Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 10 Finales de Primavera del Decimoctavo Año (I) Parte 6
Las elegantes copas tintinearon al ser colocadas sobre el mostrador. Desentonaban con una taberna de aventureros y reflejaban el resplandor del local de una manera encantadora.
—¿Te gustan las bebidas más fuertes? —preguntó la muchacha.
—¿Hm? Oh, yo…
—…Parece que todavía podrías beber más. Al menos, así lo veo yo. —La voz juvenil pero seductora que brotaba de sus labios semejantes a flores de cerezo, pronunciada en el refinado dialecto palaciego que dominaba a la perfección, acarició los vellos del interior de los oídos de Mika. Poseía una fluidez que no desentonaría ni siquiera en el más elegante de los banquetes. Incluso la forma en que descorchó la botella y vertió el líquido ámbar en la copa era impecablemente precisa. Todo en ella estaba tan en desacuerdo con su apariencia que confundía la mente de Mika.
Por la etiqueta, Mika pudo darse cuenta de que el licor era de alta calidad. Al observar con más atención, vio que colgaba de la botella una pequeña etiqueta con el nombre de su propietario: Erich.
—Él mismo dijo que esta noche invitaría a todos —dijo la muchacha mientras volvía a colocar el tapón y su sonrisa diabólica se hacía más amplia.
Mika tomó la bebida, sin una sola gota de agua mezclada, y la acercó nerviosamente a su nariz. El potente alcohol le irritó las fosas nasales, acompañado por notas de roble y miel. Cuando la fragancia se desvaneció, dejó tras de sí un matiz afrutado. Podía decir sin dificultad que se trataba de un licor excelente. El buen gusto de su viejo amigo seguía siendo el mismo de siempre.
Llevándola lentamente a los labios, tomó el más pequeño de los sorbos. El intenso alcohol abrasó sus papilas gustativas; a Mika le resultaba difícil distinguir lo que se ocultaba tras aquel complejo sabor. Aunque disfrutaba del aroma, todavía era demasiado joven para que aquella bebida terminara de resultarle agradable al paladar.
—Tiene una fragancia maravillosa, pero creo que todavía es un poco pronto para mí —dijo Mika. Con un poco de concentración, un instante después se formó un cubo de hielo que cayó en su bebida con un agradable tintineo. Era un hechizo simple pero valioso que reunía la humedad del aire y la enfriaba.
—Qué demostración tan maravillosa. Imagino que todos los borrachines del mundo te miran con envidia.
—Supongo que un poco.
El mago hizo girar la bebida, permitiendo que el gran trozo de hielo se derritiera y suavizara el licor. Bastaba una pequeña cantidad de agua fría para transformar el aroma de la bebida en algo completamente distinto. Mientras contemplaba el líquido ámbar girando frente a él, Mika recordó algo que su maestro le había dicho cuando alcanzó la mayoría de edad. Su maestro le había regalado una botella costosa y le había dicho:
—Tú eres como el güisqui.
El güisqui se originaba y se producía principalmente en unas lejanas islas situadas al noroeste del Continente Central. Para Mika, era un lugar más cercano a su hogar que el Imperio, aunque no precisamente pacífico; sufría constantemente los ataques de los piratas del norte.
De todos los licores destilados, el güisqui era el que más tiempo permanecía envejeciendo en barrica, y cuando finalmente estaba listo para beberse, numerosos cambios minúsculos podían afectar enormemente su sabor: si se servía a temperatura ambiente, frío, ligeramente calentado, con hielo, rebajado con un poco de agua o simplemente puro. Existía incluso otro método descubierto por un discípulo del Dios del Vino, que consistía en añadir agua carbonatada; sin embargo, el maestro de Mika consideraba aquello una práctica extremadamente heterodoxa.
Mika se había preguntado qué había querido decir su maestro al compararlo con aquella bebida. ¿Se refería a los cambios de temperamento que acompañaban a los cambios de sexo? El joven mago ni siquiera estaba seguro de si aquello debía tomarse como un cumplido. Sin embargo, ahora, con aquella copa frente a él, sentía que por fin podía comprender la comparación. Cuando volvió a acercar el vaso frío a su nariz, percibió los cambios que se habían producido en su interior. La bebida era más suave, pero en lugar de la abrumadora astringencia inicial aparecía aquel tenue aroma afrutado, ahora más intenso que antes. Dio otro sorbo. Era una delicadeza compleja, una que podría envejecer junto a él.
Mirando la botella, vio que todavía estaba bastante llena. Mika estaba seguro de que su amigo pensaba igual que él: era una bebida para disfrutar en pequeñas cantidades mientras el paladar maduraba. El mago sonrió al sentir aquella pequeña conexión con Erich. Sentía como si hubiera recuperado una pequeña parte de los tres años que habían pasado separados.
—Parece que ha sido de tu agrado —dijo la muchacha.
—Sí, es un güisqui excelente —respondió Mika—. Me gustaría volver a probar otra copa dentro de unos diez años, más o menos. —Cuando la muchacha le ofreció servirle más, él rechazó la oferta, diciendo que no podía permitirse beber demasiado del licor favorito de Ricitos de Oro. Desaparecería en apenas unos cuantos sorbos; sería un desperdicio indulgente. No podía permitirse terminar como su maestro, que comenzaba la noche en busca de nueva sabiduría y la terminaba murmurando disculpas a quién sabía qué dioses mientras se aferraba a las mantas en medio de una neblina etílica.
—Ahora bien, querido mago, ¿trabajaste en Berylin?
—Estudié allí, sí.
—Eso es bastante impresionante. ¿Conociste allí a Ricitos de Oro?
Mika asintió mientras daba otro sorbo. El hielo se había derretido aún más, suavizando todavía más el alcohol. Si Mika era como el güisqui, entonces sentía que había sido como aquella bebida la primera vez que conoció a Erich.
—Había venido a la capital para trabajar como sirviente de un magus. Nos conocimos por pura casualidad. Después de eso terminamos trabajando juntos en varias ocasiones. Pasábamos nuestro tiempo libre juntos. Incluso realizamos algunos experimentos juntos. —Mika hizo una pausa—. Creo que compartí con él lo más valioso de mi vida.
Mika cerró los ojos y recordó. La primera vez que conoció a Erich era mucho más joven que ahora. Llevaba a su hermana sobre la espalda. Elisa también era mucho más pequeña entonces. Ahora era una estudiante del Colegio, famosa por derecho propio gracias a sus fórmulas únicas.
Los dos grandes amigos solían salir de excursión cabalgando uno al lado del otro sobre los dos caballos hermanos, visitando los bosques situados en las afueras de la capital para recolectar hierbas de los encargos del tablón de anuncios. Allí dieron sus primeros pasos en el aprendizaje de la botánica y en cómo seleccionar las mejores hierbas, una habilidad para toda la vida que aún permitía a Mika elaborar catalizadores con la máxima eficiencia.
Luego estaba aquella inolvidable aventura en el laberinto de icor, donde la vida de cada uno había quedado en manos del otro. Estar a escasos centímetros de la muerte no era un recuerdo agradable, pero aun así era precioso; un recuerdo que jamás podría abandonar ni permitir que se empañara. Después de todo, aquel viaje le había dado algo irremplazable: había aprendido a utilizar instintivamente su escasa cantidad de maná de forma eficaz y había llegado a comprender sus propios límites, algo que todo mago necesitaba conocer. Fue una experiencia inolvidable para él como mago.
También fue una experiencia inolvidable para él como persona. Durante aquella noche iluminada por la luna, no le ocultó nada a Erich. Los recuerdos de haber sido visto por él aquella noche hicieron que Mika se sonrojara más que el alcohol.
—¿Se te ha subido la bebida a la cabeza? —preguntó la muchacha.
—Un poco —respondió Mika antes de empezar a relatar, poco a poco, fragmentos de su tiempo en Berylin junto a Erich: historias divertidas, momentos en los que Erich había sido realmente impresionante, asegurándose al mismo tiempo de recortar aquellos relatos que pudieran entrar en terrenos que su amigo no querría compartir con otros.
Las risitas de la muchacha resultaban alentadoras, así que el mago se encontró contando sus historias con facilidad. No era tanto que ella lo estuviera animando deliberadamente; más bien, al volver a narrar aquellos recuerdos, estos se volvían más firmes y seguros dentro de su mente. Simplemente era muy divertido hablar de los lugares que habían visitado y de las cosas que habían hecho. Más que nada, Mika no tenía ningún amigo en la capital con quien pudiera compartir aquellas historias sin temor a que, de algún modo, terminaran volviéndose en su contra.
Los pensamientos sobre Elisa, de cabellos dorados y a quien Mika también consideraba su propia hermanita, acudieron a su mente. Ella también estaba trabajando arduamente por su cuenta y se había vuelto más fuerte que antes. Dudaba que estuviera llorando por haberse quedado completamente sola.
No, quizá eso fuera solo la fachada fuerte que ella mostraba.
Quizá, después de escuchar los deseos de Mika, hubiera corrido hasta el antiguo alojamiento de Erich —que seguía conservándose tal como estaba— y ahora estuviera envuelta en la ropa de cama que aún conservaba débilmente su aroma mientras lloraba.
El mago se recordó a sí mismo que debía entregar a Erich el montón de cartas que había traído consigo una vez que las cosas se tranquilizaran un poco. Celia había escrito muchas que nunca había conseguido enviar —al parecer, los seres inmortales eran un poco peores cumpliendo plazos— y por eso le había encargado a Mika que las entregara personalmente.
Le había puesto aquel grueso paquete en las manos suplicándole que se asegurara de que su amigo escribiera una respuesta si se encontraba bien.
Mika dejó aquellos pensamientos para más tarde; hoy, incluso los dioses le perdonarían disfrutar de aquel reencuentro sin preocuparse por las necesidades de los demás. Su vaso vacío fue reemplazado por otro, que la muchacha llenó con otro de los licores favoritos de Ricitos de Oro, uno que él había estado bebiendo un poco antes. Este tenía un tenue aroma amaderado que le recordaba al incienso, acompañado de un bouquet herbal. Era mucho menos intenso que la otra botella. Fácil de beber. Mika podía entender por qué Erich lo prefería.
Creando otro cubo de hielo con magia, Mika disfrutó del sabor dulce y refrescante de aquella segunda copa. Incluso a su corta edad podía darse cuenta de que era una bebida excelente. Era propio de Erich saber lo que él podía y no podía hacer. Mika apreciaba el espíritu desafiante de Erich, siempre dispuesto a poner a prueba sus límites y a aventurarse más allá de lo que creía posible.
Otra sonrisa apareció en los labios de Mika al pensar en el peculiar estilo de vida de Erich. Una leve sonrisa era el arma más valiosa de un noble; una armadura que protegía mucho más que cualquier rostro inexpresivo. Sin embargo, Mika no había conseguido eliminar por completo todo rastro de sus emociones en esta ocasión.
—Entonces, joven mago —preguntó la muchacha, percibiendo las emociones ocultas bajo la superficie—. Al final de todo, ¿qué es Ricitos de Oro para ti?
Era una pregunta que iba directamente al núcleo del asunto.
La calidez del alcohol desapareció en un instante. Fue como sumergirse en aguas heladas, una sensación tan intensa que ni siquiera podría reproducirla regresando a los baños de vapor de su tierra natal y lanzándose a un río aún cubierto por una capa reciente de hielo. Un sudor frío apareció en las palmas de sus manos; un escalofrío recorrió su espalda. Solo gracias a su fuerza de voluntad evitó que el sudor aflorara en su frente. Sintió cómo sus mejillas se tensaban, pero mantuvo una sonrisa relajada mientras su mente comenzaba a trabajar frenéticamente.
¿Qué se suponía que significaba eso?
Dadas las circunstancias, parecía una pregunta inocente. Sin embargo, sus instintos —los mismos que lo habían puesto en guardia cuando se sentó en el mostrador— le decían que debía pensar cuidadosamente su respuesta.
¿Qué significaba Ricitos de Oro, no, qué significaba Erich de Konigstuhl para él?
Era una pregunta que podía adornarse fácilmente con palabras grandilocuentes. Sin embargo, lo que Mika guardaba en su corazón desafiaba las ordenadas limitaciones del lenguaje. Erich era la única persona del mundo, aparte de sus padres, que lo veía simplemente como Mika: no como un tivisco, no como un estudiante del Colegio, no como un compañero afín del mismo sexo. Aquella noche, la desesperación que Mika sentía hacia el mundo se había transformado en gratitud por seguir vivo. Había sido salvado. No había ninguna duda al respecto. Cuando Erich le dijo que lo valoraba no solo como amigo, sino simplemente porque era Mika, por primera vez en su vida sintió que realmente estaba vivo.
Erich era alguien precioso para él, pero ¿de qué servía la palabra «precioso»? Lo que sentía era salvación, admiración, amor… conceptos que, reducidos a tinta sobre papel o a vibraciones de una lengua al hablar, resultaban dolorosamente insuficientes. Mika no creía que ni siquiera los dioses pudieran comprender el peso y la complejidad de aquellos sentimientos. Pero aun así eligió cuidadosamente sus siguientes palabras, sintiendo la sombra de todo aquello sobre él.
—Es un querido amigo mío.
El corazón inquebrantable de Mika había sido forjado en el fuego de sus propias pasiones y puesto a prueba bajo el peso de sus propios anhelos. Y ese mismo corazón había encontrado en Erich una verdadera amistad. Un amigo era más fácil de tratar que la familia, más distante que un cónyuge e incomparable a cualquier otro conocido. Había heridas que solo un amigo podía aliviar y preocupaciones que solo podían compartirse con uno. En ellos podía encontrarse la gracia necesaria para alcanzar futuros que jamás se osaría perseguir en solitario.
Aquel sentimiento había nacido del amor, de la compasión, de una forma de emoción tan antigua como el alma misma. El efecto que el cuerpo de un amigo pudiera ejercer sobre uno era otra cosa, o al menos algo adicional. Por supuesto, no quería restarle valor a eso, pero el mayor deseo de Mika era seguir siendo siempre amigo de Erich y que Erich siguiera siendo siempre su amigo. Todo lo demás esperaba poder aceptarlo o dejarlo de lado.
—Y, por suerte para mí, él también me trata como a un amigo irremplazable.
Incluso a través de los cambios de sexo, incluso con el paso de los años, Mika jamás permitiría que su fe en el compromiso de Erich hacia él vacilara. Tampoco se atrevería a ocultar aquella amistad. Era una de las pocas cosas bellas y brillantes de este mundo de las que se sentía orgulloso. Si tenía que reconocer una única excepción… fue cuando Erich le hizo aquella petición.
—Espero que eso satisfaga tu curiosidad.
Mika utilizó la poca energía que podía permitirse gastar para obligar a su rostro a adoptar la misma expresión despreocupada que había mantenido durante toda la noche: la misma sonrisa que mostraba cada vez que preguntaba por el estado de sus calificaciones. La muchacha cerró los ojos y cruzó los brazos antes de quedarse pensativa.
Fue entonces cuando Mika reparó en algo extraño por primera vez. Había supuesto que la muchacha estaba de pie sobre algún tipo de plataforma mientras apoyaba el cuerpo sobre el mostrador. Pero ahora que se había echado hacia atrás, su postura parecía demasiado equilibrada para alguien que estuviera simplemente de pie. Además, cuando había estirado la mano hacia la estantería que tenía detrás, tampoco había parecido estar lidiando con una tarima elevada ni nada parecido…
—Te daré una nota aprobatoria —dijo ella con un suspiro, como si aquello fuera al mismo tiempo una gran decisión y el resultado que esperaba desde el principio—. Tus sentimientos son pesados, pero también ligeros… No pareces interesado en perseguir fama a través de ese chico, ni tampoco pareces ser simplemente un viejo amigo.
¿Ese chico? , pensó Mika con desconcierto, pero cuando volvió a mirar, la muchacha había desaparecido. No había usado magia; simplemente se había agachado al otro lado del mostrador. Lo extraño era que el mostrador no era tan alto. Si hubiera sido una muchacha de tamaño normal, al menos debería haber podido ver su cabeza asomando por encima, especialmente estando sentado justo delante de él. Era un mostrador excelente, con espacio suficiente para una gran cantidad de comida y bebida, pero aun así resultaba sumamente extraño que hubiera desaparecido de su vista por completo.
—¿Dónde estabas? Hay alguien a quien me gustaría presentarte.
—Mis disculpas. Estaba ayudando a John con algunas cosas.
Dentro de los círculos académicos del Colegio, gracias a las investigaciones de un magus de Sol Poniente con amplios conocimientos sobre el funcionamiento del cuerpo humano, no era raro oír hablar del llamado «efecto fiesta». Se trataba de una extraña sensación que permitía escuchar una conversación concreta por encima del rugido de una multitud reunida en una celebración. El cerebro sacaba inconscientemente a primer plano sonidos que, de otro modo, jamás habríamos podido oír.
A pesar del bullicio de los aventureros, Mika podía escuchar no solo a Ricitos de Oro, sino también una voz que ya le resultaba demasiado familiar. Mika se giró de golpe y vio que la muchacha que había estado detrás del mostrador apenas unos segundos antes ahora se encontraba junto a Erich. Fue entonces cuando comprendió que aquellos hermosos y amenazadores ojos color ámbar no pertenecían a un mensch. Era una aracne. Más concretamente, una aracne araña saltadora, una raza temida dentro del Imperio por su extraordinaria habilidad como exploradoras, cazadoras y asesinas.
Finalmente, los recuerdos del mago alcanzaron sus pensamientos y la respuesta se reveló por sí sola. A Erich le gustaba hablar de su hogar. A Mika le gustaba observar a su amigo hablar con tanta alegría, ver cómo su rostro se iluminaba mientras volvía una vez más a expresar con sinceridad y entusiasmo su admiración por cierta persona; un oyente menos atento podría haber pensado que estaba presumiendo. Su rostro había aparecido incontables veces en aquellas historias, y su presencia despertaba en Mika emociones que le costaba describir.
Margit. Era la amiga de la infancia de Erich y una talentosa cazadora, con quien había prometido convertirse en aventurero. Erich la atesoraba, y ella era quien le había regalado aquel pendiente que ni siquiera permitía que sus amigos tocaran sin previo aviso.
Mika se reprendió mentalmente. ¿Cómo no se había dado cuenta? La forma en que Erich había elogiado su hermoso cabello castaño y sus embriagadores ojos era fiel a la realidad. Si lo hubiera pensado con lógica, habría sido obvio. El encargado del Lobo de Plata Nevado jamás permitiría que su preciada hija atendiera sola el mostrador en una guarida llena de aventureros revoltosos. Para colmo, había escuchado tantas historias sobre ella durante el viaje a Marsheim. La apariencia de Margit en aquellas historias románticas sobre Ricitos de Oro —salvo algunas excepciones donde le cambiaban la raza para adaptarse a públicos más conservadores— coincidía perfectamente con la realidad.
Una sola mirada debería haberle bastado para comprenderlo todo. Pero quizá Margit se había asegurado de que no lo notara. Necesitaba determinar si aquella persona que estaba al lado de Erich era un aliado… o una presa.
La razón de su sudor frío y de todas aquellas alarmas resonando en su cabeza quedó clara al instante. Aunque Margit había parecido estar desarmada, había estado evaluando a Mika como si fuera una presa. No importaba que él fuera un mago; los hechizos requerían pensamientos para manifestarse. Los grandes magos capaces de activar instantáneamente sus poderosas barreras permanentes quizá no tendrían problemas, pero Margit no le concedería al mago el tiempo necesario para pensar y lanzar un hechizo antes de matarlo. Con una velocidad así, Mika no era más que un simple mortal.
Con una sonrisa, Margit lo había estado evaluando. No como enemiga de Mika, sino como guardiana de Erich, para decidir si merecía estar al lado de la persona más importante para ella.
—Ja, ja… —Una risa seca escapó de los labios de Mika. Quería morderse el labio por su propia estupidez y por la habilidad de ella. No importaba que en aquel momento fuera un hombre; ella no estaba conteniéndose en absoluto al juzgarlo. Mika estaba convencido de ello. Del mismo modo que él había oído hablar de ella, ella había oído hablar de él. Sabía que, aunque en ese momento fuera varón, también alternaba entre sus estados neutro y femenino.
—Increíble… Qué aterradora. —Su aliento estaba cargado de algo más que alcohol.
—¡¿Verdad que sí?!
—¡Whoa!
Sin que Mika se diera cuenta, Dietrich se había acercado. La zentauro pasó un brazo por encima de sus hombros, obligándose a adoptar una postura que parecía bastante incómoda.
—Me la jugó bien en los baños —dijo Dietrich—. Vi visiones de mí misma estirando la pata unas dos o tres veces. Pensé que ahí se acababa todo para mí.
—Así que por eso estabas blanca como un fantasma cuando salimos de los baños…
—¡Pues claro! ¡Cualquiera lo estaría si muriera varias veces dentro de un baño!
No era ninguna sorpresa que Dietrich tampoco hubiera escapado al escrutinio de Margit. Su primera aparición ante Erich había sido irrumpir en el patio de la taberna proclamando a viva voz que se lo llevaría a casa como esposo. No había manera de que la aracne tolerara algo así. Dietrich no explicó exactamente qué le había hecho Margit, pero el haber sentido el terror de la muerte recorriéndole el cuerpo evidentemente había moderado un poco su actitud. Ni siquiera Erich había conseguido algo así antes.
—Tú y yo la tenemos difícil. Pero, en el peor de los casos, no me importaría guardar las apariencias llevándome de vuelta su semilla.
—¡¿Su-su semilla?!
—Verás, a mi tribu no le preocupa demasiado quién sea tu esposo de verdad. Muchas mujeres intentan hacerlo con tantos héroes como pueden, y algunas parejas tampoco tienen reparos en acostarse con otras personas. No es raro que los niños no sepan exactamente quiénes son sus padres.
Los zentauros que vivían en el Imperio habían adoptado el concepto de familia nuclear, pero las tribus que seguían habitando las islas eran completamente diferentes. Mika no pudo evitar fruncir el ceño ante una idea tan ajena a él.
Dietrich llamaba padre y madre a dos personas concretas, pero no había nada que confirmara que estuviera emparentada con ambos. Los niños pertenecían a toda la tribu. Eran su tesoro y sus recursos, por lo que eran criados con esmero. Todos nacían para la tribu, así que ¿qué importaba quiénes fueran sus padres? Parecía que aquel sistema familiar había permitido que Dietrich llegara muy pronto a una solución de compromiso.
—Tú también la tienes difícil, profe.
—¿Y qué se supone que quieres decir con eso? Yo solo estoy aquí como su amigo. —Mika se rascó la cabeza y sacó un cigarrillo. Era una mezcla especial creada por su maestro que lo ayudaba a calmarse y le daba espacio mental para concentrarse, algo que Mika necesitaba desesperadamente en ese momento. El papel estaba hecho con restos de apuntes desechados. Se lo colocó entre los labios y lo encendió con un sencillo hechizo.
—¡Por aquí, viejo amigo! Tengo a alguien a quien presentarte.
La dulce fragancia de las hierbas llenó los pulmones de Mika; sintió cómo la sensación recorría todo su cuerpo. La niebla del alcohol desapareció en un instante y sus pensamientos se volvieron nítidos y brillantes.
—Te escucho perfectamente, viejo camarada. Estaré encantado de que me presentes a esa encantadora cazadora que está a tu lado.
Mika necesitaba aquel estímulo. Después de todo, la noche apenas acababa de comenzar.
[Consejos] El güisqui es una bebida de muchas facetas cuyo carácter cambia drásticamente dependiendo de cómo se beba. Los rhinianos suelen comparar a las mujeres con esta ambrosía de color ámbar.
Con una actitud tan radiante como el sol, Ricitos de Oro presentó a la mujer aracne que estaba a su lado: su amiga de la infancia y su compañera de mayor confianza.
—Es un placer conocer por fin al estimado mago —dijo la cazadora—. Soy Margit de Konigstuhl. En los últimos tiempos me han dado a conocer como la Silenciosa, Mochila o la Daga Protectora. Me alegra ser tu conocida.
Margit realizó una elegante reverencia femenina acompañada de una cautivadora sonrisa. En los relatos heroicos era ampliamente conocida como la pareja de Ricitos de Oro. En el reciente auge de las canciones románticas, era famosa como una cazadora eternamente hermosa y talentosa. Su deslumbrante sonrisa de colmillos afilados y su capacidad para desaparecer dentro de la sombra de Erich eran alabadas como algo sin igual y digno del héroe de cabellos dorados.
En realidad, Margit había rechazado a numerosos atacantes que habían intentado hacerse un nombre derrotando a Ricitos de Oro. Cuando algún bribón trataba de tenderle una emboscada aprovechando que parecía estar solo, una sola flecha disparada desde la oscuridad atravesaba sus dedos y hacía añicos cualquier sueño de gloria obtenido al cortar la cabeza de Ricitos de Oro.
Los asesinos cobardes que temían enfrentarse a Ricitos de Oro cara a cara se escondían en los árboles o sobre los tejados y trataban de abatirlo a distancia por cualquier medio posible. Sin embargo, sus planes nunca llegaban a hacerse realidad. Antes de que pudieran actuar, oían un susurro junto a sus oídos: «Has sido un chico malo». Acto seguido, sus pulgares e índices —vitales para manejar un arco— eran despiadadamente cercenados como pago por sus fechorías.
Margit había protegido a Ricitos de Oro de todos los maleantes y fanfarrones de poca monta que habían intentado ir tras él, y se había ganado sobrenombres acordes a semejantes hazañas. Sin embargo, a pesar de su fama, eran muy pocos quienes conocían realmente qué clase de persona era o siquiera cómo lucía; una prueba más que suficiente de sus habilidades para el sigilo. Resultaba especialmente impresionante en una ciudad donde no faltaban músicos aspirantes que buscaban información sobre nuevos talentos prometedores para utilizarlos como material en sus composiciones.
Solo entonces Mika comprendió qué clase de monstruo había estado jugando con él unos momentos antes. Exhaló una nube de humo mientras obligaba a su mente a volver a funcionar correctamente, igual que hacía cuando era invitado a una tertulia de té en el Colegio. Las cosas verdaderamente aterradoras no eran las fórmulas que podías ver. Las palabras podían ser veneno o una daga; uno debía proteger su propio corazón para abrirse paso entre malas intenciones que ni siquiera podían percibirse.
Mika adoptó una sonrisa suave y agradable y habló con un tono melodioso, sin revelar ni una pizca de sus verdaderas intenciones.
—Lo agradezco de corazón. Mi nombre es Mika. No es necesario que seas tan formal conmigo —dijo Mika—. He oído mucho sobre ti por parte de Erich.
—¿Es eso cierto? Él también me ha hablado mucho de ti. Nunca deja de mencionar tu nombre cuando la conversación termina girando hacia los magos.
—Qué sorpresa. Aunque debo admitir que también es un poco vergonzoso. Siempre que emprendíamos un viaje, jamás dejaba de mencionar tu nombre. A menudo decía cuánto más seguro se sentiría si te tuviera a su lado.
—Oh, vaya.
—Ja, ja.
Para cualquier observador común, aquello habría parecido el intercambio habitual de cortesías entre dos personas que acababan de conocerse gracias a un conocido mutuo. La mayoría de los presentes en la taberna lo interpretó de esa manera. Sin embargo, para los pocos que poseían una vista y un oído más agudos, o que conocían la verdadera naturaleza de Margit, las cosas no parecían tan simples.
Siegfried sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Todo lo que pudo hacer fue evitar escupir la bebida que tenía en la boca. Reconocía perfectamente aquella sonrisa de Margit. No era una sonrisa en absoluto. Sus colmillos estaban completamente visibles y sus ojos brillaban con una luz peligrosa. Esa era la expresión que ponía cuando observaba a una presa. Aunque le doliera admitirlo, todo el tiempo que había pasado al lado de Ricitos de Oro le había enseñado mucho sobre Margit. Ya fuera cuando partía en una misión de exploración, cuando sugería utilizarlo a él como cebo para atraer una emboscada o cuando observaba a las mujeres que revoloteaban alrededor de Ricitos de Oro, aquella sonrisa siempre era exactamente la misma.
No había nada en el mundo que Siegfried deseara más en aquel momento que volver a casa. Sintió una monstruosa punzada de envidia al pensar que su compañera ya se había retirado a una cama cálida y acogedora. ¿Qué demonios importaba que hubiera bebida gratis si tenía que soportar aquel ambiente? Una fina capa de sudor se formó en su frente; ninguna cantidad de alcohol hacía que aquella situación valiera la pena.
Lo que más exasperaba a Siegfried era que Erich no percibía en absoluto aquella tensión. A pesar de la absurda sensibilidad de Ricitos de Oro para detectar la hostilidad o la intención asesina de un enemigo, era increíblemente torpe cuando se trataba del campo de batalla social, y eso se duplicaba cuando la cuestión involucraba a personas de su círculo más cercano. Cuando se trataba de aquellos en quienes confiaba, era tan insensible como un tocón.
Erich invitó a Mika a sentarse.
—Eh… ¿Erich? ¿Por qué ella…?
—¿Hm? ¿Qué ocurre, Mika? —respondió Erich.
Incluso mientras Mika tomaba asiento, Margit había mantenido su posición colgada del cuello de Erich. Mika hizo todo lo posible por no dejar caer el cigarrillo mientras formulaba la pregunta, pero parecía que Erich no veía nada extraño en aquella escena. Que Margit estuviera colgada de su cuello era tan normal para él como llevar la Lobo Custodio colgada de la cintura. Que alguien se lo señalara después de tanto tiempo solo consiguió que levantara una ceja.
En cuanto a Margit, había encontrado un excelente lugar sobre Erich. Retiró los brazos de su cuello y los apoyó sobre la mesa, descansando la barbilla sobre las palmas. Su sonrisa era la de una joven inocente, siempre que uno ignorara que aquello era una demostración descaradamente evidente de poder destinada a mostrar cuán cerca le permitía Erich estar de él.
Según los estándares rhinianos promedio, no era habitual esperar que una mujer se sentara sobre las piernas de un hombre a menos que ambos ya fueran extremadamente cercanos. Aunque cierto tipo de camareras tenía fama de cruzar esa línea con mayor facilidad, la mayoría de las mujeres no sería tan descaradamente atrevida como para sentarse en el regazo de un hombre delante de otras personas. En el caso de esta pareja, la profunda confianza que compartían y la dulzura de Margit disipaban cualquier matiz lascivo; simplemente era un comportamiento normal entre dos enamorados, con la vergüenza completamente fuera de la ecuación. Uno incluso podría interpretar aquello como una prueba de que la aracne poseía algún tipo de atributo metafísico único, no muy distinto de los muchos que poseía el propio Erich.
Aun así, la cazadora exhibía abiertamente su posición. Las camareras solían revolotear alrededor de los héroes, pero no siempre por una simple propina; algunas soñaban con una noche de felicidad. Aquella mujer araña se aseguraba de dejar claro el mensaje, aplastando cualquier efímera fantasía de admiradora mientras disfrutaba alegremente de los platos servidos ante ella. Erich, por su parte, se ocupó de su amiga de la infancia y le pidió una copa de vino mezclado con miel y agua. Incluso después de alcanzar la adultez, había demostrado ser, como la mayoría de las aracnes, alguien con muy poca resistencia al alcohol.
En medio de aquella escena, resultaba casi cómica la diferencia entre Siegfried, que sentía cómo el dulce alcohol se transformaba en vinagre dentro de su boca, y Yorgos, que contemplaba maravillado cuán fieles eran las historias al describir la cercanía entre Erich y Margit. Nadie había notado la llegada de Margit hasta que Erich percibió su presencia, razón por la cual había presentado a Yorgos antes de que Mika se acercara.
Aunque el ogro todavía era inmaduro, había visto su buena cuota de combates y estaba impresionado por cómo Margit había logrado acercarse hasta la mesa sin que él siquiera la notara. Al mismo tiempo, debido a la estructura social de su tribu, Yorgos apenas tenía experiencia con las mujeres, por lo que ni siquiera se daba cuenta de que aquella atmósfera resultaba dolorosa para algunos. A todos los efectos, probablemente era el más feliz de los presentes en la mesa.
Yorgos bebía alegremente mientras comprobaba que Margit era tan dulce y menuda como decían las historias. Siegfried permanecía atento a cualquier oportunidad para escabullirse, perfectamente dispuesto a recibir la reprimenda más tarde. Mika, por su parte, preparaba la siguiente ocasión para contraatacar mientras fumaba y conversaba sobre las carnes secas.
Y Erich, felizmente ajeno a la sofocante atmósfera, habló a continuación.
—Mika, eso que estás fumando parece algo peculiar.
—¿Hm? ¿Oh, esto?
El cigarrillo tembló un instante entre los labios de Mika.
Fumar era una costumbre reservada a la acomodada clase media, la nobleza y los magus. No era muy común ver a un ciudadano corriente fumando alguna mezcla de hierbas. El método más habitual consistía en disfrutar lentamente de la mezcla elegida utilizando una pipa, pero en cierta región muchas personas preferían la sencillez de los cigarrillos de papel enrollado. Incluso había algunos individuos más perezosos que disfrutaban de una pipa de agua cómodamente tumbados en un sofá. Aun así, las pipas seguían siendo las reinas indiscutibles del Imperio.
Ricitos de Oro disfrutaba fumando su propia pipa y prefería una mezcla de hierbas dulces. Su combinación favorita relajaba la garganta y desprendía un aroma agradable que ayudaba a contrarrestar el olor del sudor. El mago, en cambio, sostenía algo que le resultaba desconocido.
—Es una mezcla de hierbas preparada por mi maestro. Calma los nervios y nutre mi maná.
—Ohh… No suelo ver muchos de estos cigarrillos de papel. ¿También fue una recomendación de tu maestro?
—No. Esto lo copié de alguien que vi una vez en la capital. Me pareció bastante práctico, aunque en las reuniones elegantes suelen hablar de ellos con cierto desprecio por considerarlos poco refinados. Pero míralos… Son bastante útiles, ¿no te parece?
Las volutas de humo color lavanda desprendían un tenue aroma cítrico, una acidez más cercana a la naranja que al limón, y no desentonarían en absoluto en un incensario. El encantamiento había eliminado toda aspereza; parecía como si alguien hubiera exprimido unas gotas de jugo directamente dentro del fragante humo.
—Huele de maravilla y parece muy práctico. Llevar siempre encima todo mi equipo para la pipa puede resultar bastante molesto.
—¿Y hoy no la has traído?
—No. Ni en mis sueños más descabellados imaginé que hoy ocurriría algo tan feliz.
Erich sonrió con cierta timidez y levantó su copa. El mago le devolvió la sonrisa y, con un suave choque de vasos, compartieron su alegría.
El aventurero había planeado tomarse las cosas con calma durante el resto del día después de la sesión de entrenamiento de aquella tarde. Aunque era un aventurero de pura cepa, eso no significaba que bebiera alcohol todos los días de la semana. Mantener una rutina adecuada cuando regresaba a casa le permitía reajustar su ritmo interno tras pasar días enteros de viaje.
A quienes lo rodeaban les parecía que, desde que Ricitos de Oro había ascendido de rango, se esforzaba mucho menos que antes. La razón era sencilla: sus aventuras habían sido lo bastante destacadas como para convertirse en canciones a pesar de su rango relativamente bajo. Debido a ello, había recibido numerosas ofertas de trabajo muy por debajo de su verdadero valor de mercado. Aunque el revuelo se había calmado en los últimos tiempos, Ricitos de Oro era lo bastante consciente como para entender que, si se vendía demasiado barato, solo estaría dificultando las cosas para los demás aventureros. Por ello, ahora era más selectivo con los trabajos que aceptaba y realizaba menos encargos.
La reputación lo era todo para un aventurero. Si la gente descubría que ofrecías tus servicios por menos de lo que valían, tu valor se desplomaba. Ahora que lideraba un clan, Erich había comprendido que necesitaba cuidar mejor su imagen y decidió cambiar de estrategia. En resumen, aquel día Erich no llevaba su pipa consigo; había planeado disfrutar de una comida ligera después del entrenamiento y acostarse temprano, por lo que nunca imaginó que la necesitaría.
—Entonces, ¿qué tal si te doy uno? —dijo Mika al ver la expresión de interés de su amigo mientras sacaba otro cigarrillo de un bolsillo interior.
—¿Estás seguro? —preguntó Erich.
—Completamente. Aunque no puedo garantizar que sea de tu agrado. Está mezclado según mis preferencias personales.
—¿Alguna vez me he quejado de algo que me hayas dado, camarada?
Con una amplia sonrisa, Erich aceptó el cigarrillo. Era algo sencillo, apenas un puñado de hojas envueltas en un trozo de papel, pero lo tomó como si estuviera recibiendo un brillante dracma. Sin vacilar, se lo llevó a los labios. La cazadora, que observaba atentamente, frunció el ceño.
Margit y todos los que lo conocían bien sabían que, pese a su apariencia despreocupada, Erich era una persona cautelosa y prudente. Nunca consumía tan alegremente algo que alguien simplemente le hubiera entregado. Cualquier cosa alterada mediante magia solía despertar su máxima cautela. Después de todo, incluso si quien se la daba no había hecho nada extraño, eso no garantizaba que un tercero no hubiera manipulado el objeto durante el trayecto. La cazadora también permanecía siempre alerta para evitar que algún malintencionado dañara a Erich mediante alimentos, bebidas o cualquier otro método.
Y, sin embargo, allí estaba Erich, mostrando aparentemente cero preocupación o cautela mientras colocaba el cigarrillo entre sus labios.
Una pequeña grieta apareció en el orgullo que Margit guardaba silenciosamente en su interior. La cazadora había creído que las únicas personas a las que Erich concedía una confianza absoluta, ahora y para siempre, eran su familia y ella misma. Ver a otra persona adentrarse en aquel territorio sagrado hizo que Margit sintiera que estaba recibiendo un contraataque, aunque nadie más pareciera darse cuenta. ¿De verdad existía alguien más en el mundo con quien Erich pudiera mostrarse tan relajado?
Sin dejar traslucir ni una pizca de aquel daño emocional, la cazadora se levantó del regazo de Erich para buscar la vela que había sobre la mesa y encenderle el cigarrillo. Margit se había impuesto a sí misma la tarea —y el placer— de ayudar a Erich en pequeñas cosas de la vida cotidiana. No sabía exactamente por qué, pero quizá debido a los años que había pasado sirviendo a un noble, él había desarrollado la mala costumbre de tomar atajos en los pequeños detalles de su vida. Aquella faceta le resultaba encantadora a Margit, y disfrutaba ayudándolo con una sonrisa. Encender la pipa de Erich era una vieja costumbre entre ellos, y se dispuso a hacerlo como siempre, cuando…
—Erich, yo me encargo.
—¿Hm?
Oyó el ruido de una silla deslizándose hacia atrás. Mika se había inclinado hacia delante, ofreciendo a Erich el cigarrillo que aún sostenía entre los labios. Al comprender lo que Mika pretendía, Erich se acercó y puso la punta de su cigarrillo contra la del suyo.
Cuando Mika inhaló, su cigarrillo se encendió con un brillo rojizo. Eran cigarrillos sencillos, sin siquiera filtro, por lo que prendían con facilidad. Como uno de ellos ya estaba encendido, no resultaba difícil transferir la llama. Del mismo modo que un fumador experimentado podía aprovechar una chispa caída de una pipa para encender una nueva carga de hierbas sin que se apagara, también era posible encender un cigarrillo usando cualquier fuente de fuego.
Todos los que estaban alrededor de la mesa contuvieron la respiración mientras observaban la escena desarrollarse, un gesto que casi parecía un beso. La piel no llegó a tocarse. Ninguna gota de saliva cambió de dueño. Y aun así, bastaba para mostrar la fuerza del vínculo que compartían.
El crepitar del papel al arder resonó en el aire. La visión del humo saliendo de sus bocas y mezclándose en el ambiente tenía un matiz extrañamente sensual.
—Mm. Un humo un poco más ácido viene bien de vez en cuando —dijo Erich.
—Nada podría alegrarme más que saber que lo disfrutas —respondió Mika.
Ambos regresaron a sus posiciones originales mientras se sonreían mutuamente. El ogro apartó la mirada con incomodidad, como si hubiera visto algo que no debía. Siegfried se sujetó la cabeza con las manos, preguntándose qué demonios lo estaban obligando a contemplar mientras utilizaba la imagen mental de Kaya para conservar la cordura.
En cuanto a Margit, permanecía oculta entre las sombras de un grupo de camareras que soltaron discretos chillidos al presenciar la escena, completamente atónita. Luego hizo una expresión que apenas había mostrado en toda su vida. Infló las mejillas con descontento.
[Consejos] Parte del ritual de fumar consiste en preparar las hierbas y la pipa utilizando un estuche de fumador. Cada vez más personas prefieren la comodidad de los cigarrillos, pero las clases altas consideran esa costumbre algo absolutamente bárbaro.
Bajo una luna velada que aguardaba silenciosamente la llegada del amanecer, Ricitos de Oro y su grupo emprendieron el camino de regreso a casa. Por la noche, Marsheim se parecía mucho a Berylin; la oscuridad era profunda y silenciosa. De vez en cuando podían oírse algunas carcajadas lejanas y los ecos de discusiones procedentes de las pocas tabernas que permanecían abiertas hasta tarde.
Preguntándose qué estarían haciendo las gentes nocturnas en aquellos momentos, Mika sintió un ligero escalofrío cuando el calor residual del alcohol se disipó en el fresco aire de la noche primaveral. La verdad era que le habría gustado beber un poco más, pero la celebración había llegado a su fin, ya que muchos tenían trabajo a la mañana siguiente y el presupuesto de Ricitos de Oro tampoco era ilimitado. Algunos de los asistentes que habían caído derrotados por la bebida fueron cargados hasta sus camas por quienes habían sobrevivido a la noche. Aquellos que habían encontrado compañía con quien compartir las horas restantes se retiraron a habitaciones privadas.
El grupo decidió que también había llegado la hora de regresar a casa para dormir. Salieron de la taberna y se despidieron de Yorgos. El ogro, que había cargado a varios inconscientes a la vez, había decidido que él también se alojaría en el Lobo de Plata Nevado.
Rechazando las insistentes afirmaciones de Yorgos de que él cargaría su equipaje, Mika transportó sus pertenencias con ayuda de un práctico hechizo de orniturgia. Mientras caminaba, dejó escapar un pequeño suspiro.
Consideró que la noche había terminado con una victoria y dos derrotas.
Al repasar los acontecimientos de la velada, sintió que, en líneas generales, había sido un éxito. Después de todo, había conseguido demostrarle a la cazadora que no era la única capaz de proteger a Erich, ni la única que gozaba de su confianza absoluta e incondicional.
Aun así, un oponente que conocía tus puntos fuertes era algo aterrador.
Avanzaban hacia camas cómodas, mientras Erich sostenía a Margit con sumo cuidado. Con una mano en su cintura y la otra sujetando su cuerpo arácnido, la llevaba con la concentración y la atención que uno dedicaría a un bebé envuelto en mantas. Margit había ignorado las preocupaciones de Erich y había bebido suficiente alcohol como para quedar completamente inconsciente.
Ver a Erich cargarla con tanto cariño hizo que Mika comprendiera que la relación entre ellos era aún más profunda que la que él mismo compartía con Erich. La noche había terminado con el golpe más fuerte y doloroso de todos.
—¿Qué te preocupa, viejo amigo?
—¿Hm? Oh… Nada —respondió Mika, negando con la cabeza ante la perspicacia de su amigo—. Solo estoy sintiendo un poco los efectos del alcohol. Seguro que se me pasa pronto. No te preocupes por mí.
—¿Estás seguro? No cargues con todo tú solo. Si las cosas se ponen difíciles, solo tienes que decirlo.
Mika se dijo para sus adentros: Está bien. En el pasado, Erich lo había llevado de regreso a casa cuando había bebido hasta quedar completamente ebrio. Si en ese momento no pudiera caminar, no tenía ninguna duda de que Erich también lo cargaría a él. Puede que Mika fuera más alto ahora, pero Erich era el tipo de persona que no se echaría atrás por algo así.
—De acuerdo. Lo haré si lo necesito.
—¡E-espera, Mika! ¡Me estás dificultando un poco caminar!
—Un amigo puede apoyarse en el hombro de otro, ¿no?
—Eres tan problemático como ella, ¿eh?
Mika se dijo que no tenía por qué preocuparse. Estaba bien que las cosas cambiaran, siempre y cuando lo importante permaneciera igual, pensó con una suave sonrisa. Le aguardaban tareas molestas, pero también tenía la esperanza de que le esperaban días divertidos.
[Consejos] Las razas nocturnas suelen encargarse de trabajos de reparto durante la noche. Estas tareas se realizan con frecuencia fuera de las murallas de las ciudades.
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