Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 35. El Barco Fantasma


Cuando se teletransportaron de vuelta a Pueblo Náufrago, la encontraron envuelta en una espesa niebla cuya humedad pegajosa se adhería a la piel y se colaba por cada rincón y grieta del campamento. Se dirigieron hacia la fogata, donde Dogi estaba mirando hacia la torre de vigilancia.

—¿Cuál es la situación, Euron? —gritó—. ¿Lo has visto?

—Sí, por desgracia —respondió Euron desde arriba—. Por mucho que me cueste admitirlo, esto parece ser de verdad.

Dogi miró al grupo que se acercaba.

—¡Adol ha vuelto! —le gritó a Euron.

—¡Pues dile que suba el culo aquí de una vez!

Dogi se volvió hacia Adol.

—No hay tiempo para explicaciones. Sube y ya está.

Adol subió hasta la plataforma de observación. Sin decir palabra, Euron le entregó los prismáticos.

Un gran barco de tres mástiles navegaba a poca distancia de la costa, a unas cuantas esloras de distancia. Se movía a una velocidad increíble. Mientras Adol lo observaba, incapaz de creer lo que veían sus ojos, desapareció tras el cabo.

—¿Lo has visto? —exigió saber Euron.

—¿El barco? —Adol bajó los prismáticos—. Sí, lo he visto.

—¿Has notado algo extraño en él?

Adol sopesó la pregunta. Aparte de lo evidente —el hecho de que un gran barco acababa de atravesar aquellas aguas malditas, donde todas las embarcaciones conocidas habían naufragado hasta entonces—, no se le ocurría nada en particular.

—¿Algo en el aparejo? ¿Las velas? —insistió Euron.

Adol evocó mentalmente la imagen.

—Las velas parecían un poco raídas. —Ahora que lo pensaba, recordaba algo más—. ¿Y el resplandor?

—Azulado e inquietante, ¿verdad?

—Así es. —¿Sería Esencia? ¿Procedería aquel barco de la antigua Eternia? Parecía poco probable. Un barco como aquel podría haber venido de casi cualquier puerto importante del Mar del Gaete. Bueno, quizá la proa fuera un poco más curvada, parecida a la de los barcos que navegaban hacía unos cien años, pero, hasta donde él sabía, la construcción naval no había cambiado demasiado en el último siglo. Imaginar que también se navegaba en barcos similares en la antigua Eternia, sin embargo, le parecía ir demasiado lejos.

—Ese es el barco fantasma que tiene a todo el mundo de aquí tan asustado —dijo Euron—. Ahora lo has visto con tus propios ojos.

Bajaron por la escalera y se reunieron con el grupo, que discutía acaloradamente abajo.

—Thanatos. —La voz de Sahad sonaba tensa—. ¿Te importaría repetir esa idea descabellá?

—He dicho que quizá podríamos apoderarnos de ese barco fantasma y utilizarlo para salir de esta isla. No sé por qué me has hecho repetirlo. Sé que me oíste la primera vez.

—Es una idea descabellada —dijo Laxia.

—¡Sí! —bramó Sahad—. Eso es lo que acabo de decir, ¿no?

—Aunque tiene razón —dijo Hummel—. Si nos apoderamos de ese barco, no necesitaremos construir uno propio.

Ricotta dio saltitos de emoción.

—¡Yo quiero navegar en un barco fantasma espeluznante y aterrador!

Adol miró a Dana, que se mantenía apartada del grupo y los observaba con curiosidad, como si estuviera presenciando un ejercicio de resolución de problemas realizado por un grupo de niños pequeños.

—¿Qué opinas? —preguntó.

Ella se encogió de hombros.

—Me parece una idea razonable.

—No puén hablar en serio —protestó Sahad.

—Antes de dar nuestra aprobación a nada —dijo Euron—, ¿estamos seguros siquiera de que se trata de un barco de verdad? Sí, parece un barco… pero también está cubierto de un inquietante fuego azul. ¿Cómo saben que no desaparecerá de repente en cuanto nos acerquemos?

—Quizá podríamos empezar por averiguar dónde atraca —sugirió Adol.

—¡Ja! —Dogi dio una palmada—. ¡Lo sabía! Les dije que Adol aprovecharía cualquier oportunidad para explorar ese barco. Debería haber apostado contigo, ¿eh, Euron?

Euron masculló algo ininteligible y se dio la vuelta.

—¿Y cómo demonios se supone que lo haremos? —exigió saber Sahad—. Por lo que acabo de oír, el barco siempre aparece de la na’ y desaparece demasia’o rápido. No es como si pudiéramos nadar hasta él ni na’ pareci’o.

—Cuando lo vi hace un momento —dijo Adol—, desapareció detrás del cabo, en el extremo sureste de la bahía.

Euron asintió pensativo.

—Ahora que lo dices, siempre hace eso.

—No creo que hayamos explorado todavía ese lado del cabo —dijo Laxia.

Adol asintió.

—No lo hemos hecho. Vayamos allí a primera hora de mañana.

Otra sorpresa los aguardaba en el alojamiento. Alison no estaba en su puesto habitual de costura. Cuando Adol y su grupo entraron en la sala común, casi chocaron con Licht, que salía apresuradamente de los dormitorios de las mujeres.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Adol—. ¿Hay alguien enfermo?

—No exactamente. —Licht rebuscó en su maletín médico mientras se dirigía al exterior.

Corrieron hacia el dormitorio.

Alison yacía en la cama, con un paño húmedo sobre la frente. Sonrió débilmente al verlos. Dana, Laxia y Ricotta se arrodillaron a su lado.

—Alison, ¿qué…?

—Alison está embarazada —dijo Licht desde la puerta. Cruzó la habitación y dejó su maletín de instrumentos sobre un pequeño taburete junto a la cama, apartando a Ricotta para que le hiciera sitio.

—¿Embarazada? —exclamaron todos al unísono.

Licht asintió.

—Se lo estaba ocultando a todo el mundo, pero esta tarde se desmayó por trabajar demasiado y no tuve más remedio que ordenarle reposo absoluto en cama. Podría dar a luz cualquier día de estos.

Adol abrió y cerró la boca varias veces, pero no consiguió articular palabra. Embarazada. Era cierto que últimamente parecía haber engordado un poco, pero, de algún modo, nunca se le había pasado por la cabeza esa posibilidad.

—Quizá deberían dejarla dormir un poco —sugirió Licht—. Ya podrán hablar con ella más tarde.

Adol regresó a la sala común y se dejó caer en el banco junto a la mesa. Al cabo de un rato, Ricotta, Laxia y Dana se reunieron con él, enfrascadas en una conversación.

—…no es fácil —decía Laxia.

—A mí también me preocupa —coincidió Ricotta.

—Ojalá hubiera algo que pudiéramos hacer para que se sintiera mejor —dijo Dana.

Laxia suspiró.

—Solo desearía que su marido, Ed, estuviera a su lado. Pero no tenemos forma de saber siquiera si logró sobrevivir. Hasta ahora no lo hemos encontrado. Por el momento, hagamos lo que podamos.

—¿Y qué tal unas flores? —propuso Ricotta—. Un bonito ramo con sus flores favoritas debería animarla.

Laxia asintió.

—Recuerdo algo que Alison me contó antes. En su ciudad natal hay un hermoso jardín de flores. Por lo que me dijo, también era un lugar muy especial para su marido. Al parecer, sus favoritas eran las campanillas moradas. Pero son muy raras y solo se encuentran en Greek.

Dana ladeó la cabeza.

—¿Es una flor con pétalos morados dispuestos en forma de campana?

—Sí —respondió Laxia—. El nombre lo deja bastante claro.

—Las vi durante la era de Eternia. Ya eran raras en aquel entonces, así que ahora podrían ser aún más difíciles de encontrar. Pero es posible que todavía existan.

—Intentemos encontrar algunas —dijo Adol.

Las tres chicas dejaron de hablar y se volvieron hacia él, como si solo en ese momento hubieran reparado en su presencia.

—Hasta ahora no hemos visto ninguna —señaló Laxia.

—¿Estás segura?

—Creo que recordaría unas flores tan raras, Adol.

Por supuesto que sí. Aunque Laxia ya no llevaba aquel libro suyo a todas partes, prestaba una atención desmesurada a la flora y la fauna.

—Estamos a punto de explorar una zona nueva —dijo Adol—. ¿Quién sabe? Quizá tengamos suerte.


El acceso al cabo situado al sureste de la bahía estaba bloqueado por acantilados rocosos demasiado escarpados para escalarlos, lo que hasta entonces les había impedido explorar la zona. Sin embargo, ahora que habían encontrado el Ala de Archaeopteryx, no tuvieron problemas para saltar por encima de los obstáculos y acceder al lugar.

Lo primero que vieron al llegar a la playa fue un cementerio de barcos. Restos de embarcaciones sobresalían de la arena y se amontonaban entre las rocas en la punta del cabo. La mayoría parecían muy antiguos, cubiertos por capas de percebes, algas marinas y coral. Eran las víctimas del Oceanus. Adol esperaba que pudieran encontrar la manera de acabar con aquella criatura de una vez por todas.

Dana se detuvo al borde de la playa y levantó la vista hacia las bajas colinas que se extendían delante de ellos.

—La tierra de esos prados debería ser bastante arenosa —dijo—. Las flores que buscamos prefieren ese tipo de suelo.

—¿De verdad vamos a detenernos a buscar flores? —gruñó Sahad.

Hummel se acomodó al hombro la correa de su rifle. Parecía tranquilo, pero la mirada de reojo que lanzó a Adol contenía una pregunta sutil.

—¡Es por Alison! —protestó Laxia—. ¿No quieres hacerla sentir mejor, Sahad?

El pescador se encogió de hombros y apartó la mirada.

—Echemos un vistazo —dijo Adol.

Subieron por la suave pendiente hasta llegar a un prado cubierto de hierba en la cima, donde se detuvieron a admirar el paisaje. El cabo se adentraba en el mar, rodeado de agua por tres de sus lados. Una brisa suave acarició el rostro de Adol. Desde allí arriba, el mar parecía tan tranquilo…

Una mancha de color morado intenso los llamó desde el prado que se extendía delante de ellos. ¿Flores? Ricotta corrió hacia allí.

—¡Nunca había visto flores como estas! —exclamó—. ¡Son taaan hermosas!

—Moradas y con forma de campana. —Laxia hizo una pausa, como si estuviera recordando las páginas de su libro—. Parece que coinciden con la descripción, ¿verdad?

—Sí, son las campanillas moradas —confirmó Dana.

Se apresuraron a avanzar, pero Hummel levantó la mano de golpe en un gesto de advertencia.

—Hay alguien aquí.

Un hombre delgado, de cabello oscuro, apareció por detrás de unas rocas al otro lado del claro. Se quedó paralizado al ver a los viajeros.

—U-ustedes son…

—Supervivientes del Lombardia —dijo Adol—. Por casualidad, ¿no serás Ed?

Los ojos del hombre se abrieron de par en par.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Una corazonada. Además, me habían dado una descripción muy detallada de ti. —Adol le explicó rápidamente la situación y le habló a Ed de Pueblo Náufrago.

Era increíble que aquel hombre hubiera sobrevivido allí todo ese tiempo, solo y a tan poca distancia de la aldea. Al parecer, aquel era uno de los pocos lugares de ese lado de la isla desde los que no se podía ver la fogata del campamento. Debido a los desprendimientos de rocas y a las bestias que merodeaban por la zona, Ed nunca se había atrevido a alejarse demasiado de aquel lugar. Había acampado solo junto a las campanillas moradas, las flores favoritas de Alison, porque le recordaban a su esposa desaparecida.

Por alguna razón, estaba convencido de que aquellas flores los reunirían de nuevo. Y, en cierto modo, así había sido.

Laxia y Ed recogieron algunas flores con cuidado, y Dana utilizó su Esencia para teletransportar a Ed de regreso a la aldea. Adol deseó poder estar allí para presenciar el feliz reencuentro, pero, dadas las condiciones de Alison, probablemente agradecería tener algo de intimidad. Esperaba que todo saliera bien.

El cabo hacia el que habían visto navegar al barco fantasma estaba justo delante de ellos. Un sendero apenas perceptible se aferraba a la superficie de los acantilados y serpenteaba hasta una abertura en la cueva, oculta tras una cortina de enredaderas colgantes.

—Este lugar parece perfecto pa’ un escondite de piratas —comentó Sahad.

—¿Un escondite de piratas fantasma? —sugirió Hummel.

Nadie respondió mientras se adentraban en la cueva.

El pasaje descendía en curvas desde la entrada, iluminado por una luz tenue pero natural, lo que sugería que, en algún lugar más abajo, la cueva debía tener una abertura al exterior. A medida que el pasaje se ensanchaba, encontraron andamios y plataformas de madera repletos de barriles y cajas viejos, similares a los de las zonas más profundas de la Cueva Gotacaída, en Pueblo Náufrago. ¿Sería posible que los mismos piratas hubieran construido ambos lugares?

El camino los condujo hasta una cala apartada, abierta hacia una lejana salida que daba al mar. Sin embargo, no fue la vista del océano lo que hizo que Adol y el resto del grupo se detuvieran en seco.

Había un barco atracado en medio de la cala.

Parecía viejo y destartalado, con las velas hechas jirones y los mástiles y aparejos cubiertos de percebes y algas marinas secas, como si en algún momento aquella embarcación hubiera pasado bastante tiempo bajo el agua. Su casco estaba plagado de agujeros y grietas. La proa, con la forma de una enorme mandíbula llena de dientes, parecía observarlos con una mueca amenazadora.

—El barco fantasma —dijo Adol, incrédulo.

A excepción de las algas marinas y las velas hechas jirones, el barco no parecía tan fantasmal. Si no hubieran visto esa misma embarcación navegar la tarde anterior, la habrían descartado como un viejo pecio.

Una pasarela de madera cruzaba el agua y conectaba con el sendero del otro lado, que finalmente conducía al muelle del barco. En algún momento, aquellas estructuras habían sido construidas con solidez. Algunas partes se habían derrumbado aquí y allá y se hundían en el agua, pero la mayoría de las tablas aún eran lo bastante resistentes como para caminar sobre ellas.

Junto al barco, la pasarela terminaba abruptamente en una línea irregular de tablas rotas. Las separaba del casco cubierto de percebes una extensión de aguas profundas, y la embarcación flotaba a tal altura que impedía ver la cubierta.

—Hay un nombre grabado en el casco —dijo Laxia—. Eleftheria.

—Pero ¿cómo se supone que vamos a subir a bordo? —se preguntó Ricotta.

—Busquemos por la zona —sugirió Adol.

El muelle estaba construido en dos niveles. Era evidente que el superior se había utilizado para acceder a los barcos antes de derrumbarse, mientras que el inferior contenía algunos cofres y cajas. La mayoría estaban rotos, pero uno permanecía intacto, con la tapa bien ajustada, como si alguien se hubiera esforzado especialmente por impedir que entrara agua. En su interior había un pergamino cuidadosamente doblado y sellado dentro de una bolsa de cuero encerado. Adol lo desplegó y leyó.

Diario de a bordo, tercer día desde la partida del puerto de Atlas…

La Eleftheria está soportando bien el viaje. Pronto deberíamos llegar a la Isla de Seiren, por ominosa que sea. Es imperativo que llegue a la isla y regrese sano y salvo. En efecto, debo desenmascararlos y mostrar lo que realmente son. Tengo que hacerlo. Si fracaso, renunciaré a mi rango y a mi nombre, y dejaré de ser el capitán Reed.

—¿El capitán Reed? —Sahad parpadeó, sorprendido.

—¿Has oído hablar de él? —preguntó Hummel.

—¡Por supuesto que he oí’o hablar de él! ¡Todo el mundo en Greek ha oí’o hablar del temible pirata Reed!

—¿El temible pirata?

—Sí. Solían llamarlo el Azote del Mar del Gaete. Según las historias, vivió hace unos cien años. Veamos… Tenía el pelo largo y rojizo, y le faltaba un brazo. Incendió aldeas enteras en distintas islas. No perdonaba ni siquiera a las mujeres y los niños.

—Qué horror. —Laxia contempló el barco con asombro.

—Sí, era un monstruo —coincidió Sahad—. Los greshunos lo odian hasta el día de hoy. Ni siquiera se atreven a pronunciar su nombre.

—Y, sin embargo, aquí está su barco —dijo Dana.

Sahad negó con la cabeza.

—Imposible. No hay manera. Dicen que la Marina de Greshun capturó a Reed y lo ejecutó en su cuartel general. Nunca había oí’o na’ sobre que hubiera ido a la Isla de Seiren.

Antes de que alguien pudiera responder, un estruendo sacudió la cueva. Una sección del nivel superior del muelle se deslizó sobre el vacío hasta conectarse con la cubierta principal del barco.


¿Quieres discutir de esta novela u otras, o simplemente estar al día? ¡Entra a nuestro Discord!

Gente, si les gusta esta novela y quieren apoyar el tiempo y esfuerzo que hay detrás, consideren apoyarme donando a través de la plataforma Ko-fi o Paypal.


Anterior | Índice | Siguiente