Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 9 Canto 1. Un Henderson Completo ver. 0.8 Parte 2

—¡Almirante! ¡El enemigo no persigue a la flota principal! ¡Está enfrentándose a la flota de apoyo!

—¿Ah, sí?

Rhine no dejaba nunca de inventar; el espectro de la obsolescencia pendía sobre todas sus creaciones, pero sobre pocas tan de cerca como sobre los veleros adquiridos a los constructores navales del Mar del Sur. El comandante supremo de la flota mercante imperial, un sirénido ave de rapiña, dejó escapar un profundo suspiro.

El almirante ya estaba entrado en años, pero a lo largo de su mandato su diligencia nunca había flaqueado, pese a que su cargo apenas gozaba de respeto dentro del Imperio. Era un hecho notable que más tarde pudiera informar que había cumplido su misión sin perder un solo barco frente a una flota enemiga de ocho naves. Sacudió la cabeza: estaba dejando que un escenario imaginado creciera más de lo debido. Había encomendado a su aventurero la protección mientras él sacaba a salvo a sus barcos del peligro. En términos estrictos, sí, él había cumplido la misión, pero sería arrogante atribuirse todo el mérito. Miró las olas embravecidas y soltó una risa autocrítica, sintiendo el dolor de la edad, el mismo que había hecho que volar resultara demasiado fatigoso para él.

Se acercaban ya a treinta años desde que había comenzado a servir al Emperador en la Flota Imperial de Alta Mar de Rhine —la grandilocuencia del nombre siempre se pronunciaba con un toque de sarcasmo, pues la armada apenas daba para presumir—, y no estaba seguro de cuántas veces había sido blanco del pillaje nifling durante todo ese tiempo.

La primera vez había terminado en una pérdida terrible. Los piratas habían remontado el río Rhine, y la batalla posterior había dejado numerosas bajas: entre ellas, un superior y la mitad de sus compañeros recién reclutados. Creyó que habían expulsado a aquellos bárbaros del río que llevaba el nombre de la Gran Madre Rhine, pero en la siguiente expedición al mar del norte un ataque inesperado desembocó en un combate a corta distancia. La mitad de la tripulación pereció en el tiempo que tardaron en llegar los refuerzos. No pudieron regresar navegando por sus propios medios, y sus naves tuvieron que ser remolcadas de vuelta por la flota de apoyo.

Por fortuna, el almirante nunca había sufrido la vergüenza de ser hecho prisionero, pero las victorias de Rhine en alta mar eran dolorosamente escasas y espaciadas.

El Imperio no era un Estado pasajero. Era un gran país cuya historia y tradiciones se extendían a lo largo de cinco siglos. Deshonra era la única palabra capaz de describir la profunda desolación que sentía tras derrota tras derrota frente a bárbaros procedentes de una tierra donde incluso las cabras estaban demasiado desnutridas como para molestarse en comer.

Las pérdidas constantes condujeron a un aumento de los fondos procedentes de las arcas imperiales, mientras la administración política trataba de resolver el problema. Se desarrollaron canales seguros que condujeran al océano y se compraron barcos a países vecinos con experiencia en la construcción de naves fiables, pero era un hecho doloroso que nada de eso lograba poner fin a los piratas bárbaros ni a su tradición de saqueo.

Resultaba evidente que el Imperio jamás perdería frente a la gente de una península insignificante en una batalla terrestre. No se trataba de una presunción descarada nacida de la arrogancia vacía; en el pasado, uno de los grandes reyes de la región había reunido un ejército de los Estados satélite circundantes y alzado la bandera de la rebelión. Al Imperio le había bastado con aprovechar la distancia para cortar sus suministros y asegurarse una victoria aplastante. Miles de cabezas fueron alineadas a lo largo de la costa como símbolo de su poder.

Sin embargo, el mar era una bestia distinta. Era demasiado vasto como para fortificarlo adecuadamente. Allí, en aguas abiertas, aquellos saqueadores ingobernables gozaban de una ventaja innegable.

Esa gente no tenía una administración central ni un hábitat fijo; mataban y saqueaban a su antojo y luego partían hacia dondequiera que llamaran hogar, sin volver la vista atrás. Era imposible tomar medidas preventivas contra una violencia tan improvisada.

Los pueblos del mar eran brutales, y a veces no dejaban tras de sí ni un solo testigo ni rastro alguno, y el Imperio se hallaba prácticamente impotente. Rhine había logrado algunas victorias aplicando su magia sobre las olas, pero la defensa constante e inquebrantable que necesitaban se les escapaba. Desplegar toda su fuerza era como intentar espantar una mosca con un hacha de guerra.

Se habían destinado fondos y mano de obra a la construcción de fortalezas a lo largo de la costa, pero el ejército no podía actuar con la eficiencia habitual. Su táctica común de asegurar una base, sumada al hecho de tener que enfrentarse a naves de una velocidad fulgurante, los colocaba en un terreno al que no estaban acostumbrados.

Muchos se alzaron contra la idea de avanzar hacia el norte. ¿Qué se ganaría ocupando aquella península y la región polar helada? Los costos se dispararían para asegurar la victoria y no harían más que aumentar a la hora de administrar aquel maldito lugar. El pueblo llano solo vería subir sus impuestos y vaciarse sus estómagos mientras el dinero se desviaba hacia una empresa sin esperanza. No había perspectivas de productos ni cosechas que impulsaran la economía del Imperio, ni beneficio geopolítico alguno en perder su zona colchón. Aquella tierra famélica no sería más que una carga.

Incluso si Rhine optara por ocupar la región, para los niflings el saqueo formaba parte de su propia cultura; sería una conquista mucho, mucho más difícil que cualquiera de los Estados satélite anteriores. Cualquiera que fuera enviado allí lo vería como una degradación o incluso un castigo… o quizá ambas cosas. Los nobles sabían que podían ser destinados con facilidad a aquel infierno helado, y por ello todos y cada uno de ellos se opusieron con firmeza a la ocupación de la península.

Una expresión conocida acudió a la mente del almirante: «como un pez venenoso que se ha colado en la red». Los peces venenosos eran, por naturaleza, incomestibles para los humanos, pero existían criaturas marinas de mayor tamaño que se deleitaban devorándolos. El almirante, al igual que otros nobles imperiales, era hábil con la retórica, pero torpe a la hora de poner en palabras emociones complejas; la naturaleza algo contradictoria de todo aquel asunto resultaba difícil de explicar.

—Pero… su excelencia… ¿qué es eso? —preguntó el oficial que había traído el informe.

—¿El qué? —respondió el almirante, confuso por un instante—. Ah, acabas de ser trasladado desde la capital, ¿verdad? Supongo que no te hicieron un informe previo.

—No, no lo hicieron…

El oficial novato —tercer hijo de una familia de caballeros que se había alistado en la marina por el alojamiento y la comida gratuitos— aún estaba aprendiendo el oficio. Todavía le resultaba impactante comprobar que la escena que se desplegaba ante sus ojos no se parecía en nada a los rumores que circulaban en la capital.

La flota de apoyo que protegía a la flota principal estaba compuesta por apenas tres barcos. Aunque eran del mismo diseño que los de los saqueadores —naves concebidas específicamente para el combate a corta distancia—, el enemigo contaba con más del doble de embarcaciones. La flota de los niflings se componía de botes de remos llamados karvi, con dieciséis hombres manejando los remos y unas nueve almas libres para dedicarse a tareas más sombrías, además de dos naves drakkar: embarcaciones «dragón» de mayor tamaño, cada una de las cuales requería treinta y seis cuerpos vigorosos para accionar los remos. ¿Qué podía hacer la flota de apoyo frente a una fuerza que los superaba en más de cinco a uno?

—No me parece lógico . ¿Cómo puede decidir lanzarse de cabeza a ese nido de lobos marinos? ¿Está loco ?

—Una pregunta necia, —dijo el almirante con un suspiro.

—¿Disculpe?

—Digo que es necio juzgar la cordura de Erich, Mástil del Patíbulo, según los estándares de Berylin.

El almirante dirigió la mirada hacia el barco que encabezaba la carga, donde el audaz aventurero se erguía sobre la proa con forma de lobo. El almirante y aquel aventurero llevaban trabajando juntos más de una década.

Aquel sujeto tan peculiar había venido desde los confines occidentales del Imperio hasta su extremo norte para rechazar la amenaza pirata en los mares helados. A los ojos de cualquiera de la Flota de Alta Mar, el hombre era, simple y llanamente, una rareza sin igual.

—Lo que está haciendo es impartir justicia para todos los que viven en el norte de Rhine, —continuó el almirante—. Muchos lo llamarían un héroe. No vacila cuando los saqueadores aparecen tras la siembra y la cosecha, y mantiene seguras las vías fluviales para nosotros.

—¿Un héroe, dice?

—Así es. Aunque vengativo, sí, eso lo admito… pero no sin motivo. ¿Sabes cuántos cantones atacan esos bastardos saqueadores cada año?

El joven oficial mensch negó con la cabeza. Quince años atrás, probablemente apenas había dejado de mamar del pecho de su madre. Pero el almirante no podía atribuir toda aquella ignorancia únicamente a la insensatez de la juventud. El gobierno de Rhine guardaba un silencio férreo sobre el terrible estado de su frontera norte: la vergüenza de un fracaso estratégico tan absoluto solo se convertiría en un lastre político si se hiciera pública. Solo los lugareños conocían la verdadera situación de las tierras septentrionales, y nunca sentían el impulso de alzar la voz por lo que allí ocurría. Cualquiera se avergonzaría de ver su propio territorio convertido en presa de forma tan despiadada.

—Hablamos de veinte, treinta, quizá más… todos arrasados. Sus barcos tienen poco calado y, como puedes ver, manejan los remos con una fuerza notable. Todos y cada uno de los hombres a bordo es un combatiente curtido. Son la culminación de sus peores y más mortales vicios. Saquean y pillan allí donde el agua los lleve.

—¿En cualquier parte…? ¿También remontan los ríos?

—Así es. Y peor aún: sus naves pueden transportarse por tierra si es necesario. Hemos visto a esa gente remontar un río con poca vigilancia, cruzar por tierra hasta la siguiente vía fluvial y descender por ella hacia el sur para saquear lugares a los que, de otro modo, no deberían poder llegar. Usan los árboles como cobertura; ni siquiera la caballería de dragones logra detectarlos.

—Eso es terrible…

Los niflings eran temidos no solo por su poder de combate, sino también por su versatilidad. Se sabía que, en ocasiones, abandonaban temporalmente el botín para cargar sus barcos sobre los hombros y cruzar montañas . Esa capacidad de moverse a voluntad les permitía atacar prácticamente cualquier objetivo. Nadie sabía con certeza cuántos cantones habían sufrido a manos de sus correrías. Incluso los imperiales que habían vivido largas vidas en paz se estremecían ante la posibilidad de que una incursión nifling alcanzara su hogar.

—Sus drakkares pueden albergar hasta un centenar, ¿no? —murmuró el oficial—. Y si enviaran una flota

—No, los drakkares no son tan grandes. Pero incluso cuarenta o cincuenta de esos bastardos bastarían para arrasar un cantón promedio hasta los cimientos. He presentado mis condolencias en persona en más de uno.

Por eso el hombre antaño conocido como Erich Ricitos de Oro, y ahora llamado Mástil del Patíbulo o Erik de la Espada Sin Canción, se había ganado una reputación de venganza justa. Cada una de sus batallas era una pequeña retribución por el dolor que se había hecho soportar a la gente inocente.

—Pero su venganza no es solo suya, —continuó el almirante—. Todas y cada una de las almas que sirven bajo su mando han perdido a alguien a causa de una incursión nifling. Han traído consigo hasta la última pizca de furia y resentimiento que podían cargar contra esos demonios del mar.

Esta flota de tres naves de guerra —una fuerza considerable para un grupo de aventureros— y dos barcos de suministro (ausentes ese día) sumaba trescientas almas. Hasta el último de ellos cargaba con una deuda que solo podía saldarse con sangre, sangre y más sangre. Procedían de todos los rincones del norte de Rhine, de las islas y de los lejanos países polares. Venían de toda clase de parentescos y culturas. Incluso contaban entre sus filas con algunos niflings renegados, cuyas rencillas con los suyos eran más profundas que su amor por el saqueo.

Sin descanso, reunían a los hombres malvados del mar y los llevaban directamente al patíbulo. Robaban las naves de su presa y las quemaban para apaciguar las almas de las víctimas nifling. Vendían el contrabotín y empleaban las ganancias en erigir memoriales para los caídos. Se les llamaba la Prole de la Furia, y la gente del norte los respetaba más que a cualquier caballero o noble.

—Llevan quince años en esto. Es de necios preguntarse si están «en su sano juicio».

—Son increíbles…

—Tienen que serlo. No podrían sobrevivir en otro lugar. Han reducido nuestras pérdidas de forma drástica. Los bárbaros se quejan de que el mar se ha vuelto «má’ pequeño» últimamente, pero eso es lo esperable.

—Está usted muy bien informado, almirante. ¿Es cercano al viejo Mástil del Patíbulo?

El sirénido chasqueó el pico. En términos mensch, estaba chasqueando la lengua.

Era una pregunta extraña. Llevaban quince años operando desde la misma base en Schleswig, así que, por supuesto, se conocían. El almirante incluso había acogido a algunos de los antiguos miembros de la tripulación de Erich cuando estos habían dejado atrás su turno al timón de la venganza.

Cuando se encontraban en la cantina, compartían una copa. En misiones como la de aquel día, el almirante se prestaba de buen grado a hacer de señuelo para librar los mares de unos cuantos piratas sedientos de sangre más. En realidad, era una idea ridícula. Aunque los documentos la designaban como una «misión de escolta», lo cierto era que los barcos de la Flota de Alta Mar no eran más que carnada para atrapar a otro grupo de piratas.

Pese a estar ya en la treintena, el aventurero de cabellos dorados conservaba el porte de un joven. Con un cigarrillo entre los labios y una sonrisa ladeada, había propuesto la misión del día, diciéndole al almirante que su trabajo se había vuelto aún más difícil, pues últimamente lo más habitual era que los niflings huyeran en lugar de combatir en cuanto veían su estandarte.

En los documentos oficiales, el éxito de aquella misión se atribuiría a las capacidades del propio almirante. Todo lo que recibiría Mástil del Patíbulo serían el botín, las recompensas y una reputación aún más temible.

No se podía ejercer aquel oficio sin una pizca de locura, pero Erich estaba en otro nivel por completo. Si el almirante dijera que era «amigo» de semejante aberración de la naturaleza, sus subordinados probablemente empezarían a mantener las distancias, pensando que el propio almirante estaba igual de loco.

Con los años, el aventurero no solo había recibido salpicaduras: se había sumergido en sangre. Los dioses de Nifleyja habían arrojado sobre él todas las maldiciones que conocían. Se decía que ni siquiera podía dormir si no apoyaba la cabeza en el regazo de una doncella.

Aun así, había atraído a toda una legión de seguidores, que lo habían acompañado a través del mar abierto durante casi cada momento de vigilia. Otra de las maldiciones que los dioses le habían impuesto era que ninguna armadura podría protegerlo por completo, pero él nunca dejó que eso lo intimidara. Entraba en cada batalla con su cabellera dorada ondeando libre.

Las conversaciones del almirante con Erich cuando compartían una copa contrastaban con la imagen del joven en el campo de batalla. Parecía tan afable, tan cortés; y, sin embargo, el almirante sentía un vuelco nauseabundo en el estómago al presenciar su demencia empapada de sangre durante el combate. Había decidido que, por su propia salud mental, lo mejor era no hurgar demasiado en el corazón de aquel hombre.

—Es un aventurero con el que trabajo en encargos como este. Nada más, —acabó diciendo.

—Entiendo.

—Mira. Están entrando en contacto.

Ser un sirénido ave de presa significaba que la vista del almirante apenas tenía comparación. Los barcos eran casi puntos en la distancia, pero él distinguía cada detalle. Estaban a punto de chocar.

—Has recibido entrenamiento en talasurgia, ¿verdad? Usa un hechizo telescópico y mira al que está allí en la proa, plantándole cara a la brisa marina.

—Sigo siendo solo un aficionado… Tengo tan poco maná que mi maestro me dijo que renunciara a intentar convertirme en magus… En realidad lo dejé.

Pese a sus protestas, el nuevo oficial usó su bastón corto para lanzar Clarividencia. El alcance del hechizo apenas le permitía ver más allá del horizonte, pero aun así pudo distinguir con claridad la bandera que portaba el emblema de la Furia.

Tal como había dicho el almirante —y el oficial no podía creer que este pudiera ver tan lejos sin recurrir a la magia—, sobre la Favor de la Furia, el barco que encabezaba la flota, se alzaba un espadachín enjuto, con el pie derecho apoyado sobre la proa en forma de lobo.

Vestía una armadura imperial de cuero templado; algo raro de ver por allí, ya que hacía casi imposible nadar. Pese a la lluvia de flechas que se le venía encima, no parecía lo más mínimo perturbado. Allí estaba, de pie y sin casco, con el viento acariciándole el cabello dorado, completamente relajado.

El oficial se preguntó si aquel hombre de verdad rondaba la treintena. Erich lucía una sonrisa de colmillos, expectante ante la inminente batalla, y él lo habría tomado por alguien de poco más de veinte años. Apenas parecía encajar con todos esos epítetos empapados de sangre: no tenía ni una sola cicatriz. Le costaba creer que alguien con rasgos tan delicados y una trenza dorada en forma de cola de pez que le llegaba hasta la cintura pudiera ser tan temible como decían.

De pronto, los ojos azules de Erich brillaron con el fuego del combate. Incluso a través de Clarividencia, el joven oficial sintió una oleada de terror al contemplarlo.

Erich no era normal. Operaba bajo una especie de código, pero este se hallaba muy por encima de la comprensión de cualquier hombre corriente. Ver el mundo como él lo veía, aunque fuera solo por un instante, podía deshilachar la mente…

El oficial dio un salto hacia atrás, sobresaltado. De repente, el espadachín alzó el rostro hacia los cielos… ¡y el oficial estaba seguro de que Erich acababa de cruzar la mirada con él! No era un juego de luces. Mientras Erich desviaba con su espada la siguiente andanada de flechas, el oficial pudo distinguir con claridad el movimiento inconfundible de sus labios: decían «Eh».

El oficial no quería creerlo, pero la cosa no terminó ahí. Desde su perspectiva aérea, vio a Erich agitarle la mano libre. Aunque estaba muy lejos de ser un magus, tampoco era un completo novato en magia. Había modificado su hechizo con fórmulas de ocultación y anonimato; a cualquiera le habría resultado imposible mirar de vuelta a través de él. Y, sin embargo, allí estaba Erich, devolviéndole la sonrisa, como si le estuviera diciendo que observara con atención el combate que estaba a punto de desarrollarse. El oficial se removió, sin saber qué hacer.

—Quizá te convenga fingir que es una criatura de la era de los mitos y las leyendas, —dijo el almirante.

—¿Có-cómo…? ¿Se refiere a la Edad de los Dioses?

—Ese hombre no está imitando a los aventureros de aquella época remota: se ha convertido en uno. No le des demasiadas vueltas.

La aguda vista del almirante no había pasado por alto aquel pequeño intercambio silencioso. Tras confirmar que se había producido el contacto, descendió del puente de popa. No necesitaba ver lo que estaba a punto de suceder. Al grupo de Erich le tomaría unos treinta minutos acabar con un enemigo de ese tamaño. Si resistían más que eso, él mismo felicitaría a los piratas.

—Ese monstruo se está moviendo para eliminar al Rey del Mar del Norte de aquí al próximo verano. Enfrentarte a él en su propio terreno solo hará que te contagies de su locura.

—¡¿E-el Rey del Mar del Norte?! ¡¿Pretende desafiar a un dragón verdadero?!

El oficial había seguido al almirante, pero se detuvo en seco. El Rey del Mar del Norte habitaba las aguas más temibles del septentrión. Quedaban muy pocos dragones verdaderos en toda la creación, y aquel había alcanzado su longevidad por derecho propio. Era el amo de todos los dracos que moraban en el mar, un monstruo gigantesco que perturbaba las propias corrientes a su paso. Después de los niflings, era una de las mayores razones por las que los barcos imperiales no podían alcanzar el océano navegando hacia el oeste desde Schleswig.

La mayoría de quienes tenían los medios para plantearse algo así temían tanto a la bestia que preferirían construir una ruta hacia el oeste antes que intentar matarla. La idea había sido lo bastante convincente como para justificar un presupuesto exploratorio, pero un proyecto de ese calibre habría devorado entre treinta y cincuenta años del producto interno del Imperio. En cualquier caso, siquiera pensar en abatir a una criatura tan aterradora era una empresa de necios.

—Sí, va completamente en serio. Ha obtenido el permiso de los nobles locales y demás, así que el plan sigue adelante. No pasará mucho tiempo antes de que el pueblo llano se entere de todo.

—¿Pe-perdone? ¿Pidió permiso , no ayuda?

—Así es. Al fin y al cabo, los mares se volverán aún más violentos de lo que ya son. Una persona responsable se asegura de que cualquiera que pueda verse atrapado en su estela sepa lo que se avecina.

El cerebro del joven oficial estaba a punto de colapsar por la cantidad de hechos increíbles que había asimilado. El almirante se dio la vuelta.

—¿Vienes o no? —llamó al pobre muchacho, completamente aturdido.

El oficial negó con la cabeza.

—Quiero ver el combate de la futura leyenda. ¿Me concede permiso para quedarme en el puente?

—Va a ser aburrido.

—Lo entiendo, pero aun así deseo observarlo.

El almirante suspiró.

—Cada año perdemos a otro por la maldita locura de ese insensato… Está bien, quedas fuera de servicio por ahora. Haz lo que quieras.

—¡Muchísimas gracias, almirante!

—Estaré en mi camarote. No me despiertes hasta que se encienda la luz de señal.

Estaban lo bastante lejos como para no correr ningún riesgo de daños colaterales, así que el almirante se retiró a su cabina, dejando atrás al muchacho que deseaba contemplar la gran y monstruosa contradicción del Norte.

 

[Consejos] La Flota Imperial de Alta Mar de Rhine se ganó su título, algo ostentoso, por el hecho de que el mar del norte está conectado con el océano, pese a las innumerables dificultades que les impiden acceder a mar abierto. Diversos experimentos —como el uso de naves importadas del Mar del Sur y el reclutamiento de razas diversas adaptadas a la vida marítima— dieron lugar a su estado actual. Trabajan duro, pero muchos consideran su puesto una degradación y actúan en consecuencia.

La flota cuenta con más de treinta buques de guerra, pero una cifra tan imponente apenas basta para proteger a la población de la región más septentrional del Imperio. Circulan rumores de que las nuevas aeronaves serán desplegadas en su lugar. 

 

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