Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 10 Finales de la Primavera del Decimoctavo Año (II) Parte 4
Después de visitar los distintos clanes de Marsheim, regresamos al Gatito Dormilón.
Siegfried y Kaya estaban disfrutando de sus días libres en su propia casa, y Margit había salido a realizar un entrenamiento nocturno en el bosque (es decir, una partida de escondite de alto riesgo) junto con los aspirantes a exploradores de la Hermandad. Me pregunté si los tres nos estarían dando un respiro para que, por fin, Mika y yo pudiéramos pasar una velada tranquilos.
Habíamos cenado algo ligero al estilo imperial y estábamos disfrutando de una copa después de la comida cuando Mika, con una expresión terriblemente apenada, se disculpó por haber tardado tanto. Cuando le pregunté a qué se refería, sacó un grueso fajo de sobres del bolsillo interior de su túnica.
—Lo siento muchísimo —dijo—. Pensaba entregarte esto esta mañana.
Por la mañana habíamos estado demasiado ocupados arreglándonos para salir, y después la tarde se nos había pasado volando con todo lo que habíamos hecho. Mika se rascó la nuca con gesto incómodo; tenía las mejillas completamente sonrojadas, y no era por el alcohol.
—Vamos, no pasa nada —dije—. No es como si fueran cartas que hubiera que leer inmediatamente, ¿verdad?
—Lo sé, pero… —empezó Mika, aunque le aseguré con toda sinceridad que no había ningún problema. Miré el primer sobre y vi, para mi inmensa alegría, que era de Elisa. Seguíamos intercambiando cartas de vez en cuando, pero siempre me alegraba recibir una de mi hermanita. Revisé el siguiente sobre y vi que también era de Elisa. El siguiente… también… Mmm…
—Ah, bueno… —dijo Mika al notar mi expresión—. Cuando le dije que iba a venir a verte, le comenté que podía escribirte una carta, pero parece que nuestra hermanita se emocionó un poco. Al parecer, no le cabía todo en un solo sobre.
Tal como había dicho mi viejo amigo, todos los sobres estaban tan llenos que parecían a punto de reventar. Cada uno llevaba un sello de lacre colocado de tal forma que solo yo pudiera abrirlo, y aquellos pobres sobres luchaban heroicamente por no abrirse antes de tiempo. Parecía que Elisa había estado conteniéndose a la hora de escribirme debido a lo limitado de su estipendio, pero en cuanto se presentó la oportunidad de enviarlas gratis, todas las compuertas se habían abierto de golpe.
—Le dije que podía enrollarlas todas juntas, ya que al fin y al cabo yo sería quien las transportaría, pero no quiso hacerme caso. Insistió en que quería usar sobres más bonitos.
—Va-vaya… Ya veo. Lo siento… y gracias.
Cuando Elisa se entusiasmaba con algo, no conocía límites; jamás hacía concesiones cuando se trataba de esas pequeñas cosas en las que creía con tanta firmeza. Sí… definitivamente éramos hermanos. Solo de pensarlo me daban ganas de saltar de alegría, aunque también me preocupaba un poco.
El siguiente sobre llevaba escrito el nombre de Lady Leizniz con su elegante caligrafía. Era grueso… y pesado. Creía poder imaginar qué había metido dentro de aquel voluminoso sobre. Lo dejé a un lado.
El último era de alguien cuyo nombre realmente no quería ver. De alguien que respondía con gusto a cualquier ataque político devolviendo el golpe. Sí, era de mi antigua empleadora, la hija noble Agripina du Stahl, ahora convertida en el conde Agripina von Ubiorum. Quería dejar aquella carta junto a la de Lady Leizniz y fingir que nunca la había visto, pero sabía que tarde o temprano tendría que armarme de valor para leerla.
—Bien, yo me voy a dormir. Ha sido un día bastante movido, y mañana nos espera otro igual —dijo Mika. Yo debía de tener la expresión más extraña del mundo, pero él simplemente me dedicó una sonrisa antes de levantarse, soltando un pequeño bostezo. No se iba únicamente porque tuviera sueño; sobre todo quería dejarme espacio para que pudiera disfrutar tranquilamente de las cartas de Elisa.
Aquella noche de primavera, con menos clientes de lo habitual en el Gatito Dormilón, me quedaría solo en mi taburete de la barra. La señora había cerrado el local más temprano de lo normal, convencida de que ya no vendría nadie —además, se podía acceder a las habitaciones desde el exterior, así que solía cerrar pronto cuando esperaba una noche tranquila—, de modo que tendría todo el tiempo y la tranquilidad del mundo para leer a mis anchas.
—Entendido —dije—. Perdona por haberte tenido dando vueltas conmigo todo el día. Buenas noches, viejo amigo. Que descanses.
—Soy yo quien debería disculparse —respondió Mika—. Buenas noches para ti también, viejo camarada.
Dejando atrás una luz conjurada, mi querido amigo se dirigió a su habitación. Bajé la cabeza en señal de gratitud, asegurándome de que no pudiera verme. Puede que él hubiera actuado como si no significara gran cosa, pero esa consideración lo era todo para mí. Era el tipo de gesto que solo puedes tener cuando has pensado lo suficiente en la otra persona como para saber realmente qué es lo que desea. Tener un amigo tan atento era algo muy valioso. De verdad había sido bendecido con los lazos que había forjado en esta vida.
Con esa gratitud en el corazón, era hora de leer la carta de mi hermanita. Ah, pero antes tenía que prepararlo todo. Saqué una vela de mi estuche y, tras asegurarme de que no había nadie cerca, la encendí con un rápido hechizo de ignición. Hice desaparecer la luz de Mika y, bajo el parpadeante resplandor de la vela, conjuré un trozo de hielo y me serví un poco de güisqui. Ya había cenado, así que no tenía nada para picar, pero la carta de Elisa era el acompañamiento perfecto.
Muy bien, ya estaba todo listo. Me encontraba sentado en la barra, con la iluminación tenue. ¿Podía existir una escena mejor que aquella?
Una vez satisfecho, rompí lentamente el sello de cera con sumo cuidado. El montón de hojas del interior estaba teñido de un suave color rosa y, además, debía de haberlas perfumado con alguna fragancia; en cuanto saqué la carta, fue como si hubiera entrado en un campo de flores. Era un aroma encantador y familiar. Recordé el campo de flores al que Elisa tanto disfrutaba llevarme en nuestra casa de Konigstuhl cuando la primavera empezaba a templarse. Estaba en un rincón del cantón; nunca supimos el nombre de las flores que crecían allí, pero florecían puntualmente cada año. Era uno de sus lugares favoritos. Últimamente había estado dedicando mucho esfuerzo a desentrañar el funcionamiento interno de la magia para conjurar aromas; al parecer, había logrado recrear el olor de nuestra infancia. Mi hermanita era realmente un genio. Estaba seguro de que el día en que se convirtiera en profesora no estaba muy lejos. Entonces podríamos volver juntos a aquel campo de flores.
Con esos recuerdos en el corazón, vi que había aprovechado hasta el último rincón del papel; sus diminutas letras llenaban todos los espacios en blanco. Su saludo estacional era impecable, como si hubiera recibido una educación nobiliaria, y su elegante caligrafía cursiva fluía sin el menor titubeo. Aquella escritura femenina y encantadora debía de haberle costado muchísimas horas de práctica; solo con ver aquellas letras podía imaginar las adorables expresiones de su rostro. Leí con cariño cada párrafo, atesoré cada frase rebosante de emociones y saboreé cada una de sus inocentes palabras.
La carta hablaba de su vida cotidiana, pero también mencionaba todos esos pequeños episodios maravillosos que uno desea compartir con su familia. Bastaba con leerla para llenarme de alegría. Podía notar que estaba intentando convencerme de que no me preocupara por ella, y lo estaba consiguiendo.
¿Así que hiciste un amigo? Tu hermano mayor está muy feliz por ti, Elisa. Pero asegúrate de decirme el nombre de ese chico que no deja de revolverte el cabello. Ah, no, no voy a hacerle nada malo; solo quiero hablar con él… Me pregunto quién será ese estúpi… quiero decir, ese animado jovencito . Burlarse de las chicas es algo que solo puede perdonarse hasta los diez años. En cuanto supiera su nombre, le pediría un favor a Lady Agripina.
¿Y esto? ¿Lady Agripina te prometió regalarte un familiar felino cuando tengas la edad suficiente porque dijiste que los gatos te parecían adorables? Sí, los gatos estaban muy bien. Porque eran adorables, claro, pero también porque eran una auténtica mina de ventajas y beneficios técnicos y… ejem , aunque no podían recorrer distancias tan largas como los familiares con forma de ave, eran muy útiles porque podían colarse fácilmente en los edificios. Tenían unos sentidos excelentes, lo que los hacía ideales para detectar intrusos. Y, por encima de todo, los gatos poseían una gran afinidad con la magia. Eran unos maravillosos compañeros que protegían a las personas de las pesadillas y purificaban las impurezas. Un gato encajaba muchísimo mejor con el carácter apacible de Elisa que un cuervo.
Elisa decía que estaba deseando recibir un gato blanco de ojos azules «igual que los de mi querido hermano», pero ¿cuánto iba a costar eso? Necesitabas un gato con un linaje adecuado para convertirse en familiar y, además, que un señor de los gatos considerara que había sido bien criado. El precio era tan elevado que, a primera vista, cualquiera pensaría que alguien había añadido unos cuantos ceros de más a la factura.
Era realmente difícil medir el alcance de las intenciones de Lady Agripina. No era el tipo de maestra bondadosa que regalara un familiar felino solo porque alguien dijera que le gustaban los gatos.
No lograba comprender del todo la situación, pero mientras Elisa fuera feliz, eso era lo importante. Aunque, Elisa… tu hermano mayor se siente un poco raro con que hayas llamado a ese gato «Erik». ¿Te das cuenta de que esa es simplemente una variante regional de mi nombre…? En realidad no me molestaba que el nombre estuviera inspirado en el mío, pero sí me ponía un poco celoso. A diferencia de mí, el pequeño Erik pronto estaría siempre al lado de Elisa, recibiendo su cariño y protegiéndola a cambio. Yo estaba más que satisfecho con mi situación actual, pero pensamientos como ese me daban ganas de salir corriendo hacia Berylin. Qué afortunado era por sentirme tan dividido.
Me pregunté si habría alguna forma de clonarme para que hubiera un yo que pudiera ser el hermano mayor perfecto para Elisa y otro que disfrutara de sus aventuras hasta el cansancio. Era una verdadera lástima que, incluso con una cantidad absurda de EXP, no existiera ninguna habilidad o rasgo capaz de hacerlo realidad. Aunque, siendo sincero, ya había imaginado ese escenario antes y sabía perfectamente cómo acabaría: uno de los dos yo acabaría sintiendo celos del otro. Todo terminaría en un baño de sangre.
Interrumpí aquella absurda cadena de pensamientos y volví a la carta, donde Elisa continuaba relatando su vida reciente con un nivel de detalle propio de un diario. Le había pedido a lady Leizniz ropa que ella misma consideraba bonita. Ya se había acostumbrado a los cambios de sexo y apariencia de Mika. Las clases seguían siendo difíciles, pero estaba orgullosa de poder responder correctamente dentro del tiempo establecido.
La vida cotidiana de Elisa, tal como la describía en aquellas páginas, era tan valiosa como las estrellas del cielo nocturno. De verdad estaba disfrutando de su vida como estudiante. ¿Podía existir algo en este mundo que me hiciera más feliz? Aquello me trajo recuerdos de cuando trabajaba para Lady Agripina —una época de la que, en su momento, no hacía más que quejarme— y de las batallas contra enemigos tan duros que daban ganas de decirle al Maestro del Juego de mi vida y a todo su equipo de desarrollo que nos viéramos en el maldito estacionamiento. Ahora esos recuerdos casi parecían entrañables. Claro que, si alguien me pidiera volver a pasar por todo aquello, tendría que negarme. Pero, visto desde ahora, había valido la pena. Los únicos momentos que me encogían el corazón eran aquellos en los que escribía que le habría gustado que yo hubiera estado allí para ver algo con ella o para comer juntos alguna comida deliciosa.
No era precisamente quién para decirlo, siendo alguien que había salido a convertirse en aventurero por un capricho egoísta, pero de verdad deseaba poder estar al lado de mi hermana. Sin embargo, la realidad era que yo había elegido la vida de aventurero. Me había hecho más fuerte para cumplir ese sueño y seguía honrando el juramento que había hecho. Eso era lo que me permitía seguir presentándome con orgullo como Erich de Konigstuhl. A veces pensaba en otras posibilidades, pero no iba a permitirme vacilar. También lo hacía por Elisa, y ella parecía feliz observándome recorrer este camino.
Tenía que escribir una respuesta más larga de lo habitual para corresponder al empeño que ella había puesto. Hacía poco le había enviado una carta, pero, al igual que ella había escrito, había tantas pequeñas cosas que me llenaban de alegría que dudaba que me faltaran temas de los que hablar.
Oh, tiene un posdata . «P. D.: Lady Leizniz dijo que también te enviaría una carta, así que le pedí que incluyera un retrato reciente mío. Me da un poco de vergüenza, pero he crecido desde la última vez que me viste, así que me gustaría que le echaras un vistazo».
En cuanto terminé de leer esa frase, me moví a una velocidad que puedo describir sin exagerar como la mayor velocidad terrestre que había alcanzado en años para abalanzarme sobre la carta de lady Leizniz. Rompí el sello de cera y revelé su contenido. La carta estorbaba, así que la aparté a un lado; lo que vi fue la imagen de la joven más hermosa del mundo. El retrato tenía el tamaño de una postal y estaba pintado con delicados óleos. Elisa posaba en la misma postura que el cuadro que había llevado a mi familia hacía tantos años para mostrarles cuánto había crecido. Ahora se había convertido en una joven de una belleza sobrecogedora.
Elisa estaba sentada con elegancia en una silla, tan maravillosa como si un lirio hubiera cobrado forma humana. Había crecido en estatura y sus brazos y piernas, antes cortos y propios de una niña, se habían alargado, dando a su figura un equilibrio más adulto. Su hermoso cabello ahora le llegaba hasta la cintura, con un brillo espléndido, y estaba adornado con cintas negras engalanadas con gemas. Estaba seguro de que incluso los dioses sentirían celos ante semejante visión. Su rostro, antes redondeado e infantil, había madurado, y la leve sonrisa que dibujaban sus labios hablaba de la buena educación que había recibido. Aquella sonrisa seguía transmitiéndome una cálida sensación en el pecho, pero era evidente que la niña que yo conocía se estaba convirtiendo en una mujer.
—Ooh… —Sentí que esa exclamación escapaba de mis labios. Serví otra copa de güisqui de la petaca que me había regalado mi hermano y me la bebí. Descendió por mi garganta con una suavidad que hacía pensar que el mismísimo Dios del Vino la había bendecido. El alcohol siempre sabía mucho mejor acompañado de algo para picar, pero aquello era un néctar digno de los dioses, uno que ni ellos tenían ocasión de beber muy a menudo.
Era cierto que la propia hermanita de uno siempre era la más adorable del mundo entero.
Me sentía tan bien que tomé la carta y el retrato entre mis brazos y salí al patio. Había sido un día tan maravilloso que estaba seguro de que la luna se vería hermosa, y así era. La luna llena empezaba a alzarse mientras la noche terminaba de caer, derramando una luz apacible. No había una sola nube en el cielo, y las estrellas seguían el recorrido de la luna mientras danzaban sobre aquel terciopelo negro. Realmente había sido un gran día.
—Alguien está de muy buen humor.
Escuché una voz a mi espalda y percibí una presencia escurridiza que me resultaba familiar. Me di la vuelta lentamente y vi a una svartalf; su aspecto juvenil indicaba que la Falsa Luna había empezado a menguar.
—Claro que sí —respondí—. He recibido una carta de Elisa.
—¿Ah, sí? Me preguntaba qué era lo que te tenía tan contento —dijo Úrsula con una risa que sonó como el tintineo de una campanilla. Mientras Elisa había crecido, aquella pura alf seguía exactamente igual. Exactamente igual.
Conforme fui haciéndome mayor, los demás alfar dejaron de mostrar tanto interés por mí como cuando era un niño. Si los llamaba, todavía reaccionaban a mis ojos azules y a mi brillante cabello de vez en cuando, pero su interés por mí había disminuido mucho desde que alcancé la adultez. Los alfar preferían, con mucho, a los niños aún sin mancillar.
Sin embargo, Úrsula y Lottie seguían respondiendo igual que siempre. Si solicitaba su ayuda, acudían mientras la Falsa Luna no estuviera completamente oculta. Y cuando estaba solo, aparecían para charlar conmigo. Pensándolo ahora, sí, daban miedo, pero también eran unas amigas raras y valiosísimas.
—Ya que estás tan feliz, Amado, ¿por qué no compartes un poco de esa alegría? —dijo justo cuando yo le enseñaba el retrato de Elisa, la hermanita más adorable de todo el mundo.
—¿Compartir un poco de esa alegría? —pregunté. Ella respondió con una sonrisa cautivadora y extendió la mano hacia mí. Bajo la luz de la luna, su piel oscura brillaba mientras me invitaba a acercarme.
Ah, ya entiendo. De vez en cuando no hace daño.
Yo estaba feliz, y la luna era realmente un espectáculo digno de contemplarse, pero limitarse a observarla habría sido un desperdicio.
—Entonces, ¿bailamos? —propuse.
—Con mucho gusto. Si así lo deseas, eres libre de bailar por toda la eternidad —respondió Úrsula.
—Me temo que tendré que rechazar la oferta muy amablemente.
Con todo el cuidado del mundo, guardé el retrato en un bolsillo interior y luego tomé la mano de Úrsula. No había música, pero la suave luz de la luna era más que suficiente. De la mano, comenzamos a bailar mientras disfrutábamos del silencio de la noche.
Esta vez, el baile se conformó con no llevarme consigo y me dejó envuelto en un agradable cansancio cuando regresé a mi habitación. Colgué el retrato de forma que pudiera verlo desde mi escritorio y me quedé profundamente dormido.
A la mañana siguiente, la señora agitó la carta cerrada de Lady Agripina y la carta abierta de lady Leizniz mientras preguntaba: «Las dejaste por ahí. ¿No las necesitas?». Entré en pánico de inmediato. Había aprendido una buena lección: disfrutar de las cosas estaba muy bien… siempre y cuando no te dejaras llevar demasiado.
[Consejos] Los alfar sienten predilección por los niños y niñas puros.
Un millón de frases trilladas sobre las «guaridas de los malvados hechiceros» daban vueltas una y otra vez en la cabeza de Mika.
Tras haber recorrido la ciudad junto a su amigo el día anterior, Mika acudía, tal como estaba previsto, a realizar la visita de rigor al Colegio de Marsheim. Era un edificio de dos plantas situado en una tranquila calle, a un tiro de piedra de los barrios bajos del lado occidental de la ciudad. El edificio era bastante ancho; sencillo en su diseño, pero no carente de una sobria majestuosidad. Sin embargo, sus deteriorados muros y la sombra perpetua que proyectaba su imponente torre, sin importar la hora del día, hacían que aquella grandeza quedara eclipsada por una inquietante sensación de desasosiego. Las fórmulas mágicas entretejidas en la propia estructura del edificio cumplían bien su función de disuadir a ladrones y otros intrusos, aunque más como consecuencia del ambiente sobrenatural que emanaba del lugar y que, independientemente de las intenciones de cualquiera, lo convertía en un sitio poco apetecible para quedarse demasiado tiempo.
A ojos de Mika, aquel edificio parecía menos un lugar de aprendizaje y más un laboratorio dedicado a la investigación. Saber que allí tenían su base los eruditos de Sol poniente —ya de por sí unos individuos anormales incluso dentro del nido de extremistas que era el Colegio— hacía que todo el escenario resultara todavía más inquietante.
—Bienvenido, joven estudiante. Adelante.
Quien salió a recibir a Mika fue un joven profesor que, a primera vista, parecía un hombre respetable. No, pensándolo mejor, aquello no era del todo correcto. Por las ondas de maná que percibía, Mika comprendió que aquella apariencia era el resultado de intentar mantener a raya la vejez. El hombre tenía un cabello rojizo que recordaba a una pobre cosecha de zanahorias y unos finos ojos verdes. Sus facciones no eran especialmente marcadas, lo que le daba un aspecto claramente alejado del típico imperial, pero su sonrisa —Mika era incapaz de discernir si era sincera o no— resultaba desagradablemente característica. La túnica negra que cubría su alta y delgada figura era la vestimenta habitual de un magus, pero encima llevaba una bata blanca que Mika no reconocía y cuya utilidad no alcanzaba a comprender. Las mangas y el cuello estaban cubiertos de una suciedad negruzca, y unas manchas de extraños colores, procedentes de quién sabía qué clase de preparados, le conferían un aspecto francamente desagradable.
—Soy el profesor Frauenlob, del cuadro Bechtolsheim de la Escuela de Sol Poniente —dijo el hombre—. Aunque mi talento sea de lo más mediocre, soy quien está a cargo de este colegio. Debo advertirte que, mientras te encuentres bajo este techo, no hablaré mal de ningún cuadro. Espero que tú también tengas presente que cualquier disputa inútil en un lugar dedicado a la investigación y la experimentación acabará en una muerte triste y lamentable.
—Es un honor conocerlo, von Frauenlob —respondió Mika—. Le juro que grabaré sus palabras en lo más profundo de mi corazón.
Mika ocultó cualquier atisbo de sorpresa tras una sonrisa afable mientras saludaba formalmente, al estilo de la nobleza, a aquel hombre que solo se había presentado con su apellido. El joven mago ni siquiera había imaginado que la persona al mando de la escuela filial saldría personalmente a recibirlo.
La Escuela del Sol Poniente había sido la pionera de todo el campo de la psicohechicería, una de las ramas de la magia más aberrantes y prohibidas, así como de la recreación de la carne y otras técnicas regenerativas. Sus miembros creían que había gloria en asomarse al abismo y, por ello, a menudo chocaban con la Escuela de la Primera Luz, una facción de tendencia moderada definida principalmente por su rechazo a toda clase de extremismos.
Mika percibía un pozo de maná increíblemente profundo en aquel erudito de Sol Poniente; sabía cómo era posible que el frágil cuerpo de un hombre relativamente joven soportara semejante cantidad de poder… y no le gustaba en absoluto. Los estudiosos que trabajaban bajo el estandarte de Sol Poniente perseguían, como objetivo final, perfeccionar sus investigaciones mágicas hasta evolucionar en organismos superiores. Para ello manipulaban su propia carne mediante toda clase de fórmulas espeluznantes; la juventud artificial de Frauenlob distaba mucho de ser un truco poco habitual entre ellos. Eran lunáticos que se asomaban al terreno de los tabúes por simple diversión y que se internaban en él con absoluta naturalidad. Estaban mucho más desequilibrados incluso que otros practicantes de la magia; algunos hasta el punto de que cualquiera se preguntaría si alguna vez habían tenido todos los tornillos en su sitio.
—Bien, permíteme enseñarte las instalaciones. Aunque, a decir verdad, no hay demasiado que ver; supongo que eso ya puedes apreciarlo por ti mismo. Ah, antes de eso, permite que te entregue esto como felicitación por tu nombramiento. Póntelo.
Sin mostrar el menor indicio de la perversidad por la que era conocida su escuela, Frauenlob le entregó una bolsa. En su interior había una bata blanca igual a la que él llevaba puesta. Tanto las mangas como la propia bata eran amplias, lo suficiente como para llevarla encima de cualquier túnica, y Mika se la puso sin decir palabra. Era una prenda magnífica: sencillas fórmulas la hacían repelente al agua y lanzaban automáticamente un hechizo de Limpiar a intervalos regulares. Sin embargo, a Mika no terminaba de convencerle el hecho de que la bata tomara y utilizara el maná de quien la vistiera. Aun así, teniendo en cuenta que un miembro típico de Sol Poniente sería capaz de defender, sin el menor atisbo de ironía o remordimiento, que deberían proporcionarles un suministro constante de condenados para alimentar sus hornos arcanos, Mika decidió pasar por alto una extralimitación relativamente menor como aquella. Movido en parte por la curiosidad y en parte por un desesperado intento de mantener la conversación, preguntó por el funcionamiento de la bata.
—Nuestra rama se especializa en investigación farmacéutica y anatomía. Los productos químicos salpican. Los cuerpos gotean. Y, en ocasiones, algunos de nuestros preparados desprenden olores bastante intensos. Yo prácticamente vivo entre los armarios del laboratorio, así que no me importa demasiado, pero personas más… sensibles, procedentes de otras escuelas, suelen tener dificultades para acostumbrarse, ¿comprendes?
—Ya veo…
—Hemos tenido bastantes magus a los que no les gustaba la idea de venir hasta aquí con ropa descuidada que no les importara ensuciar, así que decidí que deberíamos proporcionarles algo. Son baratos, así que cuando Limpiar deje de funcionar en el tuyo, siéntete libre de tirarlo y pedir otro. Nunca se tienen demasiados, así que utilicé parte del presupuesto del Colegio para prepararlos en grandes cantidades. No te contengas.
Las pociones y demás preparados mágicos contenían maná y se desarrollaban para provocar fenómenos que armonizaran bien con la realidad. Por ello, resultaban difíciles de eliminar de la ropa con un simple hechizo de Limpiar. Frauenlob había decidido resolver el problema mediante ropa protectora resistente y desechable.
Mientras Frauenlob le explicaba todo, Mika recorrió el edificio y observó que el interior, en contraste con su inquietante fachada, estaba impecablemente limpio. El suelo estaba hecho de un material repelente al agua —ni metal ni madera— y el aire se purificaba cada pocas horas. El equipo y los materiales estaban cuidadosamente guardados en armarios y cajones etiquetados. No había ni un solo ratón, ni siquiera una mota de polvo. A Mika le sorprendió un poco comprobar que las jaulas de los animales de experimentación ni siquiera olían. Al poco tiempo decidió que no valía la pena darle demasiadas vueltas; no había forma de que pudiera empezar siquiera a comprender cómo pensaba un investigador de la Escuela del Sol Poniente.
Los numerosos laboratorios, las escasas aulas, las salas de reuniones y las oficinas se encontraban en el edificio principal y en el ala oeste. El ala este estaba destinada al tratamiento de pacientes, con una sala de aislamiento para «pacientes criminales» —por la que Frauenlob, de manera muy deliberada, no condujo a Mika—, además de varios almacenes. También había un pequeño jardín en la parte trasera del recinto, donde se alzaba un edificio anexo que contenía diversas salas de descanso para el personal.
—Esta será tu despacho —dijo Frauenlob—. Úsalo como te parezca conveniente. Tenemos formularios de solicitud si necesitas cualquier cosa. En cuanto a suministros básicos, como papel, puedes tomarlos de los almacenes del ala este.
—Muchas gracias. Es una… habitación magnífica.
Tras recorrer la sucursal del Colegio, a Mika se le asignó una habitación propia en el edificio principal, igual que al resto de investigadores, para sus estudios y su trabajo. Aunque estaba perfectamente limpia, sin rastro de moho ni polvo, aquella estancia —que parecía llevar mucho tiempo sin utilizarse— era demasiado lujosa para un simple estudiante del Colegio. Contaba con dos armarios enormes, robustos y baratos, un escritorio, una silla de escritorio y un sofá para dos personas destinado a posibles visitantes, en el improbable caso de que alguno apareciera.
Frauenlob se sentó en el sofá, sacó una pequeña lata y comentó despreocupadamente lo escaso que era el personal de la facultad.
—No te importará que me dé un gusto, ¿verdad? —continuó—. Debo decirte que en nuestras instalaciones está estrictamente prohibido fumar, salvo en las oficinas y en las distintas salas de descanso. Nunca se sabe qué podría ocurrirles a los productos químicos si el humo interfiriera con ellos.
—Lo entiendo —respondió Mika. Frauenlob le indicó que también era bienvenido a fumar si lo deseaba, así que Mika sacó un cigarrillo tras darle las gracias brevemente. En cuanto a Frauenlob, sacó de su lata unas hierbas pulverizadas y se las introdujo por la nariz. Era una mezcla de hierbas que no necesitaba fumarse, ya que sus sustancias se absorbían a través de las membranas mucosas. Este método poco ortodoxo era muy apreciado por los magus que querían disfrutar de sus hierbas sin ensuciar nada con el humo.
—Me he asegurado de dejar toda tu documentación preparada sobre el escritorio, así que te agradecería que la revisaras antes de que termine el día. Como parte de tu nombramiento aquí deberás presentar un informe semanal, así que también he añadido algunos ejemplos antiguos para que los utilices como referencia.
Tras frotarse la nariz y dejar que la mezcla de hierbas hiciera efecto, el delgado profesor bajó la vista hacia el suelo y le preguntó a Mika si tenía alguna duda.
—Sí, bueno, eh… Este colegio es un lugar realmente impresionante, pero estaba pensando que no hay tanta gente como cabría esperar.
Frauenlob respondió con aire bastante aburrido, comprendiendo que no tenía sentido ocultarlo.
—En este momento hay otras siete personas destinadas aquí. Trabajan en un ciclo de tres turnos para atender el ala de tratamiento. Disculpa, pero todos estamos bastante ocupados, incluso los que ahora no se encuentran presentes, así que no podemos organizar una fiesta de bienvenida para ti.
Aquello de la fiesta de bienvenida probablemente era la idea que tenía Frauenlob de hacer una broma.
En cualquier caso, Mika se quedó atónito al oír que allí solo había otras siete personas. Puede que fuera una sucursal, pero la mayoría de estos centros contaban con un cuerpo docente de, como mínimo, dos cifras. Desde luego, solo había un puñado de profesores, pero aun así una sucursal debía mantener un grupo estable de investigadores y aprendices dedicados a trabajos que solo podían realizarse fuera de la capital. Resultaba todavía más extraño considerando que aquel era el punto de entrada para los magos en Marsheim, la capital regional. Era cierto que pocas personas poseían la aptitud natural para convertirse en magus, pero aquello era simplemente demasiado poco.
Cuando Mika preguntó por el personal que no estaba siempre presente, Frauenlob echó la cabeza hacia atrás y la dejó inclinada. Se quedó mirando detrás de él y se mordió el labio. Si el sentido de la orientación de Mika no le fallaba, la nariz del profesor apuntaba hacia el oeste.
Aquello tocaba el núcleo mismo del asunto que latía silenciosamente bajo la superficie, fuera del alcance de la gente común. Mika comprendió que las piezas del rompecabezas que había ido reuniendo durante las últimas semanas por fin empezaban a encajar. La misión secreta de escolta para un noble en la que su viejo amigo se había visto envuelto. La Asociación de Aventureros y el hijo ilegítimo de un Baden que ocupaba su puesto más alto. Los magus que se ausentaban de su refugio como si hubieran sido materiales requisados de improviso. Las tertulias a las que había asistido en la capital en lugar de su maestro, así como las reuniones y cenas en las que había estado presente como acompañante. Todo aquello de lo que habían seguido hablando parecía encajar de forma natural.
Mika había logrado deducir por el ambiente que tras todo aquello había un plan urdido por el propio gobierno. Aunque el Imperio solía mostrar una sonrisa magnánima, era evidente que recurriría a cualquier medio retorcido para alcanzar sus objetivos.
Las intrigas organizadas por los estados satélite apenas podían calificarse de honorables . Pero cuando se trataba de asuntos internos, el Imperio podía mostrarse aterradoramente despiadado, con una daga oculta en la mano que mantenía a la espalda. Si con ello conseguían seguir expandiéndose, amputarían cualquier parte innecesaria con la misma facilidad con la que uno se corta una uña demasiado larga.
Mika había aprendido sobre aquella actitud drástica tanto en sus estudios como por lo que había oído de otros. Después de todo, aquel país estaba formado por personas que no dudarían en asesinar a su propio príncipe heredero si lo consideraban una lacra; ¿era realmente tan sorprendente que el aparato de su voluntad colectiva estuviera tramando algo siniestro?
Aquel complot político era una operación de todo o nada que exigía reunir hasta el último participante cualificado que pudieran encontrar, aunque eso significara dejar de lado el mantenimiento urbano básico de las ciudades del Imperio y cubrir esos huecos con estudiantes del Colegio .
El rostro bello pero despiadado del actual Emperador apareció en la mente de Mika. Sospechando que, en los días venideros, el mundo tendría suerte si todo se limitaba a torrenciales ríos de sangre, Mika consumió un cigarrillo entero sin que cayera ni una sola pizca de ceniza. Y pensó: ¿qué podía hacer un engranaje tan diminuto como él cuando la gigantesca máquina en cuyo interior estaba atrapado (no, dentro de la cual desempeñaba su función ) comenzara a poner en marcha su diabólica maquinaria?
¿Podría un engranaje tan pequeño como él moverse lo suficiente para salvar a su querido amigo si llegaba el momento? En los fríos y calculados planes del Imperio, era extremadamente improbable que un simple aventurero desempeñara un papel de verdadera importancia. No, engranajes insignificantes como ellos serían desechados si amenazaban con inflar el presupuesto. Así de poca confianza depositaba el Imperio en los aventureros. Sin embargo, aquello era en el corazón mismo del gobierno; quién sabía qué estarían pensando quienes recibían encargos en sus márgenes.
—También tendrás que firmar un contrato por tu nombramiento aquí —dijo Frauenlob.
Era importante que quienes pertenecían al Colegio firmaran juramentos para asegurarse de que no divulgaran nada relacionado con aquello en lo que estaban trabajando. Aunque se toleraban algunas quejas sin importancia, estaba prohibido hablar de detalles concretos como el «qué» o el «dónde». Del mismo modo, negarse a firmar también estaba muy mal visto.
El joven aspirante a oikodomurgo se pinchó un dedo con su daga, dispuesto a firmar con su sangre, y sonrió, ocultando el pensamiento de que entregaría hasta su propia vida si llegaba a ser necesario.
—Tu especialidad es la oikodomurgia, así que fue tu maestro quien solicitó este trabajo de campo para ti, ¿verdad?
—Ah, sí. Me dijeron que en Marsheim no me faltarían cosas que reparar.
—Entonces te concederé una estación libre de trabajo para que puedas recorrer el lugar y evaluar las cosas con tus propios ojos. No te preocupes, yo me encargaré de tramitar las solicitudes correspondientes a tu estipendio.
Con aquellas últimas palabras de Frauenlob, Mika comprendió que todas las consideraciones que el profesor había tenido con él nacían de la frialdad , no de la compasión. Parecía haber hecho todo lo posible por animarlo a no quedarse demasiado tiempo allí. Sin embargo, para Mika aquello era perfecto. Le dio las gracias y dijo que realizaría sus inspecciones junto a su amigo. Erich le había comentado que acababa de recibir un gran encargo, y aquella era la oportunidad ideal para acompañarlo.
Mika sintió un escalofrío a pesar de la bata blanca que llevaba sobre la ropa. Él tenía tan poco interés en permanecer respirando el mismo aire estéril de la sucursal como Frauenlob en retenerlo allí.
[Consejos] La asignación a investigaciones médicas constituye un castigo corporal especialmente severo. Los pacientes criminales son infectados deliberadamente con determinadas enfermedades y utilizados como conejillos de Indias en la búsqueda de nuevas curas. Aunque pueden expiar sus delitos sometiéndose al tratamiento de una enfermedad y quedan absueltos si se recuperan, muchos pacientes consideran que se trata de una apuesta con muy pocas probabilidades de éxito.
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