La Historia del Héroe Orco
Capítulo 114. Persiguiendo al Dragón
La cordillera de Bog Rasha.
Una de las montañas que estuvieron bajo el dominio del enano Gong Rasha cuando, en un pasado remoto, este construyó un vasto imperio.
Una ciudad provincial de los enanos que había estado gobernada por Bog Rasha, el Rey de las Minas.
Las montañas, que incluso hoy seguían siendo conocidas como territorio enano, se habían convertido en tierras inhabitables para los humanos.
Sin embargo, todavía quedaban por todas partes vestigios del Gran Imperio Enano.
La montaña donde había caído el dragón estaba cubierta por un bosque espeso.
Las montañas en las que los enanos vivían durante mucho tiempo acababan perdiendo poco a poco su vegetación.
Los enanos talaban los árboles para utilizarlos como combustible.
Además, los venenos que se desprendían al fundir el hierro contaminaban la tierra.
Se decía que, en la antigüedad, la cordillera de Bog Rasha había sido un conjunto de montañas peladas.
Al parecer, habían llegado a librar una guerra contra los elfos por haber dejado yermas aquellas majestuosas montañas.
Existía una leyenda que afirmaba que, desde entonces, los enanos y los elfos se llevaban mal.
Los árboles estaban volviendo a crecer en aquellas montañas, pero las cicatrices de la antigüedad aún permanecían.
—¡Tengan cuidado! ¡Esta zona está llena de agujeros! ¡Y de charcos venenosos! ¡No se salgan del camino!
—¡Sí, señor!
Un grupo de algo más de cincuenta personas ascendía por aquellas montañas.
Al frente marchaba un imponente demon de más de dos metros de altura.
Bastaba con ver las cuatro espadas que llevaba a la espalda para que cualquiera recordara su nombre.
El «General de la Espada Fuerte», Netherhanks.
Sequence lo había nombrado comandante de la expedición para exterminar al dragón.
Aunque se trataba de una expedición con pocos hombres y, en esencia, solo tenían que dar el golpe de gracia, el enemigo era un dragón. Necesitaban guerreros experimentados y capaces para estar preparados ante cualquier imprevisto.
Netherhanks estaba algo descontento con aquello.
Nadie quería perder la vida enfrentándose a un «lagarto» justo antes de la gran guerra que estaba a punto de comenzar.
Pero… tampoco podían descartar la posibilidad de que el dragón los atacara por sorpresa, como había ocurrido en las Tierras Altas de Lemium.
No quería volver a permitir que un maldito dragón interfiriera en la tan esperada batalla decisiva.
Además, la elección del comandante también le parecía acertada.
Al fin y al cabo, las espadas de Netherhanks podían cortar incluso las escamas de un dragón.
Netherhanks reunió a cincuenta soldados de élite escogidos por él mismo y ascendió a la montaña.
No hacía falta una gran cantidad de hombres para matar a un dragón, pero la montaña era enorme. También necesitaban efectivos para explorar la zona en busca del enemigo.
Treinta exploradores. Veinte combatientes.
Todos eran soldados cuidadosamente seleccionados. Por muchos soldados rasos que añadieran a una expedición para matar a un dragón, no serviría de nada.
Tres magos para protegerlos del aliento del dragón, cinco capaces de utilizar magia que pudiera perforar sus escamas y, para el resto, guerreros especializados en la defensa.
Las fuerzas le parecían un tanto insuficientes, pero tampoco quería reducir el número de efectivos disponibles para la batalla principal.
Al menos, le habría gustado que la mujer sin nombre los acompañara, pero parecía que estaba demasiado sedienta de sangre ante la inminente guerra contra los humanos como para llevársela a cazar un dragón.
Un general curtido en mil batallas no se quejaba.
Había librado guerras mucho peores.
En comparación con aquellas, esta vez había conseguido traer fuerzas más que suficientes.
Si el dragón estaba al borde de la muerte, solo tendrían que darle el golpe de gracia. No necesitaban tantas tropas para eso.
Si, por el contrario, estaba en perfectas condiciones, sería difícil que todos regresaran con vida.
Sin embargo, incluso si todos morían, podrían conseguir que el dragón cayera con ellos.
Como mínimo, sin duda serían capaces de infligirle heridas tan graves que le impidieran participar en la guerra.
Así de capaces eran las fuerzas con las que contaban.
Solo les faltaba una cosa más para que fueran perfectas.
—Mi señor. Hemos encontrado rastros.
—¡Muy bien!
La exploración avanzaba sin contratiempos.
Primero, habían localizado el lugar donde, al parecer, se había estrellado el dragón.
A partir de ahí, no resultaba demasiado difícil seguir el rastro del dragón mientras este se arrastraba por el suelo.
…Sin embargo, parecía que había otras personas involucradas.
Al parecer, alguien se les había adelantado a Netherhanks y sus hombres y estaba persiguiendo al dragón.
Había al menos cuatro personas.
A juzgar por su forma de caminar, parecía que la mayoría eran mujeres.
Tres mujeres y un hombre.
Era una proporción de hombres y mujeres que le resultaba familiar.
Sequence le había comentado de pasada que cuatro personas con esa misma proporción de hombres y mujeres habían partido de la Nación Démona en dirección al sur.
—¿Así que hay otros que buscan al dragón…?
—¿Qué hacemos?
—Si perseguimos el mismo objetivo, quizá podamos cooperar…
Si se trataba de las personas que sospechaba, serían los aliados más poderosos que podrían tener para acabar con el dragón.
Pero ¿cómo podía estar seguro de que habían venido a exterminarlo?
En el pasado, los humanos habían sometido a un dragón y lo habían utilizado para atacar a la Federación de las Siete Razas.
¿Cómo podía estar seguro de que esta vez no habían hecho lo mismo?
No era fácil encontrar métodos para controlar a un dragón, pero, dado que ya existía un precedente, debía considerar la posibilidad de que estuvieran haciendo exactamente lo mismo.
Era una lástima que el sabio Caspar, quien se había convertido en su aliado en el Territorio Blackhead, hubiera muerto.
Si siguiera con vida, los secretos de la magia de los humanos habrían quedado al descubierto.
Aquel hombre había sido precisamente quien sometía al dragón a su voluntad.
De haber sobrevivido, quizá incluso el dragón que habían derribado esta vez se habría unido a sus filas.
Pero no tenía sentido pensar en los muertos…
En cualquier caso, los humanos tenían en su poder la magia que aquel sabio había desarrollado.
No habría nada extraño en que también pudieran controlar dragones.
Tampoco podían descartar que aquel grupo de cuatro conociera alguna técnica similar.
Si encontraban al dragón derribado y lo curaban, todo su esfuerzo habría sido en vano.
—Dependerá de quiénes sean, queda suponer —dijo Netherhanks entre risas.
Las cosas acabarían saliendo como salieran.
Netherhanks era un alto demon, pero tampoco destacaba por su inteligencia.
Aunque le daba vueltas a las cosas, al final prefería improvisar sobre la marcha.
Adaptarse a las circunstancias y encontrar soluciones para todo; seguía vivo precisamente porque había superado toda clase de situaciones reaccionando según lo que ocurría en cada momento.
—Mi señor. En cuanto a ese grupo del que hablamos, parece que, efectivamente, están persiguiendo al dragón. Sin embargo, no encontramos ni rastro de su figura. A juzgar por las huellas y la cantidad de sangre, no debería haber llegado demasiado lejos…
—¡Eso imaginaba! ¡Bien, esta cacería va a ponerse interesante! ¡Pongan todo su empeño, muchachos! ¡La gran guerra ya ha comenzado!
La carcajada de Netherhanks resonó por toda la montaña.
■
Cuando Netherhanks llegó a la cima, distinguió tres siluetas.
Una era una elfa menuda: Thunder Sonia.
Otra era una súcubo de exuberantes curvas: Carrot.
La última era una figura tan extraña que parecía un orco llevando a un humano a hombros.
—¡Hyeeh! ¡Si nos caemos, estamos acabados, ¿eh?!
En efecto, se trataba de Bash, que llevaba a un humano desconocido sentado sobre sus hombros.
El número coincidía.
Una mujer humana… Lo más probable era que Thunder Sonia y Carrot se la hubieran entregado para controlar a Bash.
Los elfos eran una raza egoísta. Sacrificar a una humana para controlar a un orco sería algo de lo más normal para ellos.
Lo extraño era que la humana parecía llevarse sorprendentemente bien con Bash.
Por lo general, los humanos detestaban acercarse a los orcos, pero… ¿sería que un Héroe Orco como él era diferente de los demás?
—Pero aquí es donde perdemos el rastro…
Bajo sus pies se extendía un precipicio de paredes escarpadas.
En el fondo del abismo se veía magma que brillaba con un resplandor anaranjado.
—¿Y ahora qué hacemos? ¡Pronto anochecerá! ¡Como ayer! ¿Lo sabían? ¡El sol se pone todos los días, ¿saben?! ¡¿Ya se olvidaron de aquel día en que juramos no volver a ver una puesta de sol?! —dijo Zell.
—¡Ya lo sé! ¡Maldita sea, déjame en paz! No me digas que se ha caído dentro del cráter…
El cráter volcánico al que Thunder Sonia se asomaba seguía irradiando calor, como siempre.
No percibía señales de vida.
¿Significaba eso que el dragón había caído en el cráter?
—Quizá haya retrocedido sobre sus pasos —dijo Bash—. El dragón con el que nos encontramos anteriormente era astuto. Será mejor que no lo consideremos una simple bestia mágica.
—También es posible. Pero, más importante, ¿no crees…?
—Sí.
Los tres se dieron la vuelta.
Al parecer, se habían percatado de la presencia de Netherhanks y sus hombres.
Netherhanks lo pensó un momento, pero decidió mostrarse.
Con Thunder Sonia, Bash y Carrot juntos, aunque intentaran tenderles una emboscada, la mayoría de sus hombres acabarían siendo derrotados.
Además, entre sus propias filas también había muchos hombres.
—¡Vaya coincidencia encontrarnos en un lugar como este! ¡No me digan que se perdieron!
Cuando Netherhanks apareció mientras decía aquello, Thunder Sonia puso cara de sorpresa, aunque no perdió la calma.
Seguramente se había dado cuenta hacía rato de que estaban rodeados.
—Llevaba un buen rato pensando que había alguien siguiéndonos a escondidas, pero resulta que eras tú. ¡¿Qué quieres, Netherhanks?!
—¿El «General de la Espada Fuerte», eh?
Mientras Thunder Sonia murmuraba aquel nombre con evidente fastidio, Bash se plantó frente a Netherhanks con su habitual actitud despreocupada.
No intentaba aparentar nada ni fingía ser alguien que no era. Se mostraba tal como era, con una dignidad natural, igual que cuando habían luchado juntos en el Territorio Blackhead.
—¡Bash…! ¡No, «Héroe Orco»! ¡Vaya, parece que estás en plena forma!
Netherhanks abrió los brazos de par en par y llamó a Bash.
Ante aquel gesto amistoso, Bash bajó a Zell de sus hombros y dio un paso al frente.
—Sí. Tú también pareces estar bien, Netherhanks.
—¡Pues claro que estoy bien! ¡Aunque estuve a punto de morir, mi raza estuvo al borde de la extinción y caí en lo más profundo de la desesperación! ¡Pero Lord Gediguz ha resucitado y la gran guerra está a punto de comenzar! ¡Con semejantes acontecimientos, cualquiera recuperaría los ánimos!
—Te entiendo. A mí me pasa lo mismo. —Bash cruzó los brazos y asintió repetidamente.
—¡Así que tú también estás emocionado ante la inminencia de la guerra! ¡Oh, «Héroe Orco»!
Netherhanks lo decía convencido, pero Bash no había asentido porque la inminente gran guerra le hubiera devuelto los ánimos.
En realidad, estaba recordando cómo había caído en lo más profundo de la desesperación cuando apareció la marca del mago orco, y cómo después había disfrutado de aquel dulce momento en que perdió la virginidad.
Desde entonces, cada noche se turnaba para pasarla con sus tres esposas.
Bash sabía perfectamente cuánto podía animar a un hombre una remontada semejante después de haber caído en lo más profundo de la desesperación.
Frizcop: Jejé, remontada.
—Bien, ahora hablemos de ustedes, la «Gran Archimaga Elfa» y la traidora «Voz Sibilante».
Zell fue ignorada.
Netherhanks era un tipo vulgar, pero, como alto demon, no tenía por costumbre dirigirle la palabra a una humana desconocida.
—Cuánto tiempo, Netherhanks. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado en el campo de batalla? ¿Cuatro? ¿Cinco? Te advierto que hoy estoy más fuerte que nunca. Bash me protege desde delante, así que puedo lanzar magia a discreción desde atrás. ¡No creas que podrás acercarte a mí tan fácilmente como siempre!
—Lo siento mucho, querido tío Netherhanks. Verás, le debo a Lady Sonia un favor que jamás podré devolverle. ¿Te importaría retirarte antes de que se forme un charco en el suelo de tanto que babearás por mí?
Netherhanks levantó ambas manos.
Tenía que demostrar que no pretendía luchar. Al menos, no por el momento.
—¡Por supuesto! ¡Me retiraré todo lo que haga falta! ¡En cuanto me expliquen qué hacen en una montaña como esta! ¡Bash, ¿por qué estás aquí?! ¡¿Cómo has llegado hasta este lugar?! —Le preguntó directamente a Bash, porque sabía que los orcos no mentían.
Antes de que Thunder Sonia pudiera inventarse alguna mentira convincente, haría que Bash hablara; era una táctica propia de un astuto demon.
Tal como era de esperar, Thunder Sonia empezó a agitar las manos frenéticamente, intentando hacer callar a Bash, pero ya era demasiado tarde. Bash comenzó a hablar.
—Fuimos al país de los ogros para buscar a Ludo y Luka, los hijos de la Gran Guerrera Lula Lula, pero nos echaron.
—Vaya.
—También fuimos al país enano. Queríamos ver a Primera, la hija de Doradora Do Banga… pero tampoco tuvimos suerte.
—¡Ya veo, así que eso pasó!
—Sin embargo, en el país enano nos enteramos de que una démona estaban persiguiendo a un dragón. Por eso estamos aquí.
La información era fragmentaria, pero bastó para que Netherhanks comprendiera los movimientos de Thunder Sonia.
En pocas palabras, parecía que habían estado maniobrando en secreto para conseguir que los ogros y los enanos, que se habían puesto del lado de Gediguz, cambiaran de bando.
Habían intentado establecer contacto con los hijos e hijas de personajes importantes, es decir, con personas a través de las cuales podían ejercer influencia política, pero seguramente sus esfuerzos habían fracasado.
Tanto los ogros como los enanos habían decidido apoyar a Gediguz con plena determinación.
Sin duda habría quienes se opusieran a esa decisión, pero, al menos hasta que terminara la guerra, era poco probable que cambiaran de postura.
Y, al enterarse de que los démones perseguían a un dragón, habían venido para entrometerse.
¿Significaba aquello que, después de todo, aquel dragón era un subordinado de los elfos o de los humanos?
—Pero ¿por qué persiguen a un dragón…? ¿Eh? —En ese momento, Netherhanks se dio cuenta de algo.
Bash.
En la frente de Bash había un emblema que no le resultaba familiar… No, en realidad, sí que lo conocía.
Era el emblema de un mago orco.
—¡Bash, ¿qué demonios es ese emblema que llevas?!
No era algo que Bash debiera llevar.
Para los orcos, y en especial para un guerrero de pura cepa como Bash, aquel emblema no representaba más que una vergüenza.
Por un instante, Bash desvió la mirada, sin saber dónde posarla.
Pero, cuando Thunder Sonia, que estaba a su lado, le tomó la mano, volvió a mirar al frente, clavó los ojos en Netherhanks y declaró con firmeza:
—¡Me he convertido en un guerrero mágico…!
—¿Qué significa eso…?
—Lo que acabo de decir. Puedo utilizar magia.
Frizcop: Vamos ahí, la abuela Sonia apoyando a su esposo como la MVP que es y ha sido siempre en esta historia.
En ese instante, un relámpago de comprensión atravesó la mente de Netherhanks.
Según la información que había recibido, el sabio Caspar había sido derrotado por Bash en el Territorio Blackhead.
Después de aquello, Bash se había trasladado, por alguna razón, al país de las hadas, donde terminó enfrentándose a Gediguz en un duelo.
Como resultado del duelo, Bash había huido.
Al parecer, cuando intentaron atacarle mientras escapaba, la bruja Carla lo protegió y murió en su lugar.
Posteriormente, Bash había viajado a la Nación Démona junto con Thunder Sonia y las demás…
Y ahora, al reaparecer, tenía en la frente la marca de un mago.
Bash era el «Héroe Orco».
Era imposible que se hubiera convertido en un guerrero mágico.
Las innumerables batallas en las que había participado lo demostraban.
Por lo tanto, debía de haber adquirido la capacidad de utilizar magia por algún motivo.
Pero ¿con qué propósito…?
¿Y qué clase de magia había aprendido a utilizar?
—Bash, perro astuto, aprendiste de la bruja. Aprendiste magia…
—No, no fui yo quien aprendió magia de la bruja.
—Esa sería yo, je.
Al oír aquellas palabras, Netherhanks dirigió la mirada hacia la humana que, hasta hacía un momento, había estado subida a los hombros de Bash.
Una mujer humana.
Había algo en ella que le resultaba vagamente familiar.
Parecía llevarse muy bien con Bash, pero… ahora que lo pensaba, ¿no era extraño que una simple humana estuviera allí?
¿Acaso Bash la había llevado sobre sus hombros precisamente para protegerla?
…¿Quién era aquella mujer?
Quizá fuera discípula de la bruja Carla…
No, ahora que lo recordaba, había oído que Caspar se había casado y tenía un hijo.
¿Qué había sido de él?
—Esa humana… ¿es la hija de Caspar?
La mujer humana que estaba junto a Bash abrió los ojos, como si acabara de darse cuenta de algo, y miró a Thunder Sonia.
Thunder Sonia se llevó una mano a la frente.
Así que era eso.
Netherhanks no podía determinar cuál de los dos, Bash o aquella mujer, era capaz de utilizar la magia para controlar dragones.
Quizá ambos pudieran hacerlo.
Pero había algo que sí estaba claro: el objetivo de aquellos individuos era el dragón.
Frizcop: Y lo peor de todo es que Bash sí que tiene bastante control sobre el dragón xD.
No hacía falta pensar demasiado para deducir qué pretendían hacer después de haber venido a buscar a una criatura que ya habían sometido a su voluntad.
Volver a utilizarla.
—Vaya, sí que estás dispuesto a luchar. Bueno, sea como sea, sabía que las cosas acabarían así en cuanto aparecieras.
Ante las palabras de Thunder Sonia, Netherhanks esbozó una leve sonrisa.
—¿Ah, sí?
—Desde tu posición, no puedes permitirte dejarnos escapar, especialmente a mí. ¿Verdad?
Aquellas palabras, pronunciadas como si buscara su confirmación, pusieron a Netherhanks en un aprieto.
Para ser sincero, lo último que quería era luchar.
Bash, Thunder Sonia y Carrot.
A ellos se sumaba la humana que parecía ser la hija de Caspar, quien probablemente también fuera maga.
Todos ellos eran enemigos más formidables que el dragón, que seguramente estaba al borde de la muerte tras recibir el impacto del Cañón del Dios Demon.
Debería haber traído a aquella antigua princesa humana, después de todo.
Ella podía enfrentarse a Bash o a Thunder Sonia y, además, no caería bajo el hechizo de seducción de una súcubo.
—No te preocupes. estoy dispuesto a dejarlos marchar… siempre y cuando bajen de esta montaña sin causar más problemas.
—Eso no será posible. Tenemos que encontrar a alguien.
—Me lo imaginaba.
Thunder Sonia adoptó una postura de combate.
Por fortuna, ni Bash ni Thunder Sonia llevaban armas consigo.
Al parecer, todavía no habían encontrado un reemplazo para la espada démona que su señor Gediguz había destruido.
—¡Mi nombre es Netherhanks, alto demon y «General de la Espada Fuerte»! ¡Que aquellos que deseen perder la cabeza a manos de mis espada démonas den un paso al frente y se presenten! —Netherhanks proclamó su nombre y clavó una espada en el suelo.
Bash dio un paso al frente.
Después de que alguien exigiera que se presentara y pronunciara su propia declaración de combate, no había ningún orco que se negara a responder.
—¡Ex campeón del Rey Orco, soy…!
Mientras Bash todavía se estaba presentando, Netherhanks ya había comenzado a infundir energía mágica en su espada.
Una enorme cantidad de agua brotó de la hoja y se extendió por el suelo reseco.
Netherhanks se encontraba a una altura muy inferior a la de Bash y los demás.
Por lo tanto, el agua no podía alcanzarlos.
Sin embargo…
—¡Fuego!
A la orden de Netherhanks, los magos lanzaron bolas de fuego.
Estas no impactaron contra Bash y sus compañeros, sino contra el suelo bajo sus pies.
La fuerza de las explosiones hizo que la tierra temblara violentamente.
—¡Mmgh!
El terreno sobre el que se encontraban Bash y las demás se desplomó en un corrimiento de tierras.
Thunder Sonia lanzó un hechizo mientras gritaba algo, pero Netherhanks también estaba desplazándose para ponerse a salvo del derrumbe.
No pudo comprobar qué clase de magia había utilizado.
Como no percibió que se acercara ningún ataque, supuso que debía de tratarse de algún tipo de hechizo defensivo.
Las figuras de Bash y sus compañeras desaparecieron bajo la avalancha de tierra y rocas.
—……
Cuando el derrumbe finalmente se detuvo, Bash ya no estaba en la cima de la montaña.
Tampoco consiguió distinguir sus figuras en el cráter que se extendía más allá del borde derrumbado del volcán.
¿Habrían caído en picado hasta el fondo del cráter y se habrían fundido ya en el magma…?
—¿Lo hemos… conseguido?
—¡Idiota! ¡Si el «Héroe Orco» y la «Gran Archimaga Elfa» pudieran morir por algo así, tanto los orcos como los elfos se habrían extinguido hace mucho tiempo! ¡Pero al menos deberíamos haber ganado algo de tiempo! ¡Aprovechémoslo para encontrar al dragón y acabar con él!
Tras decir aquello, Netherhanks se dio la vuelta y echó a andar.
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