Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 10 Finales de la Primavera del Decimoctavo Año (II) Parte 2

 

Había algo en lo que llevaba pensando desde que comprendí la funcionalidad de Fama Resplandeciente. Aunque era importante mantener la propia imagen, también lo era no dañar la de otros. Si bien podía parecer muy impresionante irrumpir sin cita previa y exigir lo razonable, la otra persona simplemente pensaría que careces de clase.

En términos concretos, era importante respetar las formas y las costumbres. No estaba en ese tipo de mundo desenfadado en el que podía llamar «viejo» al rey y seguir con la cabeza intacta.

—Parece correcto —dije, revisando mi carta—. Oye, Margit… Ah, no estás en condiciones. Kaya, ¿podrías ayudarme a editar esto?

Estaba en mi asiento habitual en la esquina del comedor —más por costumbre que otra cosa— y le entregué mi carta a nuestra erudita herborista. Últimamente, gracias a mi modesta fama, había obtenido una modesta cantidad de experiencia sin siquiera mover un dedo. La había usado para mejorar mi Habla Palaciega a Alta Habla Palaciega y luego elevarla hasta el nivel V de Escala. Ya era lo bastante competente como corresponsal como para no pisar los pies de ningún noble, pero ahora podía empezar a imponerme de verdad a nivel retórico.

Aun así, nadie es infalible, y un segundo par de ojos era crucial. En mi caso, necesitaba a alguien que analizara lo que había hecho esperando que hubiera cometido algún error. Necesitaba más de dos manos para contar las veces en que un fallo desastroso no solo me había llevado a mí, sino también al resto de mi grupo, a una muerte rápida.

Aquellas sesiones trágicas del pasado se reproducían en mi mente. Aquella vez en la que arruiné una curación tan mal que terminé matando personalmente a nuestro único tanque; aquella noche en la que lancé un D100 y caí en la idea equivocada durante una tirada de inspiración —crucial si queríamos llegar al final feliz— y acabé perdiendo mi humanidad; aquella vez despiadada en la que todo el grupo olvidó una diminuta línea de diálogo y dejamos atrás a una persona clave mientras avanzábamos alegremente hacia la mazmorra final sin ella. Sentí que me venía otro dolor de cabeza.

—Está bien escrito —dijo Kaya—. Incluso hay varias expresiones que me cuesta descifrar.

—Pensé que sería suficiente, considerando que un noble lo leería, pero si creen que intento parecer demasiado arrogante, quizá debería enfatizar el ángulo de plebeyo y simplificarlo un poco…

—Oye, viejo, ¿por qué no vas a la ofensiva? —intervino Sieg—. Eso es lo esperado del Gran Ricitos de Oro, ¿no?

—Realmente sabes cómo golpear donde duele, Siegfried… ¿Cuándo he sido yo arrogante, eh? —dije haciendo un puchero, pero él no picó y se dio la vuelta resoplando. A veces no lo entendía.

Fuera como fuese, si no había errores graves, podía enviarla tal cual.

—¡Oh! Buenos días, querido mago —dijo Shymar.

—Y buenos días para usted también, señora —respondió Mika—. ¿Podría pedirle una taza de té rojo?

Justo cuando estaba guardando mi carta, una voz agradablemente clara y educada resonó por la sala, sin rastro alguno de la juerga de la noche anterior. La persona en cuestión entró mientras se pasaba la mano por el cabello, mucho más despeinado de lo que estaba en sus momentos de sobriedad.

—Buenos días, Mika —dije—. ¿Dormiste bien?

—Buenos días, Erich. Sí, gracias al maravilloso cuarto que me mostraste. Sentí como si hubiera dormido sobre una nube… ¿Oh? ¿Quiénes son estas jóvenes damas?

Vestido con una túnica impecablemente pulcra, Mika miró a Kaya y Schnee, y enseguida se dio cuenta de que no habían estado en la fiesta de la noche anterior. Me impresionó su atención: un efecto secundario útil de todas esas funciones de alta sociedad.

—Es un placer conocerlo, colega mago. Mi nombre es Kaya de Illfurth.

—Y yo soy Schnee, informante de e’te tal Erich Ricitos de Oro. ¡Un placer!

—Y es un placer conocer a estas dos encantadoras damas también —respondió Mika—. Soy Mika, estudiante del Colegio Imperial de Magia, y también amigo de Erich. Él amablemente me recomendó quedarme aquí.

—¡Oh! Erich ha hablado mucho de ti —dijo Kaya—. Eres mucho más espléndido de lo que contaban sus historias.

—Los poetas también han hablado de ti, Retoño Piadoso. Aunque debo decir que, al conocerte en persona, los poetas del mundo seguramente necesitan más práctica: todas sus palabras se quedan cortas ante tu verdad.

—Qué halagador eres. Yo palidezco en comparación contigo. Y debo decir que me sorprende ver que las descripciones de Erich no eran sino totalmente verídicas.

Nuestra sanadora del grupo dedicó una sonrisa agradable y propia de una dama, y en respuesta el refinado debufista devolvió tales cortesías que cualquier observador podría sentirse obligado a empezar a cuchichear. Ambos estaban tan comprometidos con mantener las formas que aquello ya era, por sí mismo, todo un espectáculo. Ver a personas hermosas sonriendo juntas era, sin duda, una escena maravillosa.

En cuanto a Siegfried, apartó el rostro con evidente disgusto al ver cómo su compañera recibía tantos cumplidos de otra persona. Era de mala educación por su parte, pero no podía decir que no entendiera cómo se sentía. Decidí dejarlo pasar. Tampoco quería involucrarme demasiado; estaba bastante seguro de que Kaya lo estaba haciendo a propósito. No recordaba cuándo fue, pero Margit y yo habíamos pasado por allí en la taberna en el pasado y la habíamos oído decir: «Dee se pone tan lindo cuando está celoso», con la expresión más lasciva que jamás le había visto en la cara. Casi le salía vapor por las orejas.

Margit y yo, que estábamos sentados a su lado, lo entendimos al instante: «Ah, sí, esto no está bien».

¿Qué había sido de aquella joven maga pura que había seguido a su amigo de la infancia fuera de su ciudad natal por preocupación por él? Tal vez nada: siempre había sabido muy bien qué botones de Sieg apretar, y quizá la vida en la ciudad simplemente le había dado nuevas formas de expresar tendencias que ya tenía.

En ese momento, Kaya estaba demostrando un talento para la manipulación tan prodigioso que solo podía quedarme mirando y aplaudir. Había usado esas mismas habilidades para encender una llama de celos en Sieg tan intensa que él terminó confesándole sus sentimientos, poniendo fin a años de indecisión. Era algo bueno que Kaya no hubiera nacido en una familia demasiado aristocrática. Podía notar que, en las circunstancias adecuadas, podría arrodillar a una nación entera si así lo quisiera.

Frizcop: o.O

Buena suerte, Sieg; tienes un camino difícil por delante.

—¿No estaré interrumpiendo alguna conversación de su grupo? —preguntó Mika.

—¿Cuándo te he rechazado yo en una mesa, viejo amigo? Desayuna con tu té. ¡Está bueno!

—Si estás seguro, entonces me daré ese gusto.

Le lancé una mirada a Siegfried, cortándolo antes de que pudiera gritar «¡¿Quién ha dicho que somos un grupo?!» y le acerqué una silla a Mika. Él hizo una pequeña reverencia y se sentó. Parecía el invitado de honor de una fiesta de cumpleaños o algo así.

Después de que Mika pidiera a la señora del lugar algo para desayunar, le pregunté cuáles eran sus planes para el día, a lo que respondió que, como su trabajo aún no había comenzado, tenía algo de tiempo libre. Había enviado a su familiar por delante cuando calculó su llegada a Marsheim, pero tanto la administración local como la escuela filial estaban ocupadas en ese momento, así que podía tomárselo con calma por ahora. Era una respuesta sorprendentemente descuidada y magnánima. Traducido al lenguaje común, venía a decir: «Por favor, dennos entre tres y cinco días para prepararlo todo para usted». Esa clase de actitud relajada hacia la agenda era típica de los nobles. Aun así, me alegraba que Mika pudiera descansar; claramente lo necesitaba.

—Tenía varias cosas que quería preguntarte, Erich —dijo Mika después de que trajeran su desayuno y diera un sorbo al fragante té—. ¿Cómo se convierte uno en aventurero? Me apena decir que, aunque recibí generosos fondos de viaje e investigación, no tengo forma de sostener mis gastos diarios.

Mi camarada soltó un suspiro cansado. Su expresión de tristeza era impresionante: en presencia de un círculo más refinado, me imaginaba una fila entera de jóvenes nobles dispuestas a convertirse en sus mecenas. Sentí un leve tirón en el pecho. Qué educación tan peligrosa estaba recibiendo mi viejo amigo. La apariencia de Mika siempre había llamado la atención, incluso cuando éramos jóvenes y tenía un atractivo más etéreo, pero la edad no había hecho más que amplificar su poder cautivador. La forma en que podía explotar esa expresión tormentosa y angustiada en público era prácticamente indecente.

—Bueno, me pagan lo suficiente como para no morirme de hambre, pero, por desgracia, el Colegio es demasiado estricto con sus estudiantes. Estoy seguro de que esto no resultará convincente, pero mi bolsa no está mucho más llena de lo que estaba cuando tú estabas en Berylin.

—Entonces, ¿cómo conseguiste esas ropas tan elegantes? —preguntó mi camarada con una mirada fulminante.

—Ah, yo no pagué por esto —dijo mi viejo amigo con una expresión distante y una risa resignada. Me dirigió una mirada que parecía decir: «Sabes de dónde salió esto, ¿verdad?».

Sí… Lo sabía… No había manera de que unos pocos años pudieran borrar dos siglos de depravación envejecida en la oscuridad. Parecía que, en mi ausencia, Mika había tenido la desgracia de convertirse en la nueva muñeca a la que vestir de un espectro que ambos contábamos entre nuestros conocidos. No me había dado cuenta antes, pero observándolo ahora, aquella túnica no encajaba del todo con los gustos habituales de Mika. Él prefería prendas más holgadas que permitieran moverse con facilidad; era una persona que valoraba mucho más la funcionalidad que la apariencia. La que llevaba puesta estaba cargada de bordados, diseñada para gritar: «¡Miren, soy el heredero de una familia acomodada!». Las costuras eran del mismo color que la tela, así que no resultaban demasiado ostentosas, pero era evidente que incluso aquella exhibición tan discreta de riqueza no era del gusto de mi amigo.

Y, sin embargo, cuando observé con más atención, pude ver que los bordados formaban en realidad círculos mágicos imbuidos de fórmulas que quedaban fuera del campo de especialización de Mika. Evitaban que el polvo y la suciedad se acumularan, además de proteger la tela de los daños causados por el sol. Jamás se estropearía por el desgaste cotidiano.

Eso, sumado a toda aquella magnífica seda —claramente importada a través del Paso Oriental—, la convertía en una prenda de primer nivel. Incluso si un granjero vendiera su casa y sus tierras, no podría permitirse ni un simple retal de aquella tela. Si mi suposición era correcta y los bordados teñidos estaban hechos de la misma seda, entonces solo los materiales ya tenían un coste inimaginable. Si a eso se añadía el refinado trabajo de costureras al servicio de la nobleza y el diseño concebido por algún creador de moda de prestigio, el resultado era una prenda que valía muchas veces más que la suma de sus componentes. Y por si eso no bastara, con todas aquellas fórmulas creadas por ese espectro, líder de su cuadro y poseedora de un conjunto de habilidades absurdamente roto, esperaba que muchos nobles con montañas de oro la codiciaran. Aunque de poco serviría: estaba confeccionada a la medida de Mika, así que apenas unas pocas personas podrían llegar a usarla.

—No es como si pudiera venderla. Qué problemático —dijo Mika, negando con la cabeza.

—Sí, dudo que exista una sola tienda de ropa de segunda mano en todo el mundo que pudiera permitirse comprártela —respondí.

Conmigo fuera de escena, era fácil imaginar que las retorcidas fantasías de lady Leizniz habían hecho pasar a mi viejo amigo por un auténtico calvario. Menos mal que sus gustos no coincidían con los que aparecen en cierto tipo de libros —similares a los manuales de juegos de rol de mesa en que tienen pocas páginas pero son absurdamente caros— en los que las modelos llevan bañadores que apenas cubren lo imprescindible siempre y cuando no se muevan. Aun así, sabía que ser exhibido y obligado a modelar ropa durante todo el día no era una experiencia agradable. La situación solo empeoraba cuando, una vez terminada la sesión de cambios de ropa, tocaba hacerse un retrato.

Aun así, el conjunto le quedaba muy bien. Era atractivo, y sentía cómo mi agotamiento mental se aliviaba con solo mirarlo…

—¿¡Ay!?

De repente sentí un dolor agudo en la espinilla, más fuerte y puntiagudo que cualquier patada accidental de un mensch. Margit me había dado una patada.

—Perdóname —dijo—. Es que estaba balanceando las piernas por un capricho momentáneo. Parece que podría haberte golpeado.

Miré hacia ella y vi a Margit, todavía desplomada sobre la mesa, observándome desde detrás de sus brazos cruzados. Al parecer había puesto una expresión lo bastante desagradable como para merecer un castigo… Me prometí mentalmente ser más cuidadoso en el futuro.

—¿Estás bien, amigo?

—Perfectamente, camarada. Ahora bien… ¿querías convertirte en aventurero?

—Sí, simplemente para cubrir mis gastos diarios. Preferiría no tener gachas en todas las comidas.

Las gachas eran la comida de la pobreza por excelencia. Este plato a base de trigo había sido en otro tiempo el plato funcional característico del imperio que había existido allí antes de la confederación flexible de estados de la que, a su vez, había surgido el Imperio Trialista de Rhine. Era triste que hubiera descendido a tal nivel a medida que la cultura culinaria de estas tierras se desarrollaba. Era barato y llenaba el estómago, pero era la personificación misma de la simplicidad. Como necesitaba algún tipo de condimento o sazonador para resultar mínimamente agradable, yo no tenía más ganas que él de ver a mi amigo reducido a una comida tan pobre y puramente funcional. Podía tener dieciocho años, pero aún tenía margen para crecer. Era importante que estuviera bien alimentado.

—Entonces, la Hermandad estará encantada de recibirte —dije—. Enviaré una carta de recomendación a la Asociación.

—Gracias. No estoy seguro de cuán útil seré, pero sería maravilloso.

—No digas tonterías. Nunca sobran los magos en esta profesión. De hecho, apostaría a que la gente te rodearía y empezaría a preguntarte qué podrían ofrecerte incluso si tú no quisieras.

—Ja, ja, ¿de verdad? No me molestaría si fueras tú quien me rodeara… Pero supongo que será divertido darme algunos gustos bajo mis propias condiciones esta vez.

Apoyado sobre una mano, Mika mostró una sonrisa encantadora.

Era una propuesta alentadora. Un mago, y además un oikodomurgo en formación, podría demostrar sus capacidades cuando se tratara de proteger una caravana. No solo podía reparar caminos en mal estado, sino también convertir el suelo bajo los pies de nuestros enemigos en un barrizal. Gracias a sus conocimientos sobre la madera, también podría arreglar en poco tiempo el eje roto de una carreta. Con él cerca, prácticamente no habría nada que temer en los caminos.

Con Mika en nuestro equipo, podríamos cobrar el doble… no, cuatro veces la tarifa habitual por un trabajo de escolta, y aun así seguiría siendo una ganga. Dependiendo del tamaño de la comitiva, la gente estaría encantada de pagar siete u ocho veces la tarifa normal. Si Mika estaba dispuesto a ayudar, yo estaría más que feliz de aceptarlo.

Aunque normalmente me avergonzaba un poco, había llegado el momento de sacar a relucir las buenas acciones de Ricitos de Oro para dejar de lado algunas de las partes más molestas de la vida aventurera, como tener que empezar desde el rango negro-hollín. Aunque personalmente no podía concederle un rango superior, si corría la voz de que contaba con mi aprobación, entonces ni siquiera importaría cuál fuera su rango real. No me gustaba destacar de manera negativa, pero ni siquiera estaría en este negocio si no tuviera la inclinación de utilizar inteligentemente el poco poder que poseía cuando realmente importaba. Sería un desperdicio no aprovechar ese tipo de influencia, ¿verdad? Cuando los contactos de alguien facilitan una sesión, nadie duda en untar algunas manos. Si este hubiera sido cierto utópico mundo perfectamente espléndido sin mutantes, ni traidores, ni horribles fallos sistémicos perpetuados por una jerarquía de sospecha obligatoria que superficialmente se parecía al propio sistema de rangos de la Asociación, habría lamido cualquier par de botas que se cruzara en mi camino (siempre que tuviera la autorización correspondiente). Esta vez ni siquiera estaría tomando prestado el poder de otra persona, así que ¿qué me impedía presumir un poco?

Por supuesto, tendría que actuar con previsión para asegurarme de no volverme demasiado dependiente de mi reputación. Si me ganaba la etiqueta de advenedizo arrogante, podía imaginar perfectamente cómo algún PNJ enemigo letal acabaría rompiendo mi hoja de personaje en pedazos. Necesitaba vigilar cuidadosamente mis límites.

Ahora bien, si Mika tenía tiempo libre, eso justificaba un pequeño cambio de planes para el día.

—Bienvenido a nuestra Hermandad, Mika. ¿Qué te parece si te enseño nuestro hermoso hogar, Marsheim?

Mi viejo amigo había venido desde tan lejos; era hora de mostrarle el lugar que había elegido como mi hogar.

 

[Consejos] Como regla general, todos los aventureros comienzan en el rango negro-hollín, pero con una sólida recomendación de un aventurero veterano y las capacidades adecuadas, un aventurero novato puede comenzar en un rango superior. Sin embargo, esta decisión recae en manos del director. La mera fuerza o influencia no garantizan un ascenso acelerado.

 

Con el desayuno terminado y mi carta escrita, Mika y yo salimos a recorrer un poco Marsheim. Aunque la ciudad era grande, había sido construida como un puesto avanzado de primera línea en los confines del Imperio, por lo que en realidad no había demasiado que ver.

—Esta es la Calle Ensangrentada —dije.

—No hay nada aquí… —respondió Mika.

No le faltaba razón. Para ser más exactos, este era el emplazamiento de la antigua Calle Ensangrentada.

—Hace mucho tiempo, sir Heidrich Walter von Knapfstein reunió aquí a sus tropas para la batalla y perdió la vida junto con toda su familia. Gracias a su victoria, esta calle aún sigue existiendo.

—Oh, sí hay algo… Un pequeño cenotafio.

Aquella calle tenía un nombre bastante inquietante, pero ahora estaba pavimentada —aunque el trabajo no era de la mejor calidad— y al final de la vía se alzaba una de las numerosas murallas de la ciudad. En el pasado, aquella descuidada muralla había formado parte de la línea frontal de las defensas urbanas. Allí, Justus de A Dyne y sus tropas fueron rechazados cuando intentaron recuperar Marsheim, y un grupo de cincuenta magos indígenas utilizó su Gran Obra de polemurgia para abrir un agujero de ocho metros y atraparlos.

Si las tropas de Justus hubieran logrado atravesar aquella muralla, se habrían encontrado con un centro urbano escasamente defendido. Para evitarlo, sir Knapfstein, que se encontraba en la retaguardia, acudió en apoyo. A través de una pequeña brecha en la muralla, ambos bandos libraron una feroz batalla que dejó más de seis mil bajas. Sir Knapfstein y su familia perecieron en combate junto con doscientos de sus soldados, además de muchos centenares más que acudieron a respaldarlos, pero su honorable derrota y su victoria contra las fuerzas de los señores locales, que los superaban ampliamente en número, se convirtieron en leyenda.

Aun así, la gente vivía y trabajaba allí tanto como se refugiaba bajo la sombra de aquella historia, por lo que los daños fueron reparados y todo aquel sangriento pasado quedó relegado al recuerdo mediante un solitario cenotafio en un rincón tranquilo.

—Eh, Erich… ¿Todos los lugares turísticos son así?

—Aprendes rápido, viejo amigo —dije, sacando pecho. A cambio, Mika se llevó una mano a la frente para dar a entender que no debería haber esperado otra cosa.

Marsheim podía ser la capital regional con una población oficial de varias decenas de miles de habitantes —sin contar los cientos de miles que vivían aquí de manera extraoficial—, pero eso era prácticamente todo lo que tenía a su favor.

Nada de lo que teníamos podía compararse con los grandes atractivos de la Galería Imperial de Arte de Berylin o del Gran Teatro. Cualquier campo de batalla histórico sería un punto débil si se hubiera conservado tal como era. Si uno quería seguir el rastro de la historia de Marsheim, tenía que buscar pequeños monumentos en las esquinas de las calles como aquel o escuchar a los ancianos que aún conservaban los hechos históricos en orden de repetir una y otra vez las viejas sagas.

—Creo que la mayoría de los lugares son así, para ser sincero —dijo Mika—. Quizá no debería decir esto siendo un oikodomurgo, pero la forma rhiniana de hacer las cosas consiste en estandarizarlo todo.

—Ahora que lo mencionas, las únicas diferencias reales aquí en las afueras son los materiales y algunos elementos decorativos. La planificación urbana es prácticamente la misma.

—Había oído que los teatros y baños imperiales se construían igual en todo el país, pero aun así me sorprendió lo familiar que me resultó todo mientras recorría la ciudad ayer.

El Imperio Trialista de Rhine era una descarada tecnocracia burocrática concebida desde sus mismos orígenes por alguien obsesionado con el orden. Nuestra construcción urbana siempre seguía una plantilla fija. Como el gusto nacional también tendía a favorecer filas ordenadas de edificios con diseños cohesionados, los únicos lugares donde los arquitectos podían permitirse algo más excéntrico eran las galerías de arte, bibliotecas, baños públicos, edificios conmemorativos y similares.

Como Marsheim fue construida bastante avanzada la historia del Imperio y con el propósito de contener a los señores locales de la región, no era sorprendente que hubiera poco o ningún turismo arquitectónico digno de mención. Incluso la estructura escalonada de la ciudad, que parecía haberse expandido de manera natural, estaba diseñada para que cada zona reforzara y respaldara a las demás. Si un distrito caía, los otros seguirían siendo tan seguros como antes. Aunque Marsheim tenía un aspecto descuidado y presentaba defectos aquí y allá, su estructura era sólida y resistente.

Después de todo, si el Imperio hubiera levantado alguna construcción monumental destinada a exhibir poder, podía esperarse que algún señor local reuniera suficiente polemurgia de Gran Obra para reducirla a escombros en cuestión de un mes. En un mundo donde la magia podía superar a la artillería pesada, un edificio alto no era más que un enorme blanco. Eso mantenía el perfil urbano de metrópolis estratégicamente importantes como la nuestra a aproximadamente la mitad de la altura de Berylin. Incluso las torres, una de las pocas estructuras que sobresalían del horizonte, estaban diseñadas para cumplir funciones militares en caso de crisis. De las escasas construcciones realmente gigantescas, la mayor de ellas apenas sobresalía y casi se confundía con las propias murallas de la ciudad. Los habitantes de Marsheim, y especialmente sus planificadores urbanos, comprendían demasiado bien el legado de sangre y ruinas sobre el que estaba construida su ciudad y que, sin duda, algún día volvería a ser arrasada para levantarse de nuevo sobre sí misma.

—Lo que significa que la Plaza Imperial Adrián…

—No es más que una fuente rústica pero encantadora y algunos parterres que no reciben el cuidado suficiente.

—Ya veo… Sueño con convertirme en arquitecto, pero parece que Marsheim no es un lugar para la libertad de expresión.

El problema de Marsheim era que, pese a toda su actitud despreocupada de ciudad fronteriza, las presiones de la historia, la geografía y la política no dejaban demasiado margen para disfrutar de esa libertad.

Mika golpeó ligeramente una de las losas del pavimento con el pie; esta se inclinó y se levantó del suelo como respuesta. En los años transcurridos desde que había sido colocada, el tiempo había debilitado la unión, de modo que la losa podía desplazarse fácilmente si uno la pisaba mal. No era raro encontrarse con cosas así. Su mantenimiento requería dinero y mano de obra, y los oikodomurgos locales tenían asuntos más importantes de los que ocuparse, como las carreteras principales y el sistema de alcantarillado. No era de extrañar que no hubiera tiempo para centrarse en cuestiones más estéticas como aquella.

—Para alguien que pasó sus días estudiando el «castillo vano de la capital de la vanidad», esto no resulta precisamente alentador.

—¡No digas eso, viejo amigo! El barrio noble está algo mejor.

Lo cual era bastante cierto, siempre y cuando se ignorara el hecho de que la mitad de las residencias estaban vacías y la otra mitad solo se habitaba durante las temporadas sociales, convirtiendo todo el distrito en una ciudad fantasma con toda la atmósfera inquietante que eso implicaba.

—¡Oh! Hablando de nobles, acabo de recordar algo. ¿Podrías echarle un vistazo a esto por mí? —dijo Mika.

Mi amigo sacó una gruesa carta del bolsillo interior de su túnica. Su ropa no era ajustada en absoluto, pero la única manera de ocultar un fajo tan voluminoso era mediante un poco de magia de expansión espacial. La manipulación de la relación entre el espacio y el tiempo era uno de los secretos más profundos de Primera Luz, y sin embargo aquí había sido convertida en un simple truco incorporado a la túnica de alguien perteneciente a un círculo completamente distinto. Otro recordatorio más de la naturaleza insondable de aquel maldito espectro. Si cualquier otra persona hubiera hecho algo así, seguramente habría pagado esa traición derramando sus propias entrañas…

—¿Y qué es eso? —pregunté.

—Invitaciones para tomar el té —respondió Mika—. Las recibí cuando se enteraron de que me habían enviado a Marsheim para realizar mi trabajo de campo.

—¿Enviado? Tu prejuicio se está notando, viejo amigo.

—¿Ah, sí?

Prefería que no tratara el lugar que yo había elegido como hogar como si fuera una colonia penal. Puede que fuera un poco tosco en algunos aspectos, pero aquí vivía buena gente. Había terminado encariñándome con el lugar. Como suele decirse: el hogar es donde uno decide construirlo.

—En cualquier caso, las cartas dicen que provienen de distinguidos familiares con los que tengo cierta relación lejana y de nobles que me invitan a utilizar las mansiones de sus vasallos; aun así, me temo que no conozco demasiado bien el panorama aristocrático de Marsheim.

—Veamos qué tenemos aquí.

Tomé el paquete de manos de Mika y descubrí que la mayoría de los nombres pertenecían a nobles y casas de caballería que no resultaban demasiado sorprendentes. Era fácil darse cuenta de que todos deseaban participar en el juego de la política hereditaria para establecer vínculos con el nuevo oikodomurgo de la ciudad.

—No puedo decir que recomiende ninguno de los nombres que aparecen aquí —dije—. Una de estas casas cometió un grave error relacionado con la gestión fluvial, así que se cortarían un brazo con tal de tener a un oikodomurgo bajo su influencia. Intenta pasar una sola noche allí y antes de darte cuenta te habrán convertido en el nuevo hijo o hija de alguien.

—Eso no me gustaría nada —dijo Mika, estremeciéndose visiblemente. Estaba seguro de que los brazos con los que se abrazaba el cuerpo estaban cubiertos de piel de gallina.

Y es que ni siquiera estaba exagerando. A los nobles les encantaba predicar las virtudes de la castidad y la pureza, hasta el punto de que algunos habían aprendido a utilizarlas como armas. Si aparecía una persona capaz y talentosa, no dudaban en difundir rumores afirmando que dicha persona había «desflorado» a su hijo o hija y, a partir de ahí, forzar un compromiso prácticamente por defecto. No podía ni empezar a imaginar cuántos jóvenes de la capital habían sido convertidos en piezas de juego mediante métodos tan espantosos.

—No estoy muy seguro de estar cualificado para convertirme en el padre de nadie todavía.

—Qué extraño, camarada. Yo tampoco.

Intercambiamos una mirada y ambos nos echamos a reír. Qué curiosa coincidencia que, después de todo lo que habíamos pasado, nuestra valentía flaqueara precisamente en ese aspecto.

—Vaya, pensar que el gallardo y valiente Erich Ricitos de Oro, cantado en las historias como un héroe intrépido, encontraría en la paternidad a su mayor enemigo. Creo que podría componerse una canción con eso.

—Ya basta con eso. Piénsalo bien: ¿acaso la idea de ser responsable de toda una vida, de principio a fin, no te hace temer a todos los dioses? ¡Mi profesión podría matarme en cualquier momento y dejar huérfano al pobre niño! Sería una irresponsabilidad extrema.

—Me encuentro exactamente en la misma situación, viejo amigo. Un solo error reforzando el soporte equivocado y podría acabar aplastado en el trabajo. ¡No es una apuesta que me sienta cómodo aceptando antes de retirarme!

Mika y yo soltamos carcajadas mientras nos dábamos codazos y bromeábamos el uno con el otro, y terminamos llegando a la conclusión de que lo mejor sería que Mika siguiera alojándose en el Gatito Dormilón. La señora parecía haberle tomado cariño: su plato tenía una salchicha extra, lo cual era impresionante considerando lo costosos que eran ese tipo de favores. Todavía no había sido corrompido por los gustos refinados propios de la alta nobleza, así que sin duda terminaría acostumbrándose a una posada barata según los estándares aristocráticos. A nivel personal, tampoco tenía ganas de verme obligado a defender a mi viejo amigo en una discusión sobre si había tenido o no relaciones con algún heredero noble.

—Si voy a quedarme por la zona, tendré que ganarme el sustento. Dime, viejo amigo… ¿o debería llamarte «Jefe», como hacen los demás?

—¡Eh, espera un momento! ¡No hay nada que me desanime más que eso!

Y así fue como mi insustituible amigo se unió a mi grupo como mago; la peor pesadilla de cualquier combatiente de primera línea. No solucionaba demasiado el hecho de que la composición del grupo siguiera siendo algo extraña sin un sacerdote de nuestro lado, pero no importaba; después de todo, Kaya estaba desarrollando más o menos la subclase de sanadora. Aun así, si yo fuera el Maestro del Juego de esta campaña, preguntaría a los jugadores si querían reconsiderar el equilibrio de su grupo.

—«Ayudo a mi amigo, y al hacerlo lo avergüenzo; la confianza nace de la ayuda mutua». ¿Era así, no? —dije, citando a un filósofo del antiguo Mar del Sur.

—Vaya, has escogido otra cita oscura —dijo Mika. Mika respondió a su vez con otra cita—. Entonces: «En las sombras apoyaré a mi amigo; bajo la luz cantaré sus alabanzas».

—Es realmente reconfortante tenerte aquí, viejo amigo.

—Lo mismo digo, viejo camarada.

Sonreí con cierta incomodidad ante nuestra exagerada rutina, y él me devolvió la sonrisa. Ah, no había nada más insustituible que un amigo cuyo núcleo jamás cambiaba.

 

[Consejos] Existen innumerables máximas y aforismos que exploran la naturaleza de la amistad. Sin embargo, son muy pocas las que realmente pueden enseñarte cómo relacionarte con un amigo propio.

 

—¡¿Eh?! ¡¿No soy miembro del clan?!

La exclamación resonó por toda la taberna durante la celebración del primer trabajo exitoso de Yorgos como aventurero. Ese tipo de fiestas eran algo habitual en la Hermandad. Si una persona capaz completaba un trabajo decente, entonces correspondía celebrarlo con una fiesta lo bastante grandiosa. Formaba parte de mi propia filosofía celebrar el primer encargo completado por un miembro en prueba o ya oficial; eso incluía incluso trabajos que normalmente no se considerarían «aventuras», como transportar mercancías valiosas para algún cliente habitual de las caravanas.

Quien había gritado hacía apenas un instante era Dietrich. Se había sentado con nosotros en nuestra mesa como si fuera lo más natural del mundo, y recordé que todavía no le había preguntado por qué había venido a Marsheim.

—Bueno… Nunca dijiste nada sobre unirte —respondí.

—¡Vamos, eso era obvio, ¿no?! —dijo ella.

Yo estaba medio incorporado, listo para brindar por Yorgos, cuando ella me había acorralado. La gente de las otras mesas me observaba sonriendo mientras disfrutaba del caos que se desarrollaba ante ellos. No era una sensación agradable.

—No has asistido a ninguna de nuestras sesiones de entrenamiento.

—¡Sí, pero mira mi arma! —dijo Dietrich, señalando su alabarda.

No necesitaba que me lo señalara, pero el asunto era que, aunque nos llamábamos la Hermandad de la Espada, no todos nuestros miembros utilizaban espadas. Nuestro segundo al mando, Siegfried, era un experto lancero; Kaya era una maga pura. Entre nuestros miembros, algunos preferían armas con asta larga, como lanzas o garrotes, mientras que otros estaban más orientados al reconocimiento y habían tomado a Margit como maestra.

—Nuestra política es que, salvo que seas una auténtica especialista, debes entrenar y descansar junto a los miembros en período de prueba —dije—. Etan, ¿alguna vez se ha levantado antes de la campana matutina?

—Oh, eh… Solo… una vez —respondió Etan con incomodidad. Le lancé una mirada severa a Dietrich, y ella aferró con fuerza su bebida mientras daba un paso hacia atrás.

—Pe-pero soy fuerte. Probablemente sea la segunda más fuerte de aquí, después de ti.

Santo cielo, de verdad necesita algún tipo de educación…

—Escucha, no somos simplemente un grupo de brutos musculosos que se enorgullecen de ser los tipos más duros del lugar. Somos aventureros.

—Sí…

—En otras palabras, somos una unidad militar —continué—. Entonces, Dietrich, ¿me estás diciendo que una orgullosa huscarle de la tribu Hildebrand no necesita entrenar y puede dormir a sus anchas cuando le apetezca?

—No…

Seguí presionando a Dietrich, quien apenas pudo reunir una defensa vacilante e incómoda, y le expliqué que, si quería unirse a nosotros, tendría que levantarse a las cinco de la mañana para entrenar y empezar a trabajar. No estaba pidiendo demasiado. Había sobrevivido perfectamente hasta que la conocí, y en los años transcurridos desde mi partida había estado con Rudolf. Además, los zentauros podían arreglárselas con muy poco sueño; difícilmente estaba exigiendo algo imposible.

—Mis planes de vivir rodeada de lujos… arruinados….

—¿Qué fue eso?

—Nada…

Decidí ser la persona más madura e ignoré su comentario antes de hacer el brindis. Todos chocaron sus bebidas, evidentemente sin ganas de esperar más, y acto seguido las vaciaron de un trago. Pronto la conversación pasó a centrarse en elogiar el buen trabajo de Yorgos en su primer encargo.

—Viejo, quién hubiera pensado que tendrías tanto éxito —dijo Mathieu.

—¡Ja! ¡Eso es porque ese caracho podría asustar hasta al grupo más revoltoso de una caravana! ¿Verdad, amigo? —añadió Etan.

—Gracias —respondió Yorgos.

Mathieu contemplaba el vacío mientras Etan le daba palmadas en la espalda al novato con expresión orgullosa. Parecía que el trabajo había sido todo un éxito y que Yorgos incluso había recibido una pequeña propina.

En la Hermandad, puede que colocáramos la habilidad con la espada por encima de todo, pero nuestra mayor arma después de eso era la confianza y la honestidad. Ninguno de nuestros Hermanos era tan insensato como para dejarse llevar por la codicia, ni siquiera los novatos. Todo el proceso de admisión estaba diseñado para descartar a personas así. Nuestra reputación hacía que nos confiaran trabajos de escolta y transporte para caravanas que llevaban mercancías valiosas, como los productos de vidrio que llegaban desde el oeste.

Las caravanas y los mercaderes ni siquiera se molestaban en regatear cuando sabían que nosotros estábamos a cargo. Con nuestra vigilancia, podíamos ahuyentar a los tontos de dedos ligeros. La fama y la confianza que la Hermandad había ganado nos permitían ofrecer mejores trabajos a nuestros novatos.

Cuando nos ofrecieron este encargo, nos dijeron que podían pagar dos libras por persona. Considerando que la mayoría de los aventureros de rango negro-hollín apenas podían aspirar a ganar unos cincuenta assaris tras correr de un lado para otro durante media jornada, el dinero que nuestros recién llegados podían obtener por dos o cuatro horas de trabajo era incomparable. Por otro lado, exigíamos a nuestros novatos una calidad acorde con ese nivel de remuneración.

—Pero bueno… ¿qué trabajo voy a hacer yo? —preguntó Dietrich, extendiendo las manos frente a sí mientras Yorgos todavía estaba algo abrumado por la cálida bienvenida. Ambos eran novatos, pero ya había decidido permitirle convertirse en miembro oficial de la Hermandad si lograba mantener un buen desempeño durante al menos dos semanas.

—Sí, los trabajos para zentauros son algo limitados —dije.

—Solo para que lo sepas, no voy a tirar de ningún carruaje. Tengo mi orgullo. Mi espíritu tutelar jamás me lo perdonaría.

—No soy tan cruel. Te asignaré trabajos de escolta y vigilancia. Si tienes suerte, quizá aparezca alguno en el que puedas presumir de tus habilidades con la lanza.

Como jefe, era mi responsabilidad pensar en la mejor forma de aprovechar a mi gente, y quería que Dietrich supiera que era consciente de ello. Mientras intentaba tranquilizarla, recordé algo.

—Ah, cierto. Al final, ¿qué pasó con Rudolf?

—Se casó. Así, sin más.

—¿En serio?

—Vas a escuchar mi triste historia, ¿verdad?

Podía sentir que aquello iba a ser un fastidio, pero antes de que pudiera escapar, me pasó un brazo por los hombros y me golpeó de lleno con una historia que parecía una descarga de escopeta repleta de quejas. Al parecer, después de que Dietrich y yo nos separáramos, ella y Rudolf se dirigieron al Casco Antiguo. Allí formaron un pequeño grupo de mercenarios junto a la misma banda que se había unido para ayudar con la fuga amorosa en primer lugar. Por desgracia, Rudolf y sus compañeros eran simplemente demasiado bondadosos. Eran pésimos negociando y no protestaban cuando los pagos se retrasaban; era Dietrich quien tenía que abrirse paso a empujones para resolver ese tipo de problemas.

—Parece que tú también la pasaste mal, ¿eh? —dije.

—¡Ya lo creo! ¡Ese grupo siempre se dejaba llevar por las historias tristes! ¡Hay que mantener el dinero y el corazón sangrante bien separados! ¡No sabes cuánto tiempo pasé metiéndoles en la cabeza que nos jugamos la vida y que deberían pagarnos como corresponde!

Aun así, después de tres años trabajando como mercenarios, había perfeccionado sus habilidades y el grupo se había hecho un pequeño nombre. No pasó mucho tiempo antes de que Rudolf llamara la atención de una familia de caballeros a la que habían salvado de un serio problema tiempo atrás. Era una familia pequeña que se había esforzado mucho para obtener su título, pero habían quedado impresionados por la habilidad marcial de Rudolf y les ofrecieron contratar al grupo entero como huscarles personales.

Sin embargo, la cuarta hija del caballero se enamoró de Rudolf, cautivada por su carácter amable, y los acontecimientos avanzaron a toda velocidad sin que nadie pudiera intervenir demasiado. Como resultado, ascendieron socialmente al convertirse en jinetes y soldados de infantería al servicio de una familia de caballeros.

—Le pregunté si de verdad estaba contento con la situación —dijo Dietrich.

—Conociéndolo, probablemente era débil ante los encantos del romance.

—Sí. Sobre todo cuando se trata de una niña de doce años aferrándose a él.

Sí, eso suena exactamente a Rudolf. Ese hombre siempre fue incapaz de resistirse a un caso perdido.

Tenía sentido que la familia estuviera preocupada por encontrar un buen marido para su cuarta hija a esa edad. Pero para Rudolf fue prácticamente un suicidio lanzarse a rescatar la situación como si fuera algún tipo de héroe.

—Matrimonio en cinco segundos, ¿eh…?

—¿Eh? ¿Por qué cinco segundos? Pero sí, cedió muy rápido. Me pregunto si recordó cómo terminó la última vez para él.

Al parecer, los demás no creían que fueran a tener una mejor oportunidad de escapar de su posición social en toda su vida, así que aceptaron encantados. Rudolf no podía resistirse a una presión de ese tipo. En el pasado habían servido a uno de los Trece Caballeros; esos tres años vagando por los caminos debieron de haber sido realmente duros si estaban tan ansiosos por volver a entrar al servicio de alguien.

—En cualquier caso, yo no podía aceptar eso, así que me fui —dijo Dietrich.

—Pero intentó convencerte de que no te marcharas. Y se esforzó bastante en ello.

—¿Cómo lo sabes?

—¡Porque eres una guerrera hábil de las islas y una zentauro perteneciente a una tribu de huscarles! ¿Cuánto habría aumentado el prestigio de esa familia si te hubieras quedado? La gente del caballero reevaluaría a su señor si tuviera a una guerrera tan capaz bajo su mando.

La categoría de un caballero estaba ligada a la calidad de sus soldados. Por lo general, un caballero necesitaba al menos cinco jinetes y entre diez y quince soldados de infantería bajo su mando para ser tomado en serio; eso era aproximadamente lo máximo que permitían su presupuesto y prestigio. Sin embargo, si ese presupuesto limitado se invertía en un único combatiente extraordinariamente poderoso, el caballero podía situarse por delante de sus rivales y provocar que estos entraran en pánico intentando cerrar la brecha. Ese era el valor de un subordinado excepcional. Si dicho guerrero destacaba en alguno de los torneos organizados por las familias de caballeros, resultaba mucho más fácil atraer la atención de la nobleza y ganarse su respeto. El honor de un caballero valía más que su propia vida, por lo que recurrirían a cualquier medio necesario para aumentarlo.

Sinceramente, me impresionaba que Dietrich hubiera logrado salir de aquella situación sana y salva.

—Bueno, imagino que querían otorgarte el rango de vasalla y una asignación hereditaria de cinco dracmas. ¿Verdad? Con otros diez dracmas por adelantado, naturalmente.

—Vaya, ¿cómo has acertado con tanta precisión? Da un poco de asco, la verdad…

—¡¿Asco?! ¡Oye, un momento!

—Pero vamos, entiendes perfectamente cómo piensan los cuenta frijoles de esa familia. Fue exactamente eso lo que me ofrecieron. Un grupo de comelibros que preferirían pasar la noche con una pila de papeles antes que con sus esposas. Tú entiendes mejor a esa gente de lo que yo jamás podré.

Casi había olvidado lo grosera que podía llegar a ser Dietrich. Para empezar, no me hacía ninguna gracia que me comparara con el contable de un caballero. Yo había estado a cargo de las finanzas de un conde durante una temporada. ¿Es que los pobres «cuenta frijoles» no podíamos recibir un poco de reconocimiento de vez en cuando?

—En cualquier caso, no quería servir a una familia tan pobre, pero tampoco quería privar a los demás de esa oportunidad. Habían pasado tres años y pensé que me había vuelto bastante más fuerte, así que decidí que ya era hora de desafiarte otra vez. Aunque ambos sabemos cómo terminó eso.

—Oye, no pongas esa cara. De verdad te has vuelto más fuerte. ¡Me obligaste a darlo todo!

—¿Eh? No, no lo hice. Ni siquiera usaste ma…

—¡Oh, mira, Dietrich! ¡Tu vaso está vacío!

¡Eso estuvo cerca! Conseguí usar el poder del alcohol para hacerla callar antes de que siguiera hablando. Más tarde tendría que explicarle en privado que estaba manteniendo en secreto mi magia y cierta espada desesperada por amor delante de mis nuevos amigos. Aunque lo primero solo haría que la gente pensara que era un poco imbécil, lo segundo podría arruinar mi reputación para siempre; nadie quería relacionarse con un tipo que cargaba una espada claramente maldita. Si la gente empezaba a evitarme por eso, probablemente me echaría a llorar. Si era posible, quería mantener en secreto la Hoja Ansiosa durante el resto de mi vida.

Ignorando el sonido de protesta que raspaba en el fondo de mi mente, me aseguré de que Dietrich tuviera una nueva bebida en las manos y me puse a pensar qué debía hacer con ella. Justo había estado considerando formar una pequeña unidad de caballería; quizá su llegada fuera obra de la providencia. Por desgracia, Martyn era quien estaba al mando de ese proyecto y, aunque había enseñado nociones básicas de equitación a mis Hermanos, todavía no era algo realmente viable. Dietrich era una jinete de primera categoría, pero tenía poca experiencia en liderazgo; me inquietaba un poco colocarla en esa posición. Además, después de aquella pequeña lección privada que le había dado, Martyn se había convertido en el espadachín más talentoso de toda la Hermandad. No quería alterar toda la jerarquía en ese momento.

Qué problemático… Si no la utilizaba como caballería, las burlas nunca terminarían; la gente diría que estaba sentado sobre una mina de oro de talento desperdiciado, y tendrían razón. Todo sería mucho más sencillo si pudiera llevarla conmigo en algún trabajo de escolta, pero ese tipo de encargos no aparecían cualquier día de la semana. También seguía preocupándome no saber qué clase de caos podría provocar si le dejaba demasiado tiempo libre.

Justo cuando estaba dándole vueltas a todo aquello, una figura pálida entró en el Lobo de Plata Nevado: Schnee vestida con ropa de viajera. Me dedicó una sonrisa traviesa cuando notó que la había reconocido y luego se abrió paso entre la multitud hacia mí con sus pasos ligeros como plumas.

—¿Buenas noticias? —pregunté.

—Sí. Directamente de la propia directora —respondió.

Dejé de insistirle a Dietrich para que se terminara la bebida —acompañado de la indignada protesta de que «¡los zentauros no desperdician un buen licor bebiéndoselo de un solo trago!»— y tomé la carta sellada con el sello personal de cera de la directora de la Asociación. Desde aquel gran trabajo, Schnee había sido reconocida como la enlace oficial de nuestro clan, así que era ella quien entregaba cartas como aquella; normalmente, la mitad eran mensajes personales y la otra mitad comunicaciones oficiales.

Abrí la carta y comprobé que, aunque ciertamente traía buenas noticias, no eran del tipo que me harían alzar el puño de alegría. La única parte por la que podía alegrarme sinceramente era que Lady Maxine había aprobado la afiliación de Mika a la Hermandad y le había concedido una promoción inmediata al rango naranja-ámbar. No me sorprendió aquella decisión ni tenía ninguna objeción. Aunque Lady Maxine probablemente se preguntara por qué el nuevo aspirante a oikodomurgo enviado a la ciudad tenía conexiones conmigo y por qué demonios quería trabajar como aventurero en su tiempo libre, no tendría ningún problema con contar con más fuerza para ayudar a mantener la paz.

Lady Maxine no estaba en posición —ni ahora ni antes— de exigir demasiado. Algunos de los clanes más problemáticos se habían calmado, pero las frustraciones de los señores locales estaban cada vez más cerca de estallar. No tenía margen para cuestionar demasiados detalles si aparecía un nuevo aventurero honrado y dispuesto a colaborar.

De hecho, aquel asunto me había despertado cierta curiosidad, así que le había pagado a Schnee una suma modesta para que investigara. Había descubierto que Marsheim estaba atravesando una ola de desapariciones de aventureros durante trabajos realizados fuera de la ciudad. Dejando de lado cómo había conseguido información tan delicada —a esas alturas confiaba plenamente en ella—, lo único que podía hacer era especular sobre qué demonios estaba ocurriendo. Estaba casi seguro de que tenía relación con todas aquellas posadas convertidas en guaridas de criminales.

Un aventurero no podía permitirse ser exigente con el alojamiento. Lo más probable era que muchos de mis colegas se hubieran hospedado en alguna de aquellas posadas corruptas para no volver jamás. Aunque no podía hacer nada directamente al respecto, era algo que no podía tolerar. Ya había tomado mis propias medidas difundiendo advertencias y aconsejando a la gente que tratara a esos criminales sin ninguna contemplación cuando se los encontraran, pero todavía había demasiados factores que no comprendía del todo.

Los aventureros más experimentados no sufrirían pérdidas —no éramos tan estúpidos como para confiar ciegamente en la llave de cualquier habitación de posada—, pero no sería bueno que los nuevos brotes fueran arrancados antes siquiera de poder crecer. No necesitábamos repetir los acontecimientos que dieron origen al Clan de la Copa Solitaria.

Nuestros enemigos sabían que los aventureros cumplían una función importante en el mantenimiento de la paz. Era una estrategia inteligente… desesperantemente inteligente. Nos pagaban una miseria para limpiar los problemas de la región, y sin nosotros los efectos, grandes o pequeños, no tardarían en hacerse notar. Por supuesto, podían reemplazarnos. Sin embargo, esos reemplazos tendrían que salir de algún sitio; ya fuera de las familias de la nobleza o reclutados en los cantones locales, el Imperio acabaría soportando las pérdidas de una forma u otra.

Era un hecho simple que muchas tragedias pequeñas acumuladas podían convertirse en una crisis, pero realmente deseaba que esta no fuera una de esas situaciones que claramente parecían el resultado de un esfuerzo inteligente y coordinado para causar el mal.

—Este será el primer trabajo en mucho tiempo que requerirá a todos nosotros —dije.

—¿En serio? ¿Tan grande e’ el pe’ que hay que freír?

—Con la administración local pidiéndonos expresamente que aceptemos este trabajo de escolta, dudo que sea lo bastante sencillo como para que podamos limitarnos a pasar el rato sin hacer nada.

Todavía no estaba seguro de si aquello eran buenas noticias, pero la carta de Schnee detallaba sobre todo una solicitud del gobierno. Este era el ejemplo perfecto de por qué valía la pena mantener contactos con quienes movían los hilos y tomaban las decisiones. Según Lady Maxine, la solicitud había sido redactada por un mediador influyente que trabajaba exclusivamente con el gobierno. Lo que me preocupaba era que eran de ese tipo excesivamente correctito. En lugar de proporcionar apoyo local para resolver los problemas locales, en la capital a veces veías mediadores que subcontrataban trabajos a gente del campo. Este era uno de esos clientes, y uno con el que en realidad no habíamos trabajado antes. Estaba seguro de que no harían nada demasiado indebido y de que nos pagarían a tiempo, pero aun así no podía confiar del todo en ellos.

Tenía que asegurarme de que no volviéramos a encontrarnos ante una situación del tipo «Sin rencores, pero…». Desde las altas esferas del poder estatal era difícil reconocer a gente tan pequeña como nosotros: solíamos desaparecer dentro del panorama general. Había jugado suficientes juegos en los que yo estaba al otro lado de la ecuación y, siendo sincero, un aventurero rara vez pasaba de ser una pieza de juego, fácilmente sacrificable para obtener ganancias mayores. Si llegaba el caso de salvar a diez mil o más personas corrientes a costa de nuestro clan, seríamos apartados sin contemplaciones. Como aliado del pueblo, juzgar trabajos provenientes de la alta alcurnia era bastante más difícil. No pensaba dejar tirado al público por el bien de mi propia gente, pero tampoco podía echar por la borda la autopreservación ni mi deber hacia mis subordinados.

Con la taza todavía en la mano, me recosté en la silla con un crujido. Schnee esbozó una sonrisa incómoda mientras se rascaba la barbilla.

—Te conseguiré un trato decente, así que anímate, ¿de acuerdo? —dijo.

—Gracias. Ya pensaba pedírtelo —respondí—. Esto huele más turbio que el trabajo de las posadas de carretera.

—Oye, eso todavía me toca un poco la fibra, así que te agradecería que no lo sacara’ a relucir… —dijo Schnee con expresión culpable antes de desaparecer, aparentemente sin ningún interés real en unirse a la celebración. Supuse que estaría ocupada protegiendo Marsheim a su manera.

Tarde o temprano tendríamos que poner fin a las celebraciones por un tiempo, remangarnos y echar las horas necesarias para volver a encauzar la ciudad. La alternativa era ver cómo todo aquel floreciente caldo de cultivo de aventuras se derrumbaba para siempre sobre sí mismo. Todos nuestros nuevos reclutas merecían algo mejor que perder tan pronto el control sobre sus sueños.

 

[Consejos] Existen muchos tipos de mediadores que tramitan trabajos con la administración local. Los que trabajan en Marsheim, de quienes la Hermandad de la Espada recibe encargos, están en el extremo más modesto del espectro. De hecho, hay mediadores de mayor rango que reclutan desde todos los rincones del Imperio para trabajos procedentes de los círculos políticos y empresariales más importantes de la capital.

En el pasado, este era un trabajo que realizaba la Asociación de Aventureros, pero ahora, con la Era de los Dioses ya muy atrás, se ha convertido en un asunto de administración pública. 

 

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