Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 8. Bosque de Corales Colosal

Adol abrió los ojos. Durante un rato permaneció tumbado boca arriba, mirando las hojas que formaban el techo de la tienda mientras recordaba su extraño sueño.

Desde niño, a veces tenía sueños vívidos, llenos de color y tan realistas que podía jurar que estaba presenciando hechos reales. Pero ninguno se comparaba con estos sueños sobre Dana. Podía percibir cada detalle de su mundo: cada vista, cada aroma, cada color. No se parecía a ningún lugar que hubiera visitado, ni siquiera a algo que hubiera oído o leído, pero estaba completamente seguro de que un mundo con ese nivel de detalle debía existir en algún lugar. Aún más extraño, dentro de esos sueños se sumergía con tanta naturalidad en la mente de Dana que prácticamente se convertía en uno con ella.

Tenía que haber una razón por la que había empezado a tener esos sueños después de haber llegado a la isla.

Afuera, Laxia y Sahad estaban sentados junto al fuego, asando grandes vainas de plantas sobre las brasas. Su olor le recordó a pan tostado. Se acercó y se sentó junto a ellos.

—Toma. —Sahad le entregó una vaina cocida—. No sé cómo se llaman, pero cuando era niño en Creet solíamos recogerlas en las colinas y asarlas. Mi esposa y mi hija también las recolectan a veces, cuando nos falta grano. No saben mal.

Adol le dio un mordisco. La vaina tenía un sabor simple, pero agradable, como una especie de masa de trigo tostado.

—Te ves cansado, Adol, —dijo Laxia—. ¿Estás bien?

Por un momento, Adol consideró contarles su sueño, pero decidió no hacerlo. Ahora que estaba completamente despierto y a plena luz del día, podía convencerse de que no había nada extraño en ello.

—Estoy bien, —respondió—. ¿Y ustedes? ¿Durmieron bien?

—Como un tronco. —Sahad eructó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Laxia lo miró con desagrado.

—Bu-bueno… logré descansar más de lo que esperaba.

—¡Gahjajá! —rió Sahad—. Me alegra ver que ya no eres tan quisquillosa con lo de acampar.

—Deberíamos hacer más campamentos mientras exploramos la isla, —dijo Adol rápidamente, antes de que estallara una discusión—. Así podremos cubrir más terreno.

—Claro, —asintió Sahad—. Brindemos por otro día de exploración.

Para entonces, Adol creía tener una buena idea de cómo era la isla y qué tipo de paisajes esperar al adentrarse en nuevas zonas. Pero al seguir el paso de montaña que salía del claro y se internaba más en las colinas, descubrió cuán equivocado estaba. Nada de lo que había visto hasta entonces podía haberlo preparado para la vista que se abrió ante ellos al otro lado del barranco.

Imagina un arrecife oceánico, plantado en tierra firme. Cubre las columnas de coral que se alzan con hierba, musgo y enredaderas. Planta árboles de aspecto exótico que extiendan sus copas entre ellas, formando un dosel denso. Añade la luz del sol filtrándose, con finos rayos atravesando la vegetación como flechas disparadas desde un arco celestial. Extiende esa vista en la distancia, de modo que el lugar parezca prolongarse sin fin, sin límites. Se sentía como si estuvieran atrapados bajo el agua, a punto de nadar hacia lo desconocido.

—Vaya, —dijo Sahad—. Mira eso…

—Un lugar fascinante, —coincidió Laxia.

—Parece un montón de coral.

—Quizá, —sugirió ella— esto fue un arrecife de coral cuando toda esta zona estaba completamente bajo el agua.

Sahad chasqueó los dedos.

—Ya sé cómo deberíamos llamarlo: Bosque de Corales Colosal.

Para sorpresa de Adol, Laxia no puso objeciones esta vez.

Un sendero natural descendía, pasando junto a un estanque formado por una pequeña cascada, hasta un túnel parecido a una cueva, creado por formaciones de coral fusionadas en lo alto, tenuemente iluminado por aberturas en el techo. Cangrejos terrestres se apartaban de su camino, reforzando la sensación de que realmente avanzaban por un arrecife.

El túnel se ensanchó, desembocando en un pequeño barranco con un estanque mayor brillando en su centro. Dos hombres estaban junto a la orilla: uno tumbado en el suelo, el otro inclinado sobre él. Adol corrió hacia ellos.

El hombre que yacía en el suelo parecía corpulento y de mediana edad, vestido con un traje elegantemente confeccionado, con un alto cuello adornado con encaje. Incluso en medio de aquella naturaleza salvaje, su cabello parecía recién arreglado por un barbero. Un fino bigote se curvaba sobre su largo labio superior. Un noble… y, por su aspecto, no precisamente de trato fácil.

El hombre inclinado sobre él vestía de forma sencilla y práctica, sin adornos ni lujos. Un gran bolso reposaba en el suelo a su lado. Tenía un aire resignado, como si la actitud de su acompañante le causara problemas. Por lo que Adol había visto hasta ahora, podía creerlo sin dificultad.

—¡Ay! —dijo con tono altivo el hombre tendido—. Mi tobillo… ¡me duele! —Sonaba acusador, como si el otro fuera personalmente responsable del dolor—. ¿Qué estás esperando? ¡Atiéndeme de inmediato!

El otro hombre suspiró.

—Por favor, quédese quieto.

—¿Quieto? Estoy sufriendo, imbécil.

—Parece que se ha torcido el tobillo. No es una lesión grave, pero por precaución le haré una férula.

—Uf. —El noble puso los ojos en blanco—. ¿Por qué tenía que ocurrirme esta desgracia? Esto no habría pasado si el barco no se hubiera hundido. —Miró por encima del hombro de su acompañante, fijándose en Adol y su grupo—. Ah, el rescate ha llegado. ¡Ya era hora!

El otro hombre también se giró, observando cómo el grupo se acercaba. Resultaba curioso lo tranquilo que parecía, como si nada fuera de lo normal estuviera ocurriendo.

Laxia entrecerró los ojos.

—¿Sir Carlan?

El noble se irguió.

—Mi querida Lady von Roswell. Qué casualidad encontrarla aquí, y en tan peculiar compañía. —Miró a Adol y a Sahad con evidente desdén.

—¿Lo conoces? —preguntó Sahad.

Laxia suspiró.

—Sí, nos conocimos a bordo del Lombardia .

—En efecto, —confirmó Sir Carlan—. La señorita Laxia fue una de las pocas pasajeras cuya posición le permitía entablar conversación conmigo. Por supuesto, su familia no puede compararse con la mía, especialmente con todos esos escándalos… —se interrumpió—. Pero ¿con quién estoy hablando? Soy un noble del Imperio Romun. No estoy obligado a conversar con gente como ustedes. —Se dio la vuelta.

Guau. Adol intercambió una mirada con Sahad. Hasta ahora, todos los náufragos que habían encontrado habían sido razonables y comprensivos con la situación. Parecía que su suerte estaba a punto de cambiar, al menos en ese aspecto.

—¿Y tú qué? —preguntó Sahad al otro hombre.

Una media sonrisa tranquila se dibujó en el rostro del hombre.

—Me llamo Kiergaard. Soy médico, en realidad.

—¿Un médico, eh? —Sahad se animó—. Eso seguro que nos vendrá bien, sobre to’ si volvemos a encontrarnos con ese lagarto gigante.

—Permítannos escoltarlos de vuelta a Pueblo Náufrago. —Adol se volvió hacia Sir Carlan—. ¿Puede caminar?

Sir Carlan resopló con fuerza.

—Lady Laxia, deseo que informe a sus, eh… compañeros de que no deben dirigirse a mí directamente.

Sahad lo miró con incredulidad.

—¿Que no nos dirijamos a ti directamente? Pero entonces, ¿cómo se supone que vamos a mover tu lamentable trasero a…?

—¿¡Cómo te atreves!?

—Puede caminar, —dijo Kiergaard con calma.

Sir Carlan bufó, luego se puso de pie con cierta torpeza. Al dar unos pasos, Adol apenas pudo notar cojera alguna. Vaya personaje. Esperaba que no terminara siendo un problema para la aldea.

—Lady Laxia, —dijo Sir Carlan—. Puede prestarme su hombro.

—¿Qué?

—Su hombro, para apoyarme en él.

—¿Por qué?

—Para escoltarme a ese llamado Pueblo Náufrago, por supuesto. No puedo hacer el trayecto por mi cuenta, ya que me he lesionado el tobillo, como puede ver.

Laxia se volvió, visiblemente indecisa. No parecía muy dispuesta a acceder. Los ojos de Sahad se entrecerraron, pero Adol se adelantó antes de que respondiera, colocándose entre Laxia y Sir Carlan para protegerla.

—Déjeme ayudarle, Sir Carlan, —dijo.

El noble se irguió, como preparándose para estallar. Pero en ese momento, alguien apareció desde la entrada del túnel por el que habían llegado.

Dogi. Adol dejó escapar un suspiro. ¿Cómo hacía siempre para aparecer en el momento justo? En este caso, creía tener una idea al ver a un ave colorida descender desde las ramas y posarse en el hombro de Dogi.

Laxia sonrió.

—Dogi. ¿Qué hacen tú y el Pequeño Paro aquí?

—Casualmente estaba por la zona. Ocupándome de algunas cosas. —Dogi recorrió al grupo con la mirada, encontrándose con los ojos de Adol.

Siguiendo nuestras huellas. Adol se sintió culpable. Deberían haber hablado de la posibilidad de acampar antes de salir de la aldea. Era natural que Dogi y el capitán se preocuparan al ver que no regresaban por la noche.

—¡Adol encontrado! —graznó el Pequeño Paro—. ¡Pelirrojo encontrado!

Los hombros de Sahad se relajaron lentamente. Evitó deliberadamente mirar a Sir Carlan.

—Puedo escoltarlos a ambos, —ofreció Dogi—. De todos modos, iba de regreso. — Ahora que los encontré y comprobé que están bien , parecía decir su mirada de reproche al cruzarse nuevamente con Adol.

—Pero, —protestó Sir Carlan—, no deseo ser escoltado por un bruto corpulento como tú.

—Estos chicos necesitan centrarse en buscar a otros náufragos, —dijo Dogi con calma—. La única forma de salir de esta isla es ayudándonos entre todos. —Cruzó los brazos sobre el pecho, alzándose imponente frente al noble—. Así que, ¿podría cooperar?

Los ojillos de Sir Carlan se movieron de Dogi al loro y de vuelta.

—Hmff, está bien. Terminemos con esto.

Alzó la barbilla y pasó junto a Dogi en dirección a la entrada del túnel por donde habían venido. A esas alturas, todos podían apreciar su forma de caminar: altiva y segura, sin el más mínimo rastro de cojera.

—¿Entonces no necesitas que te cargue? —le gritó Dogi.

—Soy perfectamente capaz de caminar por mi cuenta, muchas gracias, —replicó Sir Carlan.

—Qué alivio, —murmuró Laxia.

Sahad asintió.

—Ese tipo estira’o es un verda’ero dolor de cabeza.

—Será mejor que lo siga antes de que le ocurra algo. —Dogi se volvió hacia Kiergaard—. ¿Vienes?

—Sí. Pero antes quería informarles que hay una tercera náufraga: una joven bastante enérgica. Llegamos a la orilla en la misma zona, pero cuando Sir Carlan y yo decidimos internarnos tierra adentro, ella optó por quedarse. Ni siquiera nos dijo su nombre. —Lanzó una mirada tensa hacia la cueva, por donde Sir Carlan acababa de desaparecer.

—Me pregunto por qué… —murmuró Sahad.

—La buscaremos, —aseguró Adol—. ¿Dónde está exactamente ese lugar?

—Al otro lado de este bosque, —señaló Kiergaard—. Le pedí que se quedara allí hasta que volviéramos por ella, pero he estado muy preocupado.

—Entendido, —dijo Laxia—. Iremos de inmediato.

Kiergaard se agachó, recogió su bolsa y se la colgó al hombro antes de salir tras Sir Carlan y Dogi.

—Qué suerte que sea médico, —comentó Laxia—. Imagino que nos será de gran ayuda.

Adol asintió pensativo. Había algo en Kiergaard que no le terminaba de encajar, pero descartó la idea. A Pueblo Náufrago le vendría muy bien un médico, por no mencionar otro hombre capaz de ayudar.

—En cuanto a Sir Carlan… —continuó Laxia.

Sahad resopló.

—Ni lo menciones. Me da que nos vamos a cansar de hablar de él en na’. Mejor atravesemos este bosque raro y encontremos esa costa.

El sendero los llevó más allá de un pequeño lago hacia una jungla más densa. Tras un buen rato avanzando con cuidado entre rocas, cruzando estanques hasta las rodillas y abriéndose paso entre un laberinto de cortinas de enredaderas que colgaban desde el dosel, finalmente regresaron a la orilla del mar. Adol se detuvo en el límite de la jungla, disfrutando de la brisa marina.

Aquella playa era mucho más apartada que las otras que habían visitado hasta entonces. La única forma de llegar era atravesando el bosque que acababan de recorrer, o por mar. Un gran montón de rocas se alzaba como una isla en medio de la arena. Probablemente del mismo origen que los deslizamientos de tierra de la isla, llevaba allí el tiempo suficiente como para atrapar tierra y permitir que creciera vegetación considerable; como una altísima palmera que se elevaba en su centro. No se parecía a ningún árbol que hubieran visto antes: su ancho tronco con forma de botella se estrechaba bruscamente en la parte superior, coronado por un frondoso conjunto de hojas largas y carnosas.

Metavolicalis , —dijo Laxia.

—¿Qué? —Adol parpadeó.

—Una especie primitiva de palmera. —Asintió, como si encontrar ese árbol confirmara una teoría—. Se cree que está extinta.

Adol recorrió con la mirada el enorme tronco, cubierto de escamas que recordaban a las de una serpiente. Desde luego, nunca había visto un árbol así.

Mientras rodeaban montones de rocas para acercarse al agua, divisaron a una mujer de pie junto a la orilla, mirando hacia la distancia. La náufraga de la que había hablado Kiergaard.

Alta y atlética, llevaba un corpiño de cuero sobre un sencillo vestido de lino, con un cinturón de herramientas ceñido a la cintura. Sus manos eran grandes y curtidas, como si hubieran conocido el trabajo duro. No era una noble, entonces. Adol sintió un alivio casi absurdo mientras se acercaba a ella por la arena.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó a modo de saludo. Su voz era grave y áspera, como si hubiera pasado demasiado tiempo dando órdenes o esforzándose por parecer aún más dura de lo que era.

—Somos del Lombardia , —dijo Laxia—. Hemos venido a rescatarte.

La mujer asintió con calma.

—Ya veo. No se habrán cruzado, por casualidad, con dos hombres por ahí en la jungla, ¿no? Uno, un médico, y el otro… el más estirado y pomposo…

—Sí, los vimos, —dijo Adol—. El médico, Kiergaard, nos indicó que viniéramos a buscarte aquí. Ambos van camino a nuestro Pueblo Náufrago.

—Oh. —La mujer asintió con una expresión que mezclaba alivio y decepción a partes iguales. Claramente, no le entusiasmaba la idea de volver a ver a Sir Carlan.

—Anochecerá en unas horas, —dijo Adol—. Deberíamos regresar también.

Ella entrecerró los ojos, examinándolo de arriba abajo.

—Te recuerdo del barco. Tú eras el que luchó contra ese monstruo antes de que nos hundiéramos, ¿verdad?

—Sí. —Adol se sintió sorprendido. Todo había sido tan caótico en el barco que era increíble que ella lo hubiera reconocido.

Sus ojos se deslizaron hacia la espada de Adol.

—Es una pena que un espadachín de tu nivel ande con esta porquería. ¿La encontraste en la playa o algo así?

—En una cueva cerca de nuestro campamento. —Adol echaba de menos la Espada Isios, aunque no venía al caso. Estaba seguro de que la mujer no intentaba ofenderlo. Simplemente era así de directa con todos.

—Seguro que sabes usarla, pero… —la mujer suspiró— no puedes luchar a tu máximo potencial con una espada desafilada y mal equilibrada. Y tú, —se volvió hacia Laxia—, ese estoque tiene una empuñadura vistosa, pero apostaría a que necesita trabajo. Si tuviera que adivinar, diría que no ha visto combate real en años.

Laxia se quedó en silencio un momento, claramente debatiéndose entre el enfado y la sorpresa. La sorpresa ganó; un cambio notable respecto a la noble que Adol había conocido unos días antes.

—¿Puedes saberlo con solo mirarla? —preguntó.

La mujer se encogió de hombros.

—Tu arma, —dijo, dirigiéndose a Sahad— es basura. Literalmente. Vas a terminar lesionándote si sigues blandiendo eso.

Sahad se rascó la cabeza.

—Gahjajá… ahora que lo dices, últimamente me ha estado doliendo más la espalda.

—Parece que sabes mucho de armas, —comentó Adol.

Ella soltó una breve risa.

—Más me vale, siendo herrera de armas. Por cierto, me llamo Kathleen. Encantada.

Adol asintió. Una herrera de armas. Qué suerte. Tal vez podrían construir una forja para que Kathleen ayudara a mejorar sus armas y hacerlas más eficaces contra las bestias de la isla. Recordó al lagarto monstruoso que había perseguido a Sahad. Tener un arma capaz de herir a esa criatura haría que Adol se sintiera mucho más seguro durante sus expediciones de rescate en la naturaleza salvaje.

 

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