en otro lugar.
—¿Una expedición? —Laxia agradeció la oportunidad de cambiar de tema.
—Sí. Al menos eso fue lo que me dijo. Lo encontré inconsciente en la playa.
—¿ Lo encontraste tú ? —Laxia parpadeó—. Pensaba que él era quien te había encontrado.
Ricotta frunció el ceño.
—¿Por qué pensarías eso?
—No lo sé, simplemente lo supuse…
—Un momento —intervino Sahad—. ¿Cuánto tiempo llevas en esta isla?
—Toda mi vida —respondió Ricotta—. Al menos, desde donde alcanza mi memoria. Mi padre dice que debí de haber nacido en otro lugar, porque mis padres no estaban aquí, pero yo…
Los ojos de Laxia se abrieron de par en par.
—¿Has vivido aquí desde que tienes memoria?
—¡Sí! —Ricotta sonrió—. Por eso me puse tan feliz cuando encontré a mi padre, y también por eso me alegra tanto que ustedes hayan venido. Antes pensaba que era la única persona del mundo.
—Ricotta… —Laxia hizo una pausa. ¿Qué podía decirle a aquella niña, que había demostrado ser más valiente que cualquiera de ellos al sobrevivir completamente sola en aquel lugar? Comparado con eso, ¿cómo podían seguir enfrascándose en discusiones tan insignificantes sobre aventureros, exploradores y viejas heridas que no significaban nada frente al valor de una sola vida humana?
—Espero que muy pronto podamos reunirte con tu padre —dijo en voz baja—. Arreglemos este puente y sigamos adelante.
*
Adol no tenía demasiadas esperanzas de que pudieran reparar el puente, pero una vez que él y Sahad se metieron en el agua hasta la cintura para recuperar los extremos de las cuerdas que la tormenta había roto, enseguida se dieron cuenta de que todavía podían aprovecharse. Bastaba con alargar y reforzar los nudos, sacar del agua los tramos que colgaban y volver a atarlos a los sólidos postes de madera firmemente anclados en la orilla. El resultado probablemente no sería tan bueno como cuando el puente se construyó por primera vez, pero soportaría su peso, y eso era lo único que importaba. Además, siempre podrían regresar más adelante para reforzarlo si fuera necesario.
Las destartaladas tablas de madera se movían y crujían mientras avanzaban por el puente. En más de una ocasión, Adol se preguntó si las cuerdas resistirían o si toda la estructura terminaría cediendo, precipitándolos al profundo río que corría con fuerza entre los enormes peñascos que sobresalían bajo el agua. Laxia tenía el rostro verdoso y sujetaba la cuerda que hacía de barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. ¿No había dicho alguna vez que no sabía nadar? Adol no lograba recordarlo con certeza. Incluso para un buen nadador, una corriente como aquella supondría un gran desafío. Sintió un gran alivio cuando todo el grupo cruzó sano y salvo y emprendió el camino al otro lado.
El sendero discurría junto al río, muy cerca del agua. Podían ver peces jugando en la corriente, de una especie que Adol no había visto nunca, con brillantes escamas rojas que resplandecían como el oro cuando saltaban cerca de la superficie.
—Esos son rowanas —dijo Sahad—. Un manjar en mi tierra. Su carne es blanca, tan jugosa y tierna que se deshace en la boca. Algún día deberíamos venir a pescar aquí.
Adol se limitó a asentir. Hacía mucho que había aprendido a confiar en el criterio de Sahad cuando se trataba de pesca.
El sendero los condujo hasta la enorme boca de una cueva, el nacimiento del río que habían estado siguiendo, cuyas aguas brotaban con fuerza desde las profundas sombras del interior. Rocas afiladas como dientes se alzaban a ambos lados de la entrada, mientras el torrente rugía entre ellas. El camino ascendía con fuerza, alejándose de la ribera y serpenteando por las estribaciones rocosas hasta llegar a una amplia meseta cubierta de hierba que se extendía hasta una arboleda de pinos en el extremo opuesto.
—Ya he estado aquí antes —anunció Ricotta—. Debemos de ir por el buen camino. ¡Ah, miren! ¿Es una persona? —Señaló hacia delante.
Lo era. Un joven elegantemente vestido caminaba de un lado a otro junto a los árboles. Su largo cabello ondulado le caía hasta los hombros desde debajo de un elaborado sombrero. Un gran broche de esmeralda adornaba su impecable atuendo, confeccionado a medida. A juzgar por su aspecto, era otro noble, probablemente vestido con la misma ropa que había llevado durante la fiesta a bordo del Lombardia .
El hombre no pareció sorprenderse demasiado al ver llegar al grupo. Dejó de caminar y cruzó los brazos sobre el pecho mientras los observaba acercarse.
—Vaya, vaya —dijo—. Por fin he encontrado a algunos supervivientes.
¿Has encontrado? Adol lo miró con incredulidad.
—Un momento —dijo Sahad—. ¿No es al revés? Somos nosotros quienes te encontramos a ti.
El hombre alzó el mentón.
—¿Cómo osas contradecirme? —resopló con desdén—. Qué falta de respeto. Típico de los plebeyos.
Estupendo. Parece que nos hemos encontrado con un Sir Carlan versión junior. Adol mantuvo una expresión serena mientras sostenía la mirada del hombre.
—¿Por qué eres tan grosero? —preguntó Ricotta.
—¿Grosero? —El hombre frunció el ceño—. Yo diría que he sido bastante amable al dignarme a hablar con personas tan por debajo de mi posición. Por cierto, mi nombre es Austin. Soy un noble de Gllia. Les aconsejo que recuerden mi nombre, pues pasaré a la historia como un gran artista.
—Ah, ¿eres artista? —refunfuñó Sahad—. Justo lo que nos hacía falta. Seguro que tus habilidades les serán de gran utilidad a los náufragos.
—¿Utilidad? —Austin parpadeó—. Eso espero. Soy pintor, escultor, poeta y dramaturgo. El único arte que todavía se me resiste es la música.
—Si te he entendido bien —dijo Laxia—, básicamente no eres músico.
—Bueno, no. ¿Acaso no es eso lo que acabo de decir?
Adol observó a Austin con curiosidad. El hombre parecía completamente indiferente al hecho de que nadie estuviera impresionado por sus talentos. Al menos el carácter de este noble no era tan desagradable como el de Sir Carlan. A esas alturas, el anciano ya estaría gritando.
—Estamos explorando esta zona —dijo—. Cuando terminemos, podremos escoltarte hasta nuestro Pueblo Náufrago, donde viven otros supervivientes del Lombardia . Allí estarás mucho más seguro que aquí, solo en plena naturaleza.
Austin lo miró con altivez.
—¿Pueblo Náufrago? Ya veo. Te refieres a ese lugar del que no deja de elevarse humo. —Señaló la columna de humo de la hoguera que se alzaba por encima de la copa de los árboles, a lo lejos—. No hace falta que me escolten. Llevo semanas observando ese humo y preguntándome si sería una señal de presencia humana. Ahora que sé de qué se trata, puedo encontrar el camino por mi cuenta. Muchas gracias.
—Al final de este sendero hay un pantano —dijo Laxia—. Es posible que haya bestias peligrosas acechando por allí.
—Tonterías. —Austin hizo un gesto despectivo con la mano—. Soy perfectamente capaz de defenderme solo. Lo único que me tenía atrapado en este lado del río era ese molesto puente roto. Lo habría cruzado a nado, pero detesto mojarme innecesariamente. Supongo que, ya que han llegado hasta aquí, por fin lo habrán reparado, ¿verdad?
No esperó respuesta. Se dio media vuelta, descendió por el sendero que ellos acababan de subir y desapareció tras la curva.
—Qué bueno que por fin arreglamos ese puente —comentó Sahad cuando ya se había ido—. No querríamos que su excelencia tuviera que mojarse innecesariamente, ¿verdad?
—¿Estará bien? —preguntó Ricotta.
Laxia seguía preocupada.
—Eso espero.
—Estará bien —dijo Sahad—. Ha sobrevivi’o aquí solo to’ este tiempo. Seguro que sabrá arreglárselas.
Encontraron la cueva que buscaban al otro lado de la pradera, con la entrada perfectamente encajada en la pared rocosa. Por dentro no era tan grande ni tan profunda como muchas de las otras que habían explorado en la isla… y, desde luego, tenía un aspecto diferente.
Las paredes de aquella cueva estaban cubiertas de huesos fosilizados incrustados en la roca. Una abertura en el techo, a lo lejos, inundaba el lugar con una luz difusa, haciendo que Adol sintiera que habían entrado en un museo de historia.
—Fósiles de Primordiales. —Laxia los contempló fascinada—. Parece que esta cueva está formada por estratos completamente expuestos. Nunca había visto tantos fósiles juntos.
—Apuesto a que a tu padre le habría encantado ver esto —dijo Adol en voz baja.
Los hombros de Laxia se tensaron.
—Sí, verlo lo habría hecho bailar de alegría… Solo imaginar cómo reaccionaría me irrita hasta el infinito.
Ricotta la miró con atención. Adol comprendía perfectamente su reacción. Había que conocer a Laxia para entender el tormento que sentía por su padre: el hombre al que amaba y admiraba, que le había enseñado todo lo que sabía y que luego abandonó su deber y llevó a su familia a la ruina por su obsesión con criaturas extinguidas hacía milenios. Comparado con eso, decir que estaba irritada era quedarse corto. Pero alguien como Ricotta, que nunca había tenido una verdadera familia, no podía comprenderlo.
Avanzar era como abrirse paso por un bosque de huesos fundidos con la piedra, una unión orgánica de las antiguas creaciones de la Tierra. Aquí y allá afloraban vetas de metal reluciente, pero no fue hasta que descendieron a los niveles inferiores de la cueva cuando Adol comprendió que la luz que inundaba aquella cámara no era un reflejo de la luz del sol que se filtraba por las grietas del techo.
Una gruesa veta de metal que recorría la pared brillaba desde su interior, llenando la cueva con un tenue resplandor difuso.
Oricalco.
Toda la cámara estaba atravesada por el esqueleto de una criatura gigantesca que parecía haberse lanzado, en tiempos inmemoriales, desde algún océano evaporado hacía mucho hasta el fondo de la cueva. Su columna vertebral recorría la pared, mientras que su cráneo, con las fauces abiertas, permanecía petrificado, dándoles la bienvenida al pie de la cámara. La versión viva de aquel Primordial habría podido tragarse al grupo entero de un solo bocado. ¿Seguirían existiendo criaturas de ese tamaño en algún rincón de la isla?
—Un saurópodo. —La voz de Laxia rebosaba fascinación—. La mayor de las especies conocidas de Primordiales. No creo que jamás se haya descubierto un ejemplar de este tamaño, ni tan bien conservado.
Sahad se rascó la cabeza.
—Apuesto a que debió de ser to’ un espectáculo cuando to’avía estaba vivo.
—Sí. —Ricotta asintió—. Eso mismo pensé la primera vez que lo vi. Me dio tanto miedo que me puse a llorar. ¡Qué bien! ¡Eso significa que encontramos el lugar correcto!
No parecía apropiado perturbar el fósil, así que registraron los laterales de la cueva y encontraron un yacimiento de oricalco resplandeciente que no atravesaba ningún esqueleto y mostraba marcas inconfundibles de herramientas de minería. El padre de Ricotta, Thanatos, debía de haber extraído mineral de aquel lugar con anterioridad… y todavía quedaba mucho por recoger.
El metal era sorprendentemente ligero y, al mismo tiempo, increíblemente resistente. Ninguna de sus herramientas lograba dañarlo mientras iban desprendiendo la roca que lo rodeaba, liberando grandes fragmentos de mineral que fueron guardando en sus mochilas. Al poco tiempo, todas estuvieron llenas. Era hora de regresar al campamento.
En cuanto volvieron a salir al aire libre, Sahad se detuvo y se volvió hacia los demás.
—Parece que el sueño de Adol decía la verdad. —Mientras hablaba, mantenía la vista fija en Laxia.
Ella vaciló un instante antes de asentir.
—Lo admito. Sigo sin entender cómo puede ser posible, pero el sueño de Adol proporcionó detalles precisos sobre la existencia de yacimientos de oricalco en esta zona. Ya no podemos seguir descartando esos sueños como una simple coincidencia.
La piel de Adol se erizó mientras alzaba la vista hacia el Gendarme, que se erguía imponente sobre ellos. Estaba más convencido que nunca de que las respuestas que buscaban se encontraban al otro lado de la montaña. Y ahora, con el descubrimiento del mineral de oricalco, por fin tenían los medios para derrotar a los Primordiales y llegar hasta allí.
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