Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 9 Canto 2 Un Henderson Completo Ver. 0.9 Parte 2
Cuando la respiración de su compañero se convirtió en el ritmo silencioso del sueño, Margit finalmente dejó de acariciar suavemente la cabeza de Erich. Se levantó con cuidado, procurando no mover ni una sola sábana, y estaba a punto de alejarse de la cama para limpiarse de las pasiones de horas atrás cuando una mano apareció en el borde de su visión.
—¿Está dormido? —preguntó Beatrix.
El brazo era una prótesis mágica, cuyo movimiento provenía de una gema incrustada en su interior. Había acompañado a Beatrix durante casi una década desde que perdió su mano derecha de forma permanente. No le restaba elegancia alguna; le entregó un paño a la aracne con total naturalidad.
Las otras cuatro seguían sumidas en un profundo letargo de placer, pero Beatrix permanecía relajada y alerta. Todo por preocupación hacia la cazadora, que en ese momento limpiaba la frente de Ricitos de Oro.
—Sí, profundamente dormido, —respondió Margit—. Es la primera vez en una semana que cae tan rendido.
—Ya veo. Es difícil dormir cuando uno está solo.
Además de la calavera y el santo esquelético sobre su piel alabastrina, ahora llevaba un nuevo tatuaje bajo el vientre: una espada rodeada de colmillos. A pesar del sudor que la cubría, también se ocupaba de Ricitos de Oro mientras dormía. Justo cuando Beatrix iba a acomodarle el cabello revuelto, sintió un golpe en su prótesis.
—Así que aún no me dejas arreglarle el cabello, —dijo Beatrix.
—Así es. Ese es un privilegio solo mío, un placer solo para mí.
Margit deshizo el cabello de Erich, con cuidado de que no quedara atrapado entre su cuerpo y la cama. Lo había llevado atado con firmeza para la ocasión, pero ahora caía libre. Era un derecho especial de Margit peinar aquella cabellera que ya superaba la cintura de Erich.
—«¿Cómo es que las cosas terminaron así?», se pregunta, —dijo Beatrix—. Parece que es el único que no lo sabe.
La exasesina esbozó una sonrisa ladeada mientras cubría a su amo con una manta, plenamente consciente de que su constitución era lo bastante fuerte como para no resfriarse nunca. Ahora que ya estaba limpio de sudor, le resultaría más fácil dormir con una manta, dado que en ese estado no podían obligarlo a vestirse.
—Aunque esté tan acorralado que no puede dormir sin un «escudo» a su lado, sigue convenciéndose de que todo está bien. Su terquedad es digna de admiración, —dijo Margit.
Los pensamientos de Margit se desviaron hacia su firme decisión de llevarse a la tumba el verdadero origen de su arreglo.
Con los años, Erich no solo se había lanzado a batallas donde su vida estaba en juego. No, se había ahogado por completo en su trabajo durante días enteros. Y a cambio, las amenazas contra su vida llegaron desde todos los frentes: guerras de espionaje, conflictos sociales, duelos a muerte literales. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que, mientras la Hermandad cambiaba de rumbo para centrarse en el espionaje y la contrainsurgencia, los enemigos elegidos de Erich habían respondido con la misma intensidad.
Las pruebas a las que fue sometido —las veces que solo se aferró a la vida gracias a las curaciones de vanguardia de Kaya, y aquellas en las que parecía que el mundo entero descansaba sobre sus hombros— terminaron por quebrarlo en lo más profundo.
Su mente había respondido al peligro constante quedando atrapada en un estado de alerta permanente. Se había convertido en un aventurero mucho mejor en todos los sentidos, pero bajo esa presión incesante, había desarrollado cicatrices mentales que nadie podría evitar. Cuando sus compañeros comenzaron a notar el deterioro mental de su líder, murmuraban entre ellos: «Es como una espada desenvainada».
Aunque el propio Erich intentara actuar como si todo fuera normal, había sufrido un daño enorme sin siquiera darse cuenta. La paranoia fue lo primero. Cualquier encargo que llegaba a sus manos era sometido a un escrutinio extremo. Exigía interminables verificaciones sobre los clientes, hasta el punto de inquietar incluso a Schnee. Donde antes habría respondido de inmediato con un «voy en camino» a un jefe de aldea en apuros, ahora dejaba en espera incluso solicitudes desesperadas que llegaban después.
Luego vino la pérdida de apetito. Tras haber estado a punto de morir por haber ingerido veneno de forma encubierta, comenzó a alimentarse casi exclusivamente de lo que él mismo cazaba y preparaba. Si comía algo hecho por otra persona, lo sometía a una batería de hechizos para asegurarse de que era seguro, avanzando con lentitud, bocado a bocado. Para quienes lo rodeaban, verlo comer con ese miedo resultaba doloroso.
El sueño se volvió superficial. Cuando estaba de viaje, se despertaba con el sonido de su propio cuerpo agitándose en la cama. Siempre en tensión, empezaron a formarse ojeras bajo sus ojos. Aunque nunca descargaba su frustración sobre los demás, sus estrategias se volvieron cada vez más brutales, más despiadadas. Al ver estos cambios, la preocupación de Margit no dejaba de crecer.
Aunque Erich había mejorado como espadachín y como aventurero, tarde o temprano alcanzaría sus límites como ser humano. Aun sabiéndolo, Margit podía hacer poco por sí sola. Erich podía dormir tranquilo si ella lo cuidaba y lo abrazaba, pero era completamente impráctico que siempre estuviera allí, alerta a su lado. Las aracne podían subsistir con breves siestas, pero ella era solo una persona. Había trabajos de aventura que solo ella podía realizar, así que le era imposible permanecer a su lado en todo momento. Incluso su forma de hacer el amor se volvió tan desesperada que ya ni siquiera podía recordar con claridad todo lo que ocurría durante esos momentos.
Y así fue como ideó un plan. No era uno que le gustara. Si Erich llegaba a conocer sus verdaderas intenciones, casi con total seguridad se enfurecería. Aun así, Margit quería proteger la humanidad de Erich. No quería que perdiera de vista ese deseo abrumador de ser un aventurero; no quería que olvidara la alegría de la aventura que compartía con todos sus compañeros.
—Pero ha perdido gran parte de la agitación en su corazón, —dijo Beatrix—. Cuando lo atendí por primera vez, ni siquiera caía en un sueño profundo aunque lo sostuviera.
—Creo que las cosas se han calmado, pero también creo que se ha acostumbrado a ello.
Erich había separado inconscientemente a Margit de las demás mujeres en su vida. Ella era su otra mitad, y si sabía que estaba allí, velando por él, entonces podía por fin descansar su cuerpo agotado. Era una confianza más fuerte que la de una madre con su hijo. Sin embargo, al tener solo una «cama» donde descansar, no podía dormir con regularidad. Las sábanas necesitaban lavarse, las mantas cambiarse. Si Margit seguía cargando con todo el peso, sería ella quien terminaría rompiéndose primero.
Margit pensó en aumentar el número de «camas» y «escudos» en el dormitorio. Se tragó su orgullo y equilibró la alegría de ser la única a la que Erich amaba con la necesidad de preservar la humanidad de ese mismo hombre.
Cuando le preguntó a Beatrix: «¿Morirías por Erich?», la exasesina asintió sin pensarlo demasiado.
Beatrix sentía cierta responsabilidad. Al aceptarlas, él también había asumido una carga doble de asuntos oscuros. Aquello la inquietaba. Sentía que debía ayudar a aliviar parte del dolor en el alma de Erich. Sin embargo, no fue solo la obligación lo que la llevó a ese dormitorio. La Hermandad de la Espada se había convertido en un lugar donde por fin podían relajarse tras tantos años.
Erich confiaba en ellas, las había aceptado como aliadas, apoyándose en ellas y asignándoles tareas importantes. Saber que alguien te cubría la espalda y tú la suya en el campo de batalla era algo profundamente reconfortante. Nada le resultaba más tranquilizador que ese sentimiento. Era algo que nunca antes había experimentado.
Y, además, él había hecho una promesa. Si podía cumplirse sin arrepentimientos, su búsqueda de venganza continuaría.
Erich había aceptado al Clan de la Copa Solitaria junto con sus valores. Fue pura emoción lo que llevó a Beatrix a darse cuenta de que daría su vida por ese hombre… incluso sin necesidad de justificarlo con su deseo de venganza.
Habían involucrado al resto del Clan de la Copa Solitaria para desgastar sus defensas y acercarlo poco a poco a un estado en el que pudiera relajarse de verdad. Se turnaban en pequeños grupos, compartiendo la idea del plan de la exploradora —aunque algunas también participaban por interés propio— y lo acompañaban en el dormitorio. Era una estrategia difícil: reconfigurar sus instintos básicos para que entendiera que podía confiar en ellas y dormir tranquilo a su lado.
Fueron necesarias diez ocasiones antes de que Beatrix escuchara la respiración suave de Erich. Coincidentemente, fue también cuando él finalmente comprendió el nivel de moderación necesario para no excederse con sus nuevas compañeras. Beatrix aún recordaba la alegría que sintió cuando Erich siguió dormido incluso cuando Primanne, que había venido a comprobar si todo estaba bien, abrió la puerta. Su corazón se estremeció al darse cuenta de que ahora ellas también podían sostenerlo.
Gracias a que estas mujeres fueron limando las espinas de su áspero corazón, Erich terminó cargando con dos epítetos poco decorosos. Se sentían mal por ello, pero aun así también sentían alegría por él.
Pero por eso mismo…
—Pero lo de hoy fue algo increíble, —dijo Beatrix—. Para ser honesta, no creo que deje de sentir nunca ese placer absoluto que entumece el cuerpo en el estómago. Demonios, creo que Erich ya memorizó mis puntos débiles; se siente incluso mejor cada vez. Recuerdo una sesión de interrogatorio con un mago con tendencias perversas y afición por las pociones que amplifican las sensaciones… pero ni siquiera eso se compara con lo nuestro…
—Sí, y además Erich nunca nos deja «derrotadas».
Con el paso de los años, el deseo de Erich no había disminuido en lo más mínimo. Sí, en la cama era un lobo, pero al menos uno caballeroso : del tipo que parecía obtener placer al ver a su pareja en el punto máximo del suyo. Prefería juegos que prolongaran ese clímax, y por eso se negaba deliberadamente a dar ese empujón final que las haría cruzar el límite hasta el último momento posible.
El Clan de la Copa Solitaria no era ajeno a las tácticas de seducción en su antigua línea de trabajo, así que habían afrontado la tarea con optimismo, pero no tardaron en darse cuenta de que habían mordido más de lo que podían masticar. Si no se entregaban con la misma intensidad que en el campo de batalla, no serían capaces de satisfacer ni reconfortar a Erich. Terminaban sucumbiendo al agotamiento de su propio placer antes que él.
De hecho, la prueba estaba en que el propio Erich había notado que quizá se estaba excediendo y había moderado su forma de actuar. Para ser sinceros, se había dado cuenta demasiado tarde de que ellas estaban luchando por mantenerse en medio de su éxtasis. Ricitos de Oro tampoco estaba libre de culpa en su ignorancia.
—Creo que vale la pena todo el esfuerzo si a cambio podemos ver su rostro en paz. Tiene algo… angelical.
—Estoy de acuerdo…
Un dedo de la prótesis de Beatrix recorrió la mejilla de Erich, y él se inclinó hacia ella, con la boca aun ligeramente entreabierta mientras dormía. Cuando ella acomodó su mano alrededor de su cabeza, él frotó su rostro contra ella. Como un gatito descansando, aquella imagen tranquila dejó en Beatrix una cálida sensación en el pecho. En el pasado, cualquier contacto en su cabeza habría hecho que Erich entrara en pánico y despertara antes de que pudiera haber más contacto.
La expresión beatífica en su rostro era tan dulce como el rocío para quienes lo conocían en sus momentos más difíciles.
—Pero el resto de ustedes es vergonzoso, —dijo Beatrix—. ¿No puede al menos una de ustedes aguantar hasta el final y acompañarlo hasta que se duerma?
—He-hermana, kú fuiske tik la úlkima, así que kenías venkaja, —dijo Primanne.
—Sí, no intentes ocultarlo, —añadió Main—. Main vio cómo se te iban los ojos hacia atrás y se te salía la lengua de placer.
—Toda la fuerza en la cintura… ida… —murmuró Shahrnaz—. Qué mal… Lepsia aún desmayada…
El destino había hecho una curiosa jugada para que las seis terminaran compartiendo la cama con él ese día. Quizá el Mujeriego había sobreestimado sus propias habilidades en medio de la conmoción. Las cuatro miembros del Clan de la Copa Solitaria que seguían conscientes podían responder al llamado de Beatrix, pero no podían moverse. Aunque les habían arrojado paños, ninguna tenía fuerzas siquiera para limpiarse.
Para Margit, que en su momento había cargado con todo aquello ella sola, repartir el deseo de Erich de esta manera había reducido la experiencia a una intensidad bastante agradable.
Sin embargo, había otra razón más por la que Margit había pedido su ayuda.
—Por cierto, Beatrix, —dijo—, hay algo que necesito decirte.
—¿Sí? ¿Qué ocurre?
—Creo que no podré unirme a estas sesiones nocturnas durante un tiempo.
—¿Por qué? ¿No te habrás lastimado o algo así?
A pesar de los años, Margit no había perdido su corazón de doncella, que prefería no decir las cosas de forma directa. Se sonrojó levemente y señaló su vientre con un suspiro. Su período se había retrasado.
—¿Hmm? —dijo Beatrix—. Pensaba que las aracne ponían huevos, ¿no?
—Cuando llevan el hijo de un mensch, a veces el huevo sigue desarrollándose dentro, —explicó Margit—. Eso hace que el parto sea un poco más complicado. No puedo asegurarlo, pero hay muchas probabilidades.
Aunque las aracne copulaban como otros humanoides, la forma en que nacían sus hijos era diferente. Su útero se convertía en un huevo, que luego era puesto. El feto crecía dentro de ese huevo hasta estar listo para eclosionar. Sin embargo, esto solo se aplicaba a los hijos de sangre completamente aracne. En el caso de un padre mensch, el niño normalmente heredaba la raza de la madre, pero en algunos casos raros nacía como mensch.
Era algo poco común, por lo que Margit solo lo conocía de oídas. Nunca había pensado que le ocurriría a ella. Probablemente por eso tardó más en notar los cambios en su cuerpo.
—Últimamente todo ha sido un poco más tranquilo, así que supongo que perdí la cuenta, —dijo Margit—. Pero estaba pensando que ya me gustaría tener mis propios hijos.
—Eso es maravilloso. Me alegro por ti, —dijo Beatrix—. Esta era la mitad de la razón por la que nos reclutaste, ¿verdad?
Margit solo pudo responder con una sonrisa traviesa.
En efecto, había ideado toda esa dinámica grupal en parte para poder criar a un hijo con Erich sin demasiadas preocupaciones. Si ella fuera la única en encargarse de consolar al agotado aventurero, nunca habría tenido margen siquiera para pensar en tener un hijo. Si en ese futuro sus hijos fueran aracne —las aracne saltadoras tendían a cuidar sus huevos—, no habría podido atenderlos mientras aseguraba el descanso de Erich.
Y eso sin mencionar el profundo temor que sentía al pensar en Erich durante sus días más violentos e irascibles. Con un hijo, Erich se habría vuelto más despiadado que nunca. Habría aplastado cualquier rastro de maldad que encontrara, todo por garantizar el futuro de su hijo. Les habría esperado una montaña de cadáveres y rencores innecesarios.
Tras considerar la posibilidad de ese futuro, Margit decidió que la estabilidad mental de Erich debía ser la prioridad absoluta. Se aferró a su corazón de doncella y a sus ideales de amor, pero comprendió que debía hacer una concesión. Ahí fue donde entró el Clan de la Copa Solitaria.
La imagen de sí misma sosteniendo al hijo de su amado era demasiado hermosa como para dejarla de lado.
—Esto probablemente signifique que su carga aumentará, —dijo Margit a las demás—. Sin duda se pondrá eufórico cuando se entere, así que por favor hagan lo posible por mantenerlo bajo control.
—Tienes toda la razón… Puedo imaginármelo buscando pelea con el clan más problemático de la ciudad solo para «arreglar las cosas». Eso no sería nada apropiado.
Beatrix se llevó la mano a la frente al imaginar un futuro tan problemático como el que había descrito Margit. Era su primer hijo. Erich estaría en las nubes comprando ropa de bebé, pensando en el mejor nombre y, por supuesto, asegurándose de que su hijo pudiera crecer en un entorno seguro.
—Pero un hijo, hmm… —continuó Beatrix—. Yo ya estoy casi demasiado mayor como para tener uno propio. Me gustaría …
—Eso sería complicado para las demás. Los mensch tienen largos periodos de gestación y crianza. Si dos de nosotras quedan fuera, las demás estarán en problemas.
—Oye, hermana… —dijo Primanne—. Kor favor kiensa tik un poquiko en esas cosas… Eskamos haciendo lo mejor que kodemos…
—No tengo confianza en hacerlo sola… Aunque me gustaría, —añadió Shahrnaz.
La idea de perder a sus dos miembros más fuertes al mismo tiempo les infundía temor. Era cierto que Beatrix era mayor que las demás, pero sus refuerzos mágicos habían prolongado su fertilidad. Querían que mostrara algo de moderación y al menos esperara a que Margit pudiera volver a la acción.
Beatrix había lanzado hechizos anticonceptivos ese día, pero su mirada era distinta mientras observaba a Margit acariciar con ternura su vientre. Las demás le suplicaban a su líder que, al menos, pensara en organizar los tiempos.
—Main está un poco más preocupada por todos estos medios hermanos y sus distintas madres, —dijo Main.
—No es algo de lo que preocuparse, —respondió Margit—. Pueden ser hijos de la Hermandad, igual que los de Siegfried.
Si todas continuaban teniendo hijos con Erich, desde el punto de vista de los niños sería una familia bastante peculiar. Incluso la siempre serena Main parecía inquieta.
Los gemelos de Siegfried —ya casi de cinco años— habían sido criados entre toda la Hermandad. Sin embargo, Siegfried no tenía otras amantes, solo Kaya. Su situación era completamente distinta a la de Erich. Además, ya fuera niño o niña, ¿cómo reaccionaría el hijo de Margit ante media docena de mujeres que actuaban como si fueran las esposas de su padre? Si no trataban este asunto con cuidado, el niño podría crecer con una infancia bastante complicada. Cualquier hijo que tuvieran necesitaría un entorno estable y feliz que no lo aislara de la sociedad.
—Aah, sí, Sieg, —dijo Beatrix—. Si no recuerdo mal, estaba tan ocupado con su trabajo como segundo al mando que, cuando su hijo finalmente empezó a hablar, terminó llamando «vadre» a Etan. ¡Se le aflojaron las piernas al verlo! ¿Crees que podrías soportarlo si te pasara algo parecido, Margit? ¿Si yo u otra fuéramos llamadas «mudre» en tu lugar?
—Lo recuerdo… —dijo Shahrnaz—. Pobre hombre.
—Main cree que Main no podría superarlo. Solo de pensarlo se siente enferma…
Si querían seguir siendo los mejores aventureros de Marsheim, eso implicaba inevitablemente salir de la ciudad. Pasarían menos tiempo con sus hijos. Y, tal como le ocurrió a Siegfried, ese momento simbólico de todos sus esfuerzos —cuando su hijo dijera su nombre— podría perderse.
Cuando aquello le sucedió a Siegfried, cayó en una profunda depresión. Le tomó el ánimo de Erich y cinco botellas de buen vino recuperarse. La herida seguía siendo profunda. Actuó totalmente fuera de carácter y encargó un retrato en miniatura para llevarlo consigo en sus viajes, para poder recordar sus rostros en cualquier momento.
A pesar de todo, Margit mantenía una sonrisa tranquila en el rostro.
—Es el hijo de Erich y mío, —dijo—. No importa cuántas madres pueda tener, recibirá todo el amor que le den y crecerá hasta convertirse en un verdadero monstruo. Con eso me basta.
Las miembros del Clan de la Copa Solitaria, que habían visto el infierno en innumerables ocasiones, no pudieron evitar palidecer ante el aura aterradora de Margit. ¡Qué cosas tan temibles se le ocurrían! Margit era del tipo que enseñaría a su hijo absolutamente todo lo que pudiera enseñarse.
Solo usaría a ese grupo de madres y hermanos como combustible para criar a su hijo hasta convertirlo en una auténtica bestia. Quizá eso le traería más de un dolor de cabeza a Erich, pero era un precio aceptable considerando el futuro de su primer hijo.
Incluso después de haber puesto sus garras sobre la presa que realmente deseaba, la cazadora seguía sin estar satisfecha. Quería crear algo que no pudiera devorar.
Sí, no había ninguna posibilidad de que su hijo permaneciera dentro de los límites de la normalidad. Con entrenamiento con la espada por parte de su padre, lecciones de caza de su madre, el cariño de todos los aventureros bajo su querido líder y el entorno único de la Hermandad de la Espada, su crianza sería algo que el mundo probablemente no volvería a ver.
Incluso allí había seis guerreras hábiles, cada una experta en su propio campo. También ellas aportarían su amor y sus enseñanzas.
Mientras las mujeres imaginaban al niño desconocido en el vientre de Margit y la aterradora criatura en la que podría convertirse, todas sintieron un escalofrío que no provenía de sus cuerpos desnudos…
[Consejos] Cuando hombres mensch tienen hijos con otras razas, el niño suele heredar la raza de la madre. Sin embargo, en raras ocasiones nace como mensch. En esos casos, el cuerpo de la madre sufre ciertos cambios para adaptarse. Quizá por eso, los rumores populares dicen que esos niños suelen ser extraordinariamente talentosos.
Fin del Volumen 9 Canto II.
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