La Historia del Héroe Orco

Capítulo 34. Un hombre que puede esperar es un hombre popular

 

“Ya es de mañana.”

 

Bash se despertó en la posada, se estiró y se preparó.

Se limpió con agua caliente, se echó un poco de perfume y se puso el traje formal de la Gente Bestia.

Tomó su comida en el primer piso de la posada y volvió a su habitación.

Se sentó en su cama, se cruzó de brazos y cerró los ojos.

 

Se sentía muy bien.

Sabía que tenía que seguir el plan de acción ideado por el más inteligente de los recolectores de información.

Mirando hacia atrás, fue una buena época cuando Gediguz, el Rey Demon, estaba vivo. Podían ganar todas las batallas con sólo seguir las órdenes que venían de arriba.

Sin el rey, Bash no habría llegado a ser tan fuerte como ahora y habría muerto en algún lugar.

 

“¿Vendrá hoy?”

 

Zell estaba masticando almendras para desayunar y llenando un frasco con polvo de hadas.

Había bastantes restos de comida también.

El polvo de hadas de hoy tendría sabor a almendra, sin duda.

 

Bash no se movió.

No salió, no se ejercitó, solo se quedó quieto.

No salió a la caza de una chica, ni tampoco fue al bar.

 

“No sé por qué, pero es agradable solo esperar.”

 

Esperó.

¿Pero a qué?

Una oportunidad.

Que llegara el momento, en otras palabras.

Bash estaba esperando. Estaba seguro de que Silviana, esa exquisita mujer bestia que había conocido el otro día, le visitaría.

 

Porque la revista lo había dicho.

 

«Si una chica dice que quiere volver a verte, no la presiones. No seas insistente. Un hombre inteligente es un hombre popular.»

 

El secreto de la vida amorosa de la Gente Bestia era “esperar”.

Eso era lo que decía la revista.

Por lo tanto, Bash decidió esperar.

Él, que había corrido por todo el mundo en todo tipo de campos de batalla, solía pensar que era bueno en ataques frontales, pero también era bueno en emboscadas.

Si era necesario, podía esperar en los arbustos durante 10 o 20 días.

Y si el enemigo objetivo no venía, ni siquiera lo reconsideraría.

Y lo que estaba esperando ahora era a su futura esposa.

No debería serle difícil.

Era esperar todo ese tiempo lo que hacía que el amor ardiera más.

 

“…”

 

Por eso Bash siguió esperando.

Desde el alboroto en el palacio hasta hoy.

Desde el amanecer, incluso cuando el sol estaba directamente sobre él, no movió un músculo.

Incluso cuando el sol comenzó a dar indicios de ponerse, no hizo nada.

Cuando el sol ya se estaba poniendo, volvió a comer, pero después de eso, volvió a quedarse quieto.

Cuando todo el pueblo se fue a dormir, Zell y él se turnaban para observar y esperar.

 

Pasaron algunos días.

Hoy Bash iba a limpiarse de nuevo, a comer y a esperar pacientemente en su cama de la posada.

Después de esperar tanto tiempo, uno pensaría que sabría que no vendría, aunque siguiera esperando, pero Bash ya antes había esperado incluso más que esto, y hasta había tenido éxito.

Cuando derrotó al “Rey Arrollador”, Coudelant, lo hizo mediante una emboscada.

 

Así que Bash esperaría.

Seguramente iba a esperar para siempre.

Por y para siempre, durante días y días, por y para siempre…

Y entonces, antes de que se diera cuenta, la ceremonia de boda de la tercera princesa habría terminado, los ánimos de todo el pueblo se habrían apagado, y el emblema de la virginidad aparecería en la frente de Bash, y por fin se daría cuenta.

Las palabras de la mujer eran mentira, ella nunca aparecería…

 

Pero no fue eso lo que ocurrió.

 

“Vino…”

 

Esa tarde.

Cierta persona visitó la posada.

Bash, que había agudizado sus sentidos como si estuviera en una emboscada en el campo de batalla, lo reconoció inmediatamente.

Oyó unos extraños pasos que entraban en la posada.

El dueño de los pasos intercambió unas palabras con el posadero y luego se dirigió directamente a la habitación de Bash.

A juzgar por sus pasos, era una mujer.

Sus pasos eran silenciosos, pero no intencionadamente apagados.

Era el andar característico de un noble.

No había duda. Era ella.

 

“¡Jefe, no puedes permitirte cometer un error cuando ya hemos llegado hasta aquí!”

“Lo sé. Me aseguraré de conseguirlo.”

 

Las princesas eran una de las mujeres más populares para los orcos.

Cuando hablaban de a quién les gustaría como esposa, siempre aparecía una princesa.

La princesa venía en un cercano segundo lugar después de los caballeros.

Sin embargo, era difícil conseguir una princesa.

A diferencia de los caballeros, eran pocas y tenían pocas posibilidades de aparecer en el campo de batalla.

Otra característica de la realeza era que, si luchaban contra los orcos y eran superados en número, se retiraban rápidamente.

Incluso si los perseguían, les esperaba una resistencia desesperada por parte de los caballeros que los escoltaban.

Incluso si los superaban, muchas princesas preferían suicidarse a ser violadas por orcos.

Una princesa era una flor rara y preciosa que era visible pero inalcanzable.

Así era la existencia de una princesa.

 

Por lo que Bash sabía, sólo había unos pocos orcos que habían podido casarse con una princesa.

La mayoría de ellos eran de viejos cuentos de hadas.

En el tiempo que vivió Bash, sólo hubo un orco que pudo conseguir una princesa: el Rey Orco Némesis.

 

Silviana, la quinta princesa de la Gente Bestia.

Ella sería una esposa adecuada para el Héroe Orco Bash.

Una oportunidad como esta podía no volver a presentarse.

Con eso en mente, estaba más entusiasmado que nunca.

 

“…Hm.”

 

Y entonces llamaron a la puerta de la habitación de Bash.

 

“¡Entra, está abierta!”

 

Al oír las palabras de Zell, la puerta se abrió.

Había una persona vestida con una túnica de seda cara y sencilla, pero reconocible al instante, con una capucha que le cubría el rostro.

El rostro que asomaba detrás de la capucha era la misma belleza que habían visto una sola vez, justo el otro día.

Era la quinta princesa, Silviana.

La persona que él había estado esperando había llegado.

Era el momento de una emboscada exitosa.

 

“Jeje…”

 

Miró a Bash y sonrió suavemente.

 

“Parece que te he asustado con mi repentina visita.”

“No, te estaba esperando.”

“Eh…”

 

Ante las palabras de Bash, Silviana se puso rígida.

En efecto, si se miraba con atención, Bash estaba vestido con un traje formal.

Era el traje formal de la Gente Bestia, como si fuera a una ceremonia.

Era como si recibiera a una persona importante…

 

“Ejeje, ¿entonces ya no podías esperar más?”

“De hecho, podría esperar bastante.”

“…”

 

Sylviana pareció estremecerse un poco en respuesta a estas imponentes palabras.

La conversación no iba bien.

Sin embargo, se tranquilizó rápidamente y se sentó junto a Bash, que estaba sentado en la cama.

Luego, apoyó su cuerpo en su hombro.

Los brazos de Bash fueron inmovilizados por sus amplios pechos.

 

“¡Oh, Sir Bash! ¡Cariño! ¡Le adoro!”

“Mm. Yo también.”

 

Silviana dejó caer su cuerpo, se tumbó en la cama y cerró los ojos.

Como si esperara algo.

Como si dijera: “Vamos, ya estoy lista”.

 

“Entonces vamos.”

 

Pero Bash se levantó.

 

“¿Eh, y a dónde?”

“Es obvio.”

 

Bash le dijo a la desconcertada Silviana.

Uno de sus colmillos brilló.

 

“Vamos a una cita.”

 

Esa era la estrategia ganadora que leyó en la revista.

 

 

«¿Parece que una mujer te está invitando a salir? ¡Ese no es más que un malentendido de los hombres! ¡Primero deben conocerse y construir una relación estable!»

«¡Los días en que las mujeres tomaban la iniciativa han terminado! ¡Ahora es el hombre el que debe liderar la cita!»

 

Según la revista, el romance entre la Gente Bestia parecía poner a prueba la paciencia de los hombres.

No había que presionar bruscamente para que se casaran o forzar el coito.

Incluso si una mujer hacía un gesto que parecía una invitación desde el punto de vista del hombre, era una trampa.

Si luego se cubría y le decía, “¡por supuesto que esa no era mi intención!”, ella se enfadaría y lo rechazaría.

Para llegar al sexo, era necesario pasar por una serie de etapas sin problemas.

La primera etapa era el encuentro. Es decir, una cita.

Las citas también tenían etapas, y eran necesarias al menos cinco citas, todas ellas en lugares diferentes y con palabras distintas.

Y si él le proponía matrimonio en la sexta cita, todo su trabajo sería recompensado.

La Mujer Bestia pasaba a ser una hembra y pertenecía al macho.

 

Para ser sinceros, Bash ya se habría equivocado si no fuera por la revista.

Cuando Silviana se apoyó en él hace unos minutos, pensó que podría que proponérsele y que no debería haber ningún problema, y entonces pasarían al sexo.

Eso habría hecho que ella se fuera en menos de lo que canta un gallo.

 

Pero ahora Bash tenía la revista.

Y Bash era un hombre que conocía la locura de los guerreros de primera línea que actuaban según su propio criterio en una maniobra operativa precisa.

Si se trataba de una estrategia ideada por un estratega inteligente, el secreto de la victoria era seguirla a la perfección.

Bash había experimentado esto de primera mano.

 

Se acordaba, sí, la batalla en las llanuras de Kiang, cuando Bash se hacía cada vez más fuerte, y cuando él mismo empezaba a dejarse llevar un poco.

Bash estaba, como de costumbre, siguiendo órdenes, luchando al este y al oeste, destruyendo al enemigo.

Entonces, recibió otra orden.

La orden era sencilla: ignoren al enemigo al que se enfrentan actualmente, muévanse hacia el sur y vayan a por otro enemigo.

En ese momento, Bash estaba de buen humor. Le enfurecía la idea de ignorar al enemigo que tenía delante, así que se quedó donde estaba y siguió luchando.

Como resultado, las fuerzas de los Démones, que habían sido sus aliados, fueron atrapados y aniquilados, dejando a la compañía de Bash sola y bajo asedio.

Al final, Bash y sus hombres no murieron, pero fueron gravemente maltratados por los comandantes démones.

 

La humillante derrota proporcionó a Bash sabiduría y lecciones aprendidas.

Desde entonces, Bash había sido fiel a sus órdenes.

Sin embargo, a partir de cierto punto, fueron pocos los que podían darle órdenes…

 

De todos modos, como Bash era obediente, el plan para la primera cita era perfecto.

Tal y como decía la revista.

 

“Um, esto es…”

“Vamos a cenar juntos aquí. ¿O tal vez deberíamos haber ido a otro restaurante?”

“Haa, bueno, esto está bien, pero…”

 

Bash tomó la mano de la confusa Silviana y entró en el restaurante.

Era un local recomendado por la revista, pero no era más que una tienda para plebeyos, y había mucha gente dentro.

Como mínimo, no era el tipo de lugar para una princesa.

Pero Bash no tenía forma de saberlo.

 

“Recomiendan una comida llamada “pastel de carne especial”.”

“No sabe lo que es un pastel de carne, ¿verdad, Sir Bash?”

“No. No los tenemos en la tierra de los orcos.”

“Ya veo.”

 

En términos de ambiente, el lugar no era tan bueno.

Pero Silviana se rio, se sentó junto a Bash y lo rodeó con sus brazos.

Luego acarició y frotó suavemente sus muslos.

 

“Qué sucio… ¿eso quiere decir que yo soy el postre después de la cena?”

“…”

 

Bash se sintió sorprendido por las acciones de Silviana, pero perseveró, siguiendo obstinadamente las enseñanzas de la revista, que le enseñaba a que no debía tocarla hasta que no hubiera llegado a cierto punto.

Bash era un hombre de paciencia, lo cual era raro entre los orcos.

Y había desplegado a Zell como elemento disuasorio en caso de que se descontrolara.

Zell seguía allí, brillando y resplandeciendo en la esquina de la tienda, vigilando a Bash.

¡Aguanta, Jefe! ¡El futuro es brillante! Le recordó ella.

 

 

Y así la comida terminó sin incidentes.

Después, Bash echó un vistazo a la tienda de armas que se mencionaba en la revista.

A las mujeres bestias les gustaban los hombres fuertes.

Pero ahora que la guerra había terminado, era difícil encontrar de esos.

Por lo tanto, la idea era mostrar que él era diferente de los otros hombres averiguando si las armas eran buenas o malas en la tienda de armas.

 

Bash recorría las tiendas de armas y hablaba de lo bueno y lo malo de las armas alineadas en los escaparates.

De vez en cuando mencionaba que había utilizado esa arma en el campo de batalla, pero eso era todo lo que sabía.

Para ser sinceros, en lo que respectaba al conocimiento de las armas, era innegablemente bastante superficial.

Bash no eligió sus armas, así que no sabía realmente si eran buenas o malas.

Sin embargo, Silviana estuvo con una sonrisa radiante en todo momento.

Asentía y movía la cabeza, especialmente cuando Bash compartía sus recuerdos con ella.

 

“Esta arma es una de las favoritas de la Gente Bestia, ¿no es así? Se llama catana, ¿verdad? Es afilada.”

“Sí, lo es. La Gente Bestia suele practicar con estas catanas desde la infancia.”

“El usuario de catana más memorable es probablemente ese hombre que conocí en la batalla de las Tierras Altas de Lemium.”

“Estoy segura de que se tiene que ser un fiero guerrero para ser recordado por usted, Sir Bash. ¿Quién era?”

“Leto, el Héroe.”

 

Bash no estaba mirando la cara de Silviana cuando dijo esas palabras.

Estaba mirando el patrón de la hoja de la catana, como si el pasado lejano se reflejara en ella.

Así que no sabía cómo se veía en ese momento.

 

“Era un tremendo guerrero. Un hombre digno del título de Héroe en términos de poder, habilidad y velocidad, con una espada mágica fantasma a la que no podía leer su trayectoria. Si él no hubiera estado tan lastimado como estaba, habría sido yo quien hubiera perdido.”

“Qué modestia… si es usted, Sir Bash, aunque su oponente estuviera completamente sano, habría ganado por un cómodo margen, ¿no?”

“Incluso si me hubiera podido ganar, no habría salido ileso.”

“…”

 

Bash pensó en una batalla que tuvo lugar una vez.

La batalla en la que el rey demon Gediguz murió, la batalla que puso fin a la guerra.

 

Fue una lucha feroz.

Tanto que no se sabía lo que estaba pasando en ningún sitio.

En medio de tan enorme batalla, Bash escuchó un informe de que el rey demon estaba siendo atacado y corrió al campamento.

Se apresuró a proteger al comandante en jefe.

Pero no llegó a tiempo.

 

Cuando Bash llegó allí, el rey demon Gediguz ya estaba muerto.

Y junto a los cadáveres del rey y de su séquito había dos hombres y una mujer que acababan de terminar de luchar y estaban a punto de escapar del campamento enemigo.

El príncipe humano Nazar.

Thunder Sonia, la Gran Archimaga elfa.

Leto, el héroe de la Gente Bestia.

Thunder Sonia ya había perdido todo su poder mágico y se había desmayado, y era llevada a la espalda de Nazar.

La única manera de atravesar las líneas enemigas era eliminar a Bash.

 

Bash no tenía ni idea de que los tres hombres eran héroes de sus respectivos países.

No sabía sus nombres ni nada.

Pero quería matarlos a todos juntos.

Nadie le había ordenado nada, pero estaba seguro de que debía hacerlo.

Pero falló.

Nazar siguió cargando a Thunder Sonia en su espalda y logró escapar de Bash.

¿Que por qué fue posible?

Fue porque Leto, el Héroe, se puso delante de él.

Tenía sangre por todo el cuerpo, aulló furiosamente, y usó toda su fuerza para desafiar a Bash a un combate individual.

Por supuesto, no había manera de que pudiera vencerle en ese estado, y Leto murió.

 

“Luchó hasta la muerte para permitirle escapar a sus amigos, y aunque ya no tenía fuerzas para mantenerse en pie, se levantó una y otra vez y luchó sin rendirse hasta el final. Era un verdadero guerrero. Estoy orgulloso de haber luchado contra él y de haber ganado.”

“Entonces… ¿por qué solo dejar el cuerpo allí?”

“Es obvio.”

 

Bash dijo, como si fuera algo natural.

 

“Porque el ayudante del Rey Demon me dijo que lo hiciera como último deseo: “No podemos dejar que los demás vean el cadáver del rey”.”

 

Ante las últimas palabras de su aliado, Bash obedeció.

Bash era un orco, pero también un guerrero que había sobrevivido a largas batallas.

Por lo tanto, comprendía que, si se encontraba el cadáver del Rey Demon, la moral de sus aliados caería en picado.

Se podía decir que priorizó la victoria de todo el ejército sobre su propio honor.

Por eso, aunque sabía que era impropio de los guerreros que habían luchado hasta la muerte, dio prioridad al cadáver del Rey Demon y dejó el de Leto sin atender.

Luego llevó al rey demon Gediguz ante los generales démones.

Al final, fue un acto sin sentido porque el príncipe humano Nazar informó igualmente de que el rey demon Gediguz estaba muerto, y cuando Bash intentó volver al frente, la batalla ya se había decidido y fueron derrotados.

 

No había nada que lamentar.

Era obvio que iba a suceder una vez que Gediguz estuviera muerto.

Cuando Bash venció a Leto y gritó victoria, el final seguía siendo el mismo.

 

“Ya veo.”

 

La respuesta de Silviana fue la más pequeña que había dado hasta ahora.

Cuando Bash se dio la vuelta, ella seguía sonriendo suavemente.

 

 

Mientras disfrutaban de los escaparates, el día se había convertido en el crepúsculo.

La gente volvía a sus casas o a sus alojamientos.

Algunos entraban en las posadas, tal vez como amantes, acurrucados.

 

Era de noche.

El tiempo público había terminado, y era hora de que usaran el resto del tiempo para cosas personales.

Hora de hacer esas cosas.

Silviana, tal vez intuyendo esto, se apoyó en el hombro de Bash y sonrió un poco tímidamente.

Bash vio esto y le preguntó.

 

“¿Te divertiste hoy?”

“Sí, Sir Bash. Fue como un sueño.”

“Entonces…”

 

La mirada de Bash se volvió hacia la posada donde se alojaba.

Naturalmente, Silviana también giró la cabeza en esa dirección.

Como si supiera a dónde iban y qué iban a hacer juntos. Como si lo esperara.

Entonces Bash dijo:

 

“Supongo que aquí es donde nos despedimos.”

“Perdón, ¿cómo dice…?”

 

Silviana se congeló con una sonrisa.

 

“La próxima vez, te llevaré a un lugar mejor. Hasta luego.”

 

Bash dijo y se alejó corriendo.

En el crepúsculo, con largas sombras, se fue.

Y pronto se fue.

El héroe orco se retiró rápidamente.

 

“…”

 

Y entonces Silviana se quedó sola al lado del camino.

 

“¿…Perdón…?”

 

Las palabras murmuradas desaparecieron en el crepúsculo.

 

“Jefe…”

 

Cuando Bash regresó a la posada, fue recibido por una Zell con cara de pocos amigos.

Zell tenía los brazos cruzados con los puños cerrados y estuvo temblando durante un rato, pero finalmente, puf, levantó la vista y abrazó la cara de Bash.

 

“¡Fue perfecto!”

“¡Sí!”

 

Bash respondió a las palabras de Zell con voz alegre.

La primera cita.

La sensación de satisfacción era evidente.

Silviana estuvo de buen humor todo el tiempo y, al final, seguía enamorada de Bash.

Incluso Bash, que no estaba muy familiarizado con las relaciones multirraciales, pudo notar que ella tenía una buena impresión de él.

 

“Según mis observaciones, la princesa ya está enamorada de ti, Jefe. ¡Podrías haberla traído a la posada y acostarte con ella esta noche! ¡Las señales estaban por todos lados!”

“Tal vez. Pero no debemos bajar la guardia. Leímos en la revista que te pueden rechazar en la etapa del sexo.”

“¡Es cierto! Hasta ahora, hemos seguido sus instrucciones perfectamente. ¡Entonces es mejor seguirlas de aquí en adelante también!”

 

Tan cerca de Silviana, el deseo de Bash estuvo a punto de explotar en varias ocasiones.

Sin embargo, su fuerte espíritu, que había sobrevivido a muchos campos de batalla, lo mantuvo a raya.

Todo por la pronta graduación de su virginidad.

Para ganar una esposa y volver a su ciudad natal con orgullo como un héroe orco.

Esta era su última prueba.

Si él, el héroe, no la superaba, ¿quién lo haría?

 

“¡Me esforzaré al máximo, Jefe! Voy a revisar lo que sigue en el “curso de citas”.”

“¡Eso me ayudaría!”

“¡Por supuesto!”

 

Zell se alejó volando hacia la ventana.

Esa hada seguramente le traería a Bash la información más detallada, cubriendo todo el curso de citas de la revista.

Comprobaría las carreteras, la disposición de las tiendas a las que debía ir, e incluso negociaría con los dueños de las tiendas para asegurarse de que aceptarán a Bash cuando llegara.

Y el resultado sería la victoria.

 

…Era un fastidio, pero así se conseguía la victoria…

 

Bash miró al cielo nocturno, recordando el viaje hasta ahora, y su boca se relajó con nostalgia.

 

 

Al día siguiente, Bash empezó a esperar de nuevo.

Diría que fue mucho, pero en realidad no tuvo que esperar tanto.

Al día siguiente, y al siguiente de ese, Silviana volvió a venir.

 

Bash se dio por aludido y siguió con sus planes de citas, y cada vez que lo hacía, Silviana se derretía.

La racionalidad de Bash llegó a su límite muchas veces, pero nunca lo sobrepasó.

Esto se debía a que las cosas iban exactamente como las había planeado.

Si Silviana hubiera rechazado a Bash durante el proceso, o si Bash se hubiera apresurado a hacer las cosas, esto podría no haber ocurrido.

La seducción de Silviana era así de intensa.

Comenzó con toques corporales, palabras dulces y alusiones distantes pero seductoras al apareamiento y al embarazo.

A todas luces, estaba enamorada de Bash. Quería casarse y tener sus hijos.

Todo iba exactamente como decía la revista.

¿Cómo podía un humano como Bly predecir tan bien el futuro?

Así, era obvio que perderían la guerra.

Todo iba tan bien que eso fue lo que pensó.

 

■■■

 

Sin embargo, también podría decirse que cuando a alguien le va bien, es cuando a otro le va mal.

 

“…”

 

Era Medianoche.

En un rincón del Palacio de Lycant, una mujer golpeaba su puño contra la pared.

Se mordía la uña del pulgar de la mano izquierda y golpeaba la derecha una y otra vez.

 

“…”

 

Como si estuviera mentalmente trastornada, la golpeaba una y otra vez.

Su rostro era inexpresivo.

Pero si alguien hubiera establecido contacto visual con ella, se habría vislumbrado el odio y la ira detrás de sus ojos.


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