Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 32. El Camino Fuera de la Ciudad

 

La luz del sol naciente se derramaba sobre el paisaje mientras todos se reunían alrededor del fuego para desayunar y reflexionar sobre los acontecimientos recientes. Los graznidos de las gaviotas acompañaban el rítmico chapoteo de las olas en la playa. Los aromas de los pinos y de las rosas silvestres que florecían en la terraza superior flotaban en el aire. Fuera donde fuese después, Adol iba a echar de menos aquellas reuniones, sentados juntos junto a la fogata mientras compartían una comida.

Pero hoy era diferente. Dana estaba allí, siendo el centro de toda la atención. Permanecía en silencio, sentada en el tronco junto a Adol, con las rodillas pegadas al pecho y la mirada fija en las llamas.

—Entonces —dijo Dogi—. Básicamente, el Reino de Eternia existió en una era en la que los Primordiales prosperaban.

Dana asintió.

—Nosotros los llamábamos saurios. En nuestra época, solían ser mucho menos agresivos.

—No puedo creer que la gente realmente viviera junto a los Primordiales. Eso contradice literalmente todos y cada uno de los trabajos académicos escritos sobre el tema. —El rostro de Laxia se iluminó de fascinación, como si contradecir trabajos académicos fuera un gran logro del que todo el mundo debiera sentirse orgulloso.

—¿Hace cuánto tiempo existieron los Primordiales? —preguntó Ricotta.

—Nadie lo sabe con certeza —respondió Laxia.

Hummel se volvió hacia Dana.

—Sé que tus recuerdos están borrosos, pero ¿recuerdas algo más?

Dana negó con la cabeza.

—Recuerdo mi nombre y recuerdo que era la Doncella del Gran Árbol. También recuerdo haber compartido mi consciencia con Adol a través de los sueños y los cristales. Pero no recuerdo por qué estoy aquí, en esta era. Ni por qué estaba dormida a los pies del Gran Árbol. No puedo recordar qué me trajo hasta aquí.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó Laxia.

Dana cerró los ojos brevemente.

—Déjame ver… Estaba plantando un árbol de oración para guiar a Adol hasta el Templo y… Y entonces… —Soltó un jadeo y se llevó las manos a la cabeza, como si sintiera dolor. Adol se inclinó sobre ella, sin saber qué hacer.

—¿Estás bien? —preguntó Ricotta.

Dana tomó aire.

—Sí-sí, lo siento. De repente me sentí mareada. Cuanto más intento recordar, peor se pone. —Alzó la mirada hacia Adol—. Aunque me gustaría recordar más. Quizá si pudiera acompañarte en tus exploraciones…?

Adol sostuvo su mirada. La pregunta le resultó extraña. Por supuesto que Dana iba a acompañarlos. Hasta le parecía extraño considerar cualquier otra posibilidad. La mera idea de no tenerla a su lado le resultaba impensable.

Era su vínculo, trató de decirse a sí mismo. No tenía nada que ver con lo bien que lo hacía sentir cuando estaba sentada a su lado de aquella manera. ¿O quizá aquello también formaba parte del vínculo? Una conexión a través de los sueños, compartiendo el pasado del otro, tenía que hacer que las personas se sintieran especiales la una para la otra.

—Esperaba que pudieras acompañarnos —dijo—. Por supuesto.

—¡Yay! —exclamó Ricotta—. Más familia. ¡Puedes ser mi hermana mayor, Dana!

Dana rio.

—Estaría encantada.

—Bien —dijo Euron—. Y mientras exploran, nosotros nos concentraremos en construir el barco, ahora que tenemos los planos.

—Hablando de barcos —dijo Dogi.

Euron negó enérgicamente con la cabeza.

—Dogi… Ahora no es el momento.

—Espera, ¿qué pasa con los barcos? —preguntó Ricotta.

Dogi miró a Euron.

—Una extraña niebla ha estado cubriendo el océano durante los últimos días. Y cada vez que aparece esa niebla… —Hizo una pausa—. Aparece un barco fantasma.

Adol se quedó mirando.

—¿Un barco fantasma? No estarás hablando en serio, ¿verdad?

—La primera vez que lo vi, pensé que se me había zafado un tornillo —admitió Dogi—. Pero luego otros náufragos dijeron haber visto lo mismo. —Mientras hablaba, no apartaba la mirada de Euron.

—Historias de fantasmas —gruñó Euron—. Deberías saber que no hay que creerse ese tipo de cosas.

—¿Tienes una explicación mejor? Todos los náufragos…

Euron echó la cabeza hacia atrás.

—Lo sé. De alguna manera, a la gente le encanta asustarse a sí misma. Pero no tenemos ninguna prueba concreta. Sinceramente, Adol, no creo que tengan que preocuparse por eso ahora mismo.

—Estoy de acuerdo —dijo Hummel—. Tenemos asuntos más importantes de los que ocuparnos. El Primordial que hundió el Lombardia . Incluso si construimos un barco, no podemos abandonar la isla sin solucionar ese problema.

—Buen punto —coincidió Euron—. Incluso con un barco, no podemos ir a ninguna parte mientras esa bestia con tentáculos siga suelta.

—Pero ¿cómo nos enfrentamos a una criatura que domina el mar? —dijo Thanatos.

Dana levantó la cabeza.

—Una criatura con tentáculos que hundió su barco… ¿están hablando del Oceanus?

—¿Qué? —Thanatos parpadeó.

—El Oceanus también era una monstruosa bestia con tentáculos que amenazaba a los barcos en Eternia. Se llevaron a cabo extensas investigaciones para establecer rutas marítimas seguras. —Hizo una pausa—. Es posible que todavía existan registros sobre la ecología del Oceanus.

—¿Dónde? —preguntó Dogi.

—Yo empezaría por la Torre Baja, un centro de investigación al este de la capital. Allí se archivan todos nuestros registros históricos y demás información valiosa. Si estos archivos siguen intactos… —La voz de Dana volvió a apagarse hasta quedar en silencio. Lo hacía a menudo: hablaba con frases a medias y se sumía en profundos pensamientos en mitad de una frase. Luchaba por recuperar sus recuerdos. Adol esperaba que pudiera recuperarlos sin tener que sufrir ningún dolor.

—Una torre dedicada a la investigación de los Primordiales. —Laxia parecía nostálgica.

—Aunque no estoy segura de que la torre siga en pie —dijo Dana.

—¿Por qué no regresamos a Eternia y lo averiguamos? —sugirió Adol.

Dana asintió. Adol no podía estar completamente seguro, pero le pareció que la perspectiva de regresar a las ruinas de su mundo le agradaba.

Al grupo no le tomó nada de tiempo recoger sus mochilas y reunirse nuevamente en el centro de la aldea. Dana ahora parecía una verdadera integrante del grupo, equipada con una mochila del puesto de suministros de Dina y con sus espadas de media luna sujetas a la espalda. Una aventurera nata, con muchos conocimientos sobre la zona. La mera idea de explorar la isla con ella hacía que Adol se sintiera lleno de energía.

 

—Cuando te encontramos —dijo—, hiciste algo para transportarnos a todos hasta aquí.

Dana asintió.

—Se llama teletransporte. Los cristales de Esencia, como el que hay en su aldea, fueron instalados con este propósito por todo el reino. Todo lo que necesitas es llevar un anillo que contenga un fragmento de cristal de Esencia. Cada vez que descubres un cristal, el anillo se sintoniza con él. Funciona como una memoria, permitiéndote transportarte instantáneamente desde cualquier lugar hasta uno de estos puntos de teletransporte. Lo único que tienes que hacer es tocar el cristal del anillo y pensar en uno de los cristales que hayas visitado anteriormente. —Dana extendió la mano para que todos pudieran verla.

El anillo era sencillo, con una piedra translúcida engastada en él y tallada en forma de óvalo facetado que parecía cambiar de color, pasando del azul verdoso al naranja violáceo mientras Dana movía la mano. Adol reconoció el resplandor dorado que se filtraba bajo la superficie de la piedra, igual que en los grandes cristales que habían encontrado por toda la isla. Debían estar hechos del mismo material, aunque Adol no había notado que los cristales del suelo mostraran ese tipo de cambio de color. Puntos de teletransporte. Ojalá hubieran sabido cómo utilizar estos puntos de transporte desde el principio, en lugar de tener que atravesar las montañas y enfrentarse a los Primordiales.

—¿Puedo tener yo también un anillo como este? —preguntó Ricotta.

Dana sonrió.

—Por supuesto. No tiene por qué ser del mismo estilo. Podemos simplemente encontrar algunos fragmentos de cristal y engastarlos en unos anillos. Debe de haber muchos esparcidos por ahí.

—Euron puede hacer los anillos —dijo Dogi—. Es bastante bueno con las artesanías.

Caminaron por la playa y las terrazas, buscando entre las rocas y los guijarros que cubrían el suelo. Al poco rato, Dana se agachó y sacó un trozo de piedra azulada y reluciente que había caído entre los guijarros al pie del acantilado rocoso. Casi al mismo tiempo, Ricotta, al otro extremo de la playa, soltó un chillido de alegría y se incorporó, sosteniendo un trozo más grande en la mano. Sin pulir, no parecían tan brillantes ni transparentes como el de Dana, pero Adol ahora podía ver que estaban hechos del mismo mineral.

Pronto se hicieron con un buen puñado de cristales de distintos tamaños y formas. Llevaron las piedras al taller de Euron, donde Dana le explicó lo que debía hacer.

—Dame unos días —dijo Euron—. Deberíamos fabricar suficientes anillos para todos, además de algunos para los nuevos náufragos que aún podamos encontrar.

—Mientras tanto —dijo Dana—, todo el grupo de búsqueda puede utilizar mi anillo para viajar juntos hasta las ruinas de Eternia.

Recogieron su equipo y se reunieron alrededor del cristal.

La sensación de ser arrastrado le resultó más familiar esta vez. Adol no se sintió tan desorientado como antes mientras era atraído hacia un remolino para luego emerger en un entorno completamente diferente.

Estaban frente al vacío que había reemplazado al palacio real, contemplando el gigantesco remolino que se extendía más allá.

—El palacio. —Dana permaneció completamente inmóvil, observando el agua que caía—. Yo… debería recordar qué le ocurrió, ¿no es así? —Se dio la vuelta bruscamente antes de que nadie pudiera responder y bajó por el Corredor Aéreo en dirección a la Estupa.

Nadie habló mientras atravesaban el edificio de la Estupa hasta llegar a la plaza del palacio y luego tomaban la carretera de piedra que salía de la ciudad hacia el este. Adol miró a su alrededor con curiosidad. Esta no era la zona que le resultaba familiar por sus sueños sobre la era de Dana. La vista de los jardines acuáticos era diferente desde allí, con la vegetación parcialmente oculta por la hilera de gigantescas estatuas de piedra que bordeaban el camino. Todas representaban a la misma mujer, envuelta en gruesas vestiduras que la cubrían de pies a cabeza, dejando únicamente el rostro al descubierto, observando a los transeúntes con unos inexpresivos ojos de piedra. ¿Una especie de diosa? Adol quiso preguntárselo a Dana, pero su expresión decidida le indicó que no lo hiciera.

Adol podía comprender su estado de ánimo. Para él había sido difícil asimilar el contraste entre la belleza de Eternia en el pasado y la desolación de la actualidad. Para Dana, ver su propio mundo en ruinas por primera vez debía de ser aún más duro. Cada edificio por el que pasaban era un recordatorio de tiempos pasados, de la destrucción de su civilización. Necesitaba tiempo para asimilar el impacto.

Al cabo de un rato, el sendero que seguían terminaba en una puerta cerrada.

—Un callejón sin salida —observó Hummel con calma—. Igual que el de allí atrás, en el Templo.

—¿El Templo? —Dana parpadeó.

—La Puerta de la Montaña —explicó Adol—. Cuando nos acercamos a ella por el sendero que descendía por la montaña, no pudimos abrirla, por mucho que lo intentamos. Espero que esta no resulte ser igual.

—Ya veo. —Dana asintió—. En realidad, esta es exactamente igual. Estas puertas solo pueden abrirse con Esencia. —Dio un paso al frente y juntó las manos bajo la barbilla, como si estuviera sumida en sus pensamientos.

De pie detrás de ella, Adol no podía ver exactamente qué estaba haciendo, pero un momento después, la enorme puerta de piedra hizo clic y se abrió por sí sola.

—Ay madre—susurró Sahad—. ¿Viste eso? Ni siquiera la tocó.

Dana se volvió hacia el grupo, con una expresión tranquila, como si no estuviera ocurriendo nada fuera de lo normal.

—Sigamos adelante.

Al atravesar la puerta, Adol recorrió con la mirada su enorme estructura, atónito. Seguía intacta, como si los siglos transcurridos no hubieran existido. Cuando Dana se acercó a ella por primera vez, la puerta parecía estar completamente fusionada. ¿Cómo había sido capaz de abrirla con tanta facilidad?

Ahora estaban en el campo. Ya no se veía ningún edificio —ni siquiera ruinas— en las verdes colinas que se extendían ante ellos, donde los restos de una antigua carretera ascendían en una amplia curva alrededor de los acantilados. A lo lejos se alzaba una alta torre, inclinada peligrosamente hacia un lado.

Era la misma torre que habían divisado desde el otro extremo de la llanura cuando se acercaron por primera vez a la ciudad en ruinas. Pero ahora, al verla de cerca, podían apreciar plenamente su tamaño. Aparte de la Estupa, Adol nunca había visto una estructura tan alta. En su mundo, nadie poseía siquiera la tecnología necesaria para construir algo así. ¿Hasta qué punto había estado avanzada exactamente la civilización de Eternia?

Frizcop: Estoy seguro que, considerando los juegos que vinieron antes, más de alguna estructura habrá visto Adol que sea parecida.

—Esa es la Torre Baja —dijo Dana—. Me alegra que siga en pie, aunque esté bastante inclinada.

Laxia apartó la mirada del paisaje.

—¿Así que ahí es donde tu gente investigaba a los Primordiales?

—Entre otras cosas, sí. En realidad, nuestras investigaciones sobre la Esencia fueron mucho más fructíferas. —Dana miró hacia la distancia—. Aquí solía haber un camino, parte de la ruta comercial terrestre. Antiguamente conducía a tierras extranjeras.

Y ahora solo hay agua. Adol se protegió los ojos del sol mientras miraba en aquella dirección. Resultaba difícil imaginar que aquel lugar hubiera estado cubierto de tierra, donde la gente vivía y prosperaba. El cataclismo que destruyó Eternia debió de transformar el mundo por completo, permitiendo que regiones enteras de la Tierra fueran tragadas por el mar. La idea resultaba difícil de asimilar.

La cordillera que tenían delante se curvaba alrededor de este lado de la bahía, con los acantilados de la izquierda dominando el abismo que se abría donde antes se encontraba el palacio real. A mitad de la colina, el camino se desviaba en aquella dirección, ofreciendo una buena vista. Se detuvieron al borde del acantilado, contemplando cómo el agua caía en cascada hacia el agujero cubierto de niebla, que se agitaba y hervía como si una criatura gigantesca en el fondo estuviera intentando absorber el mar.

—Qué vista tan increíble —dijo Laxia—. El agua del mar cae por ese abismo como una cascada.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Ricotta.

Dana se dispuso a responder, pero soltó un jadeo y se tambaleó, cayendo de rodillas sobre la hierba. Adol corrió hacia ella y se arrodilló frente a ella, sin saber qué hacer.

Al cabo de un momento, Dana se incorporó y respiró entrecortadamente.

—Estoy bien.

—¿Estás segura? —Adol tenía sus dudas. Ella seguía pálida y tenía el rostro contraído como si sintiera dolor.

—Sí. —Poco a poco se relajó, luego tomó su mano y se puso de pie con su ayuda—. Cuando vi ese abismo… mi cabeza… de repente empezó a dolerme.

—Entonces alejémonos de aquí —dijo Adol.

Ella vaciló, pero luego asintió.

El grupo continuó subiendo hasta una meseta poco profunda en la cima, con la Torre Baja alzándose imponente justo delante de ellos. A unos cientos de melios de distancia, a un lado de la torre, dos Primordiales rondaban al pie de un acantilado, mirando hacia arriba. ¿Estaban persiguiendo a una presa? Piedras y escombros caían sobre ellos, como si una criatura de gran tamaño estuviera tratando de alejarse del borde allá arriba.

Los Primordiales no prestaron atención a los viajeros, y Adol estaba a punto de pasar de largo cuando oyó un grito proveniente de aquella dirección.

—¡Alguien! ¡Cualquiera! ¡Ayúdenme!

El grupo se quedó paralizado.

—Es una persona —dijo Ricotta, incrédula.

Desenvainaron sus armas y corrieron hacia el acantilado.

Los Primordiales no supusieron un gran desafío. Al enfrentarse a seis humanos armados con armas capaces de infligirles un daño real, se retiraron rápidamente hasta desaparecer de la vista. Adol se acercó a las enredaderas que subían por el acantilado y miró hacia arriba.

—Ya puedes bajar —gritó—. Se han ido.

Una cabeza apareció por encima del borde del acantilado.

Adol abrió la boca, atónito.

— ¿Katthew?

—¿Adol? —El primer oficial del Lombardia bajó apresuradamente y abrazó a Adol durante un largo rato, antes de apartarse y mirar al resto del grupo. Parecía magullado y desaliñado, pero por lo demás estaba ileso.

—No-no puedo creerlo —dijo—. ¿Son supervivientes del Lombardia ?

Adol presentó a todos, omitiendo por el momento los detalles sobre el origen de Dana.

—¿Cómo terminaste allí arri’a? —preguntó Sahad.

Katthew se encogió de hombros.

—Es una larga historia. ¿Hay otros supervivientes?

—Los hay —dijo Laxia—. De hecho, bastantes. El Capitán Barbaros fue uno de los primeros que encontramos y, con su ayuda, hemos establecido una aldea…

—¡El Capitán Barbaros! —Katthew sonrió de oreja a oreja—. Es una noticia estupenda. No veo la hora de volver a verlo. Con el capitán al mando, estamos en buenas manos.

—Bueno… —Laxia miró a Adol con incomodidad.

—Sentémonos y descansemos un poco —sugirió Adol.

Encontraron unas cuantas rocas planas donde sentarse y compartieron sus provisiones con Katthew, quien se las devoró antes de que todos los miembros del grupo siquiera hubieran tenido tiempo de acomodarse. Estaba claro que no le había ido demasiado bien en la naturaleza completamente solo. Adol le contó con detalle todo lo que había sucedido durante los meses transcurridos desde su llegada a aquella isla. La fundación de Pueblo Náufrago; sus planes para construir un barco; los desafortunados acontecimientos que habían provocado la muerte del Capitán Barbaros.

Para cuando terminó, Katthew tenía lágrimas en los ojos.

—Yo-yo… no puedo creerlo —murmuró.

—Estamos honrando su último deseo asegurándonos de que to’s salgamos vivos de esta isla —dijo Sahad.

Katthew asintió.

—Pueden contar conmigo. Puede que no tenga tanta experiencia como el capitán, pero aun así sé un par de cosas sobre barcos.

—Probablemente pueda usar mi Esencia para teletransportarlo por sí solo de vuelta a la aldea —dijo Dana pensativa.

—¿ Teletransportarme ?

—Te lo explicaremos después —dijo Adol—. Prepárate para reunirte con Dogi y a los demás. —Asintió hacia Dana.

Ella acercó su anillo a la mano de Katthew y cerró los ojos.

Por primera vez, Adol vio cómo se veía el teletransporte desde fuera. Un instante, Katthew estaba sentado frente a ellos. Al siguiente, había desaparecido, dejando únicamente un resplandor de Esencia tras de sí. Adol esperaba que la experiencia no fuera demasiado dura para el hombre.

—Sigamos adelante, ¿de acuerdo? —dijo.

La entrada a la Torre Baja estaba completamente bloqueada por una enorme roca. Otro obstáculo infranqueable. Pero incluso antes de que Adol tuviera tiempo de pensar en cómo iban a rodearla para entrar en la torre, oyó un zumbido grave proveniente de los arbustos situados en el borde del claro.

Un cristal de Esencia, uno activo, que los llamaba a acercarse. Dana corrió hacia él y Adol la siguió de cerca.

—Ha respondido a nuestra presencia —dijo Dana en voz baja—. Debe de haber algo que podamos hacer en el pasado para abrir el camino. —Miró a Adol, luego se acercó al cristal y sostuvo la mano frente a él, a punto de tocarlo, pero sin llegar a hacerlo.

La pulsación se intensificó y Adol vio una luz irradiar desde la palma de su mano.

No necesitó ninguna indicación sobre qué hacer a continuación. Le resultó tan natural acercarse a su lado y levantar también la palma hacia el cristal.

—En mi mundo compartimos la misma consciencia —dijo Dana—. Tú experimentarás las mismas cosas que yo. Pero… —Miró por encima del hombro al resto del grupo, que los observaba desde el borde del claro— también puedo amplificar la Esencia con este cristal, de modo que todos los que están aquí podrán ver lo que nosotros estamos experimentando.

Su voz temblaba. Debía de ser difícil para ella: estar tan tentadoramente cerca de su mundo natal, sabiendo exactamente lo que le esperaba, pero sin poder hacer nada para salvarlo de su destino. Adol seguía sin tener idea de cómo funcionaba aquello, pero aun así estaba decidido a hacer todo lo posible por ella.

—Allá vamos —dijo Dana.

La luz pulsó en ondas a su alrededor. El mundo cambió.

 

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