Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 9 Canto 1. Verano del Decimosexto Año Parte 2

 

Recordaba que en mi viejo mundo existía ese tropo de sitcom de «pareja casada»: la esposa pescaba al marido justo al llegar del trabajo, queriendo abordar algún problema sobre cómo le estaba yendo al hijo en la escuela, y el padre desviaba el tema de inmediato con una muestra brusca de cansancio. Hoy, yo me había convertido en la esposa de ese escenario.

—¿En serio? ¿Justo ahora?

Margit soltó un suspiro colosal mientras se quitaba la capa. Estaba hecha a medida para ayudarla a mezclarse con el entorno: un modelo reversible, marrón rojizo por un lado para combinar con los ladrillos de Marsheim y casi negro por el otro para trabajos encubiertos en plena oscuridad.

Conocía bien mis dramas televisivos, así que contuve la lengua en vez de responderle que yo estaba igual de cansado, esclavizado todo el día ante un fogón por los dos . En cambio, dije:

—De verdad lo siento. ¿Turno duro en el trabajo de reconocimiento?

—Físicamente estoy bien. Pero solo se puede observar a desconocidos acaramelándose por cierto tiempo antes de que empiece a pasarte factura.

Tomé la capa de Margit, lancé un rápido Limpiar y la colgué. Luego la ayudé a quitarse la ropa sudada y a ponerse un conjunto fresco.

—La buena noticia es que tenemos todas las pruebas necesarias. Tengo el nombre del objeto de las infidelidades de nuestro objetivo, el lugar donde se encontraban, una estimación sólida del valor de las joyas que él le regaló y un desglose completo de su rutina diaria. Creo que eso basta; no podrá escabullirse de esta.

Una de las mejores operativas encubiertas de Marsheim lanzó una pila de papeles sobre la mesa con un movimiento limpio y veloz. Claro, nos faltaban algunas generaciones de progreso tecnológico para entregarle al abogado de nuestro cliente una carpeta manila llena de veintisiete fotos a color de 8x10 con círculos y flechas y todo eso, pero este montón gordo de porquería sobre nuestro hombre bastaría para clavarlo contra la pared. Pasé las páginas y vi que incluso habíamos detallado cada una de sus comidas con precisión exasperante. Ni el más resbaladizo de los tipos podría librarse de esta.

—Ugh… ¿También anotaste lo que dice en la cama?

—Estaba leyendo los labios, así que tómate como un quinto de eso con pinzas.

El agotamiento de Margit estaba más que justificado. Las aracne eran mucho mejores que los mensch para quedarse quietas y vigilar, pero tener que atravesar aunque fuera una fracción de toda esta porquería lujuriosa pondría a prueba las ganas de vivir de cualquiera.

—No entiendo por qué este tipo tiraría por la borda sus oportunidades con una amante después de casarse con una familia de mercaderes tan acomodada, —dije—. Cuando su esposa y su suegro pongan las manos sobre esto, apostaría buen dinero a que le cortan la cabeza…

Este caso de infidelidad nos cayó encima poco después de que el cliente notara una irregularidad en las finanzas de su negocio. El cliente era el nuevo jefe de la familia de mercaderes que había tomado el mando tras la jubilación del viejo maestro —su padre—. Al inicio creyó que era un error de cálculo de principiante. En un momento incluso teorizó que tal vez había habido un robo que toda la familia pasó por alto. Sin embargo, al estar más alerta, empezó a recibir reportes esporádicos de sus propios clientes, quienes decían que su empleado más reciente —el esposo de la hija del maestro, que se había unido a la familia tras la boda— no estaba yendo a las reuniones. No pasó mucho para que se convirtiera en su principal sospechoso. El maestro lo siguió para averiguar a dónde iba el dinero; era evidente que estaba siendo drenado hacia los bolsillos de su amante, pero el maestro no confiaba en su capacidad de husmear, así que su mediador nos pidió recopilar evidencia contundente.

Nuestro cliente estaba hirviendo de rabia. No podía culparlo. Había dejado que su hija se casara por amor —una rareza en estos tiempos para cualquiera —, y aun así el tipo había deshonrado no solo a la joven, sino también al padre. La hija iba a quedar destrozada. ¿Qué convenció a su esposo para enredarse en un drama barato de telenovela diurna? Todavía correría sangre. Estaba seguro de ello.

—Viejo, no tengo nada de ganas de informarle esto al mediador… ¡Ni siquiera fue un matrimonio arreglado! ¿Por qué la tiró a un lado así nada más?

—Quién sabe. Es bastante guapo; quizá la engañó.

Margit desató su cabello y dejó que los rizos cayeran. Vi un breve destello de la nuca entre las hebras, y la vista me hizo saltar el corazón.

Margit me lanzó una mirada extraña.

—¿Qué-qué? —pregunté.

—Vi cómo me miraste, —dijo, con una sonrisa traviesa mientras se sentaba en la cama. Me di cuenta de que probablemente se soltó el cabello para señalarme que estaba cansada y necesitaba un poco de cariño.

—No pensé que fuera tan obvio.

—No me molesta. De hecho, me gusta toda la atención que recibo de ti.

Tomé un peine y me senté en la cama. Margit se movió con tanta gracia frente a mí que parecía haber flotado, y se acomodó entre mis piernas. Con la parte posterior de su cabeza expuesta y vulnerable, disfruté del privilegio único de tocar su cabello. ¿Ese idiota no se daba cuenta de lo afortunado que era tener una relación así? No podía entender la profundidad de su estupidez. ¿Cuánta lujuria descontrolada y venenosa hay que tener para arruinarte la vida de esa forma?

—Ahh… Se siente delicioso.

Solté una risa.

—Me imaginé que debía estar bastante agotada, madame.

—Y lo estoy… Es celestial.

Mientras peinaba el cabello de Margit aproveché de darle un pequeño masaje en la cabeza. Ella prácticamente se derritió contra mí, dejando que el estrés de su trabajo se desvaneciera.

—De verdad lo hiciste increíble allá afuera. ¡Y lo atrapaste dos días antes de la fecha límite, además! Cavaste su tumba y él solito se metió. Mi compañera es realmente incomparable.

—Mmm… Tu elogio no te conseguirá nada… pero lo aprecio.

Mis manos bajaron a su cuello, luego a sus hombros y después a su espalda, deshaciendo cada pequeño nudo de tensión. Le até el cabello en sus dos coletas habituales y besé la parte trasera de su cabeza. Olía ligeramente a sudor y al almizcle dulce de siempre.

—La verdad no puedo creer cuánto logró averiguar la informante sobre nosotros. Ni siquiera estuve fuera tanto tiempo. Me pregunto cómo descubrió dónde vivíamos, —dijo Margit, volviendo amablemente al tema que yo le había lanzado apenas cruzó la puerta. Me reafirmé una vez más lo afortunado que era de tenerla: me protegía, veía donde yo no podía, y aun con su cansancio dejaba espacio para hablar del asunto.

—Podríamos pasar horas pensando y no sacar nada decente. Dudo que estemos en peligro; nadie es tan idiota como para hacer algo en la puerta del santo.

—Dudo que nos sigan, pero mantengamos los ojos abiertos.

—De acuerdo. Erich, valoro cuánto confías en mí, pero por favor no me trates como una especie de agente perfecta. Ni siquiera sé si podría detectarla. Quizá se dejó atrapar por ti en el patio, ¿sabes? —dijo Margit. Admiraba también su modestia, incluso después de todo.

Pero tal vez tenía razón… quizá Schnee estaba poniéndome a prueba. Puede que se dejara apenas visible para comprobar si yo era lo bastante agudo como para descubrirla. Prefería cuando la gente anunciaba su intención de matar desde el principio. El hecho de que hubiera mantenido su presencia en el borde de mi visión todo el tiempo hacía difícil decidir cómo reaccionar. Aún estaba montando los cimientos; habría preferido que no tocara nuestro punto más vulnerable.

—De acuerdo… Hablaré con Zenab cuando la vea y le preguntaré si tiene algún amuleto contra rastreo.

—Quién sabe qué trampas mágicas podrían estar esperándonos. Tal vez nuestros enemigos empleen a un espadachín aterrador con un arsenal secreto de hechizos .

Su comentario dio justo en el clavo. No podía descartar la posibilidad de que no fuera el único que escondía sus verdaderos colores. Lo prudente era tomar precauciones.

Decidimos que no sacaríamos nada de preocuparnos ni de seguir discutiendo el asunto entre los dos, así que salimos rumbo al Lobo de Plata Nevado a cenar. Últimamente íbamos una vez al día para mantener una buena relación con los demás miembros de la Hermandad.

—Ahí están, —dijo el Señor John apenas dimos un paso dentro, antes de que siquiera llegara la primera ronda de aguas… no es que alguien aquí fuera a repartir agua limpia gratis , por supuesto. Por su tono, no estaba contento con nosotros; hice un frenético inventario mental de todo lo que pudiera haber hecho para irritarlo.

—Ese es. No es el mismo tipo, ¿eh?

—¿Eh? ¿Qué… está pasando?

El comentario del Señor John iba dirigido a un anciano mensch sentado rígido como una vara en un taburete cercano.

—¿Vino a verme? —pregunté.

—No exactamente, —respondió el Señor John—. ¿No fuiste al cantón de Heidewitt a principios de verano, verdad?

—¿Heidewitt? Estuve haciendo una investigación río abajo del Mauser a principios de verano. Un cliente me pidió encargarme de unos piratas fluviales.

No sabía qué tenía que ver Heidewitt con nada; el cantón estaba río arriba por el Mauser desde aquí. Mi pequeño encontrón con aquella banda de bandidos mojados había sido el encargo más importante de mis trabajos a comienzos de verano. Las semanas siguientes las había pasado ocupado con cosas del clan; no había habido tiempo para hacer el viaje de cuatro días hacia el este hasta un cantón bajo la jurisdicción de Altheim…

—Di-disculpe, ¿puedo? —dijo el anciano—. ¿Es usted… Erich, Ricitos de Oro?

—Erich es un nombre lo bastante común; seguro puede encontrar montones de Erich por aquí cerca. Pero en todo Ende Erde, hasta donde sé, solo hay un Ricitos de Oro.

—¿Y-y su compañera aracne es…?

—Margit de Konigstuhl. Mi nombre tampoco es especialmente raro.

La expresión del hombre cambió. La sangre comenzó a abandonar su rostro, antes encendido, mientras llegaba a alguna clase de conclusión.

—Si quiere, puedo mostrarle mi placa de aventurero. Puede anotar mi número y cotejar mi identidad con la Asociación si lo desea.

La mirada del hombre saltaba de mi rostro a otros lugares. No sabía qué esperaba de mí, pero de pronto se inclinó en su asiento en una profunda reverencia. Aquí en el Imperio no teníamos una cultura de reverencias como en Japón, pero si la tuviéramos, estoy seguro de que su frente estaría firmemente plantada en las tablas del piso.

—¡Mi-mis más profundas disculpas! ¡Le-le ruego que me perdone!

—Lamento decir que no tengo idea de qué va todo esto. ¿Por qué no respira hondo y se calma un poco? ¿Qué sabe usted, Señor John?

—Ha estado aquí toda la tarde chillando que quiere ver a Erich Ricitos de Oro. Al parecer trataste horrible a su nieta y exige compensación en monedas, por lo menos.

—¿Que yo qué ?

Me salió el tono que reservo solo para los criminales más despreciables.

—Erich.

—¡Ah! Perdón, Margit…

Esto no estaba bien. Había estado tenso desde lo de Schnee. Por todo lo que sabía, este era un caballero respetable, no algún chismoso de medio pelo al que hubiera que sacarle la verdad a golpes. No podía comportarme como un matón intimidando a un pobre campesino. Los hechos sonaban horribles, sí, pero no era correcto asustar al viejo.

—Pe-permítame explicar, —dijo por fin el hombre—. Hace poco, su-su historia llegó a nuestro pequeño cantón. Y-y al poco tiempo, apareció un hombre… afirmando que él era Erich, Ricitos de Oro.

El temblor del hombre se intensificó; su voz vibraba, aunque no sabía si por rabia o frustración. Mentalmente me di un palmotazo en la frente por haber mostrado los colmillos sin querer: ¡él solo era el mensajero! Tenía que controlar mis emociones si quería tratar a todos con el respeto que merecían. Así que puse una expresión más calmada y escuché su relato con paciencia.

La versión corta: había aparecido un imitador haciéndose pasar por mí.

Un joven de cabello dorado y ojos azules —rasgos poco comunes en el Imperio— había visitado el cantón de este hombre y se había proclamado a sí mismo como el Erich, Ricitos de Oro, del que hablaba la canción reciente que circulaba por la región. Afirmó haber acabado con una banda de criminales en las cercanías y haber elegido Heidewitt como su siguiente parada de descanso. Los lugareños le dieron una cálida bienvenida a aquel supuesto héroe.

El anciano le dio una habitación, pero ese doble mío le pagó de la peor forma posible. No solo le pidió dinero «para ayudarlo a continuar su viaje», sino que además se acostó con la nieta del hombre. Incluso en un mundo tan sombrío y amoral como el nuestro solía ser, aquello era un claro abuso de la confianza de la muchacha y una violación de su consentimiento, dado que se basaba en mentiras. Antes de irse, el impostor dijo que regresaría antes de mediados de verano con el dinero reembolsado y su mano en matrimonio para la nieta. Pero el falso Ricitos de Oro jamás volvió, y el furioso anciano viajó a Marsheim para encontrar al culpable con sus propias manos.

—Ugh… No puedo creerlo, —murmuré.

—¡Lo-lo siento muchísimo! ¡Dije cosas terribles sobre usted! Po-por favor, perdóneme…

—Ya te lo dije, —dijo el Señor John—. Estuvo quejándose de ti toda la tarde, armando alboroto aquí; le hice una descripción justa de tu carácter contra cada punto que presentó, pero aun así siguió despotricando.

El Señor John no parecía tener nada en contra del anciano como persona… solo contra lo severo de su comportamiento. Pero esto, al parecer, había sido la gota que colmó el vaso para nuestro pobre peticionario. Se desplomó, abatido por completo.

—No es culpa de él, Señor John. Una canción es un pésimo sustituto de una descripción adecuada. Es una estafa que cualquier tipo con ojos azules y cabello dorado podría montar.

Era evidente que nadie sometía las baladas populares a estándares periodísticos rigurosos. No eran obras biográficas ni mucho menos; no se podía esperar demasiado de las descripciones que daban de las personas. Y desde luego no servían para identificar a nadie en una fila policial.

Sin medios de reproducción masiva ni identificación por ADN, era difícil demostrar sin lugar a dudas que uno era uno mismo (y eso que incluso esos métodos tenían sus problemas en mi viejo mundo). Con más razón todavía en el caso de un encuentro con alguien por primera vez. La confianza tenía un peso enorme aquí. No quería culpar al anciano por creer que alguien que cumplía con el principio de «si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato» era quien decía ser. Había sido agraviado por ese falso yo, así que tampoco podía culparlo por venir a descargar su rabia en esta taberna de aventureros durante casi todo el día. Para mí sería fácil gritarle a él de vuelta, dado que el que estaba aquí era él, pero el verdadero culpable era el desgraciado que andaba por el país engañando y abusando en mi nombre.

—Y eso no es todo. Hay montones de casos de jóvenes que se aprovechan de padres con hijos perdidos de la misma forma. La única diferencia real es que aquí usaron mi nombre en particular.

Aunque en mi viejo mundo existían formas de identificación oficial con foto, el ciudadano común aquí no tenía nada parecido. Claro que la magia o los milagros podían resolver situaciones como esta con facilidad, pero en la mayoría de los casos tenías que depender de la memoria, el pensamiento crítico y la buena palabra de otros. No era ninguna sorpresa que los charlatanes estuvieran por todas partes. Bastaba con indagar un poco para formarte una idea general de la persona a la que querías imitar y soltar un poco de labia y, listo: tenías tu estafa.

Por lo que pude deducir de este caso, nuestro sospechoso era un auténtico experto. Un embaucador con una habilidad de Persuasión sobreajustada, sin duda con un largo rastro de corazones rotos y billeteras vacías a sus espaldas.

El Señor John suspiró.

—Tienes razón. No debería estar enojado con ninguno de los dos, en realidad. —Se rascó el negro cabello desaliñado antes de caminar hacia la cocina, con el mensaje tácito de que nos dejaría resolver el asunto por nuestra cuenta. Intuí que sabía que yo no descansaría tranquilo hasta resolver mis propios problemas.

La verdad sea dicha, esto había llegado en el peor momento. Ya estaba perdiendo sueño con mi carga de trabajo actual… ¿y ahora tenía que desperdiciar recursos en un doble? Que los dioses nos amparen a ambos; si este hombre no me dejaba a prácticamente servido el cuello de nuestro enemigo común sobre el tajo, no respondía de lo que pudiera hacer después.

Contuve de nuevo la ira que me hervía por dentro: este anciano agotado no era el blanco de mi frustración. Él y yo éramos víctimas en todo esto. Quejarme con él no serviría de nada; en el mejor de los casos, solo me ganaría críticas por acosar públicamente a un pobre viejo.

—Yo, eh… yo, esto, lo siento muchísimo, ¿cómo podría…?

—Ya no necesita disculparse más, señor. ¿Cuál es su nombre?

—¡Ah! ¡Mil disculpas! Soy Guido de Heidewitt.

Ayudé a Guido a ponerse de pie y lo guie hacia una mesa. Me abstuve de llevarlo a nuestro sitio habitual: algunos de los novatos a los que entrené esta mañana seguían allí, lanzándole miradas asesinas. Debieron haber defendido mi buen nombre durante todo el día. Viejo, nunca había sentido que «prueba diabólica» fuese un término tan perfecto como ahora. Qué difícil es demostrar que no hiciste algo…

Senté a Guido y le pedí a una de las camareras que le trajera una jarra de agua. Tras unos cuantos sorbos, sus temblores por fin cesaron y pareció recuperar algo de compostura.

Bien. Aquí empezaba la verdadera prueba de mi paciencia.

—Ahora bien, Guido. Mencionó que lo estafaron con un dracma. Su familia debe estar bastante bien posicionada, ¿cierto?

—Sí-sí… Hemos sido los terratenientes del cantón durante las últimas siete generaciones y tenemos nuestra propia granja modesta. Ya llevo un tiempo retirado, y había apartado ese dinero para un vestido de seda para la futura boda de mi nieta.

Su expresión, sus gestos, su lenguaje corporal, sus palabras… nada indicaba que estuviera mintiendo. Sus manos delataban su edad, pero la calidad de sus uñas revelaba que no era un trabajador manual. Parecía el típico terrateniente que organiza a los campesinos y vive de sus cosechas sin hacer él mismo el trabajo del campo.

El ligero tono curtido de su piel indicaba que, aunque él no labrara personalmente, sí supervisaba el esfuerzo diario en persona. No parecía que hubiese fingido los rastros del daño solar solo para engañarme. ¿Y si todo esto era una actuación? Bueno, yo mismo le entregaría a Guido su Óscar. Qué digo yo: si logró engañar al Señor John , un veterano genuino del oficio, realmente se lo había ganado.

—Ya veo… ¿Podría describirme a ese hombre una vez más?

—Era… más o menos un dedo más alto que usted. Ambos tienen cabello dorado, pero usted no tiene sus pecas.

—Dice que tenía el cabello dorado, pero ¿era exactamente del mismo tono que el mío? ¿Y qué hay del largo?

Era cierto que mi cabello a veces era fastidioso por lo largo que era, pero entre mis compañeras alfar y mi dulce hermana —que lloraría a mares si me lo cortara— tenía razones para sentir orgullo de mantenerlo bonito y brillante. Los baños eran obligatorios. Me lo cepillaba todos los días. Usaba aceite cuando podía. Incluso administraba hasta cómo dormía para minimizar los enredos matutinos. Una vez escuché una versión de mi canción en la que el poeta cantaba que «las niñas mordían sus mantas de frustración, mientras su envidia hervía y burbujeaba al ver el brillo de su melena luminosa», así que discúlpenme si me pongo un poco quisquilloso cuando la gente mira por encima de mi hombro mi nombre de pila.

—Ahh, bueno… Para ser honesto, no se parecía en nada al suyo. Era… un poco más oscuro. Largo, sí, pero le llegaba justo antes de los hombros.

Esta era información útil. Con su cabello opaco hasta los hombros, sus pecas y una altura similar, empezaba a formarme un retrato bastante completo del canalla.

—Pero su espada era auténtica. Incluso yo quedé impresionado. Sus manos estaban llenas de callos, como las de un guardia de verdad. Supongo que eso fue lo que realmente me engañó…

El Falso Yo tenía que ser un compañero aventurero, o un mercenario, o algún tipo de trabajador itinerante. Esto era más que suficiente para rastrearlo. Debió escuchar la historia, mirarse al espejo y pensar que valía la pena intentar la apuesta.

Guido ya tenía experiencia en la vida, así que debía saber que este tipo de relatos heroicos solían usar una buena dosis de licencia artística. Eso, a su vez, le dejó margen para convencerse de que la discrepancia en la apariencia no era una señal de alerta.

—Muchísimas gracias, Guido. Esto ha sido muy útil. Le respeto por haber venido hasta Marsheim por el bien de su nieta.

Con esto tenía suficiente para empezar. Ahora solo quedaba mostrarle cuán grande era mi corazón.

—¿Hm?! ¡No-no, no puedo! ¡Por favor, guárdelas!

Acababa de colocar tres monedas de oro en su palma y cerrar sus dedos sobre ellas para asegurarme de que se las quedara. Unos cuantos dracmas era un precio barato para proteger mi buen nombre. Quería que las aceptara fuera como fuera.

—Y lleve esto para su nieta.

Guido ya estaba bastante alterado, así que me sentí un poco mal, pero necesitaba darle esto al menos. Había usado Clarividencia para ver mi cabeza desde arriba y había cortado un mechón de mi propio cabello. Se lo entregué cuidadosamente envuelto en un pañuelo con un bordado que yo mismo había hecho.

—Esto no será suficiente para aliviar su alma después de haber perdido su doncellez de forma tan cruel, pero espero que sirva como prueba de que usted hizo lo mejor por ella.

—¡No-no podría aceptar esto! ¡Este cabello es materia de canciones!

—Le ruego que lo acepte. Espero que le cuente a su nieta lo que ocurrió hoy.

Esto, con suerte, sería prueba de que él había estado justamente indignado por su nieta, de que había suplicado perdón por su necedad y de que lo había recibido de mi parte.

—Me aseguraré de que se haga justicia con ese sinvergüenza.

Dicho eso, despedí a Guido.

—¿Está realmente seguro, jefe? ¿Y si lo mandó el estafador, buscando más monedas? —dijo Etan mientras yo sonreía, satisfecho con el trabajo bien hecho. Ahora él era, de facto, el portavoz de los novatos; si él lo decía, todos debían estar pensando lo mismo. Saqué mi pipa, di una buena calada y luego le dediqué una sonrisa audaz.

—Bueno, supongo que nuestro culpable no estaba metido en esto solo por el dinero, Etan. Además, ¿viste la cara de ese hombre? Nunca he conocido a alguien más honorable y recto que el terrateniente de un pequeño pueblo. Estoy seguro de haberme asegurado de que mi nombre, incluso si fue arrastrado por el fango por mi imitador, será respetado en todo Heidewitt y más allá. Solo estoy comprando un poco de seguro contra futuros aspirantes que quieran fama y fortuna usando mi nombre.

Mis acciones no se debían solo a la compasión por Guido y su nieta. A todos los efectos, estaba haciéndome publicidad. Guido había venido aquí echando humo, listo para moler a golpes al cerdo que lo había engañado, pero en su lugar encontró a alguien dispuesto a prestarle un oído magnánimo. Estaba seguro de que respondería a mi compasión con la misma moneda.

—Y Etan, quédate tranquilo: puede que no lo parezca, pero ahora mismo estoy positivamente incandescente de rabia.

—¿Lo está?

Etan inclinó la cabeza, confundido. No lograba relacionar mis palabras con nada en mi actitud. Aunque alguna vez había levantado la voz frente a los novatos, nunca me había enojado realmente con ellos. Incluso en nuestra primera reunión, cuando terminamos «arreglando las cosas a golpes» en el patio, había respondido a sus burlas con cierta gracia.

Pero escucha bien, Etan: me importa mi reputación, ¿de acuerdo?

Aún era un aventurero novato, pero tenía amigos de los que estaba orgulloso y una familia que me admiraba. Que alguien tomara todo eso y lo usara para desviar la culpa de un comportamiento tan atroz y ruin… bueno, jamás podría permitir que quedara impune.

—Burlarse de mí es lanzar lodo al rostro de mis camaradas, de mi familia y de quienes valoro.

Ahora no habría peros: se haría justicia hasta el límite absoluto.

Me había partido el lomo día tras día para labrarme una buena reputación. No permitiría que alguien la usara para fines tan perversos y me dejara a mí lidiar con las consecuencias.

—Voy a encontrarlo aunque tenga que sacarlo de una letrina con mis propias manos.

Mis queridos padres me habían regalado este nombre , pensé, y por las buenas o por las malas, recibirás lo que te corresponde por abusar de él de esa manera, maldito ladrón. Canalicé mi ira en una sonrisa amable y di otra calada a mi pipa.

El pequeño chillido de miedo de Etan me indicó que quizá no había logrado borrar del todo los rastros de furia de mi rostro. Retrocedió dos pasos, sobresaltado. ¿Realmente me veía tan aterrador ahora?

—Dejando de lado el castigo, —dijo Margit—, ¿cómo esperas encontrarlo? Ni siquiera yo puedo recorrer toda Ende Erde para hallar a una sola persona.

—No te preocupes; para los Planes de la A a la F no deberías tener que mover ni siquiera un tarso de una de tus dulces patitas. Puede que mi pequeño encuentro casual de antes haya sido para bien después de todo.

Puse mis manos detrás de la cabeza como si fueran orejas de gato. Tenía muchas maneras de encontrar a alguien: muchos hilos que tirar (viejos y nuevos), y muchos hechizos que tejer. Pero pensé que esta era quizá la prueba perfecta para que nuestra nueva amiga felina demostrara su valor para nosotros.

 

[Consejos] En el Imperio, la gente debe confiar en su memoria —o, si tienen suerte, en retratos— para recordar las características de las personas. Si un niño deja su familia durante muchos años, no es difícil para alguien con cierta habilidad para improvisar y pocos escrúpulos usurpar su lugar. Muchos estafadores han hecho fortuna a costa de familias afligidas. Otros suelen imitar a figuras famosas de canciones contemporáneas para robar sus proezas.

En el antiguo mundo de Erich, hombres y mujeres mayores suelen ser blanco de estafadores telefónicos que fingen estar en problemas y suplican a sus «abuelos» que les envíen grandes sumas para rescatarlos. 

 

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