Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 10 Finales de la Primavera del Decimoctavo Año (II) Parte 5

 

—La Parca nunca viene cuando uno está preparado para recibirla.

¿Quién fue el que dijo eso? ¿Esa frase tan de manual de «la próxima víctima de una película de asesinos»? Recuerdo que la primera vez que la oí pensé que sonaba genial por sí sola, pero resultaba raro viniendo de la persona que la dijo… fuera quien fuera. Los recuerdos de mi época como Fukemachi Saku eran difusos en muchos aspectos. Curiosamente, lo que había quedado grabado con más fuerza en mi alma eran los recuerdos y las anécdotas sobre los juegos de rol de mesa. ¿Qué parte de mí pesaba más ahora: Erich de Konigstuhl o Fukemachi Saku?

—Te ves agotado —dijo Margit.

—Lo estoy —respondí—. Hacía tiempo que no me daban una paliza tan completa y me dejaban en evidencia de esta manera.

Aquella pequeña crisis de identidad no era más que una consecuencia natural de todo eso. Hacía bastante que nadie me recordaba que seguía siendo un don nadie.

—Sí, parece que los funcionarios del gobierno de Berylin tienen una personalidad bastante fuerte —murmuró Margit, como diciendo: «Qué problemático».

Tal como acababa de decir, el mediador se había puesto en contacto con nosotros por el trabajo que íbamos a realizar, y cuando fuimos a reunirnos, nos recibió un noble que afirmaba ser nuestro cliente. Era un barón perteneciente a una casa de la que jamás había oído hablar, lo que me hizo pensar que debía de tratarse de una rama secundaria o, simplemente, de una familia sin demasiada relevancia. Lo bastante insignificante como para asumir que no disponían de la influencia necesaria para enviar a alguien a la capital. El hecho de que él no supiera quién era yo —a pesar de que durante mi estancia en la capital estuve un poco bajo los focos, o al menos serví a alguien que sin duda sí lo estaba— indicaba que, si de verdad frecuentaba los círculos sociales de Berylin, poseía la poco noble cualidad de ser pésimo recordando caras y nombres.

Para colmo, me trató exactamente con el mismo cuidado y consideración que uno tendría con un aventurero don nadie perdido en el campo. Perdonarán que me queje un poco.

La petición de aquel maldito barón era el encargo más quisquilloso y obsesivamente controlador que nadie me hubiera hecho jamás. Por un momento tuve ganas de decirle: «¿No le convendría más contratar a un caballero con sus soldados en lugar de recurrir a un mediador para contratar a un simple aventurero?», dar media vuelta y marcharme. Pero soy un chico paciente. Lady Maxine había dejado muy claro en su carta que, por favor, no rechazara este trabajo. Así que durante toda la reunión me comporté con una cortesía impecable.

En secreto, di las gracias a Gravedad Exudante y Carisma Absoluto, porque tenía la impresión de que, sin ellos, me habrían pasado completamente por encima.

También tenía cierta conciencia de mí mismo. Aquel era un encargo enorme, y el barón estaba sometido a una presión considerable para sacarlo adelante, hasta el punto de que ya no le quedaban energías para encargarse personalmente de ningún detalle. Se notaba que estaba haciendo todo lo posible por mantener la compostura, pero era evidente que le molestaba tener que recurrir al nuevo clan del barrio para realizar el trabajo. Pude darme cuenta de que, si no hubiera dejado escapar un poco de mi presencia intimidante, me habría subestimado igual que hicieron Etan o Yorgos cuando me vieron por primera vez. En el momento de las presentaciones, bastó con ver la expresión que puso al mirarme para saber que pensó que yo no era más que un enclenque.

Yo fui el adulto de la situación, acepté hacerme cargo del trabajo y luego pasé el resto de las cuatro horas de reunión escuchando una interminable lista de detalles minúsculos. Fue agotador, pero había valido la pena.

—Entonces, ¿cuál e’ el trabajo? —preguntó Schnee.

—Como ya nos informó la directora, actuaremos como escoltas durante el transporte de una mercancía. La carga es increíblemente valiosa, así que necesitaban a alguien en quien pudieran confiar.

A pesar de todos los detalles, al final del día era un trabajo sencillo: vigilar la mercancía y asegurarse de que llegara intacta a su destino. Según el cliente, íbamos a ayudar a transportar herramientas mágicas destinadas a un importante evento social. Se trataba de un equipo extremadamente delicado y prácticamente imposible de reemplazar; no querían que nadie en quien no confiaran se acercara siquiera a él. Habían estado tan ajustados de tiempo que no pudieron verificar a su propio personal de seguridad de confianza, así que recurrieron a nosotros para cubrir esa función.

Había recibido un inventario detallado de la mercancía y no parecía haber nada peligroso que transportar. Eran los típicos objetos que uno esperaría regalar a jóvenes nobles durante alguna gran celebración: cubiertos de plata encantados para que no se empañaran, sistemas de iluminación alimentados por magia, anillos encantados para detectar venenos destinados a los hijos de nobles que iban a asistir por primera vez a eventos sociales, pañuelos encantados que lanzaban Limpiar sobre sí mismos, y cosas por el estilo.

Según el barón, aquellos eran obsequios del propio Emperador para celebrar a los jóvenes nobles del extremo occidental que algún día sostendrían al Imperio. Al parecer, formar parte del transporte de aquellos objetos, proporcionados por el propio Colegio, hasta sus destinatarios era un gran honor.

Leer el inventario no despertó ninguna alarma y, con el Colegio involucrado, sería difícil, por no decir imposible, falsificar una documentación oficial como aquella. Casi resultaba ridículo no aceptar todo al pie de la letra. Y, sin embargo, cualquiera que conociera la situación política del oeste se preguntaría si de verdad aquel era el momento adecuado para hacer algo así. Eso me hacía desconfiar. ¿Cuántas casas nobles se sentirían realmente reconfortadas con semejante muestra de consideración? Puede que un niño se emocionara al recibir un regalo del Emperador, pero habría entre cinco y diez veces más adultos murmurando que habrían preferido dinero o efectivos. Era una forma muy extraña de gastar el presupuesto. En comparación, hasta los sellos conmemorativos que les daban a los niños al graduarse de la escuela primaria me parecían un desperdicio mucho más razonable.

Así que, teniendo todo eso en cuenta, había preparado mi propia contramedida.

—Cuento contigo, Schnee.

—Uf, ha’ta se me eriza el pelaje de pensarlo, ¿sabía’?

Era el momento perfecto para que nuestra informante profundizara en el asunto y averiguara qué partes del expediente eran fiables y cuáles eran puro cuento.

Para ser sincero, ya dábamos por sentado que habría unas cuantas mentiras mezcladas con la verdad, pero siempre nos tomábamos muy en serio cualquier trabajo de escolta; esto no era más que hacer la debida diligencia. Solo necesitábamos saber exactamente qué debíamos vigilar y cuál era la mejor forma de reaccionar cuando llegara el momento.

—Todo este asunto ha olido raro desde la primera invitación que recibimos del mediador, ¿no te parece? —dije.

—No te falta razón… —respondió Schnee—. Aunque, si no supiera má’ de la cuenta, probablemente aceptaría el trato tal como e’tá. —Mientras enrollaba el documento entre sus dedos acolchados, la expresión de sus ojos entornados distaba mucho de ser alegre.

—No dudo de que el noble sea quien dice ser —dije—. Pero no ocupa un puesto especialmente alto ni está cerca del centro del poder. Aunque la paloma mensajera era pequeña, toda la documentación está en regla, así que podemos dejar de preocuparnos por si quien envió realmente el encargo está mintiendo o no.

—Cuando él no e’tá delante, tiene’ una lengua bien afilá, Erich.

—Hay momentos en los que las palabras deben ir adornadas con pan de oro, y otros en los que deben saltar chispas como el pedernal.

Hice un rápido retrato de la situación. Estaba seguro de que Schnee sería capaz de sacar a la luz información útil. Había dos cosas que quería averiguar: ¿por qué nos habían elegido específicamente a nosotros? y ¿qué estaban tramando los peces gordos del corazón del Imperio para hacer movimientos tan extraños aquí, en Marsheim?

—Mmm… En e’te punto, mi olfatillo me dice que e’te e’ de eso’ trabajo’ complica’os donde hay tanta’ mentira’ como verdade’…

Estaba convencido de que la mercancía que nos habían encomendado custodiar no era lo que decía ser. Una carga así normalmente habría sido enviada con la escolta de algún caballero de rango medio procedente de una región más cercana al centro del Imperio; jamás habrían recurrido a la Hermnadad. Nos pagaban tres dracmas por adelantado y veinte libras al día, todo de una sola vez al regresar: una suma francamente descomunal, más que suficiente para atraer a un grupo de aventureros de Berylin que ya tuvieran buenas relaciones con la nobleza. Lo que olía aún peor era que la carga estuviera siendo despachada desde Marsheim . Si era tan valiosa, ¿por qué no mantener a la escolta que la había protegido durante todo el trayecto hasta aquí? Aunque revisar la mercancía llevara tiempo, seguía pareciendo mucho más barato conservar a los mensajeros originales y enviarlos de nuevo tras un breve descanso.

La administración de este mundo actuaba con mucha más ligereza que cualquier departamento de policía de la Tierra, así que no tenía ninguna intención de confiar en ella. Habían dejado tantos agujeros en su historia de cobertura que empecé a sospechar que nunca habían pretendido engañar a nadie que examinara el asunto con un mínimo de detenimiento; más bien, tenía la impresión de que querían que tarde o temprano descubriéramos qué era lo que realmente estábamos transportando para ellos.

—¿Qué hago…? —continuó Schnee—. Supongo que empezaré averiguando quiéne’ má’ participan en e’te trabajo, quién lo’ contrató y de dónde salieron esa’ mercancía’… Ugh, e’to va a llevar tiempo.

—Al menos ya tienes una pista concreta que seguir; eso hace que sea muchísimo más fácil que la última vez. Si logras descubrir para qué sirve realmente nuestra carga, nos habrás hecho un enorme favor.

Necesitaba dejar claras las expectativas; de lo contrario, podría terminar enviando a sus contactos hasta la capital.

—¿Seguro? Pensé que te gu’taba aju’tar cuenta’.

—Solo lo hago cuando es necesario; no es que me guste hacerlo. Me dolió un poco verla poner esa cara de sorpresa, pero no era una persona tan vengativa—. Además, dependiendo de a quién vaya a visitar, podría acabar siendo yo el que salga perdiendo. A veces es mejor abrirse paso por la fuerza, soportarlo todo y disfrutar del agradable silencio cuando por fin termina.

—Tiene senti’o, pero imagina cómo me sentiría si te entrego to’a la información que consiga… y u’tede’ no regresan.

Estaba seguro de que no sería una sensación agradable, pero aceptar esa posibilidad era parte de la razón por la que la Hermandad ocupaba el lugar que ocupaba. A esas alturas era prácticamente un requisito, por desagradable que resultara. Para ser sincero, con la directora pidiéndome expresamente que aceptara este trabajo, era casi evidente que bajo la superficie se estaba librando algún tipo de maniobra política.

Ella sabía perfectamente lo grave que sería utilizarme como una pieza desechable, así que era muy poco probable que la Asociación de Marsheim fuera la responsable. No había olvidado que la propia Lady Maxine había dicho que nosotros manteníamos a raya a los clanes problemáticos. Desde su punto de vista, éramos un activo que no querría perder. Sin embargo, eso solo tenía sentido si se consideraba su posición de manera aislada. ¿Qué ocurría con quienes estaban por encima de ella? Dudaba que el Margrave Marsheim —de quien se rumoreaba que era el hermano menor de Lady Maxine por parte de otra madre— ignorara la petición de su hermana, pero si esta conspiración se originaba en un nivel aún más alto , entonces necesitaba replantearme por completo mi marco de referencia.

Una vez que empezabas a subir tanto en la cadena de mando, ya estábamos hablando de personas para quienes Ende Erde y todo lo que contenía no eran más que una parte insignificante del panorama. No me habría sorprendido en absoluto que decidieran iniciar una guerra abierta contra los señores locales con tal de zanjar los asuntos de esta región de una sola vez mediante un gigantesco baño de sangre y evitar que el conflicto se prolongara más allá de la paciencia que estaban dispuestos a concederle. En la balanza, un siglo de dominio imperial pesaba muchísimo más que las circunstancias personales de la directora de una Asociación perdida en provincias. Si podían intercambiar la aniquilación de la Hermandad por cien años de paz, ¿nos aplastarían bajo sus botas? Sí. Por supuesto que lo harían. Firmarían la orden sin alegría ni tristeza, movidos únicamente por una fría eficiencia.

Si decidíamos huir, nuestra reputación se iría al traste; si aceptábamos el trabajo, podríamos encontrar la muerte. Estábamos entre la espada y la pared.

—Bueno, tampoco es que estemos a un movimiento del jaque mate. Tomémonos esto con calma, ¿de acuerdo? —dije.

—Solo procura que no acabemo’ como el viejo Clan de la Copa Solitaria…

Uf… Eso dolió.

Schnee no estaba del todo equivocada; realmente parecía que éramos el canario que enviaban primero a la mina de carbón. Pero lo más probable era que nuestro enemigo terminara siendo algún matón local, una amenaza menor que podríamos resolver a pura fuerza bruta. Aún me quedaban muchas cartas antes de tener que correr llorando a pedir ayuda a Lady Agripina. No convenía lanzar un ataque antes de que realmente nos obligaran a hacerlo.

 

[Consejos] El prestigio de un noble depende en gran medida del alcance de su red de información.

 

—Vale la pena hacer un poco de trabajo duro por el bien de tu hogar —murmuró Schnee mientras salía de un callejón en el fresco aire matutino.

A muchos de los que la conocían les habría costado reconocerla. Para el trabajo de ese día se había disfrazado de gata tricolor. La mayoría de los mensch la identificaban por su pelaje blanco como la nieve; unos cuantos tintes baratos comprados en el mercado bastaban para volverla irreconocible. Tras dar los últimos retoques a su expresión habitual —abriendo un poco más los ojos y frunciendo ligeramente los labios—, ni siquiera otros bubastisianos habrían sido capaces de reconocerla.

Los mensch, el pueblo más numeroso de aquella parte del mundo, y las demás razas humanas dependían demasiado de lo que veían . Un bubastisiano corriente, cuya visión del color era menos completa, difícilmente comprendería esa debilidad, pero Schnee era una recolectora de información profesional. Aprovechaba cualquier recurso para acortar la distancia con su objetivo. El esfuerzo de quitarse luego el tinte era insignificante comparado con el hedor que podía terminar impregnándosele al tener que meterse en las alcantarillas.

Para completar el disfraz, había comprado —a través de un cliente especial— un paquete de incienso impregnado con el olor del sudor de otro bubastisiano y luego había ido a los baños para ocultar por completo su propio aroma.

Y así, aquella informante de primera categoría recurrió a su método infalible de siempre…

—¡Buenos días! ¡Mi nombre es Eferdia, de la Compañía Comercial Sauce Hueco!

…entró directamente por la puerta principal.

Con una sonrisa, se detuvo ante el imponente portón de la residencia del mercader y entregó sus documentos al oficial de guardia, que la observaba con expresión severa. Apenas unos instantes después, las pesadas puertas se abrieron ante ella.

—Ah. Ya llegó.

—¡Así es! Ya ha llegado el pulimento que encargaron.

Schnee adoptó un animado acento rhiniano mientras entregaba la documentación. En la mano llevaba una carta falsificada dirigida a la sucursal de Marsheim de la Compañia Comercial Calfedea. Bueno, eso no significaba que la carta fuera falsa. No lo era. Lo que Schnee había hecho era localizar un envío auténtico de la Compañía Comercial Sauce Hueco —una empresa con la que la Calfedea hacía negocios— cuyo mensajero aún no había salido a repartir, y simplemente ocupar su lugar. No habría nada extraño en los libros de registro.

De hecho, el papel, el sello e incluso el nombre del firmante pertenecían realmente a un empleado de la Sauce Hueco. Todo había sido preparado de forma impecable; Schnee simplemente había aprovechado un vacío administrativo. El único cambio que hizo fue modificar la fecha de entrega —prevista originalmente para dentro de dos o tres días— por otra en la que sabía, tras revisar los turnos de guardia, que la Calfedea tendría menos vigilantes de lo habitual. Nadie se daría cuenta.

Todo era perfectamente legítimo; la única diferencia era que la documentación se entregaba antes de tiempo y por una persona distinta. Aunque alguien especialmente observador podría haber sospechado algo, todos los documentos estaban en regla. Así fue como Schnee consiguió pasar.

Eso también formaba parte de sus cálculos. El guardia de turno a esa hora era un mercenario sin relación alguna con la mayoría de los comerciantes con los que la Calfedea hacía negocios.

—¡Buenos días! ¡Entrega de pulimento para cubertería, preparado con cariño por la Sauce Hueco!

—Gracias por traerlo.

El siguiente obstáculo era el empleado del puesto de control, pero tampoco supuso ningún problema. Schnee era una profesional. La Compañía Comercial Calfedea comerciaba con la mejor cubertería de plata de Marsheim y con artículos fabricados con otros metales preciosos. El pulimento era un producto que utilizaban en enormes cantidades, por lo que repartidores como ella iban y venían con tanta frecuencia que prácticamente se volvían invisibles. Además, la Calfedea también vendía pulimento en sus propias tiendas, así que nunca tenían suficiente.

—Ah, sí, me pidieron que le avisara de una cosa —dijo el empleado—. Manténgase alejada del segundo almacén. Allí guardan algunas herramientas mágicas. Han colocado hechizos de protección. No querríamos tener que lidiar con las alarmas solo porque usted no lo sabía.

—Entendido. Tendré muchísimo cuidado.

Grabándose aquella información en la memoria, Schnee continuó con la entrega. Podía permitirse pasar un rato —no demasiado, para no despertar sospechas— curioseando por los almacenes, comprobando si la mercancía realmente estaba allí y escuchando de paso las conversaciones de los trabajadores.

Hmm, parece que los suministros sí que están aquí , pensó Schnee. Frente al segundo almacén había profundas marcas recientes de ruedas, señal de que una carga pesada había sido entregada allí sin problemas. También había cajas vacías esperando ser reutilizadas. El anillo detector de magia que llevaba colgado junto al pecho vibraba constantemente; parecía que los hechizos protectores eran auténticos.

¿Y esos carruajes? , pensó. Ya estaba a punto de marcharse, procurando no prolongar demasiado su estancia, cuando vio varios carruajes en el patio. Eran carruajes imperiales de diseño corriente, pero tenían algo extraño. Estaban completamente recubiertos de placas y refuerzos metálicos, lo que les daba una forma extrañamente cúbica . No llevaban el emblema de la Compañía Comercial Calfedea, y los hombres que los custodiaban tampoco pertenecían a la compañía. Iban bien equipados y vestían el uniforme propio de la infantería de un caballero.

Esto huele mal… Qué lástima que no pueda acercarme más.

Durante un momento, Schnee se preguntó si ese tipo de carruajes era el estándar para transportar mercancías importantes en la capital, aunque fuera poco común en el oeste. Sin embargo, enseguida descartó la idea: la mayoría de los nobles jamás elegirían vehículos tan austeros para ese tipo de trabajo.

Cada fibra de su curiosidad se resistía a abandonar el lugar, pero la bubastisiana no podía hacer nada más por el momento. Decidió retirarse por ahora y consiguió salir por el mismo camino por el que había entrado, sin que nadie la molestara.

—Uf… Bueno, estoy prácticamente segura de que la mercancía ya está cargada ahí dentro —dijo para sí Schnee. Había averiguado muchas cosas, pero seguían quedando demasiadas incógnitas.

Que aquel almacén estuviera funcionando con total normalidad significaba que los supuestos «regalos de celebración» estaban guardados de forma segura, esperando el momento de ser enviados. Sin embargo, aquellos extraños carruajes seguían rondándole la cabeza. ¿De verdad era una carga tan valiosa como para necesitar semejante nivel de protección? Y si realmente lo era, entonces resultaba aún más extraño que hubieran tenido que reforzar la escolta contratando aventureros locales.

—Parece que no que’a otra… Tendré que ponerme el atuendo de camarera…

No disponía de mucho tiempo. Schnee calculó que la forma más rápida y eficaz de conseguir nueva información sería acercarse a los soldados encargados de custodiar aquellos carruajes. Nadie podía permanecer de guardia las veinticuatro horas del día. Si iban a quedarse en Marsheim, tarde o temprano acabarían entrando en alguna taberna para beber algo y descansar. Lo único que tenía que hacer era seguirlos y, quizá, untar un poco la mano adecuada para escuchar alguna historia interesante.

—Muy bien… Ahora me toca convertirme en una gata carey… Tch… Qué fa’tidio tener que teñirme el pelaje una y otra vez tan segui’o… Mi pobre pelito.

La gata blanca saltó desde la calle hasta un tejado, devolvió la mercancía de la Sauce Hueco y partió hacia la siguiente etapa de su investigación sobre aquel misterioso asunto.

 

[Consejos] No hace falta ser un experto para usar maquillaje como disfraz. Esto es especialmente cierto en el caso de las razas cuyo pelaje en todo el cuerpo constituye su rasgo más distintivo. Mientras estén dispuestas a dedicarle el esfuerzo adicional, estas razas pueden disfrazarse con mucha más facilidad que un mensch.

 

—Así que vas cambiando de piel una tras otra, ¿eh…? —dije.

—Qué reacción tan aburrida. ¿Así es como piensas responderle a una dama?

Uno de mis pasatiempos era descubrir sitios nuevos. Buscar el próximo buen lugar donde relajarme era una costumbre que había adquirido cuando trabajaba con los horarios impredecibles de Lady Agripina. Sin embargo, desde que me convertí en el líder de la Hermandad, me había impuesto la tarea de encontrar tabernas decentes donde mis compañeros pudieran descansar después de una misión. Piénsalo un momento: si siempre frecuentabas el mismo sitio, a cualquiera le resultaba sencillo envenenarte o tenderte una emboscada de camino a casa una vez conocían tu rutina.

Por eso no pude evitar quedarme mirando dos veces; frente a mí estaba un rostro conocido en una taberna a la que jamás me había molestado en entrar.

—No perdieron el tiempo para volver a enviarte al campo —dije.

—Hay escasez de personal en todas partes. Además, escuché que tú y tu jefa le dieron una buena paliza a los peces gordos.

—Mi exjefa. —Tras corregirla, pedí una jarra de cerveza y unos aperitivos a la camarera… o, mejor dicho, a Beatrix disfrazada de camarera. 

—Me impresiona que supieras que iba a venir aquí —continué.

—Cinco de nosotras nos repartimos por distintos lugares para intentar encontrarte —respondió Beatrix—. Aunque no esperaba dar contigo el primer día.

Fiel a su papel, Beatrix se había maquillado para ocultar sus tatuajes y llevaba un uniforme de camarera mucho menos llamativo, pero yo no iba a olvidar el rostro de alguien que estuvo a punto de ser lo último que viera en mi vida. Además, aunque me subieras a un taburete bien alto, ella seguiría siendo más alta que yo. Si no era capaz de darme cuenta de que alguien como ella estaba delante de mí, más me valía colgarme un cartel al cuello que dijera: «Mis ojos son puramente decorativos».

Tuve que reconocer que su método era excelente. Había elegido una taberna que no tenía ninguna relación con la Hermandad. El ambiente era lo bastante ruidoso como para ahogar nuestra conversación. No había nada sospechoso en que una camarera charlara con un cliente que estaba solo; incluso alguien que me estuviera vigilando no le habría dado importancia.

Cuando me sirvió la cerveza, unas salchichas wurst y mi aperitivo habitual de judías tostadas, le dejé una propina, como dictaban los buenos modales. Sin embargo, cuando deposité las monedas en la palma de su mano, sentí que ella deslizaba un pequeño papel doblado hacia la mía.

—¿Qué es esto?

—Un mensaje de los de arriba —respondió—. Procura no morirte.

Alguien la llamó desde otra mesa, y Beatrix salió disparada con un alegre: «¡Ya voy!». Lo hizo con los torpes y apresurados pasos de una camarera recién contratada. Era realmente buena. Aquel andar vacilante no dejaba traslucir ni una pizca de la destreza marcial que había perfeccionado durante años y, además, había conseguido ocultarla a pesar de sus extremidades protésicas . Por el distinto sonido que hacían su pie derecho y el izquierdo al caminar, supuse que debía de llevar prótesis mágicas en lugar de haber recuperado sus miembros originales.

Pensando que jamás aceptaría unas prótesis que no la hicieran todavía más letal , di un sorbo a mi cerveza, servida a temperatura ambiente, a la que ya me había acostumbrado.

—Mmm… Un amargor intenso y con cuerpo. Está muy buena.

Aquel líquido de profundo color ámbar, apenas coronado por unas pocas burbujas, provenía de un lejano templo del Dios del Vino. Era de buena calidad y tenía el sabor característico del sudoeste de Rhine, cerca de mi querida tierra natal de Konigstuhl. Su ligero dulzor y el amargor que dejaba al final eran excelentes. Era bastante fuerte, así que tomé nota mental de que a algunos de los Hermanos con mejor aguante para la bebida —o simplemente a los más corpulentos— seguramente les encantaría el lugar. Aunque, si bebían al ritmo de costumbre, no tardarían mucho en acabar tirados en el suelo.

Le di un mordisco a la wurst, cuya piel crujió agradablemente entre mis dientes, mientras su intenso sabor salado se extendía por mi lengua. Con la mano izquierda, abrí la nota que me había entregado Beatrix. Percibí una pulsación de maná; seguramente se autoincineraría menos de un minuto después de ser leída.

—Pero las judías… Prefiero que estén más duras… —murmuré para mis adentros mientras activaba un hechizo de Clarividencia de alcance extremadamente corto para leer la nota. Si no hubiera pasado tantos años trabajando de incógnito, probablemente habría escupido las judías en ese mismo instante. La nota era breve: «Los instigadores viven en Krahenschanze». Podía interpretarse de muchas maneras, pero el vuelco que dio mi estómago me hizo sentir que no tardaría en devolver el trago de cerveza que acababa de beber.

Ya veo… Así que son ellos, ¿eh? Tiene sentido…

Ya sospechaba que podía tratarse de eso. En cuanto me dijeron que aquellos regalos de celebración habían sido fabricados por el Colegio, las piezas empezaron a encajar en mi cabeza. Desde luego, el Colegio no iba a conformarse con producir cosas tan aburridas. Después de todo, estábamos hablando de un grupo de intelectuales racionalistas completamente desprovistos de escrúpulos. Si ellos estaban implicados, era evidente que aquel trabajo no traería nada bueno. Los magus eran tecnócratas; en su profesión siempre encontraban la forma de combinar conspiraciones y magia. Era perfectamente lógico pensar que ellos fueran el tipo de personas que presentaban este tipo de propuestas directamente al Emperador.

Disimuladamente, limpié las cenizas en las que se había convertido la nota y apuré la cerveza de un trago. Necesitaba unas cuantas más para poner mi cerebro en marcha.

—Otra igual, por favor —pedí.

—¡Ya va, enseguida!

Otra camarera se acercó a mi mesa. Había visto las monedas de plata que le había entregado a Beatrix, pero no se había dado cuenta de que aquella misma mujer ya había desaparecido de la taberna. Al parecer, la única misión de Beatrix era entregarme la nota y marcharse. Era toda una profesional.

Uf… ¿El Colegio? ¿En serio? Intenté ahogar aquel mal presentimiento con alcohol cuando alguien más se acercó a mi mesa.

Era una bubastisiana de pelaje carey, vestida con ropas bastante elegantes y adornada con un lazo amarillo, señal de que trabajaba como mujer de compañía. No la reconocía. Quizá estuviera buscando un nuevo cliente para esa noche.

—¿Puedo sentarme? —preguntó.

—Lo siento, estoy esperando a al…

Le di mi respuesta habitual cuando alguien se me acercaba con esa clase de intenciones , pero entonces la mujer entrecerró los ojos y me dedicó una sonrisa…

—No… ¿Schnee?

—Así e’. ¿No me reconoci’te, eh?

—Ni de lejos…

Parecía una persona completamente distinta. Hasta que no adoptó esa expresión tan característica en los ojos, jamás la habría reconocido.

—Tú también me encontraste bastante rápido… —comenté.

—¿Yo también…?

—Ah, olvídalo.

Eso no era bueno. Aquella segunda sorpresa me había hecho hablar más de la cuenta, aunque tampoco creía que pudiera culparme por ello.

—Oye, Erich —dijo Schnee—. ¿Te dice algo la palabra «Aerotecnia»?

No pude evitarlo… escupí toda la cerveza de golpe.

¡Espera un segundo, por favor!

—¿¡Dónde escuchaste eso!?

—Estaba charlando con un caballero que va a acompañarlo’ en la misión de e’colta. Me senté en su regazo, le llevé el licor ha’ta lo’ labio’ y fue tan amable de compartir un poco de información conmigo. En fin, el tipo dijo que el In’tituto de Inve’tigación Técnica estaba ofreciendo una recompensa por un trabajo bien hecho.

Me dieron ganas de estrangular a ese caballero idiota: la mitad por simple frustración y la otra mitad por el sentido de responsabilidad que me había quedado tras trabajar para una noble.

¡Entiendo que los encantos de una mujer sean irresistibles, pero ¿qué tan estúpido puedes ser como para soltar información a una desconocida?! ¡¿Y encima sobre Aerotecnia ?! ¡Ese es el nombre que la gente usa para la operación que dirige mi antigua jefa cuando no quieren decir «Instituto para la Demostración de Tecnologías de Aeronaves» cada vez!

Ese grupo de chiflados había sido reunido por la propia conde taumapalatino, sin importar de qué escuela provinieran. Vivían por el éxtasis de conseguir que un enorme amasijo de madera y metal se elevara por los cielos y pudiera desplazarse. Quiero decir, no podía decir que no entendiera el atractivo , pero era imposible que alguien capaz de soportar días enteros de pruebas, depuración de errores y rediseños con tal de perfeccionar la tecnología pudiera ser una persona normal .

Solo pensar que podríamos estar escoltando mercancías fabricadas por ese grupo hacía que quisiera abandonar todo y salir corriendo.

—El tipo no llegó a decir exactamente qué van a tran’portar, pero sí comentó qu’era algo fabrica’o con ayuda del Colegio.

—¿Y por qué un caballero destinado en una región fronteriza sabría algo así? Uf… Ese boca floja de tercera…

—Pero otro’ caballero’ también dejaron e’capar alguna’ cosilla’… Otra ve’ hablaron del Colegio, pero e’taban mencionando experimento’ .

Schnee había seducido ella sola a varios caballeros y les había sacado secretos de Estado . Ya sabía que su especialidad era la obtención de información, pero parecía que también tenía un bonificador absolutamente letal en Negociación. Me apunté mentalmente no dejar que alguna vez me tomara la delantera…

—Mmm… Eso solo puede significar una cosa —dije.

—¿Cree’ que eligieron mover algo turbio a propósito? —preguntó Schnee mientras pedía una bebida, entrecerrando los ojos.

Asentí.

—Exactamente. Creo que esas caravanas no son más que el cebo de una trampa.

—¿Cree’ que e’tán tran’portando mercancía que quieren que le’ roben? ¿Que quieren que sea atacá?

—Eso creo. Si de verdad hubieran querido impedir que la robaran, entonces, si Aerotecnia está involucrada, como mínimo habrían enviado a un par de polemurgos.

Schnee inclinó la cabeza y preguntó qué era un «polemurgo», así que se lo expliqué. Eran monstruos capaces de derribar por sí solos un estado satélite si así lo deseaban. No eran simples especialistas en magia de combate, ni investigadores aficionados a adaptar los frutos de sus estudios para la guerra. Eran magus, un escalón completamente superior: científicos y maestros de las artes místicas cuya razón de ser era alcanzar la supremacía absoluta en el campo de batalla. Personas como Lady Agripina estaban tan absurdamente rotas que hacían perder toda noción de lo que era normal, pero el Imperio tenía un puñado de individuos con un poder destructivo algo más… razonable.

—Si querían que les robaran la mercancía, entonces ¿para qué necesitaban que nosotros nos encargáramos del transporte? —dije—. Más aún si el Colegio está involucrado.

—¿Hm? ¿Tiene’ algún contacto? —preguntó Schnee.

Sí. Uno bastante importante.

Sin embargo, era mejor dejar ese tema donde estaba por el momento. Después de todo, Lady Agripina no se había puesto en contacto conmigo. Si existiera algún plan en el que pudiera sacar ventaja involucrándome, me habría enviado al menos una carta. Estaba bastante seguro de que no era una pieza tan inútil para ella como para que pudiera simplemente desecharme. Considerando de dónde provenía todo este tufo, era prácticamente imposible que una advertencia de Lady Agripina llegara después que la del Marqués Donnersmarck. Ese auténtico demonio no hacía las cosas de manera tan descuidada.

Si Lady Agripina hubiera querido ponerme a trabajar, habría hecho algún movimiento durante las etapas preliminares de todo esto. Era una conspiradora bastante experimentada, y sabía que era del tipo que se abría paso a la fuerza hasta ocupar la posición dominante antes de que nadie pudiera meter baza. La Conde Ubiorum podía ganar cualquier partida que quisiera sin recurrir a métodos tan enrevesados. No era su estilo tejer toda esta maraña de intrigas. Era como abrir una carta con la uña cuando ya tienes unas tijeras en la mano.

—Supongo que tendremos que lanzarnos de cabeza… —dije.

—¿Y no puede’ usar ese contacto tuyo?

—Solo complicaría las cosas. Además, tampoco sería justo para la gente de Marsheim.

Por un instante pensé en enviar un informe secreto, pero este trabajo provenía de la administración de Marsheim. Lady Agripina no tenía demasiado interés en los asuntos de las regiones occidentales y, si intervenía, era muy probable que recurriera a métodos mucho más eficaces… y mucho más expeditivos, en lugar de resolver el problema sin causar daños colaterales. La maquinaria ya estaba en marcha. Si pedía ayuda ahora, quizá vería esto como la oportunidad perfecta para servir una segunda ración de artimañas.

En ese caso, me sentiría mucho mejor si era mi propia espada la que abría un camino a través del lodazal. Había aceptado proteger las caravanas, y eso era exactamente lo que haría.

La última vez que vi a la Señorita Nakeisha, me dijo que el Marqués Donnersmarck deseaba la paz en Ende Erde, y ahora Beatrix me había hecho llegar información. Eso significaba que no quería verme muerto… o que, por alguna razón, no quería que todo esto saliera como estaba planeado.

Ya empezaba a vislumbrar el panorama que se ocultaba entre bastidores, pero eso no significaba que tuviéramos obligación alguna de bailar al son que ellos tocaran. Si de verdad nos habían lanzado uno de esos trabajos de «No es nada personal, pero…», entonces valía la pena recordarles que, por estos lares, nadie podía quejarse si terminaba muerto como represalia.

—Hace tiempo que no afrontábamos un trabajo importante. Toda la Hermandad de la Espada asumirá este desafío con los colmillos bien afilados.

—¡Madre mía, qué cara má’ aterra’ora! Lo’ mensch no están hecho’ pa’ sonreír así, Erich.

Esbocé una sonrisa lobuna, pero lo único que conseguí fue que Schnee se echara hacia atrás en su silla.

 

[Consejos] Si querías obtener el Resultado A, pero encargaste el trabajo a unos aventureros que iban a esforzarse por conseguir el Resultado B, no puedes culpar a nadie más si al final no obtienes el resultado que querías.

 

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