Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 9 Otoño del Decimoséptimo Año Parte 5
Casi al mismo tiempo que el asalto mortal de Erich, Siegfried y su equipo estaban rematando con pulcritud un trabajo bien hecho, completamente ajenos a los problemas de su líder de clan.
—Supongo que con esto ya terminamos, —dijo Siegfried.
Como preparación para las condiciones del trabajo de ese día, todos los Hermanos se habían puesto cubiertas faciales que protegían contra el miasma. Siegfried recorrió la sala con la mirada, confirmando que, pese a sus apariencias sospechosas, las únicas personas que seguían en pie eran aliados, antes de limpiar su espada.
—Gerrit, ¿cómo va por ahí?
—¡Todo limpio! —llegó la respuesta—. ¡Fue un trabajo facilísimo, Hermano Mayor Dee!
—¡Gah, llámame Siegfried!
Las burlas que habían empezado la noche anterior todavía no habían terminado. Siegfried agitó el puño hacia Gerrit —quien también usaba otro nombre, aunque ese detalle parecía escapársele a todo el mundo—, pero el exespía se escabulló por la puerta y desapareció de la vista.
Aquella broma era típica entre chicos de su edad, pero la escena no tenía nada de normal. La sangre salpicaba todas las superficies disponibles, y por todas partes había cabezas, cabezas, cabezas… todas separadas de los hombros de los secuaces de Diablo, cada rostro congelado en expresiones de sorpresa, agonía y confusión.
La operación había sido rápida. Pociones diseñadas para incapacitar a sus enemigos se habían arrojado por todas las ventanas al alcance. Los criminales seguían profundamente dormidos, roncando durante sus últimos alientos. Para la Hermandad, limpiar el lugar había sido pan comido.
Si Erich hubiera estado allí, probablemente habría pensado que el Maestro del Juego había decidido que tirar por iniciativa era demasiado trabajo.
—Pero viejo, —continuó Siegfried—, quién iba a pensar que hasta tenían pinta del papel. ¿Los reclutadores de Diablo te rechazaban si tu cara no alcanzaba cierto nivel mínimo de aspecto retorcido?
Incluso cuando los caídos eran canallas hasta el final, la política de la Hermandad era tratar sus cabezas con cuidado. Las pociones de gas lacrimógeno los habían dejado en un estado bastante lamentable, pero algunos aún habían tenido fuerzas para agarrar las dagas de debajo de sus almohadas e intentar contraatacar. Siegfried recogió una de esas cabezas y la envolvió con cuidado.
—Oye, ¿Hermano Mayor Dee? El sótano está vacío, —dijo Etan—. Creo que los tenemos a todos.
—¡¿Tú también, Etan?! ¡Llámame Siegfried o, por los dioses, yo…!
El aspirante a héroe había tomado personalmente cinco cabezas. El edificio tenía tres pisos; técnicamente dos, ya que habían quitado el techo del primer piso para crear más espacio de almacenamiento. Si el dueño había aprobado esas modificaciones era una cuestión abierta. Siegfried había despachado a los tres que dormían en el piso superior y a dos idiotas que se habían quedado dormidos junto a la puerta en vez de hacer guardia. Etan, Gerrit y los otros Hermanos habían conseguido una muerte cada uno. Al contar las cabezas, el número coincidía con su información.
Había sido un final tranquilo para la misión. No aparecieron sorpresas desagradables en forma de cabezas no contabilizadas y, como no había nadie a quien debieran capturar con vida, a estas alturas quedaba poco más por hacer.
—Malditos todos… ¿No saben lo importante que es ese nombre para mí? Bah, luego les daré una buena charla, —murmuró Siegfried. Luego alzó la voz—: ¡Eh, ustedes, abran esas ventanas! Tenemos que ventilar este sitio. ¡Mantengan las máscaras puestas, ¿entendido?!
La base había sido tomada con éxito, pero aún quedaba algo de investigación por hacer. Con las botas chapoteando en la sangre, Siegfried recorrió el edificio devastado por la batalla.
En el primer piso —aunque, tras mirarlo mejor, Siegfried pensó que esas reformas definitivamente se habían hecho sin permiso— había cajas de Kykeon, además de un aerosolizador ya montado. En otras palabras, nada fuera de lo normal. Aun así, era consciente de lo cerca que habían estado de una crisis inminente. La herramienta mágica parecía lista para activarse en cualquier momento; imaginaba que Diablo planeaba usarla en cuestión de días.
—¿Hm? ¿Esto es su desayuno o algo así? —dijo Siegfried. Iluminado por el resplandor de la mañana que entraba por la ventana abierta, estaba revisando un escritorio para ver si alguien había dejado por error documentos o notas importantes cuando vio algo extraño—. Bueno, no parece que los alimenten muy bien. Parece que no gastan mucho de su dinero sucio en comida decente.
No estaba claro si era su desayuno o las sobras de la noche anterior, pero había trozos de pan negro barato alineados sobre el escritorio. Era de una calidad espantosa. Aquellos bultos tristes tenían más centeno que trigo decente y eran lo bastante duros como para romperte los dientes. La persona que los había horneado debía de haberlos metido todos juntos en un horno comunal sin pensarlo demasiado. Habría sido mejor darle la harina a un panadero de verdad; quizá así habrían terminado con algo comestible. Pero, por desgracia, la pobreza no permitía esos lujos. La mayoría de quienes apenas lograban sobrevivir usaban el horno comunal cada pocos días para cocinar algo que llevarse a la boca.
—Un momento… Esto no está simplemente mal horneado, parece trigo enfermo…
Con el sol del amanecer iluminando el pan, Siegfried frunció el ceño al notar aquello.
—Eh… ¿Hermano? ¿Qué es «trigo enfermo»?
—¿Eh? ¿Nunca has oído hablar de eso, Gerrit?
—Lo siento, crecí en un pueblo, no en el campo… Bueno, siendo sinceros, era bastante rural comparado con Marsheim. —Gerrit se rascó la cabeza con incomodidad mientras respondía.
—El trigo enfermo es prácticamente es como dice su nombre, —dijo Siegfried señalando el pan seco—. Las espigas se vuelven negras y se pudren. Todo granjero sabe que no debes comer trigo así.
—Espera… ¿las plantas también se enferman? —dijo Gerrit.
—Pues claro. Todo lo que vive puede enfermarse. Cada vez que aparecía trigo enfermo, todo el cantón se ponía nervioso preguntándose a quién estaría castigando la Diosa de la Cosecha.
El pan hecho con trigo enfermo solía quedar más negro de lo normal, y ese efecto se intensificaba cuando se mezclaba con centeno. En el caso de los trozos que había sobre la mesa, la harina debía de haber sido molida de forma descuidada, porque se veía claramente grumosa. El granjero convertido en instructor novato arrancó un pedazo de pan y reveló, tal como esperaba, trozos negros de cascarilla.
—¡Oh! Nosotros también tuvimos de esos una vez, Hermano, —intervino Etan—. La familia que lo causó fue obligada a irse al otro lado del foso. No fue nada bonito.
—¿Al otro lado del foso…? Ah, ¿quieres decir que los echaron del pueblo?
—Bueno, no permanentemente. No se les permitía asistir a la asamblea del pueblo ni nada de eso.
Otro antiguo chico de campo, Etan claramente tenía experiencia con lo que Siegfried llamaba «trigo enfermo», aunque la terminología variara de una región a otra. Vivían en una época en la que la información no se difundía con rapidez, y eso se duplicaba cuando se trataba de conceptos de mal augurio. Afortunadamente, la descripción había bastado para que Etan entendiera de qué hablaban.
Se creía que una familia producía trigo enfermo porque su fe en la Diosa de la Cosecha era insuficiente. En la mayoría de los cantones, el castigo por ello era el ostracismo social.
Esto no se hacía sin motivo. La plaga podía propagarse fácilmente a los cultivos de trigo plantados en otros lugares. En cuanto se detectaba, todo el cantón se alarmaba al descubrir algo semejante a un avispero en medio de su territorio. El sacerdote local de la Diosa de la Cosecha se enfurecería, al igual que el resto de la comunidad; cualquier trigo enfermo no podía utilizarse como parte del impuesto anual sobre la tierra.
Además, no todos los efectos negativos se sentían de forma directa. Los rumores se extenderían por los cantones cercanos diciendo que el trigo enfermo abundaba en ese lugar. Los mercaderes no querían cargar mercancía de mala calidad, así que empezarían a evitar los cantones que aparecieran con demasiada frecuencia en esos rumores.
—Pero, viejo, ¿comer esta cosa solo porque no hay nada más que llevarse a la boca? —dijo Siegfried—. Debían de estar realmente desesperados.
El pan hecho con trigo enfermo no te mataría después de unos pocos bocados, así que no era raro que las personas sin otra opción recurrieran a él. Por desgracia, ni siquiera el alto calor de la cocción eliminaba las toxinas del pan; cuanto más comías, mayor era el riesgo de que tus extremidades se marchitaran como palos y tu cerebro se pudriera hasta quedar como cuajada. Aun así, el hambre y el sentido común rara vez se llevaban bien. Algunas mujeres embarazadas, si la situación era lo bastante desesperada, seguían comiendo esa cosa aun sabiendo perfectamente que provocaría un aborto.
—¿De verdad estaban tan desesperados? ¿De verdad? —dijo Etan.
El audhumbla dio un paso atrás del escritorio, evidentemente paranoico ante la idea de que el pan fuera de mal augurio. No era sorprendente. Aquello no se limitaba a arruinar una sola parcela de tierra: en el peor de los casos, la iglesia sería llamada para prender fuego a todo un campo con tal de erradicarlo.
Los granjeros convertidos en aventureros se dieron cuenta de que, aunque no sería extraño que un habitante pobre de la ciudad comprara pan contaminado sin saberlo, resultaba un poco raro que miembros de un creciente imperio de drogas lo consumieran voluntariamente.
—Además, ni siquiera son simples traficantes de poca monta, —dijo Etan—. Están bastante cerca del centro de la organización, así que dudo que les falte dinero.
—Ahorran dinero dándoles a los traficantes de poca monta solo el mínimo de pan blanco que necesitan, —respondió Siegfried.
El conocimiento sobre los peligros del trigo enfermo se había difundido, y ahora los brotes solo solían aparecer en las aldeas agrícolas más remotas, o en lugares donde los dioses locales y el panteón rhiniano libraban una especie de tira y afloja divino que la gente común no podía percibir. Muchas de esas comunidades estaban dirigidas por líderes testarudos cuyos talentos no eran demasiado respetados por sus propios habitantes.
Los pueblos natales de Siegfried y Etan estaban hechos de una madera más sensata. Los granjeros entendían que el trigo enfermo debía quemarse inmediatamente y que el vacío en la cosecha debía cubrirse mezclando distintos granos. Aunque el invierno fuera a ser duro, bajo ninguna circunstancia se atreverían a comerlo. Ni que decir tiene que Marsheim tenía aún menos interés en permitir que mercancía contaminada entrara dentro de sus muros.
—¡Eh, Hermano! ¡Encontré algunas bolsas de trigo en el sótano junto con las cajas de Kykeon! —gritó Gerrit.
Mientras Siegfried y Etan examinaban los trozos de pan grumosos, Gerrit había investigado el sótano y acababa de regresar para informar de sus hallazgos. Después de que su segundo al mando mencionara el horno comunal, pensó que quizá aún quedara algo de harina sin usar. Tras una rápida búsqueda, había encontrado sacos llenos de trigo ennegrecido.
—No puede ser… Todo es trigo enfermo, —murmuró Siegfried, frunciendo el ceño.
—¡¿En serio?! ¡Qué asco! —dijo Etan. Juntó el dedo medio y el pulgar de su mano derecha formando un círculo y lo giró en el aire frente a él: un gesto de purificación practicado por el culto de la Diosa de la Cosecha.
—Hay muchísimo, —dijo Gerrit—. ¿Lo estarían haciendo aquí…?
—Nah, no lo creo, —respondió Siegfried cuando Gerrit se quedó a medias—. No hay morteros. Aquí no podrías preparar ni una sola poción, mucho menos algo como el Kykeon.
Siegfried ya había ayudado a mantener y organizar el taller de Kaya innumerables veces. Tenía una idea general de lo que se necesitaba para elaborar pociones. Kaya mantenía su taller impecable; esta habitación, en cambio, estaba absolutamente sucia. Kaya le había explicado que su obsesión por la limpieza no se debía solo al deseo de trabajar en un lugar ordenado. A nivel práctico, si alguna mota de polvo contaminaba los reactivos, la calidad de sus preparaciones se resentiría.
Además de la suciedad y la mugre, aquellos matones no tenían ventilación digna de mención ni un solo caldero en todo el lugar. Lo único que había eran botellas vacías de licor tiradas por el suelo. Era casi seguro que aquí no se sintetizaba nada.
—Oigan… esperen un momento, —dijo Siegfried mientras recogía una de las botellas tiradas a sus pies—. Este licor es de los caros.
Reflexionó un instante: ¿qué harían unos idiotas que habían gastado todo su dinero en alcohol caro —y quizá también en alguna compañía nocturna— para asegurarse de tener algo que comer?
Mientras la imagen de su padre holgazán pasaba por su mente, elaboró una teoría.
Debían de haber robado ese trigo de algún lugar… probablemente de sus propios aliados dentro de Diablo, para llenar los huecos de sus estómagos. ¿Y por qué sus aliados tendrían tanto trigo enfermo?
Siegfried empezó a preguntarse si, tal vez, acababa de encontrar un cabo suelto que podría seguirse hasta llegar al origen mismo del Kykeon…
—Eh, alguien vaya a buscar a Kaya, —dijo—. Ahora mismo.
—Entendido.
Buenas y malas noticias se entrelazaban en la mente del aspirante a héroe mientras esperaba a que sus Hermanos fueran a traer a su herborista. Ahora que la base había sido sometida, ya no tenían que preocuparse de que Kaya quedara atrapada en el fuego cruzado.
Siegfried estaba seguro de que aquel horrendo descubrimiento finalmente les permitiría cerrar el asunto del Kykeon.
[Consejos] A pesar de lo limitado que sugiere el nombre, la plaga del trigo amenaza muchos de los cereales básicos del Imperio. Es detestada como una mancha sobre las vestiduras doradas de la Diosa de la Cosecha.
No te matará si lo comes, pero consumirlo provocará un dolor intenso. Es temido por los agricultores de toda la tierra. Sin embargo, la amenaza del hambre puede empujar a cualquiera a abismos aún peores. Quienes saben lo que hacen reconocen que solo están aplazando su agonía al rendirse a su estómago, mientras que quienes no lo saben terminan devorándolo en momentos de desesperación inconsciente.
La asesina visualizaba los acontecimientos del día como una serie de movimientos en un tablero de ehrengarde, tratando de desentrañar en qué momento exacto todo se había descarrilado por completo.
Había tomado la decisión correcta en cada etapa. De eso estaba segura. Tanto ella como todos sus compañeras habían vivido para ver un nuevo día.
En el asunto del Kykeon, la asesina no había tenido otra opción que prestar su ayuda, y todo lo que había hecho había sido en consideración del éxito de la operación. Ella y su equipo habían hecho todo lo que estaba en su poder.
En ese sentido, no había sido diferente de cómo habían llevado sus negocios durante los últimos veinte años.
Y aun así, pese a su historial, parecía que la situación simplemente se negaba a mejorar. Su estado actual era un microcosmos perfecto del problema mayor.
Pequeñas piezas problemáticas permanecían en posiciones irritantes; piezas más grandes y preocupantes llegaban una y otra vez a golpearles en el corazón. La ventaja de su oponente aún estaba lejos de ser segura; su príncipe seguía sin ascender a emperador, pero el estado del tablero hablaba por sí mismo: las cosas estaban terriblemente en su contra.
Aun así, tenía que reconocer que ella no era una jugadora, sino solo una pieza en el tablero.
Incluso si alguien le dijera que era su propio mal movimiento el que había creado esta situación, ella no era quien estaba en la cima tomando las decisiones. Ni siquiera sabía ante quién debía expresar sus quejas. Si murmuraba sus lamentos al Dios de los Ciclos, árbitro del destino, probablemente la ignoraría, muy posiblemente porque asuntos como ese estaban por debajo de Él.
Los dioses no eran crueles, pero tampoco necesariamente bondadosos. Simplemente juzgaban tu destino después de la muerte según sus propios cálculos personales, de acuerdo con sus enseñanzas. Ningún mortal atrapado en el tiempo lineal podía comprender realmente la verdad cósmica.
—Bea… ¿E’ta’ bien? —preguntó la hlessi a su líder.
—Estoy perfectamente, Lepsia. Estoy hecha de una pasta más dura.
De vuelta en el almacén, después de que la líder de los asesinos decidiera retirarse, Lepsia expresó su preocupación a pesar de sus propias heridas. Lepsia era la única que aún la llamaba «Bea». Quizá era esa camaradería lo que todavía le permitía mantener una expresión confiada y reírse de la adversidad.
La líder de los asesinos de élite se quitó el guante y examinó la herida en su mano. El veneno del ataque de Margit había penetrado, sí, pero era algo que su cuerpo podía metabolizar con facilidad. Vertió un poco más de maná en la fórmula permanente que reforzaba su destreza física. Al flexionar los músculos para permitir que el maná fluyera por su cuerpo, el sangrado acabó deteniéndose.
Aquella mujer solía mantener las manos ocultas, pero al quitarse el guante reveló un complejo círculo mágico que se extendía por su piel con el patrón de un lirio del valle, una planta tan mortal como valiosa en medicina. Esas propiedades ayudaban a estimular la capacidad curativa de su propio cuerpo. Aunque la hoja de Margit había atravesado su mano hasta la articulación media del dedo anular, no tardaría más de medio día en que el hueso se reparara. También ayudaba que el corte hubiera sido limpio.
—¿Ves eso? —le dijo a Lepsia.
—Po’ favó’, no te exija’ tanto, —respondió la hlessi en voz baja.
La líder le dedicó otra sonrisa a Lepsia y le dijo que se preocupara por sus propias heridas. Después de todo, los hlessi no eran precisamente resistentes.
Ella era su líder, y su confianza emanaba de ese hecho. Era su roca; el único apoyo que tenían aquellas cuatro vagabundas. Nunca podía permitirse expresar una preocupación o inquietud real.
—Pero este no fue el resultado más ideal. Deberíamos haberlo rematado, —dijo la líder del grupo. Se quitó el otro guante y se tocó la mejilla antes de murmurar un encantamiento.
—El pequeño Hans partió hacia un mundo que no conocía… Caminó durante siete años, y también durmió siete… Incluso al pasar junto a siete personas, nadie lo miró al cruzar…
Las palabras provenían de una vieja canción infantil pastoral, pero eso aumentaba su poder. Cuanta más gente conociera las palabras del encantamiento, más fácil sería para el mundo aceptar los cambios en la realidad. Si un magus estuviera allí, probablemente negaría con la cabeza ante un método tan vulgar.
Cuando terminó de recitar, los tatuajes que serpenteaban por su cuerpo desaparecieron y el maquillaje llamativo cayó de su rostro. Su piel se transformó, ocultando perfectamente los tatuajes arcanos. Era como si una mujer diferente estuviera dentro de la misma ropa. Aunque las ojeras bajo sus ojos siempre habían sido visibles, la ausencia de cualquier adorno en su rostro las hacía resaltar, dándole una belleza fugaz. Antes parecía alguien listo para matar; ahora parecía alguien que podría morir en cualquier momento.
—Pero esto no es bueno, —murmuró—. Si no matamos a Erich Ricitos de Oro, este barco de barro se hundirá antes de lo previsto…
Se soltó las correas de las botas y salió de ellas. Todo el atuendo era tan complicado que casi requería ayuda externa para ponérselo, pero ella lo fue quitando sin quejarse mientras caminaba. Con cada paso, cada pieza caía al suelo detrás de ella. Finalmente, su esbelto cuerpo quedó cubierto solo por un leotardo negro tejido con los bigotes de un draco pisoteador.
—¿Qué hacer, Jeque? —dijo la vierman, Shahrnaz—. Yo no sabe mucho, pero… ¿no mejor matarlo?
—Tienes mucha razón, Shahrnaz, —respondió la líder—. Nuestro cliente no logró contener a esos idiotas. Y luego tuvieron que ponerse quisquillosos con qué pieza infectar con su veneno. Por eso necesitábamos saldar cuentas hoy, pero…
Shahrnaz recogió la ropa que había quedado tirada y la metió en una mochila. A cambio, le entregó a su líder una vieja y sencilla capa de lino. Estaba adornada con una faja amarilla, usada únicamente por quienes vendían servicios personales. En términos menos eufemísticos, era el uniforme de una trabajadora sexual. Con eso, el disfraz estaba completo. Con la capucha puesta, ni siquiera quienes la conocían podrían reconocerla ahora. Muchas mujeres se negarían a vestir algo así, incluso si significara huir para salvar la vida, pero era la manera perfecta para que una aventurera se perdiera entre la multitud.
—Esperaba mucho más de esos señores locales, —continuó—, pero no pensé que esos idiotas encapuchados correrían por ahí de una forma tan descontrolada…
—Pero, Jeque, ellos nacidos aquí, ¿no? Este estado… inesperado, —dijo la vierman.
—Sí, es como dices. Pero ustedes están bendecidas con lógica. En cambio, esta gente tiene una obsesión con el lugar. Su razonamiento avanza en ángulos extraños comparado con el nuestro. Hay quienes encenderían un horno para quemar un solo cabello.
—Main también está bastante sorprendida, —añadió la aracne cazadora—. Líder, ¿seguro que hosotros solo debíamos ser la jugada inicial de las negociaciones de vellos?
Main también estaba preparando su propia salida del almacén. Ante esa pregunta, la líder solo pudo esbozar una sonrisa torcida que decía: Sí, así es como se suponía que debía ir.
En verdad, toda la maquinaria de producción y distribución del Kykeon pertenecía a un socio distinto de su cliente. Al principio, solo habían planeado producir el Ojo de Elefsina; el Kykeon ni siquiera era una idea en aquel momento. El plan era usar esa nueva droga para someter al Clan Baldur, que se inclinaba a favor del Margrave Marsheim, y ganar dinero vendiéndola a varios estados satélite. Esa era toda su jugada inicial.
Sin embargo, el plan se descontroló. Cuanto más crecía, más gente empezaba a expresar sus propias ideas, y con la incorporación de un individuo excesivamente talentoso, los hilos que mantenían unida la trama se estiraron tanto y se volvieron tan finos que quien había provocado todo el asunto ya no podía ver el panorama completo.
Habían creado una droga que provocaba un éxtasis inmediato e inevitable, y la habían difundido por Ende Erde sin ninguna restricción. Una persona sensata jamás fabricaría algo así, ni compartiría los métodos para distribuirlo. Y aun si lo hiciera, solo alguien con el corazón más vil se atrevería a ponerlo en práctica.
—Nunca debieron recurrir a difundir el Kykeon tan pronto, —dijo la líder—. No, en realidad nunca debió haberse creado en primer lugar. Lo único que han hecho es poner en movimiento una rueda de venganza que seguirá girando por toda la eternidad.
Con solo traerlo al mundo, habían provocado que quienes se oponían decidieran que una muerte rápida era la única solución: la única opción era asesinar o ser asesinado. Si se observaba todo el asunto desde una perspectiva más amplia, parecía casi una farsa. Era como ver a un perro o un gato tonto intentando morderse la cola por el rabillo del ojo. Pero un ser humano solo podía abarcar cierta cantidad de cosas a la vez. Cuanto más intentaban ampliar su alcance, más gente se involucraba, y más complicado se volvía todo.
Siempre habría quienes se reunieran bajo el mismo líder o lucharan del mismo lado —como los señores locales, por ejemplo—, pero con destinos distintos en mente. Incluso si soñaban con la misma victoria, algunos jamás podían evitar que sus intenciones, siquiera durante los próximos años, avanzaran en direcciones opuestas. Algunos soñaban con una victoria que llegaría mucho más lentamente, quizá dentro de un siglo.
—¿Qué fue lo que nos llevó hasta aquí, me pregunto…? —murmuró la líder para sí misma.
—¿Eh? —dijo Primanne—. ¿No vinimos a komar tik venganza tik por Alberk?
La líder asintió.
—En efecto… Albert… Sí, al final esta deuda se remonta a él, ¿no es así?
Albert había sido el miembro más joven del grupo y el recluta más reciente. Había muerto en acción el año anterior. Con él fuera, Main volvía a ser la única recién llegada del grupo. El Clan de la Copa Solitaria había perdido mucho con su muerte. Su ausencia aún se sentía como una herida abierta. Obtendrían su venganza. Siempre había sido así: no habría clan sin solidaridad en la represalia.
—Si retrocedemos lo suficiente, fue mi propia supervivencia la que nos trajo hasta aquí… —murmuró la líder.
Si un seguidor perdía un brazo, ella hacía que el enemigo pagara tomando cuatro. Si uno de sus aliados era asesinado, entonces la masacre era la única respuesta razonable. Lo había jurado hacía mucho tiempo, cuando aún quedaba más de una persona en el mundo que la llamaba «Bea». Había hecho ese juramento a una banda que ahora nadie más que ella recordaba.
Había pertenecido en otro tiempo a una casa de renombre, pero durante toda su infancia jamás recibió una sola alabanza por sus talentos —o al menos así lo percibía a través de su propia forma de ver el mundo—. Impulsada por la necesidad de vivir estrictamente según sus propios términos, huyó de casa, aprendió magia por sí misma y luego dio pasos para convertirse en una aventurera de renombre. No era ni mucho menos la primera en hacerlo.
—Albert, Gaetan, Chantal, —continuó—. Todos perdidos, todos en el mismo trabajo… Eso nunca había pasado antes. En un solo año, tres de nosotros muertos… Algo se está resquebrajando.
—Sí-sí … Les kobramos lo de tik Gaekan y Chankal, pero tik nunka vengamos a Alberk…
Había huido de su hogar por razones bastante simples. Quería algo mejor para sí misma que la vida atrapada que sabía era común para las mujeres de su estatus en todas partes. Prefería morir antes que casarse con un hombre dos veranos mayor que ella y que el significado de su vida terminara allí. Quería convertirse en aventurera y demostrar su valía al propio mundo.
El sueño no duró. Se vino abajo por la más insignificante de las complicaciones. Con él llegó el fin de todo lo que había construido: una camaradería naciente, una confianza que se fortalecía y un amor que se había disfrazado como un creciente sentido de identidad.
Lo había perdido todo en una simple misión de reconocimiento.
—Ahora que lo pienso, también perdimos a Patrice por ese trabajo, a la larga. Lo recuerdas, ¿verdad, Lepsia? Te agradaba bastante.
—Lo re’ue’do —respondió la hlessi—. Era una ’uena ’ersona.
El trauma de todos y cada uno de los trabajos que había realizado con el Clan de la Copa Solitaria estaba grabado a fuego en su memoria, pero fue ese primer encargo —el que puso fin y dio inicio a todo— el que los superaba a todos.
Había sido una simple cacería de monstruos. Jóvenes aventureros como eran entonces, se habían reído del asunto; ¡qué tonto había sido el magistrado al contratar a cuatro grupos para perseguir a unos pocos animales violentos!
Pero el trabajo no resultó en absoluto como les habían dicho que esperaran. Llegaron a la cueva esperando encontrar una familia de osos, pero en su lugar hallaron a una draco menor preñada. El magistrado no había sido ningún paranoico preocupado por unas cuantas bestias hambrientas; había enviado a aquellos aventureros como una prueba, sin esperar que regresaran con vida.
Los aventureros eran peones baratos y desechables. No faltaban reemplazos dispuestos a lanzarse a la acción. Y ni siquiera necesitaban informar de vuelta. La ausencia de noticias simplemente le indicaba al magistrado que habían perecido, y eso era todo lo que realmente quería saber. Todo el propósito de la expedición era proporcionarle pruebas convincentes de que el problema era lo bastante serio como para justificar la intervención de aventureros de mayor categoría o caballeros. El magistrado probablemente había decidido que sus muertes serían la forma más clara de demostrar la amenaza inminente del draco y permitirían negociar con mayor facilidad con los nobles a cargo.
En resumen, quería que los veinte novatos murieran, todo para que su informe resultara más convincente. Si lo hubiera logrado, habría quedado en mejor posición para imponer su voluntad, proporcionándose todas las pruebas necesarias para hacer que los nobles más arriba en la cadena de mando parecieran unos holgazanes incompetentes.
—Luego, hace dos años, perdimos a Carole y Cecile en Szczecin, —continuó la líder, reflexionando sobre los años pasados del grupo.
—Yo aún no unirme entonces, —dijo Shahrnaz—. Oí que ser fuertes.
—Lo eran. Eran dos hermanas floresiensis. Se movían con una sincronía perfecta entre ellas: talentos verdaderamente únicos. La gente no podía distinguirlas cuando entraban en su ritmo.
Por supuesto, no todos habían muerto en la guarida de aquel draco menor. De los veinte aventureros, apenas cuatro sobrevivieron. Habían perdido a sus aliados y su armadura, y apenas lograron arrastrarse fuera de la cueva. Estaban seguros de que, incluso si regresaban cojeando a casa, el magistrado tomaría medidas para asegurarse de que nadie supiera la verdad detrás de la tragedia que les había ocurrido.
Mientras los sobrevivientes compartían una miserable taza de gachas, hicieron una promesa. Tendrían su venganza. Aquellos que los habían arrojado a los lobos sufrirían, todo para asegurarse de que se reunieran con sus compañeros en el otro mundo.
—Patrick, Eckart, Josette, Charles…
Mientras nombraba a los caídos y los contaba con los dedos, lo único que quedaba de ellos era una soledad punzante y los recuerdos del momento en que había vengado a cada uno. El Clan de la Copa Solitaria había crecido mucho más allá de los veinte desafortunados aventureros originales. En su apogeo habían llegado a ser sesenta. Y, aun así, solo los cinco presentes seguían con vida.
¿Habían elegido el camino equivocado en la vida?
El clan era un hogar para aquellas almas desdichadas que habían sido abandonadas por todos los que conocían, consideradas inútiles y arrojadas al abismo que daba a la muerte. El Clan de la Copa Solitaria solo pedía una cosa a sus miembros a cambio.
Era natural querer derramar sangre por los camaradas caídos. Era fácil decirle a alguien que olvidara el pasado, pero ¿cómo podría hacerlo cuando ese pasado seguía definiendo con tanta claridad su presente? ¿Acaso era humano permanecer en silencio mientras perdías a quienes eran valiosos para ti?
No podían, ni querían, soportar las burlas de aquellos que vivían satisfechos con su suerte. La venganza era algo que solo quienes habían perdido, quienes habían sido despojados, podían comprender. Cavar dos tumbas en una misión de venganza era cosa de aficionados.
Aunque solo un miembro de los veinte originales seguía con vida para recordar el juramento que habían compartido, no permitiría que nadie negara su verdad.
¿Cómo podían esos pobres aventureros permanecer en silencio después de que sus compañeros hubieran sido asesinados, tratados como simples trapos o palillos desechables, contabilizados sin corazón como meros daños colaterales?
Había decidido que quienes habían perjudicado a los suyos recibirían un final justo, pero ahora se encontraba preguntándose si ese camino realmente debía haberla conducido hasta aquí.
Estaba segura de que no se habían equivocado. Todos los miembros del clan lo habían creído así. Se habían reído diciendo: Si muero, al menos mata a quien me mató.
Incluso si el camino que recorrían llevaba a que más de los suyos se perdieran en el futuro, continuarían como siempre lo habían hecho. Sin importar qué clase de trabajo terrible tuvieran que aceptar para lograr sus objetivos, se asegurarían de que al final la balanza quedara equilibrada.
—Una pregunta, Main, —dijo la líder—. ¿Hubo alguna falla en mi liderazgo?
—Túm hiciste todo lo posible, líder —respondió Main—. Túm fuiste la primera en darte cuenta de que el plan estaba hecho pedazos. Túm hos advertiste de los peligros que había por todas vartes. Main también cree que, aunque fue un movimiento bastante independiente de vellos, elegir eliminar a Erich Ricitos de Oro fue la decisión más apropiada. Vesa fue la elección óptima, líder.
La decisión se había tomado en grupo, después de reunir toda su información. Si Main lo decía, entonces su líder no tenía nada más que añadir.
Todas habían entrado en esto por voluntad propia. Ninguna creía que recibiría un juicio favorable de los dioses al final de su historia, pero sí creían que los dioses observaban el conjunto completo de sus vidas. Ellas solo deseaban imponer su propia justicia, para poder saldar sus cuentas en el mundo de los vivos.
Por eso no podían convencerse de que esta vez no estaban equivocadas, de que no habían fallado. Ella intentaba decírselo a sí misma, pero la duda seguía burbujeando bajo la superficie.
—Tienes razón, —dijo la líder—. Esta era la mejor opción para nosotros. Era preferible a quedarnos sentados sin hacer nada.
Los nombres de los caídos seguían acudiendo a su mente. Y con ellos surgían teorías terribles que nublaban sus pensamientos: ¿Fue un error buscar venganza por Albert? ¿Fue un error asumir la responsabilidad por el destino de estas cuatro que ahora están a mi lado? ¿Fue un error haber cazado al magistrado por mis compañeros caídos en aquel entonces? Si la muerte hubiera venido por mí en su lugar… ¿se habría evitado tanta tragedia?
No quería contemplar la posibilidad de que alguna de esas cosas fuera cierta. Si toda su vida desde aquel día fatídico había sido un error, entonces, por los dioses, ¿había alguien ahí afuera capaz de darle una respuesta decente sobre qué debía haber hecho con toda esa rabia y desesperación?
—Be-Bea … Cálma’e… Es’á’ sangrando…
—¿Hm? Ah, cierto… Lo siento, Lepsia. Debí tensarme sin darme cuenta.
Le sonrió a Lepsia y añadió con despreocupación que no sería bueno manchar su disfraz. Lanzó rápidamente un hechizo de Limpiar para que la habitación no dejara rastro alguno de su presencia. Otro pequeño truco del oficio, aprendido puramente por necesidad.
Cuando la asesina salió del escondite desechable —uno entre muchos—, se dio cuenta de algo.
—Es cierto… Me dije que le haría una pregunta a Ricitos de Oro si lograba sobrevivir a mi primer ataque…
Ricitos de Oro se había visto involucrado en esta crisis más por casualidad que por cualquier otra cosa. Ella quería preguntarle cómo se sentía al quedar tan enredado en aquella gran telaraña de muerte.
Mientras él huía, había querido burlarse un poco más de él, decirle que elegir mantenerse firme requería más esfuerzo de lo que parecía… pero parecía que ella misma se había dejado llevar un poco.
La asesina sonrió, pensando que obtendría su respuesta la próxima vez que se encontraran, antes de desaparecer entre las sombras de un callejón cercano.
[Consejos] Los humanos son criaturas impulsadas más por los sentimientos que por la razón. Al mismo tiempo, son seres lamentables que no pueden vivir sin su capacidad de pensar… pero tampoco sin la pasión.
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