Optimizando al Extremo mi Build de Juegos de Rol de Mesa en Otro Mundo
Vol. 11 Canto I Comienzos del Verano del Decimoctavo Año (I) Parte 1
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Es importante compartir información para mantener el buen funcionamiento de un grupo. Aunque uno no debería sentirse obligado a compartir absolutamente todo, vale la pena considerar cómo afectará a la relación las consecuencias si las cosas salen a la luz.
Unos días después de nuestro regreso a Marsheim, el Señor Fidelio —con quien no había podido hablar mucho, ya que había estado ocupado con ciertos asuntos de alto secreto— organizó una pequeña fiesta para ayudarnos a aliviar el cansancio. Como solo se trataba de una reunión íntima, pensé que ya era hora de revelar este contacto que tenía. Después de consultarlo con el Señor Fidelio, obtuve su permiso para invitar a mis amigos, así que les pregunté a Siegfried y Kaya si querían acompañarnos.
—¡Sa-Sa-Sa… SANTO FIDELIO!
—¡Guau!
Cuando Siegfried llegó al Gatito Dormilón y conoció al hombre que me había enseñado los entresijos de la vida de aventurero, se le cayó la mandíbula al suelo. Unos segundos después, me encontré con su puño dirigiéndose hacia mí.
¡Maldita sea, este tipo sabe dar buenos puñetazos! Había conseguido trasladar toda la técnica y disciplina de sus estocadas con la lanza a sus puños. El movimiento comenzaba en los tobillos y aprovechaba la fuerza de la cintura, el pecho y los hombros, hasta que el puñetazo salía disparado a una velocidad cegadora. Si me hubiera tomado por sorpresa, no habría sido capaz de reaccionar al ataque, y mucho menos de esquivarlo.
Se oyó un golpe seco y resonante cuando su puño chocó contra la palma de mi mano abierta. Redistribuí la fuerza del impacto a medida que subía por mi brazo hasta el hombro, pero tuve que dar un paso atrás para absorberlo por completo. Vaya, la Fuerza de este tipo superaba la mía. Tenía sentido, considerando que blandía aquella arma tan pesada todo el tiempo, pero me dolía pensar que me había sacado ventaja durante nuestros respectivos períodos de crecimiento.
—¡¿A qué viene esto de repente, Siegfried?! Si ese golpe me hubiera dado en la mandíbula, habría perdido una muela —dije.
—¡Maldito embustero…! ¡Sabes cuánto admiro al santo y, aun así, me lo ocultaste!
—Te hablé de él de vez en cuando… —murmuré, haciendo un puchero.
—¡¿Cómo iba a descifrar una indirecta tan imposible?! —rugió mi compañero mientras su puño derecho volvía a precipitarse hacia mí. Esta vez conseguí echar hacia atrás el lado derecho del cuerpo y esquivarlo.
—Jajajá. Vamos, no te enfades tanto, muchacho. Después de todo, yo le dije que no hiciera tanto alboroto sobre nuestra relación —dijo el Señor Fidelio.
Gracias a su intervención, no hubo un tercer golpe. Que bastara con poner una mano sobre el hombro de Siegfried para que este se quedara paralizado y bajara el puño que tenía apretado no solo demostraba la fuerza del santo, sino también su absoluta clase. Debían de habérsele activado los instintos para ejecutar una parada de emergencia. Las alarmas de su cabeza le advertían: «Desafiar a este hombre es hacerlo bajo tu propia responsabilidad».
—¡Lo-lo siento muchísimo! ¡Siegfried! Quiero decir, ese es mi nombre. Eh, em, he escuchado la canción del draco sin extremidades unas cien veces ya…
—No hace falta que seas tan formal conmigo, Siegfried. No soy más que otro aventurero como tú. Puede que lleve unos cuantos años más en este oficio, pero no le des importancia.
Con una palmada tranquilizadora en la espalda por parte de Fidelio, mi compañero se abrazó a sí mismo, como si estuviera profundamente conmovido.
Era consciente de la obsesión de Siegfried por los héroes desde que nos encontramos por primera vez con Gattie Colmillo Pesado. Tenía todo el sentido del mundo que, al descubrir que yo le había ocultado el hecho de que tenía una relación cercana con el protagonista de una de sus canciones favoritas, quisiera darme uno o dos puñetazos. Podía entenderlo perfectamente, así que decidí comportarme como el adulto de los dos y perdonarlo por su ataque. Hagamos caso omiso del hecho de que la palma de mi mano todavía me pica…
—Dee parece muy feliz —dijo Kaya—. Pero debo decir que fue un poco cruel ocultárselo.
—Lo siento, Kaya —respondí—. El Señor Fidelio dijo que no quería que este lugar se convirtiera en un punto de encuentro para aventureros.
Siegfried parecía estar en las nubes por haber sido invitado personalmente a la sala de fiestas con la mano del santo apoyada en su espalda, pero Kaya, por su parte, parecía un poco molesta, como si pensara que yo había hecho aquello por mala voluntad hacia mi compañero. ¡Quería que entendieran que no podía ir por ahí soltando esta clase de cosas! Necesitaba que lo supieran.
—¡Ajá, así que este es el famoso Afortunado y Desafortunado! —exclamó el Señor Rotaru.
—Vaya, ¿no es un poco más enclenque de lo que decían las canciones? —añadió el Señor Hansel.
—Muchacho… Siéntate, rápido. Esperar es aburrido —intervino la señorita Zenab, mostrando abiertamente su impaciencia.
En la sala de fiestas había una impresionante bandeja de comida y tres aventureros: el grupo del santo. Todos vestían ropa informal, pero su poderío marcial y su aura se hacían notar. Eran la viva imagen de los aventureros de alto nivel.
—¡No-no me lo puedo creer! ¡El Rompecampanas! ¡El Lector del Viento! ¡La Gourmet! ¡¿Está aquí todo el grupo?! —exclamó Sieg.
—¡Oh, vaya! ¡Veo que sabes del tema, muchacho! —dijo el Señor Hansel—. Vamos, toma asiento. Me encanta conocer a los jóvenes talentos que están empezando.
—Sí, ¿sabes? Hansel estaba un poco molesto porque Erich no lo reconoció como el Rompecampanas —añadió el Señor Rotaru.
—¡Oye, no me avergüences así! —replicó el Señor Hansel con su voz atronadora, mientras lanzaba un puñetazo en dirección al alborotador. El Señor Rotaru lo esquivó con destreza, mientras el Señor Fidelio ocupaba su lugar en el asiento del anfitrión, al fondo.
En cuanto a Siegfried, parecía tan feliz por haber sido invitado personalmente a sentarse junto a ellos que estaba a punto de estallar de alegría.
—Puta madre… ¡Son enormes…! ¡Todo en ellos es jodidamente enorme! No me puedo creer que aquel matón les tuviera tanto miedo a esos brazos que acabara metiéndose dentro de una campana antes de que usted la hiciera añicos con un hacha…
—¡Y además sabes de dónde viene mi apodo! ¡Te has informado bien!
Vaya, así que de ahí viene. Me recordó a cierto mito sobre una serpiente.
—Basta de tanta emoción por ahora. Creo que ha llegado el momento de empezar el banquete. De lo contrario, nuestra querida Zenab va a explotar —dijo el Señor Fidelio. Cuando todos estuvieron sentados y cada uno tuvo una bebida en la mano, levantó su copa—. Bien, disfrutemos de este banquete para celebrar el regreso de estos aventureros. ¡Salud!
—¡Salud! —dijimos todos al unísono.
Las copas chocaron entre sí y todos nos bebimos de un trago nuestra primera ronda.
—¡Uf…! ¡Esto sí que hace que valga la pena vivir! —dijo el Señor Hansel.
—¿En serio, Hansel? Si llevas un tiempo sin trabajar —intervino el Señor Rotaru.
—Ahh, déjate de eso. Es solo el cansancio acumula’o de la rutina diaria.
—¡Carne, carne, carne! ¡Piel crujiente! —exclamó la señorita Zenab.
—Tranquilízate, Zenab. El cordero no va a irse a ninguna parte, así que tómate un momento. Espero que puedas adaptarte al menos a algunas costumbres rhinianas, por mi bien, como mínimo —dijo el Señor Fidelio.
Era tarea del anfitrión repartir la carne, y su clase se hacía aún más evidente por la perfección con la que podían dividir las porciones. La impaciencia de la Señorita Zenab la había llevado a tomar un tenedor con una mano y extender un plato con la otra mientras suplicaba que le sirvieran.
Mientras comíamos y nos presentábamos, admiré la cocina de la Señorita Shymar. Su tesoro, la Señorita Safiya, estaba durmiendo una siesta en ese momento, así que ella tenía la oportunidad de lucirse con sus habilidades culinarias. El cordero a la parrilla estaba deliciosamente crujiente por fuera, con una carne exquisitamente jugosa por debajo. Habíamos disfrutado de banquetes bastante elegantes durante las pequeñas fiestas de la Hermandad, pero palidecían en comparación con aquello. Podía entender por qué tanta gente elegía este lugar como residencia permanente únicamente por la comida.
—He oí’o que lo pasaron bastante mal —dijo de repente el Señor Hansel, mientras desmenuzaba con destreza la codorniz, cocinada en la misma olla que el cordero, y chupaba los huesos. Sus movimientos eran tan fluidos que no parecían groseros en absoluto.
—Sí, fue una de esas situaciones en las que, como suele decirse, «sin rencores, pero…» —respondí.
—Sí… Fue un infierno —añadió Sieg—. Me preguntaba por qué un aventurero tendría que cavar trincheras…
—¿Trincheras? ¿Estaban en una guerra o algo así? ¿No se metieron en problemas con un grupo de polemurgos, verdad?
—Algo así —respondí.
Mientras el grupo de Fidelio mostraba expresiones de sorpresa, Siegfried les hizo un relato detallado, aunque ligeramente exagerado, del trabajo. A medida que hablaba, los oyentes que habían estado disfrutando de la comida volvieron a adoptar las expresiones propias de los aventureros.
—Vaya odisea —dijo el Señor Rotaru—. Me inquieta un poco pensar que incluso alguien que no sea mago pueda ir por ahí haciendo volar casas de un solo golpe solo por contar con el proveedor adecuado. Suena como un verdadero dolor de cabeza.
—No preocuparse. Pólvora, cara. Difícil fabricar muchas para mí —dijo la Señorita Zenab.
—El hecho de que tú no puedas fabricarlas en grandes cantidades, Zenab, significa que se enfrentaron a un escuadrón secreto de asesinos de alguna nación extranjera o de una casa noble. ¿Qué tan mala suerte hay que tener para luchar contra algo así? —dijo el Señor Hansel.
—¡Oye, quizá tú y Siegfried puedan ser los dos Afortunados y Desafortunados, Hansel! —dijo el Señor Rotaru.
—¡Por favor, no se burlen de mí así! —exclamó Siegfried, evidentemente descontento con su propio apodo. Por desgracia, con algo así, probablemente se burlarían de él durante toda su vida. Échale la culpa a tu mala suerte y al falso poeta que te puso ese título.
—En cualquier caso, creo que descubrirán que haber regresado sanos y salvos les traerá recompensas en otros ámbitos —dijo el Señor Fidelio—. Nosotros también tuvimos nuestra buena dosis de problemas cuando nos enfrentamos a gente contratada por alguna nación o por personas con los bolsillos muy profundos.
—Ah, sí, me acuerdo. Aquel trabajo falso en el barranco de Windels, ¿verdad? —dijo el Señor Hansel, dejando por fin los huesos de codorniz sobre la mesa.
Los bigotes del Señor Rotaru se inclinaron hacia abajo mientras se apoyaba en la mesa.
—¡Y nadie me hizo caso cuando dije que deberíamos haber abandonado aquel maldito encargo! Sabía que era imposible que apareciera un draco en un terreno así.
—No es como si hubiéramos tenido elección. La petición de los habitantes de la zona era sincera —dijo el Señor Fidelio.
Vaya, pensar que hasta el santo había sido engañado alguna vez.
Alguien debía de tener cuentas pendientes con el grupo —quizá algún noble al que habían dejado en ridículo o algo por el estilo—, así que, cuando el grupo acudió para ayudar a unas personas que se quejaban de que un draco se había descontrolado, lo que les esperaba era una unidad de mercenarios completamente armados. La batalla que se desencadenó enfrentó a cuatro contra cientos.
—Aquello fue un infierno, hombre. Creí que iba a morir un montón de veces —dijo el Señor Rotaru.
—Por mi parte, invoqué demasiados milagros. No estaba seguro de si alguna vez lograría compensarlo —dijo el Señor Fidelio.
—¿Se acuerdan de cuando se me salieron las tripas? —añadió el Señor Hansel.
—No me agrada recordarlo. Aunque esos recuerdos me hacen desear más estofado de vísceras, Hansel —dijo la Señorita Zenab.
—¡Oye! ¡No me sirvas a mí!
El Señor Hansel demostró ser un hombre realmente maduro al conformarse con una réplica mordaz para reprender a la Señorita Zenab; ni siquiera interrumpió el ritmo con el que servía la siguiente ronda de estofado de cordero. La mayoría de la gente le habría arrojado el estofado por encima.
—Bueno, estas cosas pueden pasar, así que piénsenlo dos veces antes de aceptar encargos que vienen de lugares lejanos, incluso cuando van acompañados de súplicas desesperadas —dijo el Señor Fidelio.
—¡Ja! ¡Lo dice el tipo que salió corriendo hacia el peligro sin siquiera pedirle al informante que verificara la información una segunda vez! —dijo el Señor Rotaru.
—No remuevas viejas heridas, Rotaru. ¡No tenía muchas opciones! Había tantas cartas que decían que no sobrevivirían al invierno. Y, en cualquier caso, entonces era más joven —añadió, apurando su bebida como si quisiera ahogar su vergüenza.
—¡Quiero oír más sobre la aventura! —intervino Siegfried—. ¡Quiero decir, cuatro contra cientos! ¡Debió de ser una guerra a gran escala!
—¡Ya lo creo! Todos estaban dispuestos en formación cuadrada, con la caballería ligera desplegada en una extensión tan amplia que ni siquiera el viejo Rotaru de aquí pudo detectarla por el olfato. Todo el barranco estaba bloquea’o. Las formaciones enemigas al frente y la caballería a nuestras espaldas. ¡No había escapatoria! —dijo el Señor Hansel.
—¿Cómo consiguieron abrir una brecha?
—Primero invoqué una plegaria de alto nivel para destruir su flanco izquierdo —dijo el Señor Fidelio.
—Después cargamos contra el centro mientras ellos lidiaban con las consecuencias —continuó el Señor Hansel.
—Yo me encargué de las patas de los caballos —añadió la Señorita Zenab.
—Entonces, mientras Hansel se desataba por completo, cargamos a través del centro y nos abrimos paso por la fuerza —concluyó el Señor Fidelio.
—¡Guau!
¡Eso sí que da miedo! Me recordó un poco a un oscuro incidente en el que se había visto envuelto, tiempo atrás, un grupo de Kyushu meridional. Sin embargo, ellos habían perdido tantas vidas, incluso la de su general, así que ¿cómo había conseguido el grupo del Señor Fidelio salir de allí con todos sus miembros intactos? Mientras pensaba en cómo alteraban el equilibrio de poder del mundo, me parecían aún más aterradores que antes, a pesar de estar compartiendo mesa con ellos.
Sí, esto es lo que significa ser un aventurero. A pesar de su poder devastador en combate, el Señor Fidelio trabajaba como dueño de una posada junto a su esposa. En aquella mesa de la Tierra había unos cuantos de su misma clase: santas errantes, héroes errantes. Aquellos poderosos individuos, que normalmente estarían vinculados a las fuerzas de alguna nación, vagaban a su antojo.
Así pues, decidí seguir los consejos de los veteranos del oficio y trabajar para proteger la paz de quienes me rodeaban. Después de todo, acababa de recibir un encargo que nos permitiría abandonar Marsheim durante bastante tiempo, justo en el momento perfecto.
[Consejos] Hay personas, aventureros de nivel 15 cuyas builds les parecen completamente normales, que vagan sin amo y hacen lo que les place, a pesar de ser perfectamente capaces de enfrentarse a dioses de nivel inferior. Son misterios insondables que solo los jugadores pueden llegar a conocer o comprender de verdad.
—Bien, gente, estoy seguro de que algunos de ustedes han tenido la cartera demasiado suelta durante estos últimos cinco días desde que regresamos de aquel peligroso encargo, y ahora están deseando volver a llenarla.
Había reunido a los miembros de la Hermandad en el Lobo de Plata Nevado y les estaba dando una pequeña introducción antes de hablarles de nuestro último encargo.
Pensándolo con la cabeza fría, los aventureros eran una gente verdaderamente extraña. La mayoría de las personas gastaban el dinero que tanto les había costado ganar en divertirse y en conseguir cosas que les hicieran la vida más fácil. ¿Pero nosotros? Nosotros invertíamos el dinero que tanto nos había costado ganar en comprar armas y equipo carísimos, cambiábamos monedas de oro por piedras de maná, canjeábamos nuestras monedas por cartas catalizadoras para nuestros pequeños proyectos de alquimia doméstica y, finalmente, gastábamos lo que nos quedaba en alquilar la habitación más barata de los establos.
Los miembros de la Hermandad eran gente sensata, así que habían dedicado estos últimos cinco días a desahogarse como era debido. Entre ellos había unos cuantos que quizá se habían divertido demasiado, y cuyas bolsas ya pesaban bastante menos que las de sus compañeros. Eran antiguos segundos y terceros hijos de familias pobres del campo que habían llegado a la gran ciudad y se habían convertido en espadachines, así que no resultaba sorprendente que se dieran ciertos caprichos en el distrito del placer.
No los estaba criticando ni nada por el estilo. Cada uno tenía su propia motivación para seguir adelante, y algunos trabajarían más duro y seguirían con vida si eso les permitía volver a ver a alguien querido. El problema era mantener los excesos dentro de ciertos límites.
—Así que escuchen: tenemos un trabajo. Y uno bastante bien pagado, además.
Al terminar mi discurso, levanté la solicitud. Sin embargo, la respuesta que esperaba… no llegó. ¿Qué pasaba? Habría esperado al menos una ovación al anunciar un buen trabajo.
—Jefe… ¿Puedo hablar?
—¿Sí, Etan?
Una de las reglas de la Hermandad era levantar la mano si tenías alguna pregunta, y Etan la mantenía cortésmente en alto. Le indiqué que hablara, y él le echó un buen vistazo a Siegfried antes de hacerlo.
—¿Este trabajo… tiene algo que ver con el Hermano Mayor Dee? —preguntó.
—¡¿Qué demonios se supone que significa eso?!
Intenté calmar a mi compañero, que se había levantado con tanta fuerza que había volcado su silla, mientras comprendía lo que Etan quería decir. Los miembros de la Hermandad se burlaban de Siegfried por su apodo y afirmaban que «Afortunado y Desafortunado» le venía como anillo al dedo a su hermano mayor, pero, después de lo mal que había salido nuestro último trabajo, les preocupaba que su mala suerte estuviera empezando a imponerse a la buena.
—No se preocupen —dije—. Se trata de un cliente de confianza y el trabajo es honorable. Nos han pedido que mantengamos la paz en un cantón rural. Todos tendrán la oportunidad de hacerse un nombre.
—¿A qué te refieres?
—¡Vamos a cazar un grifo!
Al oír aquello, mis Hermanos lanzaron una sonora ovación.
Aunque derrotar a los bandidos era el pan de cada día de un aventurero, acabar con los monstruos que amenazaban a la gente de bien era una excelente manera de aumentar la propia reputación. Los grifos eran un tipo de criatura fantástica bastante común. El Imperio no había prohibido cazarlos, por lo que constituían una valiosa fuente de materiales, y muchos decían que valían su peso en plata. Como cada ejemplar poseía una enorme fuerza física, abatir uno era motivo de considerable orgullo. Tener la cabeza de uno sobre la repisa de la chimenea demostraría la propia fuerza de manera indiscutible.
—Además, también podemos confiar en el lugar del encargo. Es Mottenheim.
—¡Oh! ¿Mottenheim, eh?
Al decir esto, Mathieu pareció evidentemente aliviado al oír el nombre de un cantón que todos conocíamos bien. Mottenheim era un cantón nuevo y en pleno desarrollo y, a diferencia de mi querido hogar, Konigstuhl, no contaba con alguien tan fiable como el Señor Lambert al mando de la milicia local. Les preocupaba su capacidad para defenderse, así que recientemente habían convertido en una prioridad el entrenamiento de una Guardia propia y competente. Sin embargo, el entrenamiento por su cuenta no había dado grandes resultados, por lo que habían empezado a preguntarse qué mejor solución podía haber que contratar a profesionales. Se habían puesto en contacto con nosotros por primera vez justo cuando la Hermandad comenzaba a hacerse un nombre.
Desde entonces, nos habían invitado a Mottenheim en numerosas ocasiones, así que todos conocíamos bien el lugar. Gracias a su cálida acogida y sus generosos pagos, todos teníamos una buena impresión de Mottenheim. Sus encargos solo requerían unos pocos miembros de la Hermandad cada vez —y eran muy conscientes de que pedir la presencia del jefe en todas y cada una de las ocasiones resultaría demasiado caro—, así que repartíamos el trabajo entre todos.
—El trabajo no consiste únicamente en cazar al grifo. También quieren un programa de entrenamiento serio y bien estructurado. Por eso, será un encargo a largo plazo. Si alguno no puede comprometerse, que lo diga ahora —dije.
Personalmente, me alegraba bastante estar lejos de Marsheim hasta que empezó a percibirse el hedor de las intrigas. Para ser sincero, estaba encantado. Trabajaríamos para proteger la paz de un cantón que nos caía bien y nadie iba a conducirnos a una misión suicida. ¿Qué más podíamos pedir?
—Vaya, yo tengo trabajo —dijo Mika.
—¿Ah, sí?
—Verás, me han pedido que repare varias instalaciones.
Mika, que naturalmente había asistido a nuestra reunión de clan, parecía terriblemente decepcionado mientras consultaba el horario de su cuaderno. Aunque le habían dado permiso para trabajar como aventurero en su tiempo libre, era natural que no pudiera desentenderse de su trabajo principal. Era una pena perder a un debuffer tan talentoso, pero no podía poner en peligro el futuro de Mika como magus solo porque estuviera descuidando sus obligaciones.
Nos despedimos de Mika entre lágrimas antes de pasar a decidir quiénes nos acompañarían. Sería una gran cacería, así que, por una vez, nuestro cliente no había establecido un límite máximo de participantes. Aun así, pese a que la mayoría de los miembros de la Hermandad habían levantado la mano para unirse, algunos debían quedarse atrás —porque algún familiar estaba enfermo o por motivos similares—, así que no partiríamos con todos a bordo.
—Pero un grifo, ¿eh…? ¿Cómo se supone que vamos a cazarlo?
—Sí, vuelan, ¿no? ¿Se supone que nuestros arqueros tienen que llenarlo de flechas sin más?
—Nah, son bastante inteligentes. Cuando era niño, un grifo atacó nuestro cantón y ¡se comió algunos de los caballos de los nobles! Al final, el señor feudal tuvo que reunir un ejército para darle caza.
Mientras los Hermanos charlaban entre sí, Dietrich intervino de repente.
—Oh, ¿qué es esto? ¿Los hombres del Imperio no saben cómo cazar un grifo? ¡Qué patético! ¡Son pan comido!
—Entonces, ¿se supone que tú sabes algo que yo no, Hermana Mayor Dietrich? —dijo Karsten, evidentemente un poco molesto porque pusieran en duda sus habilidades.
A su vez, la zentauro sacó pecho y dijo:
—¡Los grifos carecen de resistencia!
—¿Eh? ¡Pero pueden volar durante kilómetros! —dije, confundido.
Sin embargo, Dietrich se limitó a chasquear la lengua mientras agitaba un dedo delante de mi cara, como si se burlara de mi ignorancia. Dioses, qué mujer tan irritante podía llegar a ser.
—¡Ay, mi dulce criatura inocente! ¡En el mejor de los casos, solo pueden volar unos pocos kilómetros! ¡Lo único que tienen que hacer es perseguirlos hasta que se agoten! ¡Entonces, cuando se detengan para aterrizar, los acribillan con una lluvia de virotes y fuego!
Sí, los métodos bárbaros de alguien de las islas no nos servían de nada. Teníamos una pequeña unidad de caballería, pero carecíamos de los conocimientos técnicos necesarios para perseguir a un grifo hasta dejarlo exhausto. ¡Y seguro que la razón por la que los grifos optaban por huir era que sabían lo peligrosas que podían ser los zentauros! Si lo intentábamos, el grifo simplemente nos iría eliminando uno por uno.
—¿Eh? ¡¿No podemos?! —dijo Dietrich, mientras yo me limitaba a guardar silencio.
—¡Ustedes tienen muchas más extremidades que nosotros y muchas más opciones para contraatacar si un grifo los levanta por los aires! ¡Por eso no lo hacen! En nuestro caso, no solo nos levantarían, sino que también nos tirarían directamente de nuestros caballos. Y, para colmo, ninguno de nosotros puede usar un arco pesado como tu gente.
Su estrategia consistía en utilizar arcos compuestos —que podían tensar fácilmente hasta más allá de la oreja, aunque a cinco personas normales como nosotros nos costaría siquiera tensarlos— para atacar como una sola unidad. No había manera de que los humanos corrientes pudiéramos siquiera empezar a imitar aquello.
Dejando a un lado la inútil sugerencia de Dietrich, yo sí tenía una idea propia para acabar con nuestro pequeño grifo. Como los grifos no convivían con las personas —salvo en esos casos extraordinariamente raros en los que un héroe elegía a uno como montura—, se los trataba como bestias salvajes. Por eso, la gente corriente no tenía ni idea de que eran unos bastardos astutos; muchos eran tan taimados como cualquier persona obligada a sobrevivir gracias a su ingenio.
No caerían en cebos envenenados ni en señuelos, y, tras detectar una provocación, mantendrían una distancia segura, prefiriendo atraer a sus adversarios hacia un terreno de caza adecuado. Otra posibilidad era que utilizaran su magia innata para conjurar poderosas ráfagas de viento, obligando al enemigo a avanzar a rastras por el suelo mientras ellos se mantenían a una distancia segura. Era muy poco probable que el grifo descendiera hasta el campo de batalla que eligiéramos. Y lo más aterrador de todo era que tenían la fuerza suficiente para levantar un caballo del suelo con sus garras y llevárselo volando hasta su guarida. Ni que decir tiene que, para nosotros, simples criaturas terrestres, caer desde varias decenas de metros de altura significaba una muerte segura.
Ni siquiera los aventureros de más alto nivel podían reducir el daño por caída. Era raro encontrar un manual de reglas de un juego de rol de mesa que no afirmara claramente: «Puede parecer obvio, pero morirás si caes desde una altura de diez metros o más». Ni una resistencia física extraordinaria ni una armadura gruesa servirían de nada; si entrabas en caída libre y te estrellabas contra el suelo, morirías. Naturalmente, algunas personas como Uzu —la orniturga mascota de Nanna— tenían posibilidades de salvarse, pero en la mayoría de los casos no había forma de escapar de una caída desde gran altura. Ni siquiera alguien tan absurdamente poderoso como el Señor Fidelio podía desafiar las leyes de la física (al menos, no sin la intervención de su dios). Claro que alguien como él podría simplemente agarrar al grifo y partirle el cuello antes de que tuviera siquiera la oportunidad de alzar el vuelo, así que no tenía mucho sentido preocuparse por esa clase de situaciones.
—Tranquilos todos. Tengo un plan —dije.
—¡Sí! ¡Ese es nuestro jefe! —exclamó uno de los Hermanos.
—Tch… Por fin creía que había llegado mi momento de brillar —murmuró Dietrich.
—No estoy seguro de que este método vaya a funcionar hasta que vea el lugar, pero las probabilidades son buenas. ¡Además, puede que también consigamos algunas recompensas especiales!
Una vez más, la sala estalló en aplausos, así que intenté calmar a todos —el Señor John se pondría furioso si armábamos demasiado escándalo— antes de explicarles que enviaría por delante a un grupo de reconocimiento para obtener más información antes de concretar el plan. Con eso, todos asintieron de acuerdo y comenzaron a prepararse para nuestro próximo encargo.
Nuestra rapidez de respuesta era una de nuestras mayores ventajas. Probablemente estaríamos listos para partir en dos días.
—Descansen y recupérense, ¿de acuerdo? Esta noche celebraremos una fiesta para festejar nuestra partida. No van a poder darse un baño en un buen tiempo, ¡así que prepárense mentalmente para marchar! —dije.
—Oye, Erich —dijo Siegfried—. Antes de eso, ¿te importa si le doy una buena tunda a Etan?
—Déjalo, Sieg. Te vas a romper los nudillos si lo haces.
Siegfried seguía furioso por el comentario que Etan había hecho antes. Hice todo lo posible por calmarlo antes de lanzarle una moneda de oro al Señor John para que preparara la taberna para la fiesta.
[Consejos] Los grifos son criaturas fantásticas muy abundantes en la zona occidental del Continente Central. Abundan los informes sobre los daños que causan. Sus plumas, huesos, sangre y otras partes del cuerpo tienen un enorme valor como catalizadores mágicos, por lo que algunos dicen que valen su peso en plata.
Poca gente ha probado la carne de grifo, pero, por lo visto, su sabor es similar al de las aves de corral y resulta bastante deliciosa.
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