Remake Our Life!

Vol. 11 Capítulo 4. Lo que Debe Ser Parte 1

Era un sábado de fin de semana. Yo me dirigía a Osaka en el tren bala.

Se dice que, en aquellos tiempos lejanos, antes de que naciera el tren bala, en la era de los trenes de vapor, el viaje de Tokio a Osaka tomaba casi ocho horas. Con la llegada del tren eléctrico y luego del tren bala, el tiempo se redujo a la mitad, a cuatro horas, y tras cincuenta años de avances, hoy en día es posible ir y venir en menos de dos horas y media.

—No se siente realmente como un viaje, la verdad.

Mientras observaba el paisaje pasar a toda velocidad, bebí el té que había comprado en la estación.

Cuando exista el tren lineal, el trayecto se reducirá a una hora; más allá de eso no se sabe, pero quizá, con la evolución de la tecnología en línea, sea posible comunicarse como si uno estuviera realmente allí.

Me pregunto hasta cuándo se mantendrá el sentido de ir físicamente a un lugar, como ahora.

Puede que llegue el día en que salir porque «hablemos en persona» deje de existir. Aunque resultara un poco molesto, tal vez llegue un momento en que se considere una oportunidad valiosa.

—Bueno, no parece que sea un asunto tan importante, pero…

Recordé la llamada de la profesora Kano.

Me había dicho que fuera al laboratorio a recoger los DVD y las cintas de los trabajos que hicimos en las clases prácticas. Yo había pasado por alto el aviso que decía: «Después de la ceremonia de graduación, el representante del equipo debe venir a retirarlos».

Y recientemente, durante una gran limpieza del laboratorio, habían aparecido varias obras del equipo Kitayama, por lo que decidió ponerse en contacto conmigo.

Aunque era algo que perfectamente podían haber enviado por correo, al decirme que ya que estaba, por qué no me dejaba ver, no tenía un motivo de peso para negarme.

Si había algún problema, era que desde Shin-Osaka hasta Minamikawachi, donde se encontraba la universidad, el trayecto era interminablemente largo. A este ritmo, probablemente llegaría a la universidad cerca del atardecer.

¿De qué terminaríamos hablando?

Supongo que saldrá el tema de qué estoy haciendo ahora…

No me quedaba otra que hablar con sinceridad, pero tampoco estaba en una situación en la que pudiera decir algo concreto.

A mi mente vinieron los rostros de Tsurayuki, de Nanako y de Shinoaki.

Con todos ellos, ya era previsible que incluso conseguir una cita sería complicado. Entre todos, cómo ponerme en contacto con Shinoaki era, por completo, avanzar a tientas.

Las redes sociales donde subía ilustraciones seguía activa, pero su vida cotidiana no salía a la luz. Una artista divina envuelta en misterio, sin rastro de vida diaria. Esa era la imagen que el mundo tenía de Akishima Shino.

Había, además, otras cosas que hacer. No solo afinar el proyecto, sino también dejar clara mi propia posición.

En qué momento hablar con todos en la empresa. Qué decir que iba a hacer para pedir tiempo. Cómo responder cuando me preguntaran por el sentido de todo aquello. Y cómo transmitir qué esperaba que hicieran con la empresa durante mi ausencia.

La verdad era que no tenía tiempo para haber venido así a Osaka. Debería haber dedicado cada minuto posible al proyecto.

—Pero igual vine…

Si lo pensaba bien, en los momentos que se convertían en puntos de inflexión, siempre había terminado hablando con la profesora. Tal vez esta vez también lo había hecho de manera inconsciente.

Sin saber nada de las luchas en mi interior, el tren bala avanzaba a toda velocidad hacia Osaka.

En el silencioso vagón resonó el anuncio: «La próxima estación es Kioto».

Me informaron que Hashiba tenía que ir a Osaka por asuntos personales y, hasta que regresara, yo tendría que encargarme sola de las actividades.

Dicho eso, como el proyecto estaba estructurado de tal forma que Hashiba tenía la clave, no había nada que pudiera mover por mi cuenta, así que decidí posponer un poco las reuniones.

Y para aprovechar el tiempo libre que se había abierto, resolví ponerme en movimiento.

—¿De verdad, cuántos años han pasado ya? Me dejaste helado cuando recibí de repente un mensaje tuyo.

Kuroda Takayoshi, con quien me reencontré después de mucho tiempo en un restaurante familiar de Tokio, hablaba de manera informal, pero tenía un aire sorprendentemente apacible.

—Sí… si no hubiera sido por esto, nunca se me habría ocurrido ponerme en contacto contigo.

Al decirlo, Kuroda esbozó una sonrisa amarga.

—No lo niego. A mí me pasa lo mismo, Kawasegawa.

Bueno, durante la universidad siempre estábamos midiéndonos el uno al otro. Jamás imaginé que, ya como adultos, acabaríamos en el mismo puesto dentro de empresas rivales.

—Perdona ir directo sin rodeos, pero lo diré sin vueltas. Quiero que cooperes con nuestro proyecto.

Los ojos de Kuroda brillaron con intensidad. Me recordó a cómo era en los tiempos de la universidad.

—Solo puedo decir que depende del contenido.

—Sabía que dirías eso. Mira esto.

La versión más reciente del proyecto, cuidadosamente reescrita hasta el día anterior.

Junto a Hashiba, hicimos un barrido completo de los puntos que podían convertirse en problemas. Sobre esa base, añadimos muchos «ganchos» para hacerlo interesante.

Si es Kuroda, debería captar esa intención.

Tras terminar de leerlo de principio a fin, Kuroda dejó escapar un suspiro.

—¿Y bien?

Se bebió el café helado a grandes tragos, sin usar la bombilla, y apartó la mirada adrede antes de responder:

—Hace poco, Hashiba me mostró la versión anterior de este proyecto.

—¿Y?

—El nivel de acabado era mayor en la anterior. Si hubiera querido enseñárselo a esos viejos para sacarles dinero, la versión de antes era muchísimo mejor. Pero… —Kuroda frunció el ceño—. Si me hubieran dicho que participara en eso, lo habría rechazado en el acto.

No pude evitar reírme. Era exactamente lo que había esperado.

—Entonces, ¿qué te parece esta vez?

Me lanzó una mirada de reojo y soltó una risita.

—¡Obvio que voy a hacerlo! Tiene un montón de cosas que arreglar, va a ser divertido.

—Sabía que dirías eso.

Con eso, ya teníamos asegurado a un miembro clave del equipo.

—Pero oye, ahora que lo miro bien, esto tiene demasiadas partes sin decidir. ¿Qué es esta estructura? Está llena solo de «deseos».

Tal como decía.

La lista de personal que figuraba ahí no era más que el ideal que Hashiba había plasmado por escrito; nada estaba completamente cerrado.

A partir de ahora habría que negociar uno por uno… Confiar en sus palabras y avanzar desde lo que sí se podía hacer era, por el momento, todo lo que estaba a nuestro alcance.

—Así que, primero quería pedirte que nos ayudaras sobre todo a asegurar un estudio de animación y a negociar el presupuesto, Kuroda… —Mientras hablaba, recién entonces me di cuenta.

Kuroda me estaba mirando con una sonrisa sospechosamente amplia.

—Kawasegawa.

—¿Qué-qué?

—¿No crees que podríamos hacerle el trabajo más fácil a Hashiba, entre nosotros?

¿Eh? Apenas respondí eso, en el siguiente instante…

—¡Eh, por aquí, por aquí! ¡Vengan todos!

Al darme vuelta, lo que vi fue…

—¡Eiko, cuánto tiempo! ¿Cómo has estado? ¡Oye, oye, te has convertido en una mujer que parece capaz en el trabajo! —Nanako, completamente «armada» con mascarilla y gafas de sol.

—¡Senpai, buen trabajo! ¡Llegué con la energía por las nubes~! —Takenaka, convertida en una chica resplandeciente.

—¡Ey, no han cambiado nada! ¡Bueno, con cinco o seis años es lo normal, gajajá! —Hikawa, con el cabello teñido de rojo y un soft mohicano.

—¡Kawasegawa-senpai…! ¡Cuánto tiempo! Aaaah~, sigues siendo tan sensual, o sea, en serio estás bellísima~, ese traje es simplemente irresistible… ¡Ay!

A Saikawa, que se me había acercado demasiado, le respondí por el momento con un golpe en la frente.

Aun así…

—¿Por qué… todos ustedes…? Incluso venir hasta aquí debió de haber sido complicado, ¿no?

Solo coordinar la agenda de Nanako ya daba mareos; que se hubiera reunido un grupo así de grande era, sinceramente, casi un milagro.

Y aun así, los aludidos respondieron como si nada:

—Bueno, aunque lo digas así… ¡lo normal es venir, ¿no?!

—¡Es que nos llegó un comentario tan ardiente de Kuroda-senpai!

—¡Cállate! ¡Era obvio que pasaría, si dijeron que ese tipo iba a volver!

—¡Por fin Paisen va a regresar al campo de batalla, ¿no?!

—¡Sí! ¡Cuando escuché eso, pensé que no era momento para andar grabando videos tan tranquilo!

Hablaron del motivo como si fuera lo más natural del mundo.

—De verdad… qué tramposo eres.

Sentí cómo se me calentaban un poco los ojos. Ese tipo es increíble, después de todo. Es capaz de mover los sentimientos de tanta gente a la vez.

—Sí, soy un tramposo. Por eso mismo, habrá que hacer que trabaje como corresponde.

Con esto, parecía que podríamos borrar una buena parte del apartado de «deseos» del proyecto.

Solo quedaban Hashiba y los dos que eran piezas clave.

—Y entonces, eh… ¿Hashiba-senpai dónde está? —preguntó Saikawa.

A eso respondí:

—Salió un momento. Dijo que iba a buscar algo que se le olvidó.

¿Qué estaría pensando Hashiba ahora mismo?

Sobre volver al campo, ¿de qué estaría hablando con mi hermana?

Entonces, ya va siendo hora de que entres en el siguiente argumento, —me dijo el editor encargado, Fujiwara-san, en una breve llamada telefónica.

—Entendido.

Era una comunicación mínima, pero se sentía cómoda. Al parecer, hay editores a los que les gusta charlar de cosas triviales, pero yo era del tipo que prefería centrarse únicamente en el trabajo.

En el volumen anterior, la historia había avanzado bastante, hasta un punto arriesgado. Tras ver la reacción de los lectores, habíamos decidido definir el siguiente desarrollo. Y como el recibimiento había sido bueno, opté por llevar la historia todavía más lejos.

—Bien, manos a la obra.

Cerré las cortinas de la habitación y apagué todas las luces, creando una oscuridad artificial. Puse música instrumental y me concentré en cómo se moverían los personajes.

La Espada Sangrienta de la Crueldad Trágica. Los personajes que aparecían en esta historia, aunque no se dijera explícitamente, estaban todos basados en amigos de mis años de estudiante. Por supuesto, había ciertos ajustes según el desarrollo de la trama, pero el eje de «si fuera este personaje, diría esto» nunca se había desviado.

En el centro de la historia estaba el ejército de la resistencia. Eran pocos, pero estaban llenos de talento y entusiasmo: un grupo de tipos agradables que se encontraban allí.

Una estratega que siempre observa las cosas dando un paso atrás; una diva de canto ruidosa, pero con una voz capaz de cautivar a multitudes; una maga despistada, pero rebosante de talento; un asistente que se esfuerza por superar a su maestro; un guerrero fuerte, impetuoso y entrañable; y un general frío, que traza el camino hacia la victoria sin intereses personales.

Y en el centro de todos ellos, un espadachín prodigio que nunca deja de estar allí. Ese es el protagonista.

La historia avanzaba tomando como eje a este protagonista y a su mejor amigo, también espadachín. Tras varios acontecimientos importantes, el protagonista había abandonado la Resistencia, y la historia terminaba justo antes de que intentara regresar nuevamente al ejército.

Por fin había llegado el momento. Él iba a volver. Pero no podía simplemente hacerlo regresar sin más. Tanto él como las personas a su alrededor cargaban con el peso del tiempo transcurrido.

—El corazón. Hay que preparar eso.

Cuando alguien se pierde en su camino, ¿con quién consulta? ¿Con un amigo cercano? ¿Con su pareja? ¿O tal vez…?

Tecleé con todas mis fuerzas.

«Para que le mostraran el camino, él se dirigió al encuentro de su antiguo maestro».

Nuevos edificios se alineaban uno tras otro, y la Universidad de Artes parecía casi otra institución distinta de lo mucho que había cambiado.

Dentro de todo eso, solo el laboratorio de audiovisuales conservaba prácticamente la misma atmósfera de antes. Al llamar a la puerta de aquel laboratorio tan familiar, una voz conocida respondió:

—Entre.

«Con permiso», dije, y abrí la puerta para entrar. Desde lo profundo de un mar de documentos y cintas, apareció la profesora Kano, con un aspecto idéntico al de hace seis años.

—Oh, viniste.

Su manera de atenderme era como si simplemente hubiera llamado a un alumno cualquiera del campus.

—Cuánto tiempo sin verla, profesora.

—Tampoco tanto. Son seis años. Bueno, si lo piensas, es lo que le toma a un niño de primaria pasar a secundaria… así que, visto así, no está mal.

Aunque, claro, después de hacerse adulto, ya no hay cambios tan drásticos.

—Por ahora, siéntate. ¿Te parece bien algo de café?

—Claro.

Hacía tiempo que no me sentaba allí a tomar café de esa manera.

Miré alrededor del laboratorio, pero no parecía haber cambiado en absoluto. El hecho de que la profesora no hubiera cambiado nada de aspecto hacía que casi pareciera que solo yo había envejecido al volver a ese lugar.

El tiempo…

Era algo tan lejano que casi se me olvidaba, pero yo había saltado en el tiempo una vez. El que ahora pudiera estar allí como egresado de la universidad era gracias a aquel viaje temporal.

Como resultado, ocurrieron muchas cosas. Conocí a muchísimas personas.

Pero al llegar a ese punto, dejé de vivir como creador.

Si aquel salto en el tiempo hubiera sido producto de las intenciones de alguien, ¿acaso esa persona habría deseado que yo terminara así?

Tal vez sigo aquí después de haber cometido un error enorme.

En este laboratorio que parece detenido en el tiempo, ¿no será que, en realidad, dentro de poco volverán a hacerme retroceder el tiempo una vez más?

Mientras esas fantasías se encadenaban en mi mente, una voz que las disipaba llegó desde atrás.

—Está caliente, ten cuidado.

La profesora volvió con dos tazas en las manos. Colocó una frente a mí y, sosteniendo la otra, se sentó en el sofá.

Apenas dio un sorbo, frunció el ceño.

—Está amargo.

Incluso en detalles como ese, todo seguía igual que antes.

—Bueno, toma, tenía que darte esto, —diciendo eso, la profesora me entregó una bolsa de papel con el logotipo de la universidad.

Al asomarme dentro, vi varios DVDs con sus estuches, guiones impresos y hojas recopiladas para el proyecto de graduación.

—Sí, está todo. Muchas gracias.

Saqué solo un DVD de la bolsa. Era una obra que habíamos hecho todos juntos cuando estaba en segundo año. Sostuve el estuche con ambas manos; sentí como si el calor se transmitiera a través de mis palmas.

Con eso, el motivo de mi viaje hasta Osaka quedaba resuelto.

—¿Y bien? ¿Cómo te va? —La profesora preguntó como si estuviera comprobando el avance de una tarea.

Ella sabía que yo me había apartado del camino de creador. Yo mismo se lo había dicho poco antes de graduarme.

Después de eso, no le había contado nada. Con la intención de llenar el vacío de esos seis años y contarle quién era ahora, empecé diciendo una sola frase:

—Fundé una empresa.

—Oh, ¿emprendiste? Debió de haber sido duro. ¿Y entonces?

—Va bien. Todo marcha sin problemas.

Al oírlo, la profesora sonrió con amabilidad.

—Te esforzaste, ¿verdad?

Eso fue lo que me dijo.

La profesora no habló mucho más. En mis años de estudiante, seguramente me habría dicho muchas más cosas.

Pero, de algún modo, entendí la razón.

Este es una universidad de artes. Todos llegan con el deseo de triunfar en el mundo del entretenimiento. Sin embargo, no todos pueden hacer realidad ese sueño.

Tal como había dicho la propia profesora Kano al inicio, entran más de un centenar de estudiantes, y solo unos pocos logran conseguir el trabajo que desean.

Los estudiantes que quedan terminan graduándose con sentimientos distintos a los que tenían al ingresar. Si logran conseguir un empleo, quizá todavía sea algo positivo. Muchos, sin embargo, se quedan sin trabajo y vagan sin rumbo. Que eso ocurra no es nada raro en una universidad de artes.

Seguro que la profesora está siendo considerada. Cuidando de no usar palabras equivocadas con quienes han visto sus sueños romperse. Con alguien como yo, que ya no pertenece a ese mundo, lo único que puede hacer es ofrecer palabras amables.

Agradecía esa consideración, pero al mismo tiempo, la soledad de haber sido colocado fuera de ese ámbito volvía a hacerme consciente del lugar en el que me encontraba ahora.

Hoy me preguntaba qué era lo que debía decir. Si la profesora me hubiera interrogado directamente, estaba dispuesto a responder tal cual.

Pero también intuía que ella no era tan indulgente.

Seguramente, mientras yo no hablara por iniciativa propia, ella no profundizaría en el tema.

Incluso podría marcharme así, sin más. No era una conversación imprescindible para mi decisión. Podría intercambiar unas cuantas charlas triviales y despedirme con un «hasta otra»; una despedida larga y difusa.

Vine aquí porque la profesora me dijo que pasara a recoger unas cosas.

Pero yo…

—Profesora, —apreté con fuerza el estuche que tenía en la mano.

El plástico fino crujió con un chasquido seco, y un leve dolor recorrió la punta de mis dedos.

—Estoy dudando si volver o no… al mundo creativo.

Al final, no podía terminar las solo con eso.

Sentí que una tensión recorría la habitación. En el silencio que se instaló, el siseo del humidificador resonaba de forma extrañamente clara.

Tal vez estaba posado en la ventana: se oyó el batir de alas de un cuervo. Su característico graznido resonó dos, tres veces, alejándose poco a poco. Y cuando por fin dejó de escucharse por completo…

—…Ya veo, —con voz tranquila, la profesora respondió.

Tenía el rostro serio. El tono amable había desaparecido sin dejar rastro.

Comprendí que había cambiado el interruptor.

Del discípulo indigno a la profesora que tantas veces me había ayudado.

No lo dije en voz alta, pero pensé que, probablemente, esta sería la última vez.

Y para colmo, sería la conversación más difícil de todas.

—Estoy dudando. Tengo la voluntad de volver, pero han pasado seis años, y no sé si incluso se me está permitido. Si tengo derecho a plantarme de nuevo delante de todos, en el lugar de la creación… no pude decidirlo por mí mismo, hiciera lo que hiciera.

Kawasegawa. Kuroda. Y también Tsurayuki.

Si me quedaba solo con las interpretaciones que me convenían, seguramente ellos me habían estado esperando.

Pero no podía dar el último paso. No sabía si estaba bien seguir adelante tal como estaba, si tenía permitido hacer un cambio tan grande de rumbo.

—¿Yo… puedo empezar de nuevo?

Él se dirigió al encuentro de su maestro.

El maestro, a quien no veía desde hacía mucho tiempo, lo recibió con calidez. Algo impensable si se comparaba con la severidad de antaño.

Él sabía el motivo. Ahora no era un espadachín, sino un granjero. Frente a alguien que ya no pertenecía al mundo del combate, su maestro debía de estar mostrándole amabilidad.

Precisamente por eso, dudaba en hablar. Qué palabras le lanzarían por intentar regresar después de haberlo abandonado todo. Estaba a punto de confesar algo por lo que incluso sería comprensible que lo rechazaran con frialdad.

Pero no podía no preguntar. Él mismo estaba perdido.

«Maestro, por favor, aconséjeme. Estoy pensando en unirme de nuevo a la Resistencia.»

La expresión del maestro cambió. Se preparó para palabras duras. Incluso se mentalizó en silencio para la posibilidad de tener que empuñar la espada.

Sin embargo, su previsión falló por completo.

El maestro lo miró con una expresión mucho más cálida que antes.

Y entonces, abrió la boca en silencio.

Estaba preparado para recibir palabras severas.

Pero de la boca de la profesora salió:

—Debió de ser duro, Hashiba.

Lo que me ofreció fueron palabras de reconocimiento.

No me insultó ni mostró decepción. Fue tan inesperado que me dejó perplejo.

—…La verdad, estaba seguro de que me iba a regañar.

Al responder con sinceridad, la profesora se echó a reír.

—¿Regañarte? No digas tonterías, —continuó—: Ya saliste al mundo real. Estás en una posición en la que haces todo bajo tu propia responsabilidad. Te esfuerces o seas negligente, todo depende de ti. Y desde esa posición, creaste una empresa y llegaste a cargar con la vida de otras personas. Eso es admirable. Mucho más que yo, que irresponsablemente produzco cada año a un centenar de desempleados. —Lo dijo con total naturalidad, soltando algo aterrador sin inmutarse. En ese sentido, seguía siendo la misma de siempre—. Y ahora, alguien tan admirable como tú está pensando en volver a un mundo problemático. No lo niego ni lo afirmo. Si, teniendo en cuenta tu experiencia, decidiste que eso es lo correcto, Hashiba, entonces seguramente lo sea.

Eran palabras difíciles.

Podían interpretarse tanto como un elogio, como un reproche implícito de «eso ya deberías saberlo tú mismo».

—Profesora… ¿no cree que soy alguien indeciso? Habiendo tomado otro camino, al final vuelvo otra vez…

Soy alguien que una vez eligió un camino distinto. No me parecía que volver a juzgar esa decisión fuera algo tan fácilmente bueno.

La profesora tomó su taza. Tras dar un sorbo al café, volvió a mirarme.

—Sí, lo creo. —Lo dijo con tal sencillez que casi me dejó descolocado—. No fuiste capaz de seguir el camino en el que creías, decidiste por tu cuenta que este mundo no era para ti, abandonaste a tus compañeros y te convertiste tú solo en un «adulto responsable». Y luego, por una pequeña oportunidad, te entusiasmaste y quisiste volver a crear algo. Es tibio. Es ingenuo.

—Ugh…

Era como si la profesora me hubiera estado observando con una cámara oculta: atacó mis puntos débiles con una precisión implacable y me dejó hecho polvo.

Me había confiado. Esta mujer era verdaderamente aterradora.

—…Pero aun así, no creo en absoluto que eso sea un error. —Sin embargo, la profesora no se detuvo ahí—. ¿Y qué tiene de malo ser ingenuo? ¿Qué problema hay en ser tibio? No es como si fueras a morir. Si puedes empezar de nuevo, hazlo todas las veces que haga falta. ¿Quién decidió que recorrer sin equivocarse una ruta de éxito directa es el final verdadero? Eso lo decides tú. Y precisamente porque puedes decidirlo tú, es más divertido.

—Pero yo… con este nuevo intento, creo que volveré a causarles problemas a muchas personas. Si no hago nada, quizá no moleste a nadie.

A todos los que me acompañaron y que son parte de Twins. Y también a Kawasegawa y a todos mis excompañeros de clase. Por decisiones mías, seguramente acabarán sufriendo grandes inconvenientes.

—¡Jajá! ¿Y eso qué importa? —la profesora lo despachó con una carcajada—. Oye, Hashiba, ¿ya lo olvidaste? Tú fuiste a traer de vuelta a un amigo que había regresado a su pueblo natal, metiste a propósito a una ilustradora cercana en otro equipo, juntaste a un estudiante de otra carrera para mejorar su talento, y además arrastraste a todos de aquí para allá sin parar, para luego decirles «ahora hagan lo que quieran» y soltarlos. A estas alturas, ¿qué es eso de «causar molestias»? No me hagas reír.

—…………Cierto.

Las palabras de la profesora dolían demasiado. No pude replicar nada.

Pero al mismo tiempo, eran increíblemente amables.

—Con solo estar vivos, ya causamos molestias en abundancia.

Las palabras finales que salieron fueron un perdón sencillo, claro, fácil de entender.

—Si de verdad no hubieras sido capaz de aguantar, nadie se habría reunido a tu alrededor. El pasado es algo valioso, pero por eso mismo no dejes que te arrastre. Cree en el tú que está aquí ahora.

Frizcop: Cree en el mí que cree en ti que cree en el one piece.

Contuve con todas mis fuerzas las ganas de romper a llorar.

—…El rodeo fue largo. Me di cuenta de cuánto tiempo hace falta para llegar hasta aquí.

¿De verdad era necesario todo ese tiempo para alcanzar este punto? Si seguía las palabras de la profesora, quizá era algo que no valía la pena siquiera plantearse.

Pero aun así, esos seis años… fueron largos.

—Hashiba, —la expresión de la profesora se había suavizado—. Entonces, para terminar, diré esto. Mis palabras no son gran cosa, pero si pueden servirte de algo, llévatelas contigo junto con esa bolsa de papel. —La profesora se terminó el café de un trago y dejó la taza sobre el escritorio.

Luego, como siempre hacía, cruzó las piernas con elegancia frente a mí y dijo:

—En este mundo, no existe ni una sola cosa inútil.

Una emoción imposible de describir se filtró en lo más profundo de mí.

Los cuatro años de universidad y los seis años posteriores.

El tiempo de dudas interminables, las decisiones tomadas y sus consecuencias.

Los diez años que había vivido desfilaron por mi mente. Si el resultado de retroceder en el tiempo y volver a vivirlo todo me había traído hasta aquí…

Quizá no había sido tan malo.

—Antes, alguien más me dijo algo muy parecido a esas palabras.

—Oh, ¿de verdad? ¿Y cómo te lo dijo?

Recordé aquel día en el aeropuerto de Haneda. Lo que ella me dijo entre lágrimas, delante de tanta gente.

—Me lo dijo mientras me golpeaba con el estuche que llevaba.

La profesora se quedó sorprendida por un instante y luego soltó una carcajada.

—Eso suena bien. Yo también debería haber hecho lo mismo.

Mientras volvía a agradecerle una vez más a Kawasegawa por lo ocurrido aquel día, pensé de nuevo en ello.

Aunque a ella no le gustaba que se lo dijeran, al final… sí que se parecían.

 

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