Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 9 Canto 2. Principios de Otoño del Decimoséptimo Año Parte 5
Schnee soltó un gran bostezo felino mientras se estiraba desde su lugar en el techo del Lobo de Plata Nevado.
El clima era encantador. Tal vez el Dios Sol estuviera de buen humor, pues el sol del final de la tarde calentaba la tierra. Con ansiosa expectación por su esposa, vestida con el esplendor otoñal, el Dios del Viento y las Nubes había puesto en movimiento una brisa templada; en conjunto, el clima perfecto para una siesta.
Habían pasado diez días desde que Schnee fue emboscada y posteriormente hospitalizada por quienes intentaron asesinarla. Ayer se había hartado por completo del reposo en cama y le había dicho a Kaya que, si no salía pronto al exterior, iba a terminar siendo más alga que persona. Por fin había conseguido un tiempo valioso al aire libre y lo estaba aprovechando para echar una siesta bañada por el sol.
Tal vez gracias a sus músculos bubastisianos más resistentes, no tuvo mayores dificultades para saltar hasta el techo, pese a no haberse movido demasiado durante días.
—Nii jee, los diose’ están en su cielo y esta gata está a gu’to en el techo… Qué perfección.
Schnee se había despojado de la bata de hospital y estaba sentada con las piernas cruzadas sobre el techo. Alzó una pierna y comenzó a rascarse detrás de la oreja con la pata trasera. Evidentemente podría haber usado la mano, pero la fuerza extra de las piernas hacía que la experiencia fuera mucho más placentera. Sería difícil encontrar a un bubastisiano que no lo prefiriera así.
—Pero aun así se siente un poco raro. Tengo que tener cuida’o de no e’tirar demasia’o la pancita…
Un mensch que hubiera pasado el mismo tiempo en cama probablemente tendría mil nudos en el cuello. Aunque Schnee no estaba tan rígida, le inquietaba notar que su cuerpo no se sentía del todo como de costumbre.
Un informante se ganaba la vida siguiendo pistas. Schnee siempre tenía que estar ágil, y eso seguía siendo tan cierto ahora como en sus días, según ella misma, de «vendedora de rumores». Seguir a alguien o perderlo requería instintos rápidos, sobre todo cuando debía moverse entre multitudes que abrumarían con facilidad a cualquier mensch promedio. Cada hora despierta del día debía ser una oportunidad para pulir su oficio.
Diez días en cama eran más que suficientes para embotar su filo. Más aún después de que Kaya no tuviera otra opción que inyectarle un brebaje para dormir tras los primeros intentos de fuga de Schnee. Mientras disfrutaba del sol de la tarde, una ansiedad le cosquilleaba en el fondo de la mente: normalmente habría llegado aquí quince segundos más rápido.
—Muy bien… ¿cuánto tiempo piensa’ e’piar a esta chica? ¿Va’ a hablarme o pue’o cerrar lo’ ojito’?
Aunque su destreza física se había atenuado un poco, sus sentidos no lo habían hecho. Su mente ronroneaba sin problema alguno, amasando constantemente el intrincado tapiz de teorías y análisis que impulsaban su trabajo, y siempre estaba al tanto de los asuntos de la persona al otro lado del muro, detrás de la puerta o en el jardín cercano.
Para un observador, podría parecer que Schnee murmuraba para sí misma, con palabras más ligeras que el aire, pero quien las recibía sabía perfectamente a quién iban dirigidas.
—Así que me descubriste, ¿eh, gata?
—Con la sangre ape’tándote así, no tiene’ el colmillo pa’ colarte sin que el olfato de e’ta gatita callejera te detecte, —respondió Schnee—. Ajá… Tú no e’taba’ en el solar el otro día, ¿verdad?
Una figura se deslizó fuera de la sombra de uno de los pequeños aleros del techo. Era una mujer alta, adornada con encantadores volantes y encajes.
—Un gu’to conocerte. Me llamo Schnee. Soy informante, aunque apo’taría a que eso ya lo sabía’.
—No tengo nombre que ofrecer, pero te presento mis saludos. Los mereces. Es realmente raro que uno de mis objetivos viva para ver un día más.
Mientras la bubastisiana seguía sentada con toda tranquilidad, la cola balanceándose, la asesina hizo una reverencia cortés. Juntó los tacones de sus botas —unos tacones terriblemente altos, y Schnee no pudo evitar preguntarse cómo había logrado trepar al techo con ellos— y se inclinó de una forma normalmente reservada para los hombres. La extraña yuxtaposición de aquella reverencia con su vestimenta infantil y su elevada estatura transmitía un encanto peculiar.
—Eres bastante valiente al exponerte así. ¿No preferirías quedarte dentro, donde puedes acechar en parajes más… nevados? —dijo la asesina.
—Mira na’ má’, ¿te da miedo el viejo John? ¡Pensé que lo’ asesino’ eran profesionale’ en matar y escabullirse!
Schnee ya había construido un perfil general de sus atacantes.
Resultaba ridículo lo poco concreto que había para trabajar. Abundaban los rumores sobre una manada de demonios en Ende Erde que, milagrosamente, había evitado cargar con una recompensa sobre sus cabezas. Así como nadie conocía los nombres de la cúpula de Exilrat, y así como nadie tenía pruebas de las descaradas fechorías de Nanna, del Clan Baldur, y de Stefano, de la Heilbronn Familie, este grupo también había ocultado todo rastro de sus actos.
Eran ágiles y sigilosos; sus habilidades pulidas les habían permitido no solo tomar a Schnee por sorpresa, sino también perseguirla por Marsheim sin perderla en ningún momento.
Este grupo no se parecía en nada a los asesinos autoproclamados con los que uno podía codearse por el precio adecuado. Eran ejecutores tan impecables en sus métodos que sus objetivos abandonaban este mundo sin dejar la menor señal de juego sucio. Eran las madres de la muerte moderna.
Solo dos tipos de personas llegaban a un lugar de prestigio tan sombrío: los agentes clandestinos de un noble verdaderamente acaudalado, y esos raros individuos que simplemente se deslizaban por las grietas de la sociedad y salían al otro lado convertidos en depredadores por necesidad, con la presión de la desesperación absoluta revelando su don para el arte del delito.
Schnee había deducido, a partir de lo poco que ya sabía y de los rumores informes que pudo reunir, una imagen del enemigo que tenía delante. Erich probablemente habría etiquetado ese razonamiento con algún término de juegos de rol de mesa como Acierto Pleno o Análisis de Información. Mientras que en una mesa uno podría arrancarle esa información al Maestro del Juego con una tirada de dados exitosa, la informante había escarbado en sus recuerdos de todo lo visto y oído, filtrando la verdad de la escoria, y había compilado una imagen en la que podía confiar.
—¿Oh? ¿Entonce’ tenía razón? Nee jee jee, de’de luego, to’ rumor vale la pena inve’tigarlo.
La mujer de atuendo elegante resopló en respuesta, como si se quitara de encima una broma de mal gusto.
A este paso, no le quedaría ningún motivo para haber mostrado su mano en ese momento. Schnee no vaciló ni un ápice. Estaba claro que la informante había trazado una estratagema para asegurarse de que, incluso con su muerte, los engranajes siguieran girando. Lo único que conseguirían al abatirla sería otro escenario del crimen que borrar.
La asesina lo sabía: Schnee no se había expuesto por un impulso estúpido. Se había puesto a la vista para atraer a su enemiga y extraer información, aun a costa de ponerse en peligro.
—¿Sabe’? Me deja’ sorprendi’a, —continuó Schnee—. Nunca pensé que daría’ la cara. Creí que no volvería a verte de’pué’ de que me hiciera’ el favor de atacarme por sorpresa.
—Soy… una asesina dotada, pero mi ocupación principal se encuentra en otra parte. Si surge la necesidad, puedo recurrir a la intimidación.
La asesina movió el brazo como si blandiera un bate, pese a tener las manos vacías. Como surgidos de la nada, dos bultos envueltos aparecieron y rodaron por el techo hasta caer en la canaleta. Entre las aberturas de la tela, Schnee alcanzó a ver dos cabezas.
—Vaya, qué regalazo.
Schnee reconoció de inmediato aquellos rostros: eran los dos esbirros del Vizconde Besigheim que Siegfried había utilizado para iniciar su investigación sobre el comercio de Kykeon.
—No sé qué decir; e’ todo tan repentino, dejármelo’ caer así en el regazo, —prosiguió Schnee.
—Y yo que pensaba que había llegado un poco tarde.
A la asesina le habría gustado chasquear la lengua con disgusto, de haber tenido ese lujo.
Para trazar un plan alternativo, había pasado por alto a su cliente y acudido a su empleador común con un puñado de quejas. Eso estaba bien, pero el problema fue la demora: su método de comunicación no permitía respuestas inmediatas, y debía atravesar una maraña de canales largos y enrevesados para preservar el anonimato de la red de información. Sabía que un solo agujero podía provocar la ruina total de la organización, pero aquella red estaba sobrecargada de intrigas e intermediarios.
—Así que vini’te a silenciarme y, de paso, ganar alguno’ punto’ extra, —dijo Schnee—. Te está’ esforzando de lo lindo por tu cliente, ¿eh?
Schnee dio una patada rápida y sacó las cabezas de la canaleta. Describieron un hermoso arco en el aire antes de desaparecer dentro de un contenedor de basura que alguien había dejado abierto con desgana. Estaba lleno de desperdicios de varias tabernas —principalmente sobras y partes incomibles—, y las cabezas sin duda se perderían entre ellos cuando las llevaran al montón de compost. Nadie rezaría por ellas mientras se descomponían de regreso a la tierra.
—Mi cliente e’ ba’tante impaciente, me temo, —continuó Schnee—. Ya pasó de esto’ idiota’ a un objetivo con má’ sustancia. Apue’to a que te dijeron que todavía no lo matara’. ¿A que sí?
Siguió un breve silencio. El rostro de la asesina no mostró emoción alguna, pero su negativa a responder decía mucho sobre el desprecio que sentía por los límites que su organización imponía a su libertad de acción.
De no ser por las cadenas del poder jerárquico, la asesina habría eliminado por sí misma al objetivo al que debería haber estado persiguiendo desde el principio. Pero toda Ende Erde era el tablero del gran plan de su mecenas, y ciertas piezas debían permanecer tal como estaban. No convenía matar a ningún jugador que aún estuviera en el centro del escenario.
Habían supuesto que los aventureros harían lo que mejor saben hacer: sentarse y esperar el momento óptimo para actuar. Jamás imaginaron que el grupo enemigo se fragmentaría y comenzaría a tantear sus puntos débiles. La asesina llevaba tiempo preguntándose qué significaba tener la determinación de salir a aventurarse, pero ahora parecía estar viéndolo de primera mano: el temple que ella creía exclusivo de los verdaderos aventureros de una era ya pasada.
El tipo de aventurero contemporáneo debería haber sido como los que existieron en la Era de los Dioses. Se suponía que eran creyentes firmes en altos ideales, impulsados a actuar conforme a ellos incluso si eso significaba enfrentarse a quienes ostentaban el poder. Un aventurero como es debido no dudaría en recurrir a métodos más sucios si con ello, en el juicio final, el bien prevalecía.
Se suponía que debían ser paradigmas que deslumbraran con un brillo tan intenso como el del Dios Sol en aquella cálida tarde.
—Gata… Les diste información. He investigado por mi cuenta. Las casas nobles implicadas no son solo las…
—No son solo la’ tre’ que mencioné, lo sé. El Conde Pforzheim y el Vi’conde Liebentwell también e’tán marca’o’, ¿verdad? Pero quién sabe qué haría un puña’o de aventurero’ si le’ dijera que eso’ do’ son malva’o’ ha’ta la médula. Si lo’ lanzara también contra ello’, no sería distinto de lo que le’ pasó a eso’ do’.
Schnee señaló el contenedor de basura con la barbilla, dando a entender que era una pregunta que no hacía falta formular. Sus orejas se aplastaron contra la cabeza, una señal de desagrado o cautela. Esta vez era lo primero.
Un informante traficaba con información que debía tratarse con el máximo cuidado. La propia vida de Schnee había quedado arruinada por información pobre; sabía de primera mano lo importante que era jugar bien las cartas que se tienen. Una sola frase, incluso una palabra fuera de lugar, podía crecer como una bola de nieve. Había que asegurarse de que la persona a la que se le entregaba la información no saliera corriendo con ella para montar un desastre.
Ese Ricitos de Oro Erich no era irascible en sí, pero confiaba demasiado en resolver los problemas con la espada. Solo eran rumores, pero al parecer había enseñado con descaro a los miembros de su clan máximas como «al final del día, no dejes supervivientes» o «a través de la victoria nos ganamos el derecho a morir los últimos».
Entregarle un objetivo a alguien así, que abatiría a un villano si eso engrasaba los engranajes de la campaña general, arruinaría el tono de la aventura.
—Entonce’, ¿qué va’ a hacer? —dijo Schnee—. Si quiere’ mi cabeza, te la serviré en bandeja. Aunque dudo que el que yo siga re’pirando a esta’ altura’ vaya a cambiar gran cosa.
—Tch… Los gatos sí que son criaturas escurridizas.
Por fin escapó un chasquido de desaprobación de los labios de la asesina.
Schnee no había decidido morir, ni mucho menos. Simplemente sabía que su muerte acabaría produciendo un saldo positivo.
De hecho, la informante se había tomado muchas molestias para asegurarse contra su propia desaparición. El instante de su muerte pondría ruedas en movimiento que garantizarían que siguiera siendo una molestia mucho más allá de la tumba.
Había documentos que se harían públicos si no acudía a su reunión mensual; una caja fuerte llena de pruebas de corrupción se abriría si de repente se interrumpían sus pagos a la Asociación de Aventureros. Había forjado vínculos con aventureros con los que compartía secretos que saldrían a la luz si cualquiera de las partes encontraba un final prematuro. Todas estas medidas la protegían.
Si Schnee hubiera muerto cuando escapó de la mansión del barón, probablemente nada de esto habría marcado una gran diferencia. En aquel entonces no tenía en su poder una auténtica bomba capaz de incendiar Marsheim.
Ahora era distinto. Había enviado varias de esas «bombas» a distintos lugares que, en caso de su muerte imprevista, causarían problemas no solo a los peces gordos locales, sino también al Margrave Marsheim. Schnee sostenía la mecha, y era precisamente eso lo que la mantenía a salvo.
Esta asesina era lo bastante inteligente como para saber que ya no podía completar el encargo.
Ella había matado a innumerables víctimas en el pasado y jamás había permitido que su cliente hiciera todo el trabajo pesado en la investigación. Siempre se aseguraba de estudiar a sus objetivos por cuenta propia. La ideología predilecta de Ricitos de Oro —«todo puede resolverse mediante la violencia»— tenía, eso sí, algunas excepciones. Por eso la asesina había acudido a Schnee proclamando que había visto a través de todos sus planes, con la esperanza de intimidarlos y forzarlos a la inacción. Sin embargo, ahora se había formado una cadena de intereses mutuos. Ya era demasiado tarde para apretar una cadena alrededor del cuello de Schnee o siquiera atarle las muñecas con una cuerda.
No había nada más aterrador que alguien que no tuviera nada que perder. Esa regla se aplicaba a todos los ámbitos de la vida.
No, esta gata iba un paso más allá. Era una espina clavada en su costado que no tenía más remedio que soportar.
—¿Oh? ¿Ya te va’ a casa?
—Así es. Ya te he dado mi advertencia, —respondió la asesina—. Además, tu actitud ha dejado al descubierto el alcance general de tus actividades. Haré mis propias averiguaciones con estas dos manos.
—¿Segura? No haría daño volver con una cabeza extra en la bolsa.
Mientras Schnee soltaba su habitual risa, marcadamente felina, la asesina se dio la vuelta para marcharse.
No convenía enfurecer al dueño del Lobo de Plata Nevado. John estaba un peldaño por debajo de Fidelio en términos de poder puro, pero muchos aventureros respetados habían pasado bajo su techo y su cuidado. Su red no debía subestimarse: bastaría un solo aullido para reunir a los héroes que habían partido de Marsheim y hacerlos volver a proteger su antiguo hogar. Esa posibilidad superaba con creces el valor de la cabeza de una informante.
—Dile al posadero que le envío mis saludos. Y que esta vez no rompí ni una sola teja del techo.
—Entendi’o, —dijo Schnee, despidiendo alegremente a la asesina con la mano.
La mujer pareció desvanecerse en el aire, pese a lo llamativo de su atuendo y a la aguda percepción de Schnee. Durante un rato, Schnee irguió las orejas y escuchó los débiles sonidos del viento y de los pájaros, solo para confirmar que la asesina no regresaría. Luego se dejó caer hacia atrás, y el miedo que había estado conteniendo por fin afloró.
—Cielo’ bendito’… eso sí que me puso el pelo de punta… ¿esa mujer e’ realmente mensch?
Los bubastisianos solo tenían glándulas sudoríparas en las almohadillas de las patas; Schnee sintió que las manos le picaban por el sudor del estrés. Tenía la boca seca por la tensión. Le dolía la mandíbula.
Schnee había puesto un cuidado extremo en no provocar que la mujer le separara la cabeza de los hombros. Por supuesto, había entrado en la situación sabiendo con exactitud lo ínfimamente improbable que era salir de allí de una sola pieza, pero saberlo y estar realmente preparada eran dos cosas distintas, y su pobre corazón distinguía bien entre ambas.
Personas como esa mujer —aquellas cuya fe en sus propias capacidades era verdaderamente inquebrantable— podían convertirse con facilidad en máquinas de matar si con ello reducían las molestias generales que debían soportar. En muchos casos, sus circunstancias personales no importaban en absoluto: bastaba un solo rencor para cambiarles el ánimo por completo. Comprendían que, si simplemente arrojaban por la borda su moral, su pasado y a sus amigos, el asesinato de una sola alimaña podía asegurar la muerte de cientos más en el futuro.
—Hacer mi’ averiguacione’ va a ser un poco má’ complica’o ahora… Un perro salvaje ya da miedo, pero ella e’ un auténtico lobo terrible… ¿Quién demonio’ habrá podi’o ponerle una correa?
Los faroles solían ser más efectivos que el dinero o las dagas para sacar información, pero si jugabas mal tus cartas podías acabar acortando tu vida. Schnee maldijo su propia imprudencia. La sed de sangre de la asesina ya se había desvanecido hacía rato, pero el corazón de Schnee seguía latiendo a toda velocidad.
El riesgo era inherente a un farol. A cambio de poner tu vida en juego, obtenías datos sólidos. Schnee solo había tenido un fragmento de información, y quizá había sido eso lo que le salvó la vida. Supuso que, si la asesina conocía a John, no haría nada ilegal mientras estuvieran en su tejado. Elegir subir allí había sido un riesgo real, pero le había proporcionado un dato bastante valioso.
—¿Aún le quedan sentimiento’, quizá? No pensé que siguiera siendo de la’ que quieren dejarle un mensajito a John. Creo que valdrá la pena hacer un poco de inve’tigación nocturna…
Esa noche, Schnee aprendería una dura lección. Se decía que ponerle un cascabel al collar de un gato atraía el peligro, pero Schnee no había notado el hilo mágico invisible que conectaba su propio cuello con el cascabel junto a su cama. Kaya lo había colocado para asegurarse de que descansara bien, y así la informante que rompía el toque de queda tuvo que soportar una dolorosa reprimenda que le sacó lágrimas.
[Consejos] Las intrigas y conspiraciones son algo común en el Imperio, por lo que los asesinos suelen recibir encargos muy específicos: si el trabajo debe llevarse a cabo en secreto o no. Hay casos en los que no es necesario ocultar el asesinato. Sin embargo, también existen otros en los que, durante un tiempo, nadie puede saber siquiera que alguien ha muerto. Tales solicitudes provienen de clientes interesados en herencias. Si pueden falsear la fecha de muerte de una persona, pueden asegurarse una ventaja en las inevitables discusiones sobre quién es el heredero más digno. En estos casos, la imposibilidad de verificar el momento de la muerte puede tener efectos incluso mayores que la muerte en sí.
Un hombre entró en el almacén —alguien que ni siquiera merecía ser nombrado— y se quedó atónito ante lo que vio. ¿Quién habría imaginado que el cambio sería tan rápido?
—Llegas una hora tarde. ¿No vas a disculparte? —dijo el joven al proveedor de Kykeon.
Quien había hablado estaba sentado en medio del almacén. El proveedor se estremeció al ver su aspecto andrajoso. Su rostro marchito dejaba claro, sin lugar a dudas, que el Kykeon era una droga para vender, no para consumir. Su ropa estaba sucia y sin lavar; sus zapatos no hacían juego y le quedaban mal. Tenía profundas ojeras negras bajo unos pómulos hundidos. Sus párpados caídos cubrían parcialmente unos ojos que brillaban con una amenaza apagada. Tenía la palidez de un enfermo postrado en cama.
Ese era el lamentable estado de una de las estrellas más recientes de Marsheim. El proveedor sintió a la vez lástima y miedo al ver hasta qué punto había caído. La advertencia de sus superiores —nunca consumir tu propia mercancía— nunca había sido tan clara.
—Lo siento, —dijo el proveedor—. Las patrullas se han vuelto más estrictas últimamente. Ya se han llevado a varios distribuidores, así que tengo que ser cuidadoso.
—¿Estás perdiendo el tiempo? ¿De verdad crees que eso es una buena excusa para hacerme esperar?
Los efectos perjudiciales del Kykeon no se detenían en el cuerpo. Volvía a la gente impaciente, inquieta. El hombre tenía la rodilla apretada contra el pecho, su pierna tan delgada como un palo. El pie le temblaba. Era evidente que la droga estaba deteriorando su estado mental.
—¡Sí, pero ¿qué podía hacer yo?! No ha habido ningún anuncio oficial para arrestar a los distribuidores, pero cada vez hay más aventureros rondando por las calles, ¿sabes? Igual que tu viejo amigo.
Ante esas últimas palabras, el joven demacrado —el aventurero caído conocido como Siegfried— escupió con fuerza, con las fosas nasales dilatadas. No, no era solo saliva: en la expectoración se mezclaban restos de Kykeon sin disolver.
—¿Qué mierda tiene que ver esa basura humana chupasangre llamada Ricitos de Oro con nuestros asuntos?
—Está bien, está bien, lo siento. Te haré un descuento del cinco por ciento por hoja. ¿Trato hecho?
Siegfried se había convertido en uno de los distribuidores de Kykeon de Marsheim, pero para este vendedor estaba claro que él también consumía. Algunos de los distribuidores en los niveles más bajos de la red acababan como Siegfried, pero aun así era impactante ver a alguien aclamado como un héroe local caer tan bajo. Siegfried no era más que un eslabón en la cadena, pero aun así el proveedor sintió cierta superioridad, olvidando por un momento que él mismo estaba en el mismo negocio.
El proveedor odiaba a los aventureros. ¡La gente los idolatraba en canciones e historias solo por ser más inútiles laboralmente que la mayoría! Para él, no eran muy distintos de los vendedores de su propio cuerpo en los burdeles más bajos de la ciudad.
—¿Qué demonios te crees que soy? —dijo Siegfried—. Diez por ciento.
—Está bien, está bien. Trato hecho.
Al ver al aventurero caído, el vendedor se dijo que aquel mocoso simplemente había agotado su suerte en el breve lapso de su carrera, por muy excepcional que hubiera sido en su momento. Impulsado por ese sentimiento de superioridad, aceptó sin problemas la contraoferta de Siegfried.
—Mi dinero. Entrégalo.
—Aquí tienes…
Un goblin claramente disgustado se acercó a Siegfried y le entregó una bolsa de aspecto pesado.
—Tendré que comprobar la cantidad, —dijo el proveedor.
—¿Crees que intentaría estafarte después de todo esto?
La bolsa estaba llena de monedas de plata. Estaban rayadas y viejas, lo que significaba que valían menos que su valor nominal, pero según el conteo del proveedor, había suficiente.
—El dinero está limpio, —continuó Siegfried—. Ya ha pasado por al menos dos manos. No tienes que preocuparte de que pueda rastrearse con magia o milagros.
—Entendido. Toma, tu cambio por nuestro pequeño descuento.
El proveedor asintió satisfecho, contento de que el dinero hubiera sido debidamente blanqueado. Si había pasado por dos intermediarios, entonces, incluso si quedaban rastros de maná o magia identificadora, sería imposible determinar con exactitud el propósito por el cual había cambiado de manos.
Los distribuidores de Kykeon manejaban dinero mucho más sucio que ese, pero era mejor trabajar con dinero blanqueado tanto desde un punto de vista económico como práctico.
El hombre ni siquiera intentó ocultar su satisfacción y juntó las manos con entusiasmo. Su subordinado, que esperaba afuera, entró con un equipaje desde el carro. Frente a Siegfried colocaron una cesta de mimbre llena de ropa; naturalmente, el Kykeon estaba oculto en las mangas y en un compartimento secreto.
El proveedor había estado tan distraído por el lamentable y patético estado de Siegfried que no se dio cuenta de la única irregularidad en todo el trato. Este exaventurero estaba claramente arruinado en cuerpo y mente por el Kykeon, así que ¿cómo había conseguido reunir tanto dinero limpio? ¿Cómo había asegurado puntos de venta seguros, vendido muy por encima de su cuota y evitado ser capturado cuando cada día aumentaban las redadas en busca de esa sustancia? Si hubiera estado un poco menos emocionado al ver la ruina de aquel joven, quizá se habría dado cuenta de que un auténtico despojo humano jamás podría haberse convertido en un traficante tan competente.
Y eso no era todo lo que el proveedor había pasado por alto. Embriagado por su propia satisfacción, no notó la sombra que lo observaba desde lo alto mientras se marchaba con su dinero. Lo más probable era que ni siquiera percibiera la cuerda alrededor de su cuello hasta el último momento.
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