Optimizando al Extremo mi Build de Juegos de Rol de Mesa en Otro Mundo

Vol. 11 Canto I Comienzos del Verano del Decimoctavo Año (I) Parte 3


Estaba previsto que nuestro viaje a Mottenheim durara solo tres días, pero los retrasos eran demasiado habituales en nuestro oficio.

—Parece que va a llover.

—Estoy de acuerdo —respondí.

El jefe de la caravana y yo conversábamos mientras mirábamos el cielo, que llevaba toda la mañana amenazando con descargar una tormenta. Las nubes habían ocultado la luz del amanecer y, a lo lejos, retumbaban truenos.

—Jefe, la lluvia viene pa acá —dijo Mathieu, moviendo la nariz.

—¿Ah, sí?

Parecía bastante probable. El olfato de un hombre lobo podía detectar el olor de la lluvia a varias leguas de distancia. Era casi seguro que el tiempo empeoraría antes de que terminara el día.

—Y el verano también trae tormentas eléctricas —añadió.

—¿Deberíamos quedarnos bajo los árboles hasta que pasen las nubes de lluvia? —le pregunté al jefe de la caravana.

No era tan raro que nos pusiéramos las capas impermeables y siguiéramos avanzando en una situación así, pero, a partir de aquel punto, tendríamos que cruzar una extensa zona de campos abiertos. Sería como jugar a la ruleta rusa con los rayos, expuestos a ellos y convertidos en los objetos más altos de los alrededores, sin nada que nos protegiera en ninguna dirección. Las caravanas se detenían por motivos mucho menos mortíferos; por el bien de todos, lo mejor era hacer una pausa.

—No nos queda otra —respondió—. Montemos las tiendas cuanto antes. No será ninguna broma que alguno de nosotros enferme por culpa de esto.

—Rodeemos los carruajes y montemos el campamento en el interior del círculo —dije.

Montaríamos el campamento en el mismo lugar donde habíamos permanecido alerta la noche anterior. Habría preferido seguir avanzando, pero la lluvia no solo nos ralentizaría, sino que también nos convertiría en blancos más fáciles. Sin cadenas ni escudos, no podíamos formar un auténtico fuerte de carros, pero colocar los carruajes en círculo seguía siendo la disposición más segura que podíamos adoptar mientras esperábamos a que pasara el temporal.

—Requerirá un poco de maná, pero puedo hacer que la leña prenda incluso bajo la lluvia y reducir el humo —dijo Kaya.

—No sabía que tuvieras un preparado tan práctico bajo la manga. Sería estupendo —respondí.

Con la ayuda de Kaya, podríamos montar el campamento sin llamar demasiado la atención.

Para cuando Siegfried y los demás terminaron de montar el campamento y algunos de sus compañeros colocaron unas cuantas trampas defensivas, la lluvia ya había comenzado a caer, tal como esperábamos. Al principio era apenas una llovizna, pero en menos de una hora las gotas empezaron a hacerse más grandes y pesadas. Una hora después, se había desatado una tormenta eléctrica y ninguno de nosotros podía ver mucho más allá de unos cinco metros.

—De verdad que no da señales de amainar… —murmuré.

Incluso al llegar la tarde, aunque la lluvia había perdido algo de intensidad, seguía sin detenerse. Los miembros peludos de nuestro grupo habían regresado a los carruajes o a las tiendas, reacios a mojarse, mientras que quienes podíamos soportar la lluvia permanecíamos de guardia.

—¡Je-jefe, estuvo despierto toda la noche pasada! ¡Tiene que descansar un poco!

—Ah, hola, Martyn. Estoy bien; puedo aguantar dos o tres días sin dormir.

En Berylin había tenido que cumplir horarios completamente insostenibles. Podía pasar cinco noches seguidas sin perder la mayor parte de mis facultades.

Frizcop: Pobre Erich, ya parece trabajador latino con tanta explotación.

—¡No, por favor, jefe! Si usted no descansa, les resultará difícil descansar a los demás…

Uf. Martyn tenía el don de decir en voz alta lo que sus compañeros habrían dudado en expresar delante de su jefe. Con sus habilidades con la espada, que no dejaban de mejorar, y su talento a caballo, tenía suerte de contar con un tipo tan honrado y decente a mis órdenes.

—Está bien, supongo que me iré a dormir, entonces. ¿Hay alguna tienda disponible? —pregunté.

—Sí, aquella de allí. Es toda suya, jefe.

Martyn era lo bastante competente como para comprender que nadie dormiría tranquilo si yo me quedaba allí mismo, así que había preparado para mí un espacio para dormir de auténtico lujo. Si lo rechazaba en aquel momento, sería un fracaso como jefe y como maestro suyo, de modo que acepté su ofrecimiento con gratitud. Margit no tardaría en levantarse, y podía confiar en ella para mantenernos a salvo durante la noche.

Odiaba quedarme de pie bajo la lluvia, pero me gustaba dormirme escuchando cómo repiqueteaba en el exterior. Ya fuera dentro de un vehículo o bajo una tienda, en cuanto la lluvia adquiría un ritmo constante, me quedaba dormido al instante. Fui a la tienda que Martyn había tenido la amabilidad de indicarme y, en cuanto me quité la ropa mojada y me metí en el saco de dormir, caí rendido.

No sabía cuánto tiempo había pasado. Percibí que algo no iba bien y me incorporé de golpe. Agarré a mi desconocido asaltante y le acerqué la daga feérica al cuerpo.

—¡Eek!

—¡¿Qwe?!

Mis ojos enfocaron la escena y vi que la persona que tenía delante era la chica del sol que me había dado aquella taza de agua el otro día. Conseguí detener la mano antes de que la hoja le tocara el cuello. Tuve que hacer un esfuerzo tremendo para asegurarme de no hacerla sangrar. El caso era que todos los miembros de la Hermandad, excepto Margit, me llamaban o llamaban a la puerta antes de acercarse a mí mientras dormía. Cualquiera que no lo hiciera activaría mis instintos defensivos y recibiría toda la descarga, por así decirlo.

Por los pelos. Esto podría haber acabado en un desastre.

—Yo-yo, eh… solo quería… —balbuceó.

—No hace falta que te expliques. Me disculpo. No pude evitarlo —dije.

La chica, que parpadeaba aturdida, había intentado meterse a escondidas en mi cama. No llevaba ninguna hoja ni ningún tipo de arma en las manos, así que solo había una razón por la que podía estar allí en aquel momento.

—De verdad que lo siento. Cuando estoy trabajando, me cuesta encontrar espacio mental para esas cosas —dije.

Después de agarrarla por la solapa, le había desarreglado la ropa. Tenía el pecho prácticamente al descubierto, así que le acomodé la camisa y la senté. Con las palabras más amables que se me ocurrieron, le expliqué que no estaba interesado en sus servicios.

—¿Ah, sí…? Qué lástima.

—Por favor, acepta esto como disculpa por haberte asustado y vuelve a tu propio saco de dormir.

Le puse en la mano una moneda de plata de un cuarto —veinticinco libras— y la acompañé hasta la salida de mi tienda.

—Viejo, eso sí que ha sido una sorpresa…

El corazón me latía a toda velocidad por todo tipo de motivos. Me decepcionaba haber estado a punto de matar a una joven inocente, y al mismo tiempo me había dejado completamente cautivado por el encanto diabólico que desprendía bajo la luz fantástica de la noche. Aquello era realmente malo para mi corazón. Si no me hubiera preparado mentalmente, ¿quién sabía lo que podría haber ocurrido?

Me limpié el sudor extraño y volví a acostarme. Me dije para mis adentros que tenía que encontrar alguna manera de moderar todos aquellos hábitos paranoicos que había adquirido al dormir en Berylin.


[Consejos] No es raro que las mujeres de placer se cuelen en las camas de sus posibles clientes.


La chica del sol regresó a la tienda que compartía con los otros cinco miembros de su compañía ambulante. Tras asegurarse de que todas estaban bajo el efecto del encantamiento que los sumía profundamente en el mundo de los sueños, se deslizó hasta su propio saco de dormir, que aún conservaba el calor.

Aquella joven en particular había sido bendecida con una magia innata que le permitía pasar inadvertida ante los demás. A lo largo de todos aquellos años, había conseguido colarse en innumerables camas sin perder jamás la cabeza por ello. Por supuesto, eso incluía también las ocasiones en que era ella quien pretendía matar a alguien.

—Guau… Quién iba a pensar que habría un muchacho en el que mi truco no funcionaría…

La joven que murmuró aquello, con las manos detrás de la cabeza a modo de almohada, no era una mensch. Su pueblo había menguado hasta quedar prácticamente al borde de la extinción y había pasado a formar parte de las leyendas. Su nombre y su legado habían sido apropiados como un recurso alegórico muy conveniente para hablar de la infidelidad. Desde tiempos remotos, se los había clasificado —erróneamente— como demonios, debido a sus hábitos alimenticios antropofágicos y a su dependencia de la vitalidad de otros seres. Los naturalistas de aquella época —que eran, casi exclusivamente, matusalenes, y no era ninguna exageración decirlo— no querían agrupar a una raza junto a sus presas naturales. Ella era una súcubo.

La verdad era que, si bien las súcubos sí que vivían del maná de otros seres, no necesitaban matar a sus presas, al contrario de lo que se creía ampliamente. Eso no significaba que algunas súcubos no lo hicieran; hubo una época en la que no era raro que una súcubo absorbiera suficiente maná como para matar a su víctima, y por eso terminaron siendo mal recibidas entre los humanos. Nadie sabía cuántas integrantes de su raza seguían con vida en la actualidad.

Ahora bien, aquella súcubo en particular tenía un mal hábito que combinaba terriblemente con sus instintos naturales: era codiciosa. Mientras que una súcubo corriente quedaría satisfecha durante todo un año después de un festín letal, a ella una comida semejante solo le duraba un mes, hasta que su estómago volvía a rugir. Así que, aprovechando el encanto diabólico que le otorgaba su raza, se había unido a aquella compañía ambulante de chicas del sol. Cuando su autocontrol flaqueaba, como era inevitable que sucediera de vez en cuando, había acabado con muchas caravanas que se habían vuelto demasiado despreocupadas como para representar un desafío. En poco tiempo, sus fechorías le habían granjeado el nombre de la Femme Fatale.

Su epíteto se debía a su tendencia a atacar caravanas enteras en una sola noche, dejando sus cascarones vacíos para que los encontraran al amanecer. Durante las investigaciones posteriores y los inevitables recuentos de personas, resultaba demasiado evidente que, en cada caso, había una chica de la cinta menos de lo esperado, por lo que había comenzado a perfilarse un patrón. A pesar de todas las especulaciones que circulaban a sus espaldas, nadie había descubierto todavía que ella era la Femme Fatale.

Aquella noche habría sido ideal para darse un festín. La lluvia habría amortiguado todos los gritos —tanto los de placer como los de dolor— y le habría proporcionado la cobertura perfecta para escabullirse de un lado a otro. De ahí su decisión de drenar primero al hombre cuya fuerza era más abundante y concentrada. No había sed de sangre detrás de aquel capricho letal. Se trataba de una sed instintiva que, desde cierta perspectiva, era inocente. Por eso Erich no había sido capaz de percibirla: ella no tenía más intenciones asesinas hacia él que las que tendría una pulga hacia un perro, ni albergaba más malicia que la que podría sentir un buey hacia su bolo alimenticio.

—Supongo que será mejor que mantenga un perfil bajo durante un tiempo…

Había una razón por la que la Femme Fatale había sobrevivido tanto tiempo a pesar de la persecución que sufría. La experiencia le había enseñado que, en situaciones como aquella, una cosa era volverse codiciosa y otra muy distinta ser codiciosa de verdad, y que esta última podía resultar mortal. Ahora que había fracasado en su intento de meterse entre las sábanas de Erich, él estaría alerta cada vez que la tuviera cerca. No podía permitirse cometer otro error en su presencia, o acabaría descubriendo quién era y le daría caza. Con tantos exploradores entrenados a sus órdenes, escapar sería prácticamente imposible. Por tanto, lo mejor era hacerse pasar por una inocente.

La Femme Fatale decidió que esperaría hasta unirse a la siguiente caravana para satisfacer debidamente su apetito. Le dolía renunciar a un plato verdaderamente exquisito, pero no se atrevía a dejar que aquel bocado envenenado acabara con ella por accidente. De nada servía disfrutar de un bocado delicioso si después no habría más.

Cerró los ojos y, cuando el sueño comenzó a apoderarse de ella, reprimió sus instintos en lo más profundo de su ser y volvió a interpretar el papel de una inofensiva chica del sol. Nadie descubriría su verdadera identidad; ella no lo permitiría. No deseaba esa clase de emoción desmesurada que supondría derribar un país desde dentro; simplemente era feliz llevando una vida tranquila mientras saciaba sus apetitos.

La súcubo —quizá la encarnación del mal puro a ojos de los demás— sobrevivió una noche más, convertida en una flor más en un campo de girasoles.


[Consejos] Las súcubos estuvieron clasificadas en su día como parte del pueblo humano, pero los naturalistas de aquella época las excluyeron de dicha categoría porque consideraban incorrecto que trataran a sus semejantes como una fuente de alimento. Tras sufrir largas eras de persecución, solo quedan unas pocas.

Nadie sabe cuántas súcubos siguen existiendo, y el hecho de que puedan vivir entre los mensch sin ser detectadas hace que resulte aún más difícil averiguarlo. A estas alturas, sobreviven principalmente como una idea: un espectro que acecha a todos los cónyuges infieles.


Tras una noche sin pegar ojo, por fin llegamos a Mottenheim, donde nos recibieron con un entusiasmo desbordante.

—¡Es la Hermandad! ¡Ha llegado la Hermandad de la Espada!

—¡Por fin podremos dormir tranquilos!

—¡Eeeh! ¡Miren hacia aquí!

Habíamos visitado Mottenheim muchas veces en el pasado, pero nunca nos habían recibido de aquella manera. Sin duda, la reacción era de otra categoría cuando uno acudía para ayudar a la gente con un problema concreto. Encabecé la marcha hacia el cantón como un general que regresaba triunfante a casa. Mientras cabalgaba sobre Pólux, mi montura elegida para aquel día, advertí a los niños que no se acercaran demasiado. Pronto llegué a la residencia del jefe de la aldea para saludarlo, solo para descubrir que estaba esperándonos fuera de la puerta.

—¡Nos alegra enormemente comprobar que ha llegado sano y salvo, Señor Erich Ricitos de Oro!

—Lamento haberlo hecho salir a recibirnos, señor Giesebrecht.

—Basta de tonterías. Vamos, entre.

El señor Giesebrecht era un caballero apuesto —su rostro dejaba ver claramente los relatos sobre la belleza de su madre— y me dedicó una sonrisa encantadora. Su piel era deslumbrante, de una blancura tan pura como la nieve recién caída; sumado a eso, su voz resonante hacía pensar que podría eclipsar a cualquiera sobre un escenario.

En mi opinión, no parecía alguien cuya comunidad estuviera amenazada por una bestia. Incluso el jefe de la caravana —que había decidido detenerse también en Mottenheim para intentar vender sus mercancías, pues pensaba que un cantón en peligro querría abastecerse de armas— parecía desconcertado por la actitud tan despreocupada del señor Giesebrecht. Aunque supuse que simplemente era su manera de ser. Eso sí, habría preferido que el jefe de la caravana se guardara para sí su sorpresa.

—Dietrich, te dejo los caballos a ti —dije—. Mantente alerta por si aparece el grifo. Confío en tu habilidad con el arco.

—Entendido —respondió ella—. ¡Oigan! ¡Atrás, niños! ¿Qué pasa? ¡¿Nunca habían visto a un zentauro?! ¡Y dejen de hacer eso! ¡Mi arco no es un juguete!

Dejé a Dietrich a cargo de las tareas del exterior y entré en la residencia con los demás miembros principales: Margit, Siegfried y Kaya.

La residencia de un jefe de aldea solía ser mucho más grande y lujosa que las demás casas del cantón, y la del señor Giesebrecht no era una excepción. A mí, personalmente, me parecía incluso un tanto ostentosa, un indicio evidente de sus orígenes nobles. Aunque era habitual que estas residencias tuvieran dos plantas para disponer de salas de recepción y otras habitaciones similares, aquella tenía tres, seguramente para que cada hijo tuviera su propio dormitorio, como correspondía a una auténtica familia noble. Qué padre tan consentidor, pensé. Entendía que no quisiera que su hijo viviera en la miseria, pero aquello era claramente excesivo.

—¡Por favor, tomen asiento! Siéntanse como en casa.

—Gracias.

Nos sentamos en el sofá de la sala de recepción, decorada con numerosos muebles mullidos y lujosos, mientras el señor Giesebrecht hacía sonar una campanilla.

—¡Firene! ¡Firene! —llamó—. Trae el té.

—Por supuesto, padre.

La puerta se abrió con un chirrido, dejando ver a una joven resplandeciente. Se movía con la discreta elegancia de un sauce que se inclina suavemente. Los magníficos dibujos de sus alas, que fluían como si fueran cabello, me cautivaron. A pesar del aire juvenil y efímero que la rodeaba, sus ojos rasgados tenían cierta melancolía. Me miró entrecerrando ligeramente los ojos, como si estuviera contemplando algo deslumbrante.

Era la señorita Firene, la segunda hija del señor Giesebrecht. Aunque era habitual que los mensch engendraran descendientes mensch independientemente de la especie de su pareja, Firene era una mujer psique, igual que su hermana mayor antes que ella, pese a que su madre también era mensch. Aquellas hijas eran el orgullo y la alegría del señor Giesebrecht.

El futuro que aguardaba a alguien como la señorita Firene consistía en casarse con un miembro influyente de la comunidad, contraer matrimonio con la familia del jefe de una aldea de otro cantón o, quizá, convertirse en la amada y apreciada esposa de un magistrado. Estaba seguro de que habría muchos hombres cautivados por su hermoso cabello blanco y su figura. Su piel le daba el aspecto de una muñeca de porcelana, confiriéndole un aire casi sobrenatural.

Nuestras miradas se encontraron. Le sonreí e hice un pequeño gesto de saludo para asegurarme de que no pensara que la estaba mirando con el descaro habitual que solían sufrir las mujeres hermosas como ella.

La bandeja que trajo la señorita Firene contenía un juego de té. La porcelana de hueso, decorada con motivos de mariposas, parecía palidecer en comparación con ella. Aun así, me di cuenta de que cada pieza —perteneciente a alguien que debía de amar de verdad el té— valía una fortuna. Aquel juego debía de ser otro pequeño regalo del queridísimo papá del señor Giesebrecht. Un plebeyo podía pasarse toda la vida trabajando y apenas conseguir el dinero suficiente para comprar un solo platillo.

Por supuesto, aunque el juego de té era increíble, casi se me salieron los ojos de las órbitas cuando vi el líquido que brotaba de la tetera.

—¿Qué es esto? No es té rojo —dijo Siegfried.

—Tampoco es una infusión de hierbas —añadió Kaya—. Es la primera vez que veo un color así.

La pareja de Illfurth contempló el té mientras la señorita Firene lo servía. Siegfried tomó su taza con cautela y… ¡Vamos, Sieg, ten cuidado con eso! ¡Con lo que vale podrías comprar una parcela entera de tierras de cultivo! ¡Apuesto a que este juego fue un regalo de bodas para la esposa del señor Giesebrecht!

—¿Quizá sea un té extranjero? —dijo Margit—. Desde luego, tiene un aroma peculiar.

Era un líquido transparente de color carmesí. Tomé mi taza con las manos temblorosas y me la acerqué a la nariz. Por primera vez en dieciocho años, me llegó a las fosas nasales una fragancia familiar que nunca había olido en esta vida. No cabía duda. Era té negro, elaborado con hojas de la planta del té que habían sido sometidas a oxidación.

Sabía que éramos invitados, ¡pero también éramos aventureros! ¡Y pensar que nos ofrecían un manjar tan exquisito! Había oído, mientras trabajaba para Lady Agripina, que el té negro era una rareza que a veces llegaba a través del Paso Oriental, pero jamás imaginé que podría probarlo precisamente aquí.

—Vaya, es un poco amargo —dijo Sieg.

—Huele de maravilla, pero sí, tiene un punto ácido —comentó Kaya.

—Mmm… Creo que combinaría bien con algún dulce cubierto de mermelada —dijo Margit.

¡Los tres charlaban despreocupadamente, completamente ajenos a la pequeña fortuna que se estaban bebiendo! La taza más barata costaba una moneda de plata. Al Paso Oriental lo llamaban el río de oro por la calidad de todas las mercancías que lo atravesaban, pero eso no significaba que esos productos estuvieran ya al alcance de cualquiera, en cualquier lugar.

Pero, viejo… Este sabor me trae tantos recuerdos. Me pregunto si algún día alguien me sorprenderá también con una taza de café. ¡Espera, Erich! ¡No te quedes con la boca abierta delante del cliente!

—Qué maravilloso que es esto —dije.

—Muchas gracias, maestro Erich —respondió la señorita Firene.

¡¿Hm?! Se me hacía raro que la segunda hija del jefe de una aldea me llamara «maestro Erich». ¿De verdad estaba bien aquello? Supuse que sí, teniendo en cuenta que su padre sonreía de aquella manera…

—Disculpe que vaya directamente al grano, pero ¿cuáles han sido los daños hasta ahora? —pregunté.

—Ah, sí —respondió el señor Giesebrecht—. Hemos perdido dos de las ovejas que criamos por su lana. Eran ejemplares de gran calidad que nos había suministrado una familia noble, así que la pérdida nos ha costado bastante cara.

Ahora lo recordaba. Aunque aquel cantón era de reciente creación, nadaban en dinero porque realizaban algunos trabajos bastante lucrativos para ciertos nobles. Criaban ovejas de razas especiales, no para comer su carne, sino por la lana de gran calidad que producían. Si no me fallaba la memoria, también se dedicaban a la sericultura. Los productos finales de ambas actividades podían venderse a muy buen precio, así que los cantones necesitaban permiso para cultivarlos por su cuenta.

—¿Sabe más o menos dónde está la guarida?

—No. Me he asegurado de que los cazadores de nuestro cantón no salgan de nuestras fronteras y hagan alguna imprudencia. Sin embargo, sé que la guarida está en algún lugar del sureste. El peón de una granja vio al grifo alejarse volando en esa dirección.

Al suroeste había un bosque intacto. Era una zona abundante en recursos, ideal para la caza, y un grifo necesitaba montones de proteínas frescas, así que probablemente el cantón estaba pasando apuros. Ni siquiera les habían permitido recoger leña. Ahora comprendía mejor por qué nos habían recibido con tanto entusiasmo.

—Muy bien. Entonces, comenzaremos la búsqueda por el bosque.

Miré a Margit, preguntándole sin palabras si podía encargarse de aquello. Ella dejó tranquilamente la taza en su platillo y me sonrió.

—¿Podría disponer de una hora más o menos? —preguntó.

—Por supuesto.

Margit debía de estar bastante segura de que podría rastrearlo. No me sorprendía. Ya había cazado presas mucho más escurridizas en el bosque, y el grifo era el depredador supremo de aquella región, así que estaba seguro de que no tendría demasiadas dificultades para encontrarlo.

—Muy bien, señor Giesebrecht. Nos pondremos manos a la obra —dije—. Tenga paciencia y pronto su cantón quedará libre del terror de este grifo.

—¡Muchas gracias! Rezaré por su éxito.

El señor Giesebrecht se despidió de nosotros con un firme apretón de manos, y nos pusimos en marcha con la celeridad propia de los aventureros.

Una vez que Margit hiciera salir a la bestia de su escondite, llegaría el momento de comenzar la cacería…


[Consejos] Mottenheim es un cantón en desarrollo situado al oeste de Marsheim, bajo la autoridad del noble Voluptas Giesebrecht. Gracias a algunas inversiones iniciales, cuenta con productos agrícolas de gran calidad que no se encuentran en la zona. Sin embargo, su rápido crecimiento ha superado la capacidad de sus defensas.


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