Remake Our Life!
Vol. 11 Capítulo 3. Lo Que Yo Quiero Hacer Parte 3
Nada más entrar en la sala de reuniones, Hayakawa comenzó a hablar del nuevo negocio.
—Lo de que nuestro departamento de producción no está funcionando como debería, ya no hace falta explicarlo otra vez, ¿verdad?
Asentí. Era un tema que ya había salido en reuniones anteriores, pero, a modo de confirmación, Hayakawa volvió a explicarlo.
Nuestra empresa, como agencia intermediaria, contaba con un departamento de producción como fuerza operativa. A pesar de tener directores de arte y diseñadores con una trayectoria sólida, su trabajo se limitaba en su mayor parte a dar instrucciones y corregir diseños externalizados, lo que había provocado que la motivación de todo el departamento fuera decayendo.
El actual jefe de departamento venía de una gran oficina de diseño. Era alguien con un fuerte afán de superación y que no se conformaba con mantener el statu quo. Para una empresa pequeña como la nuestra, podía decirse que era la persona ideal.
La propuesta que surgió de ese jefe de departamento fue crear trabajos que se convirtieran en logros concretos para los diseñadores.
—Si no podemos dar trabajo a quienes quieren trabajar, como empresa no tiene sentido que existamos. Me gustaría decidirlo cuanto antes y actuar en consecuencia.
Tanto Hayakawa como yo lo aprobamos de inmediato y pedimos ideas.
Entre las propuestas que surgieron —presentarse a premios publicitarios, implicarse de forma más activa en proyectos, crear una marca de ropa propia—, la que parecía más viable para poner en marcha de inmediato fue el negocio de diseño de cubiertas para libros y publicaciones similares.
En el tipo de publicidad que hacía nuestra empresa, resultaba difícil que el trabajo se tradujera claramente en logros individuales para los creadores. Por otro lado, los proyectos que aspiraban a ganar premios importantes solían quedar en manos de grandes compañías, y eran difíciles de cultivar en una agencia pequeña.
—En ese sentido, el trabajo de diseño de cubiertas sí se traduce directamente en logros personales para los diseñadores. El precio por encargo no es muy alto, pero parece un trabajo sencillo y fácil de estructurar.
A diferencia de proyectos como de diseño web, en los que intervenían muchas personas, este tipo de trabajo podía contabilizarse como un logro individual del diseñador. Además, al quedar el trabajo asociado a su nombre, también ayudaba a fomentar un mayor sentido de la responsabilidad.
Hayakawa parecía querer obtener la aprobación de inmediato. También estaba considerando la contratación de nuevos diseñadores, así que vino a pedirme la confirmación final, pero…
—¿De verdad está bien que empecemos ahora con este tipo de negocio…?
Yo no estaba muy convencido.
Más allá de mis sentimientos personales, tenía la sensación de que entrar en el sector del entretenimiento llegaba demasiado tarde. El mundo del diseño de cubiertas tenía una larga historia y la mayoría de los encargos ya estaban prácticamente monopolizados por estudios y profesionales famosos. Meterse en un océano rojo conllevaba riesgos y, además, no parecía que se pudiera esperar un gran retorno.
—Es cierto que es un género ya muy manoseado. Pero si pensamos en los libros electrónicos, la industria editorial todavía tiene margen de crecimiento. No creo que llegar tarde signifique que sea inútil, ¿no?
—Incluso teniendo todo eso en cuenta, sigo pensando que llegamos tarde, —mantuve mi postura contraria ante la propuesta de Hayakawa.
Desde la fundación de la empresa habíamos decidido orientar nuestro trabajo principalmente al B2B , no adentrarnos en el sector del entretenimiento y, sobre todo, apuntar a espacios donde otras compañías no entraran, creando nuevos marcos de trabajo. Creía haberle explicado a Hayakawa, en repetidas ocasiones, las razones y el sentido de esa política.
Sin embargo, él siguió defendiendo su postura. Insistía en adentrarse en un terreno claramente ya explotado.
—No es tarde. Aquí todavía hay margen. Estás hablando demasiado desde los prejuicios.
—No, sí que es tarde. Empezar ahora en este género no tiene sentido, —mi tono se fue endureciendo poco a poco, y acabé rechazándolo de forma tajante.
Justo cuando pensé que quizá me había excedido y estaba a punto de intentar suavizar mis palabras…
—¡Mientras estés vivo, no existe eso de «llegar tarde»!
—¿Eh…?
Me sorprendí. Hasta entonces, aunque a veces dejaba entrever algo de emoción, Hayakawa siempre había mantenido una forma de hablar profesional. Sin embargo, de repente alzó la voz con un tono despreocupado, casi como el de un universitario.
—Ah, no… perdón. Se me fue, —tal vez él mismo se sorprendió de lo que había dicho, porque se disculpó enseguida, algo avergonzado.
Yo también me quedé desconcertado, pero poco a poco aquellas palabras volvieron a resonar en mi mente.
Mientras estés vivo, no existe eso de llegar tarde…
Sonaban como si hubieran sido dirigidas directamente a mí.
Hayakawa se rascó la cabeza y continuó hablando.
—Oye, Hashiba. Para ser sincero, yo también creo que este sector es un océano rojo. Es muy posible que el riesgo no compense el retorno, —pero, tras una breve pausa, añadió—: Aun así, el chico del departamento de producción que hizo la propuesta lo hizo siendo consciente de todo eso y aun así mostró claramente las posibilidades. Y, sobre todo, empezando por él, todo el equipo dice que quiere hacerlo.
—¿Tanto así…?
—Sí. ¿De verdad queremos convertirnos nosotros en quienes frenen esa motivación…?
Recordé de inmediato lo de Succeed. Aunque la situación era distinta, sentí un ligero miedo al darme cuenta de que yo podía estar convirtiéndome en un muro.
Cuando cambia tu posición… hay cosas que dejas de ver, ¿eh?
Cuando me di cuenta, yo también había cambiado. Me había convertido en alguien que evitaba los riesgos y estrechaba las posibilidades.
Un presidente debía aceptar lo que ocurría dentro y convertirse en un muro frente al exterior; jamás debía ser un muro para su propia gente. Eran palabras de un presidente al que respetaba profundamente.
Me avergoncé de lo que había dicho. Agradeciendo en silencio a Hayakawa por haberme hecho darme cuenta, le dije:
—Hayakawa, perdón. ¿Podrías seguir adelante con esto? —di luz verde al nuevo negocio que había propuesto.
Él, con su sonrisa fresca de siempre, respondió:
—Señor presidente, gracias por la aprobación, —dijo de forma un poco exagerada, inclinando la cabeza.
Después de eso, todo avanzó sin contratiempos. Sellamos los documentos en el apartado de aprobaciones, confirmamos el presupuesto y también organizamos el calendario de las próximas acciones, como las reuniones con los socios colaboradores.
Una vez que la mayoría de los asuntos quedó resuelta, nos levantamos de nuestros asientos en la sala de reuniones.
Llamé a Hayakawa para detenerlo y le dije:
—Lo que dijiste antes… me llegó.
Cuando le transmití que me había conmovido escuchar esas palabras tan sinceras de su parte, él respondió:
—Jajá, claro. Es una frase que seguro te encanta. Y además es que la dije justamente por eso.
—¿Eh…?
¿Qué quería decir con eso? ¿Cómo podía saber que era una frase que a mí me gustaría sin falta?
—No, es la primera vez que la escucho.
Se lo respondí con sinceridad, y entonces él dijo, sorprendido:
—¿Eh? No puede ser, porque…
Y continuó:
—Estaba escrita en un libro que me recomendaste, Hashiba.
—¿Yo lo hice…?
No tenía ningún recuerdo de eso.
Para empezar, nuestros gustos en lecturas eran bastante distintos, y además hacía tiempo que no hablábamos de libros. ¿Sería un error de mi memoria?
Pero, al final, no se trataba de un recuerdo equivocado.
—Ya han pasado varios años, ¿no? Me lo recomendaste como para despejar la mente. Dijiste que la historia estaba muy bien construida y que era interesante.
Seguramente yo había intentado olvidarlo de manera consciente.
—¿Una historia bien construida…? No me digas que…
Algo que yo alabara por ese motivo y recomendara a un amigo cercano solo podía ser…
— AiBura. La Espada Sangrienta de la Crueldad Trágica. De Kawagoe Kyoichi.
—Ah…
Me quedé sin palabras.
Que aquel título, el mismo que había pensado imposible, saliera de su boca me dejó completamente atónito.
—Es una buena novela ligera, de verdad. Incluso llega a influir en la vida de uno, —diciendo eso, Hayakawa salió de la sala de reuniones.
Yo me quedé allí, inmóvil, contemplando el vacío durante largo rato.
◇
Dije que tenía un asunto que atender y ese día regresé temprano a casa.
Después de cenar apenas superficialemente, abrí el armario empotrado y saqué la bolsa de papel que había comprado hacía unos días y que había dejado guardada sin abrir. Entre CDs y Blu-rays, extraje una serie de novelas ligeras envueltas en cubiertas relucientes y completamente nuevas.
La Espada Sangrienta de la Crueldad Trágica . Autor: Kyoichi Kawagoe. Publicada por la colección de NL de Bunko de Gakuōkan.
Había una razón por la que me había llamado la atención.
La frase que, según Hayakawa, aparecía en AiBura . Era una expresión fuerte, muy impactante. Y, aun así, yo no la recordaba en absoluto.
Había sido una obra cuyos nuevos volúmenes devoraba con avidez en su momento. Incluso ahora, pese a haberme alejado del entretenimiento, aún recordaba bien su historia, y por supuesto también las frases célebres.
Sin embargo, ni siquiera recurriendo a esos recuerdos, la frase que mencionó Hayakawa encajaba en ninguna parte.
Lo que ese hecho señalaba era una sola cosa.
—¿El contenido de AiBura … cambió?
Ahí fue donde se concentró mi interés.
A simple vista, los volúmenes de AiBura hasta el más reciente no mostraban cambios en su presentación. El ilustrador encargado seguía siendo el mismo y, hasta donde alcanzaba mi memoria, también lo eran la composición y el estilo.
Pero allí había un AiBura que yo no conocía. Un Kyoichi Kawagoe, un Tsurayuki Rokuonji, que yo desconocía.
—…Qué aterrador.
Era la primera vez que sentía tanto temor al pasar una página.
Temía de verdad lo que pudiera aguardarme dentro.
Aun así, no tenía opción de no leerlo.
Tragué saliva y respiré hondo. Y entonces comencé una historia acumulada durante seis años.
La Espada Sangrienta de la Crueldad Trágica , dicho de forma simple, era una obra de reencarnación en otro mundo. El protagonista era un estudiante de preparatoria con cierta habilidad para los deportes que acababa siendo transportado a un mundo de fantasía medieval occidental. Allí obtenía la Espada Demoníaca Vampírica, la Espada Sangrienta, un arma que nadie había sido capaz siquiera de tocar, y a partir de eso se veía arrastrado a las complejas relaciones humanas de ese mundo.
Debido a su poder abrumador, el protagonista entraba en contacto con muchas personas y, en ocasiones, era explotado. El AiBura que yo había leído originalmente narraba cómo, tras ser utilizado de ese modo, el protagonista acababa volviéndose contra quienes lo habían engañado, avivando las llamas de la venganza.
Pero…
—No… no es así…
El AiBura que estaba leyendo ahora era, claramente, una historia distinta.
El nombre del protagonista, el mundo, los personajes y los acontecimientos no mostraban grandes cambios.
Sin embargo, aquello que en la historia original debía convertirse en un relato de venganza, en esta versión modificada había cambiado su eje hacia un conflicto entre una gran potencia y una resistencia. El protagonista pasaba a ser una figura atrapada entre ambos bandos, alguien cuya lucha interna y vacilación eran el verdadero centro del relato.
Y como una figura de gran peso, el espadachín amigo de la infancia —que en un principio no era más que un compañero sencillo— pasó a involucrarse profundamente en el rumbo del protagonista. Agradecido por haber sido guiado en su forma de vivir, y aun así frente a un protagonista que poco a poco intentaba tomar un camino distinto, lo amonestaba con paciencia, confiaba en él y le decía que regresara cuando quisiera.
Ya no podía detener la mano que pasaba las páginas.
No podía evitar querer saber qué ocurriría después.
Como miembro de la resistencia, el protagonista había desafiado a la gran potencia. Sin embargo, agotado por las luchas internas entre facciones y por los intentos constantes de utilizar su poder, terminó abandonando el camino de la espada y dejó el ejército.
Aun así, el espadachín amigo no lo acusó de desertor; se limitó a repetir que algún día lo entenderían.
Y entonces, ese momento llegó.
En el campo de batalla donde la gran potencia lanzó una ofensiva total contra la resistencia.
El ejército estaba exhausto. Al haber perdido al protagonista como eje central, aunque luchaban con valentía en cada enfrentamiento, en el conjunto iban siendo empujados poco a poco hacia la derrota.
De forma natural, se alzaron voces: ¿no podrían pedirle que regresara?
Dentro del grupo estallaron las discusiones. Algunos decían que ya era demasiado tarde; otros, con pesimismo, afirmaban que no volvería jamás.
Pero quienes combatían en primera línea confiaban.
Él volvería. Sin duda alguna, volvería.
Una carta llegó hasta el protagonista, que cultivaba la tierra en una región apartada. No figuraba el nombre del remitente. Solo había una frase escrita.
«Vuelve».
Por la caligrafía y por el papel utilizado, el protagonista comprendió que provenía de un compañero en quien confiaba. Sin embargo, para entonces ya tenía una vida hecha.
Luchó consigo mismo, pero quienes lo rodeaban lo despidieron sin decir palabra. Habían notado que su corazón ya estaba, otra vez, con la resistencia.
Así, el protagonista decidió regresar una vez más con ellos. Pero se preguntó repetidas veces si realmente estaba bien volver ahora.
«¿No era demasiado tarde?»
«Yo, que no estuve cuando más me necesitaban… ¿cómo iba ahora a pretender luchar junto a ellos?»
Apretó los puños y bajó los hombros.
Entonces, el espadachín amigo se acercó y le dio una palmada en ambos hombros.
Tal como el protagonista había hecho por él en el pasado, cuando estaba caído y a punto de teñirse de oscuridad.
«…¿Qué estás diciendo, amigo?»
El protagonista levantó el rostro. Y sonrió al escuchar la siguiente frase.
—¡Mientras estés vivo, no existe eso de «llegar tarde»!
El volumen más reciente terminaba con esa frase. La historia era completamente distinta de la que yo conocía. Aquella narración dura y cargada de tristeza se había transformado en una historia de personas que no se rendían, una historia que, incluso en medio de la dureza, albergaba una esperanza poderosa.
El texto continuaba después con el epílogo, pero yo no pude leer más allá de ese punto. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control y mi visión terminó por nublarse por completo.
—Tsurayuki, tú…
Alcé la voz, pero no sabía si realmente había salido como una voz coherente. Tal era mi agitación y mi emoción que difícilmente podía decirse que estuviera en un estado normal.
Era algo increíble. Jamás habría imaginado que un mecanismo así hubiera sido preparado desde hacía tantos años. Y peor aún, que quizá yo nunca me habría dado cuenta.
El autor que había sido Kawagoe Kyouichi se había convertido en Kawagoe Kyoichi.
Solo una letra de diferencia. Dicho así, podría parecer algo trivial.
Pero esa única letra, al final del remolino del tiempo que había transcurrido durante seis años, me trajo algo absolutamente descomunal.
¿Qué era este libro?
No cabía duda de que era una obra comercial, una novela ligera. Era una obra sólida, un producto en toda regla.
Pero lo que tenía frente a mí en ese momento era, sin lugar a dudas,
—Jajá… este sujeto… —me di cuenta de que la mano con la que sostenía el libro estaba temblando.
Entonces lo entendí.
Comprendí quién era en realidad el protagonista de esta historia.
—Qué tipo más desagradable… ¿esto es una carta de amor o qué? —Y también lo entendí.
Para quién estaba hecha esta historia y qué pretendía hacerme.
—¿Que cree algo… es eso?
Tal como aquella vez, cuando yo mismo había tendido una trampa a través de un video.
Kawagoe Kyoichi me había devuelto el golpe con una historia, utilizando una obra monumental que incluso había sido adaptada al anime.
Era imposible no sentirse estimulado por aquello.
—…¿Y ahora qué hago?
Había demasiadas cosas que aún no había tocado. Si lo comparaba con la historia, estaba apenas en el punto de dar el primer paso de regreso hacia la resistencia.
¿Qué debía hacer?
¿A quién debía contactar primero?
Si iba a hacerlo, ¿con quién empezaba?
¿Y qué debía escribirles?
¿Qué era exactamente… lo que yo estaba sintiendo ahora?
Los pensamientos comenzaron a girar sin control dentro de mi cabeza. Era como si se hubiera activado de golpe un interruptor y mi cerebro no lograra seguirle el ritmo.
Apilé las novelas ligeras junto a la cama y me quedé simplemente mirando fijamente hacia el exterior de la ventana.
De pronto, el silencio se rompió.
Una señal de que algo estaba a punto de ocurrir: el sonido de un teléfono entrante o el golpe en una puerta.
Esta vez fue el tono de llamada. Era un número oculto.
Era una llamada que normalmente no habría atendido, pero por alguna razón, en ese momento sí contesté.
—¿Hola?
Del otro lado de la línea se escuchó una voz suave.
—…Parece que estás bien, Hashiba.
Era la voz de la profesora Misaki Kano.
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