La Historia del Héroe Orco

Capítulo 113. Mostrando Debilidad


Foso de Do Banga.

Era una ciudad de enanos que Bash había visitado en el pasado.

Tenía la estructura característica de las ciudades enanas, semejante a un hormiguero, pero se distinguía por contar con un enorme túnel horizontal excavado a raíz de la guerra. En la actualidad, aquel túnel se había convertido en la avenida principal de la ciudad.

Cada año se celebraba un torneo llamado «Festival del Armamento». Unos tres años atrás, Bash había participado como luchador enano y, aunque por desgracia había quedado en segundo lugar, la final había sido un combate memorable que todavía se recordaba.

Bash y su grupo se dirigían hacia aquella ciudad, pero…

—Uuumm… ¿Quién iba a imaginar que cerrarían la frontera? Aunque, pensándolo bien, era lo más lógico… —dijo Thunder Sonia, pensativa.

Bash y su grupo habían llegado al país de los enanos, pero se encontraban retenidos en la frontera.

En aquel momento estaban en un bosque, cerca de un puesto fronterizo.

Mientras acampaban allí, Thunder Sonia se apoyaba la mejilla en una mano y se quejaba en voz baja.

—Haa…

Bash y Zell no estaban allí.

En aquel momento habían salido al bosque a cazar.

Bueno, seguramente regresarían enseguida con uno o dos ciervos.

Bash siempre volvía con tantos ciervos que eran incapaces de comérselos todos. Y luego se los mostraba con orgullo a Thunder Sonia y Carrot, algo que resultaba de lo más adorable.

Como no podían comérselos todos, dejaban parte de la carne, pero Zell preparaba carne seca todas las noches sin cansarse nunca de hacerlo y la guardaba en su bolsa, así que no se desperdiciaba nada.

Aunque, por supuesto, la bolsa ya estaba a reventar… De todos modos, nunca se podía tener demasiadas provisiones de comida.

—Así que los enanos están del lado de Gediguz…

—Lord Gediguz tenía la intención de incorporar a todas las razas bajo su mando, si le era posible… —dijo Carrot.

—Si consigue poner a todas las razas bajo su mando, la guerra se acabará, ¿no?

—También dijo que lo mejor sería precisamente que la guerra terminara de ese modo.

—¿Y entonces comenzaría un Estado unificado de démones? Bueno, para ellos, eso sería lo mejor, ¿no?

—No me pareció que Lord Gediguz lo viera de esa manera…

—Oye, tú… No te pongas tanto de su lado, ¿quieres?

—Lo siento. Estoy agradecida por la bondad que me has mostrado, Lady Thunder Sonia, y he decidido ayudarte… Sin embargo, no me uní a ti porque estuviera en contra de las ideas de Lord Gediguz.

—Bueno, supongo que ese tipo tendrá sus propios grandes ideales.

Thunder Sonia había oído muchas veces que Gediguz era un hombre extraordinario.

Anteriormente, cuando intentó reclutarla, ella había dado por sentado que mentía, pero ahora ya no estaba segura de hasta qué punto habían sido falsas sus palabras.

También había dicho que no quería exterminar a los elfos.

Si aquello era cierto, bueno, al menos era una intención bastante noble.

Por cierto, también había dicho que estaba enamorado de Thunder Sonia, pero decidió olvidarse de eso.

Al fin y al cabo, ella ya era una mujer casada.

—Pero esto es un problema. Si los humanos también se pasan al bando de Gediguz, se acabó de verdad…

—Creo que por eso no debemos preocuparnos. En ese bando hay una mujer que odia bastante a los humanos.

—¿De verdad? ¿Crees que el jefe de Estado de un país va a cambiar su política solo porque uno de los miembros de su grupo detesta a uno de los bandos? Yo no lo haría. Ese tipo actúa de forma mucho más racional. Si considera que incorporar a los humanos bajo su mando es la mejor manera de ganar la guerra, creo que no dudaría en deshacerse de uno de sus subordinados que se opusiera. ¡Yo haría lo mismo!

Thunder Sonia decía esas cosas, aunque sería incapaz de deshacerse de alguien de esa manera.

Aun así, Gediguz probablemente sí sería capaz de hacerlo. La raza de los démones era despiadada.

—Lord Gediguz es una persona más compasiva de lo que cabría esperar. También tiene el valor de lanzarse personalmente a situaciones en las que podría encontrar la muerte.

—¿Ah, sí…? Bueno, supongo que sí. —Thunder Sonia recordó el incidente en el que había sido atacada.

Gediguz había utilizado Disfraz para infiltrarse personalmente e intentar capturarla.

El demon era un combatiente poderoso y seguramente había ido porque quería asegurarse de acabar con Thunder Sonia, pero, aun así, había sido una apuesta peligrosa.

Los humanos y los elfos eran aliados, después de todo.

No podía descartarse que los elfos ya hubieran descubierto la existencia de Disfraz y que, como medida preventiva, hubieran instalado magia de detección en el castillo.

En realidad, los elfos no sabían nada al respecto, pero no había forma de que él lo supiera.

—También se enfrentó a Bash en un duelo y no huyó —añadió Carrot.

—Hay que reconocerle que tiene valor. Aunque también cabe la posibilidad de que, como acababa de resucitar, no conociera la verdadera fuerza de Bash.

Además, se había enfrentado a Bash en un combate singular.

Para cualquiera que hubiera luchado contra Bash al menos una vez, semejante decisión habría sido una auténtica locura.

—Si no hubiera aparecido el emblema en la frente de Sir Bash, no sabríamos cómo habría terminado el combate.

—Bueno, ¿no crees que Bash habría ganado de todos modos?

—Es posible. Lord Gediguz le pidió en repetidas ocasiones a Sir Bash que se uniera a él.

—…Conmigo hizo lo mismo. Aunque, cuando le dije que no me uniría a él, terminó dándome una paliza sin dejarme ninguna oportunidad. Quizá también tuviera alguna estrategia secreta contra Bash… No, espera, como es inmortal, ¿no habría ganado al final de todos modos?

Bash no era alguien a quien se pudiera derrotar con un simple truco, pero tampoco era invencible.

Si conseguían dejarlo sin armas, tendrían bastantes posibilidades de vencerlo.

Bash era fuerte, pero era un espadachín en su núcleo.

Sin una espada, su capacidad de combate se reducía a la mitad.

No sería exagerado decir que su fuerza se debía, precisamente, a que poseía una espada indestructible.

La idea de destruir una espada que no podía romperse ni siquiera se le habría ocurrido a Thunder Sonia.

Era una forma de pensar propia de los démones, la raza que había creado una espada mágica indestructible.

—Sea como sea, ahora que los enanos también se han convertido en enemigos, la situación de la guerra se volverá bastante complicada.

La capital de la gente bestia ya había caído.

Los enanos se habían pasado al bando de Gediguz.

No sabía cómo actuaría el resto de la Federación de las Siete Razas, pero los ogros ya habían movilizado a todo su país para acudir junto a Gediguz. Según le había contado Carrot, la mayoría de los súcubos también se había unido a Gediguz, al igual que las hadas.

En ese caso, podía dar por hecho que los hombres lagarto y las arpías también se habían puesto de su lado.

—Me preocupa el Bosque Siwanasi… —sus pensamientos se dirigieron al bosque donde había vivido en el pasado.

Teniendo en cuenta las rutas de avance del ejército de Gediguz, lo más probable era que el Bosque Siwanasi se encontrara en su camino.

Tanto si pretendían invadir el territorio de los humanos como el de los elfos, aquella zona sería un punto estratégico.

A raíz del incidente de los zombis de hacía tres años y con el objetivo adicional de vigilar a los orcos, el bosque contaba con una fuerza militar considerable. Sin embargo, si le preguntaban si sería capaz de detener al ejército de Gediguz, que no dejaba de crecer, la respuesta era que lo tendría muy difícil.

Y más aún ahora que los orcos también se habían convertido en enemigos.

Los elfos tampoco querrían perder aquel territorio, así que seguramente desearían enviar refuerzos… pero, si los humanos no cooperaban adecuadamente, aquello también resultaría complicado.

En el peor de los casos, no sería extraño que optaran por abandonarlo a su suerte.

Tampoco sería una decisión equivocada, pero…

De hecho, ahora que el Bosque Siwanasi estaba cada vez más cerca, incluso sentía ganas de ir a echar un vistazo para ver cómo estaban las cosas.

Aunque, al parecer, no tendría tiempo para eso…

—Lady Thunder Sonia.

—Ya lo sé. Fui yo quien decidió convertirse en un agente libre, capaz de actuar por su cuenta. Pero, cuando se acumulan tantas decepciones, no puedo evitar sentirme cada vez más inquieta. Empiezo a preguntarme si las cosas no estarán empeorando sin que me dé cuenta, hasta el punto de que ya no haya vuelta atrás —mientras decía aquello, Thunder Sonia removió una rama de la hoguera.

Con un chasquido, saltaron algunas chispas.

—…Quizá haya cometido un error.

Los elfos y los humanos se encontraban al borde del abismo.

Ambos países eran las dos grandes potencias del continente de Vastonia, pero, incluso así, en aquellas circunstancias ya no podían considerarse superiores en términos militares.

Todo se decidiría cuando el ejército de Gediguz y sus enemigos se enfrentaran en una gran batalla. El bando que saliera victorioso de ese combate acabaría ganando la guerra.

Y, a juzgar por la situación, las probabilidades de vencer eran escasas.

Solo si los elfos y los humanos volvían a unir sus fuerzas como en el pasado, quizá tuvieran una mínima posibilidad de ganar.

En ese caso, ¿no sería mejor regresar cuanto antes al territorio principal de los elfos y concentrarse en la diplomacia con los humanos, en lugar de vagar por ahí buscando la hechicería cuya utilidad ni siquiera estaba garantizada?

O quizá debería dejar de obsesionarse con luchar y aconsejar que ofrecieran su rendición a Gediguz.

Puede que este les impusiera un tratado desfavorable para los elfos, pero ya no estaban en condiciones de preocuparse por semejantes cosas.

—Permíteme decirte algo desde mi experiencia como antigua general de los súcubos.

—¿Ah, sí? ¿Qué pasa? ¿Acaso vas a quejarte? ¡No se puede evitar! ¡Déjame al menos desahogarme un poco!

Carrot se sentó al lado de Thunder Sonia.

Le deslizó los dedos por la mejilla y le sujetó la barbilla. Luego se la levantó suavemente, obligándola a mirarla.

—Yo no voy a permitir que esto termine en un fracaso. —Carrot miraba fijamente a Thunder Sonia desde una distancia tan corta que sus narices casi se tocaban.

Estaban lo bastante cerca como para que pareciera que iba a besarla.

Thunder Sonia agitó ambas manos con nerviosismo.

—Tú me ayudaste a recuperar mi orgullo. Si llega el momento, regresaré al país de los súcubos y suplicaré a la reina que perdone la vida de los elfos, aunque tenga que ofrecerle mi propio corazón. Al menos conseguiré que te de refugio a ti.

—Idiota. No quiero que hagas algo así, como si alguna vez fuera a escapar yo sola y dejar a los demás atrás… Pero gracias.

—No tienes que agradecérmelo. Nos enamoramos del mismo hombre y nos convertimos en sus esposas. Entre los súcubos, eso nos convierte en hermanas.

—Entonces, como soy la hermana mayor, no debería estar quejándome de mis debilidades.

—No pasa nada. Puedes desahogarte siempre que quieras. Y si no quieres que los demás te oigan, ven a contármelo a escondidas, solo a mí. —Tras decir aquello, Carrot soltó la barbilla de Thunder Sonia.

Thunder Sonia se rascó tímidamente la nuca avergonzada y consciente de sí misma.

Nunca antes había llegado a tener una relación tan íntima con una súcubo, así que se sentía un poco avergonzada. Después de todo, las súcubos tienen unos rostros y un atractivo sexual extraordinarios, pensó, acariciándose las mejillas y el pecho, tan poco desarrollado como siempre.

—¡Ah! Bash ya ha vuelto —dijo Thunder Sonia para disimular su vergüenza, y justo entonces un orco apareció lentamente de entre las sombras.

Bash llevaba sobre los hombros un jabalí enorme y dos ciervos.

Como siempre, era una cantidad de comida imposible de terminar. Aunque, pensándolo bien, quizá los orcos fueran capaces de comerse una presa entera por cabeza.

En cuanto a Zell, que caminaba a su lado, llevaba una bolsa llena de frutos secos.

Seguramente había pensado que, además de carne, también necesitaban algo de verdura.

Aunque los frutos secos no eran verduras.

—¡Oh, vaya piezas has conseguido! —exclamó Thunder Sonia—. ¡Déjame a mí el trabajo de descuartizarlas!

—De acuerdo. Te lo dejo a ti —dijo Bash.

—Estoy agotadaaa —dijo Zell—. ¡Mami, ¿ya está la comida?!

—¡¿A quién le dices mami?! ¡Y acabas de volver con los ingredientes! ¡Espera un poco!

—Entendido.

Bash le entregó las presas a Thunder Sonia y se sentó pesadamente frente a la hoguera.

Zell saltó de inmediato a su regazo, mientras Carrot comenzaba a masajearle los hombros.

Bash estaba encantado.

Después comería la comida preparada por su esposa y, a continuación, se comería a sus esposas.

Su vida matrimonial era muy distinta de lo que había imaginado, pero resultaba mucho mejor de lo que esperaba.

Nunca habría imaginado que podía ser tan agradable estar con una mujer que no se resistiera a sus deseos.

Por eso, Bash se había jurado que, cuando regresara al país de los orcos, tendría que contárselo a todos.

Frizcop: Vamos a tener a Bash convirtiéndose en un sabio y gurú del amor jsjsj

—Thunder Sonia.

—¿Mmm?

—No hemos podido entrar en el país de los enanos. ¿Qué haremos ahora?

—Mmm…

No conseguían encontrar a un hechicero.

Ni siquiera sabían si todavía estaba en el Foso de Do Banga o si ya se había marchado.

Además, habían pensado que, si llegaban al Foso de Do Banga, también podrían conseguir un arma para Bash, pero ni siquiera habían podido entrar en la ciudad.

Bash probablemente sería capaz de luchar bastante bien incluso con un arma recogida en el campo de batalla.

Sin embargo, si iba a enfrentarse a enemigos más formidables, lo ideal sería conseguir un arma a su altura.

Una gran espada que se adaptara bien a su mano sería perfecta.

—Bueno, sí… No tenemos otra opción. Iremos al país de los orcos. Si conseguimos que se pongan de nuestro lado, el Bosque Siwanasi no será un lugar que puedan atravesar tan fácilmente. Gediguz también tendrá que rodear el bosque, así que su avance debería ralentizarse.

—…De acuerdo.

—Has tardado un poco en responder. ¿No quieres ir? También tendrás que informar al rey orco de que te has casado, ¿no?

—…… —Bash guardó silencio y se llevó suavemente una mano al emblema de la frente.

Con aquel simple gesto, Thunder Sonia comprendió lo que quería decir.

—No pasa nada. Mira a tu hermosa esposa. Una humana, una súcubo y esta preciosura que tienes delante. Puede que hayas tenido tu primera experiencia bastante tarde, pero has conseguido conquistar a Thunder Sonia, la Gran Archimaga Elfa. Si mantienes la cabeza bien alta y presumes de ello con orgullo, nadie se atreverá a cuestionar ese emblema de tu frente. Y si alguien se atreve a decir algo, dale una paliza hasta dejarlo más molido que el puré. Ustedes los orcos quedan satisfechos con eso, ¿verdad?

—…Sí, supongo —Bash sonrió débilmente.

Era cierto que quizá pudiera obligarlos a aceptarlo por la fuerza.

Sin embargo, seguía preocupado. ¿Qué haría si, aun así, se negaban a reconocerlo?

¿Qué haría si, después de ganar una batalla y derribar a su oponente, este seguía señalando el emblema de su frente y riéndose de él?

—Entendido. Si estás tan preocupado por esto, yo también me armaré de valor… ¡Me desnudaré de cintura para arriba, pero solo de cintura para arriba!

—…¿Mm? Pero si por las noches siempre te desnudas.

—¡No me refiero a eso! ¡Ya sabes, lo de ponerme un collar y unas cadenas y pasearme desnuda por todo el pueblo! ¡Te estoy diciendo que acepto hacerlo! ¡Si paseas a la Gran Archimaga Elfa en semejante estado, cualquier orco quedará convencido! ¡Y, si hace falta, yo misma los voy moler hasta dejarlos convertidos en puré! Ah, pero escucha bien: ¡no pienso dejar que ningún orco que no seas tú me toque! ¡No te confundas con eso!

—…Je. Sí, tienes razón. —Bash asintió con una sonrisa ligeramente alegre.

Aunque su expresión parecía indicar que no creía que las cosas llegaran a ese extremo, también daba la impresión de haber tomado una decisión.

Al ver aquella sonrisa, Thunder Sonia también sonrió.

Tenía un marido de lo más sincero y adorable.

—Hm. —De pronto, Bash miró hacia el bosque.

Thunder Sonia también se había dado cuenta.

En la oscuridad se distinguían numerosas luces.

Alguien se acercaba. Y no eran precisamente pocas personas.

Sin embargo, no parecían estar intentando ocultar sus pasos. Incluso se oía desde lejos una voz que gritaba: «¡Oigan, ustedes!».

No parecía que se tratara de un ataque.

—Así que estaban aquí.

Se trataba de varios enanos.

Al frente del grupo iba una enana que le resultaba familiar.

Thunder Sonia conocía su nombre.

Si no recordaba mal, era una de las hijas de Doradora Do Banga…

—Pero si eres Carmela Do Banga.

La enana, Carmela Do Banga, apareció ante Bash y las demás acompañada de varios individuos que parecían ser sus guardaespaldas.

Thunder Sonia y sus compañeros ya se habían puesto en pie y estaban preparados para combatir.

Sin embargo, ninguno de los enanos había desenvainado su arma.

Todos tenían las manos levantadas, como si quisieran dejar claro que no tenían intención de luchar.

—No hemos venido a buscar pelea… Cuánto tiempo, Bash. Me enteré de que estabas acampando cerca de la frontera.

Bash levantó la cabeza y miró a Carmela Do Banga, pero su expresión no cambió.

No la recordaba.

—Bash, así que te has puesto del lado de los elfos.

—Así es.

—Los enanos se han puesto del lado de los démones. Lo siento. A mí también me resulta frustrante, y hay muchos que no están de acuerdo con la decisión… Pero fueron los ancianos quienes lo decidieron.

—No te preocupes. Originalmente, éramos enemigos.

—Es verdad. —Carmela Do Banga esbozó una sonrisa amarga mientras miraba la espalda de Bash; una espalda que no llevaba nada encima—. Y también me he enterado de otra cosa. Dicen que has perdido tu espada.

—¿Dónde lo has oído?

—Se ha convertido en un rumor. Dicen que Gediguz destrozó la espada de Bash y ganó su duelo. Me parecía difícil de creer, pero los guardias de la frontera también se dieron cuenta de que el mismísimo Bash ya no llevaba su espada démona indestructible, así que el rumor ha empezado a parecer mucho más creíble…

—……

—Necesitas un arma nueva, ¿verdad?

—¿Vas a forjarla tú?

Carmela Do Banga soltó una carcajada despectiva ante las palabras de Bash.

—¡Ja! No digas tonterías. Ya está decidido quién será la enana que forjará tu espada, ¿no?

Al oírla, Bash recordó una promesa que había hecho tiempo atrás.

Primera.

En el pasado, había participado en un torneo en aquella ciudad junto a una enana y ambos se habían hecho una promesa.

—Primera. Es cierto, le dije que acudiría a ella cuando mi espada se rompiera.

—Me alegra que te acuerdes. Pero hay algo que tengo que decirte al respecto… —Carmela Do Banga frunció el ceño y cruzó los brazos. Parecía que le resultaba un poco difícil decirlo—. Ahora mismo, esa chica no está en la ciudad. Se marchó. Con una démona.

Otra vez se trataba de una démona.

Thunder Sonia intervino de inmediato en la conversación.

—Oye, espera. ¿Esa démona iba acompañada de una hechicera ogro?

—No sé si era una hechicera, pero sí, había dos jóvenes. Aunque no parecían del todo ogros, así que quizá fueran mestizos… Ellos también se fueron con el grupo.

—Son Ludo y Luka. —Bash miró a Thunder Sonia, como si quisiera decirle que allí estaban las dos personas que buscaban.

—Entonces, ¿adónde fueron?

Carmela Do Banga alzó la mirada hacia las montañas.

Más allá del Foso de Do Banga.

Hacia las montañas del sureste.

—Dicen que fueron a cazar un dragón.

La cordillera Bog Rasha.

Las montañas donde había caído el dragón.

Frizcop: Buah, cómo está encajando todo el autor xD.


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