Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 36. El Capitán Reed


—Bien, subamos a bordo. —Adol mantuvo la mirada fija en Dana mientras hablaba; era la única persona allí que sabía algo de magia y poderes sobrenaturales. Ella parecía curiosamente imperturbable mientras avanzaba y probaba las tablas con los pies, como si la solidez de la madera fuera su única preocupación en cuanto a seguridad. Adol la siguió a bordo, con el resto del grupo detrás.

La cubierta principal estaba sembrada de esqueletos. Parecían congelados a mitad de un movimiento y se encontraban dispersos por los distintos puestos donde la tripulación de cubierta normalmente cumpliría sus turnos. Uno sostenía una fregona y un cubo; otro aferraba una cuerda enrollada entre sus dedos huesudos. Era como si toda la tripulación hubiera sido abatida por una enfermedad repentina en plena faena.

Sahad miró rápidamente a su alrededor.

—No me gusta na’ cómo se siente este lugar, chicos. Deberíamos largarnos de’ste barco ahora mismo.

La campana del barco resonó sobre sus cabezas.

La pasarela se deslizó hacia atrás, cortándoles el camino de regreso al muelle.

—¡Miren! —exclamó Laxia con brusquedad.

A su alrededor, los esqueletos se estaban levantando. No parecían interesados en los recién llegados y retomaron sus puestos. Las velas ondearon y se hincharon con un viento que Adol no podía sentir en las profundidades de la cueva. El barco se puso en movimiento, dirigiéndose hacia la salida de la cueva y luego hacia la bahía.

—¿Qué demonios está pasando? —susurró Laxia—. ¿Cómo es posible?

No lo era. Sin embargo, ¿acaso aquello era realmente más difícil de aceptar que la existencia de los Primordiales? ¿O que la presencia de Dana en aquella época? Adol intentó asimilar mentalmente todos aquellos cambios mientras observaba la actividad en cubierta.

—Estos piratas trabajan bastante duro para ser un montón de muertos —observó Ricotta.

—Sí, son muy profesionales —coincidió Hummel—. Podría aprender mucho de ellos.

—¿Cómo pu’én estar tan tranquilos en un momento como este? —protestó Sahad—. ¡Laxia y yo estamos prácticamente meándonos de miedo aquí mismo…!

—¡Habla por ti! —espetó Laxia. Sin embargo, parecía bastante alterada.

—No parecen molestos por nuestra presencia —dijo Adol—. ¿Por qué no exploramos el barco?

—‘Tá bien —masculló Sahad.

La mayoría de las puertas y escotillas estaban atascadas, por lo que solo quedaba un camino abierto: hacia la cubierta inferior.

—¡Este lugar me da una sensación espeluznante increíble! —anunció Ricotta mientras bajaba de un salto por la escalera hacia la oscuridad de abajo.

—¿Por qué pareces tan contenta por eso, renacuaja? —se preguntó Sahad.

Ricotta le sacó la lengua y luego se adelantó corriendo al resto del grupo, como si apenas pudiera contener su emoción.

Algunas entradas y pasajes de la cubierta inferior estaban bloqueados por muros de luz azul que repelían cualquier intento de atravesarlos. Otros permanecían abiertos, aparentemente sin ningún obstáculo. Cuando el último miembro del grupo bajó las escaleras, otro muro de luz azul se alzó a sus espaldas, sellando el camino.

—Y ahora tampoco po’emos regresar a la cubierta principal —gimoteó Sahad.

Dana asintió pensativa.

—Barreras de Esencia. No estoy segura de cómo se colocaron ni de quién lo hizo, pero parecen estar guiándonos para que avancemos por este barco.

—¿Guiándonos? —Sahad parecía aterrorizado.

Nadie respondió.

Tal como había dicho Dana, mientras avanzaban por aquel espacio sombrío, Adol tuvo la sensación de que alguien los guiaba; de que las fuerzas responsables de aquello querían que exploraran el barco en un orden determinado y encontraran algo importante. Mantuvo los ojos bien abiertos en busca de pistas mientras proseguían.

La primera pista apareció en forma de un cofre abierto que contenía un trozo de pergamino enrollado, similar al primero que habían encontrado en el muelle. Laxia lo recogió y lo desenrolló.

—Parece otra entrada del diario del capitán Reed —dijo.

—¿Qué dice? —preguntó Ricotta.

—Antes de llegar a la Isla de Seiren, debo revelar la verdad sobre la quema de las aldeas del archipiélago. Ninguna se salvó… Desde luego, no los hombres, pero las mujeres y los niños también fueron víctimas, sin lugar a dudas. La gente maldice el nombre del capitán Reed y me culpa de estos actos atroces, pero les digo que soy inocente. La Eleftheria está tripulada en su mayoría por víctimas del comercio de esclavos… incluido yo mismo. Al parecer, las autoridades no vieron con buenos ojos que nos uniéramos y lucháramos para liberar a otros esclavos, de modo que todos pudiéramos vivir en libertad. Los habitantes del archipiélago nos aceptaron e incluso empezaron a llamarnos los Piratas de la Justicia. En verdad, eran gente muy amable. Y, con la misma certeza, fueron los hombres de la Marina de Greshun quienes incendiaron las aldeas. Más tarde me llegó la noticia de que lo hicieron para obligarnos a salir de nuestro escondite y purgar el Mar del Gaete de los nuestros. Preferiría revolcarme en estiércol de caballo durante cien días antes que obedecer a quienes tienen un sentido de la justicia tan retorcido. Pero la gente ya ha sufrido bastante y no quiero causarles más problemas. Después de pensarlo detenidamente… he decidido ir al cuartel general de la Marina y entregarme. —Laxia bajó el pergamino—. La entrada termina aquí.

—No pué ser. —Sahad negó enérgicamente con la cabeza—. No es posible.

—¿Qué pasa? —preguntó Adol.

—Esto no es lo que ocurrió en realidad… ¿verdad?

—¿Por qué te sorprende, Sahad? —preguntó Ricotta.

—El nombre de este barco… Eleftheria. Significa «libertad» en la lengua de greshun. ¿Por qué el temi’o capitán Reed le pondría a su barco el nombre de «Libertad»? —Sahad hizo una pausa y se quedó mirando a lo lejos.

—Parece un hombre honorable —dijo Hummel.

La luz azul que cubría la entrada se volvió intermitente y se desvaneció, dejando libre el acceso a la cubierta inferior.

—¿Es por esto que estamos aquí? —se preguntó Dana—. ¿Para descubrir la verdad sobre el capitán Reed?

—Solo puedo decirles una cosa —dijo Ricotta—. Esa sensación espeluznante ha desaparecido. Supongo que significa que debemos de estar haciendo algo bien.

—¿Continuamos, entonces? —sugirió Dana.

Descendieron a la siguiente cubierta, donde encontraron otro cofre que contenía un nuevo trozo de pergamino. Sahad se inclinó y lo recogió.

—Parece que es otra parte del diario del capitán Reed —dijo.

—¡Léelo, léelo! —exclamó Ricotta—. ¡Quiero saber qué le pasó a Reed!

Sahad bajó la mirada hacia la página.

—Estoy prisionero. La Marina ha enviado a visitarme a un extraño cerdo barbudo. No creería que la Marina tuviera una mascota propia, ni que se dirigiera a ella como «capitán». A pesar de su hedor brutal, hablaba como un hombre y me dijo que quería negociar. Me ordenó investigar una isla a la que nadie ha podido acercarse sin peligro. Sí, la infame Isla de Seiren. A cambio de investigar la isla y regresar con vida, tendría la amabilidad de liberar a toda mi tripulación de la prisión. Siempre he tenido facilidad para detectar a los mentirosos observándoles el rostro. Y no confío ni por un instante en que ese cerdo grotesco cumpla su promesa. Pero, si me hubiera negado, creo que habría cumplido la otra: ahorcar a mi tripulación. En verdad, vivimos tiempos de locura. Me recordé a mí mismo que quiero ser un hombre de bien y acepté convertirme en el lamebotas del cerdo. Y así es como he acabado frente a la Isla de Seiren.

—Así que el capitán Reed sí llegó a la Isla de Seiren —dijo Laxia—. Aparte de la prueba evidente de que hemos encontrado aquí su barco, claro está.

Sahad asintió.

—Sí, eso parece.

—Es muy injusto —dijo Laxia—. De verdad se preocupaba por su tripulación y también por los demás. Y todo lo que recibió a cambio fue que lo convirtieran en el chivo expiatorio de crímenes que nunca cometió y luego lo utilizaran como un peón.

—Los responsables de esta atrocidad son una vergüenza para la Marina de Greshun —afirmó Hummel.

Otro muro de luz azul se desvaneció de la entrada que tenían delante.

—Sigamos adelante —dijo Ricotta.

La madera de la cubierta más baja estaba empapada. En el centro había una escotilla abierta que daba a la bodega de carga, completamente inundada. El agua lamía los bordes de las tablas podridas del suelo, y el espacio inferior era demasiado oscuro para distinguir lo que había dentro. Evidentemente, el barco tenía un gran agujero por debajo de la línea de flotación. ¿Cómo demonios seguía a flote?

Pasaron junto a la abertura y se dirigieron a la escalera del extremo opuesto. Delante de ellos se alzaba otra entrada bloqueada por luz azul, con otro cofre cerca. Esta vez, Dana recogió la página del cofre y leyó en voz alta:

—He escapado del titán de tentáculos y he puesto un pie en la isla para comenzar mi investigación. Por desgracia, esta vez la Eleftheria está tripulada únicamente por gentuza, apenas digna de su propio peso en estiércol de caballo. La Marina eligió a esta pandilla. Todos son criminales, sin excepción, y además carecen de experiencia. Por supuesto, ningún marinero experimentado aceptaría acercarse a la Isla de Seiren, pero eso no cambia lo absurdo de esta situación. Uno de esos idiotas intentó amotinarse para apoderarse de mi barco, pero lo puse en su sitio de una patada y lo mandé al agua. Tengo demasiados hombres rebeldes con los que lidiar, por no hablar de las bestias de esta isla. Nunca había visto criaturas como estas. Continúo con la investigación, pero una dolencia me está frenando. Estoy cansado y creo que me ha subido la fiebre. Aunque me cueste admitirlo, puede que esté en peligro. Cuando termine de escribir, me acostaré e intentaré descansar.

—Aquí termina —dijo Dana.

Sahad se rascó la cabeza.

—El titán de tentáculos… el Oceanus. Debía de ser un marinero extraordinario pa’ haber consegui’o llegar a tierra con su barco intacto.

—Aun así, parece que las cosas empeoraron después de su llegada —señaló Hummel.

—Sí, contrajo una enfermedad —dijo Laxia—. Me pregunto qué le sucedió al final.

La llama azul desapareció de la entrada y oyeron el chirrido de una escotilla que se abría encima de ellos. Subieron por las escaleras de mano y se encontraron de nuevo en la cubierta principal.

El barco debía de estar navegando ahora por mar abierto, pero Adol no podía ver nada a través de la espesa niebla que los envolvía. Un viento etéreo llenaba las velas, aunque no les rozaba la piel, lo que hacía que Adol sintiera como si todo el barco flotara en el vacío.

Los esqueletos se mantenían alejados del centro de la cubierta mientras continuaban con sus tareas. Cuando el grupo avanzó, una espiral de llamas oscuras titiló en el espacio vacío y un cofre se materializó ante ellos.

Dentro había otra página del diario de a bordo. Adol la recogió y leyó:

—Mi salud empeora día tras día. Me consume una enfermedad extraña. Parece que esta fiebre es algo que solo se encuentra en esta isla. He recibido noticias de que mi familia ha escapado y se ha refugiado en una pequeña isla del Mar del Gaete. Pero mis compañeros… La verdadera tripulación de la Eleftheria sigue esperando mi regreso. Es muy posible que ya estén bailando la danza de la soga. Pero no me rendiré. No mientras crea que aún tengo una mínima posibilidad de triunfar. Además, algunos de los que están aquí han llegado a admirarme, por estúpidos que sean. También quisiera que regresaran sanos y salvos. Así que debo mantener el rumbo. Soy un necio inútil, pero nunca me he caracterizado por rendirme ni aceptar la derrota. Ni siquiera si acabo convertido en huesos y polvo…

La letra, cada vez más ilegible, se interrumpía bruscamente antes de llegar al final de la página.

—Parece que la entrada termina aquí —dijo Adol.

Laxia se inclinó sobre el cofre.

—No, miren, hay una segunda página. —La recogió y la desplegó—. ¿Un mapa?

Sahad se acercó para examinarlo.

—¿Eh? No pué ser… Es una carta náutica de las aguas que rodean la Isla de Seiren.

—Ese mapa ya no me sirve de ná —dijo una voz grave—. ¿Por qué no le dan un buen uso, grumetes?

Se giraron bruscamente hacia la voz.

Un hombre de porte majestuoso se alzaba frente a ellos. Llevaba un sombrero tricorne, un abrigo largo y botas altas de cuero: el atuendo anticuado de un marinero, como los que Adol había visto en ilustraciones históricas. Llevaba un sable sujeto al cinturón. Su cabello lacio le caía hasta los hombros, y algunos mechones sueltos ondeaban sobre su frente alta y sus ojos oscuros y penetrantes. Tenía tatuajes en la mejilla izquierda, la barbilla y la parte superior de los brazos: líneas onduladas dobles que recordaban a los dibujos con los que Sahad adornaba su propio cuerpo. Una vez más, le hicieron pensar en ilustraciones antiguas. Creía que así representaban el agua los marineros de antaño y que aquellos tatuajes servían como protección contra las tormentas.

El brazo izquierdo del hombre terminaba en un garfio, sujeto al codo mediante una ancha correa de cuero.

Adol tardó un momento en darse cuenta de que el hombre no era completamente sólido. A través de su figura se distinguía el tenue contorno de un mástil.

Sahad soltó un grito ahogado.

—¡Un fantasma! ¡Y-y-y tu brazo…! —Se le quedó la boca abierta—. ¿Tú eres…?

—Así es. —El hombre fantasmal asintió—. En otro tiempo fui el hombre conocío como capitán Reed. —Su rostro se ensombreció—. Solo era un necio corsario, converti’o en chivo expiatorio por la Marina y abandonao a la deriva pá morir como un perro.

—Pero… se supone que estás muerto —soltó Ricotta.

El capitán Reed soltó una risita, aunque sus ojos no reflejaban ninguna alegría.

—Han leío mi jornal, ¿verdad? Ya saben qué destino me aguardaba. Una maldita fiebre se apoderó de mí y morí con la ira todavía ardiendo en mi corazón… Por culpa de eso, mi alma perdió el rumbo y comenzó a vagar por el mundo de los vivos… Y la Eleftheria vino conmigo.

—¿Cómo es posible que esté pasando todo esto? —susurró Laxia.

El capitán Reed posó la mirada en ella.

—He recuperao la razón, y to’ gracias a que ustedes, grumetes, estaban tan lunáticos de subir a bordo. Les’toy muy agradecío.

—Me alegra oírlo —dijo Adol.

El capitán Reed inclinó la cabeza.

—Así es. Ahora por fin podré reunirme con mi tripulación en el otro mundo. Seguro que no dejarán de echarme en cara que llego con cien años de retraso. A ustedes y a su tripulación todavía los espera una travesía difícil. Dibujé esa carta náutica cuando aún intentaba escapar de la isla. Les será de utilidad. —Señaló el mapa que Sahad sostenía entre las manos.

Sahad asintió.

—Sí, esta carta contiene to’a clase de información detallá. Debió de llevar mucho trabajo elaborarla.

Los labios fantasmales del capitán Reed se curvaron en una sonrisa de aprobación.

—Por lo que veo, tú también sabes un par de cosas sobre el mar… —Se fijó en él con más atención—. Ese color de pelo… ¿Eres de Creet, marinero?

—Sí, lo soy.

—¡Gah, ja, ja! Debe de ser cosa del destino. En fin, no le des más vueltas. Bueno, supongo que ha llegao la hora de llevarlos de vuelta a la costa. Será el último viaje de la Eleftheria.

La campana del barco resonó sobre sus cabezas.

El capitán Reed los saludó llevándose una mano al sombrero y luego subió al alcázar para dar órdenes a la tripulación. La Eleftheria viró y regresó a toda velocidad hacia la costa, conduciéndolos suavemente hasta la ensenada. La pasarela se desplegó para conectar el barco con el muelle.

Mientras desembarcaban, el capitán Reed permaneció junto a la barandilla, observando cómo todos se alineaban frente a él.

—Supongo que ha llegao la hora —dijo.

Ricotta negó con la cabeza.

—¿Te estás despidiendo de nosotros?

—Así es, me temo que sí, chiquilla. —Se volvió hacia Sahad—. ¡A la capa, viejo lobo de mar! No dejes que el viento infle demasiao tus velas solo porque tienes ese mapa. Más nos vale no cruzarnos en el inframundo en un futuro cercano, ¿me oyes?

—Sí, señor. —Sahad lo miró con incertidumbre, como si intentara descifrar algo.

El capitán Reed dirigió la mirada hacia el resto del grupo.

—Adol, ¿verdad? Estoy seguro de que has visto muchas maravillas en esta isla. Aquí hay toa clase de bestias, ruinas y tesoros ocultos, esperando a que alguien los descubra. No conseguí desentrañar to’s los secretos de esta isla, pero tengo el presentimiento de que tú podrás descubrirlos sin falta. —Sus ojos se desplazaron hacia Dana, que estaba de pie junto a Adol. Sus labios se torcieron ligeramente—. Por lo que veo, ya te has hecho con una compañera de tripulación bastante fascinante, ¿eh, muchacho?

Adol intercambió una mirada con Dana. Ella sonrió.

—Descansa en paz, capitán Reed —dijo Adol.

El capitán Reed soltó una risita queda.

—No sé cuánto descanso pacífico me espera ahí abajo, en el fondo del mar. Aunque nos separe un océano de tiempo, formamos parte de la misma tripulación y luchamos por escapar de las garras de esta isla. Así que preparen bien sus escotillas, todos ustedes… Sobrevivirán a esta tormenta… y saldrán con vida. Adiós.

Su figura se desvaneció.

La pasarela se replegó y el barco se hundió hasta asentarse en el fondo de la ensenada, con la cubierta principal a menos de medio melio sobre el agua. La magia que lo había mantenido unido a pesar de tener un agujero bajo la línea de flotación había desaparecido.

—Ojalá Reed hubiera podido quedarse un poco más —dijo Ricotta—. Seguro que podría contarnos un montón de historias fascinantes.

—Tengo la sensación de que me prestaba especial atención por alguna razón —dijo Sahad pensativo—. Como si…

Como si fueras de su misma sangre. Adol no lo dijo en voz alta. Pero, ahora que la idea había surgido, empezaba a percatarse de las similitudes. La forma de hablar, cortando las sílabas de una manera muy particular, propia de quienes habían crecido en la misma región. Y aquel color de pelo tan peculiar, oscuro con un matiz verdoso, como si estuviera teñido de algas marinas. Sabía que no era el momento de hablar del tema, pero probablemente debería conversar con Sahad si este no llegaba a descubrirlo por su cuenta.

Frizcop: Y me suena que en el juego nunca se lo dice, el desgraciado xD. Al menos aquí pusieron ese detalle.

—La carta náutica que nos dio nos será de gran ayuda —dijo Laxia—. Creo que hemos dado un paso enorme para salir de esta isla.

—Sí —coincidió Sahad—. Volvamos al pueblo y avisemos a todos.


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