Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 33. Camino de Towal
—Doncella, ¿cómo avanza la calibración?
Dana levantó la mirada del panel de piedra en el que estaba trabajando y vio que el Maestro de Esencia Odo se acercaba. Sonrió.
—Ha salido a la perfección. Fueron necesarios algunos ajustes menores, pero no hay ningún problema importante que informar.
Odo inclinó la cabeza.
—Brillantemente realizado, como siempre. Estoy maravillado por su habilidad. Lamento molestarla con esto cuando solo está aquí para realizar una inspección.
—No es necesario que se disculpe —aseguró Dana—. Después de todo, fui yo quien insistió en ayudar.
—Bueno, solo quiero que sepa que lo agradezco —dijo Odo—. Esta instalación es fundamental para suministrar Esencia a la capital, así que es muy tranquilizador tenerla aquí inspeccionándola, mi señora. ¿Regresará a la capital cuando termine aquí?
—No de inmediato. Tengo que visitar la Torre Baja después. ¿Y usted?
—Debo regresar a la Estupa —dijo Odo—. ¿Me permitiría acompañarla hasta el distrito central?
—Estaré encantada de caminar con usted.
Continuaron hablando sobre la Esencia mientras caminaban juntos por la ciudad. En la plaza del mercado, como de costumbre, había una multitud reunida cerca del puesto de Mussdan. Esta vez, Dana ni siquiera se molestó en mirar qué estaba vendiendo. Mussdan tenía el don de crear sensaciones de la nada.
—¡Es Lady Dana! —gritó una niña.
La actividad se ralentizó, y la gente se giró y se inclinó profundamente al pasar Dana y Odo.
—Sin duda es usted muy popular —observó Odo—. No recuerdo que su predecesora despertara tanta devoción.
Dana apartó la mirada, tratando de ocultar su vergüenza. Nunca se acostumbraría a aquella ceremonia. El hecho de que la gente pareciera valorarla más que a la Doncella anterior no le parecía correcto. Quizá sus salidas y conversaciones habituales con los ciudadanos hacían que todos se sintieran más cercanos a ella, pero, a fin de cuentas, no había hecho nada que justificara semejante adoración.
Se despidió de Odo en la entrada del edificio de la Estupa y continuó su camino.
Junto a un puesto del mercado superior, al este de la Estupa, el comerciante de carne, Barossa, la llamó.
—Acabo de enterarme de la noticia, Lady Dana. La guerra entre las naciones del norte finalmente ha llegado a su fin. Negociaron un acuerdo de paz gracias a su visión.
Ah, eso. Dana bajó la mirada. ¿Cómo llegaban a difundirse estas cosas?
—La reina Sarai fue quien negoció la paz. Yo solo tuve la suerte de acompañarla. En realidad, no hice nada.
El comerciante soltó una risa cómplice.
—¡Oh, jojojó! ¡Qué humilde es usted! En cualquier caso, todos nos alegramos de que esa terrible guerra haya terminado por fin.
Espero que tenga razón. Dana sonrió. Sarai había sido, en efecto, quien había llevado la conversación, pero lo que Dana había contado a los delegados sobre la hambruna que había leído en las crónicas del Templo —consecuencia de una guerra anterior en el norte— había resultado muy útil. No había mencionado exactamente de dónde procedía aquella descripción, dejando que los presentes asumieran que estaba relatando su propia visión en lugar de registros históricos. Era increíble cómo una ambigüedad tan pequeña podía hacer maravillas con su motivación. Ella y Sarai formaban una pareja muy eficaz.
En otro puesto, el artesano de equipamiento de Esencia, Lakey, despotricaba sobre su hija, Yuka. Al parecer, esa misma mañana había descubierto que ella también fabricaba equipamiento de Esencia… utilizando sus propias herramientas sin su permiso. Para empeorar las cosas, el equipamiento era exquisito, pero la comerciante lo estaba vendiendo demasiado barato. Dana lo dejó reflexionando sobre la situación, guiñándole un ojo a Yuka, que se escondía detrás de unas plantas en macetas al otro extremo de la plaza. Se sintió tentada a intervenir, pero sabía que debía dejar que padre e hija resolvieran el asunto entre ellos.
En la entrada del Camino de Towal, se encontró con un joven guardia. Alto y delgado, le resultaba tan familiar. Se acercó y examinó su rostro.
—¿Rastell?
—Su Eminencia. —Él mantuvo la mirada al frente, rígido por el esfuerzo.
Por fin te has convertido en guardia. Recorrió con la mirada su equipo y su cuerpo esbelto y musculoso. Un hombre hecho y derecho. Qué cambio desde la última vez que se habían visto.
—Realmente has crecido mucho.
Rastell levantó un poco más la barbilla.
—Gracias, Su Eminencia. Es un honor recibir sus elogios, Doncella del Gran Árbol. ¿Cómo puedo estar a su servicio?
—¿Estar a mi servicio? —Frunció el ceño—. Rastell, no tienes que ser tan formal conmigo.
Rastell bajó la cabeza, encontrándose finalmente con su mirada.
A Dana se le erizó la piel al mirarlo a los ojos. Después de convertirse en la Doncella, había tomado la decisión consciente de abandonar su amistad, sabiendo que nunca podría perdurar. Y ahora, todo el arrepentimiento que había sentido por aquella decisión regresó de golpe. Rastell, su leal compañero desde sus primeros días en el Templo, su devoto admirador, su caballero y protector. ¿Iba a vivir con el arrepentimiento de haberlo perdido por el resto de su vida?
—Echo de menos al antiguo Rastell —dijo en voz baja.
Una emoción se agitó en la mirada de él. Le dijo mucho más que cualquier palabra. Él también la echaba de menos. También se sentía herido por la forma en que ella lo había apartado de su lado. Y tenía todo el derecho a sentirse así. ¿Cómo habían llegado a aquello, hablando como si fueran casi desconocidos, a punto de perder los restos del vínculo que una vez habían compartido?
—Tu uniforme tiene un hilo suelto. —Se acercó y retiró de su hombro el hilo invisible. Su mano permaneció sobre su pecho mientras alzaba la mirada hacia él.
El rostro de Rastell se tiñó de rojo. A través de su contacto, podía sentir su calor y los rápidos latidos de su corazón, tan acelerados como los de ella. Ella Sonrió.
—Ahí está el antiguo Rastell —dijo.
El rubor de Rastell se intensificó.
—Bueno, sí. Pero estoy intentando parecerme más a mi padre. De lo contrario… —Su voz se apagó hasta quedar en silencio.
Ella sabía lo que no estaba diciendo. Su padre jamás vacilaría en el cumplimiento de su deber por culpa de sentimientos personales. Rastell tampoco lo haría, pero ahora que estaban tan cerca, la tentación era muy difícil de resistir. Ser la líder espiritual del reino, ayudar a la gente con su Esencia, significaba estar sola todo el tiempo, sin importar cuántas personas giraran a su alrededor. Con Rastell, no se sentía sola. Él era una de las poquísimas personas que la veían simplemente como una persona, sin importarles su habilidad con la Esencia ni su elevada posición en el reino. ¿Qué daño podía hacer permitirse soñar, aunque solo fuera por un breve momento?
—Todavía recuerdo tu promesa —dijo—. Vas a convertirte en un gran guardia y me protegerás, ¿verdad?
—Ah. —La mirada de él recorrió el rostro de ella con calidez—. Sí. —Volvió a levantar la barbilla—. Así es, Su Eminencia. Pero… todavía tengo mucho trabajo por delante.
—Espero con ilusión que llegue ese día.
Él cerró los ojos por un momento y luego volvió a mirarla.
—Yo también.
Ella debería dejarlo ir, pero le resultaba tan difícil retirar la mano, alejarse. Se deleitó con aquella sensación de satisfacción que siempre experimentaba cuando estaban juntos. En todos aquellos años, casi la había olvidado. Había recorrido un camino tan largo desde aquel niño al que conoció por primera vez en el campo de entrenamiento del Templo. Si seguía avanzando a ese ritmo, ella iba a quedarse atrás.
No pudo evitar deslizar la mano por su hombro y quitar otro hilo invisible.
—Volveré a verte pronto, Rastell —susurró. Luego se apartó y continuó por el camino, invocando Esencia para calmarse y obligar a su mente a apartarse de aquel encuentro.
La torre de guardia al final del Camino de Towal parecía más concurrida de lo habitual. Una fila de bestias de carga que tiraban de carros cargados esperaba al pie de las escaleras, mientras una pequeña multitud se había reunido cerca. Los guardias de servicio dirigían el tránsito con expresiones contenidas que sugerían que las discusiones allí llevaban un buen rato y no daban señales de terminar.
—…hay que tener paciencia —decía el guardia que parecía estar al mando.
La multitud de comerciantes dejó escapar un murmullo de protesta.
—La frescura es fundamental cuando se trata de mariscos. No lo entienden…
—…nos llevará unos dos meses regresar a casa si…
—Ningún peligro podría compararse con…
—No podemos dejar que se descontrole. —Eso lo dijo uno de los guardias. Dana aguzó el oído para escuchar algo más, pero los comerciantes hacían demasiado ruido.
—Mis documentos están en regla, así que ¿por qué todavía no nos dejan pasar?
—No hay necesidad de impacientarse, supongo. —La voz estaba cargada de sarcasmo—. Viajamos hacia las naciones del sur, así que tenemos todo el tiempo del mundo. Aquí, en el sur, no tienen ningún concepto del tiempo.
—Si no se dan prisa, pronto será de noche.
Buen punto. Dana se abrió paso entre la multitud enfurecida y atravesó la puerta hacia el exterior.
Había más carros alineados allí y más guardias. Ya parecían estar tensos, pero se pusieron aún más rígidos al verla. El más cercano —un joven apenas un poco mayor que Rastell— se acercó a ella con una expresión resignada.
—Su Eminencia —saludó.
—¿Qué está pasando aquí?
El guardia lanzó una mirada nerviosa por encima del hombro.
—Discúlpenos, Su Eminencia. Se avistó un feroz saurio en las cercanías. Es excepcionalmente grande y agresivo. Uno de nuestros guardias lo hirió en el hocico, y eso hizo que la bestia se volviera aún más incontrolable. Por el bien de la seguridad pública, hemos cerrado la carretera por el momento.
—Pero me dirijo a la Torre Baja.
El guardia se puso rígido.
—Lo siento muchísimo, Su Eminencia. Nos es imposible dejarla pasar. En este momento, no tenemos idea de dónde podría estar escondido ese saurio. Estamos enviando un escuadrón para localizarlo.
Dana asintió.
—Muy loable. El Templo del Gran Árbol no puede mirar hacia otro lado ante lo que está sucediendo aquí. Yo los ayudaré a localizar a este saurio.
El guardia vaciló. Claramente no le agradaba la idea, pero, por suerte, tenía la suficiente experiencia como para comprender que contradecir a la propia Doncella del Gran Árbol estaba muy por encima de su rango. Bien. Dana odiaba ese tipo de discusiones que la obligaban a hacer valer su autoridad.
—E-eso sería de gran ayuda, Su Eminencia —dijo el guardia—. Si necesita cualquier cosa, por favor, hágamelo saber.
—Gracias. —Dana asintió para despedirlo y luego se hizo a un lado, observando la escena. Comerciantes agitados, carros, bestias que mordisqueaban la hierba y guardias deambulando se mezclaban en una multitud desordenada. El Maestro de Esencia Reince, ayudante de Odo, estaba a un lado, observando la actividad. ¿Estaba cumpliendo algún encargo de Odo en la Torre Baja? ¿O se había escabullido por su cuenta? No tenía tiempo para preguntárselo.
Más adelante, por el camino que había detrás del acantilado más cercano, un tenue resplandor de Esencia brillaba entre la hierba. Habría pasado de largo sin notarlo de no ser por su reciente experiencia con espíritus atrapados, que le había permitido verlo con claridad. Preguntándose por qué tantos de ellos estaban siendo atrapados ahora, extendió su Esencia para deshacer la jaula luminosa.
Una esfera de luz salió disparada, rodeada de imágenes danzantes de hojas verdes. Una voz masculina, rebosante de poder puro, resonó en su cabeza.
Te agradezco que me hayas rescatado, forastera. Debes saber que mi nombre es Wagmur, Espíritu del Bosque.
—Mi nombre es Dana —dijo—. Dana Iclucia.
El espíritu permaneció flotando en el mismo lugar, como si estuviera considerando algo.
—Eres muy peculiar para ser una eterniana. —Al igual que con Jenya, su voz se volvió audible después de que ella hablara, para que coincidiera con la suya—. Pareces tener algún tipo de conexión con los nuestros.
—¿Puedes saberlo? —Dana se sintió genuinamente sorprendida. Hasta hacía poco, ni siquiera ella misma se había dado cuenta de lo estrecha que era su conexión con los espíritus.
La esfera de luz dio varias vueltas sobre sí misma.
—En efecto. Qué afortunada coincidencia. Te ruego que me prestes oído. Hacia el oeste, encontrarás el bosque cubierto de niebla al que llamo hogar. Un espíritu compañero partió del bosque y nunca regresó. Así fue como emprendí una búsqueda para encontrar a mi compañero… ¡pero fui atacado por un saurio de lo más vil!
¿Un saurio? Dana frunció el ceño, pensando en el alboroto del puesto de guardia.
—Enloquecido por la locura —continuó el espíritu—, el saurio me persiguió con la esperanza de devorarme. Qué abominación que esas criaturas detestables posean una conexión suficiente con el mundo espiritual como para considerarnos presas.
Qué abominación, en efecto. Dana tampoco tenía idea de aquello. ¿Podían los saurios utilizar la Esencia? Eso explicaría sin duda por qué representaban una amenaza mucho mayor que otras bestias salvajes.
—Aunque conseguí eludir al saurio —dijo Wagmur—, luego me encontré atrapado en una grieta. Fue realmente exasperante.
—¿Era un saurio grande? —preguntó Dana.
—En efecto. Una criatura despiadada, con los ojos rebosantes de malicia.
—¿Por casualidad tenía una herida reciente en el hocico?
—Debo decir que tus poderes de deducción son sumamen…
Un fuerte rugido retumbó por el desfiladero. Un saurio bípedo gigante irrumpió por el pasaje que tenían delante y cayó pesadamente sobre el camino.
Parecía más grande y resistente que cualquier saurio con el que Dana se hubiera encontrado jamás. Se quedó mirándolo fijamente. No era de extrañar que hubiera causado semejante alboroto.
—¡Aaaah! —gimió Wagmur—. ¡Es exactamente el mismo! ¡Oh, qué desgracia!
Dana desenvainó sus espadas.
—Esas armas no le harán nada —dijo Wagmur—. Las heridas menores que tus hojas puedan infligirle solo conseguirán enfurecerlo.
El saurio se lanzó sobre ella. Dana lo atacó con sus espadas, pero, tal como Wagmur había predicho, su hoja resbaló por la piel del saurio y apenas le causó daño. La criatura se irguió, preparándose para lanzar otro golpe.
Wagmur se acercó.
—Te concederé mi poder, Dana Iclucia. ¡Confío en que sabrás utilizarlo bien!
Una luz envolvió a Dana y, durante un instante, ocultó todo lo que había a su alrededor. Su cuerpo se sentía diferente: más pesado, más asentado. Su arma también había cambiado; ahora era un bastón pesado con una cabeza abultada que hacía que pareciera un enorme garrote.
Podía darse cuenta de que aquello era solo una ilusión, una nueva habilidad que modificaba su arma y sus capacidades existentes en lugar de transformarlas realmente, pero el efecto resultaba convincente de todos modos. Blandió el garrote. El golpe impactó con un estruendo enorme, haciendo retroceder al saurio varios pasos.
Mientras avanzaba, la criatura trastabillaba bajo sus golpes y retrocedía cada vez más por el camino… hasta que se dio la vuelta y huyó, levantando una nube de polvo a su paso.
Dana bajó el garrote. Era increíble que ni siquiera se sintiera sin aliento.
—¿Qué clase de poder es este? —preguntó—. Una Esencia tan pura y serena.
Wagmur se rio.
—Has blandido mi poder de manera excelente. Mientras el bosque exista, podrás seguir utilizándolo. Espero que te sea de utilidad.
—Gracias, Wagmur —dijo Dana—. Lo usaré con cuidado.
—Nosotros, los espíritus, tenemos una larga historia con las Doncellas del Gran Árbol —dijo Wagmur—. Puede que pronto te cruces con otros de los míos. Me alegra haberte conocido.
—A mí también. —Dana no tenía idea de cómo Wagmur la había reconocido como la Doncella, pero supuso que los espíritus tenían sus propios métodos.
—Creo que ahora me despediré —dijo Wagmur—. Si el destino así lo quiere, espero que volvamos a encontrarnos, Dana Iclucia.
Cuando Wagmur desapareció de su vista, Dana tuvo una visión inesperada. La misteriosa puerta de la cripta del santuario subterráneo, la que antes había permanecido cerrada, ahora estaba abierta, como si la estuviera llamando. Solo los virtuosos pueden entrar. ¿Acaso sus acciones, liberar a Wagmur y derrotar al saurio, habían hecho que su virtud aumentara lo suficiente como para poder abrir aquella puerta?
No tenía tiempo para retrasarse. Necesitaba ayudar a Adol y despejar el camino hacia la Torre Baja. Pero simplemente tenía que averiguarlo. Aquel santuario contenía versiones de la historia de Eternia que no se enseñaban en ningún lugar de la superficie. Esos conocimientos bien podrían contener la clave de su propósito, de la razón por la que, de algún modo, existía en dos realidades al mismo tiempo.
Extendió su Esencia, buscando el cristal de teletransporte que había visto dentro de la cripta.
Una sensación familiar de cosquilleo recorrió su cuerpo. Al momento siguiente, estaba de pie junto al monolito de los archivos, frente a la misteriosa puerta.
A diferencia de su visión, la puerta estaba cerrada. Pero cuando se acercó y extendió la mano hacia ella, la puerta cobró vida bajo su tacto. Sus enormes mitades de piedra se deslizaron suavemente hacia los lados hasta desaparecer dentro de las paredes a ambos lados.
Una amplia escalera descendía hacia la oscuridad, conduciendo al siguiente nivel de la Cripta del Santuario.
Ante ella se abrió una gran cámara, brillantemente iluminada por la Esencia que llenaba unos apliques de latón suspendidos de cadenas desde los altos pilares de piedra. El lugar parecía tanto ornamentado como enorme. Resultaba difícil de asimilar pensar que aquel sitio había existido bajo la Estupa y los jardines reales, y que ella no había tenido ni idea de su existencia. ¿Quién podía haberlo construido? ¿Y quién más sabía de él?
Con el poder del Espíritu del Bosque que acababa de adquirir, las armaduras animadas que se interponían en su camino no le parecían ningún desafío. Un solo golpe de su pesado garrote podía destruir varias de ellas a la vez. Incluso las más grandes se desmoronaban bajo sus golpes. Sabía que volverían a materializarse después de que abandonara la cámara, pero hacerlo le permitía avanzar más rápido, sin tener que esconderse en las esquinas para dejar pasar a los gólems.
El camino que tenía delante la llevó por varias cámaras en las que tuvo que escalar rocas, destruir gólems y accionar diferentes palancas, algunas de ellas impulsadas por Esencia, para encontrar el camino que tenía por delante. En su mente, llamó a esta zona el Salón de Piedra, quizá porque las estructuras de piedra de aquel lugar eran especialmente enormes y elaboradas en comparación con cualquier otro sitio.
Como sospechaba, al final la esperaba otro monolito de los archivos. Lo activó y recorrió con la mirada las líneas etéreas que aparecieron en el aire frente a ella, continuando el texto del monolito anterior.
Así, al derrotar a los saurios y cultivar la tierra, el reino expandió sus dominios. Con el tiempo, el Reino de Eternia creció hasta convertirse en la nación más poderosa de estas tierras. Con su expansión llegó una Era Dorada de prosperidad para Eternia. Fue durante esta Era Dorada cuando el Rey de la Luz de Alchea promulgó el Edicto de Migración hacia el Sur. Mediante este Edicto, el reino inició el traslado de su capital al lugar donde se encontraba el Gran Árbol, donde el Rey de la Luz había descubierto la Esencia.
Y así, en el lugar donde el Rey de la Luz obtuvo por primera vez los conocimientos sobre la Esencia, donde el Gran Árbol de los Orígenes, Dador del Conocimiento, se alza majestuoso hasta el día de hoy, los eternianos se dedicaron en cuerpo y alma a establecer una capital digna del Gran Árbol y de su Rey. Una gran capital, que albergaba un enorme cristal con el que amplificar la Esencia, fue presentada al mundo. De este modo, la nueva capital era más que el centro del reino; era el mismísimo corazón de la tierra.
Dana terminó de leer y observó cómo el hexágono luminoso desaparecía. Bueno, no había aprendido nada que le resultara útil de inmediato, pero aquella versión de la historia de Eternia era definitivamente diferente de la que le habían enseñado anteriormente.
Mientras leía, no podía librarse de la sensación de que alguien estaba detrás de ella, observándola. Pero ahora que había terminado y se dio la vuelta, no vio a nadie. El pasillo estaba vacío y podía verse hasta el final, iluminado por la Esencia.
Al igual que en la cámara del monolito anterior, había una puerta al final, completamente cerrada. No se movió cuando Dana intentó empujarla para abrirla, pero esta vez sabía con certeza que, si regresaba más tarde, después de realizar más actos virtuosos, podría atravesarla. Aún no era el momento de abrirla, eso era todo. Concentró su Esencia y se teletransportó de vuelta a la torre de guardia al final del Camino de Towal.
El alboroto de allí había terminado, probablemente debido a que, con el poder de Wagmur, Dana había conseguido ahuyentar al saurio. Los guardias todavía parecían desconcertados, pero no pusieron objeciones cuando ella atravesó el lugar y emprendió el camino que conducía a la Torre Baja.
En la línea temporal de Adol, una enorme roca bloqueaba este camino justo delante de la entrada de la torre. No había nada parecido en esta línea temporal, así que tuvo que confiar en su mejor criterio para elegir el lugar donde plantaría el retoño del árbol de oración, utilizando su Esencia para iniciar su crecimiento. Se apartó y lo observó durante un rato. Era tan frágil, y sin embargo llegaría a crecer hasta convertirse en algo tan poderoso en un futuro lejano.
Esperaba haberlo plantado correctamente y que cumpliera su cometido.
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