Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 10 Finales de la Primavera del Decimoctavo Año (II) Parte 3
Me había acostumbrado un poco demasiado a vestir con comodidad; últimamente mi ropa formal solía resultarme estrecha y sofocante.
—Supongo que con esto bastará —murmuré mientras me daba un último vistazo desde arriba con ayuda de un práctico hechizo. Siempre había pensado aprender Manos Invisibles por su versatilidad en combate al poder invocar una multitud de ellas, pero también resultaba increíblemente útil para muchas otras cosas.
Íbamos a visitar a unas personas respetables y, no muy distinto de los antiguos preparativos antes de acudir a una llamada a las armas, había cierto ritual previo que cumplir, aunque en este caso consistiera en arreglarme bien. Era un fastidio, pero por desgracia no podía ir por ahí siempre con la armadura puesta y una espada colgando de la cintura. La Hermandad había ganado una reputación considerable; no era propio de su líder presentarse sin vestir sus mejores galas. Aunque al cliente al que íbamos a visitar le importara un comino mi aspecto, era importante pensar en cómo te vería el resto del mundo. Lo último que quería era dar pie a chismes del estilo: «¡Miren, Ricitos de Oro ha ido a visitarlos con ropa de plebeyo! ¡Deben de estar por debajo incluso de la Hermandad!».
Por desgracia, parecía que esa actitud era la misma allá donde fueras. Sería tan descortés como presentarte ante los altos cargos de tu empresa sin traje ni corbata y todavía con las pantuflas de estar por casa. Aunque te recibieran con una sonrisa, te evaluarían con la mirada fría e implacable de un carnicero examinando un corte de carne. A nivel personal, además, ahorraba tiempo. Presentarse con la vestimenta formal adecuada era una forma sencilla de demostrar respeto. Sin decir una sola palabra, dejabas claro que te tomabas la reunión en serio y, de paso, intimidabas lo suficiente a la otra parte como para que no te menospreciara.
Así pues, saqué del armario el mismo atuendo que había llevado a aquella reunión en la Melena Dorada hacía ya tanto tiempo. Jamás imaginé que acabaría sacándole tanto partido a esa ropa. Había sido un iluso al pensar que, al abandonar la capital, me libraría de la maldición de tener que jugar a disfrazarme. Al parecer, no era tan fácil cortar los lazos con el pasado.
Mis preparativos terminaron enseguida. La ropa estaba impecable, el cabello bien recogido e incluso guardé una bolsita de incienso que había comprado por impulso. Mi aspecto era perfecto. Solo quedaba ponerme la capa, esconder mi cuchillo feérico dentro de la manga y salir. Justo cuando abandonaba mi habitación, alguien apareció por la puerta de enfrente.
—Vaya. Qué sincronía tan perfecta —dijo Mika.
—Ya lo creo, viejo amigo —respondí.
Ver a mi amigo vestido con mucha más elegancia que yo me hizo sentir terriblemente incómodo. Ataviado con toda su ropa de etiqueta, la belleza de Mika resaltaba incluso más de lo habitual. Llevaba el cabello cuidadosamente peinado, formando una especie de halo angelical. Se veía tan sedoso que imaginé que ni el peine de púas más finas lograría enredarse en él. Me pregunté si se habría puesto un poco de colorete, porque sus mejillas irradiaban un atractivo que no podía atribuirse únicamente a una buena salud. El ligero maquillaje rojizo bajo sus ojos realzaba todavía más su hechizante belleza juvenil.
Estaba prácticamente seguro de que aquello era obra de Lady Leizniz. Aquella mente perversa y depravada había hecho maravillas por… Ejem, quiero decir, ¡¿cómo se atrevía a hacerle algo así?!
La ropa de Mika también estaba un nivel por encima. Aunque su atuendo habitual ya era espléndido, ese día llevaba una túnica negra de dos botones con una camisa —también de dos botones— de mangas algo largas, adornadas con unos impresionantes volantes, y un alto cuello alzado. El hecho de que la capa no tuviera mangas propias le confería un encanto fascinante: tan elegante como adorable. En cuanto a la parte inferior, sus pantalones eran ajustados y dirigían la mirada hacia todas las elegantes líneas de su figura. ¿Qué clase de vida habría que llevar para llegar a poseer semejante belleza?
En comparación, yo parecía de lo más corriente. Había escogido ropa que pudiera ponerme cuando las circunstancias exigían cuidar mi apariencia, así que no debería sorprenderme, pero si nos veías juntos parecía un profesor acompañado de su mayordomo. En los largos años transcurridos desde que dejé de ser el muñeco de vestir de aquella pervertida suprema, mi sentido de la moda se había atrofiado, pero estar al lado de mi viejo amigo vestido de aquella forma me daba una vergüenza terrible. Normalmente me convencía de que, mientras estuviera bien arreglado, era suficiente, pero en ese momento me sentía francamente avergonzado.
El porte de caballero de Mika eclipsaba por completo el mío. Brillaba tanto que, a su lado, yo parecía apagado. Me veía desaliñado en comparación; me faltaba toda sofisticación. Aunque ambos llevábamos ropa confeccionada por Lady Leizniz, parecía que la impresión que transmitía dependía en gran medida de quien la llevaba puesta. Era algo que no importaba demasiado cuando iba vestido de manera informal, como el día en que nos reencontramos, pero ahora que ambos íbamos tan elegantes como podíamos, me sentía terriblemente intimidado.
—¿Es que acaso ocurre algo, Erich? —preguntó.
—Nada… Es solo que siento que has ampliado aún más la distancia que nos separa en cuanto a estilo y elegancia.
—Si quieres, puedo prestarte uno de mis conjuntos de repuesto.
—¿Yo con la ropa de un magus, después de todo este tiempo? Eso sería todavía más vergonzoso, viejo amigo.
La propuesta de Mika no era más que una broma, pero mi incómoda respuesta le arrancó una risita. Se cubrió la boca con la manga.
—Creo que cualquier ropa te sentaría bien, amigo.
—Déjalo ya… Parecería un niño jugando a disfrazarse.
Solo los nobles estaban realmente hechos para lucir un atuendo tan refinado. El Imperio era inmenso, pero era raro ver a alguien que vistiera una ropa tan sofisticada como la de Mika con tanta naturalidad. Ah, viejo amigo , pensé, ¿a cuánta gente habrás desviado del buen camino con esa belleza tuya? Sentí el impulso de preguntárselo a Elisa en cuanto tuviera ocasión, pero seguramente sería mejor para mi salud mental seguir ignorándolo. ¿Acaso estaba alterando la propia demografía de Marsheim solo por sacarlo a pasear conmigo? ¿Cuántos despertares sexuales inesperados provocaríamos esa misma noche porque insistí en que viniera?
Profundamente preocupado por la mañana siguiente, bajé al primer piso y escuché un adorable chillido. Ah, quizá «chillido» fuera una palabra poco apropiada. Era el llanto de un bebé que, por pura casualidad, sonaba como el agudo maullido de un gatito llamando a su madre. Acompañando aquel sonido, apareció al final del pasillo una figura cuya presencia resultaba inquietantemente imposible de detectar.
—¿Hm? Ah, buenos días a los dos —dijo el joven dueño del Gatito Dormilón. Allí estaba el Santo Fidelio, llevando un delantal delicadamente bordado —que, curiosamente, le sentaba de maravilla— y con su habitual porte distinguido—. Veo que ambos van muy elegantes a estas horas de la mañana —continuó—. Espero que no sea por nada preocupante.
El Señor Fidelio seguía siendo un aventurero rebosante de salud cuya imponente presencia continuaba siendo tan impresionante como siempre. Él me había enseñado los fundamentos y, conforme fui ascendiendo de rango, siguió orientándome sobre cómo debía tratar a mis superiores. La principal señal de que el tiempo había pasado desde que nos conocimos era el adorable bultito peludo que llevaba en brazos. En los brazos de su padre descansaba una bebé bubastisiana de hermoso pelaje negro, con una naricita rosada que tuve que contenerme mucho para no tocar y dos orejas con forma de triángulos isósceles. La primera hija del Santo y de la señora.
—Buenos días —saludé—. Nada importante, solo vamos a hacer unos recados.
—Sí, por fin me han reconocido oficialmente como aventurero, así que estamos haciendo una ronda de visitas para presentarnos —añadió Mika.
—¿Una ronda de visitas? —repitió el Señor Fidelio—. Bueno, mientras ustedes dos estén conformes con la ropa que llevan…
Haciendo caso omiso de mi propio aspecto, yo creía que Mika iba impecable, así que me pregunté qué habría llamado la atención del Señor Fidelio.
La hija del Señor Fidelio volvió a maullar mientras su brillante futuro comenzaba a escribirse en su recién estrenada hoja de personaje. Había nacido al mismo tiempo que despertó la Diosa de la Cosecha, y la habían llamado «Safiya», que significa «pureza» en la lengua del continente de las Tierras Centrales. Los brazos del Santo estaban completamente ocupados —tanto en sentido literal como figurado— cuidando de aquel nuevo y pequeño tesoro. Las largas temporadas que el Señor Fidelio había pasado lejos de casa, de aventura en aventura, habían retrasado el momento en que pudieran ser bendecidos con un hijo, y toda aquella espera había hecho que la niña les pareciera la criatura más adorable del mundo. Era poco menos que un querubín.
Antes de que llegara ese día habían pasado por toda una odisea, y todos los que los rodeaban compartieron su alegría y celebración cuando finalmente nació. Después de que concluyera el asunto del Kykeon, las llamas de la justa ira del Señor Fidelio siguieron ardiendo con fuerza, y Lady Maxine tuvo que esforzarse muchísimo para conseguir apaciguarlas.
Nosotros habíamos estado ocupados con nuestra propia misión, así que me enteré más tarde, pero, al parecer, la fábrica a la que había acudido el Señor Fidelio había quedado reducida a cenizas después de que «el propio sol descendiera sobre la tierra», o al menos así acabó describiéndose el caos que allí se desató. Su cruzada contra aquellos miserables traficantes de droga siguió manteniéndose a fuego lento durante muchísimo tiempo, y recuerdo que un sacerdote de la Diosa de la Cosecha llegó incluso a suplicarle entre lágrimas que se calmara. El problema era que, aunque el ingrediente principal del Kykeon fuera trigo enfermo, seguía estando bajo el dominio de la Diosa de la Cosecha. No había manera de que pudiera sobrevivir a sus tácticas de tierra quemada, capaces de convertir todo en un «desierto de cristal».
Para colmo, las náuseas matutinas de Shymar habían sido especialmente severas, desbaratando por completo el funcionamiento cotidiano de la posada. Margit y yo no solo tuvimos que ocuparnos del mostrador y sacar adelante el negocio, sino que incluso acabaron recurriendo a la ayuda de la Señorita Zaynab. Aquello sí que fue aterrador. El Señor Rotaru permanecía en la cocina supervisando cada etapa de la preparación para asegurarse de que la comida que ella cocinaba fuera apta para personas normales. En aquel momento no tenía ninguna gracia, pero ahora me hacía reír recordar cómo le prohibimos utilizar sus «especias» de elaboración propia en la cocina. Una vez que la niña nació sana y salva, pude recordar aquellos días con cierto humor, aunque realmente me enseñaron que la llegada de un nuevo miembro a la familia no era fácil bajo ningún concepto.
Vaya… Cuando mi hermano tenía mi edad, Herman ya había nacido…
La profesión de aventurero era, en verdad, una distracción. No estaba casado, no tenía una casa propia y vivía el día a día. No tendría nada que responder si alguien empezaba a murmurar a mis espaldas.
—Bueno, nosotros nos vamos ya —dije—. Señorita Safiya, procura no darle demasiados problemas a tu padre, ¿de acuerdo?
—Sé que llorar es tu ocupación a tiempo completo, pero procura no excederte con las horas extras —añadió Mika.
Como la Señorita Safiya era tan pequeñita, parecía un gatito. Le hice cosquillas en la nariz y le acaricié la mejilla para despedirme, pero estaba tan ocupada llorando que ni siquiera sonrió. Me pregunté qué estaría preocupando a la pequeña princesa.
—Je, parece que no consigo que deje de llorar. Ni siquiera su abuelo es capaz de calmarla. En situaciones así, nada supera a una madre, ¿verdad? —dijo el Señor Fidelio. En lugar de una canción de cuna, comenzó a cantar un himno para tranquilizar a su pequeña mientras se alejaba de nuestra vista. Me pregunté si habría decidido salir a dar un paseo bajo el sol por el patio.
—Los niños, ¿eh…? —murmuré.
—¿Oh? ¿Por fin te has dado cuenta del encanto de ser padre?
—Ya basta.
Le di un codazo a Mika y me reí de su broma, aunque no tuviera ni pizca de gracia. Si bien mi relación con Margit era ahora más íntima en el plano físico, no teníamos planes inmediatos de tener hijos. Por su parte, Margit había dicho claramente que tampoco quería ser madre todavía. Sin siquiera contar con experiencia de mi vida anterior, no tenía la menor confianza en mi capacidad para ser padre. Solo de pensarlo me invadía el miedo.
Mi propio padre, Johannes, a veces se entusiasmaba demasiado y se dejaba llevar, además de tener la costumbre de elogiarme más de la cuenta, pero fue un gran padre que sacó adelante a una familia maravillosa. Consiguió criar a todos sus hijos sin perder a ninguno por el camino —la bendición de la Diosa de la Cosecha mantenía relativamente baja la mortalidad infantil, pero aun así muchos niños nunca llegaban a la edad adulta—, y sus tres primeros hijos lograron encontrar ocupaciones respetables. En conjunto, había hecho un trabajo magnífico.
Luego estaba yo. Sí, era el jefe de un clan, por lo que eso pudiera valer, pero seguía siendo un aventurero sin un trabajo propiamente dicho. No tenía un sueldo fijo. Me marchaba de casa durante días sin saber cuándo regresaría. Tal vez ni siquiera regresaría.
La idea de ser padre me aterraba. No tenía ninguna garantía de que fuera a hacerlo bien. Por eso Margit se aseguraba de no quedarse embarazada. Una vez más me estaba consintiendo; sentí que las lágrimas estaban a punto de brotar al pensar en lo patético que era.
—Creo que serías un buen padre y un excelente esposo —dijo Mika.
—Ya basta, viejo amigo. ¿Cómo esperas que haga algo que supera incluso mi imaginación más desbordada?
Si sumaba todos los años que había vivido entre ambas vidas, ya estaba entrando en los albores de la vejez, y aun así no podía evitar sentirme lamentable.
[Consejos] Al hacer una visita, es una parte importante de la etiqueta vestir de forma acorde con la posición social de cada uno. Sin embargo, ir demasiado elegante puede provocar a la otra parte.
Aun así, si uno no viste adecuadamente, puede ser tachado de patán, y los malos rumores no tardarán en propagarse. Es un equilibrio delicado que no resulta fácil mantener.
Nuestra primera parada fue el Clan Laurentius. Imaginaba que aquella sería la reunión más sencilla de todas las que teníamos previstas para ese día, y pensé que lo mejor para Mika era empezar poco a poco.
—Ojó… Así que tú eres el distinguido amigo de este guerrero casi divino, ¿verdad? —dijo la Señorita Laurentius.
—Así es. Es mi mejor amigo, alguien a quien puedo confiarle la espalda en cualquier batalla —respondí.
—Muchas gracias por recibirme. Mi nombre es Mika. Espero que me recuerde simplemente como un humilde mago que despeja el camino de su amigo en la batalla y repara las calles en tiempos de paz —dijo Mika.
Le presenté a Mika con los mayores elogios posibles según los estándares de los ogros, y la Señorita Laurentius lo examinó de pies a cabeza con sus propios ojos. Finalmente, asintió, aparentemente satisfecha.
—A pesar de ser un mago, pareces un muchacho honrado —le dijo.
—¡Pe-perdone, señorita jefa! ¡¿No fue un poco grosera esa última parte?!
Quien acababa de intervenir era un mago, algo poco común en un clan compuesto casi por completo por combatientes, y además uno de los veteranos junto a Kevin y Ebbo. Por la reciente cicatriz que le cruzaba la mejilla, supuse que era un mago de combate y no un lanzador de apoyo que permaneciera en la retaguardia.
—Tú eres la excepción, no te preocupes. Pero hay un individuo bastante excéntrico en esta ciudad del que conviene mantenerse alejado, ¿de acuerdo? —le advirtió.
—Sé que la discreción es importante, pero permítame decir que mi viejo amigo no es tan débil como para dejarse seducir por ese tipo de tentaciones —dije.
—Ya veo, sí, por supuesto —respondió la Señorita Laurentius—. Perdóname, Mika. Es solo que hemos tenido bastantes problemas con los magos.
Desde todo el incidente del Kykeon, el ambiente en Marsheim se había vuelto especialmente hostil hacia los magos. Por supuesto, aquello solo ocurría entre los clanes seleccionados que habían participado en devolver la normalidad a la ciudad, pero el Clan Laurentius en particular estaba especialmente susceptible, ya que detestaba las artimañas cobardes como aquellas para las que se había utilizado el Kykeon.
—Pero debo decir que tiene unas heridas bastante serias —comenté.
—Supongo que sí —respondió la Señorita Laurentius—. La mayoría son de las batidas de limpieza, aunque también porque últimamente he recibido muchas visitas de advenedizos que no conocen sus propios límites. Una maravilla, si me preguntas.
Parecía que estaba disfrutando… perdón, ocupándose con entusiasmo del caos que aún persistía en Marsheim.
—Nos tendieron una emboscada en el camino —continuó—. Habían reunido a una buena horda. Nos llevó más tiempo del esperado acabar con todos.
—¿Atacaron la caravana que estaban escoltando? Va-vaya… Eran bastante valientes, todos ellos… —Di un paso atrás, sorprendido, pero la ogra agitó ambas manos delante de sí y soltó una carcajada.
—Yo había sido contratada personalmente por el matrimonio que dirigía la caravana, así que iba dentro, ¿ves? Eran bastante adinerados, así que el carro no crujía bajo mi peso. Era una caravana grande, así que incluso me dejaron echar una siesta dentro.
Ajá, ahora todo tenía sentido. No existía ningún insensato en toda la frontera occidental que se atreviera a buscar pelea con una sola guerrero ogro, y mucho menos con toda su tribu. Su fuerza era tan legendaria que, si una legión de cien soldados de infantería lograba abatir a una sola de ellas, la hazaña sería recordada durante muchos años… independientemente de que quedara alguien vivo para celebrarla. Con la Señorita Laurentius al mando de una misión de escolta, hasta el más descerebrado se lo pensaría dos veces antes de atacar.
Por desgracia para los bandidos, la mayoría del Clan Laurentius se había unido cuando ella todavía descansaba sobre sus laureles, por lo que no tenían precisamente un aspecto intimidante. Lo más probable era que los asaltantes los hubieran confundido con un grupo corriente de aventureros, una impresión que desapareció en cuanto Laurentius y sus compañeros más curtidos en combate, moldeados por el brutal entrenamiento que habían recibido junto a ella, irrumpieron desde el interior de la carreta.
—Pero, ¿sabes? Un ataque a la ida y tres más a la vuelta, justo cuando el carro iba cargado de monedas… Eso me hace pensar que todo estaba planeado de antemano —siguió diciendo.
—¿Monedas extranjeras, por casualidad?
—Sí. Habíamos ido a los estados satélite.
El hecho de que el Clan Laurentius hubiera sido contratado para ese trabajo significaba que o bien la caravana, o el comerciante que iba a comprar sus mercancías, era bastante adinerado. Estaba de acuerdo con ella: parecía poco probable que tantos ataques hubieran ocurrido por pura casualidad. No era raro que los bandidos compartieran información y unieran fuerzas para derribar grandes caravanas, pero resultaba demasiado pensar que hubieran descubierto la ruta que seguiría la caravana sin información desde dentro. Todo aquello olía aún peor cuando consideraba que se trataba de simples bandidos comunes, y no del Caballero Infernal y su orden caballeresca renegada. O los señores locales no estaban haciendo bien su trabajo, o los propios caballeros del Imperio eran incapaces de mantener a todos bajo control; lo más probable era que fuera una de esas dos cosas. Solo de pensar en la cantidad de posadas sospechosas por las que Siegfried había tenido que abrirse paso a la fuerza, mi convicción se hacía aún más firme. Era demasiado improbable, incluso teniendo en cuenta la peculiar relación que él tenía con las coincidencias.
—Mmm… Sí, aquí hay algo que huele mal —dije.
—Así es. ¡Tu amigo eligió el momento perfecto para hacerse aventurero! En tiempos como estos, los de nuestra clase nunca se quedan sin trabajo.
—¿De veras? —respondió Mika con una sonrisa algo forzada. Quería que se relajara; aquella era exactamente la reacción adecuada para responderle.
Vaya fastidio. ¡Yo me había hecho aventurero para enfrentarme a dragones, explorar ruinas ancestrales y evitar crisis capaces de destruir el mundo! No quería pasarme la vida resolviendo una conspiración tras otra. No es que no me gustaran cuando era jugador. Las aventuras urbanas y las campañas de conspiraciones estaban muy bien, pero no era eso lo que quería para mi vida real. Mi objetivo era convertirme en un héroe sencillo, del montón, sin complicaciones… ¿Por qué tenía que hundirme en este lodazal de intrigas y misterios? Vamos, ¿tan difícil era que alguien me diera una aventura simple en la que pudiera derrotar al gran villano y llevarme una victoria satisfactoria?
—En cualquier caso, solo eran pececillos los que intentaron acabar conmigo —dijo la Señorita Laurentius.
—Señorita Jefa, por favor, no llame «pececillos» a cincuenta bandidos. En algunos cantones nos habrían montado un festival por una hazaña así —dijo Kevin mientras traía más licor, y yo no pude sino estar de acuerdo. Incluso uno de los veteranos del Clan Laurentius llevaba el brazo izquierdo vendado. De verdad debía de haber recuperado toda su forma si había salido ilesa de una batalla de semejante magnitud.
Yo seguía ofreciéndole un combate de entrenamiento de vez en cuando a cambio de algún favor, pero había cambiado tanto desde la primera vez que nos conocimos que ya ni siquiera podía presumir como entonces. ¿Hasta qué punto tendría que emplearme a fondo si viniera contra mí completamente armada y sin contenerse? Quizá estaría bailando al borde mismo de la muerte.
—Sea como sea, permanece a su lado y acabarás abriéndote paso a través de un mar de caos. Esfuérzate al máximo, bello joven —dijo la guerrero ogro.
—Lo tengo muy presente —respondió Mika.
¿Eh? ¿La Señorita Laurentius acababa de burlarse de mi suerte?
Me dejó tan desconcertado que hiciera bromas sobre mi pésima fortuna que ni siquiera tuve tiempo de expresar mi protesta; la presentación de Mika estaba saliendo demasiado bien como para interrumpirla.
Rayos, ¿es que un hombre no puede tener un respiro?
Hace poco, mientras caminaba por la ciudad, escuché a cierto poeta interpretar su propio «arreglo» de una canción sobre mí que decía algo así: «Erich Ricitos de Oro reza una y otra vez antes de subir la cuesta: «¡Oh, Dios de las Pruebas, concédeme alguna desgracia en el camino que me espera!»». Sinceramente, estuve a punto de perder los estribos. Sí, hablaba bastante de mis aspiraciones, ¡pero quién demonios dijo que hacía esas cosas propias de los dramas históricos japoneses!
Tras marcharnos del Calamar Tintero con unas cuantas cosas todavía atoradas en la garganta, nos dirigimos a la Heilbronn Familie. La visita transcurrió con tan poca ceremonia que ni siquiera merece la pena relatarla paso por paso. En lo que respectaba a todos los problemas de Marsheim, aquel clan estaba prácticamente al timón, así que dudaba mucho que pudieran notar si las cosas fuera de la ciudad estaban más caóticas de lo habitual o no.
Ah, aunque sí hubo una cosa que merecía mención. El sobrino de Brunilde ya tenía edad suficiente para empezar a decir que quería convertirse en aventurero, así que nos pidió que lo aceptáramos bajo nuestra tutela. No estaba muy seguro de qué pensar sobre que trataran a mi clan como una especie de guardería para los mocosos de los otros clanes, pero Stefano lo había dicho con una expresión completamente seria; por lo que parecía, no estaba bromeando. En el fondo era un hombre moderado, así que el hecho de que quisiera que su pariente se convirtiera en un aventurero honrado me indicaba que aquel muchacho debía de tener buen carácter. La situación me recordó a esas películas de gánsteres en las que un yakuza pone a un familiar bajo la protección de otra persona antes de que el mundo criminal termine por arrastrarlo.
Con todos esos asuntos dándome vueltas en la cabeza, era inevitable que acabara metiéndome en problemas; en nuestra siguiente parada tendría que mantener la cabeza completamente despejada, la guardia al máximo y estar preparado para plantar cara a la menor provocación. Como ya habrán adivinado, nos dirigíamos al escondite del Clan Baldur.
—¿Has tenido alguna especie de revelación o algo así? —pregunté.
—En absoluto… Esto es solo… por moda… —respondió Nanna.
Estábamos en la sala de recepción del clan; como de costumbre, habían preparado té, aunque yo nunca lo probaba. Nanna estaba sentada frente a nosotros, cubierta con un pesado velo. Entre eso y el nuevo peinado que llevaba, era casi imposible reconocerla. Aunque encajaba con la imagen que quería proyectar, desde luego no era la mejor impresión para una primera reunión.
Curiosamente, mientras que su ropa habitual estaba casi sobrecargada de bordados y catalizadores tintineantes, el atuendo que llevaba hoy era bastante austero. ¿Por qué estaba intentando parecer tan poco una magus? Para colmo, toda su aura parecía gritar: «¡Váyanse a casa!». La respuesta que me había dado a la carta sobre la reunión con Mika había sido completamente escueta, y ahora hacía todo lo posible por evitar cruzar la mirada con cualquiera de los dos.
Un momento… ¿Será que ha descubierto que Mika es uno de los favoritos de Lady Leizniz?
Eso lo explicaría. A Lady Leizniz le encantaba hacer que sus alumnos favoritos se relacionaran entre sí, así que era imposible saber hasta dónde llegaba la red formada por todos aquellos antiguos estudiantes.
Por suerte para mí, nunca llegué a quedar completamente atrapado en esa telaraña. Supongo que se debía a que jamás fui un auténtico estudiante del Colegio, y mucho menos un aspirante a magus, pero si en lugar de haber sido el chico de los recados de Lady Agripina hubiera sido su aprendiz, lo más probable es que también me hubieran arrastrado a ese círculo. Nanna seguía recibiendo noticias pese a ejercer su oficio de traficante de drogas en los confines del mundo, así que no sabía si aquel grupo era realmente muy unido o si simplemente tenían por principio compartir toda la información entre ellos.
En cualquier caso, me sentí aliviado. Parecía que nadie intentaría reclutar a Mika, a pesar de que era mago. Si Nanna daba un solo paso en falso, Lady Leizniz descubriría todos sus escondites en un instante. Me pregunté cómo reaccionaría al ver a su antigua aprendiz caída tan bajo. ¿Lloraría? ¿Montaría en cólera? ¿O desarrollaría una nueva y retorcida obsesión? Aunque habría sido interesante contemplarlo desde la barrera, me sentiría mal durante todo el espectáculo, así que decidí no contarle a Mika nada sobre su pasado.
En lo personal, el material para chantajear a alguien no era algo de lo que uno debiera presumir con frecuencia; era una carta que se guardaba bajo la manga hasta que llegara el momento perfecto. Si revelaba mi mano demasiado pronto, no solo perdería buena parte de su efecto, sino que además podría acabar siendo el blanco de una medida desesperada que nos aniquilara tanto a ella como a mí.
Este pequeño reencuentro de las Antiguas Víctimas de la Espectro Pervertida no tuvo demasiado contenido, así que terminó sin que ocurriera nada digno de mención. Entramos y salimos en menos de treinta minutos. La única noticia realmente importante que obtuve fue que la distribución de Kykeon había sido erradicada por completo de Marsheim y que ahora las autoridades estaban teniendo dificultades para decidir qué hacer con todos los adictos sin un céntimo que seguían desesperados por encontrar un sustituto.
Curiosamente, las drogas de Nanna generaban una fuerte dependencia por motivos puramente psicológicos, pero ninguna de sus creaciones producía consecuencias físicas importantes. El Kykeon, en cambio, provocaba unos síntomas de abstinencia física realmente severos. Mientras consumías la droga te sentías perfectamente, pero en cuanto desaparecía su efecto, te veías obligado a aguantar un dolor físico insoportable. Teniendo en cuenta lo barata que se había vendido, el futuro de sus consumidores no pintaba nada bien.
Aunque los productos de Nanna también pertenecían al mundo del narcotráfico, costaban al menos diez veces más. Era imposible sustituir el Kykeon por algo de buena calidad y relativamente seguro —unas palabras bastante extrañas cuando se habla de drogas ilegales—, así que el destino de los sectores más pobres de la sociedad que habían desarrollado esa adicción era realmente trágico. Por eso los estimulantes nunca traían nada bueno. El problema no terminaba cuando se acababa el suministro; después del bajón, uno era capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir otra dosis. Y ahora Marsheim estaba repleta de personas cargando con ese mismo mono.
La Heilbronn Familie hacía todo lo posible por mantener el orden, mientras que el Clan Baldur prácticamente se inclinaba por ignorar a aquellas víctimas, convencidos de que ya no había nada más que pudieran hacer por ellas. No podía reprochárselo del todo. Incluso en la Tierra jamás habíamos encontrado un método realmente fiable para curar por completo una dependencia química. No puedes convertir el chucrut de nuevo en col, ni volver a cocer un huevo ya hervido; lo único que podíamos hacer era ayudar a la gente a seguir adelante con la vida que les había quedado, en la medida de nuestras posibilidades.
—La verdad es que todos aquí son bastante animados —comentó Mika.
—¿Animados? —pregunté, desconcertado por la opinión de mi amigo, una sensación a la que no estaba acostumbrado. Supuse que, comparada con el Colegio, Marsheim tenía menos bichos raros y lunáticos. El problema del Colegio era que el carácter de una persona no contaba en absoluto a la hora de ascender, así que allí terminaba reuniéndose un grupo mucho más excéntrico que el de una banda de aventureros cualquiera. Dentro de sus muros, incluso la ley apenas tenía control sobre la conducta de la gente, siempre que nadie importante llegara a enterarse; cosas como la ética o las normas sociales parecían evaporarse por completo de la cabeza del estudiante promedio. El simple hecho de que mi antigua maestra, Lady Agripina, pudiera decir con orgullo que era profesora del Colegio —aunque a ella no le gustara hacerlo— ya debería bastar para hacerse una idea del lugar.
Por suerte, mi viejo amigo seguía conservando intacto su sentido de la moral. Si uno se ponía a pensarlo, era toda una hazaña haber llegado tan cerca de un puesto de investigador con el cerebro prácticamente impoluto. Llámenlo talento natural, llámenlo el buen carácter de su maestro… fuera cual fuera la razón, tomé nota mental de averiguar a qué dios debía agradecer que la bondad innata de Mika siguiera viva.
—Hiciste que este lugar sonara aterrador. Estaba bastante inquieto pensando que sería un auténtico nido de malhechores, pero todos parecen bastante normales, ¿no? —respondió.
—¿Normales? Define «normal» —dije.
—He conocido a personas que intentaron predecir toda mi carrera profesional —y mi posterior muerte— con solo echarme un vistazo a la cara. Más de una persona me ha preguntado si estaría dispuesto a cederles mi cráneo simplemente porque les parecía que tenía una forma agradable. Comparados con ellos, los que he conocido hoy son de lo más corrientes.
Volví a preocuparme por si Elisa estaría bien rodeada de todos esos lunáticos del Colegio, allá en la capital… Ah, ¿y Mika? Me gustaría saber los nombres de todos los que hicieron esa segunda petición. Solo por si acaso, ya sabes… y quizá para sacar el tema con Lady Agripina si alguna vez llegara a ser necesario…
—La verdad es que me deprime más pensar en mañana.
—Ah, claro. Mañana vas a pasarte por la escuela filial para presentarte.
La afiliación de Mika seguía perteneciendo al Colegio principal de Berylin, pero mientras permaneciera en Marsheim también quedaría adscrito a la escuela filial durante su período de prácticas. Sus encargos reales llegarían directamente del gobierno, así que su relación con la escuela tampoco sería especialmente estrecha. Pensar que estaba empleando parte de su valioso tiempo en ayudarme como aventurero —incluso dejando de lado que necesitara ese trabajo extra para costear sus gastos diarios— me hacía realmente feliz.
Mientras pensaba en ello, la expresión de Mika se ensombreció cuando me explicó que no le hacía ninguna gracia que la escuela estuviera dirigida por alguien perteneciente a otro cuadro.
[Consejos] El Colegio de Magia concede la máxima importancia a las publicaciones y a la capacidad técnica a la hora de conceder ascensos; el carácter de una persona no les importa en absoluto. En la práctica, no existe ninguna consecuencia por infringir las normas morales de la sociedad dentro del entorno social y burocrático del Colegio, siempre y cuando no se viole ninguna ley.
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