Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 9 Canto 2. Principios de Otoño del Decimoséptimo Año Parte 4

Hoy estuvo lleno de acontecimientos inesperados. Para ser sincero, visto en conjunto, fue un día condenadamente productivo. Pude revisar nuestros hallazgos con Schnee y colocarlo todo en ese tablero de corcho. Luego tuve una pequeña reunión a solas con Siegfried para ponerlo al día.

Y después estuvo su pequeña sugerencia. El mundo está lleno de proverbios sobre el valor incalculable del tiempo, pero no pensé que acabaríamos a los puñetazos justo después de nuestra charla. ¿Y sabes qué dijo ese bastardo cuando se lo propuse?

—¡¿Eh?! ¡¿Puedo decirte lo que quiera y golpearte todo lo que quiera?! ¡¿Delante de todos?!

¿Por qué parecía tan entusiasmado ante la idea? Tras dos días sin dormir, mi cerebro por fin dejó de funcionar. Incluso empecé a dudar de mis propios sentidos. ¿Qué demonios le había hecho yo para despertar tanta ira latente? Quiero decir, admito que a veces lo estaba molestando solo para verlo perder los estribos, pero sus ojos brillaban de verdad ante la perspectiva de molerme a golpes. Y cumplió su palabra. Me golpeó con todo lo que tenía, tanto verbal como físicamente.

No iba a reprenderlo. El plan era que pareciera una pelea lo más real posible. Kaya podía curar cualquier rasguño, moretón o diente perdido, así que ninguno de los dos se contuvo. Gracias a esa red de seguridad pudimos asestar golpes de verdad, de esos que te dejan la cara hinchada y fea. Además, no éramos niños ni completos novatos en palizas. Nos habíamos entrenado para apuntar a los puntos más vulnerables del enemigo —en la cabeza, los ojos y la garganta—, así que durante nuestro sangriento enfrentamiento intercambiamos algunos golpes calculados.

Pero donde de verdad se ensañó conmigo fue con los insultos.

«¡Siempre esperas demasiado de mí, maldita sea!», «¡Deja el negocio de los aventureros! ¡Chiquillos presumidos como tú deberían estar sobre un escenario!», «¡Lo juro por la tumba de mi madre, algunos días siento que soy el guardia del harén de tu servicio de escolta para uno solo!».

Duro, mi amigo. ¿Y qué demonios quería decir insinuando que yo era algún tipo de hombre de compañía? Era cierto que tenía la costumbre de halagar a las mujeres, pero no era como si les estuviera coqueteando a cada hora. Simplemente pensaba que la mayoría de las chicas podía necesitar un poco de apoyo moral de vez en cuando, siempre que fuera apropiado para la situación. ¡Era de conocimiento común que, si trabajabas en un entorno con mujeres, más valía pecar de elogiar de más!

Maldito pedazo de basura de Siegfried…

Ni siquiera estaba actuando en ese momento. Para ser completamente honesto, estaba bastante abatido. Mi muela rota dolía, pero el corazón me dolía aún más.

La verdad es que me costó horrores pensar en insultos para devolvérselos. Había intentado idear alguno durante los treinta minutos que pasé con un trago fuerte después de nuestra reunión y antes de la pelea, pero tras darle vueltas y más vueltas, lo único que se me ocurrió fue «estúpido palurdo de campo».

Ah… me gustaría corregir lo que dije antes. Dije que hoy estuvo lleno de acontecimientos inesperados, pero eso daba a entender que las sorpresas se habían acabado después de nuestra trifulca a puñetazos.

No. Las sorpresas siguieron llegando.

—Mi verdadero nombre no es Gerrit, sino Gerhard. Gerhard Silberbauer.

En ese momento, Gerrit, uno de nuestros compañeros, estaba inclinado frente a mí en una reverencia de pie, confesando con total tranquilidad que había sido nuestro topo todo este tiempo.

Gerrit era dos años menor que yo. Se había unido a la Hermandad poco después de que empezáramos a hacernos un nombre. Tenía un porte imponente: más alto que la mayoría, hombros anchos, postura medida, mandíbula cuadrada. Aún era joven, pero su rostro era sorprendentemente distinguido. Si a eso le sumabas los rizos castaños de su cabeza y la mirada acerada de sus ojos grises y hundidos, cualquiera pensaría que ya estaba bien entrados los veinte.

Cuando reveló su edad por primera vez, creí que intentaba tomarme el pelo. El malentendido no duró mucho. Bastó con observar cómo se comportaba. Era sincero hasta el extremo; ningún adulto era tan verde.

Aun así, desde bastante pronto había sospechado que podía ser un espía; la información de Schnee sobre su verdadera identidad no hizo más que confirmarlo. Decidí que esta farsa con Siegfried era el medio perfecto para sacudirlo un poco y ver si mostraba sus verdaderos colores.

—Sé que probablemente esto te parezca repentino, —continuó Gerrit—, pero por favor permíteme explicarme.

Al principio nos había dicho que nació y se crio en las afueras de Ende Erde. Pero no cuadraba. Se comportaba con demasiada elegancia y hablaba con excesiva elocuencia. No tenía sentido que alguien dominara tan bien las entonaciones y matices del habla palaciega si su padre era un simple comerciante. Por mucho que Gerrit intentara vulgarizar su forma de hablar, nunca logró ocultar del todo ciertos hábitos profundamente arraigados.

Por esa dicción refinada que se le escapaba, me había preocupado que fuera un espía de algún noble o quizá de uno de los señores locales, así que lo puse a prueba tratándolo con un poco más de dureza durante los entrenamientos y las misiones que al resto. Sabía que no era tan sencillo: si de verdad estaba aquí con una misión, no iba a cantar solo por pasarle un poco las brasas por debajo.

—Jefe… no, Señor Erich. Me infiltré en la Hermandad de la Espada bajo órdenes de comprobar si actuaban en beneficio de Marsheim.

Aun así, lo entrené con justicia y con el mismo cuidado que a los demás, aunque mi propio interés personal bullera bajo la superficie. Muchos se habían unido al mismo tiempo que Gerrit, intentando subirse a la ola que había creado la Hermandad, así que me aseguré de que ninguno lo tuviera demasiado fácil, aunque él se llevara la peor parte.

No sé si fue el ardiente deseo de cumplir con su misión o simplemente que tenía una columna vertebral de acero, pero Gerrit no flaqueó pese a todo.

Schnee me había proporcionado más información sobre su pasado. Cuando supe que era el hijo ilegítimo de un noble y que provenía originalmente de un estado satélite al norte de Marsheim, entendí por qué era tan resistente. La gente de allí solía venir a Marsheim para ganar más dinero del que podían conseguir en su tierra, lo que hacía que fueran estrictos a la hora de enseñar rhiniano a sus hijos. En otras palabras, los moretones y músculos doloridos que Gerrit había acumulado durante su tiempo aquí eran por el bien de su familia. Pude identificarme con él: después de todo, yo había ido a Berylin por Elisa.

Parte de la pelea con Siegfried había sido para averiguar cuál era el propósito de Gerrit aquí, qué objetivo valía todo el sufrimiento por el que había pasado. Pero antes siquiera de que pudiera empezar a sonsacarle nada, lo confesó todo por iniciativa propia.

Espera, Gerrit… o no, cierto, Gerhard , pensé. Llevo toda una temporada enseñándote, sé que eres un buen chico, así que ¿de dónde salió todo esto, eh?

—Yo… —continuó Gerrit. Los sollozos y la tos empezaron a interrumpir sus palabras—. La Hermandad… yo no podía…

¡¿Qué estaba pasando?! ¡Esa reacción no estaba en ninguno de los futuros posibles que había imaginado! ¡Antes habría esperado que sacara un paquetito de Kykeon del bolsillo interior!

—La cosa es… —siguió, aun tartamudeando—. Yo… ¡yo amo a la Hermandad! Yo… ¡por favor… por favor, reconcíliate con el hermano mayor Sieg!

—E-espera, aguanta, Gerrit…

—¡Si alguna casa se quejó de ustedes… y esa fue la razón de la pelea… entonces todo es culpa mía! ¡He estado informando todo este tiempo sobre tu forma de trabajar y con quién has estado tratando!

A esas alturas, la cara de Gerrit estaba cubierta de mocos y lágrimas. Me dejó desconcertado que mi subordinado —que encima era más alto que yo— estuviera esforzándose tanto por animarme. Intenté que se calmara, pero no dejaba de culparse a sí mismo.

De pronto, se me encendió la bombilla. ¡Todo esto era por aquel estúpido insulto que me pasé media hora inventando! Había regañado a Siegfried llamándolo palurdo de campo que no sabía nada de política, y eso debió hacer saltar todas las alarmas de nuestro espía.

Así que Gerrit explicó la situación. Al parecer, su padre le había pedido que se infiltrara en «el clan advenedizo de Ricitos de Oro» y evaluara el riesgo que podía suponer para la facción favorable al Margrave Marsheim.

La edad de Gerrit y el hecho de que aún fuera un novato seguramente fueron las principales razones por las que lo eligieron para la misión. Era un hijo ilegítimo que no podía heredar la familia, así que no perdían nada enviándolo de incógnito a un clan nuevo y poco conocido. Su educación bastaba para leer, escribir y obedecer órdenes. Era la pieza desechable perfecta.

—Durante todo el tiempo que estuve aquí, —dijo Gerrit—, pensé que tú y el hermano mayor Sieg tenían una amistad inquebrantable, que nada podría interponerse entre ustedes. ¡Eso fue lo que informé! ¡Dije que eras un aventurero ideal, leal a Marsheim hasta el extremo!

Va-vaya, me puso en el pedestal más alto que encontró. En el pasado lo había oído quejarse de que lo trataba tan duramente que creía ver sangre al orinar, o de que, pese a mi apariencia, por dentro era un demonio. Jamás habría pensado que su informe me pintara de forma tan favorable. Superaba con creces cualquier expectativa que nuestro espía tuviera una opinión tan brillante de nuestra operación.

¿Acaso había empezado por fin a dar esos primeros pasitos para convertirme en una especie de parangón de la virtud? Durante un instante me subí a una nube por su elogio, pero enseguida bajé de nuevo a la realidad. No era el momento. Agarré a Gerrit por los hombros.

—Me alegra muchísimo que me hayas contado todo esto. No necesitas llorar. Te uniste pensando en el bienestar de tu familia y te ganaste tu lugar aquí con tu propio talento.

—Señor Erich… ohh, Señor Erich… soy un traidor despreciable.

—Eh, vamos. ¡Un Hermando no debería llorar tanto! ¡Vas a hacer llorar también a tu espada! Y, lo que es más importante, para mí estás muy lejos de ser un traidor.

Si Gerrit se hubiera unido para ayudar a su casa a meter un pie en la puerta de mi clan, o para ganar algo de dinero de cara a su futura carrera, quizá lo habría sacudido un poco y lo habría mandado al patio a hacer cinco mil estocadas como penitencia. O no… tal vez le habría hecho fundir su espada y forjarla de nuevo. Pero, con su familia presionándolo por todos lados, apenas había tenido opción. No podía culparlo de esto con la conciencia tranquila.

Luego estaba el propósito de su investigación. Había tenido todas las oportunidades del mundo para arrastrar nuestro nombre por el barro y, en cambio, prácticamente nos había cantado alabanzas ante su padre, un hombre al que ni siquiera podía reconocer como tal en público. Consideré que esas buenas acciones y su corazón justo pesaban más que su deshonestidad.

Admito que un comportamiento así no es bueno para ninguna organización. En nuestro caso pudo salir bien, pero no era lo ideal pasar página sin más sobre algo que podía haber salido en cualquier dirección. Aun así, tenía quince años. Cualquiera a esa edad se precipita sin pensarlo demasiado. No encontré fuerzas para darle una reprimenda en ese momento.

También resultaba un poco incómodo pensar que se me había ocurrido todo este plan sobre la marcha cuando, en teoría, podría haberlo logrado sin acabar recibiendo una paliza como un niño maltratado.

—Hiciste lo mejor que pudiste y trabajaste por nosotros porque amas a la Hermandad de la Espada, ¿verdad, Gerrit? —dije—. Y ahora me estás contando absolutamente todo. ¡No creo que exista en el mundo otro «traidor» tan honesto como tú!

—Ohhh, Señor Erich…

—Oye, Gerrit. ¿Podrías volver a llamarme «jefe»?

—¡Po-por supuesto, Jefe!

Tras unos instantes atrapado en el abrazo lloroso y casi de oso de mi fornido subordinado, Gerrit por fin se calmó lo suficiente como para que pudiera empezar a hacerle algunas preguntas.

Había imaginado que alguien, probablemente un noble, intentaría sacar a la luz trapos sucios de la Hermandad, pero no había contemplado que recurrieran a métodos internos. Yo estaba prevenido por si alguno de nuestros clientes nobles nos encargaba un trabajo más cruel que justo, así que no había previsto que enviaran a alguien —y encima a alguien que encajara tan bien en el clan— para infiltrarse.

Pero, una vez que tuve todos los detalles delante, no fue tan difícil de aceptar.

—¿Puedo aclarar por qué te enviaron con nosotros? —pregunté—. Es decir, ¿te ordenaron unirte a la Hermandad para ver si éramos beneficiosos para Marsheim o no?

—Sí… Al fin y al cabo, Marsheim no es precisamente el mejor lugar para buscar una abundancia de aventureros fiables a los que contratar.

—Ahh… Sí, veo tu punto.

Marsheim estaba llena de clanes poco fiables. Cualquier aventurero con el temple suficiente como para intentar abrirse camino por su cuenta acababa absorbido por algún clan antes siquiera de tener tiempo de hacerse un nombre. Y los pocos que lograban cierto grado de independencia terminaban forjando algún tipo de vínculo con clanes o héroes locales que necesitaban más potencia de combate, o simplemente tenían una personalidad demasiado fuerte como para que nadie pudiera utilizarlos.

El parásito de la Heilbronn Familie, el zentauro Manfred el Partelenguas, entraba en la primera categoría; mi maestro en todo lo relacionado con la vida de aventurero, el Señor Fidelio, encajaba en la segunda junto con el resto de su grupo.

Cuando yo aún era un novato, algunos clanes habían intentado meterse conmigo. Los aventureros que todavía no tenían conexiones ni lealtades eran un recurso valioso. El Señor Fidelio era un aventurero de talento excepcional, pero su lealtad era algo maleable. Si percibía que la persona para la que trabajaba era inmoral o lo utilizaba para fines ilícitos, no dudaba en cambiar de bando y marcharse. Representaba ese tipo de vida sin ataduras en el que los nobles no querrían confiar.

—Enviaba a mi padre un informe sobre las actividades de la Hermandad cada diez días, —dijo Gerrit—. Actualizaciones sobre si nos relacionábamos o no con gente de mala calaña, si hacíamos bien nuestro trabajo o no, el tamaño actual del clan…

Cuanto más me contaba sobre lo que hacía, más sentía que en realidad no había supuesto ninguna amenaza para nuestro clan. La forma en que se había derrumbado y había confesado rozaba la exageración dadas las circunstancias. Me recordaba más a cómo mi propio padre solía llamarme de vez en cuando para saber cómo me iba en mi antiguo mundo. No tenía nada de «súper espía»…

—Em… ¿eso es todo de verdad, Gerrit? No te pidieron hacer nada más, ¿verdad? ¿Como copiar nuestros libros de cuentas? ¿O aceptar encargos concretos? ¿O averiguar cuáles eran mis puntos débiles o qué oportunidades serían las mejores para asesinarme si resultaba ser una carga para Marsheim?

—¡Por supuesto que no! ¡Incluso si me pidieran algo así, jamás lo haría! Y, más importante aún, ¡mi padre no es ese tipo de persona!

Tras esa respuesta tan apasionada, lo único que pude hacer fue asentir con un tímido «E-entiendo».

Aunque el padre de Gerrit hubiera usado a su hijo como una pieza de ajedrez, no parecía un hombre completamente despiadado. Estaba del lado del margrave y hasta había apoyado que yo entrara en la nobleza.

—Pero, —continuó Gerrit—, mi padre está cansado. Verás, hay alguien muy interesado en oír hablar de tus fracasos y escándalos, Jefe.

Hmm, eso sí que era interesante. Yo era un aventurero y, aun así, había rechazado el gran honor de ser nombrado caballero. No era extraño que una decisión así me granjeara enemigos. Si soy sincero, habría tenido más sentido que alguno de esos hipotéticos rivales se saltara lo de contratar espías y fuera directamente a por asesinos. ¿Alguien quería ajustar cuentas conmigo de forma pública? ¿O simplemente me detestaban y punto?

Fuera como fuese, podía aprovecharlo. Me sentía un poco mal por Gerrit, pero esto encajaba a la perfección con mis planes. En lugar de usar mis contactos actuales para alertar a los antiguos señores locales y a la nobleza sobre los peligros del Kykeon, sería mucho más eficaz recurrir a alguien respetable como el padre de Gerrit para lograr el mismo objetivo.

—La persona que mencioné… pensé que quizá había hecho algo para interponerse entre tú y nuestro hermano mayor…

Cuanto más hablaba Gerrit, peor me sentía por utilizarlo, pero tenía que reprimir esos sentimientos por ahora. Había perdido un diente en mi actuación anterior; tenía sentido mantener a mi público lo más numeroso y enganchado posible.

—Ya veo… Lo hiciste muy bien, Gerrit, de verdad. Pero la verdad es que nuestra ruptura no tiene absolutamente nada que ver con eso.

—¡No!

—Lo siento, pero ya no puedo trabajar con él.

Puede que todo este pequeño plan secreto con Siegfried hubiera nacido de un delirio provocado por la falta de sueño, pero tenía que llevarlo hasta el final. Aun así, engañar a tus amigos para engañar a tus enemigos dolía mucho más de lo que había imaginado.

Yo solo quería saber cuáles eran las motivaciones de nuestro espía residente; cómo se había llegado a esto.

Reprimí la bola de culpa que me revolvía el estómago y le devolví a Gerrit el paño manchado de sangre.

 

[Consejos] Cuando una organización crece lo suficiente, se vuelve susceptible a la infiltración de observadores enviados por terceros preocupados. Sin embargo, no necesariamente son enviados con malas intenciones.


Siegfried deseó poder regresar a tres días atrás, tomar la lanza de su yo del pasado y darse unos cuantos golpes en la cabeza.

Sabía que tenía la culpa por haber sido tan engreído y decir que haría cualquier cosa, pero en ese momento eso era solo una molestia secundaria. Siegfried por fin se había acostumbrado al hogar en el que él y Kaya habían gastado sus ahorros y disfrutaba de las comodidades de una cama decente. Y aun así, ahí estaba ahora, atrapado en una posada barata, volviendo a revolcarse entre pulgas y chinches.

—Tch… parece que me acostumbré demasiado a la buena vida, —murmuró el aspirante a héroe. Maldijo en voz baja mientras rociaba la cama sucia con un repelente especial de insectos que Kaya había preparado para él a partir de crisantemo blanco. Una vez que desinfectó la cama, por fin se sintió lo bastante tranquilo como para sentarse.

Siegfried había pasado incontables noches en peores condiciones en su hogar de Illfurth, pero parecía que los sentidos se deformaban en cuanto uno probaba condiciones más humanas. Suspiró.

Reprimiendo las ganas de cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño, sacó de debajo de su camisa un objeto mágico. Era un collar que se parecía al gargantillo que llevaba Margit, pero el mecanismo incrustado en él le quitaba cualquier valor estético. Era una creación en la que habían trabajado tanto Erich como Kaya: un objeto mágico completamente nuevo que permitía transmitir la voz de forma segura.

—A ver dónde está… ajá, aquí.

Siegfried sacó las manos por la ventana y tanteó el marco —tan deformado que ahora solo se abría a la mitad— hasta encontrar una pequeña aguja sobresaliendo de la madera. De ella partía un hilo tan fino que solo podía verse desde ciertos ángulos, extendiéndose hacia la distancia.

—¿Holaaa? ¿Hay alguien ahí? —dijo Siegfried.

Te escucho alto y claro, —llegó la respuesta.

A través de este dispositivo de comunicación, que usaba la seda de Margit para transmitir el sonido sin producir ni la más mínima onda de maná, Siegfried pudo oír la voz de Ricitos de Oro, acompañada de un leve chisporroteo de fondo.

A diferencia de la incursión en la mansión del Barón Maulbronn, esta vez no estaban usando señales ni nombres en clave. Mientras que Erich y Margit habían empleado señales intermedias para retransmitir sus voces, en esta ocasión el método era completamente analógico —Margit se quejó luego con Erich, diciendo que nunca volvería a tejer un hilo tan largo—, lo que significaba que no había ninguna posibilidad de interferencia.

—Me puse en contacto con ellos, —dijo Siegfried—. La vista de la plata los hizo callarse bien rápido.

—Por muy lista que sea una organización, no puede deshacerse de todos los tontos que trabajan en los márgenes, ¿eh?

—A mí me sorprende más que ni siquiera pestañearan después de nuestra actuación tan basura, ¿sabes?

Siegfried se había instalado en una posada barata porque estaba llevando su propia sugerencia hasta las últimas consecuencias. Había peleado abiertamente con Erich y se había marchado sin mirar atrás de la Hermandad de la Espada. Kaya había intentado detenerlo, diciéndole que no hacía falta llegar tan lejos, pero el aspirante a héroe simplemente respondió que, si iban a seguir el plan, entonces quería hacerlo bien. Era una decisión a la que Siegfried había llegado por su cuenta, y quería asegurarse de mantenerse firme en ella.

Si el aspirante a héroe quería engañar a sus amigos, entonces necesitaba ser todavía más cuidadoso y meticuloso que si estuviera tratando con sus enemigos. Si hacía algo a medias, quién sabía por dónde podría empezar a desmoronarse su historia. Ya estaba paranoico pensando que su actuación en el Lobo de Plata Nevado no había sido del todo creíble, así que se había estrujado el cerebro buscando maneras de reforzar su coartada.

Siegfried también necesitaba mantener distancia con sus compañeros. Si se quedaba en algún lugar cercano o fácil de localizar, no cabía duda de que algunos miembros del clan, preocupados, irían a buscarlo para intentar convencerlo de que regresara. Reducir al mínimo cualquier interferencia molesta por parte de sus amigos era esencial.

—¿De verdad crees que van a venderme esta cosa tan fácilmente? —dijo Siegfried—. Ya les arruiné el negocio una vez. Pensé que serían mucho más cautelosos conmigo.

Siegfried lanzó una mirada a una pequeña bolsa que había arrojado al suelo. Dentro había decenas de láminas de Kykeon. Antes, había visitado a uno de los subordinados del Vizconde Besigheim que vendía Kykeon para ganarse unas monedas extra, y se lo habían vendido sin pestañear.

—Oye, dale las gracias a tu actuación por eso, —dijo Erich—. Ellos también te investigaron antes, ¿recuerdas? Apuesto a que creen que estás desesperado por más Kykeon después de que te empaparan con esa cosa durante la redada.

—Mmm, sí, bueno… intenté vender la actuación yendo a uno de sus antros y bebiendo una tonelada de alcohol con ellos. La verdad es que no aguanto mucho, así que me preocupaba meter la pata. Pero, viejo, no me emborraché nada. ¡Tuve que exagerar! Me estaba cagando encima del miedo pensando si se darían cuenta de que estaba fingiendo.

El público no tenía ni idea de por qué exactamente Siegfried y Erich se habían peleado, pero lo que sí sabían era que uno de los cuatro miembros clave responsables de acabar con el Caballero Infernal había abandonado a su grupo y a su clan.

Siegfried había dejado que las masas elaboraran sus propias teorías sobre su partida; él estaba ocupado avanzando a buen ritmo en recomponer el panorama general de los tratos de Kykeon en Marsheim. En los últimos tres días, había empezado asegurando una habitación en esa posada y luego yendo a una taberna destartalada para comprar bebida tras bebida y ahogar sus penas. Para rematar, había fingido que solo una nueva dosis de Kykeon podía hacerle olvidar su dolor.

Había sido un auténtico shock ver lo fácil que había resultado comprar un buen fajo de Kykeon. Él era un aventurero directo; pensaba que habría sido más rápido lidiar con el vendedor denunciándolo a la guardia. Sin embargo, en el fondo sabía que arrestar a uno de los hombres del Vizconde Besigheim no resolvería el problema general al que se enfrentaba Marsheim.

—¿Cómo te las arreglaste para fingirlo? —dijo Erich—. Siempre sé cuándo estás borracho: la sangre se te sube a las mejillas.

—Bueno… contuve la respiración e hice que se pusieran rojas así.

—¿A la fuerza bruta, eh?

—Cállate. En fin, ¿ya arreglaste alguna forma de que me deshaga de esta mierda?

La maniobra del aspirante a héroe había funcionado hasta el momento, pero estaba jugando a largo plazo. Si alguien entraba en su habitación y encontraba el fajo intacto, se preguntaría si de verdad estaba tan acabado como decía estarlo.

—Sí, contamos con el apoyo total del Clan Baldur. Se asegurarán de que no quede ni rastro. Deja el Kykeon bajo la almohada y alguien pasará a recogerlo mientras estés fuera. Se encargarán de deshacerse de ello de forma segura.

—Eso sí que es un alivio. No es algo que puedas simplemente tirar al fuego como si fuera basura común, ¿eh?

Erich había movido algunos hilos entre bambalinas para involucrar al Clan Baldur en su plan. Uno de los aspectos en los que ayudarían era en deshacerse del Kykeon de una manera químicamente segura. No podían dejarlo tirado por ahí para que otra persona lo recogiera y lo usara. Prenderle fuego no lo neutralizaría; si alguien inhalaba el humo, quién sabía qué clase de desastre podría producirse. Tampoco se sabía qué ocurriría si se desechaba en el río. A Kaya le habría llevado demasiado tiempo neutralizarlo personalmente, así que Erich no tuvo más remedio que acudir a los profesionales y pedirles que idearan una herramienta que acelerara el proceso.

Por suerte, no solo los traficantes de Kykeon estaban invadiendo el territorio de Nanna, sino que ella también tenía razones personales para querer erradicar la droga de Ende Erde. Dio su consentimiento para deshacerse de la mercancía de forma segura sin dudarlo un instante.

Nanna le había dicho a Erich que había adquirido práctica en neutralizar drogas como esa. Erich confió en su palabra. Su tiempo en el Colegio la había dejado íntimamente familiarizada con la forma correcta de deshacerse de las creaciones fallidas tanto suyas como de su maestra, siempre cumpliendo estrictamente con las normas. Algunos magos sin nombre del Corredor de los Magos simplemente arrojaban cualquier brebaje no deseado a las alcantarillas —la prueba de ello podía verse en alguna que otra rata desafortunada que aparecía muerta, con espuma de colores cubriéndole el hocico—, pero deshacerse de malos primeros borradores dentro del campus del Colegio era prácticamente lo mismo que traficar con contrabando. Allí tenían que seguir el reglamento al pie de la letra. A Erich le tranquilizaba saber que contaba con alguien experimentado para encargarse de la eliminación.

—Por cierto, Kaya dijo que debería terminar esa poción en uno o dos días, —comentó Erich—. Le estaba costando un poco. Al parecer, hacer que una persona sana parezca enferma es mucho más difícil que hacer que una piel poco saludable se vea sana.

—Sí, pero sería raro que un drogadicto se viera completamente bien, —dijo Siegfried—. Dile que le doy las gracias de mi parte.

—Me hizo probar uno de los prototipos. ¡Mi cara se puso morada! Espero que no estuviera tratando de vengarse de mí por enviarte a esta misión…

Siegfried no pudo contener la risa. La imagen de Erich, siempre tan refinado y elegante, con esa sonrisa imborrable en los labios, luciendo una complexión color berenjena, era desternillante. Para un observador externo, Kaya parecía una joven recatada a la que le gustaba seguir la corriente, pero en realidad tenía una personalidad fuerte bajo esa fachada. Cuando se enfadaba, lo hacía de verdad. Siegfried no pudo evitar sonreír ante lo que con toda probabilidad había sido un acto deliberado de represalia por parte de Kaya.

Ricitos de Oro debió de percibir que Siegfried se doblaba de risa, con la única pena de no poder verlo con sus propios ojos. Soltó un largo y profundo suspiro, pero no reprendió a su camarada. Después de todo, ese regodeo no le era del todo ajeno; lo más probable es que él hubiera reaccionado de la misma manera si la compostura fría de Agripina se viera arruinada por algo igual de embarazoso.

—En fin, —dijo Erich—, los preparativos para que te infiltras en los márgenes de Diablo avanzan a buen ritmo. El Clan Baldur te preparará algunos clientes falsos. La Señorita Laurentius enviará a algunos de sus miembros más intimidantes y discretos.

—Gracias, me ayudas mucho. Estar solo… no sé, me pone inquieto. Sé que yo propuse esto y sé que Margit está vigilando desde lejos… pero aun así.

Siegfried se dio cuenta de que, ahora que estaba solo en aquella habitación, no había pasado ni una sola vez completamente por su cuenta desde que se había convertido en aventurero. Desde el momento en que había pateado el cartel de Illfurth al marcharse de allí, Kaya había estado a su lado. Tras su primer verano en Marsheim, conoció a Erich y a Margit, y no pasó mucho tiempo antes de que empezaran a trabajar juntos. En los últimos meses, cada vez más novatos se habían unido a su clan. Siegfried se había acostumbrado a la animada vida de la Hermandad incluso antes de darse cuenta. Había olvidado lo silencioso que podía ser estar solo en una habitación. La sensación de soledad y aislamiento se le retorció en el estómago, manteniéndolo despierto durante toda la primera noche que pasó allí.

—No estarás solo por mucho tiempo. Conseguí que Nanna hablara con la Heilbronn Familie y lograron asegurar una pequeña base cerca de ahí. Le eché un vistazo y no estaba nada mal. Bueno, algunas tablas del suelo están bastante podridas, así que tuve que andar con cuidado…

—Entendido. No te fallaré. Pero… el Clan Laurentius está lleno de gente que da miedo. No me mirarán por encima del hombro, ¿verdad…?

Siegfried no sabía por qué se encontraba desahogándose con esas preocupaciones tontas y vergonzosas ante el hombre al que aún aspiraba a superar.

Ambos habían esbozado un plan aproximado antes de la pelea en la taberna, y Siegfried sabía que estaba pensado para ser bastante sólido. Mientras estuviera infiltrado, uno de sus cometidos era intentar reducir la cantidad de Kykeon que pasaba por manos de los ciudadanos de Marsheim, realizando ventas falsas a clientes que en realidad estaban aliados en secreto con el Clan Baldur. Además, varios agentes de confianza de Laurentius también fingirían desertar de su clan. Estos miembros de mentalidad independiente se asegurarían de que pudiera dormir sin temor a ser atacado durante la noche.

Y aun así, le aterraba asumir un trabajo tan importante por su cuenta.

—No tienes que preocuparte por eso, —dijo Erich—. Son gente dura, atraída por el espíritu guerrero de la Señorita Laurentius. Salvo los novatos de verdad, saben juzgar la valía de un combatiente. Te garantizo que ninguno te subestimará.

—Supongo, pero vamos, tienes que admitir que tienen una pinta que asusta a los chiquillos. ¿No se enfadarán por recibir órdenes de un enano como yo?

—Bueno… en ese aspecto no puedo darte ninguna garantía.

Siegfried sintió cómo el peso en su pecho se aligeraba simplemente por tener a alguien dispuesto a escuchar sus quejas.

Erich percibió la timidez poco habitual de su camarada y anunció que enviaría a algunos miembros de la Hermandad para ayudarlo.

—¿Eh? —dijo Siegfried—. ¿Vas a mandar a Gerrit y a Karsten?

—Sí. Gerrit es un chico de fiar. Además, sabe leer, escribir y hacer cuentas. Como te dije ayer, era nuestro topo, pero tiene una educación decente. Karsten también sabe reaccionar rápido. Te admiran, así que estoy seguro de que serán de gran ayuda.

Siegfried no quería involucrar a nadie del clan y había decidido infiltrarse solo. Pero Erich se dio cuenta, después de que Siegfried se marchara, de que resultaría extraño que el segundo al mando, tan querido por todos, no tuviera a nadie que se pusiera de su lado. No hizo falta investigar mucho para saber que el aventurero con la cicatriz en la mejilla era el «hermano mayor» de todos los novatos del clan. No tendría ningún sentido que nadie lo hubiera seguido, y menos aún que nadie de los primeros tiempos del clan lo hiciera.

—Me alegra tener ayuda, pero ¿cómo los convenciste de venir sin revelar el plan?

—Les dije dónde estabas de una manera indirecta. Básicamente, hice que vinieran a buscarte por su propia voluntad. No es la primera vez que logro que la gente haga lo que quiero.

Erich había decidido que Mathieu y Etan eran demasiado honestos para su propio bien, así que optó por sembrar la idea de seguir a Siegfried en Gerrit, que ya tenía experiencia en este tipo de asuntos, y en Karsten, quien había aprendido a abrirse camino en el mundo gracias a la actitud general del público hacia los goblins. Cuando se reunieran con Siegfried, él los pondría al tanto de la situación. Erich estaba seguro de que ambos podrían trabajar eficazmente junto a Siegfried mientras actuaban de incógnito.

—Y, pensando a largo plazo, —continuó Erich—, creí que sería mejor que un par de personas estuvieran al tanto del plan. Quiero decir, ayudarán a suavizar las cosas cuando tengamos que decir la verdad una vez que todo esté resuelto.

—Entendido. Entonces buscaré el momento adecuado para explicárselo.

—Rayos… Etan y los demás me están molestando todos los días preguntando a dónde se fue su «hermano». Ha sido un dolor de cabeza inventar por qué peleamos, ¿sabes?

La pelea había sido seria. No serviría de nada que Erich y Siegfried aparecieran de repente, con los brazos sobre los hombros del otro, diciendo que todo había sido una gran broma. El clan los rodearía y los molería a golpes, y con toda razón. Casi todo el clan estaba a oscuras, y de verdad creían que el hogar que habían encontrado para sí mismos se estaba desmoronando.

La tensión que eso estaba imponiendo al clan y a la moral de todos ya era evidente.

Tanto Erich como Siegfried sabían que aquello era una bomba de tiempo, esperando estallar en el momento en que la crisis del Kykeon se resolviera de forma segura y definitiva. Quizá no había sido la decisión más sensata dejar que alguien que llevaba dos noches sin dormir y otro que siempre tenía la cabeza en las nubes pensando en cómo parecerse a los héroes que admiraba idearan un plan sobrio y razonable…

—Hazme caso, —dijo Erich—, prepárate para recibir al menos un buen golpe de cada uno de tus Hermanos.

—Sí… vamos a tener que disculparnos bastante.

El ambiente entre ambos se había vuelto algo sombrío y ya era tarde, así que Siegfried anunció que esperaría hasta su próxima comunicación antes de desmontar el collar y volver a esconderlo bajo su camisa. Lanzó la aguja y su hilo por la ventana, y estos se desvanecieron en la oscuridad de la noche. Nadie encontraría ni un solo rastro de su conversación.

Siegfried luchó con la ventana torcida durante unos minutos, sin éxito. Golpeó el marco con un chasquido de fastidio y luego se fue a la cama, cubriéndose con la capa. Se aseguró de llevar consigo una daga y de dejar su espada apoyada en el poste más cercano de la cama.

No había pasado tanto tiempo desde que había comprado la cama para el lugar que compartía con Kaya, pero ya la extrañaba. El joven aspirante a héroe reafirmó su determinación de llevar su misión a un final limpio y ordenado antes de quedarse dormido.

 

[Consejos] Engañar a tus aliados para engañar a tus enemigos puede ser eficaz, pero debes ser consciente del daño que eso causará a los aliados a quienes engañes. Hay algunos maestros de juego que adoptan la actitud de «si es interesante, todo vale», así que no los culpes si empiezan a fomentar algo de JcJ. 

 

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