Remake Our Life!
Vol. 11 Capítulo 3. Lo Que Yo Quiero Hacer Parte 2
A finales de 2009.
La presentación en Succeed había terminado, y el proyecto que adoptaron fue la propuesta que incorporaba una buena parte de las opiniones de Kuroda.
Mientras todos estallaban de alegría, yo comuniqué mis pensamientos durante la reunión general.
—Estoy pensando en renunciar.
Que no participaría en ese proyecto y que dejaría el puesto de productor a Kuroda.
Kuroda ya lo sabía con antelación, pero para el resto del equipo fue como un balde de agua fría, así que no tardaron en surgir voces llenas de preguntas.
—¿Eh…? ¿Qué significa eso, Kyoya?
—¡Pa-paisen, ¿eso quiere decir que renuncias por completo a todos los proyectos?!
—Es… es todo tan repentino que no sé qué decir…
Yo expliqué, con una calma que incluso me sorprendía, que mis fuerzas no daban para más, que había llegado a mi límite.
En capacidad de estructuración de proyectos, en liderazgo, en la habilidad de prever y tomar decisiones, en todos esos aspectos, Kuroda me superaba en ese momento, y no podía encontrar ninguna ventaja en seguir dirigiendo el equipo. Conté esa realidad con todo el cuidado posible.
—Eh, pero…
Justo después de que terminé de explicar todo, la primera en alzar la voz fue Nanako.
—Todos sabemos que eres bueno para organizar cosas y pensar en los pasos a seguir, Kyoya. Entonces, por ejemplo, ¿no podrías ayudar a Kuroda o a Eiko?
Si no podía estar al frente, podía pasar a un rol de apoyo. Era, desde luego, una posibilidad razonable.
—Hashiba juzgó que no podía, —respondió Kawasegawa antes que yo—. Cuando piensas en la forma en que Kuroda avanza las cosas, y en las áreas que yo tengo que cubrir, él concluyó que su presencia podría obstaculizarnos… Por eso descartó la opción de tomar un rol de asistencia. ¿Verdad, Hashiba?
—Sí, así es.
Tal como dijo Kawasegawa, aunque Kuroda y yo ocupábamos el mismo puesto de productores, nuestras prioridades y formas de trabajo eran distintas. Si dos personas así trabajaban en un mismo proyecto, existía el riesgo de generar choques en el peor sentido y dificultar el avance del trabajo.
Tampoco era fácil que yo me pusiera como asistente de Kawasegawa. Si al entrar yo debía dividir tareas que ella podía manejar por sí misma, se generaría ineficiencia. Y, para reducir la necesidad de coordinarse constantemente, lo mejor, casi siempre, era que una sola persona se encargara de ese ámbito.
—Ya veo… entiendo, —dijo Nanako, asintiendo con la impresión de haber comprendido.
Por supuesto, si había algo en lo que pudiera ayudar, actuaría. Y si en algún momento juzgaba que mi participación mejoraría el avance del proyecto, podía unirme a partir de ese punto.
Sin embargo, en esa etapa, tomar la decisión de apartarme por el momento era, para mí, la forma correcta de poner un cierre y permitir que el proyecto siguiera adelante como algo verdaderamente serio.
—Es una pena, pero si lo decidiste hasta ese punto…
—Sí, si lo decidiste tú y ya lo dijiste, Kyoya…
Entre todos empezó a flotar un ambiente de aceptación.
—Entonces, sigamos la conversación en este sentido…
Justo cuando estaba por dar por terminado el asunto, Tsurayuki, de pronto…
—¿De verdad está bien así, Kyoya? —me encaró con esa pregunta.
—Sí, creo que esta es la mejor elección para este proyecto.
Al responderle, Tsurayuki solo dijo:
—…¿De verdad lo crees?
Aquel único comentario fue su réplica.
Sabía bien lo que quería decir. Yo había sido quien evitó que Tsurayuki renunciara a su sueño y lo trajo de vuelta. Y junto a ese acto, siempre había estado la idea de «algún día haremos juntos una gran obra». Este proyecto era la oportunidad perfecta para eso, así que debíaa de estar lleno de dudas sobre por qué me retiraba justamente ahora.
Pero aun entendiendo eso, no podía retractarme. Creía que, como productor, necesitaba no solo capacidad, sino también saber evaluar cuándo retirarme. Por eso mismo, pensaba que no debía decidir guiado por el deber o las emociones.
Pero esta atmósfera no va por buen camino…
Un anuncio de renuncia, por más que uno lo intente, rara vez se percibe como algo positivo. El ambiente del lugar había adquirido un matiz un poco sombrío. Tenía que lograr transmitir que esta decisión era algo orientado hacia adelante.
Tal vez debería añadir un poco más de explicación…
Justo cuando pensé eso.
—Kyoya-kun, tomaste la decisión y nos lo dijiste, ¿verdad?
Unas palabras inesperadas surgieron en dirección favorable.
—Shinoaki…
Era la persona a quien, dentro de mí, consideraba más difícil comunicarle esto.
—Hasta ahora, Kyoya-kun siempre pensaba en lo que sería mejor para aquello que estuviéramos creando, ¿cierto?
Ante su comentario, todos asintieron.
—Por eso, yo creo que esta decisión de renunciar como productor también la tomaste porque así la obra va a salir mejor. ¿Verdad?
Esta vez la pregunta era para mí.
—Sí, así es. Pensé que eso sería mucho mejor que seguir yo por inercia.
Respondí sin titubear, y Shinoaki, con una sonrisa, asintió.
—Entonces, es igual que siempre.
Con esa sola frase, todo quedó arreglado.
En los rostros de todos se podía ver una expresión de alivio, como si por fin hubieran podido soltar lo que los retenía.
Shinoaki, gracias.
Al final, una vez más, terminé siendo salvado por su consideración.
Si había algo de lo que podía arrepentirme, era de que no veía en absoluto una forma clara de devolverle ese favor.
—Los detalles concretos los decidiré tras hablarlo con Kuroda y Kawasegawa, y luego se los haré saber a todos. Si al avanzar surge algo que no entiendan, de ahora en adelante quiero que se lo pregunten a Kuroda y a los demás. Y además…
Fui avanzando con calma en los preparativos para bajar del escenario.
Con el firme pensamiento de que este proyecto sería el último, y de que después me apartaría por completo del ámbito creativo.
…Había llegado a mi límite.
En aquel entonces, había algo fundamental que me faltaba.
No era una cuestión de entusiasmo, ni de ganas, ni de actitud.
Resultaba muy difícil expresarlo con una sola palabra, pero si tenía que describirlo como aquello que Kuroda poseía en aquella época y que yo no, había un término adecuado.
Algo en lo que creer.
Yo no tenía palabras con las que explicar, en un nivel esencial, qué era el entretenimiento, qué eran los juegos y por qué eran necesarios.
Si en aquel entonces yo hubiera tenido eso… Tal vez, colocando mi perspectiva en un punto distinto, habría podido darme cuenta de lo pequeño que era mi propio proyecto.
Y ahora, una vez más, estaba siendo confrontado con esa misma realidad.
¿Había logrado el yo de seis años después adquirir aquello que le faltaba al yo de seis años atrás?
…Quiero que lo mires desde una perspectiva más amplia.
El deseo de Kawasegawa pesaba ahora sobre mis hombros con una gravedad que solo en ese momento comprendía.
Habían sido palabras breves, pero encierran algo extremadamente difícil de lograr.
◇
Al día siguiente, volvió a celebrarse una reunión de planificación dentro del café.
—«Crear a propósito, una razón…», ¿eh?
Antes de que comenzara la reunión, repartí a todos una hoja en la que había resumido, a mi manera, las impresiones y conjeturas de Kuroda. Todos parecían estar de acuerdo en que había que pensar en el motivo del rechazo, pero en lo verdaderamente importante no les quedaba más que inclinar la cabeza, desconcertados.
—Como Succeed está enfocándose en el negocio educativo, ¿no será que quieren que hagamos algo con sinergia, como material para aprender inglés o juegos de entrenamiento cerebral? —dijo Kojima-san.
Era cierto que sonaba razonable, pero…
—Eso ya lo propuse al principio. El departamento educativo ya está trabajando en ello, así que dijeron que no hacía falta y lo descartaron de plano, —respondió Kawasegawa con ligereza, y una vez más todos bajamos los hombros.
—Parece que por ese lado es mejor no pensar… —comentó Sakurai-san con una mirada de pesar.
Bueno, si esa fuera la respuesta correcta, el desarrollo del juego quedaría tan limitado que difícilmente podría decirse que fuera algo positivo.
—¿Y tú qué opinas, Hashiba? —preguntó Kawasegawa, dirigiendo hacia mí una curiosidad franca.
—Mmm… veamos… —Decidí pensar en el asunto de forma más general, sin encasillarme demasiado en el género de los videojuegos.
Un producto, como es obvio, se vende porque tiene atractivo. Una aspiradora con una fuerza de succión sin igual se venderá aunque sea cara; y aunque su potencia sea normal, si su precio es absurdamente bajo, también se venderá. En ambos casos, el producto se sostiene sobre un fuerte atractivo en su rendimiento o en su precio.
Llevado al mundo de los videojuegos, si se tratara de un título indiscutiblemente divertido, de esos que merecen quedar en un «mejor de todos los tiempos», podría venderse aunque fuera caro o estuviera en una consola minoritaria. Pero ese tipo de juegos son contados, y no algo que se pueda crear apuntando a ello deliberadamente.
Luego estaban los juegos que eran bastante entretenidos, pero ridículamente baratos. Desde el punto de vista del mercado, era una jugada bastante arriesgada, pero con altas probabilidades de venta. Por mil yenes uno se lo piensa, pero por doscientos, uno acaba diciendo «bueno, por ese precio…», y aunque el juego resultara aburrido, su reputación difícilmente se vería muy dañada.
Había más ejemplos. Juegos cuyo nivel de diversión era aceptable, pero cuyos gráficos y música eran sobresalientes; otros con una cantidad abrumadora de minijuegos; o aquellos con abundante contenido extra tras completar la historia. El punto clave estaba en cómo se construía ese atractivo.
Ya veo… quizá sea eso.
La razón por la que el juego creado por Kawasegawa, pese a estar tan bien hecho, no se había vendido… tal vez fuera que, precisamente en ese apartado del atractivo, no había logrado destacar de forma decisiva.
Si la empresa estaba fijándose en ese punto…
—Una parte que funcione como un gancho fuerte de venta.
Si lograban crear eso, tal vez podrían derribar ese muro.
—«Que sirva como gancho de venta», ¿eh…? Ya veo. —Kawasegawa suspiró, aunque parecía haberlo entendido. Era una reacción que dejaba ver claramente ese «lo sé, pero no puedo hacerlo».
—Es cierto que las propuestas que están saliendo ahora mismo en nuestro desarrollo son bastante discretas, pero hay una razón para ello, —dijo Kojima-san.
A sus palabras les sumé una pregunta.
—¿El presupuesto?
—Sí, —asintió Kojima-san. Las otras dos parecían pensar lo mismo—. En cuanto una empresa desarrolla un proyecto, el presupuesto es un elemento indispensable. Y para crear de forma clara algo que funcione como atractivo de venta, hace falta dinero.
Mientras Kojima-san hablaba con calma, Sakurai-san también asintió y añadió:
—Si lo hacemos en 3D o creamos un mundo abierto, solo con eso el presupuesto se dispara fácilmente por encima de los cien millones de yenes. Y si además pedimos a alguien famoso que se encargue del diseño de personajes o del guion, vuelve a ser un gasto enorme. Por eso, lo ideal sería lograr destacar con una idea extraordinaria sin gastar presupuesto, pero…
—Si pudiéramos hacer eso, este asunto ya estaría resuelto desde hace tiempo, —remató Kawasegawa.
Ante sus palabras, todos soltamos un profundo suspiro.
Por mucho que intentáramos ordenar los puntos clave, ¿al final todo terminaba reduciéndose al dinero?
No… aún debería haber algo que podamos hacer.
En la historia de los videojuegos había muchos casos en los que, dentro de géneros que se creían completamente agotados, había surgido un éxito descomunal. Y además, no siempre provenían de grandes compañías; a veces nacían en estudios independientes o en empresas pequeñas.
—Pensemos, —declaré ante todas—. No nos hemos reunido para rendirnos diciendo que no hay nada que hacer. Primero, pensemos. Saquemos todo lo que podamos, y después decidiremos el siguiente paso.
Hablé con firmeza, intentando animarlas. Las tres asintieron.
—Tienes razón. Nos reunimos para generar ideas, así que hagámoslo.
—¡Me estaba volviendo un poco pesimista! ¡Daré lo mejor de mí! —añadió Kojima-san.
Tanto ella como Sakurai-san sonrieron al mostrar que estaban de acuerdo.
Y entonces…
—Hice bien en llamarte. Me dio la sensación de que algo podría cambiar, de que aún hay esperanza. —Kawasegawa también pareció, por fin, capaz de sonreír de manera natural.
—Todavía es pronto para sacar conclusiones. Si de verdad empezamos a cambiar las cosas a partir de ahora, entonces aceptaré esas palabras.
En el fondo, era plenamente consciente de lo dura que era la situación. Pensar no garantizaba que se pudiera resolver el problema.
Pero no fue para llegar a esa conclusión que me llamaron.
En cualquier caso, había que pensar. Y avanzar.
A fin de cuentas, ya estaba acostumbrado a los giros inesperados cuando uno se veía acorralado sin salida.
◆
Social Entertainment Systems. Como el nombre era tan largo, todos en la industria la llamaban Soshie o Sods. Era una filial de un conocido fabricante de electrónica, con su sede en un edificio gigantesco en Ōsaki; un desarrollador de videojuegos al que no resultaba exagerado llamar una gran empresa.
Que yo hubiera logrado entrar en una compañía así fue, básicamente, gracias a dármelas de importante. Durante mis años de estudiante hice una presentación diciendo que había logrado aprobar este tipo de propuestas, que había trabajado en cosas como esas, y a uno de los productores le gustó lo que vio, así que me contrataron. Me dijeron que era la primera vez en mucho tiempo que contrataban a alguien para un puesto de planificación procedente de la Universidad de Artes de Osaka.
Tal vez por ese historial, las expectativas puestas en mí eran enormes. Tenía la sensación de que, si simplemente hacía mi trabajo con normalidad, lo considerarían insuficiente.
—Kuroda. —El productor que me había contratado me llamó nada más empezar la mañana—. ¿Qué tal va el nuevo proyecto? ¿Avanza?
—Ah… bueno… ahí vamos. —Respondí de manera poco convincente. La verdad era que no había avanzado demasiado.
—Confío en ti. Si te contraté, fue porque espero que hagas algo grande.
Me dio unas palmaditas en el hombro y se marchó. Con un «qué pesado», me sacudí el hombro y me quité un polvo inexistente.
¿Cuándo fue que me di cuenta de que había madurado demasiado pronto?
En la secundaria y la preparatoria fui invencible. Era una variante del típico síndrome del segundo año: sentía que todos a mi alrededor eran unos idiotas. Por eso no hice amigos, y pensando que quizá allí sí encontraría a alguien, entré a la Universidad de Artes de Osaka.
Pero tampoco allí encontré rivales. Había algunos tipos con talentos interesantes, pero todos eran especialistas de una sola cosa; si hablábamos de alguien en una posición cercana a la mía, apenas Kawasegawa destacaba.
Entonces apareció Kyoya Hashiba. Pensé que había llegado alguien verdaderamente peligroso.
Durante la etapa universitaria competí con él sin descanso. Podría decirse que iba a la universidad solo para observar sus movimientos. Por fin había llegado alguien contra quien podía luchar con todas mis fuerzas. Ideé proyectos para hacerle frente, pero él, con una habilidad sorprendente, siempre se escabullía de mis ataques y seguía ganando. Me frustraba, pero curiosamente nunca llegué a odiarlo.
Tomé una decisión: me quedaría cerca de él. Estaba convencido de que, si lo hacía, acabaría encontrándome con cosas realmente interesantes.
Y así fue. Ocurrieron montones de cosas estimulantes. Los creadores que estaban a su lado despertaban uno tras otro. Yo también lancé proyectos que claramente me quedaban grandes y conseguí reunir dinero. Él me elogió, diciendo que yo era increíble, pero la verdad era que yo no hacía más que mantenerme de puntillas. Bastaba un empujón ligero para que cayera, y eso era algo que yo entendía mejor que nadie.
Luego, destruí el proyecto. Justo cuando pensaba que, al final, no había sido gran cosa, Hashiba me llamó. Me propuso hacer un proyecto juntos. Pensé que aquello sería la final, me preparé con entusiasmo y ataqué los puntos débiles del plan que él había planteado. Imaginaba que así lograría que me reconociera, que trabajaríamos juntos en la misma obra y que ahí estaría el final. Era una trama más que vista, pero creía que, si mi rival era Hashiba, no necesitaba nada más.
Sin embargo, Hashiba se marchó de repente del frente creativo. La responsabilidad recayó sobre mí y, sin poder rechazarla, la acepté.
Fue entonces cuando entendí por primera vez lo impresionante que era él. La atención a cada detalle, los ingenios, la comunicación… Me di cuenta de hasta qué punto había llevado a un nivel altísimo cosas que yo hacía solo de manera vaga e intuitiva.
Y al final, el proyecto se vino abajo.
No pude convertirme en Hashiba.
Al desaparecer mi mayor rival, dejé de saber hacia dónde mirar. Ni siquiera tenía claro si debía seguir en el trabajo de producción. El chico que creía ser invencible se quedó tan desorientado que casi se vino abajo cuando ya no tuvo a nadie contra quien luchar.
Tras dudarlo muchísimo, al final decidí continuar con el trabajo que tenía ahora. Confiaba en mi capacidad para embaucar a los adultos con palabras bonitas, así que pude trazar sin problemas el camino hasta conseguir empleo preparando presentaciones. Pero una vez dentro, el paisaje que se abrió ante mí estaba completamente en blanco.
Necesitaba aferrarme a algo para poder seguir viviendo. Por eso busqué a Hashiba. Hablé largo y tendido con él, que ya había dejado la industria y estaba trabajando en otro ámbito. En un sector distinto, él intentaba alcanzar el éxito. Mientras lo felicitaba, dentro de mí seguía quedando algo sin resolver.
Él solía decirme que lo increíble era tener convicciones firmes. Probablemente se refería a mi postura de priorizar la obra por encima de todo, pero la realidad era que yo estaba vacío por dentro. Al final, lo único que hacía era buscar a alguien con quien pudiera pelearme de forma divertida.
Por eso yo, de forma patética, seguí persiguiendo el fantasma de aquel tipo. Estaba convencido de que no iba a terminar así, de que sin duda volvería algún día.
Cuando supe que Kawasegawa se había puesto en contacto con él, por dentro di un salto de alegría. Esperé noticias posteriores casi como si estuviera rezando. Cada día deseaba que, por favor, se moviera, que hiciera algo.
—Kuroda-san, ya están listos los bocetos del personaje. Te los envío ahora. —Desde el otro lado del escritorio llegó un informe de progreso. Era del encargado de gráficos, que apenas llevaba un mes en la empresa.
—Oh, gracias. Entonces los reviso y los comparto enseguida. —Comprobé las imágenes. Las partes marcadas en rojo habían sido corregidas correctamente—. Están bien. Sigamos con esto. Pásaselos al chico de modelado.
—¡Muchas gracias!
Había aprobado el retoque y el encargado parecía sinceramente feliz.
—Ah, por cierto… —Como quien no quiere la cosa, le hablé de nuevo—. Sobre lo de tu empresa anterior… ¿has oído algo?
El encargado de gráficos había trabajado antes en Succed, es decir, había estado bajo las órdenes de Kawasegawa.
Precisamente por eso, y también por lo de Kawasegawa, solía preguntarle de vez en cuando, pero…
—Bueno, sobre la jefa, yo pensaba que iba a renunciar.
—Eso había oído antes. ¿Cambió algo?
El encargado asintió y continuó:
—Parece que se motivó diciendo que iba a lograr que el proyecto saliera adelante pase lo que pase. Por aquí todos se preguntaban qué había pasado.
—…Ya veo, gracias.
Tras terminar la conversación, me dirigí a la sala de descanso.
Después de asegurarme de que no había nadie cerca…
—¡Sí! —Hice un discreto gesto de victoria con el puño.
Aquella Kawasegawa que había llegado a decidir que dejaría la empresa, incluso que abandonaría el trabajo. Dijera lo que dijera quien fuera, esa determinación no debería haberse tambaleado.
Pero existía una única excepción: el regreso de él. Si él, el tipo que había revuelto nuestras vidas y las había hecho más divertidas, había vuelto…
Eso era. Así tenía que ser Kyoya Hashiba.
—Jiji… ese tipo… ¿ves? Sabía que acabaría pasando esto. —Sin darme cuenta, solté la misma risa de antaño. Había valido la pena fingir que no veía nada y observarlo como amigo durante todo este tiempo.
Saqué el móvil y abrí el grupo llamado «Súper Proyecto». Tenía un nombre infantil y estúpido, pero para mí era el grupo más importante de todos.
Dentro de él, seleccioné un nombre. La persona en quien ahora mismo más confiaba a nivel profesional, y del que estaba seguro de que, pasara lo que pasara, haría algo.
El otro atendió la llamada. En el mismo instante, sin darle opción a nada, empecé a hablar.
—Ah… ¿Saikawa? Oye, luego tengo que hablar contigo de algo, así que salgamos a comer. Tranquila, invito yo; pide lo que quieras. ¿El motivo? Te lo cuento entonces. Espéralo con ganas. De acuerdo, nos vemos.
◆
Una semana había pasado desde entonces.
Revisamos de nuevo el documento del proyecto con detenimiento, comprobando si había puntos que dábamos por sentados y pasábamos por alto, o si existían nuevas perspectivas que no hubiéramos considerado. Lo analizamos todo otra vez con calma.
Como resultado, el proyecto había mejorado de forma evidente. Pensamos un sistema que funcionara claramente como RPG y definimos con precisión el sentido de usar gráficos en pixel art en lugar de 3D, no desde el punto de vista del presupuesto, sino desde la jugabilidad. En cuanto a las plataformas, dejamos de limitarnos a consolas y lo planteamos también para el mercado de descargas en PC, cambiando la plataforma objetivo de la Nintentō 3TS a PS.
—Buen trabajo a todos. Creo que la propuesta quedó bastante bien estructurada.
Kawasegawa dijo eso, pero aun así quedaban puntos que seguían siendo preocupantes.
—Pero todavía no hemos encontrado ese elemento que sea un verdadero gancho… ¿verdad?
La alegría duró poco, y todos pusimos caras serias.
El objetivo de esta reunión de planificación era uno solo: crear un proyecto que lograra pasar la aprobación de la alta dirección.
Tras consultar con Kuroda, habíamos decidido que la clave estaba en crear atractivo, así que cada uno se esforzó en aportar ideas. Como resultado, se acumularon mejoras en los detalles.
Sin embargo, el problema estaba ahí. En lo más importante, ese supuesto «atractivo»; todavía no habíamos llegado a nada concluyente.
—Como conjunto de ideas, creo que vamos bastante bien encaminados…
Las palabras de Kojima-san hicieron que los demás asintieran.
—Pero si dicen que no es decisivo, entonces tienen razón… —Sakurai-san bajó los hombros con expresión desanimada.
—Bueno, ya hemos llegado hasta aquí. Probemos a insistir un poco más. Si cambiamos la forma de verlo, quizá aparezca algo distinto.
Con las palabras de Kawasegawa, decidimos tomarnos un descanso.
—Voy a salir a fumar un momento.
Kojima-san se levantó y salió del local. Kawasegawa se puso a revisar correos en su portátil, y Sakurai-san y yo volvimos a repasar el documento del proyecto.
Podíamos decir que, en líneas generales, el plan ya había sido mejorado todo lo que se podía.
Si, partiendo de esta estructura, se integraba el guion y se cerraba el apartado visual, dependiendo del material, existía la posibilidad de que se transformara en un título realmente bueno.
Precisamente por eso, el hecho de que faltara solo un último empujón resultaba desesperante.
Si tan solo hubiera algo con un gran impacto…
Pero todavía no había logrado encontrar qué podía ser.
—Ejem… —Con evidente timidez, Sakurai-san levantó la mano.
—¿Qué ocurre?
Al responderle, ella habló en voz baja.
—Eh… puede que sea una pregunta un poco irrespetuosa, pero… la jefa de departamento y Hashiba-san son egresados de la Universidad de Artes de Osaka, ¿verdad?
—Sí, así es. ¿Por qué?
Respondió Kawasegawa, y Sakurai, aún más apurada, continuó:
—Bueno… ¿no sería posible invitar a participar a algún creador amigo de ustedes…?
—¡……! —Sin poder evitarlo, Kawasegawa y yo nos miramos a la cara, sorprendidos.
—Ah, ah, ah, lo siento, lo siento, de verdad… Al final no es posible, ¿verdad? Eso de depender tan a la ligera del prestigio del nombre… —Pensando que había dicho algo innecesario, Sakurai-san agitó las manos delante de su rostro, tratando de retractarse de lo que había dicho.
—No-no, no es eso, Sakurai-san… —Kawasegawa se apresuró a salir en su defensa.
—¿E-eh? —Sakurai se quedó mirándonos, desconcertada, sin entender de qué se trataba.
Y era lógico: con esas palabras, quienes realmente habían captado el sentido fuimos, sin lugar a dudas, Kawasegawa y yo. Justamente una obra que aprovechara ese prestigio del nombre había sido el proyecto que quedó congelado hacía seis años.
Una obra que yo había ideado, en la que yo había tropezado y que yo había querido crear.
Por destino o por una vieja deuda del pasado, por más que intentara alejarme, aquel título siempre terminaba siguiéndome de cerca.
—Bu-bueno, sí… si de alguna manera colaboraran, quizá podría convertirse en un punto de venta… —Eso fue todo lo que pude responder, con una contestación tibia y poco concluyente.
Que yo me meta más a fondo sería ir demasiado lejos.
Si hacía algo así, ya no habría forma de dar marcha atrás.
Al final, aquel día no llegamos a concretar una versión definitiva del proyecto.
◇
—A las tres, en la sala de reuniones. Allí decidiremos todo lo relacionado con el nuevo negocio. En realidad, ya es solo cuestión de poner el sello, pero creo que tú también tendrás tus propias ideas. Si hay algo que te genere dudas, dilo todo allí. Nada de objeciones de última hora.
—Sí, entendido.
Tras recibir la llamada interna de Hayakawa, me recosté en la cómoda silla en la que ya estaba acostumbrado a sentarme. En la oficina de Twins, todos trabajaban con normalidad, como cualquier otro día. El único que estaba solo, dándole vueltas a cosas ajenas al trabajo, era el presidente. ¿Desde cuándo no me preocupaba tanto por algo que no tuviera que ver con la empresa? Tal vez era la primera vez.
El asunto, por supuesto, era el proyecto. La idea que había mencionado Sakurai-san sobre recurrir a la ayuda de creadores que habían sido nuestros compañeros de universidad. Si solo hubiera sido una fantasía, habría quedado como una broma en el momento. Pero, por desgracia, la propuesta tenía un cierto grado de realismo y, para colmo, podía convertirse en una idea capaz de romper el estancamiento actual.
Y aun así, no pude aceptar esa idea.
Había dos razones de peso para ello.
En primer lugar, estaba el primer motivo. Los creadores que habían sido mis compañeros de clases se habían vuelto increíblemente famosos y populares en comparación con hacía seis años. En aquella época, cuando aún estaban empezando, quizá habría sido posible, pero ahora, incluso reunirlos solo para hablar ya supondría un esfuerzo considerable.
Además, después de juntar a personas así, decirles que el presupuesto era limitado y que no podía ofrecerse una gran remuneración era algo que no debía decirse, ni siquiera —no, precisamente por eso— a amigos.
Y luego estaba el segundo motivo, uno que tenía que ver conmigo.
Si hipotéticamente llegaba a reunirlos a todos, sería necesaria una determinación acorde. Sin embargo, yo no dejaba de ser alguien que simplemente estaba colaborando en el proyecto de Kawasegawa. No era más que un apoyo ocasional, ayudando a generar ideas y a organizarlas en los ratos libres de mi jornada habitual.
Al ser el representante de una empresa que yo mismo había fundado, debía considerarse que cualquier forma de cooperación que me sacara del ámbito actual ya no era permisible. Más aún cuando, solo para poder sacar tiempo para las reuniones del proyecto, llevaba días marchándome del trabajo en cuanto no surgía nada urgente.
Había mostrado un lado inestable tanto a Hayakawa como a Mineyama-san, y también al resto de los empleados, haciéndolos sentir inquietos. No podía permitirme mostrar más vacilaciones.
—Llegué demasiado tarde. Todo llegó demasiado tarde.
Una vez que había girado el timón con tanta fuerza, volver a la corriente anterior exigiría múltiples sacrificios. Para cargar yo con eso, había acabado arrastrando a demasiadas personas.
El tiempo ya no podía volver atrás.
Yo, que no había sido capaz de aprovechar aquel milagro, había tomado la decisión correcta.
Recordé el rostro de Tsurayuki seis años atrás, cuando cambié drásticamente de rumbo. Una expresión en la que convivían las ganas de decir algo con la imposibilidad de hacerlo, cargada de frustración.
Y también la expresión de Shinoaki, que lo había envuelto todo y me había despedido con una sonrisa amable.
Los rostros de ellos, y de todos los demás, fueron apareciendo uno tras otro en mi mente. Yo me había marchado de su lado y ahora estaba en un lugar distinto.
Todos los que se habían convertido en creadores se encontraban ya en una posición fuera de mi alcance. Aunque ahora los llamara y gritara, mi voz ya no les llegaría.
Volver hasta el punto de la elección ya no era posible.
—…Es hora.
Me levanté del asiento y me dirigí hacia la sala de reuniones.
¿De qué había que dudar, en realidad? Tenía un trabajo satisfactorio, estaba rodeado de compañeros dignos de confianza y podía ver con claridad el futuro que se abría ante mí.
Y aun así… ¿por qué yo… me sentía así?
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