La Historia del Héroe Orco
Capítulo 109. Partida
En un bosque donde aún quedaba nieve. Cerca de la frontera de la Nación Demon. Era el atardecer, la hora en que los árboles comenzaban a formar una densa oscuridad, y allí había una luz.
—Bien entonces.
Cuatro siluetas se encontraban alrededor de una fogata en un claro.
—¡Pongamos la situación en orden!
Quien lo declaró frente a la fogata fue la siempre enérgica elfa Thunder Sonia. Esta pobre elfa había sido una célebre heroína, pero el otro día finalmente fue capturada por un orco y se convirtió en su juguete. Por supuesto, había sido con su consentimiento, pero la forma en que se acobardó justo antes fue tan poco digna que resultaba imposible considerarla ya una heroína elfa. Por poco hizo que el Héroe Orco quebrantara el mandamiento de «las relaciones sexuales sin consentimiento están prohibidas». Era una elfa insolente que no hacía honor alguno a la reputación de una heroína.
—¡Para empezar, debemos darnos prisa!
Sin embargo, ahora se sentaba cómodamente sobre la rodilla derecha del orco que la había convertido en su objeto de placer, apoyándose en él con toda naturalidad, como si fuera su legítima esposa. Naturalmente, el orco tampoco parecía disgustado, y acariciaba repetidamente la cabeza de Thunder Sonia, sentada sobre su rodilla. La razón por la que sus manos no descendían hasta sus pechos o entrepierna era porque estaba prohibido. «¿Qué tontería es esta? ¿De verdad está permitido prohibirle a un orco tocar el cuerpo de su esposa?». Para aquellos caballeros que pudieran pensar eso, debo aclararlo: al principio, cuando retomaron el viaje, todo estaba permitido. Esta elfa pervertida, respirando pesadamente y diciendo que, después de todo, eran marido y mujer, había permitido el contacto físico. Pero ahí estaba el orco, que tras perder su virginidad había comenzado a mostrar su verdadera naturaleza. Y encima había tres mujeres. Si bajaba la guardia, podían pasarse todo el día dándole como cajón que no cierra, hasta el punto de que no podrían viajar. Al darse cuenta de ello, Thunder Sonia prohibió las cosas eróticas durante las horas de luz. Era el tratado de «prohibición del contacto durante el día».
—¿Ah, sí? ¿No podríamos tomárnoslo con calma?
Por cierto, Zell estaba sentada sobre la rodilla izquierda, y Bash también le acariciaba la cabeza. Pero esta antigua hada no era simplemente un ser al que acariciaban unilateralmente. Por el contrario, ella también acariciaba a Bash repetidamente. En este caso, podía tocar libremente cualquier parte de Bash, ya fueran su pecho o sus nalgas. En cualquier mundo, los tratados no son necesariamente algo equitativo.
—No, no podemos seguir perdiendo el tiempo. Después de todo, ¡Gediguz seguramente sigue avanzando con su ejército!
La razón por la que Thunder Sonia estaba tan apremiada era, como era de esperar, por Gediguz. Su ejército había derrotado a la gente bestia y probablemente continuaba avanzando hacia el sur, aprovechando el impulso. Según la información de Carrot, estaban incitando a las otras razas a levantarse. Aunque muchas de ellas habían puesto condiciones, también había quienes habían prometido unirse a ellos. A estas alturas, el ejército de Gediguz debería haberse hecho aún más grande que cuando derrotó a la gente bestia.
El levantamiento del ejército de Gediguz fue un acto planeado. El grupo de Poplática, incluida Carrot, lo preparó durante varios años. Sin embargo, por muy meticulosamente que se haya planificado, la naturaleza de un ejército no cambia. Cuanto más grande se vuelve un ejército, mayor es su desgaste. Incluso tomando solamente los alimentos, estos no pueden aparecer de la nada de forma infinita. Por muy sabio que sea Gediguz como rey, tampoco puede crear alimentos de la nada.
Por ello, Gediguz no tenía más remedio que buscar una batalla decisiva a corto plazo. Carrot, que se separó de ellos a mitad del camino, parecía no conocer todos los detalles del plan, pero había deducido que consideraban una batalla decisiva a corto plazo como su vía hacia la victoria. Dicho de otro modo, también podría decirse que no tenían posibilidades de ganar salvo mediante una batalla rápida y decisiva. La Federación de las Siete Razas había sido oprimida demasiado. No les quedan suficientes recursos ni efectivos como para soportar una guerra prolongada.
Aprovechando su impulso, derrotaron a la gente bestia. Aún no se sabe qué planeaban hacer con los enanos. Lo que sí se podía decir era que Gediguz había preparado el terreno tanto contra los humanos como contra los elfos. Un plan para utilizar la magia de «Disfraz» y hacerse pasar por un humano, asesinar a Thunder Sonia y provocar una guerra entre humanos y elfos. Ni los humanos ni los elfos deberían ser tan estúpidos como para caer ingenuamente en algo así. Sin embargo, había que comprobar si era verdad o no. Dependiendo de cómo se desarrollaran los acontecimientos, eso podría llevar tiempo y, sin haber desaparecido las sospechas mutuas, terminarían enfrentándose al ejército de Gediguz.
Considerando lo meticuloso de sus preparativos, lo normal sería pensar que también ha preparado algún tipo de movimiento contra los enanos, pero…
—¿Qué estará pasando con los enanos…?
—¿Qué opinas tú, Lady Thunder Sonia?
Quien hizo esa pregunta fue la súcubo, «Carrot, de la Voz Sibilante». Ella estaba preparando la comida al otro lado de la fogata. Aunque era una súcubo y se había convertido en la esposa de Bash, su comportamiento era completamente recatado. Esto se debía a que, desde el punto de vista de una súcubo, considerar a su benefactor como alimento era una falta de respeto. Aun así, satisfacer su apetito debía hacerse únicamente después de que Bash hubiera satisfecho su deseo sexual. Consideraba que lo mejor sería recibir solamente un poco del semen que quedara al final. Por eso, siempre se sentaba en el lugar más alejado de él.
Sin embargo, Bash era un Héroe Orco. Un orco entre los orcos. Aunque era virgen hasta hacía poco, su vigor era extraordinariamente fuerte, por lo que era imposible que quedara satisfecho después de acostarse solamente con dos mujeres hasta un punto que «no interfiriera con el viaje». Por ello, Carrot terminaba consumiendo la mayor parte de su deseo sexual. Gracias a eso, Carrot había empezado a verse ligeramente más rolliza que cuando salieron de las ruinas.
—El ejército demon ha seguido avanzando hacia el sur desde que derrotó a la gente bestia. No sé cuál será la situación, pero es un ejército enorme, así que su velocidad de marcha no debería ser muy alta… Sin embargo, por alguna razón, no hay rastros de enfrentamientos. Ni siquiera señales de pequeñas escaramuzas. No se han enfrentado con ningún ejército. Es decir, los enanos no están conteniendo al bando de Gediguz… Probablemente hayan considerado que las posibilidades de ganar por sí solos son escasas y estén retirándose hacia el sur para unirse a los elfos y los humanos… Carrot, ¿tú qué opinas?
—…Lord Gediguz ordenó llevar a cabo una labor de persuasión con los enanos. No sé cuál fue el resultado, pero dado que no ha habido ningún combate, considero que los enanos aceptaron la propuesta.
Ante esas palabras, Thunder Sonia frunció el ceño. ¿Así que, después de todo, había preparado algún tipo de movimiento?
—Los enanos también tienen su orgullo —dijo—. No creo que se pasen al bando enemigo sin siquiera librar una batalla.
—Lord Gediguz no parece considerar necesariamente a la Alianza de las Cuatro Razas como un enemigo, ni parece pensar que esta guerra sea una continuación de la guerra anterior. Es decir…
—¿Que como es una guerra nueva, que olvidemos por el momento lo ocurrido en el pasado y nos pongamos de este lado? ¿Cuando los de Poplática son precisamente quienes están arrastrando los rencores del pasado para provocar esta guerra?
—Sí.
Una vez ordenada la situación, las cosas no mejoraban. Lo único que quedaba claro era el hecho de que la situación era desesperada para los elfos y los humanos.
—Entonces, ¿no parece como si Gediguz no tuviera intención de aplastar a los enanos?
—Lord Gediguz estuvo muerto, así que, a diferencia de nosotros, no tiene resentimiento hacia la Alianza de las Cuatro Razas. Si puede ganar la guerra, probablemente esté dispuesto a incorporar incluso a los enanos bajo su mando.
—Ya veo. Y los líderes enanos son unos avaros de pies a cabeza. Si pueden subirse al carro ganador sin saldar cuentas con el pasado, supongo que también existe la posibilidad de que cambien de bando.
—¿Verdad?
Thunder Sonia lo recordaba. En efecto, los enanos eran gente que anteponía los beneficios y que, en ocasiones, cegados por las ganancias, llegaban a perder la moral. Sin embargo, empezando por Doradora Do Banga, todos los guerreros que habían luchado junto a ella eran personas admirables. Cuando las cosas iban bien, podía ser una cosa, pero podía afirmar que jamás harían algo como traicionar a sus aliados cuando estos se encontraran en una situación desesperada.
—No. He luchado codo con codo con esos enanos de piernas cortas muchas veces. Es cierto que pueden ser bastante mezquinos. Pero, aun así, no son de los que hacen una jugarreta tan rastrera cuando realmente importa.
—…… —Carrot guardó sliencio.
—Yo creo que los enanos no han cambiado de bando.
—…Si eso es lo que dices, Lady Thunder Sonia, no tengo nada más que añadir.
—Si los enanos simplemente están conservando sus fuerzas, entonces, si se resuelven las desavenencias entre los elfos y los humanos, la Alianza de las Cuatro Razas también se restablecerá. Si la alianza consigue contener a Gediguz, su ejército acabará colapsando por sí solo. Y entonces habremos ganado.
Era una conclusión fuertemente basada en el optimismo. Pero Thunder Sonia tampoco sabía lo suficiente de estrategia militar como para idear una jugada que garantizara la victoria en una situación como esta.
—…Si vamos a confiar en los enanos, ¿no será también muy probable que los humanos estén del lado de Gediguz? —preguntó Zell.
—¡Si eso ha ocurrido… estamos acabados! —dijo Thunder Sonia con absoluta claridad.
—Pero los humanos tampoco son un bloque monolítico —dijo Zell—. Me resultaba imposible creer que Nazar estuviera del lado de Gediguz, y seguramente también comprende la situación. Ni los humanos ni, por supuesto, los elfos son idiotas. En algún momento deberán reorganizarse, unir fuerzas y enfrentarse al ejército demon. No creo que vayan a quedarse de brazos cruzados esperando a que los hagan picadillo.
—¿Y si Nazar ha sido asesinado y los humanos están del lado de Gediguz? —preguntó Carrot—. Los elfos serán golpeados desde todas direcciones y desaparecerán, ¿no?
—Si eso sucede, se acabó lo que se daba. —Thunder Sonia se aclaró la garganta con un «ejem»—. Antes de que eso ocurra, nosotros atacaremos por sorpresa a Gediguz y acabaremos con él.
Ese era el plan de Thunder Sonia. En pocas palabras, dejarían la guerra en manos de los elfos y los humanos. Si regresaba ahora y ella misma se convertía en el estandarte y tomaba las riendas, ya no llegarían a tiempo para muchas cosas. Por lo tanto, actuarían como una unidad independiente y asesinarían a Gediguz. Sí, tal como ella misma lo había hecho en el pasado junto a Nazar y los demás.
—¿De verdad crees que saldrá bien?
—Si no sale bien, solo tendremos que morir. Así será más fácil, ¿no? Por eso, Bash. Dependo de ti.
—¿Hm? Sí…
La respuesta de Bash no había sido muy entusiasta. Y no era de extrañar. En ese momento estaba demasiado ocupado acariciando aquello que tenía sobre cada una de sus rodillas. Lo que estaba sobre su rodilla izquierda era suave, mullido y lleno de vitalidad, y cuanto más lo acariciaba, más frotaba su cuerpo contra él, como si dijera «más». Lo que estaba sobre su rodilla derecha era más delgado que lo de la izquierda, pero cuando lo acariciaba, se retorcía con aspecto cosquilloso y, sin rechazarlo, se dejaba hacer. Aquello resultaba tan adorable y enternecedor que no podía evitar querer seguir acariciándolo.
En circunstancias normales, eran seres a los que jamás habría podido acariciar tan despreocupadamente. Sin embargo, después de un largo viaje, habían pasado a ser suyos. Era el atardecer y el sol estaba a punto de ponerse. Cuando se pusiera el sol… Solo de pensar en ello, el cerebro de Bash ya no funcionaba mejor que el de un hada. Desde que se despertaba por la mañana, la cabeza de Bash estaba completamente ocupada pensando en la noche.
—Jefe, oye, jefe. Todavía no se ha puesto el sol. Al menos deberías responderle como es debido. Thunder Sonia es de las que se ponen quisquillosas con ese tipo de cosas.
Quien reprendió a Bash fue Zell, una persona que no habría sido exagerado llamar su mano derecha. La gente la llamaba «Zell, la de la rodilla izquierda». No, en realidad no la llamaban así, pero viendo la situación actual, cualquiera habría llegado a esa conclusión. Ante las palabras de Zell, Bash decidió responder. No había escuchado nada de lo que habían hablado, pero solo había una respuesta posible.
—Thunder Sonia, por ti, incluso derrotaré a Gediguz.
Bash estaba viviendo los días con los que había soñado durante años. No tenía intención de soltar a Thunder Sonia, quien había arriesgado su propio cuerpo por él para hacerlos posibles. Si Thunder Sonia luchaba contra Gediguz, Bash también lucharía contra Gediguz. Un virgen obsesionado se aferra a su primera pareja. Bash atrajo a Thunder Sonia hacia sí, hundió el rostro en su cabello y aspiró su aroma con pequeños «snif, snif».
—¡Muy bien… aunque no huelas tanto mi cabello! Como tampoco he podido bañarme, seguro que huelo mal…
Y Thunder Sonia tampoco estaba precisamente disgustada con ello.
Ese avanzado coqueteo, que ni Zell ni Carrot habrían imaginado, consistente en sentarse sobre las rodillas de un hombre y mimarlo, también había sido idea suya.
A estas alturas, no sería extraño que la conocieran por el apodo de «Thunder Sonia, la de la rodilla derecha».
Sin embargo, si la llamaran así, ella lo negaría.
—No, a veces también me siento sobre su rodilla izquierda… —murmuró Thunder Sonia.
—Hueles bien.
—¿E-en serio? Bueno, yo preferiría que dijeras esa frase precisamente cuando me haya preparado como es debido…
El otro día, Thunder Sonia había dicho adiós a su larga vida de virgen, pero como había sido una vida demasiado larga, todavía no estaba acostumbrada a los hombres. Aunque realizaba el mimado gesto de sentarse sobre las rodillas de Bash, sus movimientos eran algo torpes y, aunque aceptaba las manos de Bash, todavía le daba demasiada vergüenza dejarse completamente a su merced, por lo que se apartaba ligeramente. Incluso ahora, mientras sentía en la zona de sus muslos el Mini-Bash de Bash, que ya estaba preparado para el duelo de aquella noche, no podía evitar preocuparse por el olor de su cabello sin lavar.
En circunstancias normales, le habría gustado bañarse, perfumarse con aceites aromáticos y, además, presentarse envuelta en un sensual camisón y lencería, pero durante un viaje no podía hacer algo así. Aun así, no lo rechazaba porque se consideraba una elfa que debía entregarse a su esposo. Entre los elfos, se decía que una buena mujer era aquella que se dedicaba a servir a su hombre.
—Bueno, sea como sea, contaré contigo. Cuando llegue la hora de luchar, no hay nadie en quien pueda confiar más que en ti.
—Claro. Déjalo en mis manos.
Por mucho que estuvieran coqueteando de aquella manera, Thunder Sonia comprendía mejor que nadie lo fiable que podía llegar a ser Bash cuando comenzaba una batalla. Bash aniquilaría a sus enemigos. No cabía ninguna duda. Había sido así durante la guerra, y también durante el incidente de los orcos zombis en el Bosque Siwanasi. Cuando luchaba, él siempre abrumaba a los demás como de costumbre.
Sin embargo, había un motivo de preocupación.
—Pero si nuestro enemigo es un monstruo inmortal, ni siquiera sé si yo podré vencerlo —reflexionó.
Bash era valiente, pero no era precisamente inteligente. No sabía cómo derrotar a un enemigo al que no podía matar aunque lo cortara.
Gediguz se había convertido en un monstruo inmortal. Thunder Sonia había presenciado con sus propios ojos cómo Gediguz se recuperaba incluso de heridas mortales. Quizá su regeneración tuviera un límite, o existiera alguna posibilidad semejante. También podía ser que, si lo reducían a pedazos aún más pequeños, no pudiera regenerarse. Sin embargo, decidieron continuar suponiendo que no era así.
—Sí. Tienes razón —dijo Thunder Sonia.
—¿Qué piensas hacer?
—Pediremos prestada la fuerza de los ogros. Ellos, que en el pasado derrotaron a un monstruo inmortal semejante, aún conservan el método para hacerlo.
—Nunca había oído hablar de algo así —dijo Zell.
—Me lo imaginaba. Yo tampoco conocía esa historia. Pero, pensándolo bien, «aquella magia» solo la utilizaban los ogros.
Aquello había sido creado en tiempos inmemoriales, durante una era en la que un emperador inmortal gobernaba el mundo, y recibió ese nombre porque con ella mataron al rey. Era algo creado por gente de baja condición para matar a un ser de alta alcurnia. Había recibido ese nombre porque profanaba la vida eterna, el milagro de los dioses.
—Se llama Maldición.
Esa era la magia capaz de matar a Gediguz.
—Así que, con el país de los ogros, podríamos conseguir que un hechicero ogro se pusiera de nuestro lado o que yo aprendiera rápidamente Maldición y se la lanzara a Gediguz… pero hay un problema. —Thunder Sonia levantó un dedo—. Los ogros se han unido al campamento del ejército de Gediguz.
Era un problema de extrema gravedad: los ogros estaban del lado de Gediguz. Según Carrot, los ogros habían decidido someterse siempre y cuando se reuniera una fuerza capaz de luchar en igualdad de condiciones contra la gente bestia. Pero no solo habían luchado en igualdad de condiciones, sino que los habían arrasado. Después del resultado de aquella batalla, no había duda de que los ogros también se habían unido al bando de Gediguz.
—Imagínate que vamos tranquilamente hasta allí y les decimos: «Quiero matar a Gediguz, ¿podrían ayudarnos?». Nos darían una paliza.
—Es cierto… —dijo Carrot.
Quizá Bash o Carrot pudieran infiltrarse hábilmente en una ciudad de ogros y atraer a algún hechicero, pero sería difícil conseguir su cooperación.
—En el peor de los casos, podríamos secuestrar a un chamán, torturarlo y obligarlo a enseñarnos Maldición, pero los ogros son bastante leales a los suyos y, aun así, las posibilidades de que nos enseñara serían bajas… ¿Ninguno de sus conocidos es alguien que odie a Gediguz y sea experto en hechicería? —preguntó Thunder Sonia.
Naturalmente, Bash y Carrot tenían muchos conocidos entre los ogros. Pero, si se trataba de un conocido de Bash, sería un ogro curtido en innumerables batallas. No había ningún enclenque entre ellos que fuera a entregar información al enemigo simplemente por una tortura. Lo mismo ocurría con Carrot. Carrot era una de las altas figuras del ejército de las súcubos. Y un ogro capaz de reunirse con alguien de semejante posición tampoco sería una persona cualquiera.
—¡Ah!
Quien había exclamado fue la humana; la antigua hada. Incluso si tuviera conocidos entre los ogros, aquella era una raza cuyos propios conocidos fingirían no conocerla. Sin embargo, ahora se había convertido en humana. Seguramente los ogros también le prestarían atención.
—Jefe. Cuando fuimos al país de las súcubos antes, conocimos a unos gemelos, ¿recuerdas? ¡Los que se convirtieron en tus discípulos!
—Hm… ¿Ludo y Luka, eran? —recordó Bash.
—¡Sí! Y la hermana menor, ¿no utilizaba magia de maldición, si mal no recuerdo?
Ahora que lo mencionaba, Bash tenía la impresión de que ella lo había salvado utilizando una especie de magia parecida a una sombra negra. Pero, si le preguntaban si aquello era Maldición, Bash no lo sabía.
—Oh, ¿tienen a alguien que encaja?
—Si es discípula de Sir Bash, debe de ser una hechicera de considerable habilidad…
Ante las palabras de Carrot, Bash negó con la cabeza.
—No es para tanto. Es una novata.
—Desde el punto de vista de Sir Bash, cualquier guerrero parecería un simple novato.
Lo que Thunder Sonia y Carrot imaginaron fue a una guerrera ogro de músculos enormes. Los ogros varones solían ser hombres imponentes que con frecuencia superaban los tres metros de altura. En su imaginación, la joven hechicera estaba sentada sobre el hombro de semejante ogro.
—No, no, los dos eran realmente unos mocosos —comenzó a explicar Zell—. Y habían emprendido un viaje para vengar a su madre. Es una historia de esas que hacen llorar tanto al escucharla como al contarla. Y justo cuando estaban a punto de perder contra el enemigo de su madre, apareció el jefe y los salvó. Esa es la historia.
En la mente de Thunder Sonia, los gemelos ogros se hicieron unas dos veces más pequeños. La hermana seguía sobre el hombro. Por alguna razón, se había hecho pequeña junto con él.
—Si esa es la historia, ¿crees que traicionarían a Gediguz y se pondrían de nuestro lado…?
—¡Claro que sí! ¡Después de todo, la hermana llegó a decir que dentro de unos años se convertiría en la esposa del Jefe! Si hubieran pasado cinco años más, el Jefe habría perdido la virginidad en con ella…
En la mente de Thunder Sonia, los gemelos ogros se hicieron unas cinco veces más pequeños. La hermana bajó del hombro y tomó de la mano a su hermano. Ahora tenían aproximadamente el tamaño de unos niños de jardín de infantes. Como un orco no iba a acostarse con ellos, había decidido que debían de tener más o menos esa edad. Era un prejuicio.
—Bueno, sea como sea, supongo que no lo sabremos hasta que nos reunamos con ellos. Aunque quizá sea imposible que luchen de nuestro lado, si se trata de una petición del benefactor que vengó a su madre, quizá al menos puedan enseñarnos hechicería —dijo Thunder Sonia.
—El problema es que ese que mató a su madre escapó precisamente porque el Jefe Bash lo dejó escapar. Así que, en realidad, no llegó a vengarlos.
—¡Esto se está complicando! ¡Y, espera, ¿qué clase de enemigo es capaz de escapar de Bash?!
—No dijo su nombre, pero era una espadachina humana que llevaba el rostro cubierto de vendas.
Thunder Sonia y Carrot se miraron y soltaron un «Ah». Ya de por sí eran pocas las humanas capaces de luchar contra Bash, pero si además se trataba de una espadachina humana con el rostro oculto, solo podía haber una. Carrot, por su parte, recordó que había escuchado de sus antiguos camaradas que Bash había intervenido cuando una humana estaba intentando matar a unos niños ogros.
La espadachina —Liscia Gainius Grandorius— era una de las figuras importantes del bando de Gediguz. No sería exagerado decir que, junto con el célebre Nazar, era una de las espadachinas humanas más fuertes.
—Entonces los gemelos… ¿eran los hijos de la Gran Guerrera Lula Lula…? —preguntó Carrot.
—En ese caso, quizá funcione… —dijo Thunder Sonia.
Y, con toda probabilidad, Ludo y Luka eran los hijos de la Gran Guerrera Lula Lula, asesinada por Liscia. Si descubrían que sus padres habían sido asesinados para revivir a Gediguz, seguramente se pondrían de su lado. Y más aún si quien intentaba convencerlos era Bash; las probabilidades serían bastante altas. El problema era que no sabían qué nivel de hechicera tenía Luka, pero, aun así, debía de ser mejor opción que intentar atraer a un hechicero ogro sin ninguna relación con ellos al bando aliado.
—¡Bien, entonces intentemos recurrir a esos dos! —exclamó Thunder Sonia, animada.
En medio de una situación que difícilmente podía considerarse buena, aquel fue el momento en que apareció un rayo de esperanza.
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